Caffè Reggio

Un lugar de encuentro para leer juntos

Archivo del 23 octubre, 2009

‘La cena de los idiotas’, de José Antonio Martín Pallín en El País

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El argumento de la divertida película francesa La cena de los idiotas refleja, en miniatura, el escenario de la crisis que estamos padeciendo.

Ejecutivos elitistas se disputaban el placer de conseguir invitar a la persona que consideraban más idiota. El verdadero protagonista del film es precisamente el supuesto idiota. François Pignon es una persona poco agraciada, torpe de expresión, humilde y tímido. Sus anfitriones olvidaron que trabajaba como inspector de Hacienda y que sus preguntas iban a resultar embarazosas, creándoles situaciones incómodas que revelarían dónde radicaba la verdadera estulticia.

Trasladando la trama a los tiempos presentes, podemos imaginarnos a nuestro protagonista asistiendo a varios tipos de cena.

Primera cena. Invita un grupo de altos ejecutivos financieros. Se produce un pugilato entre los anfitriones sobre su habilidad para falsear los resultados contables y presentarlos como sanos y sólidos. Pignon pide disculpas por terciar en sus brillantes exposiciones y pregunta ingenuamente cómo se puede dar por bueno un asiento contable absolutamente falso.

Las carcajadas estallan al unísono y apenas se dignan explicarle que los organismos reguladores no se fijan en esas minucias. Añaden que si son descubiertos sus abogados sostendrán, donde proceda, que se trata de ingeniosos artificios contables producto de la creatividad e imaginación de sus privilegiadas mentes.

Segunda cena. En esta ocasión se unen a la cena ni más ni menos que el presidente del Fondo Monetario Internacional y el secretario del Tesoro estadounidense. Se vislumbraba la bancarrota de Lehman Brothers. Nuestro personaje pregunta si son ciertos los rumores y uno de los asistentes le contesta: “Mire, realmente éramos demasiado codiciosos. Por eso tenemos que controlar nuestra codicia con una regulación mejor”. Casi sin voz se atreve a comentar: “Pero la codicia es un pecado, ¿por qué simplemente corregirlo?”. Reconocieron que sería conveniente reconsiderar el sistema de remuneración de los altos ejecutivos. Alguno advirtió solemnemente: “Si no hay reglas globales (sobre las remuneraciones) habrá una fuga de talentos”.

El buen Pignon les comentó que había leído que el FMI no goza de simpatías en los países menos desarrollados. Sus recetas son duras: saneamiento del presupuesto a expensas del gasto social. Reducción del Estado y puesta de toda su maquinaria al servicio de la deuda externa. Había oído que en algunos países facilitaron golpes militares para establecer sistemas antidemocráticos que, además de violar los derechos humanos,colocaban a responsables económicos proclives a estas tareas. De manera cortés pero tajante afirmaron que ellos nunca organizaron golpes militares. Allí terminó, por esta vez, la cena.

Tercera cena. En esta ocasión los convocantes incorporaron a la cena a algunos intelectuales de prestigio. Pignon sintió que, por primera vez, lo que estaba oyendo le resultaba sugerente. Joseph E. Stiglitz planteó si era posible atender simultáneamente a dos grandes desafíos, el cambio climático y la crisis económica, manteniendo o intentando mejorar el PIB (producto interior bruto) pero sin elevarlo a la categoría de fetiche intocable. Alguien mencionó la Tasa Tobin, y la conveniencia de un impuesto fuerte sobre las transacciones financieras. Después se enteró de que James Tobin es un economista estadounidense que lanzó ésta y otras ideas sobre impuestos a la producción armamentista. Su osadía suscitó la airada respuesta de los neoliberales, que llegaron a insinuar que se trataba de un sesgado apoyo al desarme frente al enemigo y un apoyo al tan denostado pacifismo. Les recordó que el asesor especial del secretario general de la ONU en materia de finanzas para el desarrollo, Philippe Douste-Blazy, había anunciado: “Nos enfrentamos a una crisis de ética, a un problema de cinismo del propio sistema. No podemos seguir como hasta ahora”.

La intervención de Claudio Magris fue ilustrativa. “El liberalismo dice que la libertad de un individuo termina donde se inicia la del otro; los anarcocapitalistas que no se preocupan de estos límites y estas tutelas no pueden declararse liberales más de lo que lo podría ser un estalinista”.

La última cena. Al parecer, sus anfitriones le habían tomado cariño y volvió a ser invitado. Aceptó no sin cierto escepticismo, pero pensó que los intelectuales habían trazado un camino posible hacia horizontes más dignos. Esta vez el tema versaba sobre los impuestos. Qué le iban a contar a él que era inspector de Hacienda. Cada vez que surgen estos desagradables temas los sectores privilegiados reaccionan airados y con un cierto desdén. El sistema está trazado y nadie conseguirá enmendarlo. Se paga por lo que se consume y se contribuye por los ingresos medios y bajos. Todo lo demás es discutible pero, según sus anfitriones, intangible.

Pignon insinuó que algunos pretenden hacer cambios basados en la razón y en la opinión de las mayorías. Si unimos la razón y la mayoría, el paso hacia el cambio es inobjetable. Entendió que quien proponga soluciones novedosas en busca de la justicia tributaria como instrumento para conseguir una mejor justicia social se convierte automáticamente en un enemigo del pueblo. Pignon siempre había recaudado conforme a las pautas que le marcaban. No se había detenido a pensar sobre la posibilidad de establecer un impuesto sobre las grandes fortunas y las exorbitantes remuneraciones de la casta de los sacerdotes que ofician, en exclusiva, en los altares del sistema financiero.

Ante la grosería y prepotencia de los argumentos de quienes justificaban sus privilegios, Pignon perdió, por primera vez, su compostura y se atrevió a decir que las multimillonarias retribuciones y jubilaciones eran injustificables e intrínsecamente perversas, tanto en épocas de cierta bonanza como en las tormentas perfectas que ellos mismo habían desencadenado con sus artificios financieros. Percibió que había despertado un movimiento de solidaridad entre los líderes que clamaban desafiantes ante lo que consideraban un despojo intolerable. Se comportaban como masas enfurecidas dispuestas a refugiarse y resistir en las barricadas de los últimos pisos de sus rascacielos. Se lo dijeron a los líderes del mundo reunidos en Pittsburgh con tal intensidad que éstos, de muy diversa ideología y origen, decidieron posponer el tema hasta que se restaurasen los equilibrios climáticos y desparecieran las turbulencias. Su triunfo era indiscutible y su impunidad estaba garantizada.

Esa noche Pignon me confesó que estaba cansado y que no pensaba asistir a ninguna otra cena. Comprendí su hastío y le agradecí su inmensa paciencia y la dignidad con la que nos había representado.

José Antonio Martín Pallín es magistrado y comisionado de la Comisión Internacional de Juristas.

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23 octubre, 2009 a las 9:15 am

'La cena de los idiotas', de José Antonio Martín Pallín en El País

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El argumento de la divertida película francesa La cena de los idiotas refleja, en miniatura, el escenario de la crisis que estamos padeciendo.

Ejecutivos elitistas se disputaban el placer de conseguir invitar a la persona que consideraban más idiota. El verdadero protagonista del film es precisamente el supuesto idiota. François Pignon es una persona poco agraciada, torpe de expresión, humilde y tímido. Sus anfitriones olvidaron que trabajaba como inspector de Hacienda y que sus preguntas iban a resultar embarazosas, creándoles situaciones incómodas que revelarían dónde radicaba la verdadera estulticia.

Trasladando la trama a los tiempos presentes, podemos imaginarnos a nuestro protagonista asistiendo a varios tipos de cena.

Primera cena. Invita un grupo de altos ejecutivos financieros. Se produce un pugilato entre los anfitriones sobre su habilidad para falsear los resultados contables y presentarlos como sanos y sólidos. Pignon pide disculpas por terciar en sus brillantes exposiciones y pregunta ingenuamente cómo se puede dar por bueno un asiento contable absolutamente falso.

Las carcajadas estallan al unísono y apenas se dignan explicarle que los organismos reguladores no se fijan en esas minucias. Añaden que si son descubiertos sus abogados sostendrán, donde proceda, que se trata de ingeniosos artificios contables producto de la creatividad e imaginación de sus privilegiadas mentes.

Segunda cena. En esta ocasión se unen a la cena ni más ni menos que el presidente del Fondo Monetario Internacional y el secretario del Tesoro estadounidense. Se vislumbraba la bancarrota de Lehman Brothers. Nuestro personaje pregunta si son ciertos los rumores y uno de los asistentes le contesta: “Mire, realmente éramos demasiado codiciosos. Por eso tenemos que controlar nuestra codicia con una regulación mejor”. Casi sin voz se atreve a comentar: “Pero la codicia es un pecado, ¿por qué simplemente corregirlo?”. Reconocieron que sería conveniente reconsiderar el sistema de remuneración de los altos ejecutivos. Alguno advirtió solemnemente: “Si no hay reglas globales (sobre las remuneraciones) habrá una fuga de talentos”.

El buen Pignon les comentó que había leído que el FMI no goza de simpatías en los países menos desarrollados. Sus recetas son duras: saneamiento del presupuesto a expensas del gasto social. Reducción del Estado y puesta de toda su maquinaria al servicio de la deuda externa. Había oído que en algunos países facilitaron golpes militares para establecer sistemas antidemocráticos que, además de violar los derechos humanos,colocaban a responsables económicos proclives a estas tareas. De manera cortés pero tajante afirmaron que ellos nunca organizaron golpes militares. Allí terminó, por esta vez, la cena.

Tercera cena. En esta ocasión los convocantes incorporaron a la cena a algunos intelectuales de prestigio. Pignon sintió que, por primera vez, lo que estaba oyendo le resultaba sugerente. Joseph E. Stiglitz planteó si era posible atender simultáneamente a dos grandes desafíos, el cambio climático y la crisis económica, manteniendo o intentando mejorar el PIB (producto interior bruto) pero sin elevarlo a la categoría de fetiche intocable. Alguien mencionó la Tasa Tobin, y la conveniencia de un impuesto fuerte sobre las transacciones financieras. Después se enteró de que James Tobin es un economista estadounidense que lanzó ésta y otras ideas sobre impuestos a la producción armamentista. Su osadía suscitó la airada respuesta de los neoliberales, que llegaron a insinuar que se trataba de un sesgado apoyo al desarme frente al enemigo y un apoyo al tan denostado pacifismo. Les recordó que el asesor especial del secretario general de la ONU en materia de finanzas para el desarrollo, Philippe Douste-Blazy, había anunciado: “Nos enfrentamos a una crisis de ética, a un problema de cinismo del propio sistema. No podemos seguir como hasta ahora”.

La intervención de Claudio Magris fue ilustrativa. “El liberalismo dice que la libertad de un individuo termina donde se inicia la del otro; los anarcocapitalistas que no se preocupan de estos límites y estas tutelas no pueden declararse liberales más de lo que lo podría ser un estalinista”.

La última cena. Al parecer, sus anfitriones le habían tomado cariño y volvió a ser invitado. Aceptó no sin cierto escepticismo, pero pensó que los intelectuales habían trazado un camino posible hacia horizontes más dignos. Esta vez el tema versaba sobre los impuestos. Qué le iban a contar a él que era inspector de Hacienda. Cada vez que surgen estos desagradables temas los sectores privilegiados reaccionan airados y con un cierto desdén. El sistema está trazado y nadie conseguirá enmendarlo. Se paga por lo que se consume y se contribuye por los ingresos medios y bajos. Todo lo demás es discutible pero, según sus anfitriones, intangible.

Pignon insinuó que algunos pretenden hacer cambios basados en la razón y en la opinión de las mayorías. Si unimos la razón y la mayoría, el paso hacia el cambio es inobjetable. Entendió que quien proponga soluciones novedosas en busca de la justicia tributaria como instrumento para conseguir una mejor justicia social se convierte automáticamente en un enemigo del pueblo. Pignon siempre había recaudado conforme a las pautas que le marcaban. No se había detenido a pensar sobre la posibilidad de establecer un impuesto sobre las grandes fortunas y las exorbitantes remuneraciones de la casta de los sacerdotes que ofician, en exclusiva, en los altares del sistema financiero.

Ante la grosería y prepotencia de los argumentos de quienes justificaban sus privilegios, Pignon perdió, por primera vez, su compostura y se atrevió a decir que las multimillonarias retribuciones y jubilaciones eran injustificables e intrínsecamente perversas, tanto en épocas de cierta bonanza como en las tormentas perfectas que ellos mismo habían desencadenado con sus artificios financieros. Percibió que había despertado un movimiento de solidaridad entre los líderes que clamaban desafiantes ante lo que consideraban un despojo intolerable. Se comportaban como masas enfurecidas dispuestas a refugiarse y resistir en las barricadas de los últimos pisos de sus rascacielos. Se lo dijeron a los líderes del mundo reunidos en Pittsburgh con tal intensidad que éstos, de muy diversa ideología y origen, decidieron posponer el tema hasta que se restaurasen los equilibrios climáticos y desparecieran las turbulencias. Su triunfo era indiscutible y su impunidad estaba garantizada.

Esa noche Pignon me confesó que estaba cansado y que no pensaba asistir a ninguna otra cena. Comprendí su hastío y le agradecí su inmensa paciencia y la dignidad con la que nos había representado.

José Antonio Martín Pallín es magistrado y comisionado de la Comisión Internacional de Juristas.

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23 octubre, 2009 a las 9:15 am

Perspectivas económicas, de Miguel Boyer Salvador en El País

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Pese a los déficit y el endeudamiento, los Gobiernos no deben relajar todavía sus esfuerzos para restablecer la salud del sector financiero y el apoyo a la demanda global con políticas de expansión macroeconómica

En el último mes, se han publicado informes del FMI y de la OCDE que coinciden en que la situación económica mundial ha mejorado sustancialmente, con China en recuperación, Estados Unidos a punto de tocar fondo y los dos principales países de la Eurozona -Alemania y Francia- mostrando ya tasas intertrimestrales positivas de crecimiento. Ambas instituciones coinciden en que el rebote incipiente de las economías se está produciendo relativamente pronto y en que ello es debido a las fuertes medidas de estímulo presupuestario de muchos Gobiernos, así como a las bajadas drásticas de tipos de interés y a las inyecciones de liquidez de los bancos centrales. Estas actuaciones han salvado a la economía mundial de un escenario aún más sombrío.

Pero las fuerzas que impulsan el rebote actual son de naturaleza transitoria y disminuirán en el curso de 2010. Es demasiado pronto para que los Gobiernos relajen sus esfuerzos para restablecer la salud del sector financiero y el apoyo a la demanda global con políticas de expansión macro-económica. A pesar de los amplios déficit y de una deuda creciente en muchos países, los estímulos presupuestarios deben ser sostenidos, hasta que la recuperación tenga una base sólida.

Las recomendaciones ante las perspectivas de una recuperación -probablemente, lenta y débil- no pueden ser más claras y llenas de lógica económica. En el caso de la economía española, las dificultades son mayores por la dimensión de las caídas del sector de la construcción y del empleo. A pesar de ello, las previsiones del FMI para España -una caída interanual del PIB del 3,8% para 2009 y otra del 0,7% para 2010- no pintan tan mal como las interpretaciones de ciertos analistas y aficionados, pues la cifra para 2009 es inferior a la media de la UEM y a las de países como Alemania, Italia y Reino Unido. Además, pronosticar una caída de unas décimas negativas para 2010, entre -0,75% y -0,3%, puede tornarse en ligeramente positiva con igual probabilidad, ya que el margen de error cuando las cifras son de décimas en torno a cero puede ser del 200%, como ha sido la diferencia entre las previsiones de julio y de octubre del FMI para Alemania en 2010. Por otra parte, en las previsiones para 2012, Francia habrá superado el alto nivel de PIB del año 2008 con un 102%, y Alemania y España recuperarán un 98% de aquél, por delante de Italia e Irlanda. En 2014, según el Fondo, España estará creciendo al mismo ritmo que Estados Unidos, por encima de Alemania e Italia.

Entre los dilemas de política económica que se presentan ahora a los Gobiernos, el español ha optado por unos Presupuestos del Estado que frenan renglones de gasto y se dirigen a contener el ritmo de crecimiento del déficit, con subidas tributarias que tendrán impacto a mediados de 2010. Es una opción respetable, por ser una decisión valiente por impopular, que ha recibido el apoyo del Banco de España.

Mi opinión personal está del lado de las recomendaciones del FMI y de la OCDE, que he reseñado antes. La prioridad es sostener los estímulos expansivos de la política monetaria y presupuestaria, para reforzar el ritmo de recuperación de la economía española. Reforzar la expansión es la receta mejor, tanto para contribuir a que se reabsorba el déficit como para combatir el desempleo. Es un lugar común, desde la teoría keynesiana, que las economías no son, ni funcionan, como los hogares, ni siquiera como las empresas. Un mayor gasto público, bien elegido, estimula el crecimiento y puede reducir el déficit, en vez de agrandarlo. Por eso países como EE UU (con un déficit previsto del 13,5%) y Reino Unido (con otro del 14,5%), a pesar de tener endeudamientos del 87% y del 75% -mucho mayores que España- no están paralizados por la “histeria del déficit”, como escribe Brittan, en el Financial Times.

Un suplemento de ingresos del orden de 6.400 millones de euros, como prevé recaudar el Gobierno con la subida de impuestos, podría financiarse con emisión de deuda pública sin grandes problemas. Si son aproximadamente acertadas las previsiones del FMI, los tipos de interés permanecerán bajos hasta, al menos, el año 2012, y España terminará este año con una deuda bruta del orden del 53% del PIB, frente a una media del 78% de los mayores países europeos.

La subida de impuestos en coyuntura de recuperación incipiente será -a mi juicio- contraproducente si sólo sirve para reducir el déficit, y tanto más cuanto que afecta a las familias de rentas medias y bajas, que tienen mayor propensión al consumo. Pero si se destina a sostener los estímulos a la demanda global y al empleo, podría ser adecuada, ya que el multiplicador del gasto público tiene más efecto que el contractivo de un alza tributaria.

Las recomendaciones de la llamada “escuela de la oferta” son importantes para el crecimiento a largo plazo, pero son erróneas para afrontar una crisis económica, salvo que coincidan con las recomendaciones de estirpe keynesiana (como, por ejemplo, una bajada de impuestos).

La recomendación de abaratar el despido “para crear empleo” yerra en el timing y en el objetivo. Primero, desconoce la imposibilidad para un Gobierno de plantear esa reforma mientras cada mes caen en el paro decenas de miles de trabajadores. Los sindicatos lo tomarían como una provocación y reaccionarían ásperamente. Pero, después, es que el abaratar el despido no es una panacea para crear empleo en medio de una crisis, según lo presenta un manido eslogan.

El muy serio problema de las amplísimas fluctuaciones del empleo en nuestro país, con fenomenales creaciones de puestos de trabajo en periodos de auge, seguidas de caídas de la ocupación y aumentos del paro, también extraordinarios, no se debe a que haya más días por año en las indemnizaciones por despido que en otros países. Lo demuestra, además de un análisis de causa y efecto, el caso de Irlanda, que con una flexibilidad total en los contratos laborales ha tenido una experiencia semejante a la española: tras crecer el empleo, entre 1994 y 2007, a la tasa media del 4,2% anual, ha sufrido una caída de éste del 9,2%, en el conjunto de 2008-2009, del mismo orden que la española (-7,5%).

Las excesivas fluctuaciones del empleo tienen causas mucho más profundas que el coste del despido, en las estructuras de la demanda agregada y del sistema productivo español (o irlandés). El factor fundamental es el gran peso de la inversión en construcción en España y el consiguiente en la generación del valor añadido y en el empleo. En 2007 la inversión en construcción en España y en Irlanda era del 15,7% del PIB en la primera y del 15,6% en la segunda, frente al 9% en EE UU, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia. La inversión es la componente más volátil del PIB en todos los países, pero en España tiene mayor peso y mayores fluctuaciones, y determina mucho más que en otros países grandes oscilaciones del empleo.

Cuando se reduzca, como es de esperar, el excesivo peso de la construcción -que además exige inevitablemente plantillas en gran parte temporales-, disminuirán sustancialmente los enormes vaivenes del empleo que hemos experimentado en los noventa del siglo XX y en la crisis actual.

Con las lecciones que sacarán los Gobiernos y los bancos centrales del trance actual, mantendrán -cuando pase la depresión- los tipos de interés en niveles suficientemente altos para no engendrar burbujas inmobiliarias, al tiempo que los otros bancos aumentarán la prudencia en la concesión de créditos. La construcción seguirá siendo importante en España, aunque se reduzca a la mitad (unos cuatro puntos y medio del PIB) la residencial, y la inversión total seguirá siendo -en porcentaje del PIB- bastante superior a la media en la Eurozona. Ese cambio en el patrón de crecimiento ayudará a reducir el déficit de la balanza de pagos, la deuda externa y la temporalidad de los contratos.

Lo más difícil de ese cambio será expandir el sector de los servicios para mantener un crecimiento suficiente del PIB y del empleo. Ello exige, en el medio y largo plazo, una fuerte inversión en todos los tramos de educación y modificar los contratos laborales para contribuir también a la reducción de la excesiva temporalidad actual, que daña la formación profesional de los trabajadores, la productividad y la innovación en las empresas. Ése es un fin alcanzable con sólo dos tipos de contratos -uno indefinido y otro por tiempo determinado- y no la cantilena de “abaratar el despido para crear empleo”.

La tarea no es nada fácil, pero es necesaria si queremos prolongar el extraordinario éxito de una economía que ha multiplicado por ocho su PIB per cápita desde 1950, y que ha convergido ya mucho con las de los países más desarrollados de Europa.

Miguel Boyer Salvador, es ex ministro de Economía y Hacienda.

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23 octubre, 2009 a las 9:14 am

El oro, de Raúl del Pozo en El Mundo

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EL RUIDO DE LA CALLE

El oro, según los incas, era el símbolo de la superioridad de la voluntad celeste; Pizarro hizo lingotes con la superstición y cortó el pescuezo a los sacerdotes. Es lo que Carlos Marx describe con brillante greguería: España de las cascadas de oro y las luminarias de los autos de fe. Cuando, un poco antes, en Ávila hubo una conjura contra Enrique IV, los arzobispos, los condes y los marqueses rebeldes levantaron un cadalso, pusieron en él una silla y una estatua con la forma del rey; para destronarlo, le arrancaron la corona y el cetro de oro y pronunciaron a coro la siguiente frase: «A tierra, puto».

El oro es el símbolo real; si se lo quitan, el rey se convierte en un puto villano. A las reinas de la Antigüedad las adornaban de oro y plata y les hacían estar a régimen comiendo flor de harina y aceite.

El oro es sagrado y real, por eso vuelve su sed a California y a la Puerta del Sol. A California la gente regresa como cuando salían pepitas entre la harina de los molinos del río; compran harneros para cernir y encontrar migas doradas, tan deslumbrantes como los tigres de Bengala.

El oro sube, sube y sube: ya está a 1.004 dólares la onza. Entre la ruina y la codicia, es un valor seguro. «Compro tu oro», dicen hombres-anuncio. Nadie se fía de los banqueros membrillos que tuvimos que rescatar ni tampoco del FMI, que pide más obreros a la calle para acabar con el paro. Nos vendían viviendas que al final ellos se quedaron como los prestamistas. En el mundo del juego la peor palabra es presta, también llamado chupasangre o sanguijuela. Esperemos que el Gobierno impida que las nuevas casas de empeño, que han surgido de la crisis, abusen de la gente.

A pesar de que lo había destituido como moneda patrón, el instinto vuelve al oro; no quiere que pase lo de siempre, que naufraguemos en el piélago de vellón. Le gente teme que una mañana nos encontremos burlados con el banco convertido en juzgado.

Madrid sabe muy bien lo que es la ruina porque no hubo perro muerto o feto que no hallase posada en los pasteles. Sin embargo, en la última hambruna no se ven los pálidos de la galiposa, ni tampoco aquellos vagabundos que hacían cola al otro lado del mar en Las uvas de la ira.

La crisis no se refleja en la calle. No se notaría la insolvencia si no hubieran vuelto las casas de empeño para hacerse con las cuberterías de plata y los dijes de oro de la abuela. La gente se empeña, no como antes para comprar perico, sino para pagar la luz y los libros de la escuela.

Aliona Ivanova, la usurera de Crimen y castigo, ha puesto un portal de perista en Preciados.

© Mundinteractivos, S.A.

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23 octubre, 2009 a las 9:13 am

La banqueta de ordeñar, de Santiago González en El Mundo

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A CONTRAPELO

El domingo se cumplen 30 años del día en que los vascos aprobaron el Estatuto de Autonomía. Como es habitual en todo partido nacionalista, la fecha conmemoraba una derrota. Como el 11 de septiembre para los catalanes, los nacionalistas vascos eligieron para votar su autonomía el 140º aniversario del 25 de octubre de 1839, fecha del decreto de Espartero que ratificó el abrazo de Vergara, que puso fin a la primera guerra carlista y constituyó la primera ley abolitoria de los fueros en el martirologio del nacionalismo.

El caso es que se acercaba la fecha conmemorativa y el PNV anunció que no estará presente como partido en la recepción que el lehendakari, Patxi López, había convocado para la ocasión. No se descarta que algunos burukides asistan en función de sus responsabilidades institucionales: quizá el alcalde de Bilbao, que tiene algo de maverick, tal vez el diputado general de Alava, por ver de apuntalar lo suyo, pero lo que es el partido comunión, estará ausente.

Ninguna novedad. La característica esencial del PNV es el don de la ubicuidad hasta tal punto de superar al PCUS en los desfiles del Primero de Mayo: estaban entre los manifestantes y también en la tribuna. En realidad, se acercan al mismísimo concepto de Dios Padre. Estar dentro y fuera, ser Gobierno y oposición al mismo tiempo, ése es el secreto.

Hace 12 años, el 18 de octubre de 1997, se inauguró el museo Guggenheim de Bilbao. El PNV de Ardanza fue el anfitrión en el acto con los Reyes. También practicaron la ausencia activa, como Arzalluz, Anasagasti y compañía. Se manifestaron en contra: las juventudes del partido, EGI, escribieron una carta de protesta al «señor Borbón» y se concentraron para protestar por la visita en el exterior del museo. Ricardo Ansotegi aprovechó aquel sábado para acudir a la Casa de Juntas de Guernica, junto al secretario general de ELA y los hoy detenidos Rafa Díez Usabiaga y Arnaldo Otegi. Allí, José Elorrieta extendió el acta de defunción del Estatuto de Guernica: «El Estatuto ha muerto. Lo han matado los centralistas».

Más o menos como ahora. El PNV estará dentro y fuera, arriba y abajo; dejarán (probablemente) algún verso libre en los actos, mientras los demás se niegan a asistir, porque celebrarlo sería celebrar su incumplimiento. Su última aportación ha sido impedir que 13 asociaciones cívicas celebraran el sábado el aniversario en la Casa de Juntas de Guernica, so pretexto de que ellos la habían reservado antes, hecho que no se comunicó en su día a los solicitantes.

Es la sensación de vértigo que experimenta el nacionalista ante el consenso. En 1977 se celebró el primer Aberri Eguna (Día de la Patria) unitario. Aquel mismo año, instituyeron el Alderdi Eguna (Día del Partido) para poder estar a solas. El Estatuto no es para ellos una Ley que permite la convivencia democrática en un régimen de autogobierno y libertades, sino algo puramente instrumental, la herramienta que permite extraer competencias y dinero. El Estatuto es para un nacionalista como la banqueta de ordeñar la vaca para un baserritarra. Convendrán en que, mirado así, es difícil encontrarle poesía.

© Mundinteractivos, S.A.

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23 octubre, 2009 a las 9:12 am

No iba tan bien, de Xavier Bru de Sala en La Vanguardia

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¿Recuerdan la sempiterna cantinela de Aznar? “España va bien, España va bien, ¡España va bien!” ¿Recuerdan el encumbramiento hasta la genialidad de los ministros de Economía, la portentosa secuencia Solbes-Rato-Solbes? ¿Recuerdan los decenios prodigiosos de crecimiento ininterrumpido? Bueno, pues de aquel oro (en polvo) esos lodos.

Ahora que Saramago ataca la Biblia (siguiendo la estela de Lucrecio, que en tiempos de Cicerón acusaba la religión de maldad, por exigir sacrificios de inocentes como el de Ifigenia), tal vez sea hora de recordar que el Libro de los libros contiene, como todo lo divino y parte de lo humano, enseñanzas de gran valor y trascendencia. Demos por ejemplo una vuelta por el Egipto donde se refugió José. Allí interpretó el sueño de las siete vacas gordas y las siete flacas, exhortando al faraón a aprovisionar sus graneros en los buenos tiempos para mejor sobrellevar los malos. Ni el mismísimo diablo encontraría nada que objetar a un tan sabio consejo. ¿Lo siguieron nuestros ministros? De algún modo en lo fácil, que consistió en contener un poco la expansión del gasto público. Según la propaganda, mejor llamémoslo autobombo, las arcas estaban repletas, relucientes como los graneros del faraón. Según el resultado, el brutal resultado, se vaciaron en un santiamén al asomar la primera de las vacas flacas, y encima mediante el reparto electoralista de cuatrocientas unidades de moneda, distribuidas de modo universal, tanto a quienes lo necesitaban como a quienes no. No siguieron la elemental enseñanza bíblica en lo que de veras habría servido para afrontar la presente crisis. Por eso disponemos de una muy escasa capacidad de reacción.

El debate de los presupuestos se ha centrado en la conveniencia de aumentar los impuestos, cuando los economistas, y el sentido común, recomiendan esperar a que empiece la recuperación. Como es natural, la ministra Salgado no tuvo coraje para defender la medida y el líder de la oposición aprovechó la inmejorable oportunidad para cebarse. Así es la política y no hay que darle más vueltas. Pero la sociedad no vive de la política (sí al revés), así que algunas de las preguntas que no pocos ciudadanos se hacen o podrían hacerse rezarían, ya no bíblicamente, más o menos como sigue. ¿Hay margen para tomar medidas sin subir impuestos? ¿La prioridad son las políticas reactivadoras o las paliativas de los efectos de la crisis? ¿Puesto que a todo no alcanza, vale más subsidiar a los desfavorecidos o invertir en los sectores estratégicos de la economía? No existen recetarios que permitan responderlas. Ni siquiera sería fácil buscar consensos (en una situación, hipotética, que los propiciara). Dejemos apuntado que no son lo mismo, en tiempos de crisis, respuestas de izquierdas o de derechas.

Sí que fueron lo mismo en los buenos tiempos, con escasos matices. Gastar sin proveer, alentar los sectores del dinero fácil y rápido en vez de invertir en los de mayor futuro. Ni Solbes ni Rato, con las virtudes que nadie les niega, diversificaron. Ni uno ni otro apostaron por la innovación, la economía del conocimiento y del valor añadido. Mientras otros se preparaban para competir en el territorio de las economías más avanzadas, España iba bien, montada en el ladrillo, el crédito, la especulación, el dinero fácil. No sólo era eso, pues ha dado un salto de enorme importancia en muchos sentidos, pero con demérito de nuestros gobernantes, que no acertaron a dibujar en los buenos tiempos políticas para sobrellevar los malos. Según la prensa internacional, los que se tenían por primeros de la clase han pasado al furgón de cola y aún no saben cómo ha sido.

En vez de, o si lo prefieren además de lanzarse los platos a la cabeza, convendría debatir sobre los errores cometidos. Que la mayoría fueran por omisión no exculpa a los gobernantes de entonces. El debate debería comportar comparaciones con países de nuestro entorno que sí hicieron los deberes apuntando al futuro, o simplemente pusieron freno a la burbuja restringiendo las condiciones para el crédito a la vivienda. Mientras unos prevenían y otros se preparaban, la España de las maravillas, ya fuera socialista, ya popular, se felicitaba tanto de los éxitos que no tenía humor para analizarse y corregir los fallos. Repito, de aquellos polvos de oro, esos lodos.

Concluyamos con una consideración que, por lo que recuerdo, no está en Lucrecio ni en la Biblia (supongo que tampoco en Saramago aunque nunca se sabe). En ciertas circunstancias, cuando uno acelera por la senda equivocada sin darse cuenta, cuanto antes le saquen de su error, mejor. En otras palabras, de haber estallado la crisis un par o tres de años antes, los daños para la economía española habrían sido menores. Y al revés, cuanto más hubiera tardado en llegar, peor lo habríamos pasado. Eso no puede preverse ni depende de nosotros, objetarán. Claro que no, pero sí podían proveerse, entonces, reformas estructurales que ahora, cuando de veras nos ayudarían, tienen costes políticos imposibles de asumir. ¿Por qué? Resultan demasiado impopulares.

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23 octubre, 2009 a las 9:11 am

La hiedra, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

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Aunque los ministerios, las conselleries, las concejalías, aunque todos los estamentos del poder público funcionaran a la perfección, el monstruo de la crisis económica seguiría aquí. La globalización ha dejado al Estado (a cualquier Estado) en calzoncillos. Lejos estamos de los tiempos de Keynes: los poderes públicos no pueden con las corrientes económicas globales. Nadie tiene fuerza para atarlas en corto y domesticarlas. Ni siquiera Obama, ni tan siquiera el omnipotente Estado chino. Necesitaríamos un gobierno mundial. La crisis descubre que el Estado (cualquier Estado) es un enorme elefante: se traga colosales cantidades de dinero y ha desarrollado gigantescas estructuras administrativas, pero no puede resolver el problema principal. Ministerios, conselleries y concejalías ponen algodones y desinfectante en las heridas más graves: intentan evitar que la crisis provoque estallidos sociales. No es poco. Aunque, si nuestro sistema funcionara correctamente, los políticos podrían hacer algo más. Podrían explicar la verdad: como el médico explicando al paciente que no existe tratamiento para su enfermedad. La política confesaría sus límites, pero ganaría en veracidad. Y el Estado podría cumplir sin engaño dos funciones importantes: la fraternal y la protectora.

Pero la crisis económica coincide entre nosotros con un final de ciclo político. Los vampiros de la cosa pública y los patriotas de la cartera ocupan las portadas, mientras los ciudadanos con problemas lidian en silencio, sin esperanza y sin consuelo, contra el infortunio económico. Esto hace que el momento sea triste, feo y desolador. Está agotándose el tiempo que nació con el advenimiento de la democracia. ¿Adónde vamos? Nadie lo sabe. El final es triste especialmente para los que conocieron y compartieron las ilusiones de los primeros tiempos. Feo porque las miserias se muestran sin piedad y sin velos: múltiples casos de corrupción, fosilización de las estructuras políticas y judiciales, ensimismamiento de los partidos políticos, peligroso ascenso de la antipolítica… Y desolador: cada nuevo detalle de la corrupción ofende a los desempleados y a los que sufren para mantener la empresa a flote.

No es extraño que una nutrida colección de aprendices de populista suban estos días alocadamente al escenario. Sus objetivos son transparentes: conquistar un trozo de la tarta pública cultivando el resentimiento o ensalzando en el infierno presente los mejores retratos del cielo. No pocos incautos caerán en estas nuevas redes. Pero en la mayor parte de la ciudadanía cunde un sentimiento nuevo, un profundo alejamiento de lo público. Se trata de algo más que desencanto o desapego. Para definirlo, quizás servirán unas palabras que la novelista Clarice Lispector puso en boca de uno de sus personajes: “una especie de ´soledad de no pertenecer´ empieza a invadirme, como la hiedra invade el muro”.

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23 octubre, 2009 a las 9:10 am

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Los mineros que hablaban francés, de Germán Ojeda en Público

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La rebelión del 34 la empezó un 4 de octubre, hace 75 años, el máximo dirigente del PSOE y de la UGT Largo Caballero, al convocar una huelga general revolucionaria cuando se hizo efectiva la entrada de ministros de la CEDA en el Gobierno conservador republicano, y la terminó el dirigente socialista asturiano Belarmino Tomás dos semanas después, al firmar la capitulación de los sublevados.

Pero la rebelión de octubre también la empezó Gil Robles, el máximo dirigente de la CEDA, con la manifestación patriótica –por Dios y por España– convocada en Covadonga un mes antes, y la terminaron Franco y los mercenarios africanos venidos con el “comandantín” –así le llamaban en Asturias– con la toma de Oviedo, donde los mineros habían resistido el asedio del Ejército y de la aviación durante dos interminables semanas esperando que el resto de España también se sublevase.

Pero no se sublevó. Salvo la proclamación por una horas de la República Independiente de Catalunya, algún foco de resistencia en Madrid, en Vizcaya y en las zonas mineras de León, la huelga fue un gran fracaso. Los ministros de la CEDA siguieron en el Gobierno; uno de ellos, M. Jiménez Fernández, acabó siendo profesor y maestro de Felipe González en la Universidad de Sevilla. Se cerró así el ciclo de una sublevación que, según declaró el máximo dirigente asturiano, González Peña, ante el tribunal que lo condenó a muerte, fue una “gesta heroica” hecha “con absoluto idealismo”.

La rebelión fue hecha, en efecto, con absoluto idealismo para que otro mundo mejor fuera posible. Pero también se llevó a cabo con absoluta ceguera histórica, porque el inevitable fracaso de una sublevación muy mal preparada iba a debilitar al movimiento obrero, a las fuerzas de izquierda y a la propia República, y por otra parte daba alas a la reacción, que convirtió la insurrección en la justificación del golpe de Estado de 1936.

Claro que pretender homologar, como han hecho el franquismo y después el PP y sus epígonos, la rebelión del 34 con el golpe del 36 es un sarcasmo histórico, porque, más allá del asalto a la legalidad constitucional, la insurrección pretendía impulsar la república social frente a la política de “rectificación” de las derechas; porque la primera aspiraba a detener el ascenso del fascismo que ya cabalgaba por Europa, y en el 36 se trataba de imponerlo a la fuerza; porque, en fin, unos se proponían profundizar en la democracia republicana, mientras los alzados en el 36 trataban de destruirla.

Que la “rectificación” de la República desde la victoria de las derechas en las elecciones de noviembre del 33 era un hecho y que la entrada de los monárquicos de Gil Robles en el Gobierno constituía una provocación lo denunciaron todas las fuerzas republicanas, desde las conservadoras de Miguel Maura a las liberales dirigidas por Azaña, que declaró que “entregar el Gobierno de la República a sus enemigos es una traición”.

Todos los demócratas lo denunciaron, pero sólo los socialistas dirigidos por el radicalizado Caballero –que había desplazado a Besteiro de la dirección de la UGT– se lanzaron a una huelga revolucionaria, que en Asturias, empujada por la Alianza Obrera –UHP– y por unas organizaciones muy combativas y organizadas, cuajó en un movimiento insurreccional contra la injusticia social, el capitalismo burgués y hasta contra “los amos de la opinión”.

Así se lo explicaba un dirigente minero a un periodista belga que vivió en directo los acontecimientos –Mathieu Corman– poco antes del final del drama: “¿Por qué han hecho esta revolución?”, le pregunta Corman, a lo que el minero le contesta en francés: “Era una oportunidad para dar cuenta de un Gobierno odioso que, oprimiendo España para el mayor beneficio de unos privilegiados, impide a los trabajadores organizar el nuevo régimen social que permita a todos vivir dignamente”. Y sigue el corresponsal: “¿Su nuevo régimen podrán instaurarlo sin afectar a los principios de libertad a los que todas las democracias se atienen?”. A lo que, de nuevo en francés, le contesta el sublevado: “¡Libertad, democracia! Libertad para los amos de la opinión para envenenar las conciencias, gracias a lo cual las democracias son de su devoción… Usted sabe de sobra que los pueblos no piensan por sí mismos y que no escuchan sino a quienes tienen los medios de hacerse oír, a los que tienen los medios de hacer pasar por valores verdaderos, las verdades de pacotilla de los charlatanes que controlan la opinión gracias a su dinero”.

El minero le contestaba en francés porque las anteriores luchas sociales le dejaron sin trabajo y tuvo que exiliarse con otros muchos compañeros en Francia, donde había trabajado en las minas del norte y había aprendido a organizarse sindicalmente (de esa experiencia nació hace ahora un siglo el Sindicato Minero); esto es, que “la comuna asturiana” fue una “gesta heroica” llevada a cabo por obreros formados y conscientes, dispuestos a entregar su vida por un mundo mejor.
Tal como señala Corman en su libro testimonial, la rebelión de octubre “fue el movimiento obrero más importante desde la Revolución Rusa”. Pero aquellos idealistas de 1934 que quisieron tomar a la fuerza el cielo por asalto resultaron derrotados por los militares africanistas y por los aviones de la República, y fueron después acusados falsamente de las peores atrocidades y encerrados en distintas cárceles españolas.

Después serían liberados como héroes –y legitimados democráticamente– por los votos del Frente Popular que, bajo la bandera de la amnistía, arrolló en las elecciones de febrero del 36. Y si la Historia no fuera cruel y si las democracias occidentales hubieran ayudado a la República, tendrían –como deberían tener– un sitio de honor en la Historia de España.

Germán Ojeda es profesor titular de Historia Económica de España y América de la Universidad de Oviedo.

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23 octubre, 2009 a las 9:09 am

Ciclo económico contra ciclo político, de Jorge Calero en Público

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Buena parte de las dificultades del Gobierno en el ámbito económico se deben a la falta de coincidencia del ciclo político-electoral, por una parte, y el ciclo económico, por otra. Las medidas relativas a los gastos e ingresos públicos parecen últimamente en ocasiones fuera de lugar. Y es que, realmente, algunas medidas han sido poco ajustadas con respecto al ciclo económico y se han correspondido más con el ciclo político electoral.

Es conocido, ya desde hace varias décadas, que los ingresos y gastos de los gobiernos se ven afectados por los ciclos electorales. Como norma general, los gobiernos tienen incentivos para gastar más e ingresar menos, incurriendo en déficits mayores, antes de las elecciones. Los periodos postelectorales dan oportunidad a los gobiernos para reducir los déficits y, eventualmente, la deuda pública en la que se haya incurrido para financiarlos, con pocos riesgos de que tales políticas restrictivas se traduzcan en pérdidas de votos. Estas prácticas se basan en la falta de memoria de los electores y, también, en la convicción de estos de que todos los partidos van a actuar de un modo similar.

La norma general se cumplió en el periodo previo a las elecciones legislativas de marzo de 2008. Recordemos, por ejemplo, la deducción de 400 euros en el IRPF. En ese periodo, todavía de crecimiento económico, probablemente habría sido conveniente elevar la carga fiscal, más que reducirla. Pero el ciclo electoral hacía inviable tal medida. ¿Y después de las elecciones? Según el ciclo político-electoral, habría sido un buen momento para contener el déficit. Sin embargo, el ciclo económico no se ajustaba a esa posibilidad: el Gobierno se vio forzado a realizar elevados gastos de apoyo al sistema financiero y de fomento a una demanda menguante. Los gastos en prestaciones de desempleo se dispararon. Simultáneamente, los ingresos públicos se reducían rápidamente. Como resultado de todo ello, el déficit previsto para este año 2009 se situará alrededor del 10% del PIB.

A su vez, la magnitud del déficit ha exacerbado las dificultades para dar una respuesta continua a la crisis durante el próximo año. Pensemos, por ejemplo, en el incremento previsto de los tipos de gravamen del IVA. Se trata de una medida poco adecuada para una fase contractiva del ciclo económico; el Gobierno espera que esa fase se haya superado en julio de 2010, pero difícilmente se puede tener la seguridad de que tal previsión se cumpla.

Las dificultades, de cualquier modo, podrían haber sido bastante mayores si el punto de partida no hubiera sido muy favorable: se partía de una situación que en 2007 era de superávit, con una deuda pública en circulación muy reducida (menor que el 40% del PIB), y se disponía, además, de un fondo de reserva considerable en la Seguridad Social.

En suma, las exigencias de dos ciclos diferentes han resultado ser incompatibles. Aunque probablemente ello no sucederá, convendría aprender de esta situación y anticipar tales incompatibilidades, dando prioridad a las exigencias del ciclo
económico.

Jorge Calero, es catedrático de Economía Aplicada.

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23 octubre, 2009 a las 9:08 am

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El informe liberal de la Comisión de Dependencia del Congreso de Vicenç Navarro en Enfoques de la Fundación Sistema

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Una de las leyes más importantes que aprobaron las Cortes españolas fue la que se llama comúnmente como Ley de Dependencia. Esta Ley universalizó el derecho de acceso a los servicios de atención a las personas con discapacidades y dependencias. Gracias a esta ley, hoy hay en España cerca de medio millón de personas que están recibiendo tales ayudas, (con un millón de personas que han sido ya valoradas para saber el tipo de ayudas que necesitan, y 754.000 a las que se les ha reconocido tal derecho). No hay duda que se está estableciendo un nuevo componente del estado del bienestar español que irá extendiéndose rápidamente mejorando la calidad de vida de amplios sectores de nuestra población, enriqueciendo al todavía muy escasamente desarrollado estado del bienestar español (ver mi artículo “El subdesarrollo social de España. PÚBLICO. 22.10.09).

El día 21 de este mes, octubre, se dio a conocer el Informe de una Comisión establecida hace un año por el Congreso, que tenía como objetivo analizar cómo se ha estado desarrollando esta ley, con propuestas para su mejoramiento.

Tal Informe en el apartado de análisis de la situación actual, hace una serie de observaciones que son ampliamente conocidas entre los expertos en política social. Entre ellas cabe destacar: 1) la gran variabilidad existente entre las CCAA en los criterios y profesionalidad de los equipos que valoran los grados de dependencia que determinan el tipo de beneficios de las personas con dependencia; 2) el excesivo hincapié en las transferencias de fondos a las familias (para que cuiden a las personas con dependencias) a costa del desarrollo de los servicios domiciliarios y otros que atiendan a tales personas; 3) la preocupante disparidad en el desarrollo de tal Ley entre las CCAA (aunque el informe no cite los casos, es ampliamente conocido que Murcia, Madrid y Valencia están muy retrasadas en el desarrollo de tal ley; y 4) la restringida definición de casos de dependencia, que no incluye (como debería incluir) las condiciones mentales y de problemas cognitivos. Estas observaciones son obvias, pero merecen repetirse y ponerse por escrito. Hay otras muchas que no aparecen, entre ellas, la necesidad de que se establezcan directrices más claras por parte del Estado central sobre cómo corregir las enormes desigualdades regionales y nacionales existentes en España en el desarrollo de tal Ley.

Pero el punto fuerte del informe es el de la financiación del sistema de dependencia. En realidad, el cambio en el sistema de financiación fue el objetivo (no escrito) del establecimiento de tal comisión, promovida por la derecha catalana, CIU, que nombró dos miembros de la Comisión, el Profesor Guillem López Casasnovas, asesor durante muchos años del gobierno Pujol de Cataluña, y Montserrat Cervera, que fue miembro de tal gobierno. Sólo uno de los miembros, el Profesor Gregorio Rodríguez Cabrero, catedrático de Sociología de la Universidad de Alcalá de Henares, no es liberal. Todos los demás son bien conocidos por su talante liberal (utilizo este término descriptivamente, sin implicar ninguna valoración).

De la composición de tal Comisión se derivan las recomendaciones enunciadas en el capítulo “financiación”. Y una de ellas es la extensión de la financiación privada (incluyendo la vía de aseguramiento privado) de los servicios de dependencia, limitando la financiación pública a “corregir los fallos del mercado”. El Profesor Guillem López Casasnovas es conocido, entre economistas expertos en temas sanitarios, por su énfasis en convertir el sistema nacional de salud en un sistema de aseguramiento privado de salud, con el sector público cubriendo las necesidades básicas que no puedan cubrir los seguros privados. Es también favorable a eliminar la exención del pago de los medicamentos por parte de los pensionistas, recomendación que también hace suya el informe.

Tales recomendaciones son, pues, previsibles, conociendo la composición de la Comisión. Lo único sorprendente es que un Congreso en que los congresistas de partidos de centroizquierda e izquierda son la mayoría, establezca una Comisión tan sesgada hacia el polo liberal y conservador. Y todavía es más sorprendente que la anterior Ministra de Asuntos Sociales del gobierno socialista, Mercedes Cabrera, diera su beneplácito a la composición de tal Comisión tan poco equilibrada.

Los fallos de la privatización de los Servicios de Dependencia

Creo que sería un gran error seguir las recomendaciones de la Comisión en las áreas de financiación. Y baso mi diagnóstico en la experiencia estadounidense en los servicios de ayuda a las familias y casas de convalecencia En EEUU se han hecho muchos estudios analizando la calidad de los servicios públicos versus los privados (con afán de lucro), y la evidencia es abrumadora: la calidad de los servicios financiados y gestionados por el sector privado (con afán de lucro), así como de los servicios financiados públicamente y gestionados por el sector privado (también con afán de lucro), es menor que el de estos mismos servicios financiados y gestionados públicamente y de los financiados públicamente pero gestionados privadamente (sin afán de lucro). Es más, el coste es muy superior en los primeros que en los segundos. El último estudio, publicado en el British Medical Journal, dirigido por el Profesor Gordon Guyatt (el fundador de Evidence Based Medicine, científico de gran credibilidad en temas sociales y sanitarios) confirma esta conclusión. Este estudio, basado en el análisis de ochenta y dos trabajos de investigación realizados en EEUU, es contundente (ver mi artículo “Sanidad Pública o Privada”, PÚBLICO. 27.08.09)

La evidencia acumulada en todos estos casos muestra que existe un conflicto entre ánimo de lucro y beneficios empresariales, por un lado, y calidad de servicios, por el otro. Y ello es resultado de que para obtener grandes beneficios, las empresas con afán de lucro (como las aseguradoras privadas y empresas privadas con afán de lucro) contratan personal menos cualificado (más barato), disminuyen el número de profesionales (como enfermeras) cualificados, teniendo una densidad de personal cualificado menor, y seleccionan a los pacientes, excluyendo los casos más complejos y que requieren mayor atención, desviándolos al sector público. Tal como señala el profesor Guyatt “las empresas con afán de lucro tienen que ahorrar fondos en áreas que afectan a la calidad de los servicios, a fin de conseguir el dinero que necesitan para pagar a sus accionistas y gestores”. Esta situación, ha sido la causa del enorme descontento existente entre la población estadounidense hacia el aseguramiento sanitario o social privado, y explica el intento de la Administración Obama de disminuir el protagonismo de tales compañías de seguros en la sanidad y áreas sociales. Sería paradójico que, en el momento que en el país donde tal aseguramiento privado ha alcanzado mayores dimensiones, es decir, EEUU, donde su gobierno está intentando limitar el rol de tales compañías de seguros, ahora aquí en España se intentara expandirlas.

Una última observación. El informe no analiza el impacto que la Ley de Dependencia podría tener en la creación de empleo y en la recuperación económica, lo cual es sorprendente, teniendo en cuenta el elevado desempleo en España, y el papel tan importante que tal Ley podría tener en estimular la economía. En caso de que hubieran considerado tal aspecto de la Ley de Dependencia, evaluando las distintas propuestas financieras desde el punto de vista de su impacto en la creación de empleo y en el estímulo económico habrían visto que la privatización de la Ley de Dependencia significaría la reducción de la capacidad de creación de empleo, pues es bien conocido, que los servicios privados (y muy en especial los de afán de lucro) emplean menos personal y de menor cualificación que los servicios públicos. Esto es, ya en sí, otro factor en contra de las recomendaciones de garantizar el desarrollo de tal ley a partir del aseguramiento privado.

Vicenç Navarro.

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23 octubre, 2009 a las 9:07 am

El dolar o lo que venga detrás, de Juan Torres en Economía en la Fundación Sistema

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A pesar de las masivas intervenciones realizadas por bancos centrales asiáticos para evitarlo, el dólar se deprecia a pasos agigantados en los mercados internacionales. La caída es la consecuencia de tres factores principales: la debilidad de la economía norteamericana que provoca déficit gemelos y aumentos constantes del endeudamiento, la inyección ingente de dólares que está llevando a cabo la Reserva Federal para estimular a la economía y para tratar de aliviar la descapitalización de la banca y, por último, los movimientos especulativos que llevan a endeudarse en dólares aprovechando que baja su cotización. Y los bancos asiáticos, por su parte, tratan de que no baje más para evitar que se aprecien sus monedas y eso frene aún más sus exportaciones debilitadas por la crisis.

Ambas fuerza se combinan dando lugar a una perturbación cambiaria que en realidad es muy natural que acompañe, como ha pasado en otras ocasiones, a una crisis financiera como la que estamos viviendo.

Pero la situación del dólar expresa algunos otros problemas y apunta tendencias que seguramente vayan a obligar a realizar cambios de rumbo en los próximos tiempos.

En primer lugar hay que reconocer que la depreciación del dólar es la manifestación inevitable de un declive de la economía estadounidense que ya se hace crónico y seguramente insostenible. En realidad, la depreciación es un instrumento proteccionista más (una de esas prácticas que los poderosos dicen que nadie debe utilizar porque atenta contra la libertad de mercado pero que ellos realizan siempre que les conviene), y como tal un signo inequívoco de que compensan su debilidad económica con su poderío político y en este caso imperial.

Es cierto que cuando la moneda de un país actúa como de reserva en los intercambios internacionales es casi inevitable e incluso necesario que ese país genere déficit prácticamente continuos porque debe proporcionar la constante y creciente liquidez que satisfaga la demanda de esa divisa que hacen los demás países. Pero aún siendo así, es preciso también que haya un cierto equilibrio y ponderación, que la moneda de reserva disponga de suficiente cobertura y que los déficit no sean excesivos para que la moneda no pierda credibilidad como reserva ni un valor excesivo.

Y lo que quizá esté ocurriendo es que ya se haya hecho excesivamente notorio que el dólar se mantiene como moneda de reserva por inercia (porque quienes tienen sus reservas en dólares no tienen más remedio que tratar de que no pierda más valor) y gracias al poder imperial de Estados Unidos, y no por su pujanza económica.

Al mismo tiempo, y en gran medida como consecuencia de lo anterior, la tensión sobre el dólar obliga a plantear si hoy día su mantenimiento como moneda de reserva es compatible con la estrategia de multiplicar ad infinitum el endedudamiento que alimenta la cuenta de resultados de la banca, el apalancamiento generalizado o, por decirlo de otra manera más clara para todos, con la multiplicación ficticia del capital como base de los negocios internacionales. Un procedimiento cuyo riesgo sistémico ha puesto de evidencia la crisis pero que, con independencia del frenazo coyuntural que ésta ha ocasionado, nadie parece cuestionar de modo efectivo.

Otro de los factores que está provocando la depreciación del dólar es, como he señalado, el extraordinario crecimiento de la base monetaria en Estados Unidos y la cantidad billonaria de dólares que las autoridades están haciendo llegar a los flujos financieros. La cuestión que esto plantea se puede contemplar desde dos puntos de vista. Por un lado, suponiendo que a Estados Unidos no le preocupe que esa inyección provoque depreciación porque quizá solo de esa forma pueda evitar la deflación y un periodo extraordinariamente prolongado de ralentización económica. De esta hipótesis se derivaría, sobre todo si la situación se prolongase, una amenaza quizá de muerte para el dólar o la necesidad de un gran salto adelante en el resto del mundo para poner en marcha políticas mucho más expansionistas y asumir un liderazgo alternativo al de Estados Unidos que no creo que sea algo viable, material ni ideológicamente, en un horizonte próximo, y que en el marco no cooperativo que más bien predomina produciría posiblemente una gran tensión inflacionista. Lo que llevaría a concluir que quizá los propios Estados Unidos podrían liderar una estrategia de recambio orientada a establecer nuevas condiciones en el sistema de reservas internacionales.

La segunda hipótesis es que Estados Unidos logre reactivar su economía antes de lo previsto y que, por el contrario, se enfrentase a una fuerte presión inflacionista si se produce un desbordamiento de los fondos inyectados en los circuitos financieros hacia la economía productiva, que no creo que los pudiera metabolizar sin infinidad de problemas.

Si hubiera que apostar, más bien creo que lo haría por la continuidad del debilitamiento del dólar que irá acompañado, eso sí, de nuevas intervenciones in extremis principalmente de los bancos asiáticos y también de demandas cada vez más insistentes de creación de una nueva moneda de reserva internacional. La duda es si Estados Unidos tendrá fuerza para hacer frente a los órdagos que a va ir recibiendo o si antes o después renuncia al privilegio de mantener su moneda como la de reserva internacional.

Juan Torres.

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23 octubre, 2009 a las 9:06 am

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El Caballo de Troya de las Bolsas, de S. McCoy en El Confidencial

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Volvemos a estar en un momento crítico de los mercados. Empiezan a surgir voces que advierten de los peligros del sostenimiento en el tiempo tanto de unas políticas monetarias hiperexpansivas, de las que hasta ahora parece beneficiarse en exclusiva la economía financiera, como de una expansión del gasto público sin precedentes que amenaza con echar al sector privado de la economía. Por fin, algo de realismo. Junto a esto, los beneficios empresariales siguen sorprendiendo al alza (en un 70% de las empresas del S&P500 que han publicado hasta ahora) pero no tienen fuerza suficiente como para hacer que las bolsas rompan y se encaminen hacia nuevos máximos. Quizá porque gran parte de la mejora, como ya hemos comentado en repetidas ocasiones, radica más en una contracción de la inversión y en recortes de costes, que han mantenido los márgenes empresariales en máximos, que a un repunte de las ventas (Cotizalia VA, La bolsa y el milagro de los panes y los peces). Existe por tanto una cierta concienciación de que la fecha de caducidad del sweet spot (crecimiento bajo, tipos deprimidos, ausencia de inflación) se va acercando peligrosamente.

Tal incertidumbre se traduce en un debate entre los que piensan que ha llegado el momento de liquidar posiciones bursátiles y esperar a ver qué pasa y aquellos que, por el contrario, creen que las actuales circunstancias se pueden prorrogar durante mucho más tiempo. Podríamos decir con Virgilio, una de las pocas frases que se me quedaron de mis tres años de letras mixtas con latín, Scinditur incertum studia in contraria vulgus que se traduce libremente como el pueblo se dividía en opiniones contrapuestas. Los troyanos discutían, según la Eneida, si meter o no el caballo trampa preparado por los griegos en su ciudad, decisión a la que quedaría vinculada su destino. La situación de los inversores no es tan dramática, por supuesto. Pero el espíritu de la frase es de aplicación a muchos de los que, habiéndose perdido el rally, nadan en una liquidez que cada vez les pesa más en las carteras y cuyo riesgo, como señala este imprescindible informe de DB, se encuentra en los extremos o colas de la distribución de probabilidad. En la materialización del evento posible pero menos probable.

¿Qué hacer? Hoy les ofrezco un abanico de comentarios que, en las últimas 72 horas, han realizado algunos de los nombres más respetados de una industria que, como también hemos afirmado en más de una ocasión, lucha por su propia supervivencia, lo que indudablemente sesga su visión. Incluyo para su seguimiento algún que otro respetado blog nacional. Les dejo con ellos no sin antes anunciarles que la semana que viene haré pellas o novillos o como diantres se diga ahora. Nos regalamos mi mujer y yo un viaje a Tierra Santa por nuestro décimo aniversario de boda. Siete días de vuelta a los orígenes de una fe que, en nuestro caso, nace de la tradición, crece con criterio que da el contraste y se consolida con la experiencia cotidiana. Que busca proponer y no imponer. Que nace del respeto a la diversidad y la adhesión a la Verdad. Desde mi superstición, para algunos, y convicción, para otros, rezaré por todos ustedes. Es el corazón de los hombres el único motor capaz de mover el mundo tan desequilibrado en el que nos desenvolvemos. Déjenme, al menos, este capricho personal. Nos vemos a la vuelta.

  1. Anthony Bolton, responsable de inversiones de Fidelity. Nos enfrentamos a un mercado alcista que se prolongará durante años. Preferencia por los mercados emergentes si bien hay riesgo a corto en China. Una preocupación bastante compartida, incluso internamente (FT, China must keep its eyes fixed on the exit). Fuente: Citywire, gentileza de Vicente Varó.
  2. Martin Hugues, conocido como el Rottweiler de la City, cuantifica su duración: entre 5 y 10 años. En su opinión, él perdió un 65% en 2008 y gana este año un 47%, la década perdida de las bolsas concluyó en la primavera de 2009 y viene otra de esplendor. Fuente: Times Online.
  3. Bernstein Research, especialista cuantitativo. Es momento de invertir en acciones basura que aún no hayan subido y aporta una lista de sectores y valores. Fuente: FT Alphaville vía Twitter.
  4. Deustche Bank ve que el sweet spot se va a prolongar hasta el primer semestre del año que viene y aumenta su exposición al mercado de renta variable a través de los emergentes en un informe publicado ayer. Vayan directos al último párrafo de la página 2. Fuente: Deustche Bank.
  5. Jason Trennert, uno de los 30 personajes más influyentes en el universo inversor norteamericano, y calificado como uno de sus tres mejores estrategas, es de la misma opinión. Fuente: Real Clear Markets.
  6. Doug Kass, enarca las cejas sobre la solvencia de las sorpresas de resultados que se producen, materializadas sobre estimados deprimidos, y levanta la liebre de mejor fijarse en las ventas frente a beneficios. Fuente: TheStreet.com.
  7. Financial Red, que agrupa a alguno de los blogueros que siguen la bolsa más de cerca en España, advierte: Máxima alerta, toca corregir y da una serie de argumentos en castellano que merece la pena leer. Fuente: Especulacion.org vía Twitter.
  8. Investorscomundrum, otro de los imprescindibles de la blogosfera española, recoge un gráfico de periodos de 34 semanas que resuelve bastante bien el dilema sobre a qué se parece el comportamiento bursátil actual. Principios de los 30. Lo siguiente fue una caída de tamaño familiar. Fuente: Investor Conumdrum, via The Chart Store.
  9. John Hussman nos recuerda que nunca antes el mercado bursátil de los Estados Unidos había estado tan sobrecomprado durante tanto tiempo salvo en noviembre de 1980, momento en el que las circunstancias económicas eran muy parecidas a las actuales. Entonces los indicadores tocaron techo tras un rally que venía desde marzo, ¿les suena?, y se inició una senda descendente que se prolongaría hasta mitad de 1982 cuando se revisitaron los mínimos. Se apunta, por tanto, al double dip. Las cartas a sus inversores de Hussman siempre son una delicia. Fuente: Husmann Funds vía Investment Postcards from Cape Town.
  10. Barry Riholz, y por acabar con las comparaciones, pone en contraste las circunstancias económicas que rodean la subida del 60% actual con las vigentes en movimientos similares en el pasado. Un post corto pero MUY revelador. Imprescindible. Fuente: The Big Picture via Zero Hedge.
  11. David Rosenberg, el ex de Merril Lynch, se hace las mismas preguntas que servidor. Es como si la crisis nunca hubiera existido. ¿Es posible una recuperación en V sin corregir los problemas de fondo? Misterios paranormales. Pero se va quedando sólo… Fuente. Credit Writedowns.
  12. Paul Farrell, comentarista de Market Watch, cierra nuestro repertorio. Se ha perdido el alma del capitalismo: el desastre es inevitable. Para los que quieran historias para no dormir, una pieza con una viralidad en los foros ilustrados brutal Fuente: Market Watch via Naked Capitalism.
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Introducido por Reggio

23 octubre, 2009 a las 9:05 am

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