Caffè Reggio

Un lugar de encuentro para leer juntos

Archivo de octubre, 2006

«O César o nada», de Luis Antonio de Villena en El Mundo

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Los Borgia han sido, a no dudar, la familia española (aunque sería más exacto decir italoespañola) que más juego ha dado -y sigue dando- en historia y arte. Desde El Príncipe de Maquiavelo -inspirado en César- hasta una poco conocida novela de Vázquez Montalbán (de 1998) titulada con el célebre lema del duque Valentino: Aut Caesar aut nihil: O César o nada. Y son ejemplos más que a vuelapluma.

Ahora también Antonio Hernández ha echado su cuarto a espadas en el cine. Los Borgia es una película demasiado plana, pero vistosa y de alto presupuesto para nuestro entorno. Es más sencilla que Alatriste, pero muestra que podemos y debemos hacer cine histórico, lejos de la mítica Locura de amor o de aquel Cid Campeador (con Heston y Loren) que nos hicieron los norteamericanos.

Quien conozca la fascinante historia del clan Borgia -antes Borja, oriundos de Játiva- en el Renacimiento italiano nada nuevo verá en este filme, como no sean las buenas interpretaciones, sobre todo de Lluís Homar (Rodrigo Borgia, el papa Alejandro VI) y de Sergio Peris-Mencheta como César Borgia, hijo natural del Papa, cuando era cardenal, con la señora Vanozza Cattanei. El error de Hernández, haber hecho con tanto material pleno de sexo, refinamiento, violencia y muerte, simplemente un friso histórico, acaso para educar o (quiero pensar) para entretener.

En efecto, poco más hay: ver salir al Papa de su lecho vaticano dejando dormida al lado a una hermosa jovencita… Pero es muy poco. Más juego dramático -y fílmico- habría tenido un guión centrado en la siempre dudosa Lucrecia o, sobre todo, en el más que sugeridor y enigmático César, muerto y enterrado en Viana, adonde fue a parar tras una increíble vida de poder y astucia, con sólo 32 años, huyendo de los Reyes Católicos, a quienes se lo había entregado el nuevo Papa Julio II. Por cierto, los hijos de Rodrigo Borgia fueron Juan, Lucrecia, César y Godofredo. Si todos los nombres aparecen en español en la cinta (y no Giovanni, Lucrezia o Cesare), no veo por qué decir Jofré, en vez de Godofredo, antiguo y opulento.

La película fracasa -dignamente- porque le falta objetivo e intimismo. Y, como Peris-Mencheta no hace mal de César (primero cardenal y luego duque y capitán general de los ejércitos pontificios, una sutil encarnación del mal que el poder casi siempre comporta), uno echa en falta que la película no le esté dedicada, centrando en su orgulloso y bárbaro vitalismo (que sedujo al mismo secretario florentino) una estampa de la avaricia, la lujuria y lo ilimitado del deseo.

«O César o nada» vale como decir «el fin justifica los medios», y de eso se trata. Quien de verdad quiere poder -alto y resplandeciente poder, con maneras distintas entonces y hoy, pero con igual anhelo- no se anda con melindres, derechos y otras zarandajas. Las imágenes han cambiado (el disimulo también), pero jamás los propósitos de los muy poderosos: llegar al poder, ensancharlo y mantenerlo al precio que sea. Ésa es la inmensa actualidad de César Borgia, en un mundo más tiránico y más libre que el nuestro. Quizá Neil Jordan, que está montando ya su película sobre el personaje, le haga la cama a nuestro Antonio Hernández. El gesto sería muy Borgia, indudablemente.

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25 octubre, 2006 a las 7:18 am

Valor, nostalgia, incertidumbre, de Víctor de la Serna en El Mundo

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Contaba ayer Federico Jiménez Losantos que empezó a escribir su libro conociendo sólo la primera frase («el 2 de mayo de 1998, de la noche a la mañana, mi vida cambió») y la última («hay que hacer cada programa como si fuera el último»); trabajando 14 meses llenó los cientos de páginas entre una y otra.

En la presentación de De la noche a la mañana, y tanto en las palabras de Jiménez Losantos como en las de César Vidal, salió en muchas ocasiones a la superficie esa permanente sensación de inseguridad, de provisionalidad ante unas fuerzas externas poderosas e insondables, que el cierre de la obra deja flotar en el aire. Con tonos más oscuros -como cuando FJL se refería al trago «amargo» del capítulo sobre la campaña contra la Cope, o cuando Vidal afirmaba que «nada se sabe» del rumbo que tomará la cadena tras la retirada de su ex presidente, Bernardo Herráez- o más socarrones; así, Federico apuntaba que «aquí en España a veces parece que todo el mundo es como un Borbón: ni aprende ni olvida», y poco después avisaba: «Debo desmentir que César y yo nos vayamos con Vocento».

La nostalgia de un periodo a la vez incierto y triunfal para la cadena de radio episcopal -resaltada por la presencia en primera fila de don Bernardo- enlaza bien con el subtítulo, El milagro de la Cope, del libro. Un milagro contemporáneo y no de tiempos remotos, cosa rarísima, como recalcaba Pedro J. Ramírez. Y un público nutridísimo de oyentes de la Cope y lectores de EL MUNDO -las presentaciones de Jiménez Losantos no son actos políticamente correctos ni del corazón, y asisten sobre todo sus muchos seguidores, no quienes van a ser vistos- se identificaba, con sus murmullos y sus aplausos, con esa improbable cruzada por los valores liberales y nacionales cuando la nave del poder va en otra dirección. Detrás de la ovación final a FJL, el aplauso más largo de la velada se lo llevó Ramírez cuando prometió que EL MUNDO seguirá con todas sus fuerzas hasta donde pueda llegar en su búsqueda de toda la verdad sobre los atentados del 11-M.

Luis Herrero, antes de correr para no perder el avión que le llevaba a Estrasburgo para participar hoy en el debate sobre el proceso de paz en el País Vasco, había resaltado el valor de Federico para contar su verdad sin dejarse en el tintero nada, incluidas algunas «collejas» no desdeñables a sus propios amigos y, ayer, presentadores. Honradez intelectual se llama la figura.

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25 octubre, 2006 a las 7:13 am

Un día triste para España, de Cayetano González en El Mundo

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Sea cual sea el resultado que se dé hoy en el Parlamento Europeo en torno a la resolución presentada por los socialistas para lograr el respaldo de la Eurocámara al mal llamado proceso de paz, el daño ya está hecho: se internacionaliza el conflicto y toda Europa será testigo de la división existente entre los dos grandes partidos nacionales en torno a la forma de acabar con el terrorismo. ¿Qué mas podía querer ETA?

Desde un punto de vista racional, no se puede entender esta iniciativa de Zapatero de llevar este debate a Europa. Solamente se puede explicar desde la necesidad que tiene el presidente del Gobierno de seguir dando satisfacción al mundo de ETA-Batasuna para que su -insisto- mal llamado proceso de paz no encalle del todo. Pero el precio que está pagando es muy alto y, además, lo hace humillando de nuevo a las víctimas.

La internacionalización del conflicto ha sido desde hace mucho tiempo una vieja aspiración de ese sórdido mundo de los violentos, que necesitan traspasar las pequeñas y limitadas fronteras de su idílica Euskal Herria, para hacer llegar a todo el mundo el mensaje de que en un rincón de la vieja Europa existe un conflicto, que según ellos consiste en que la malvada bota de España no deja de oprimir al pueblo vasco, negándole su derecho a decidir. Y por eso, siempre según esa perversa explicación, hay que comprender que ETA no haya tenido otro remedio que, en pro de la liberación nacional de Euskal Herria, asesinar en los últimos 40 años a 817 personas y herir a miles más.

Durante los últimos años de los gobiernos de Felipe González, y con mayor contundencia en los gobiernos de José María Aznar, gran parte de la acción exterior del Estado estuvo encaminada a desmontar todas esas inmoralidades y mentiras que eran propagadas con una constancia digna de mejor causa por las gentes de Batasuna, ayudadas, todo hay que decirlo, por el PNV. Se logró el aislamiento internacional de ETA-Batasuna, y ésta última fue incluida en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea y en la del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Es la misma Batasuna con la que se reunió hace seis meses el PSE y que, hace muy pocos días, por boca de su portavoz Pernando Barrena, anunció urbi et orbe que no piensa condenar la violencia. Todos esos avances van a sufrir hoy un grave retroceso cuando se escenifique en el Parlamento Europeo la profunda división que, alimentada por Zapatero, existe en el seno de la sociedad española sobre el mal llamado proceso de paz.

Además, se da la triste coincidencia de que un día como hoy hace 27 años, el pueblo vasco aprobó en referéndum, por una amplia mayoría, el Estatuto de Autonomía de Guernica, punto de encuentro entre nacionalistas y no nacionalistas que dotó a Euskadi de unas cotas de autogobierno como nunca antes había gozado y que no tienen parangón con ninguna región de Europa. En aquel momento, los vascos afrontaron con esperanza un futuro en paz y en libertad.

Veintisiete años más tarde -en los que la banda terrorista ha seguido dejando un profundo y doloroso reguero de sangre-, el Estatuto de Guernika está muerto porque tanto ETA como los nacionalistas lo han enterrado, y la banda terrorista sabe que está en condiciones, por la debilidad de Zapatero, de conseguir gran parte de sus objetivos. Penosa coincidencia la de este aniversario del Estatuto de Autonomía con el debate en el Parlamento Europeo del mal llamado proceso de paz, que favorece únicamente a los terroristas y a quienes les apoyan. Por eso hoy es un día triste para todos los españoles, para las víctimas del terrorismo y para todos aquellos vascos a los que les sigue faltando algo tan esencial como es la libertad.

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25 octubre, 2006 a las 7:08 am

‘No me defiendas, compadre’, de Victoria Prego en El Mundo

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El candidato no es bueno. No es bueno con avaricia, por decirlo de algún modo. Y tampoco quienes le arropan parecen estar esmerándose muchísimo en dar con el punto a la hora de resaltar las cualidades políticas del pretendido vencedor de la contienda electoral. Esto se vio ayer en el almuerzo-conferencia en el que el presidente del Gobierno se esforzó por hacer ver que él piensa que José Montilla es el mejor presidente posible de la Generalitat.

Quién lo diría. Empezando por el final, la intervención de Zapatero se cerró asegurando al auditorio -más empresarios de segundo nivel que de primero- que, «aunque a mí me gustaría que ganara Montilla», las relaciones institucionales del Gobierno de España con la Generalitat van a seguir siendo excelentes gane quien gane. Entre los periodistas cundió el asombro. Como cosa de buena educación, un aplauso. Pero como cierre de un acto destinado a cosechar votos para el candidato, la frase es un desastre, porque lo que Zapatero vino a decir a los presentes como resumen fue que podían votar al partido que les diera la gana porque todo iba a seguir yendo muy bien. Vaya un apoyo. Tendría Montilla que decirle eso de no me defiendas, compadre.

Ese último gesto, sumado a otros como el pacto con CiU sobre los Presupuestos, no hacen sino abonar la extendida sospecha de que la apuesta política del presidente en Cataluña tiene mucho más que ver con sus propios cálculos que con los de los dirigentes del PSC ; como si estuviera pensando en asegurarse él las alianzas en el Gobierno de Madrid antes que en conseguir que la Generalitat sea presidida por un miembro de su partido. Es más: como si estuviera colocando al PSC en una posición secundaria respecto de la auténtica potencia electoral en Cataluña, que es el PSOE, y, por supuesto, él mismo, como está muy demostrado. Pero si la cosa fuera así, no debería notársele tanto. Y si no lo es, tendría el presidente que afinar más sus palabras y sus actos.

Montilla había hecho una intervención correcta. Leída, como casi siempre, y con alguna pequeña promesa electoral como la de reducir el Impuesto de Sucesiones. Nada del otro mundo. «Se ve que ha decidido que los titulares los dé Zapatero», comentó sardónico un colega junto a mí. Y los dio.

A lo largo de su exposición sobre los buenos datos económicos, el presidente intentó entreverar a Montilla y subrayar sus grandes cualidades. Pero lo logró a duras penas. Lo primero que dijo de él fue que es un hombre «que no se adorna, pero se arrima», y no es seguro que ésa sea una cualidad estrictamente electoral, a menos que se la apliquemos a la distancia corta, y entonces sí. Y lo segundo que dijo fue que había conducido brillantemente la política energética nacional. Pero, dado que el Gobierno tiene dos expedientes abiertos en la UE a cuenta de nuestra brillante política en el sector eléctrico, no quedó claro si estábamos ante una broma o ante una expresión de ese tipo de cariños de los que se dice que matan.

Montilla es el candidato de un partido que aspira a mantener el voto de la izquierda chic barcelonesa y, al mismo tiempo, recoger el voto charnego. Ciertamente, para un votante de izquierdas de toda la vida resultaría un trauma vital elegir una papeleta con otras siglas. Todo lo más, se abstendría. Pero ¿van los charnegos a votar a Montilla sólo porque él también lo es? Hay serias dudas. El caso es que si el PSC alguna vez pensó que un día su hombre levantaría de sus asientos a los votantes y los llevaría hasta la primera urna de guardia para meter entusiasmados su papeleta, no atinó.

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25 octubre, 2006 a las 7:07 am

Zapatero habla de paz y ETA roba pistolas, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

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Si alguien tenía alguna duda de que estamos ante un simple cambio de táctica de ETA y no ante un proceso de paz, el robo de 300 revólveres y 50 pistolas en Vauvert (sureste de Francia, cerca de Nimes), demuestra lo equivocado que está Zapatero al actuar como si estuviéramos ante un genuino proceso de paz.

Evidentemente, ETA está utilizando su alto el fuego para reorganizarse y rearmarse, porque, como ha dicho en sus diversos comunicados y entrevistas de los últimos meses, si no logra sus objetivos volverá a la lucha armada.

La acción de ETA ha sido perfectamente planificada en un doble sentido. Primero, desde el punto de vista logístico. No se trata de un golpe improvisado, sino de la operación fríamente estudiada de un comando que llevaba mucho tiempo vigilando a la familia propietaria de la empresa Sidam, que fue secuestrada durante siete horas, hasta que los terroristas lograron su objetivo. Un método que ETA ya utilizó en Grenoble en 2001 cuando robó 1.600 kilos de Titadyn.

Pero, en segundo lugar y aún más significativo desde el punto de vista político, ETA ha perpetrado su fechoría justo en la madrugada de la víspera del debate en el Parlamento Europeo de una resolución, presentada por el PSOE, para lograr el apoyo de los eurodiputados al proceso de diálogo que se ha iniciado en España.

Es decir, que ETA ha querido dejar claro, tanto al Gobierno español como al conjunto de instituciones europeas, que no sólo sigue manteniendo su capacidad operativa, sino que no se va a dejar engatusar por la palabrería de la Eurocámara y va a exigir hechos para no volver a matar. Como ocurre con el chantaje, el que lo practica no se conforma con lo que el chantajeado le ofrece, sino que exige más y más porque actúa desde una posición de fuerza. Y ETA ya ha dado por amortizado un debate con el que ni siquiera soñaba hace unos meses. Ya no le basta con que se «reconozcan algunas de las razones» de su lucha (en expresión de Patxi López), sino que espera que se vayan cumpliendo, en los plazos marcados, las concesiones políticas que espera del Gobierno.

Zapatero ha podido comprobar la crudeza que supone tener enfrente, en una mesa de negociación, a una banda de matones.

Muchos de los eurodiputados socialistas o liberales que votarán hoy la resolución presentada por el PSOE lo harán más por disciplina que por convicción. Después del robo de Vauvert, ¿quién puede fiarse de la sinceridad de ETA cuando habla de paz?

Prueba de esa desconfianza hacia la banda terrorista es la enmienda que ayer presentó el Grupo de los liberales, que matiza el respaldo expreso a lo acordado por el Congreso de los Diputados español en mayo del pasado año.

El presidente del Gobierno debería tomar buena nota de lo sucedido y valorar hasta qué punto ETA le tiene en sus manos desde que se inició el diálogo.

Si ETA ha sido capaz de aguarle la fiesta a Zapatero cuando faltaban sólo unas horas para que se discutiera en Estrasburgo una declaración que, evidentemente, le beneficia, ¿qué ocurrirá cuando estemos ante los prolegómenos de unas elecciones generales en España?

Mientras que no se recupere el consenso antiterrorista con el PP, ETA jugará siempre con ventaja.

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25 octubre, 2006 a las 7:01 am

La peste del ladrillo, de Carmen Rigalt en El Mundo

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Los políticos son cínicos y utilizan maneras sibilinas que mucha gente no entiende. Yo soy gente, así que hablo por mí. La opacidad que asiste al político en el Parlamento, o en los medios de comunicación, o en los foros de debate, no se corresponde con la claridad que gasta cuando anda entre constructores y promotores urbanísticos. En el lodazal de la corrupción el lenguaje es simple y directo. Para untar y ser untado hay que hablar en plata. El dinero no gasta adjetivos. Sólo ceros.

El gran demonio de la política es la corrupción urbanística. Mientras exista un palmo de terreno urbanizable no habrá un solo alcalde decente (salvo que de entrada lo demuestre, pues la honradez no se le presupone). Un terreno urbanizable a las puertas de un ayuntamiento dura lo que un pastel a las puertas de un colegio. Vergonzoso.

El otro día, dos periódicos (el nuestro y el otro) se echaban mutuamente a la cara dos casos de corrupción importantes: uno por partido. Parece cosa de niños, pero son palabras mayores. Ahí tenemos el ejemplo de Marbella. Mucha gente sostiene que la tercera parte de la operación Malaya no saldrá nunca a la luz porque sus tentáculos alcanzan a demasiados ayuntamientos. Para limpiar las redes de la gran operación Malaya habría que meter en la cárcel a medio país. Y no hay sitio. Tal vez tampoco hay huevos.

El espectáculo de Marbella nos ha entretenido durante meses. Es tan esperpéntico, tan soez, y tiene tal galería de personajes usurpados al landismo, que parece un relato de ficción. Ni Santiago Segura en un ataque de delirio hubiera llegado tan lejos. Sin embargo, la realidad deja a Torrente en pelota. Marbella es la metáfora, el referente escatológico, la astracanada, pero los escándalos que duermen bajo la manta superan el modelo. Se nota que las elecciones cabalgan de nuevo porque huele a ladrillo que apesta. Los partidos amagan con denunciar, pero no lanzan la piedra porque les puede dar en los propios morros.

Hace años mi marido y yo adquirimos una vivienda por un precio bastante estupendo. Pagamos una entrada razonable, y en ningún momento tuvimos miedo de pillarnos los dedos. El arquitecto y constructor era hermano de Rafael Vera y eso nos daba cierta seguridad. En buena hora. Al poco tiempo estalló el escándalo de los fondos reservados. Yo soñaba que mi casa dejaba de ser mía para ser de Amedo, e imaginaba mi nombre señalado con toda clase de insinuaciones perversas. Dejaron de importarme las humedades, los vicios ocultos de construcción, incluso la hipoteca. Lo único que quería es no salir en los periódicos.

Ya no vivo en aquella casa. He cambiado de calle y de hipoteca, pero la vida me ha enseñado a huir de políticos y constructores. Lo tengo claro: la peste del ladrillo es la enfermedad del siglo.

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25 octubre, 2006 a las 6:58 am

El oso borracho, de David Gistau en El Mundo

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Lo más probable es que el Rey no supiera que el oso ‘Mitrofan’, amansado hasta la condición de peluche por años de convivencia con el ser humano, además estaba borracho como para quitarle las llaves del coche y meterlo en un taxi. Al fin y al cabo, tampoco Fernando VII se enteraba de que sus cortesanos le movían las bolas de billar -«así se las ponían»- para que acertara las carambolas y no se le arruinara la veleidad de buen jugador que inspiraba el humor con el que luego concedía favores. Un poco como Zetapé cuando otorga licencias de televisión a quienes del «círculo íntimo» se dejan ganar al baloncesto en La Moncloa.

Por otra parte, la pérdida de Mitrofan, aunque muy sentida por sus cuidadores y por Brigitte Bardot, puede considerarse un mal menor, apenas un daño colateral de esa obsesión cinegética de la monarquía -la lanza como atributo aristocrático- que en Inglaterra ya fue rebajada por el acoso de Blair a la tradición de la caza del zorro. Porque peor habría sido, puestos a armarle al Rey una cacería escenificada en Rusia, no tener a mano un oso enjaulado y ponerle un disfraz de plantígrado al tonto del pueblo o a un disidente de Putin antes de soltarlo con dos copas de más y con el sombrero puesto, como el oso Yogui.

Una vez conocido el destino trágico de Mitrofan, la reacción de los cortesanos actuales, de los que le mueven las bolas de billar a este Rey, ha sido muy reveladora. No consideran oportuno reprochar una costumbre escopetera que, por estar mal vista en este tiempo del que se dice parte integrada, el monarca practica casi en la clandestinidad, en países del Este donde provoca escándalos que aquí apenas resuenan por el pacto de silencio con que se protege la institución. Sino que se han sentido estafados porque el montaje del oso borracho resta al Rey su mérito de buen tirador, de obligado reconocimiento para no alterarle el humor como a Fernando VII, de igual forma que los guardianes de la ortodoxia taurina le niegan el suyo a El Cordobés porque el salto de la rana lo hacía delante de toros drogados. Cabe esperar que estos admiradores de la estampa ecuestre del Rey, de ese ir buscando un elefante ante el cual medirse como John Huston en Cazador blanco, corazón negro, no le convenzan de que la pifia de Mitrofan sólo se compensa al estilo sioux, mediante el enfrentamiento a cuchillo con un grizzly auténtico, salvaje y, por supuesto, sobrio. A ver si vamos a tener una desgracia. Más fácil resulta moverle las bolas a Felipe, que como cualquier joven de su tiempo gasta una conciencia ecologista que lo mismo le impide ir a los toros que estropearse la imagen liándose a tiros con hermosos animales que el National Geographic nos ha enseñado a proteger y nos ha hecho tan cercanos que hasta les ponemos nombre propio. Descanse en paz, Mitrofan.

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25 octubre, 2006 a las 6:58 am

Con Budapest en la memoria, de Henry Kamen en El Mundo

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Esta semana hace exactamente 50 años, los húngaros se alzaron en rebelión contra la opresión comunista y cambiaron la faz de la historia occidental. Fue un desastroso gesto inútil y trágico, pero dio paso a nuevas tendencias que por vez primera desde el final de la II Guerra Mundial despertaron esperanzas de libertad en todo el Este de Europa.

Fue una rebelión que definió la evolución política e intelectual de la gente concienciada en todas partes y cambió para siempre la naturaleza del comunismo. El descontento con el Gobierno de Budapest empezó el 23 octubre -que ahora se celebra como fiesta nacional-, cuando los manifestantes se concentraron delante del edificio del Parlamento. La revuelta se extendió rápidamente por todo el país, el Gobierno cayó y los manifestantes lucharon contra la policía y las tropas. El nuevo Gobierno cometió la imprudencia de ceder a las demandas populares: disolvió la policía secreta, declaró su intención de retirarse del Pacto de Varsovia y prometió establecer de nuevo elecciones libres. La respuesta no se dejó esperar. El 4 de noviembre, una vasta fuerza soviética de 100.000 soldados y 4.500 tanques invadió Budapest, empleando artillería y fuerza aérea y matando a miles de civiles. El 10 de noviembre cesó la resistencia organizada y empezaron los arrestos masivos. En el levantamiento murieron unos 3.000 y se estima que 200.000 húngaros huyeron como refugiados. Los dirigentes reformistas fueron ejecutados o encarcelados. Fue el primer levantamiento importante contra la dictadura comunista, pero los países democráticos no pudieron intervenir por miedo a provocar otra guerra mundial. Las Naciones Unidas hicieron efectiva una investigación que todavía hoy es una de las mejores fuentes para entender lo sucedido. Estados Unidos, como de costumbre, se convirtió en el principal destino de los refugiados que huían de la opresión.

Hay muchas maneras de recordar los acontecimientos de aquellos días y este año los húngaros, tanto en casa como en el exilio, han patrocinado una multitud de eventos sobre el tema. Después de todas estas décadas, no todo son celebraciones. Las riñas políticas que persisten en Budapest, lo cual revela que los años de democracia no han conseguido acabar con varios problemas importantes, son a pesar de todo de poca importancia si las comparamos con lo que los húngaros dieron al mundo en 1956: un ejemplo de aspiración por la libertad.

Por primera vez en la historia de la televisión, vimos la destrucción de una estatua de un dictador, la de 18 metros de Stalin que el pueblo de Budapest demolió en 1956. Los húngaros también nos enseñaron cómo cuestionar las ideologías. Recuerdo que en Inglaterra seguíamos muy de cerca los acontecimientos en Europa central. Sobre todo los que sentíamos simpatía por el comunismo aprendimos muchas lecciones. El comunismo era una filosofía que nos hipnotizaba, y era difícil deshacerse de su hechizo. Sin embargo, el caso del periodista británico Peter Fryer nos muestra que el hechizo podía romperse. Como corresponsal en Budapest del periódico comunista The Daily Worker, Fryer informaba fielmente de la violenta represión del levantamiento, pero sus comunicaciones eran fuertemente censuradas. A su vuelta dimitió del periódico y un tiempo después fue expulsado del Partido Comunista.

Los partidos comunistas de Europa occidental, a pesar de su apoyo incondicional a la política de Moscú, estaban estremecidos hasta el alma por Hungría. En Italia, algunos líderes disidentes criticaron la invasión y provocaron una separación en el partido, que sufrió una baja de 200.000 miembros. En Francia, el partido perdió el apoyo de muchos intelectuales -Jean-Paul Sartre, Pablo Picasso y el historiador Emmanuel Le Roy Ladurie entre ellos-. En Inglaterra, uno de mis futuros colegas, el historiador E. P. Thompson, se hallaba entre el pequeño grupo de intelectuales que dejaron el partido en protesta.

El año 1956 condenó el comunismo como ideología liberal al vertedero de la Historia. Durante los siguientes años, una nueva forma de creencia comunista conocida como «eurocomunismo» -un intento de crear un modelo reformista de política comunista independiente del modelo soviético- empezó a desarrollarse y finalmente hizo mella en Francia, Italia y España. La reacción de España hacia Hungría nunca -que yo sepa- ha sido estudiada. Esto no cabe la menor duda que se debe a la hipocresía que reinaba en ambos lados del espectro político español. El Gobierno de Franco condenó la invasión soviética y no quiso tomar parte en los Juegos Olímpicos de Melbourne ese año por la participación comunista. Pero los comunistas españoles continuaron apoyando firmemente la línea soviética, ya que era de su interés hacerlo así. De manera que de un lado y del otro los españoles encontraron una satisfacción común en la invasión soviética.

Sin embargo, la hipocresía no era sólo de los comunistas. La conmemoración de la tragedia de Hungría nos da ocasión para recordar la hipocresía e infamia de las democracias occidentales, que vieron los acontecimientos de Budapest como la oportunidad para iniciar (1 de noviembre de 1956) una miserable y desastrosa guerra contra Egipto, con el intento de asegurarse el control del Canal de Suez. Recuerdo que los que en Inglaterra todavía estábamos aturdidos por el impacto de los acontecimientos en Budapest, difícilmente podíamos creer que Gran Bretaña y Francia, en colusión con Israel, habían enviado tropas hacia la zona del Canal. La agresión al Canal revelaba la quiebra moral de los regímenes occidentales que habían sido incapaces de -o desinteresados en- ayudar a los húngaros y sólo se preocupaban de conservar sus propios intereses económicos.

Es digno de recordar cómo un ministro de la Alemania Occidental, respondiendo a la ocupación soviética de Hungría, recomendaba a la gente de la Europa oriental que desistieran de «tomar una acción dramática que podría tener consecuencias desastrosas para ellos». En Occidente, los políticos estaban más interesados en Suez. Por suerte, el fracaso de la aventura francobritánica había tenido al menos una consecuencia positiva. Después de esto, las antiguas potencias coloniales que durante siglos habían pugnado por el domino del mundo limitaban sus horizontes y aceptaban que su futuro como naciones imperiales se había acabado. En este sentido, Suez marcaba el final de una etapa en la historia del imperialismo occidental. El imperialismo soviético, por supuesto, continuó sobreviviendo.

Uno de los resultados más impactantes de Budapest y Suez fue el surgimiento de Estados Unidos como un poder positivo para la paz. Los estadounidenses no pudieron ayudar a los húngaros porque temían el peligro de una guerra atómica con Rusia y porque sus servicios de espionaje no eran adecuados para hacer frente a lo que pasaba. Estados Unidos, por tanto, jugó en términos políticos un papel totalmente pasivo en 1956. Esa equivocación no se repitió. Desde ese momento, la diplomacia estadounidense se dio cuenta de que la pasividad sólo fomentaba la agresión soviética y la nación entró en una época distinta cuando activamente y con éxito iba en contra de cualquier amenaza importante soviética. La retirada de Gran Bretaña y Francia de su papel internacional también ayudó a que Estados Unidos se convirtiera en líder indiscutible de la democracia occidental, una posición que ha conservado con éxito indudable hasta el actual desatino de la intervención en Irak.

Este artículo empezó señalando que la revolución húngara fue un desastre y por supuesto en términos políticos lo fue. Hungría permaneció indolente bajo el control soviético durante una generación más. No sería hasta 1968 que el Kremlin fue puesto de nuevo a prueba, esta vez en Checoslovaquia. Pero después de aplastar la Primavera de Praga, una vez más usando tanques y derramando sangre, ningún otro movimiento popular significativo a favor de la libertad surgió en los países de la Europa oriental hasta la aparición de Solidaridad, el movimiento sindicalista polaco, en los años de 1980. Por entonces, la Unión Soviética estaba perdiendo el deseo de conservar su imperio, el comunismo había sido devorado por sus propios gusanos ideológicos y en una década la situación de Rusia dentro de la Europa oriental se colapsaba como un castillo de naipes. El que visita la Budapest de hoy y pasea lentamente junto al bello Danubio, caminando por los apacibles parques que bordean el río, bajo la sombra de la catedral, apenas percibirá ecos de aquellos 12 días fatídicos, cuando la libertad volvió a respirar por un corto rato y un pequeño y heroico pueblo resistió el poder de la tiranía que todavía controlaba Europa central.

Henry Kamen es historiador.

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25 octubre, 2006 a las 6:48 am

Memoria y justicia, de Juan José Martínez Zato en El País de Andalucía

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El debate abierto desde que el Gobierno anunció la remisión a las Cortes Generales del proyecto de ley llamado popularmente de Memoria Histórica, produce, según voces de la derecha, nuevamente la división entre los españoles y un apasionamiento poco recomendable. Nada importa en los tiempos actuales recordar, dice, si los árabes vinieron a España en el 711-el que no hayan pedido perdón por ello, según Aznar, resulta cuando menos sorprendente, sin que no nos haya aclarado por ejemplo si Italia también debe hacerlo-, o si hubo una República o una guerra civil y, por tanto, hay que olvidarlo.

No se trata de desenterrar el hacha cainita. Ejemplo han dado de ello los españoles. Todos han volcado sus mejores sentimientos en todos aquellos que murieron en el frente de una contienda fratricida que ensayo fue de la segunda conflagración mundial y a quienes fueron asesinados en una y otra zona.

Más, expuesto lo anterior, ha de decirse que nunca podrán olvidarse ciertas cosas. Por ejemplo, que, todavía hoy, haya miles de personas que no sepan donde están enterrados sus ascendientes o familiares cercanos, o las diferencias de trato que los excombatientes recibieron según estuvieran en una zona u otra. Intolerable e inhumano que ocurrió en la mal llamada paz franquista.

Hay cosas, en efecto, que nunca se podrán olvidar, sin tener nada que ver la reconciliación y convivencia entre los españoles conseguida ejemplarmente en 1978 con las víctimas que murieron o sufrieron durante esa falsa paz, lo que según los golpistas tenía lugar desde el mismo momento en que sus tropas conquistaban una ciudad o en las que la sublevación triunfó desde el primer instante.

Y difícil es olvidar el oprobio y la mentalidad represora que en todo momento exhibió, al someter a todo un pueblo bajo su bota, dejando de ser europeo de primera clase. La pésima educación que mi generación recibió, el odio que siempre inculcó hacia los perdedores de la guerra, guerra cuya llama siempre viva estuvo hasta su desaparición. Nunca podrá olvidarse. El general ferrolano comenzó matando y matando acabó su vida. Triste es decirlo, pero cierto.

No ha de olvidarse de otro lado que en la guerra existió una profunda diferencia entre los dirigentes de una zona y otra. En la republicana, nunca su Gobierno alentó a asesinar, aunque no pudo y no supo impedir acciones de todo punto condenables de una serie de incontrolados que tanto dañaron su prestigio y que no estaba en la mente de ese Gobierno legítimo. Pero Franco, nada más llegar a Tetuán, ordenó el fusilamiento de varios militares, entre ellos un familiar suyo, que leales a la República fueron. Lo hizo para demostrar que no le temblaría la mano, siguiendo así las instrucciones que impartió el que era director de los golpistas, general Mola, el 19 de julio, cuando no se sabía todavía que el golpe de Estado iba a fracasar y degeneraría por su traición en una guerra al afirmar que era necesario implantar el terror y eliminar sin escrúpulos a los que no pensasen como ellos”. Así de claro.

En la paz franquista fueron ejecutadas cerca de cincuenta mil personas. Millares de buenos españoles, por las purgas decretadas, perdieron sus empleos, maestros, catedráticos, funcionarios, obreros, escondiéndose muchos de ellos durante años, incluso algunos hasta que murió el general. No pocos tuvieron que realizar trabajos forzados, construyendo cárceles, carreteras, viviendas y, para rematarlo, el gran insulto del Valle de los Caídos. La miseria y el miedo rodeó a gran número de esas personas durante una buena parte de su vida.

De la gran represión, no se salvó, claro está, Andalucía. Sin perjuicio de lo que nos ilustran los historiadores, los andaluces de edad avanzada hoy, fueron víctimas, vivieron o presenciaron las andanzas y paseos de los golpistas nada más conquistar las ciudades y pueblos de esta parte de España tan golpeada en sus clases más modestas a lo largo de los siglos. Dejo para el final, tal vez por vivir y disfrutar hoy de ella, a Málaga.

Al parecer, ha de olvidarse todo lo que acaeció en esa ciudad nada más entrar los nacionales en ella. Debido a lo ocurrido en otros lugares y a las palabras nada tranquilizadoras del auténtico virrey en Andalucía, como era el general Queipo, unos cien mil defensores de la República y sus familias huyeron hacia Almería, andando la mayoría de ellos, miles de mujeres, niños y ancianos. En una acción que no mejoraría Himmler, los buques Cervera y Baleares disparaban a los acantilados rebotando las balas que mataban así a quienes no podían defenderse y cuando tal barbarie cesaba la aviación fascista bombardeaba y ametrallaba sin piedad. Tres mil murieron en lo que puede considerarse un auténtico exterminio o asesinato masivo. Desde febrero de 1937 hasta finales de abril de 1939 fueron ejecutados en Málaga dos mil republicanos. Centenares murieron en los campos de concentración de hambre y enfermedades hasta bien entrados los años cuarenta. ¡La paz!

Recibí la educación propia de la época, pero, al ingresar en la carrera fiscal, pronto cambié, social y políticamente, de forma de pensar al descubrir las injusticias, mentiras, falsedades y crueldad del franquismo, lo que, al parecer, ha de olvidarse. Creo que la derecha ha de condenar de una vez en el Parlamento la dictadura, lo que todos los auténticos demócratas hacen sin esfuerzo y tener en cuenta que en ningún lugar de Alemania o Italia existen estatuas o monumento alguno en homenaje a Hitler y Mussolini e, igualmente, que la barbarie no puede ni debe olvidarse.

Bienvenido sea el proyecto de ley que tal vez peca de excesivamente cauto, pero el Gobierno, que ha de procurar el consenso con todos los grupos, comprenderá que es susceptible de ser mejorado y dejar las cosas en su justo lugar.

Dice Ian Gibson que “una nación que se niega a querer conocer su propia historia, se condena al peligro de volver a vivirla algún día”. De eso se trata, de evitarlo.

Juan José Martínez Zato fue vocal del CGPJ y Teniente Fiscal del Tribunal Supremo.”

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Introducido por Reggio

25 octubre, 2006 a las 6:44 am

Papel mojado, de Moncho Alpuente en El País de Madrid

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Llueve sobre Madrid, el otoño vuelve a comportarse como solía y los paraguas se desperezan, como flores tardías, tras un letargo prolongado y estéril. La lluvia en la ciudad es una bendición del cielo y una maldición a ras del suelo. El agua no limpia la mugre de las calles del centro, ni borra los burdos chafarrinones de los graffitis omnipresentes, casi siempre esquemáticas rúbricas de adolescentes que reafirman su identidad emborronando impunemente el degradado paisaje urbano.

Llueve y los abultados periódicos dominicales se empapan y se tornan en ilegible papier maché y entintan irremediablemente la barra de pan que tratan de proteger sus páginas. Los contenedores de vidrio, envases y papel rebosan y se derraman sobre las aceras, los transeúntes caminan sobre una alfombra de letras y logotipos inútiles que se adhieren a las suelas de sus zapatos encharcados. Desentrenados en el uso correcto del paraguas, los viandantes se enzarzan en breves y aceradas escaramuzas.

Llueve sobre Madrid, las excavadoras de Unión Fenosa han levantado nuevas zanjas sobre las recientes cicatrices de otras obras, acanaladas tuberías de plástico rojo y verde ponen una nota de color en el paisaje degradado del centro. Desengaño y Malasaña responden mejor que nunca a sus sombrías denominaciones.

El centro de Madrid, en los aledaños de la Gran Vía, es un vertedero infame. En la Puerta del Sol, miles de sufridos y solidarios ciudadanos se manifiestan contra la pobreza y la exclusión social y los afectados por la última gran estafa filatélica concentrados en la Plaza de España deciden sumarse a la manifestación, no perdieron su casa, ni su trabajo pero temen haber perdido sus ahorros. Mientras, en la galdosiana Corredera de San Pablo una veintena de vecinos provistos de estridentes silbatos protestan airados contra los excluidos que hacen cola frente a las puertas del Refugio esperando sus raciones de comida; una docena de policías nacionales forman un cordón de seguridad entre los excluidos y los excluyentes que parecen a punto de llegar a las manos.

El Refugio de San Antonio de los Alemanes, antes de los Portugueses, ha cumplido varios siglos de labor humanitaria dando de comer al hambriento junto a las puertas de la magnífica iglesia de ladrillo y pizarra. Los lujosos y restaurados frescos de Lucca Giordano, españolizado Jordán, que retratan en toda su majestad a santos y santas coronados en el interior del templo, contrastan con sus fastuosos oropeles con las imágenes de pobreza que se desarrollan todas las tardes ante sus caritativas puertas, imágenes dignas también de un fresco del Siglo de Oro, o de la Misericordia, de Benito Pérez Galdós. Pobreza y esplendor, caridad y resentimiento.

En los cristales de algunos de los establecimientos comerciales que sobreviven precariamente en este barrio dejado de la mano de Gallardón han aparecido octavillas reclamando la expulsión inmediata de los marginados de sus calles.

Los vecinos que protestan por la presencia de mendigos, prostitutas y drogadictos en sus calles equivocan tristemente el destino de sus dardos. El Ayuntamiento madrileño, calcula, a ojo de mal cubero interesado en minimizar las cifras, que sólo 1.600 personas carecen de hogar en la capital, las organizaciones no gubernamentales incrementan el número hasta las 6.000.

La atención primaria, el techo y la comida de 6.000 personas no deberían ser un problema insoluble para el consistorio madrileño y sus servicios sociales, pero las cuentas del Municipio hacen agua por todas partes, se desbordan en obras ciclópeas, la primacía municipal son los vehículos no las personas.

Madrid bajo la lluvia, bastan cuatro gotas para que se colapse el congestionado tráfico, pero cuando llueve de veras, los atascos se hacen kilométricos.

El Ayuntamiento y la Dirección General de Tráfico, DGT no disponen de un plan especial para el mal tiempo, ni siquiera, reconocen, son capaces de aumentar el número de efectivos destinados a controlar el tráfico y se sacuden el muerto de encima pasándoselo al Ministerio de Fomento, responsable de las carreteras.

Llueve sobre mojado cuando la presidenta Esperanza Aguirre con un estentóreo” traje de Agatha Ruiz de la Prada tachonado con las siete estrellas de la bandera comunitaria, regresa a su palacete del centro de Madrid, sin mancharse sus zapatitos de cristal sobre la alfombra de inmundicias que recubre las calles de su barrio, maldito y ensañado.”

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Introducido por Reggio

25 octubre, 2006 a las 6:43 am

Apuestas sociales, de Eugenio Suárez Palomares en El País de Andalucía

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Esta semana se ha firmado el II Pacto para la Economía Social. Junta de Andalucía, a través de su Consejería de Innovación, sindicatos más representativos y Cepes-Andalucía han decidido continuar apostando por una economía que se revela como un sistema eficaz para la creación de empleo. Cooperativas, sociedades laborales y autónomos, que son los grupos mayoritarios que conforman la economía social están de enhorabuena. Con este segundo pacto se ratifican como un instrumento económico cada vez más potente en Andalucía, se les da carta de naturaleza a nivel público. Es verdad que algunos sectores, en concreto los que pertenecen a la economía de corte tradicional y también por algunas posiciones inmovilistas, que este sistema se ha visto frenado en su desarrollo. El hecho de que se trate de una economía que encuentra históricamente sus raíces en el movimiento obrero para hacer frente a situaciones de necesidad de los propios trabajadores es una de sus causas. Otra, la desconfianza hacia toda actividad empresarial que no busque el ánimo de lucro como único objetivo, como ha sido la atención de aquellas necesidades que surgían en los entornos más deprimidos. Sin embargo la desconfianza inicial que podría generarse por estas circunstancias como también por el hecho, nada despreciable, de que la economía de corte tradicional no podía ver con buenos ojos que se estableciera una tercera vía para hacer frente a las necesidades económicas sin regirse por criterios exclusivos de rentabilidad y beneficio, han tenido que dejar paso a esta realidad. Una realidad que, sin dejar de lado su aspecto de interés, mira más por la persona y por la solidaridad, haciendo que su hacer individual sea la base del hacer colectivo.

En este sentido hay que mirar esta economía. También encuentra su razón de ser que estos movimientos económicos estén refrendados por la Constitución y por el Estatuto de Autonomía en sus artículos 129 y 69, por los que se obliga a los poderes públicos a fomentar el cooperativismo. Y es así porque con aquella realidad y con este soporte, constitucional y autonómico, resultaba obligado que la acción de gobierno que se ejerce por la Junta de Andalucía dedicara su atención a este sistema económico y de valores. También que los sindicatos más representativos, como son UGT y CC.OO, refuercen con su presencia la validez de este II Pacto.

No obstante, y pese a todas las bondades que representa este sector, hay que evitar que la presencia de Administración, sindicatos y el nuevo horizonte que se abre, le haga perder sus auténticos valores. Unos valores que muestran cómo desde la iniciativa y desde el trabajo se puede acceder a la titularidad empresarial sin perder su razón de ser. Es uno de sus rasgos fundamentales como también su desapego a la Administración. Desde esta óptica puede considerarse una tercera vía, pues se distingue de la economía que se entronca exclusivamente con el capital y de la que se residencia exclusivamente en el Estado. Ésta es su importancia, por lo que hay que evitar los riesgos que la desnaturalicen. Unos riesgos que pueden evitarse si los sindicatos se introducen en esta nueva forma de gestión y acomodan su forma de actuar en la empresa tradicional con estas nuevas modalidades empresariales. También si desde el gobierno, necesariamente obligado a fomentar estas sociedades por lo que representan para la persona y su avance en la socialización del trabajo, no introduce factores que disminuyan la autonomía de las instituciones representativas de la economía social. Unas exigencias que CEPES, como máximo órgano de representación, debe exigir. También impedir que el esfuerzo de la acción pública se diluya en aquellos miembros de la economía social que buscan su propio y exclusivo beneficio. En tanto estos riesgos no se hagan realidad, este II Pacto va a seguir ayudando a que la economía social se mueva con mayor fortaleza en estos tiempos de globalización, y hará posible que el trabajo avance en su socialización, haciendo más verdad las apuestas que, constitucional y autonómicamente, se han hecho por esta Economía.

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Introducido por Reggio

25 octubre, 2006 a las 6:35 am

Contra el fatalismo, de Nicolás Sánchez Durá en El País de la Comunidad Valenciana

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Dicen las encuestas que a pesar de los pesares -y el pesar es mucho- el Partido Popular mantiene, o incrementa, su ventaja entre nosotros. La decepción es tal que muchos de los desolados afirman, más allá de la coyuntura política, que los valencianos, sus gustos, imaginación, manera de ser, etc. se ajustan fácil y cómodamente al PP. Sin duda tal opinión, oída en más de una boca y más de una vez, supone una censura bipolar: censura del PP, compendio de mal gusto, marrullería, clericalismo, desgobierno y populismo; pero también de una ciudadanía que mayoritariamente alienta semejante cohorte.

El asunto no es menor. Si fuera el caso que los valencianos son sustantivamente los últimos mohicanos de la defensa de occidente”, entonces la suerte está echada para largo. Es tentador admitir que así es. Pues cabe recordar, a pesar de cierta euforia -u oportunismo- del momento, que cuando las urnas llevaron a Zapatero al gobierno, la lista del partido socialista perdió en Valencia frente a la holgada victoria de la de Zaplana. Pero ahora una derrota del PSOE supondría que la mayoría de valencianos se muestra indiferente, o abiertamente reluctante, a uno de los periodos de mayor innovación política de este país. Una innovación que, en el caso de los derechos individuales, acredita, articulándola jurídicamente, la revolución antropológica que experimentan las sociedades modernas. Todo ello quedaría desacreditado por los valencianos o al margen de su interés.

Sin embargo, esta clase de pesimismo tiene un supuesto que no va, sin más, de suyo. Me refiero a una reactualización de la teoría de los “caracteres nacionales” o del “esprit general de la nation”, tal como Hume y Montesquieu la fraguaron. Los dos pensaban que había algo así como un alma o carácter de las sociedades que una vez formados tendían a dominarlas. Verdad es que autores muy dispares atribuyen un esprit a los valencianos que no es para sentirse dichoso (este juicio, cierto, depende de las anteojeras de cada uno). Valga el ejemplo de dos escritores inteligentes en un periodo en el que es incuestionable que Valencia fue proclive a la izquierda. Arturo Barea, en su monumental La forja de un rebelde -en el volumen La chispa dedicado a la guerra civil-, se sorprende, al venir del Madrid asediado, de una Valencia bullanguera y despreocupada, “un mundo extraño en el que la guerra no existía…las gentes bien vestidas, orgullosas y chillonas, con tiempo y dinero a su disposición. Las terrazas de los cafés estaban llenas…”, etcétera. Erika Mann, la hija del Nobel, también antifascista, de carácter, formación y estirpe muy diferentes a los de Barea, estuvo aquí como corresponsal de guerra, hospedada en el Hotel Reina Victoria en 1938, cuando el frente estaba a unos treinta kilómetros y la guerra ya cubría la ciudad con su espectro. Pero insiste en lo mismo: las personas pasean “distraídas” hasta la noche, “se asientan… en los locales principales y llenan las salas de los teatros y cinematógrafos”. Las chicas “maquilladas y alegres” reciben los soldados. Asiste a una zarzuela cuyo protagonista es José de Egipto: “La sala, llena hasta los topes, reía viendo los ademanes del casto muchacho, que se comportaba como una fina ama de llaves a la que se le acercan demasiado. Los estribillos, llenos de alusiones, los coreábamos todos”. Me resulta familiar, alegría, alegría, hasta me imagino las obscenidades.

No soy partidario de la teoría de los caracteres nacionales, menos aún atemporalmente considerados. Hume y Montesquieu creían que dependían de causas físicas y morales. Salvo en las sociedades muy primitivas, donde dominaban las causas naturales, las causas morales primaban sobre las físicas. Lo cual quería decir que aquellas almas colectivas eran mudables. Decir que somos “así” es fatalista, desactiva formas de imaginarnos de otra manera. Un sociólogo de la Complutense decía que el PP hace la oposición que hace porque sabe que España tiende a la izquierda: se olvida un tanto de la ideología y se embarca en el regate político de la deslegitimación. Quizá en Valencia quepa lo contrario: cargar las tintas de la lucha ideológica y conseguir la transmigración de las almas. Eso sí, sin perder la alegría.”

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Introducido por Reggio

25 octubre, 2006 a las 6:31 am