Próximos a iniciar la confección de los Presupuestos de 2010 a través de la definición de la envolvente de gasto para ese ejercicio, es necesario revisar una serie de cuestiones que pueden comprometer la salida del túnel en el que la economía española se haya inmersa.
Respecto a diseño de la política presupuestaria en los últimos años, podemos señalar una serie de cuestiones centrales que han contribuido a profundizar los efectos de la crisis económica por la que transitamos en España. En primer lugar, señalar la falta de credibilidad de los escenarios macroeconómicos.
Los cuadros macroeconómicos formulados en los últimos presupuestos han sido modificados significativamente una vez presentados los PGE, lo que supone un reconocimiento implícito de que las cifras incorporadas a él no estaban en consonancia con las necesidades financieras del Sector Público español.
En segundo lugar, el Gobierno no ha generado los superavit suficientes o ha gastado antes de tiempo los ahorros acumulados en la excepcional fase alcista de la economía mundial, que se ha prolongado por más de 12 años. Ya el Banco de España reconocía esta realidad en 2008, antes de manifestarse con toda su crudeza la fuerte caída de la economía española.
La fase de prolongado crecimiento debería haberse correlacionado con un esfuerzo más vigoroso en la generación de superávit para cumplir con la filosofía de mantener la estabilidad presupuestaria a lo largo del ciclo económico que subyace en la Ley 15/2006 de reforma de la Ley General de Estabilidad Presupuestaria. Aquellos superávit deberían representar la financiación para los déficit crecientes en que están incurriendo las Administraciones en los momentos depresivos de la coyuntura, cuando conviene una política fiscal coyuntural de tono más expansivo.
Cambio de modelo
Pero, además, no se ha planteado una gestión proactiva del modelo de crecimiento económico, al no adoptar medidas de apoyo presupuestario al cambio de modelo económico que permita incrementar los niveles de productividad y competitividad de nuestra economía. Por ejemplo, la política industrial no ha sido una de las prioridades de la política presupuestaria en los últimos años, como tampoco lo ha sido el apoyo presupuestario a las pymes o a la internacionalización de la economía, lo que se demuestra por la pérdida de peso relativo en los Presupuestos Generales del Estado.
Mención aparte merece un elemento fundamental que se presenta como determinante del modelo de crecimiento económico y de su posible cambio: la inversión en Investigación, Desarrollo e Innovación. Reconociendo el importante esfuerzo financiero realizado por las Administraciones Públicas, lo preocupante es el escaso resultado en términos de coste-eficacia de la inversión y de rentabilidad social obtenida.
Un replanteamiento general de la política de I+D+i debería ser un elemento de discusión en todo el proceso de debate parlamentario, ya que la cuestión en esta política no es tanto cuanto se gasta como con que objetivos se gasta, haciendo especial hincapíe en la “D+i” de Desarrollo e innovación para hacer nuestra industria más competitiva.
Un tercer elemento de preocupación de la política presupuestaria seguida en los últimos años, y probablemente el más inquietante, consiste en el aumento y consolidación de los gastos estructurales que suponen una hipoteca gravosa para la estabilidad macroeconómica futura. Los superavit del pasado se han alcanzado debido al buen comportamiento de los ingresos y no tanto por un control del gasto público que ha crecido, en términos reales, de forma relevante, incrementando el peso relativo del Estado y la presión fiscal del 34,5% al 37,5% del PIB entre 2004 y 2008.
Este incremento de 3 puntos de la presión fiscal se corresponde en gran medida, y conjuntamente con el IVA, con el aumento de los impuestos sobre la renta, a partes iguales entre el de las personas físicas y el de sociedades. Estos impuestos sobre los rendimientos de la actividad económica, son precisamente los más perjudiciales para el crecimiento económico, pues reducen los incentivos a la inversión, el ahorro y la oferta de trabajo al mismo tiempo que disminuyen la disposición de los individuos y empresas a tomar riesgos y emprender actividades empresariales o profesionales.
Recientes estudios muestran que, en media, un aumento de los impuestos directos en un punto porcentual del PIB reduce el crecimiento económico en 0,3 décimas. En esta misma línea de razonamiento, la disminución (aumento) del déficit (superávit) eleva la tasa de crecimiento en un 0,1 décimas. Por ello, asumiendo estas cifras como válidas para la realidad de España, nuestro país hubiera logrado mayores tasas de crecimiento económico si no hubiese aumentado la presión fiscal.
Pero lo más grave es que se ha incorporado un notable incremento de gasto estructural. Es decir aquél que da lugar a compromisos futuros de gasto sin generar mayor capacidad de creación de riqueza ni, en consecuencia, retornos recaudatorios en forma de mayores tributos futuros, poniendo en peligro la estabilidad presupuestaria cuando cambia la tendencia del ciclo económico.
Estos compromisos, tan socorridos para los políticos en fases depresivas del ciclo y que tienden a revestirse de políticas sociales, condicionan la asignación de gasto futuro por cuanto se consolidan, dificultando la reducción del gasto total en su momento. Pero, además, reducen la capacidad estabilizadora de la política fiscal en fases bajistas del ciclo.
Gastos preocupantes
En este sentido, los compromisos de gasto consolidables a futuro son preocupantes y se situarían en torno a 275.000 millones de euros, es decir, un 25% del PIB nominal actual. Estas obligaciones de gasto se derivan entre otras partidas de las siguientes: las obligaciones de inversión reconocidas en los Estatutos de autonomía aprobados y pendientes de aprobación, el desarrollo de leyes sociales aprobadas, como la Ley de Dependencia, que supondrán en torno al 1,5% del PIB, etc, sin olvidar los efectos financieros de la negociación de los nuevos modelos de financiación autonómica y local, que tienen que ajustarse al menos al incremento de población producido en los últimos años, y los efectos compensatorios derivados de la pérdida de Fondos Estructurales y de Cohesión en los próximos años, con un impacto sobre la inversión pública sobrecogedor, que será dificil de compensar al tratarse de transferencias del resto del mundo a coste cero.
Otro elemento a considerar en un situación como la actual es el papel de la Administración Central en el diseño y desarrollo de las políticas de inversión pública en España, partiendo de la base de que esta inversión es un elemento determinante de las políticas de demanda a implementar, con criterios adecuados, en una fase de crecimiento económico negativo.
En este sentido, creemos que la inversión de la Administración General del Estado debe estar para compensar aquellos territorios con menores capacidades de desarrollo y, en consecuencia, contribuir a la convergencia regional. La preocupación en este momento es que se pueda generalizar, con cierta justificación, un comportamiento de negociación de las inversiones públicas territorializables en función de aquellos índices más beneficiosos para la respectiva comunidad, lo que haría al sistema financieramente insostenible.
Sin olvidar que la pérdida de fondos europeos ya está planteando alguna dificultad para la convergencia entre regiones y de nuestro país con los centrales de la UE. En definitiva, la Inversión Pública del Estado debe ser dirigida por la Administración Central con un carácter redistributivo y con un componente de rentabilidad económica y social para el conjunto del Estado a medio y largo plazo, y no en función de esquemas coyunturales de incentivo, y muchos menos, ser objeto de moneda de transacción en un marco desenfocado de debates identitarios y de “los déficit históricos”.
Seguridad Social
Un último elemento de preocupación es el comportamiento a medio plazo de la Seguridad Social, donde se vislumbran una serie de problemas que pueden poner en peligro su sostenibilidad. En primer lugar, la evolución demográfica y el nivel de desarrollo alcanzado por nuestra economía nos conduce a un número creciente de beneficiarios durante un período de tiempo más prolongado, pero además con una mayor demanda de calidad en la cobertura de los servicios sociales.
En segundo lugar, la implementación de medidas que alejan al sistema de la contributividad, como puede ser la elevación de las pensiones mínimas y las no contributivas.
Los situación actual de la Seguridad Social incorpora, en proyección a medio plazo, el germen de graves problemas futuros. La masiva incorporación de nuevos cotizantes significa un incremento sustancial de la población beneficiaria de las prestaciones futuras.
Un incremento financieramente insostenible debido a que las condiciones económicas y demográficas están reduciendo dramáticamente el flujo de nuevos contribuyentes y por el desequilibrio implícito en el diseño de la relación entres cotizaciones y prestaciones.
Se trata de un problema estructural que exige, más pronto que tarde, una reforma decidida del régimen de pensiones que tenga en cuenta elementos tan importantes como: la cuantía de la pensión media, la edad de jubilación, las tasas de empleo, la productividad media, la composición por edades de la población, etc.
Juan José Rubio Guerrero. Catedrático de Hacienda Pública. UCLM. Exdirector del Instituto de Estudios Fiscales.