TRIBUNA: 20º ANIVERSARIO DE EL MUNDO
El autor rememora cómo surgió este periódico, fruto ‘del azar y de la necesidad’, hace ahora dos décadas. Subraya nuestro permanente compromiso con la consolidación de un auténtico Estado de Derecho en España.
Apesar de lo que diga el famoso tango Volver, del mítico Carlos Gardel, 20 años son muchos… tanto en la vida de una persona, como en la historia de una nación y, por supuesto, en la existencia de un periódico. Sí, han pasado 20 años desde que aquel 23 de octubre de 1989 saliese el primer número de EL MUNDO, al que han seguido 7.251 más. En cada uno de ellos se han ido reflejando los hechos más importantes acaecidos tanto en este país como en el resto del mundo. Pero no sólo eso sino que este periódico ha tratado de responder a las cinco funciones principales que, a mi juicio, debe cumplir la prensa escrita, y que expondré después.
Pero antes hay que explicar cómo nació EL MUNDO, porque no fue algo fortuito o, al menos, no lo fue enteramente, sino que más bien -utilizando el título y la teoría del famoso premio Nobel francés, Jacques Monod- fue consecuencia «del azar y la necesidad». Del azar, porque si no se hubiera realizado un programa de televisión en el que coincidieron el entonces ministro del Interior y Pedro J. Ramírez, director de Diario 16, no hubiese asistido toda España a un fuerte enfrentamiento dialéctico entre ellos con motivo de los GAL, episodio que fue precisamente el origen inmediato de la aparición de EL MUNDO.
En efecto, aunque Diario 16, gracias a las pesquisas de Melchor Miralles sobre todo, había descubierto las pruebas del terrorismo de Estado, es posible que, de no haberse producido ese incidente televisivo, su director habría continuado en su puesto, y, en consecuencia, EL MUNDO no se habría creado. En cualquier caso, las presiones sobre Juan Tomás de Salas por parte del Gobierno fueron tan intensas que Pedro J. Ramírez, tras publicar un texto con el título La rosa y el capullo, así como nuevas revelaciones sobre los GAL, fue destituido fulminantemente. El azar hizo su camino, ahora faltaba la necesidad, para que surgiese el nuevo periódico.
Juan Tomás de Salas barajó varias posibilidades para seguir con el periódico que había fundado e incluso pensó en venderlo. Ninguna de ellas prosperó y, por tanto, había que encontrar una solución profesional para Pedro J. Ramírez y los redactores que le siguieron, comenzando por Alfonso de Salas, hermano de Juan Tomás, que también había sido destituido, consecuencia de una venganza fratricida al estilo de los dramas griegos. Se había acabado con la censura franquista hacía años, pero había surgido un nueva censura empresarial, para evitar que se molestase al poder político.
Por ello, la mejor solución era crear un nuevo periódico que fuese de todos los que escribiesen en él, sin empresarios ni editores; claro que semejante hazaña era tan necesaria como imposible de llevar a cabo en unos pocos meses. Quedaba claro que el fin último de todo Gobierno, nunca confesado, consiste en controlar la prensa, aunque en los regímenes democráticos tal cometido es mucho más sutil que en las dictaduras. La famosa frase de Thomas Jefferson, afirmando que «prefería una prensa sin Gobierno, a un Gobierno sin prensa» era un eufemismo que quedó contradicho cuando años más tarde fue elegido tercer presidente de Estados Unidos, y tuvo que bregar con la prensa. En ese momento probablemente habría hecho suya otra frase célebre, la de Balzac, cuando escribió que «si no existiera la prensa, no habría que inventarla».
Sin embargo, la prensa felizmente existe y, por cumplir con su misión, Pedro J. y sus colaboradores tuvieron que emprender el siempre problemático camino de fundar un nuevo periódico para poder ser fieles a sus ideas. Sin embargo, la fortuna -compañera inseparable de Pedro J. en muchos momentos de su vida- les favoreció, porque había un hueco para un periódico de centro, pues muchos lectores estaban disgustados con la polarización periodística que se había establecido en esos momentos de supremacía socialista.
Así las cosas, el proyecto del nuevo diario se fraguó a los tres días de la destitución señalada; esto es, durante un almuerzo en el restaurante Tejas Verdes, en el que participaron Pedro J. Ramírez, Alfonso de Salas, Balbino Fraga y Juan González. El pacto fundacional estaba hecho y se creó una sociedad llamada Unidad Editorial que tendría, para empezar, como principal producto un diario que decidieron llamar EL MUNDO, curiosamente como uno de los últimos artículos en que escribió Mariano José de Larra. Ahora ya sólo faltaba el resto, es decir, todo. Había que conseguir el capital indispensable, crear la infraestrutura industrial, comprar la rotativa adecuada, adquirir los equipos informativos, buscar una sede conveniente, componer una buena redacción, reclutar un Consejo Editorial formado por intelectuales, diseñar el producto y comenzar a buscar publicidad. Yo asistí, junto con otros colegas, desde el recién creado Consejo Editorial, al despliegue particular de algo tan apasionante como es crear un periódico y que, como han señalado periodistas como Juan Luis Cebrián o Tomás Eloy Martínez, es una «experiencia irrepetible» o incluso una situación en que «se siente un delirio».
Pero esta aventura resultaba doblemente apasionante porque, tras 11 años de vigencia de la Constitución y siete de Gobiernos socialistas, la democracia estaba recortada por los abusos del poder que, sin embargo, pocos denunciaban, por el debilitamiento de algunos derechos fundamentales, por el mal uso de las instituciones constitucionales, por la pujanza cada vez mayor de los nacionalismos, y, en suma, por la ambigüedad del siempre inacabado Estado de las Autonomías.
De este modo, en la primera Carta del Director, el día 23 de octubre de 1989, se podía leer, como rumbo a seguir por el nuevo periódico, que «creemos que la democracia española precisa de un profundo impulso regeneracionista que restituya a los ciudadanos el ejercicio práctico de la soberanía popular, secuestrada por las camarillas dirigentes de los grandes partidos y por los grupos de presión económica». En las Cartas que siguieron hasta llegar a la actualidad, en los editoriales y en los artículos de los que formamos parte del Consejo Editorial, se ha ido forjando la línea intelectual del periódico. No es extraño así que su director decidiese que el primer artículo de la Tribuna Libre fuese el que había preparado yo, solicitando la necesaria reforma de la Constitución, para modificar su Título VIII y poder cerrar de una vez un Estado inacabado. Pero por entonces no me había percatado de que nuestra Carta Magna es irreformable, con todo lo que eso significa.
Han pasado 20 años desde aquel año de 1989, mítico por tantas cosas, y es seguro que habremos cometido errores, pero también es cierto que nuestro periódico, con mayor o menor acierto, ha tratado de perseguir siempre las cinco funciones que yo considero esenciales en un diario independiente, y que son las que han conferido la credibilidad que ha sido esencial para haber podido llegar de forma exitosa hasta aquí: buscar, seleccionar y difundir información; interpretar los hechos que se suceden; vigilar al poder, sea el que fuere, para evitar sus abusos; influir en el poder, a efectos de profundizar en la democracia; y contribuir a la cultura y al entretenimiento de los lectores.
En definitiva, no hemos hecho más que seguir la estela de las bellas palabras de Stuart Mill, cuando escribía: «Revelar al mundo algo que le interesa profundamente y que hasta entonces ignoraba, demostrarle que ha sido engañado en algún punto vital para sus intereses temporales o espirituales, es el mayor servicio que un ser humano puede prestar a sus semejantes».
Sí, han pasado ya 20 años desde que comenzamos en la pequeña sede de Sánchez Pacheco, sin saber qué futuro esperaba al periódico, aunque con un proyecto intelectual muy madurado, que consistía en luchar porque en España hubiese un auténtico Estado de Derecho, una democracia constitucional en la que estuviesen garantizados todos los derechos fundamentales. En estos años se han conseguido muchas metas, nuestro diario pertenece mayoritariamente a un grupo multimedia europeo sin que hayamos perdido nuestra independencia, nos hemos fusionado con el Grupo Recoletos, y disponemos, con todas nuestras publicaciones, del mayor número de lectores en España, e igualmente somos líderes en todo el mundo en lo que respecta a la información en español a través de internet.
Todo esto es verdad, pero ese proyecto intelectual que estaba en el origen de este periódico no se ha herrumbrado con el tiempo, sino que, por el contrario, está tan fresco o más que entonces, porque las carencias de nuestra clase política están comportando que sigamos un vericueto que conduce a la deconstrucción de nuestra Nación, tal y como venimos denunciado continuamente en estas páginas. El panorama de nuestro país, ni económica, ni política, ni culturalmente, es muy alentador. Por eso, hoy más que nunca, son válidas las palabras de nuestro director en su Carta Fundacional: «En el complejo mundo que viene, la búsqueda de la felicidad y la justicia, requerirán de grandes dosis de innovación, coraje personal y sentido de la decencia».
Pocos días después de aparecer nuestro periódico cayó el Muro de Berlín, pero 20 años después siguen existiendo otros muros que habría que derribar. Y a ello nos dedicaremos, humildemente, los que estamos en EL MUNDO.
Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.
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