Los Borgia han sido, a no dudar, la familia española (aunque sería más exacto decir italoespañola) que más juego ha dado -y sigue dando- en historia y arte. Desde El Príncipe de Maquiavelo -inspirado en César- hasta una poco conocida novela de Vázquez Montalbán (de 1998) titulada con el célebre lema del duque Valentino: Aut Caesar aut nihil: O César o nada. Y son ejemplos más que a vuelapluma.
Ahora también Antonio Hernández ha echado su cuarto a espadas en el cine. Los Borgia es una película demasiado plana, pero vistosa y de alto presupuesto para nuestro entorno. Es más sencilla que Alatriste, pero muestra que podemos y debemos hacer cine histórico, lejos de la mítica Locura de amor o de aquel Cid Campeador (con Heston y Loren) que nos hicieron los norteamericanos.
Quien conozca la fascinante historia del clan Borgia -antes Borja, oriundos de Játiva- en el Renacimiento italiano nada nuevo verá en este filme, como no sean las buenas interpretaciones, sobre todo de Lluís Homar (Rodrigo Borgia, el papa Alejandro VI) y de Sergio Peris-Mencheta como César Borgia, hijo natural del Papa, cuando era cardenal, con la señora Vanozza Cattanei. El error de Hernández, haber hecho con tanto material pleno de sexo, refinamiento, violencia y muerte, simplemente un friso histórico, acaso para educar o (quiero pensar) para entretener.
En efecto, poco más hay: ver salir al Papa de su lecho vaticano dejando dormida al lado a una hermosa jovencita… Pero es muy poco. Más juego dramático -y fílmico- habría tenido un guión centrado en la siempre dudosa Lucrecia o, sobre todo, en el más que sugeridor y enigmático César, muerto y enterrado en Viana, adonde fue a parar tras una increíble vida de poder y astucia, con sólo 32 años, huyendo de los Reyes Católicos, a quienes se lo había entregado el nuevo Papa Julio II. Por cierto, los hijos de Rodrigo Borgia fueron Juan, Lucrecia, César y Godofredo. Si todos los nombres aparecen en español en la cinta (y no Giovanni, Lucrezia o Cesare), no veo por qué decir Jofré, en vez de Godofredo, antiguo y opulento.
La película fracasa -dignamente- porque le falta objetivo e intimismo. Y, como Peris-Mencheta no hace mal de César (primero cardenal y luego duque y capitán general de los ejércitos pontificios, una sutil encarnación del mal que el poder casi siempre comporta), uno echa en falta que la película no le esté dedicada, centrando en su orgulloso y bárbaro vitalismo (que sedujo al mismo secretario florentino) una estampa de la avaricia, la lujuria y lo ilimitado del deseo.
«O César o nada» vale como decir «el fin justifica los medios», y de eso se trata. Quien de verdad quiere poder -alto y resplandeciente poder, con maneras distintas entonces y hoy, pero con igual anhelo- no se anda con melindres, derechos y otras zarandajas. Las imágenes han cambiado (el disimulo también), pero jamás los propósitos de los muy poderosos: llegar al poder, ensancharlo y mantenerlo al precio que sea. Ésa es la inmensa actualidad de César Borgia, en un mundo más tiránico y más libre que el nuestro. Quizá Neil Jordan, que está montando ya su película sobre el personaje, le haga la cama a nuestro Antonio Hernández. El gesto sería muy Borgia, indudablemente.
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