AJUSTE DE CUENTAS
Desde hace un año, no ha habido reunión con banqueros en España donde no se hablara de ING. Y en general, lo hacían mal. Primero, tímidamente, algunos sugirieron que las ayudas públicas recibidas por el banco holandés (10.000 millones) le otorgaban una ventaja sobre sus rivales ya que podían hacer ofertas muy atractivas al público. Después del invierno, las críticas se generalizaron y pasaron a ser desembozadas: ING, y otros bancos europeos, tiraban con pólvora del rey y eso les concedía una superioridad difícil de combatir.
Siempre pensé que esas críticas se debían a un exceso de celo de la banca española. Que era algo como «el que no llora no mama». Lo creí así porque es difícil que los gobiernos europeos puedan distorsionar los mercados de manera radical sin que Bruselas alce la voz. Y allí estaba, aunque no se la esperara, Neellie Kroes.
Por último, para mí el argumento definitivo era que los bancos españoles podían pasar por una crisis de liquidez (un fenómeno económico de carácter técnico con mil variantes psicológicas), pero no tenían un problema de solvencia en las entidades de primera fila como sí estaba ocurriendo en el Reino Unido, en Alemania, Holanda o Bélgica.
Así que nunca entendí que se quejaran porque el Estado holandés le había arrojado un salvavidas imprescindible a ING. Siempre sería mejor poder nadar sin salvavidas, porque se va más rápido. Al final, el tiempo pone a cada uno en su sitio y lo que parecía una ventaja competitiva se ha convertido en una pesada losa para la entidad holandesa, como era de suponer. El salvavidas, que ahora debe devolver, no le permite a ING pasar por la puerta.
No me imagino a ningún banquero español envidiando ahora el puesto de Jan Hommen, el presidente de ING, que ha tenido que aplicarle un severo correctivo a su organización. No sólo su ampliación de capital tiene proporciones monstruosas (7.500 millones) -aunque probablemente no encuentre una mejor coyuntura que ésta para realizarla con dinero barato y abudante-, sino que la dieta de adelgazamiento de activos y las restricciones a sus hipotecas y depósitos suponen condiciones leoninas que hacen muy difícil competir en la banca minorista. Ahora es cuando ING tendrá que demostrar que su creatividad y su capacidad de innovación, una cuestión que despertaba celos entre sus competidores, está intacta. La banca española, en cambio, no debe quejarse de haberse enfrentado a la crisis de solvencia bien vacunada por el Banco de España.
Pese a que la marejada bancaria parece haberse recogido, no debemos perder de vista que la crisis no nos ha dejado todavía ninguna normativa de buen gobierno o de mejora de la regulación de las entidades financieras para evitar que se repita la tragedia. Es verdad que son otros países los que deben sacar las lecciones más urgentes (y no lo están haciendo), pero incluso aquí corremos el riesgo de caer en la autocomplacencia debido a que el Banco de España sí tenía la casa en orden y no hemos asistido al apocalipsis según Lehman Brothers.
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