Caffè Reggio

Un lugar de encuentro para leer juntos

Archivo de mayo, 2009

Valores democráticos, de Soledad Gallego-Díaz en Domingo en El País

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El pluralismo político, como la libertad de expresión, son derechos fundamentales sin los que el sistema democrático deja de existir y merecen una protección constitucional reforzada y atenta. Como la libertad de expresión, el pluralismo político tiene también unos límites, pero deben ser los mínimos posibles de manera que la esencia de ese derecho no quede nunca sometida a otro interés.

Lo notable de la reciente sentencia del Tribunal Constitucional respecto a las candidaturas de Iniciativa Internacionalista-La Solidaridad entre los Pueblos, en las próximas elecciones europeas, no es que los garantes de la Constitución autoricen esas candidaturas, sino que los jueces de la Sala Especial del Tribunal Supremo las hubieran anulado sin tener otra cosa que indicios de “insuficiente entidad probatoria”. Lo notable en este caso es que el Tribunal Supremo invalidó unas candidaturas políticas a partir de sospechas y convicciones que “por razonables que puedan resultar en términos políticos”, según el Tribunal Constitucional, no constituían, en absoluto, pruebas objetivas ni subjetivas que abonaran la existencia de una trama al servicio de una organización terrorista.

Eso es lo importante, y lo que debería llamarnos la atención de este caso, porque es grave que se haya intentado limitar el derecho de participación política y menoscabado el valor del pluralismo político sin tener pruebas contundentes que apoyaran esa seria decisión.

Es explicable que la opinión pública tenga grandes sospechas y temores cada vez que se aproxima un proceso electoral y aparece una nueva candidatura vinculada a la izquierda abertzale. Todos estamos sometidos a la presión que ejerce el terrorismo y hay precedentes probados en los que quedó de manifiesto la voluntad de perpetuarse de Herri Batasuna, Euskal Herritarrok y Batasuna, organizaciones todas ellas declaradas ilegales en marzo de 2003 por estar al servicio de ETA. Pero esa legítima sospecha de los ciudadanos no puede traducirse en decisiones legales que perjudiquen un derecho tan básico como el de participar en unas elecciones, porque los perjudicados finalmente no son sólo las candidaturas de IIS, sino el conjunto de la ciudadanía, a la que, sin ser consciente de lo que está sucediendo, se le van recortando derechos mediante interpretaciones jurídicas cada vez más restrictivas.

La sentencia del Tribunal Constitucional, con una reseñable unanimidad, es importante porque sale al paso, seriamente, de una tendencia que se ha ido extendiendo peligrosamente: “El riesgo de que, confundiendo la ideología profesada por un partido y los medios utilizados y defendidos para promoverla, se termine por perjudicar a quien comparte esa misma ideología”; se termine por violentar su derecho a expresarse y a promover su participación política.

La Constitución española, como recuerda el TC, no permite excluir ninguna ideología por sus contenidos, sus fundamentos “ni por los medios de los que eventualmente quieran valerse quienes la defienden”. “Dichos medios”, explica el Tribunal, “serán inaceptables si son violentos, pero sin perjuicio alguno para la ideología a la que pretenden servir”.

En el caso de Iniciativa Internacionalista, el Tribunal Constitucional advierte que de los documentos presentados puede razonablemente deducirse que ETA y el partido político ilegalizado (Batasuna) conceden cierta relevancia a las elecciones europeas, e incluso que pretenden servirse de alguna manera de esa oportunidad para sus fines. Pero lo que no ha quedado demostrado con suficiente valor probatorio es que la coalición IIS fuera el instrumento elegido para ello. Y eso no es una minucia ni algo que pueda suponerse sin poner en riesgo el derecho básico del pluralismo político.

Lo que el Tribunal Constitucional ha recordado en esta ocasión es que la izquierda abertzale como expresión ideológica “no ha sido proscrita ni podrá llegar a serlo”. ETA y Batasuna no creen que las ideologías deban ser absolutamente libres, como demuestran con sus asesinatos y con la violencia que ejercen contra los no nacionalistas, pero en este país, afortunadamente, la Constitución establece otra cosa y el poder público, el Tribunal Supremo, debió ser, precisamente, la primera garantía de que eso es así. Es inquietante que el máximo órgano judicial aceptara una anulación basándose en sospechas y convicciones, y magnífico que el Tribunal Constitucional se haya mostrado inflexible.

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31 mayo, 2009 a las 9:12 am

Estado de parálisis, de Paul Krugman en Negocios en El País

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Siempre se ha dicho que California es el lugar al que primero llega el futuro. ¿Pero sigue eso siendo cierto? Si es así, que Dios ampare a Estados Unidos.

La recesión ha golpeado con fuerza al Estado Dorado. La burbuja inmobiliaria era allí mayor que en casi cualquier otro lugar, y el desastre también ha sido mayor. La tasa de paro de California, del 11%, es la quinta más alta del país. Y por consiguiente, los ingresos del Estado se han resentido.

Sin embargo, lo que es realmente preocupante acerca de California es la incapacidad del sistema político para hacer frente a la situación.

A pesar de la depresión económica, a pesar de las políticas irresponsables que han duplicado la carga de la deuda del Estado desde que Arnold Schwarzenegger se convirtió en gobernador, California tiene unos recursos humanos y financieros inmensos. No debería tener una crisis fiscal; no debería estar a punto de recortar servicios públicos esenciales y de negar la cobertura sanitaria a casi un millón de niños. Pero así es, y uno tiene que preguntarse si la parálisis política de California es un presagio del futuro que le espera a todo el país.

Las semillas de la actual crisis de California se plantaron hace más de treinta años, cuando la inmensa mayoría de los votantes aprobó la Propuesta 13, una medida electoral que colocó una camisa de fuerza al presupuesto del Estado. Se limitaron los tipos de interés sobre la propiedad, y los propietarios de viviendas se vieron protegidos de los aumentos en sus bases imponibles aunque el valor de sus casas estuviera subiendo.

La consecuencia fue un sistema de impuestos que es tan injusto como inestable. Es injusto porque los propietarios de vivienda más mayores suelen pagar muchos menos impuestos sobre la propiedad que sus vecinos más jóvenes. Es inestable porque la limitación de los impuestos sobre el patrimonio ha obligado a California a ser mucho más dependiente que otros Estados de los impuestos sobre la renta, que caen en picado durante las recesiones.

Sin embargo, es más grave aún el hecho de que la Propuesta 13 ha hecho que sea extremadamente difícil subir los impuestos, incluso en momentos de emergencia: no se puede subir ningún impuesto estatal sin una mayoría de dos tercios en las dos cámaras legislativas del Estado. Y la reacción recíproca entre esta disposición y las tendencias políticas del Estado ha sido desastrosa.

Porque California, donde los republicanos iniciaron la transformación mediante la que dejaron de ser el partido de Eisenhower y se convirtieron en el partido de Reagan, es también el lugar en el que iniciaron su siguiente transformación, la que les convirtió en el partido de Rush Limbaugh. A medida que la marea política se ha ido volviendo en contra de los republicanos de California, los miembros restantes del partido se han vuelto cada vez más radicales, cada vez menos interesados en la labor de gobernar.

Y mientras el creciente extremismo del partido lo condena a una situación de minoría aparentemente permanente (Schwarzenegger era y es una excepción), el remanente republicano sigue conservando escaños suficientes en la asamblea legislativa para bloquear cualquier medida responsable para atajar la crisis fiscal.

¿Le sucederá lo mismo al país en su conjunto? La semana pasada, Bill Gross, de Pimco, el gigante de los fondos de bonos, advertía de que el Gobierno de EE UU podría perder su triple A en la calificación de la deuda en unos cuantos años, por culpa de los billones que se está gastando en rescatar la economía y los bancos. ¿Es ésta una posibilidad real?

Bueno, en un mundo racional la advertencia de Gross no tendría sentido. Los déficit previstos para EE UU pueden parecer grandes, pero sólo sería necesaria una pequeña subida de los impuestos para compensar el aumento que se presagia en los pagos de los intereses (y ahora mismo, los impuestos estadounidenses están muy por debajo de los de la mayoría de los países ricos). En otras palabras, las consecuencias fiscales de la actual crisis deberían ser controlables.

Pero eso parte de la suposición de que, desde el punto de vista político, seremos capaces de actuar de forma responsable. El ejemplo de California demuestra que esto no está ni mucho menos garantizado. Y los problemas políticos que han atormentado a California durante años cada vez se están poniendo más de manifiesto a escala nacional.

Dicho sin rodeos: los últimos acontecimientos indican que el Partido Republicano se ha vuelto loco al perder el poder. Los pocos moderados que quedaban han sido derrotados, han huido, o se les está obligando a marcharse. Lo que queda es un partido cuyo comité nacional acaba de aprobar una resolución que declara solemnemente que los demócratas están “empeñados en reestructurar la sociedad estadounidense conforme a los ideales socialistas” y de publicar un vídeo que compara a la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, con Pussy Galore [la piloto personal de Goldfinger en la película de James Bond].

Y ese partido todavía tiene 40 senadores.

Así que la pregunta es si Estados Unidos seguirá los pasos de California hacia la ingobernabilidad. Bueno, California tiene algunos puntos débiles particulares que el Gobierno federal no comparte. En concreto, las subidas de impuestos a escala federal no requieren una mayoría de dos tercios y en algunos casos pueden esquivar las maniobras obstruccionistas. Así que actuar de forma responsable debería ser más fácil en Washington que en Sacramento.

Pero el precedente de California sigue inquietándome. ¿Quién iba a decir que el Estado más grande de EE UU, un Estado cuya economía es más grande que la de la mayoría de los países, a excepción de unos cuantos, podría convertirse tan fácilmente en una república bananera?

Por otra parte, los problemas que afligen a la política californiana también afectan al conjunto del país. -

© 2009 New York Times Service.

Traducción de News Clips.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008.

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31 mayo, 2009 a las 9:11 am

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Retirada ordenada, de Joaquín Estefanía en Domingo en El País

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Si uno mira hacia atrás, el primer trimestre del año en curso ha sido el más aciago en la mayor parte de las economías de las naciones desde que existen las series estadísticas. La OCDE, que agrupa a los 30 primeros países, retrocedió un 2,1% en tasa intertrimestral y un 4,2% en relación al mismo trimestre de 2008. En España, la caída fue del 1,9% si se compara con el último trimestre del año anterior y de un 3% en términos interanuales.

Si se otea hacia delante, las cosas no son mucho mejores. Los más optimistas sugieren que el segundo trimestre del año, en el que estamos viviendo, no será tan negativo como el primero, pero otros analistas indican a continuación que lo peor se sitúa inmediatamente después del verano. Por lo pronto, dos instituciones como la Fundación de las Cajas de Ahorro (Funcas) o el Instituto Flores de Lemus, de la Universidad Carlos III, pronostican que la economía española caerá este año un 3,8% (ocho décimas más que la anterior previsión) y un 4,3%, respectivamente.

Estando en medio de la batalla es difícil contemplar el paisaje de devastación que queda. Por ejemplo, en términos de desequilibrios de las cuentas públicas. El déficit y la deuda se han disparado en todos los países con los que España participa en los distintos foros de integración (UE, OCDE…). Según previsiones de la Comisión Europea, en la zona euro el déficit público medio pasará de un 1,9% del PIB en 2008 al 5,3% en el año actual y al 6,5% en 2010. En cuanto a la deuda pública, la evolución es también espectacular: 69,3% del PIB hace un año, 77,7% ahora y 83,8% en el próximo ejercicio. Y las medias, como se sabe, ocultan realidades más lacerantes: España, que venía de un superávit público del 2,2% en 2007, pasó a un 3,8% de déficit en 2008 y se prevé (siendo conservadores) que en el año en curso llegue al 8,6% y casi al 10% en 2010. En cuanto a la deuda, habrá crecido más de 22 puntos del PIB entre 2008 y 2010 (del 39,5% al 62,3%).

Es muy probable, casi seguro, que si las economías no hubieran hecho este gigantesco esfuerzo presupuestario no estaríamos hablando de recesión, sino de depresión, y en vez de crisis económica destacaríamos una crisis social y política. Pero en cuanto surge algún indicador menos malo, por muy volátil que sea, los vigilantes de la vuelta a la normalidad piensan en cómo preparar una retirada ordenada hacia la estabilidad macroeconómica, al cumplimiento flexible del Pacto de Estabilidad y Crecimiento que obliga a todos los países de la zona euro y a evitar una nueva burbuja, la de la deuda, motivada por las inmensas necesidades de financiación de los países, muchas de ellas con vencimientos muy cortos.

Cuando, la pasada semana, Bill Gross, gestor del mayor fondo de bonos del mundo, especuló con la posibilidad de que EE UU perdiera su máxima calificación crediticia, por sus niveles de déficit y deuda, planteó la magnitud de este problema.

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31 mayo, 2009 a las 9:10 am

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El ‘nipote’ de Fanucci, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

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CARTA DEL DIRECTOR

Nueva York, 1917. El tintineo de la puerta de la tienda de ultramarinos del señor Abbandando no anuncia a un cliente sino más bien a una persona principal. Una figura voluminosa e impositiva cruza el umbral. Lleva un gabán oscuro sobre los hombros, recubriendo un ostentoso traje blanco con chaleco. Va tocado con un sombrero de ala ancha, también blanco, bajo el que exhibe un rostro exuberante y sudoroso, cruzado por un bigote fiero como un latigazo. Es Don Fanucci, capo de la Mano Nera en el barrio, y lleva pegado a sus talones a un muchacho escuchimizado con una ridícula pajarita al cuello.

«Questo è il mio nipote», le dice al tendero, mientras se dirige hacia la oxidada caja registradora. «Come va il negozio?».

Antes de que el pobre Abbandando pueda contestar, Don Fanucci abre bruscamente el cachivache y lo comprueba por sí mismo: «Va bene, va bene…». El tendero sale azarado de detrás del mostrador y se pone a disposición del visitante.

Desde el fondo de la tienda dos jóvenes dependientes observan preocupados cómo Don Fanucci cuchichea con el propietario, señalando al pasmarote que aguarda junto a la puerta. Los gestos de asentimiento del atribulado Abbandando indican que no puede negarse a conceder lo que se le pide. Enseguida el capo le da dos palmaditas en el rostro como muestra de satisfacción y abandona el local tras besar al de la pajarita en la mejilla.

Retorciendo con las manos su delantal, el tendero se acerca entonces al más fornido de los dependientes y entre balbuceos le expone la situación en su común lengua natal: «Le cose vanno molto malamente… Fanucci ha un nipote…». El mocetón entiende enseguida: acaba de perder su empleo porque hay que dárselo al protegido del amo del barrio. Le dice al tendero que no se preocupe, que ha sido como un padre para él y que ya encontrará otra cosa. Le abraza y se marcha dignamente, rehusando incluso un lote de comestibles para su familia.

Vito Corleone ha aprendido las reglas del juego y no quiere empezar su nueva vida debiéndole nada a nadie. Mientras suenan los violines de la banda sonora de Nino Rota, se dirige a su casa donde le espera, aparcado por si acaso, el primer alijo de armas que ha conseguido su amigo Clemenza.

Tanto en italiano como en español la primera acepción de nipote o nepote es sobrino. Sin embargo en ningún momento de la segunda parte de El Padrino, a la que pertenece esta fascinante escena, llega a aclararse si el chico escuchimizado es literalmente un «sobrino» de Don Fanucci, si le une a él otro tipo de parentesco o si se trata tan sólo de un protegido de su banda. Desde que los papas del Renacimiento adoptaran la costumbre de enmascarar como sobrinos a sus propios retoños para elevarlos al solio cardenalicio, la palabra nepote ha tenido un sentido amplio y equívoco y las variantes del nepotismo han ido abarcando casi todas las formas del favoritismo político.

De hecho, puestos a aplicar este baremo a la Andalucía de Manolo Chaves, tampoco haría falta mayor precisión, pues sus casi 20 años de virreinato han dejado tras de sí toda una panoplia de colocaciones a dedo, enchufes, subvenciones, ayudas y favores varios a muy diversos integrantes de su parentela: hermanos, sobrinos, primos, compadres… y, por supuesto, esto de ahora de la niña. Cualquiera diría que el primer punto de su acción de gobierno ha sido satisfacer aquella demanda que le plantearon durante un mitin a su casi paisano, el granadino Natalio Rivas, a la sazón ministro de la Restauración: «¡Natalico, colócanos a todos!».

Esa sigue siendo la verdadera «deuda histórica» de Andalucía consigo misma -el empleo- y es obvio que Chaves decidió saldarla impulsando una dinámica de círculos concéntricos como quien tira una piedra -la del presupuesto- en medio de un lago de su propiedad: primero que se beneficien los parientes de primer y segundo grado, luego los familiares diversos, después la peña de amigos, a continuación los cuadros del partido, seguidamente los socialistas de carné, si queda algo que sea para los simpatizantes y los demás, allá se las entiendan.

Aunque durante estos años han proliferado en Andalucía las denuncias de quienes han perdido un cargo, una plaza, un destino administrativo, un puesto de trabajo, un contrato público o una subvención porque se trataba de algo deseado por alguien de la cuerda del chavismo, ignoramos en este momento la identidad de aquel o aquella a quien Minas de Aguas Teñidas despidió, destituyó o dejó de contratar, a pesar de sus mayores méritos, para fichar y promocionar a Paula Chaves como apoderada de la compañía. Pero esa persona existe, vaya que sí existe.

Como también existe quien perdió el cargo de Jefe de Servicios Generales de Canal Sur para que lo ocupara Francisco Javier Chaves, quien perdió el puesto de Coordinador de Seguridad de la Junta para que lo ocupara Carlos María Chaves, quien perdió la poltrona de Director General de Tecnología e Infraestructuras Deportivas para que la ocupara Leonardo Chaves y quien perdió jugosas subvenciones para que este último se las otorgara a la empresa Climo Cubierta, controlada por el hermano de todos ellos Antonio José Chaves.

La riqueza que compone el patrimonio de bienes y servicios de una comunidad en un momento dado no deja de ser una suma constante. La cuestión es cómo se reparte. Tanto los liberales que anhelamos un sector público lo más reducido posible como los intervencionistas honestos, que ahora reviven sobre una ola de reproches al laissez faire, podemos concurrir en el principio de neutralidad de la administración como valor esencial de un Estado democrático. Que es como decir meritocrático.

En el extremo opuesto está la ley de la mafia que imperaba en Little Italy. Meses después del episodio de la tienda de comestibles, Don Fanucci se monta en el estribo del descacharrado automóvil que conduce Vito Corleone y le dice que sabe que él y Clemenza se dedican a robar almacenes de ropa sin darle a él su parte. Entonces le formula dos advertencias: «Tenéis que mostrarme respeto… Debéis dejarme probar el pastel». Y una amenaza: «Si no, la Policía irá a tu casa y tú y toda tu familia os arruinaréis». Con su rúbrica final: «Capisci, paesano?»

Esta sería exactamente la situación en la que se encontraría en estos momentos el actual presidente de Cajasol si pretendiera anteponer la defensa de los intereses de la entidad al requerimiento de que coloque al susodicho Leonardo -cesante tras el relevo en la Junta- como director general del equipo de baloncesto que patrocina en Sevilla, con un sueldo de 250.000 euros. A cambio de que quede de nuevo acreditado el respeto que sigue mereciendo el padre padrone desplazado a Madrid y el derecho de sus nepotes a seguir «probando el pastel» despedirán al entrenador, habrá un par de fichajes menos la próxima temporada o la caja detraerá el monto de algún otro patrocinio, obra social o actividad cultural.

Cuando ganó a pulso el congreso de 2000, un Zapatero imbuido de la receta de la carrera abierta a los talentos como clave de su propio éxito prometió por activa y por pasiva que el PSOE no volvería a ser ni el resort de la beautiful people ni la cueva de Juan Guerra porque nadie estaría «por encima de la ley». Hasta ahora queda claro que su legado va a incluir graves averías en áreas vitales de la nave del Estado, pero en cambio nadie ha podido asociar su gestión con la corrupción o el tráfico de influencias. Incluso podría decirse que en casos como el de Bermejo o el líder valenciano Juan Ignasi Pla ha dado muestras de que, en la duda, prefiere cortar por lo sano.

De ahí que afronte ahora su gran prueba de fuego porque la sensación de impunidad con que se han comportado siempre Chaves y los suyos les ha llevado a cometer el craso error de dejar una huella insoslayable de la última de sus fechorías. Se mire por donde se mire, cualquier ley de incompatibilidades, cualquier código de buen gobierno, cualquier cultura de hábitos saludablemente democráticos está orientada a impedir que en el documento por el que se otorga una subvención pública y en el recibí de esa ayuda puedan aparecer las firmas de un padre y una hija. Si encima resulta que la subvención ha sido previamente denegada por otra administración y que la presidida por papá ha tenido que cambiar la norma para poder concederla, es imposible imaginar un ejemplo más de libro por el que deban depurarse, como mínimo, drásticas responsabilidades políticas.

Esto es mucho más grave que ir a cacerías de gorra y sin licencia, que admitir que un constructor amigo te adelante el costo de los materiales de la reforma de una vivienda o que aceptar que te regalen cuatro trajes. Porque en este caso el do -la contratación de Paula Chaves como conseguidora de ayudas públicas- ut des -la concesión de tales ayudas por Manuel Chaves- está jurídicamente documentado en una muy elocuente secuencia temporal.

Después del ataque de ira contra nuestro periódico del padre de la criatura, el PSOE andaluz ha enmarcado su respuesta en su propia tradición y código de valores. «Todo padre quiere lo mejor para su hijo», proclamó el miércoles el nada innovador consejero de Innovación Martín Soler. No mezclemos las «cosas de familia» con el debate político «porque donde las dan las toman», avisó el jueves su homólogo de Gobernación y jefe de los pretorianos chavistas, Luis Pizarro. Cualquiera diría al oírle que es una guerra de bandas sin cuartel lo que se prepara.

Vito Corleone saldó sus cuentas con Don Fanucci acribillándole a tiros en un día de fiesta mayor después de que el mafioso hiciera alardes populistas, paseándose entre el vecindario con una naranja entre las manos. La misma fruta de la que Don Corleone cortará un fragmento para hacerse unos dientes postizos y dar el último susto de su vida a su nietecito Anthony, más de medio siglo después.

En medio de esas dos naranjas transcurre la saga de Mario Puzo, filmada por Coppola en torno a una gran idea-fuerza: es imposible vivir con un pie fuera y un pie dentro de la mafia. Zapatero debería fijarse en la figura de Michael Corleone, tan cargado de buenas intenciones como él y con una mujer atractiva y moderna como la suya. Todos en la familia estaban de acuerdo en que Michael debía llegar a la cima por un camino diferente: la universidad, el servicio militar, la abogacía, la política… «¡Gobernador Corleone! ¡Senador Corleone!», evoca Don Vito antes de morir. Pero las necesidades de la familia han decidido por ellos y de la misma manera que el siniestro Don Fanucci se ha reencarnado en él, también lo hará en su hijo favorito.

Zapatero puede hacerse el exquisito con Bermejo o con Pla, pero Chaves es el presidente del partido y sigue controlando la principal de sus federaciones. No se atrevió a desmontar a tiempo su tinglado andaluz y ahora que cree haber encontrado una vía para hacerlo a medias, carece de margen para obligarle a asumir un final político oprobioso a costa de la subvención a la niña de sus ojos.

Ante Don Fanucci, como luego ante Don Vito, sólo caben dos opciones: liquidarle o rendirle respeto, permitiéndole que coma y reparta su trozo de «pastel». Y quien crea que en Andalucía es posible regenerar al PSOE desde dentro, que se acuerde del patético ridículo del comerciante Bonasera, ese que abre la película con las palabras «I believe in América», pero enseguida demuestra haberse dado cuenta de que, puestos a obtener resultados prácticos, donde esté la mafia, que se quiten la Ley, la Policía y los tribunales de Justicia. Nada como besar la mano del Padrino y colocar donde haga falta a su nipote.

pedroj.ramirez@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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31 mayo, 2009 a las 9:09 am

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El 'nipote' de Fanucci, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

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CARTA DEL DIRECTOR

Nueva York, 1917. El tintineo de la puerta de la tienda de ultramarinos del señor Abbandando no anuncia a un cliente sino más bien a una persona principal. Una figura voluminosa e impositiva cruza el umbral. Lleva un gabán oscuro sobre los hombros, recubriendo un ostentoso traje blanco con chaleco. Va tocado con un sombrero de ala ancha, también blanco, bajo el que exhibe un rostro exuberante y sudoroso, cruzado por un bigote fiero como un latigazo. Es Don Fanucci, capo de la Mano Nera en el barrio, y lleva pegado a sus talones a un muchacho escuchimizado con una ridícula pajarita al cuello.

«Questo è il mio nipote», le dice al tendero, mientras se dirige hacia la oxidada caja registradora. «Come va il negozio?».

Antes de que el pobre Abbandando pueda contestar, Don Fanucci abre bruscamente el cachivache y lo comprueba por sí mismo: «Va bene, va bene…». El tendero sale azarado de detrás del mostrador y se pone a disposición del visitante.

Desde el fondo de la tienda dos jóvenes dependientes observan preocupados cómo Don Fanucci cuchichea con el propietario, señalando al pasmarote que aguarda junto a la puerta. Los gestos de asentimiento del atribulado Abbandando indican que no puede negarse a conceder lo que se le pide. Enseguida el capo le da dos palmaditas en el rostro como muestra de satisfacción y abandona el local tras besar al de la pajarita en la mejilla.

Retorciendo con las manos su delantal, el tendero se acerca entonces al más fornido de los dependientes y entre balbuceos le expone la situación en su común lengua natal: «Le cose vanno molto malamente… Fanucci ha un nipote…». El mocetón entiende enseguida: acaba de perder su empleo porque hay que dárselo al protegido del amo del barrio. Le dice al tendero que no se preocupe, que ha sido como un padre para él y que ya encontrará otra cosa. Le abraza y se marcha dignamente, rehusando incluso un lote de comestibles para su familia.

Vito Corleone ha aprendido las reglas del juego y no quiere empezar su nueva vida debiéndole nada a nadie. Mientras suenan los violines de la banda sonora de Nino Rota, se dirige a su casa donde le espera, aparcado por si acaso, el primer alijo de armas que ha conseguido su amigo Clemenza.

Tanto en italiano como en español la primera acepción de nipote o nepote es sobrino. Sin embargo en ningún momento de la segunda parte de El Padrino, a la que pertenece esta fascinante escena, llega a aclararse si el chico escuchimizado es literalmente un «sobrino» de Don Fanucci, si le une a él otro tipo de parentesco o si se trata tan sólo de un protegido de su banda. Desde que los papas del Renacimiento adoptaran la costumbre de enmascarar como sobrinos a sus propios retoños para elevarlos al solio cardenalicio, la palabra nepote ha tenido un sentido amplio y equívoco y las variantes del nepotismo han ido abarcando casi todas las formas del favoritismo político.

De hecho, puestos a aplicar este baremo a la Andalucía de Manolo Chaves, tampoco haría falta mayor precisión, pues sus casi 20 años de virreinato han dejado tras de sí toda una panoplia de colocaciones a dedo, enchufes, subvenciones, ayudas y favores varios a muy diversos integrantes de su parentela: hermanos, sobrinos, primos, compadres… y, por supuesto, esto de ahora de la niña. Cualquiera diría que el primer punto de su acción de gobierno ha sido satisfacer aquella demanda que le plantearon durante un mitin a su casi paisano, el granadino Natalio Rivas, a la sazón ministro de la Restauración: «¡Natalico, colócanos a todos!».

Esa sigue siendo la verdadera «deuda histórica» de Andalucía consigo misma -el empleo- y es obvio que Chaves decidió saldarla impulsando una dinámica de círculos concéntricos como quien tira una piedra -la del presupuesto- en medio de un lago de su propiedad: primero que se beneficien los parientes de primer y segundo grado, luego los familiares diversos, después la peña de amigos, a continuación los cuadros del partido, seguidamente los socialistas de carné, si queda algo que sea para los simpatizantes y los demás, allá se las entiendan.

Aunque durante estos años han proliferado en Andalucía las denuncias de quienes han perdido un cargo, una plaza, un destino administrativo, un puesto de trabajo, un contrato público o una subvención porque se trataba de algo deseado por alguien de la cuerda del chavismo, ignoramos en este momento la identidad de aquel o aquella a quien Minas de Aguas Teñidas despidió, destituyó o dejó de contratar, a pesar de sus mayores méritos, para fichar y promocionar a Paula Chaves como apoderada de la compañía. Pero esa persona existe, vaya que sí existe.

Como también existe quien perdió el cargo de Jefe de Servicios Generales de Canal Sur para que lo ocupara Francisco Javier Chaves, quien perdió el puesto de Coordinador de Seguridad de la Junta para que lo ocupara Carlos María Chaves, quien perdió la poltrona de Director General de Tecnología e Infraestructuras Deportivas para que la ocupara Leonardo Chaves y quien perdió jugosas subvenciones para que este último se las otorgara a la empresa Climo Cubierta, controlada por el hermano de todos ellos Antonio José Chaves.

La riqueza que compone el patrimonio de bienes y servicios de una comunidad en un momento dado no deja de ser una suma constante. La cuestión es cómo se reparte. Tanto los liberales que anhelamos un sector público lo más reducido posible como los intervencionistas honestos, que ahora reviven sobre una ola de reproches al laissez faire, podemos concurrir en el principio de neutralidad de la administración como valor esencial de un Estado democrático. Que es como decir meritocrático.

En el extremo opuesto está la ley de la mafia que imperaba en Little Italy. Meses después del episodio de la tienda de comestibles, Don Fanucci se monta en el estribo del descacharrado automóvil que conduce Vito Corleone y le dice que sabe que él y Clemenza se dedican a robar almacenes de ropa sin darle a él su parte. Entonces le formula dos advertencias: «Tenéis que mostrarme respeto… Debéis dejarme probar el pastel». Y una amenaza: «Si no, la Policía irá a tu casa y tú y toda tu familia os arruinaréis». Con su rúbrica final: «Capisci, paesano?»

Esta sería exactamente la situación en la que se encontraría en estos momentos el actual presidente de Cajasol si pretendiera anteponer la defensa de los intereses de la entidad al requerimiento de que coloque al susodicho Leonardo -cesante tras el relevo en la Junta- como director general del equipo de baloncesto que patrocina en Sevilla, con un sueldo de 250.000 euros. A cambio de que quede de nuevo acreditado el respeto que sigue mereciendo el padre padrone desplazado a Madrid y el derecho de sus nepotes a seguir «probando el pastel» despedirán al entrenador, habrá un par de fichajes menos la próxima temporada o la caja detraerá el monto de algún otro patrocinio, obra social o actividad cultural.

Cuando ganó a pulso el congreso de 2000, un Zapatero imbuido de la receta de la carrera abierta a los talentos como clave de su propio éxito prometió por activa y por pasiva que el PSOE no volvería a ser ni el resort de la beautiful people ni la cueva de Juan Guerra porque nadie estaría «por encima de la ley». Hasta ahora queda claro que su legado va a incluir graves averías en áreas vitales de la nave del Estado, pero en cambio nadie ha podido asociar su gestión con la corrupción o el tráfico de influencias. Incluso podría decirse que en casos como el de Bermejo o el líder valenciano Juan Ignasi Pla ha dado muestras de que, en la duda, prefiere cortar por lo sano.

De ahí que afronte ahora su gran prueba de fuego porque la sensación de impunidad con que se han comportado siempre Chaves y los suyos les ha llevado a cometer el craso error de dejar una huella insoslayable de la última de sus fechorías. Se mire por donde se mire, cualquier ley de incompatibilidades, cualquier código de buen gobierno, cualquier cultura de hábitos saludablemente democráticos está orientada a impedir que en el documento por el que se otorga una subvención pública y en el recibí de esa ayuda puedan aparecer las firmas de un padre y una hija. Si encima resulta que la subvención ha sido previamente denegada por otra administración y que la presidida por papá ha tenido que cambiar la norma para poder concederla, es imposible imaginar un ejemplo más de libro por el que deban depurarse, como mínimo, drásticas responsabilidades políticas.

Esto es mucho más grave que ir a cacerías de gorra y sin licencia, que admitir que un constructor amigo te adelante el costo de los materiales de la reforma de una vivienda o que aceptar que te regalen cuatro trajes. Porque en este caso el do -la contratación de Paula Chaves como conseguidora de ayudas públicas- ut des -la concesión de tales ayudas por Manuel Chaves- está jurídicamente documentado en una muy elocuente secuencia temporal.

Después del ataque de ira contra nuestro periódico del padre de la criatura, el PSOE andaluz ha enmarcado su respuesta en su propia tradición y código de valores. «Todo padre quiere lo mejor para su hijo», proclamó el miércoles el nada innovador consejero de Innovación Martín Soler. No mezclemos las «cosas de familia» con el debate político «porque donde las dan las toman», avisó el jueves su homólogo de Gobernación y jefe de los pretorianos chavistas, Luis Pizarro. Cualquiera diría al oírle que es una guerra de bandas sin cuartel lo que se prepara.

Vito Corleone saldó sus cuentas con Don Fanucci acribillándole a tiros en un día de fiesta mayor después de que el mafioso hiciera alardes populistas, paseándose entre el vecindario con una naranja entre las manos. La misma fruta de la que Don Corleone cortará un fragmento para hacerse unos dientes postizos y dar el último susto de su vida a su nietecito Anthony, más de medio siglo después.

En medio de esas dos naranjas transcurre la saga de Mario Puzo, filmada por Coppola en torno a una gran idea-fuerza: es imposible vivir con un pie fuera y un pie dentro de la mafia. Zapatero debería fijarse en la figura de Michael Corleone, tan cargado de buenas intenciones como él y con una mujer atractiva y moderna como la suya. Todos en la familia estaban de acuerdo en que Michael debía llegar a la cima por un camino diferente: la universidad, el servicio militar, la abogacía, la política… «¡Gobernador Corleone! ¡Senador Corleone!», evoca Don Vito antes de morir. Pero las necesidades de la familia han decidido por ellos y de la misma manera que el siniestro Don Fanucci se ha reencarnado en él, también lo hará en su hijo favorito.

Zapatero puede hacerse el exquisito con Bermejo o con Pla, pero Chaves es el presidente del partido y sigue controlando la principal de sus federaciones. No se atrevió a desmontar a tiempo su tinglado andaluz y ahora que cree haber encontrado una vía para hacerlo a medias, carece de margen para obligarle a asumir un final político oprobioso a costa de la subvención a la niña de sus ojos.

Ante Don Fanucci, como luego ante Don Vito, sólo caben dos opciones: liquidarle o rendirle respeto, permitiéndole que coma y reparta su trozo de «pastel». Y quien crea que en Andalucía es posible regenerar al PSOE desde dentro, que se acuerde del patético ridículo del comerciante Bonasera, ese que abre la película con las palabras «I believe in América», pero enseguida demuestra haberse dado cuenta de que, puestos a obtener resultados prácticos, donde esté la mafia, que se quiten la Ley, la Policía y los tribunales de Justicia. Nada como besar la mano del Padrino y colocar donde haga falta a su nipote.

pedroj.ramirez@elmundo.es

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31 mayo, 2009 a las 9:09 am

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Rendir cuentas es buen gobierno, de Jordi Sevilla en El Mundo

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LUCES LARGAS

Seré un poco raro, pero me llena de zozobra no saber cómo van las reuniones sobre el Nuevo Orden Financiero Internacional; ni conocer las consecuencias de las ochenta medidas anticrisis anunciadas por el Gobierno en el último año; ni poder estudiar las razones por las que conviene mantener la deducción lineal de los 400 euros, a pesar de las dudas sobre los logros conseguidos con su aplicación; ni entender por qué no se puede hacer nada, tras constatar la vicepresidenta económica que no vale la pena subir los impuestos a las rentas más altas, porque total, son tan pocos los ricos que declaran IRPF en nuestro país, que su impacto recaudatorio sería pequeño. Con los años, empiezo a valorar de los poderes públicos tanto las iniciativas de futuro del tipo cambiar el modelo productivo, como la rendición de cuentas sobre lo hecho en el pasado.

Siempre me ha llamado la atención cómo en España el debate presupuestario reproduce, año tras año y gobierne quien gobierne, la misma situación anómala: el Gobierno dice lo que espera del año próximo y las cosas que pretende hacer en ese futuro temporalmente acotado. Y todos discutimos sobre la credibilidad de ese marco futuro y sobre lo que se dice que se quiere hacer en el mismo. Pero nunca se discute sobre lo que se ha hecho, en relación a lo que se dijo el año pasado que se iba a hacer, aunque se presenta un estado de cuentas con el grado de ejecución del presupuesto anterior, que no suele suscitar especial interés. Es decir, que en un debate tan importante como el de presupuestos, al que dedicamos tres meses de duro trabajo parlamentario en pleno y en comisiones, no hay un verdadero análisis de rendición de cuentas sobre lo hecho y todo se suele centrar en un rifirafe, siempre, sobre lo que está por venir.

Tanto las reglas de buen gobierno corporativo, como las recomendaciones de la OCDE sobre códigos de buen gobierno del Gobierno (como ministro, propuse uno en marzo de 2005, que se aprobó) hacen hincapié en la importancia de la transparencia y de la rendición de cuentas para que se pueda evaluar y juzgar la actuación de los órganos que toman decisiones, sea en la empresa, sea en el Gobierno. Estos mismos principios se incorporan en todas las propuestas de fortalecimiento de los sistemas democráticos del mundo entero para contrarrestar la excesiva concentración de poder en manos de los ejecutivos.

Todo quehacer público debería tener un objetivo explícito que se pueda evaluar con posterioridad para ver su grado de cumplimiento y, por tanto, la eficacia de la gestión, pero también para analizar las dificultades que hayan podido surgir y, a partir de ellas, modificar las medidas o las políticas puestas en marcha. Este deseo de conocer, evaluar, aprender, corregir, que redunda en una mejor gestión de las políticas públicas y en una mejora del funcionamiento global del sistema, debería ser obligatorio si no desde un punto de vista legal, si al menos como compromiso ético de los establecidos en las prácticas de buen gobierno.

Cuando las Administraciones Públicas gestionan en torno a la mitad del PIB de un país, la preocupación sobre cómo mejorar de forma permanente su eficacia y eficiencia debería ser una exigencia obvia. Y en España debe hacerse en tres direcciones. Hay que actuar para reducir las cargas excesivas e innecesarias que las administraciones repercuten sobre las empresas y los ciudadanos, provocando importantes pérdidas de horas de trabajo. Hay que conseguir una coordinación máxima entre todas ellas -nacional, autonómica y local- para sustituir con más trabajo interno las trabas y los quebraderos de cabeza que, con demasiada frecuencia y alegría, trasladamos a los ciudadanos. Y hay que lograr unas administraciones bien engrasadas en su funcionamiento interno, con trabajadores motivados y con procedimientos claros y evaluables.

Si la reforma del mercado laboral, del sistema público de pensiones o de nuestros impuestos no son prioritarias para el Gobierno, como se ha dicho, debería de hacerse, por lo menos, una reforma estructural de gran calado en torno al funcionamiento de nuestras administraciones. Empezando por la manera en que se gestionan los presupuestos y, en general, las políticas públicas de gasto, con dos objetivos fundamentales: uno, político, rendir cuentas de forma todavía más transparente y otro, técnico, mejorar la eficacia en la actuación de un sector público cuya incidencia sobre el conjunto del PIB, del empleo y de la productividad del país, es de la mayor trascendencia.

De manera inmediata se pueden utilizar dos instrumentos: una presentación cuantitativa de las políticas y medidas gubernamentales y de los Ministerios que, partiendo de cero, obligue a explicar la necesidad de cada una de las partidas y de las razones por las cuales se propone hacerlo así y no de otra manera. Esto sería tanto como elaborar, de verdad, unos presupuestos por objetivos, en los que cada euro debería de estar justificado no por la Historia, sino desde la consecución de un objetivo político-social conocido y deseable. En segundo lugar, potenciar la actual Agencia de Evaluación de Políticas Públicas para que presente en el Parlamento, con el próximo Presupuesto, un análisis de aquellas políticas de gasto que se considere prioritarias, analizando su impacto real y, por tanto, la eficacia con la que se ha diseñado y se han llevado a cabo.

Si la actual crisis financiera internacional ha representado, también, la crisis de una concepción ideológica neoliberal según la cual el Estado es siempre el problema, quienes creemos en la necesidad de un Estado regulador que coopere con el mercado y con el sector privado debemos esforzarnos en defender nuestra causa a partir de una reforma de la administración que encarna los poderes de ese Estado, para hacerla más transparente, eficiente y, por tanto, útil. Facilitar la rendición de cuentas de las políticas públicas es una parte de esas reformas estructurales determinantes que en nuestras Administraciones puede arrancar sobre las bases puestas ya en la pasada legislatura. Con perdón.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

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31 mayo, 2009 a las 9:08 am

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Las quiebras que necesitamos, de Robert J. Samuelson en El Mundo

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ANÁLISIS

Cuando los administradores de la seguridad social y el programa de protección por enfermedad Medicare dieron parte de la solvencia de estos programas, la cobertura informativa fue universalmente sombría. La recesión lo había empeorado todo. «Seguridad social y Medicare en situación de insolvencia antes de lo esperado», titulaba Wall Street Journal. Realmente estas informaciones eran buenas noticias. Mejor habría sido: «Seguridad social y Medicare en riesgo de quiebra en 2010».

Es cada vez más evidente que el Congreso y el presidente (al margen del partido en el poder) sólo abordarán la bomba fétida política de una sociedad que envejece si no tienen más remedio. Y la forma más plausible de forzar la situación sería que la seguridad social y Medicare se declarasen insolventes; que los fondos fiduciarios se agotaran; que las prestaciones prometidas superaran las retenciones de la nómina que las financian. Cuanto más pronto suceda, mejor.

Que los programas terminarán quebrando en última instancia queda claro en los propios informes de los administradores. En las páginas 201 y 202 del informe de la situación financiera del seguro por enfermedad Medicare aparece la concluyente aritmética: a lo largo de los próximos 75 años, la seguridad social y Medicare van a costar alrededor de 103,2 billones de dólares, al tiempo que las retenciones fiscales y los ingresos extraordinarios sumarán en total sólo 57,4 billones de dólares. La diferencia es de 45,8 billones de dólares (todas las cifras están ajustadas a la inflación actual).

Los actuarios de Medicare observan a continuación lo que sucederá una vez se agote el fondo de la seguridad social y el programa de baja hospitalaria de Medicare: «No existe ninguna disposición en la ley actual que aborde el desequilibrio financiero proyectado (en Medicare y en la seguridad social). Una vez que las reservas se agoten no será posible incurrir en más gastos de los cubiertos por la recaudación del ejercicio». Traducción: las prestaciones se desplomarán.

Las pensiones de la seguridad social se encogerán; parte de las facturas del seguro por enfermedad dejarán de estar pagadas -y los recortes empeorarán progresivamente-. Los jubilados las pasarán canutas. Los hospitales podrían cerrar. Ningún presidente ni Congreso escapará a las protestas. Incluso la amenaza de quiebra inminente les empujará a actuar. Pero restaurar la solvencia de los programas abocará al Congreso y a la Casa Blanca a afrontar cuestiones fundamentales.

En 1940, la esperanza de vida en el momento de nacer era de 61,4 años en el caso de los varones y de 65,7 en el caso de las mujeres; hacia el año 2008, las cifras comparables son 75,4 y 80 años. De manera que, conforme mejora el estado de salud y se eleva la longevidad, ¿en qué momento debe dejar de trabajar la gente y tener derecho a percibir pensiones por jubilación? Privados de eufemismos políticamente agradables («protección social», «prestaciones sociales»), eso es lo que son principalmente la seguridad social y Medicare. Si es así, ¿hasta qué punto deben estar subvencionados los jubilados más acomodados?

O ¿hasta qué punto las obligaciones para con la tercera edad deben desplazar a las demás necesidades nacionales? -digamos, la defensa, la educación, la investigación, las infraestructuras o, más en general, la renta familiar digna-. En el año 1990, la seguridad social y Medicare englobaban el 28% del gasto federal; en el año 2019, su porcentaje rozará el 40%, según proyecta la administración Obama. Al crecer este gasto, las presiones para subir los impuestos, elevar el déficit presupuestario o recortar los demás programas crecerán. ¿Cuál es el equilibrio correcto entre el pasado y el futuro?

¿De qué forma se puede reorganizar el sistema médico para mejorar la atención y limitar el gasto? Según algunas estimaciones, la tercera parte del gasto sanitario puede ser innecesario o ineficaz.

Desafortunadamente, los fondos fiduciarios de la seguridad social y Medicare no se agotarán hasta el año 2017 y 2037 respectivamente, según las proyecciones más recientes. Aunque estas fechas para la quiebra se adelantan a las estimaciones del año pasado (2019 en el caso del seguro por enfermedad y 2041 en el de la seguridad social), siguen estando bastante distantes. Entre el ahora y el entonces, la sequía en el resto del Gobierno tendrá lugar invisiblemente. Los fondos insuficientes se agotarán progresivamente. Los títulos del Estado invertidos en estas cuentas de fideicomiso se remitirán al Tesoro para el pago. Ese débito sólo se puede financiar de tres formas: mayor déficit, impuestos más altos o recortes del gasto.

Pero sin un suceso que obligue de verdad -algo que exija una respuesta-, presidentes y congresistas eludirán las elecciones subyacentes. Profesan preocupación, pero sus propuestas son cosméticas, ineficaces o ambas cosas. «Tenemos que salvar la seguridad social para el siglo XXI», proclamaba Bill Clinton. «El sistema, de seguir su trayectoria actual, está abocado a la quiebra», advertía George W. Bush. Ahora, Barack Obama parece estar volviendo a esta costumbre. «Lo que hemos hecho es ir posponiendo la cuestión», decía al Washington Post. «Ahora llegamos al final del plazo». Estupenda retórica, pero eso es todo.

Aunque nadie espere que Obama haga una gran contribución tras apenas cuatro meses en el poder, aún está por dar señales de un apoyo general por lo menos a las políticas que se necesitan: incremento gradual de la edad de jubilación; reducciones paulatinas de las prestaciones en el caso de los jubilados más acomodados; reforma radical de Medicare. De hecho, los planes de Obama de ampliar la cobertura sanitaria pagada por el Estado podrían incrementar el gasto en Medicare agravando así la inflación médica.

Al igual que General Motors, seguimos con los malos hábitos porque we can temporalmente. La dilación es una mala política. Contra más pospongamos los cambios, más radicales tendrán que ser. El daño a jubilados y contribuyentes sólo va a crecer a lo largo del tiempo. La seguridad social se enfrentó por última vez a un problema insalvable en 1983, cuando un fondo cada vez más encogido obligó al Congreso a hacer cambios. La lección: una crisis es justo lo que necesitamos.

Robert J. Samuelson es columnista del diario The Washington Post.

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31 mayo, 2009 a las 9:07 am

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Tablas hoy por hoy, de Julián Santamaría Ossorio en La Vanguardia

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Hace treinta años que el Parlamento Europeo es elegido directamente por los ciudadanos de los países miembros, y el estudio de esas elecciones ha producido ya una abundante literatura que coincide en atribuirles algunas peculiaridades. La primera de todas es que ni prima en ellas el debate sobre los temas europeos ni producen gobierno, lo que hace que se las considere como elecciones de segundo orden; es decir, elecciones de menor importancia y, en consecuencia, los ciudadanos se abstienen mucho más que en las elecciones generales. Paradójicamente, el incremento, cada vez más notable, de las competencias del Parlamento Europeo ha ido acompañado de tasas crecientes de abstención.

La segunda característica apunta a que los partidos en el gobierno tienden a perder, sobre todo cuando las elecciones europeas se celebran cerca del ecuador de la legislatura, y que de ello se benefician los partidos pequeños y los que se sitúan ideológicamente en los extremos. El fundamento de estas tendencias se ha relacionado con el juego de tres mecanismos complementarios: la menor movilización, al concedérseles menor importancia; el voto sincero,que induciría a votar por el partido preferido, en vez de hacer un voto útil,y el deseo de manifestar el descontento con el desempeño del gobierno, sin el riesgo de derribarlo, absteniéndose o votando por otro partido.

En España, las primeras elecciones al Parlamento Europeo se celebraron en 1987 y esta será la sexta vez que concurramos a estos comicios. De las cinco anteriores, el PSOE ganó tres y el PP dos. Con la excepción de 1994, en que las perdió el PSOE, estando en el Gobierno, siempre las ha ganado el partido gobernante, fuera el PP o el PSOE, y, en algún caso, como ocurrió en 1999, el PP multiplicó por tres la ventaja que había obtenido sobre su rival en las generales de 1996. Hasta ahora, ni los partidos pequeños ni los más extremosos han obtenido beneficios especiales en este tipo de elecciones. En lo único que España reproduce el modelo descrito es en la baja participación cuando las europeas no han coincidido con otras elecciones.

En España, las elecciones europeas se han centrado siempre, como las generales, en la competición entre los dos partidos principales, dando prioridad al debate sobre los problemas nacionales del momento y limitando, si no ignorando, el debate sobre el futuro de Europa, como si eso no constituyera un problema de primordial importancia para los españoles. En este caso, las elecciones del 7-J van a tener lugar en un escenario marcado por la crisis económica y el desempleo. Nunca, como ahora, la percepción de la situación económica había sido tan negativa, lo que ofrecía al electorado la oportunidad de castigar al Gobierno, y al PP la de obtener una clara victoria, pese a sus problemas internos.

Los resultados de este estudio no avalan esa hipótesis. Sugieren que si ahora tocasen elecciones generales, los resultados serían muy similares a los del 2008 y que en las europeas se da una situación de equilibrio entre los dos partidos principales. De hecho, nunca ha existido entre los ciudadanos mayor incertidumbre acerca de quién ganará. El 39% cree que lo hará el PSOE, y el 38%, el PP, aunque son muchos más los que prefieren que gane el primero. Esa incertidumbre contrasta con la seguridad que manifestaban en el 2004, cuando casi dos terceras partes del electorado anticipaban el triunfo del PSOE. A una semana de las elecciones, este cuenta con una ligerísima ventaja que bajo ningún concepto le garantiza el triunfo.

Si los datos de nuestro estudio son correctos, el desenlace está abierto. Primero, porque la diferencia entre los dos grandes partidos está dentro del margen de error, lo que exige hablar, hoy por hoy, de empate técnico, de manera que si bien con esos datos correspondería al PSOE un escaño más que al PP, el resultado inverso no constituiría sorpresa alguna. Segundo, porque los electorados de uno y otro partido parecen igualmente movilizados y habrá que esperar para ver si acuden por igual a las urnas o se produce un marcado desequilibrio en la participación, como ocurrió en el 2004, cuando por cada abstencionista del PP hubo dos del PSOE.

En cualquier caso, los datos sugieren un punto de equilibrio que puede vencerse de cualquier lado. Es cierto que la gestión del Gobierno recibe una crítica negativa, que se mantiene la pérdida de confianza en Zapatero y se ven con escepticismo las medidas contra la crisis. Pero, al tiempo, tres cuartas partes de los entrevistados critican la ausencia de propuestas del PP para superar la crisis y Rajoy inspira desconfianza casi al ochenta por ciento de los ciudadanos. La percepción de la situación política es sumamente crítica, lo que podría reflejar tanto la insatisfacción con la gestión del Gobierno como con la falta de colaboración de la oposición. De ello se beneficiaría, esta vez sí, un partido pequeño, la UPyD, que serviría de refugio a los descontentos de los partidos principales.

JULIÁN SANTAMARÍA OSSORIO, catedrático de Ciencia Política de la UCM y presidente del Instituto Noxa Consulting.

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31 mayo, 2009 a las 9:06 am

Ávila, Segovia, Soria, de Enric Juliana en La Vanguardia

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CUADERNO DE MADRID

“Existe una desgracia para los ciudadanos que se llama campaña electoral” Carme Chacón, ministra de Defensa, en un arrebato de sinceridad, el pasado jueves ante las cámaras de Tele 5.

La victoria del Barcelona -deberíamos llamarle así, el Barcelona- ha dejado a Castilla sedada.

La mejor vista de Ávila se ofrece desde una curva de la antigua carretera de Salamanca, allá donde los Cuatro Postes. Contemplando el paisaje desde ese punto, Miguel de Unamuno dijo sentirse fuera del tiempo. Al atardecer, desde el humilladero de Santa Teresa, las murallas de Ávila levitan en busca del cielo.

Es un lienzo que ayuda a entender la mentalidad castellana. En ausencia de mar, el punto de fuga se coloca en lo alto, más allá de las nubes. Si en la costa la fantasía siempre acaba persiguiendo la última línea del horizonte, en Ávila, cercada por altas murallas, sólo puede ascender y perforar el firmamento. El delirio es vertical. Los cuatro postes (cuatro columnas dóricas con una cruz de granito en el centro) recuerdan el intento de fuga de la joven Teresa de Ahumada, con su hermano Rodrigo, hacia tierra de moros en busca del martirio.

En Ávila han inaugurado un espléndido palacio de congresos donde estos días se ha hablado del futuro de la prensa, asunto sobre el que me he jurado no lloriquear, puesto que todas las ramas productivas tienen hoy sus cuitas y no hay noticia de que los compañeros del metal vayan por ahí haciendo sonar las trompetas del apocalipsis. En Ávila viví el jueves un suceso que aún me tiene conmocionado. Nada más llegar me dijeron: “¡Felicidades por ser catalán!”.

También me lo dijeron el viernes en Segovia. ¡Caray! Al igual que Ávila, Segovia irrumpe. Se aparece. Se constituye en panorámica al doblar una curva. Primero, los afilados conos del alcázar, delirios en vertical que arañan el cielo; luego, la pizarra austriacista, y después, con tranquila puesta en escena, el acueducto aéreo. El acueducto romano de Segovia es una seria enmienda al mito visigótico. Antes de la teocracia arriana hubo en Castilla cotas más altas de civilización.

En Segovia han otorgado el Cirilo Rodríguez a Joaquim Ibarz, corresponsal de La Vanguardia en Latinoamérica. El premio, que este año cumple un cuarto de siglo, recuerda al reportero que con mayor pasión narró la llegada del hombre a la Luna. Tenía un timbre de voz espléndido el corresponsal de Radio Nacional de España en Nueva York. Un castellano riguroso y perforante. El Cirilo es un gran premio.

A Ibarz también le felicitaron por ser catalán, aunque nació en Zaidín (Saidí), en la línea del Cinca. Y más le hubieran agasajado de haber sabido con qué emoción vivió el acontecimiento romano. Ibarz, un gran tímido de mirada aguileña, habla claro -fue el primer periodista que captó la degradación del sandinismo nicaragüense y no se lo calló-, no soporta el populismo, no lloriquea cuando habla de su oficio (es decir, trabaja con pasión) y ama Catalunya.

Nos han felicitado, claro está, por la victoria del Barcelona. (Este verano, los hombres de una cierta edad deberíamos adoptar, al menos, dos precauciones: abstenernos de vestir pantalones cortos y hablar del Barcelona cuando nos refiramos al tricampeón. Lo primero, para no hacer el ridículo; lo segundo, para restablecer una mínima tensión con el furor totalizante del estadio. Cuando los gladiadores empezaron a rivalizar con los dioses, Roma periclitó).

Soria no irrumpe. A Soria, la ciudad tranquila donde Machado amaba los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón, se llega, poco a poco, desde la loma de Villaciervos. En Soria es hoy un buen día para hablar de la deriva de España, porque el espectáculo fue tan bello que Castilla entera se ha quedado sedada. Hay beatitud en los rostros. ¿Catalán? Pase, pase…

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31 mayo, 2009 a las 9:05 am

Obras sin dinero, de Manel Pérez en La Vanguardia

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LA VENTANA INDISCRETA

Mientras en los pasillos del Gran Melià de Sitges los empresarios asistentes a las Jornadas del Círculo de Economía se miraban unos a otros a los ojos escrutando la sinceridad de sus explicaciones acerca de sí veían o no brotes verdes en sus empresas, el Gobierno seguía atrapado en el dilema de estimular la economía en un contexto de acentuada debilidad parlamentaria.

La principal palanca de la política keynesiana en época de crisis, las obras públicas y el desarrollo de las infraestructuras, está quedando fuera del alcance de la acción gubernamental. Como han puesto de manifiesto informes de varios organismos empresariales, desde la Seopan de los constructores, que preside el ex jefe de la Oficina Económica de Moncloa, David Taguas, a la Cambra de Barcelona, a cuyo frente figura el conciliador Miquel Valls, la licitación de obra pública de Estado está, como la economía, en caída libre, un 70% menos que un año antes. No vale echar mano de los gastos en obras municipales del plan Zapatero, los 8.000 millones, como contrapeso, pues en su momento se presentaron como una medida adicional y poco más que paliativa, al margen del fundamental crecimiento que iba a registrar la acción del Estado.

No hay que engañarse, la caída de la obra pública revela un enorme problema de previsión, el creer en las expectativas de que la crisis iba a ser de poca gravedad, y un dilema político, la soledad del Gobierno para lograr la aprobación parlamentaria de nuevos programas de gasto suficientes para contrarrestar la caída de la economía.

Respecto al primero, el Gobierno, vía presupuestos del Estado, se restringió cuando presentó unas cuentas públicas para el año 2009 que contaban con un crecimiento del 1%. Como todo el mundo sabe, muy probablemente España cerrará el ejercicio con una caída cercana al 4%. Por este motivo, los ingresos caen cerca del 20% mientras que los gastos crecen todavía más.

La consecuencia no es sólo que el déficit se disparará al cierre del ejercicio, ¿hasta el 10% del PIB?, también que ahora el Estado ya no tiene apenas dinero para ejecutar más obras públicas. La austeridad presupuestaria de Pedro Solbes y la falta de previsión de Magdalena Álvarez,la ex de Fomento, han dejado al ministro José Blanco con más ganas que dinero a la hora de poner en práctica sus políticas.

Esto explica las cabriolas de Blanco para acometer su ambicioso plan de infraestructuras, una mezcla de programa económico desarrollista con planificación electoral a medio plazo, recurriendo a dosis elevadas de astucia e imaginación: que si participación de la iniciativa privada, que si adelanto de obras previstas en presupuestos de años posteriores, etcétera.

Todo eso no debería ocultar la realidad. El Estado ha agotado su capacidad discrecional de gasto y por ello Fomento ya no puede recurrir a los créditos extraordinarios para financiar sus obras. Debería acudir al Parlamento si quiere hacer frente a los compromisos que tiene por delante.

Este es el dilema político. El techo de gasto aprobado en el Congreso para este año, poco más de 160.000 millones de euros, está o desembolsado o comprometido en partidas de diverso tipo, en especial las sociales, derivadas del brutal incremento del desempleo.

Elena Salgado, vicepresidenta segunda y ministra de Economía, debería acudir al Parlamento y plantear un incremento de ese techo (además de presentar antes del 30 de junio su propuesta para el 2010) en consonancia con la realidad de la crisis económica. Y no sólo para cumplir con la cartera de compromisos del ministerio de Blanco. Eventualmente, debería incorporar los posibles compromisos en materia de financiación autonómica, el fondo de reestructuración financiera y más gasto social… ¿80.000 millones más?

En cualquier caso, de la suficiente trascendencia como para que el Gobierno de Zapatero se vea en la complicada tesitura de negociar complejos compromisos que le permitan sortear la cruda realidad que supone no gozar de mayoría absoluta.

Mientras no se haga frente a este dilema, el masivo programa de inversión pública que debe hacer frente a la crisis no pasará de ser una simple declaración de intenciones.

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31 mayo, 2009 a las 9:04 am

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Unas europeas muy españolas, de Jesús Cacho en El Confidencial

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CON LUPA

Dice el candidato Mayor Oreja que nunca ha visto una campaña electoral tan sucia como esta, y debe ser que el hombre tiene poca memoria o es víctima de ese síndrome tan humano que enfatiza hasta el gigantismo lo actual, mientras empequeñece lo pasado, incluso reciente, como material propicio a perderse pronto por los recovecos de la memoria. Las campañas electorales españolas suelen ser duras, crispadas, nada civilizadas, porque al sentimiento guerracivilista que sigue latiendo bajo la epidermis de tantos españoles que todavía viven de la política y que conocieron el franquismo, hay que añadirle el envilecimiento experimentado por una democracia sin demócratas al servicio de una clase política en el fondo solo interesada en el usufructo del Poder, más que en el llamado bien común.

La paradoja implícita en las elecciones del próximo domingo, sin embargo, no puede ser más llamativa. Estamos ante unos comicios europeos que se van a dirimir exclusivamente en clave española. El grado de postración por el que atraviesa el proyecto europeo importa poco por estos pagos. España, que vivía de espaldas a Portugal de acuerdo con el tópico, vive ahora también de espaldas a los Pirineos, a pesar de haber sido Europa y la Unión responsable en gran medida de “la repentina riqueza de los pobres de Kombach”, en parodia del título de la conocida película de Schlöndorff. Los problemas españoles son tan graves, tan acuciantes, el cainismo que se ha apoderado de nuestra vida política tan obvio, que cualquier cosa que no tenga que ver con el futuro inmediato deja de tener interés e incluso sentido. Estamos ante unas elecciones cuyos resultados habrá que leer en clave española. Unas elecciones de las que “pasa” una amplia mayoría de ciudadanos, pero que, sin embargo, tienen una importancia capital tanto para el PP como para el PSOE.

A pesar de los brillantes resultados de Galicia y de haber conseguido salvar los muebles en el País Vasco, da la impresión de que Mariano Rajoy sigue sometido a estrecho escrutinio en el seno de su propio partido. Como ocurre a menudo, los peores enemigos están dentro o pacen en el patio trasero. ¡A tierra, que vienen los nuestros! Muchos de los barones de la era Aznar siguen conspirando en los cenáculos contra él, imaginando toda suerte de revoluciones en la cúspide en caso de derrota del gallego el próximo domingo. Pero la necesidad de victoria no es menos acuciante en el caso de Rodríguez Zapatero. Me atrevería a decir que es incluso mayor. Con cuatro millones y pico de parados y los que están por llegar, una nueva derrota electoral tras lo ocurrido en Galicia, incluso en el País Vasco, dejaría al Presidente en una situación de extrema debilidad para afrontar los tres años que restan de Legislatura. Un equilibrista a punto de perder pie sobre el alambre. Y con un partido que está lejos de ser el bloque monolítico que aparenta, como demuestra la división interna provocada por la reforma de la Ley del Aborto y la polémica generada por el “seres vivos” versus “seres humanos” de Aído y compañía.

La importancia del envite para ambos partidos mayoritarios explica en última instancia la dureza del argumentario electoral esgrimido, la permanente descalificación del contrario y el descarte del trazo fino en beneficio de la brocha gorda del “y tú más”. Vamos a acabar de mierda hasta las orejas, porque la democracia española es hoy un filón inagotable de casos de corrupción a uno y otro lado. Se dirá que la campaña electoral pasa y que las aguas volverán pronto a su cauce, una afirmación voluntarista que nada puede frente al poso de animadversión que en España dejan las confrontaciones electorales. Zapatero ha heredado todos los vicios de Aznar en cuanto al grado de arrogancia que un Presidente puede desplegar frente al líder de la oposición en una democracia a medio cocinar como la española. Quienes recordamos el desprecio con que Franquito retrataba a Zapatero en los días de su mayoría absoluta, no podemos dejar de admirarnos ahora al comprobar cómo el socialista proyecta los mismos tics autoritarios en su trato con Rajoy.

Si, en la acera de enfrente, nos encontramos con un Rajoy situado en las antípodas de Zapatero en la forma de ver el mundo y la política, llegaremos pronto a la conclusión de que estas campañas electorales cargadas de rencor, donde los partidos sacan a relucir lo peor del libreto para tratar de reducir a cenizas al contrario, son una auténtica desgracia colectiva en tanto en cuanto hacen muy difícil, si no imposible, lograr el clima de consenso mínimo que sería imprescindible para alcanzar ese Gran Acuerdo Nacional, Pacto de Estado o como se le quiera llamar, que la crítica situación española está demandando a gritos. En el clima de crispación en que viven instalados los dos grandes partidos, resulta ilusorio pensar en hincarle el diente a esa serie de reformas estructurales consensuadas que sería necesario abordar para salir con bien de la crisis. Esta y no otra debería ser la gran tarea nacional del momento.

Poner coto al gasto público

Por desgracia, cuanto más se habla con los líderes empresariales estos días, más profunda es la impresión de desánimo y más oscuro el futuro. España saldrá más tarde y más empobrecida de la crisis que cualquiera de sus socios europeos. Los nuevos ricos de Kombach volverán a ser pobres. La preocupación echa raíces en la falta de confianza en un Gobierno que, superado por los acontecimientos, sigue empeñado en tergiversar la realidad y desviar la atención con polémicas artificiales de todo tipo. El imaginario socialista se ha enriquecido ahora con los green shoots importados de los USA, algo que en español hay que traducir por ‘tomates verdes fritos’, es decir, nada con gaseosa. Olmo viejo hendido por el rayo, que decía Machado, y mucho gasto público. Eso es todo. El Gobierno ZP ha vuelto a sorprendernos con otra de sus geniales iniciativas: una beca para estudiantes holgazanes que no quieren estudiar. De la legislación contra “vagos y maleantes” del franquismo vamos a pasar a la “Ley de Exaltación de Vagos y Farsantes con Financiación Incorporada” del zapaterismo, vivo ejemplo del tradicional péndulo español. Un auténtico dislate, propio de alguien que desprecia los valores del esfuerzo y el trabajo bien hecho.

Un Gobierno, pues, que no da la talla y una oposición que, aún denunciando muchas cosas, sigue sin hacer el gran discurso reformista que la situación española reclama, discurso de vuelo alto que elude el PP porque, en el fondo, su objetivo sigue centrado en la reconquista del Poder a toda costa y no es eso, no es eso, Mariano, que no está España para juegos de partidos, sino para propuestas de regeneración capaces anteponer los intereses generales a los particulares. Enfangados en la pelea de la lucha partidaria y en una democracia que hace agua por los cuatro costados, ¿cómo encontrar la luz para salir del túnel? Es el misterio del momento. Un importante banquero aseguraba en privado esta semana que una de las tareas esenciales, inaplazables, consiste ahora mismo en alcanzar un amplio consenso sobre el nivel de gasto público, ergo déficit público, que una economía como la española es capaz de soportar sin hipotecar gravemente el futuro de las nuevas generaciones, porque las deudas hay que pagarlas antes o después. El gasto público no ese pozo sin fondo que imagina Rodríguez Zapatero. Poner coto al gasto y proyectar algún rayo de esperanza en el futuro. Esa es la cuestión.

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Introducido por Reggio

31 mayo, 2009 a las 9:03 am

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Imposturas económico-electorales, de Jose Manuel Naredo en Público

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Una vez más, cuando se aproximan elecciones, arrecian discursos políticos que, lejos de aclarar los problemas y las propuestas, los soslayan o confunden deliberadamente. Porque la finalidad de tales discursos es aportar mensajes que atraigan votos y, para ello, interesa utilizar palabras atractivas, cuyas controladas dosis de ambigüedad permitan contentar a todo el mundo.

El partido del Gobierno opta por silenciar o edulcorar los problemas y, cuando ello no es posible, recurre a términos de síntesis que, a modo de conjuros, resuelvan las contradicciones en el mero campo de las palabras. Tras haber negado la crisis en las elecciones de hace un año, ahora se dice que lo peor ya ha pasado y se anuncia la aparición de “brotes verdes” en el panorama económico, aun cuando los últimos datos los demientan incluso en el caso de Estados Unidos. La oposición opta por cargar las tintas negras en lo económico y por desenterrar las sospechas sobre la responsabilidad de los atentados del 11-M para avivar la confusión y la sospecha en todos los planos, a la vez que se ignoran cínicamente las evidencias de corrupción que afloran en sus más altas instancias en los tribunales. Se trata de generar un magma difuso de realidades y ficciones que impida distinguir con claridad la verdad de la mentira, las personas respetables de los aprovechados y delincuentes, las causas profundas de nuestros males y sus remedios efectivos de los falsos atajos y panaceas, dejando a la ciudadanía cada vez más inerme para separar el grano de la paja y exigir responsabilidades.

En este contexto encaja el popurrí de medidas lanzadas para “combatir la crisis”. Se trata de mover muchas fichas para aparentar eficacia o de hablar mucho para encubrir la falta de contenido del discurso. No importa que la jugada sea incoherente, lo importante es que atraiga el mayor número de votantes, de derechas y de izquierdas, desarrollistas y conservacionistas, empresarios y trabajadores… Se postula para ello el pacto interclasista con un empeño que rememora el corporativismo franquista, se enarbola el señuelo del desarrollo “sostenible”, a la vez que se subvencionan el consumismo más desaforado y los megaproyectos del cemento, como también se dice trabajar a favor de un “nuevo modelo” económico, cuando se trata a todas luces de apuntalar el antiguo a expensas del erario público.

Pasa el tiempo y aumenta el paro sin que se aclare el principal punto de partida de cualquier programa coherente de medidas: el reconocimiento de que el curioso andamio especulativo inmobiliario-financiero autóctono acabó haciendo de España el país con mayores tasas de endeudamiento privado del mundo. Precisamente, si no cabe esperar que la burbuja repunte, es porque el endeudamiento ha tocado techo. Por ello, resulta surrealista que se traten de curar los males derivados del excesivo endeudamiento privado a base de forzar el déficit y el endeudamiento público para avalar y reanimar nuevas deudas y consumos privados, en vez de acometer el programa de saneamiento y reconversión económica que la actual situación demanda.

José Manuel Naredo es economista y estadístico

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Introducido por Reggio

31 mayo, 2009 a las 9:02 am

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