Caffè Reggio

Un lugar de encuentro para leer juntos

Archivo de diciembre, 2011

¿Hay tiranías progresistas?, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Yo entré en Corea del Norte en septiembre de 1992. No se puede decir que la visité porque no es país para turistas, aunque entonces apareciera por allí algún alemán nostálgico de la República Democrática (RDA). El más importante hotel proyectado nunca, el Ryukyung, de 105 plantas, lo iniciaron en 1987 y sigue en obras; aseguran que en abril del 2012 inaugurarán las 25 de abajo. Hacía años que había caído el muro de Berlín y admito que mi perplejidad ante la idea de ver en vivo y en directo una monarquía comunista, algo inédito en la historia de la humanidad, me incitó a la aventura. La curiosidad nos pierde.

Entonces regía los destinos del país el Querido Líder, Kim Jong Il, porque el Gran Líder, Kim Il Sung, su padre, estaba dando las últimas boqueadas.

Moriría un par de años más tarde. Es posible que me equivoque en los apelativos retóricos del liderazgo, porque quizá al hijo se le llamaba Amado Líder o algo por el estilo, cosa muy importante, dado que jamás se pronunciaba su nombre. Había que entender que cuando los traductores – la jefa traducía al francés y un siervo de la gleba, recién salido de nuestro medievo, hablaba un castellano ortopédico, pero decente-se referían al Gran Líder o al Amado Líder cabía entender que se trataba de Padre e Hijo, con mayúsculas.

En mis limitaciones para predecir los procesos históricos me parecía imposible que aquello pudiera seguir. Y hete aquí, que ahora acaba de morir el Amado Líder y le ha sustituido un nieto del Gran Líder, del que los servicios de información occidentales saben mucho pero que nosotros apenas si conocemos su nombre, media docena de fotos y un currículo que haría palidecer de ansiedad a cualquier candidato a oposiciones. De nombre Kim Jong Un y que ni siquiera es el mayor de sus hermanos, sino el pequeño.

Mi experiencia coreana resultó inaudita. No había visto una cosa igual en mi vida. Aunque mi conocimiento personal de los regímenes comunistas era limitada -Praga en los sesenta, Rumanía en los setenta, y alguna entrada y salida al Berlín oriental-, lo de Corea del Norte superaba cualquier medida. Era un país sometido a una tiranía absoluta, sin resquicios. Los expertos aseguran que se trata de la experiencia estaliniana multiplicada por ciertos rasgos de la tradición oriental. Puede ser. Pero lo más llamativo era el aislamiento. Vivían en otra galaxia y lo más escandaloso es que pensaban que las otras galaxias donde habitábamos los demás eran peores que la suya.

Nunca olvidaré el circo. En Pyongyang, la capital, tenían un gran espectáculo circense montado como si se tratara de un coliseo con millares de asientos, parcelados, donde eran constatables las diferencias entre el común y los diversos estratos del funcionariado del poder. Parecido a nuestro Liceu, pero a lo bestia. Los ejercicios gimnásticos y sobre el trapecio constituían un prodigio de talento y audacia. Soy un amante del circo y puedo asegurar que asistí a uno de esos espectáculos únicos, pensados por profesionales con tradición e inteligencia. Pero lo que me dejó noqueado fueron los payasos. Tenía mi oreja pegada a la del traductor, pero no hubiera sido necesario. El teatro circo se desternillaba de risa, literalmente se volcaban en aplausos ante un par de tipos, vestidos de vagabundos de la peor especie, que representaban la vida insufrible de sus vecinos de Corea del Sur. Toda el hambre, las necesidades, el miedo, que ellos sentirían apenas salieran de aquel recinto, constituía un motivo de chanza al convertirse en la vida de los otros.

¿Cómo es posible que se lo creyeran? ¿Qué otra opción tenían? Aislados de cualquier información sobre el mundo real, no sólo del que había más allá de sus fronteras sino del propio, se habían convertido en personajes de Orwell. Bastaba visitar el Museo de Bellas Artes, o como se llamara el museo nacional dedicado a la pintura, para constatar una tradición cultural de una riqueza comparable a Japón o China. Habían sido precursores en mundos artísticos que luego se trasladaron a otros lugares de Asia. Pero apenas uno salía de aquellas salas fascinantes de pintura antigua, chocabas con interminables salones dedicados al Gran Líder, donde el arte se limitaba a la retórica, la grandilocuencia y la vulgaridad.

No conozco Corea del Sur, pero puedo asegurar que Corea del Norte es de una belleza tal que ni siquiera la iniquidad de una tiranía puede achicar. Esa propensión totalitaria por los grandes monumentos, los grandes hoteles, los grandes palacios, no lograba apagar la fuerza de una naturaleza excepcional en su hermosa exuberancia. Las residencias palaciegas, que al parecer esperan a millares de turistas que nunca llegarán, respiran violencia y terror; como si hubieran sido pensadas para que Stanley Kubrick rodara El resplandor. Algo impensable porque estaban fuera del cine, de la realidad y hasta de la más mínima contemporaneidad. Recuerdo que el traductor, para demostrar su alto nivel de cultura occidental, me preguntó sonriente: “¿Qué tal sigue Picasso?”. Cuando le respondí que había muerto hacía muchos años, no pareció creerme, como si se tratara de un intento por socavar sus convicciones. Al fin y al cabo, ellos conocían el nombre de Picasso ligado sólo a una paloma, la de la paz, que dibujó para ellos. Nada más.

Pero el régimen de Corea del Norte tiene algo que lo hace invulnerable. Su ejército y su arsenal nuclear. Si tienes armas de destrucción masiva eres alguien; si no las tienes, estás expuesto a una intervención. Ocurrió en la vieja Yugoslavia y en Iraq; invadieron porque no las había. La amenaza es el elemento disuasorio más trascendental. Una tiranía absoluta se convierte en interlocutor privilegiado porque tiene un arma que te puede hacer un daño incalculable.

Hemos perdido la pasión periodística, o así lo entiendo yo cuando contemplo, no sin estupor, el derribo de Gadafi en Libia, y al tiempo que nadie se haya tomado la molestia de entrevistar a todos aquellos profesores españoles que se convirtieron en exégetas del Libro verde, auténtica biblia teórica de la revolución gadafista. Si la memoria no me engaña, hubo hasta un congreso en Trípoli, con notable asistencia autóctona. ¿Calladitos? Ni siquiera hay quien les pregunte. Estamos con encefalograma plano. Lo más novedoso de nuestros medios de comunicación son los anuncios publicitarios.

Algo similar ocurre con Corea del Norte. Recuerdo que antes de ir a Pyongyang me entrevisté con algún profesor catalán que había sido apasionado  seguidor del pensamiento Zuche, el invento teórico, supuestamente marxista-leninista, de Kim Il Sung, el Gran Líder. ¿No hay nadie que les busque ahora para que nos iluminen sobre la inmarcesible monarquía coreana del Norte? Saben bastante más que nosotros, lo vivieron de primera mano, y ahí están esperándonos, no sé si con las mejores ganas pero al menos con la sabiduría que da la veteranía en el conocimiento.

Nos hemos reído tantas veces de la socialdemocracia sueca, por ejemplo, que deberíamos hacer una reflexión sobre lo que nosotros considerábamos una dictadura progresista, que aseguraba y consolidaba los pasos hacia la igualdad, frente a aquello que juzgábamos aguachirle. Lo fundamental era tomar el poder. Si el poder era tiránico o no, importaba poco, lo trascendental consistía en sus realizaciones. Y nos encontramos ahora con que la única experiencia comunista es esa monarquía coreana, tan surrealista como una película de ciencia ficción con protagonistas políticos.

La constatación de que una tiranía no puede ser progresista es una lección que nos llegó demasiado tarde; cuando el siglo XX terminaba y nosotros habíamos perdido el norte, la ilusión y hasta la capacidad de decir aquellas cosas que aprendimos en la frustración de una lógica derrota. Las tiranías que nacen progresistas acaban sirviendo a los que mandan, nada más. Y entonces se transforman en ese monstruo que ninguno quiere reconocer como criatura de su imaginación.

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31 diciembre, 2011 a las 7:20 am

El inicio del inicio, de Enric Juliana en La Vanguardia

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ANÁLISIS

El ministro de Hacienda  Cristóbal Montoro (Jaén, 1950), que en una vida anterior tuvo cierta noticia del trotskismo, explicó el viernes la subida de impuestos con un fondo irónico en la mirada. Montoro habla siempre con un deje irónico y nasal. No dramatiza y tiende al distanciamiento, esa estrategia teatral que inventó Bertolt Brecht para alejarse del romanticismo burgués. En contraste con la espesa tensión reinante en la sala de prensa de la Moncloa, el ministro de Hacienda parecía tentado por una leve sonrisa: ¿No queríais que pagasen las rentas altas? Pues aquí tenéis una buena subida del IRPF.

El Partido Popular se estrena con un sablazo socialdemócrata. Impuestos escandinavos para la clase media urbana que se retrata ante Hacienda y el Catastro. Tregua -¿provisional?- para los funcionarios, y humana benevolencia con los jubilados, los pensionistas, los parados a los que se les acaba el subsidio y los perceptores del subsidio agrario. Margen oficioso para la economía sumergida -sin economía sumergida media España podría estallar mañana mismo-, un afectuoso saludo a las rentas sin nómina y ninguna cosquilla a las grandes fortunas. El PP dejó ayer a la izquierda moderada sin habla, refugiada en la retórica apelación a esas grandes fortunas que el PSOE jamás ha hostigado, en previsión de males mayores.

¿Quién ha dicho que se está muriendo la socialdemocracia? El Estado social está adelgazando por el desfallecimiento de la competitividad europea en la cadena de montaje del mundo y por el eclipse del colectivismo soviético. Lo que el expansionismo de la URSS incentivó -por si las moscas-, lo estresa el silencioso auge de la China Popular. Pero el marco socialdemócrata -con otra dimensión, otros gestores. otras prioridades y otro hilo musical- pervivirá en Europa. Tipo marginal máximo del IRPF del 52% en buena parte de España. Gravamen máximo del 56% en Catalunya (considerando el plus autonómico). La España de Mariano Rajoy paga como Holanda; la Catalunya de Artur Mas, como Suecia. Sólo nos supera Dinamarca con el 59% (Fuente: Eurostat).

Después de no pocas deliberaciones -Rajoy dio luz verde anteayer, tras reunirse con el equipo económico y la vicepresidenta Sáenz de Santamaría- el nuevo Gobierno ha tomado cuatro decisiones en una: se ha comido la capa de crema de su programa electoral (¡no subiremos los impuestos!); ha dejado al PSOE inválido (ese 8% de déficit perseguirá durante meses al dúo balzaquiano Rubalcaba-Chacón); ha despejado el camino para la conquista de Andalucía, y por último, aunque no lo último, ha enviado un mensaje de seriedad y obediencia al Directorio Europeo.

En la España de la segunda Restauración el principal esfuerzo fiscal siempre ha recaído en las clases medias con nómina. Gente que cree en la democracia, que no ha abusado del fraude y que comienza a presentar síntomas de fatiga y fastidio ante el desgaste moral del sistema. Los principales paganos del IRPF y del IBI no saldrán en manifestación. La procesión irá por dentro. Los manifestantes más activos en España son hoy los funcionarios. Y a los empleados públicos se les ha enviado una señal de tregua. Ninguna de las medidas anunciadas ayer sacará gente a la calle. No veremos grandes manifestaciones contra el nuevo Gobierno hasta después de las elecciones en Andalucía. El control del Sur es hoy un objetivo básico del centroderecha español, que durante estos meses ha tomado muy buena nota de las reacciones sociales en Catalunya.

Catalunya, eslabón crítico de la cadena. Principal generadora del PIB español (18,47%, según datos del INE difundidos el viernes mismo), y durísimo banco de pruebas del “inicio del inicio” al que se refería la joven vicepresidenta, con rostro preocupado. Catalunya, IRPF al 56%, malestar al alza, azoramiento y tensión en los servicios públicos.

Y la nota a pie de página. El presidente de Extremadura (206 empleados públicos por cada mil personas activas, el mayor porcentaje de España) jugando a Rodríguez Ibarra en su discurso de fin de año. “Extremadura no va a ser menos”, dijo Morago en vasco y catalán. Efectivamente, el inicio de un inicio.

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31 diciembre, 2011 a las 7:19 am

El rector de Salamanca, de Juan-José López Burniol en La Vanguardia

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Hoy hace setenta y cinco años murió, en Salamanca, Miguel de Unamuno. Dos meses y medio antes de su muerte -concretamente el 12 de octubre- había tenido lugar el grave incidente que provocó su ruptura con la España nacional, después de que hubiese roto también con la España republicana. Aquel día -se ha repetido mil veces- se celebraba, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, un acto con motivo de la fiesta de la Hispanidad, al que asistían Carmen Polo -mujer de Franco-, Millán Astray y José María Pemán. Mientras Millán profería brutalidades cuarteleras, Unamuno garabateaba sobre un papel. Cuando el militar terminó se levantó el rector, que lo era vitalicio. Se hizo un silencio expectante y Unamuno habló, interrumpido -a partir de cierto momento- por Millán y por los gritos del auditorio. Interesa hoy recordar tres de las ideas que expuso: 1. “Callar, a veces, significa mentir, porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia”. 2. “Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana (…) Pero no, la nuestra sólo es una guerra incivil”. 3. “Vencer no es convencer y hay que convencer sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia, que es crítica”.

El tumulto que se armó fue enorme. Unamuno tuvo que salir protegido por Carmen Polo y Pemán. Aquella tarde, Unamuno se dirigió como todos los días al casino, del que era presidente honorífico, donde fue insultado y rechazado. Diez días después, Franco firmó un decreto por el que se le destituía de todos sus cargos. Lo mismo había hecho Manuel Azaña, al otro lado del frente, algún tiempo atrás. Estaba claro: no había sitio para la tercera España. Así lo había percibido él, unos días antes: “No son unos españoles contra otros (no hay anti-España), sino toda España, una, contra sí misma. Suicidio colectivo”. Confinado en su casa y vigilado, salía sólo para dar una vuelta por la plaza Mayor. Un día, acompañado por Eugenio Montes, se dirigió a la tienda del marmolista que estaba haciendo la lápida para su mujer, muerta hacía poco, y, tras sacar un papel del bolsillo, dictó con cuidado los versos de su propio epitafio: “Méteme, Señor, en tu pecho, / misterioso hogar, / que vengo deshecho / de tanto bregar”. Era el 21 de diciembre. Diez días después, murió. Antonio Machado – santo laico siempre generoso-escribió en su necrológica: “Murió, sin duda alguna, tan noblemente como había vivido”. Rechazado por unos y por otros.

“Cartujo laico, ermitaño civil y agnóstico, acaso desesperado de esta vieja España”. Así se definía a sí mismo Miguel de Unamuno, protagonista destacado de la vida pública española durante el primer tercio del siglo XX. No fue -ni es- muy leído por el gran público, pero su figura estuvo siempre presente en el debate diario como un personaje raro, original y paradójico. Comenzó su participación en la vida pública fundando La Lucha de Clases,primer órgano socialista bilbaíno, y terminó ubicado – según Federico Urales-”en el anarquismo místico a lo Tolstói, en el anarquismo cristiano”, si bien reconoce que, paradójico hasta el tuétano, “también de ahí se escaparía”. Pero él tenía clara su misión: “Suele, con mucha razón, decirse que cada loco con su tema; ymi tema es el de la espiritualidad, el del estado íntimo de las conciencias de un país, de sus inquietudes supremas”; para concluir que: “Yo he buscado siempre agitar y, a lo sumo, sugerir más que instruir. Si yo vendo pan no es pan, sino levadura o fermento”. Un valenciano – Vicente Blasco Ibáñez-veía al vasco de otra manera. Un día, estando ambos en el parisino café de la Rotonde, durante su exilio, le dijo: “Usted, Unamuno, con este aspecto levítico, debía ir a Norteamérica a fundar una religión y a hacerse rico”. Unamuno lanzó a Blasco una mirada indignada.

La sociedad española actual es enormemente distinta de la que conoció Unamuno. Su nivel de vida ha alcanzado cotas entonces inimaginables, y su integración en Europa torna antigua y extraña buena parte de la obra ensayística de Unamuno. ¿Qué sentido tienen hoy, por ejemplo, las muchas páginas que dedicó a la europeización de España y a la españolización de Europa? Pero siguen estando vigentes, hoy más que nunca, dos constantes de su obra. La primera es una decidida voluntad superadora de aquel sectarismo cerril y gregario que encubre – hoy igual que entonces-una grosera avidez garbancera, más escandalosa aún y más obscena en los que son de verdad ricos, es decir, en aquellos para los que su riqueza ha llegado a ser un instrumento de poder y de influencia. Y la segunda es su crítica del individualismo hispano, expresado en la atroz máxima de “ande yo caliente…”, y que – bajo las formas del egoísmo personal, del corporativismo grupal y del secesionismo tribal-impide la consolidación de cualquier organización racional de la vida colectiva. En este sentido, sigue vigente esta dura reflexión de Unamuno referida a España: “¡Qué país, qué paisaje y qué paisanaje!”.

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31 diciembre, 2011 a las 7:18 am

Diagnóstico fiscal erróneo, de Antonio Durán-Sindreu Buxadé en La Vanguardia

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TRIBUNA

Las medidas fiscales aprobadas por el Gobierno son técnicamente irreprochables, pero social y moralmente injustas. Irreprochables, aunque con matices, porque respetan la equidad, reducen la desigualdad y son seguramente las más eficientes. Pero social y moralmente injustas porque en la práctica recaerán, básicamente, sobre las rentas medias, y muy en concreto, sobre las rentas del trabajo, y porque no responden a una redistribución equitativa del coste de las crisis entre las diferentes partes implicadas, sistema financiero incluido.

Pero además, no solucionan el problema que hoy tenemos: la falta de liquidez y el paro. Por ello, lo que se debería haber aprobado son otro tipo de medidas como ingresar el IVA que las administraciones públicas adeudan a las empresas, en el momento que éste se cobre; la posibilidad de compensar cualquier deuda que una empresa tenga con la Administración, por ejemplo, con la Seguridad Social, con el importe de la deuda que cualquier Administración tenga con las empresas; la concesión de créditos fiscales líquidos vinculados a lo ingresado por el contribuyente durante un determinado periodo impositivo; el aplazamiento sin garantía a aquellas empresas que regularmente han venido cumpliendo con sus obligaciones tributarias; reducir la asfixiante presión fiscal indirecta; o disminuir la fiscalidad de las rentas del trabajo, por cierto, de las más altas de la OCDE, reduciendo las cotizaciones sociales, el IRPF o ambas. Medidas, eso sí, que exigen un aumento de otros impuestos como el IVA.

En cualquier caso, hay que preguntarse qué se pretende con estas medidas. ¿Un sistema tributario más justo? Es obvio que no. Primero, por su excepcionalidad y temporalidad, y, segundo, porque para ello se hubiese tenido que acometer otro tipo de reforma. ¿Solucionar los problemas que tienen hoy los ciudadanos y las empresas? Creo que no, ya que salvo la deducción por vivienda, las medidas reducen su renta disponible y dejan aquellos sin resolver. ¿Solucionar el problema de liquidez de las Administraciones? Pues es evidente, aunque así no se solucione el verdadero problema. Vaya, para que se entienda. Ante un paciente que acude a un médico arruinado aquejado de un intenso dolor, la solución no es sólo medicarle con analgésicos, sino diagnosticarle la causa de los mismos y medicarle adecuadamente. Pues el Gobierno ha hecho lo mismo. Frente al dolor, la falta de liquidez y el paro, prescribe un analgésico, subir los impuestos, que tiene además efectos secundarios, porque disminuye la renta disponible del paciente, y deja sin diagnosticar y medicar la verdadera enfermedad. El médico está sin duda algo mejor, pero el paciente está cada día más enfermo, más débil, con menos defensas y con muchas menos posibilidades de sobrevivir. Y sin pacientes, el médico, tarde o temprano, también se morirá. En definitiva, diagnostico erróneo y paciente sin medicar.

Antonio Durán-Sindreu Buxadé.Profesor de la UPF y socio director de Durán-Sindreu, abogados y consultores de empresa.

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31 diciembre, 2011 a las 7:17 am

Políticos y profesionales, de Santos Juliá en El País

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Los llaman tecnócratas, pero son en realidad profesionales cualificados, gentes que han desempeñado altos cargos en entidades financieras públicas o privadas y que, ante la magnitud de la crisis, han sido llamados a ocupar posiciones de poder político en sus respectivos Estados, alcanzando en Grecia y en Italia la presidencia del Gobierno y aquí, en España, el ministerio de Economía. El veredicto ha sido contundente: dando la espalda a la voluntad de los ciudadanos, la tecnocracia ha sustituido a la política, o, por decirlo como nuestro tecnócrata por antonomasia, Laureano López Rodó, los profesionales de la política sustituidos por la política de los profesionales: una prueba más de la herencia franquista que contaminará hasta el fin de los tiempos a esta democracia deficitaria.

¿De verdad han ocurrido así las cosas? ¿De verdad que por haber llamado a expertos en finanzas hemos caído en un estado de excepción económica? Curiosamente, en España, la impresión, antes de la crisis, era más bien la contraria: que la política, o los políticos habían colonizado espacios de la sociedad civil y de la Administración civil del Estado que no les correspondían; y que desde el control de esos espacios habían politizado instituciones clave del Estado de derecho como el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial, o medios de comunicación como las televisiones autonómicas, o servicios públicos, como hospitales y escuelas, por no hablar de teatros, auditorios, museos nacionales y otras sinecuras y bagatelas de nuestro peculiar spoil system.

También las finanzas. Es pronto para olvidar que la mitad del sistema financiero español lo constituían, hasta la crisis, las Cajas de Ahorros y que sus Consejos de Administración estaban fuertemente condicionados por los políticos. Las Cajas servían a las políticas de los Gobiernos de sus respectivas Comunidades Autónomas, sin sentirse atadas por consideraciones técnicas en cuestiones como préstamos a particulares o a partidos. De hecho, los poderes locales y regionales consolidados en los últimos 30 años han crecido a la sombra de las Cajas, siempre dispuestas a echar el resto en envites faraónicos, desde aeropuertos a grandes urbanizaciones, por no hablar de la corrupción subyacente, que encontraba en la composición de sus Consejos de Administración su mejor caldo de cultivo. Sin la política crediticia incentivada por los políticos, la burbuja inmobiliaria no habría alcanzado ni la mitad de su insoportable volumen y quizá no lamentaríamos hoy la vandálica destrucción del litoral mediterráneo.

De manera que sería menester un poco de tranquilidad respecto a los estados de excepción de los que, al parecer, estos profesionales son los heraldos. La relación mercado / Estado es tan vieja como el Estado mismo que, desde su origen, ha alimentado sentimientos de amor y odio hacia los banqueros. Cuenta Carlo Cipolla que Felipe II se subía por las paredes cuando recibía, de los banqueros genoveses, los balances de sus deudas, en ocasiones más del 50% del importe del préstamo, concedido al 15% de interés. No le entraba en la cabeza a don Felipe “esto de los cambios e intereses”, pero los banqueros eran intratables: o pagaba el interés más el riesgo añadido, o cortaban el chorro de oro. Al fin, el monarca, tras esquilmar a sus súbditos, se declaraba en bancarrota, forma habitual de renegociar su deuda.

Mucho han cambiado el Estado y la banca desde aquellos tiempos, pero algo continúa hoy como ayer: finanzas, mercados, o sea, capitalismo, más globalización, están aquí para quedarse. La cuestión no consiste en que profesionales de las finanzas ocupen posiciones reservadas a los políticos, sino en que los políticos se conduzcan, cuando de ingresos y gastos públicos se trata, como auténticos profesionales. Cuando el déficit crece, como en España, de un 34% a un 66% del PIB en tres años, lo que hay que cambiar es de política; y cuando los políticos asisten impávidos a un desbocado endeudamiento privado o lo fomentan con incentivos fiscales hasta magnitudes que superan cinco veces el PIB, lo urgente no es prescindir de los banqueros que aprovechan la ocasión para enriquecerse; lo urgente es cambiar de política, justamente para impedir que los banqueros se forren repartiendo créditos que expolian a sus desprevenidos clientes de sus ahorros y sus viviendas.

En esta crisis de nunca acabar han sido tan determinantes las políticas gubernativas y las instituciones reguladoras como las familias, las empresas y las entidades financieras del sector privado. Por eso, es inútil reclamar más política, menos mercado. En los sistemas capitalistas, las crisis financieras siempre tienen raíces políticas; no por nada, la tríada que va de Marx a Mao pasando por Lenin daba por seguro que el derrumbe del capital arrastraría el fin del Estado. Pero como el futuro, tras ese doble derrumbe, es el presente visible en las exequias del déspota coreano, será mejor aplicar las energías a la reparación del sistema; y para eso no sobrará la contribución de profesionales, a condición, claro está, de que los políticos no renuncien a lo que le es propio dejándose embaucar por la lógica de los mercados, como ha ocurrido con nuestros socialdemócratas mientras se bañaban en las plácidas aguas del republicanismo cívico.

Santos Juliá es historiador.

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31 diciembre, 2011 a las 7:16 am

Pensar lo impensable, de Antón Costas Comesaña en Negocios de El País

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Se romperá el euro? ¿Iría mejor a algunos países abandonarlo? Este tipo de preguntas no se las plantean ya solo los economistas del otro lado del Atlántico. En los últimos meses, y cada vez con más frecuencia, las escucho en conferencias y coloquios en los que participo. La primera década del euro acaba, por tanto, con una fuerte incertidumbre sobre su futuro inmediato.

No son preguntas descabelladas. Otros intentos anteriores de crear una unión monetaria, con o sin moneda única, acabaron en fracaso. Sucedió con las “serpientes monetarias europeas” que se crearon en los años setenta para evitar las guerras de divisas después de la ruptura de la convertibilidad del dólar. Ese fue también el resultado del Sistema Monetario Europeo (SME) puesto en marcha en los años ochenta con el mismo objetivo de evitar guerras comerciales, y que se estrelló con la crisis de 1992.

De hecho, aunque ahora el euro se vincule a la idea de más Europa, su impulso inicial vino del interés de los países centrales por evitar devaluaciones competitivas después de la quiebra del SME. Algo que no le interesaba especialmente a Alemania, metida en una costosa reunificación, después de la caída del muro de Berlín en 1989. La competitividad alemana se ha beneficiado de forma extraordinaria de la ausencia de esas devaluaciones.

En cualquier caso, dado lo mucho que ahora está en juego, lo más probable es que el euro sobreviva. La canciller Angela Merkel no puede permitir que el euro se venga abajo. No por intereses económicos de las empresas alemanas, como a veces se argumenta, sino porque la carga moral que caería sobre su país por destruir el proyecto político europeo sería insoportable; equivalente, aunque de otro tipo, a la carga moral que tuvo que soportar por ser la causa de dos guerras mundiales que llevaron el dolor y la destrucción a toda Europa.

Pero, con ser importante, la cuestión de si se romperá el euro no es la más relevante en relación al futuro de los europeos. A mi juicio, es más determinante preguntarse si la moneda única acabará siendo un instrumento para el progreso económico y social de todos los países de la Unión o, por el contrario, se convertirá en una camisa de fuerza para alguno de ellos. Una camisa de fuerza que acabe abocando a los menos competitivos al retraso económico permanente, al menos en relación con los países más avanzados.

Eso daría lugar a una Unión con un centro rico y dinámico y una periferia estancada y pobre. Algo que daría lugar a dos flujos permanentes: uno de emigración de la periferia hacia el centro, y otro, de signo inverso, de financiación del centro hacia la periferia.

Nos asusta pensarlo, pero no es un escenario descabellado. La historia nos dice que es posible. Fue el resultado de alguno de los procesos de integración monetaria asociados a la construcción de los Estados-nación del siglo XIX. Para no poner el caso español, el ejemplo quizá más paradigmático fue la unificación monetaria italiana. Surgió entonces un desequilibrio permanente entre un norte dinámico y rico y un sur estancado y pobre. Una situación que dura hasta el presente.

Dadas las grandes diferencias de competitividad entre las economías de los países que formaron la Unión Económica y Monetaria, el riesgo de que el euro provocase la italianización de la UE estaba, aunque durmiente, desde su puesta en marcha. Pero la forma como se está gestionando la crisis de la deuda pública europea, surgida (¡no lo olvidemos!) a raíz de la crisis financiera de 2008, hace ahora más probable ese riesgo.

Como estamos viendo, la política de austeridad compulsiva y generalizada no es el camino para la recuperación de la confianza, como sostienen sus defensores; es el atajo que lleva a la recesión. Las medidas adicionales que están forzando Merkel-Sarkozy, como la llamada regla de oro del déficit cero, harán que esa recesión se convierta en un semiestancamiento prolongado y elevado paro para los países sobreendeudados.

Humildemente, sugeriría que los políticos europeos estuviesen obligados a estudiar un curso rápido de historia económica y financiera, aunque fuese por Internet. De esa forma conocerían cuáles fueron en el pasado los malos efectos de las bienintencionadas reglas de oro, incluido el sistema patrón oro.

La austeridad y esas reglas, unidas a la imposibilidad de ganar competitividad mediante la devaluación al estar en el euro, son una camisa de fuerza sobre las economías sobreendeudadas. En esa situación, ganar competitividad es como pretender ganar una carrera de velocidad con los pies atados. Ante esta limitación objetiva, la retórica del sacrificio que piden las élites añade injuria al dolor de los que ya sufren la crisis.

Si no se cambian esas políticas, el euro no será camino de progreso, sino instrumento de servidumbre para los países débiles. ¿Qué hay que hacer para evitarlo? Tres cosas fundamentales, además de algunas otras en las que no entro aquí.

En primer lugar, las economías centrales del euro han de suministrar primeros auxilios a las economías más dañadas por el sobreendeudamiento y la crisis. Dado que estas economías tienen el consumo interno deprimido, no pueden devaluar y han de practicar necesariamente la austeridad pública, los primeros auxilios han de venir del impulso de la demanda interna de las economías centrales. Eso permitirá abrir una ventana a las exportaciones de las economías débiles y reducir su déficit comercial. De esa forma se logrará la estabilidad presupuestaria, el crecimiento y el pago de la deuda.

En segundo lugar, las economías más débiles han de poner cura a su baja competitividad. Eso requiere reformas no solo laborales y financieras, sino también la liberalización de muchas actividades protegidas que encarecen el coste de vida y perjudican la competitividad del conjunto de la economía.

Pero la competitividad no solo se alimenta de reformas. Son necesarias también políticas. Por un lado, una nueva política industrial (o como cada uno quiera llamarla) de carácter estratégico. Por otro, una política fiscal que incentive a las pymes a aumentar su tamaño y su internacionalización, aspecto olvidado aunque fundamental para entender la baja productividad española. Y una política que fomente la cooperación entre las empresas y los centros de investigación, de tal forma que se puedan crear sinergias entre recursos que ya tenemos para generar un conocimiento útil que impulse la innovación y la competitividad.

En tercer lugar, hay que crear un clima social favorable al cambio. Sin él, las reformas se encontrarán con resistencias que limitarán su eficacia transformadora. Sin embargo, ese clima necesita algo más que pedagogía del sacrificio y voluntad política, como insistentemente reclaman las élites financieras y empresariales españolas. Requiere confianza en un reparto equitativo de los costes de la crisis. Pero hay que reconocer que algunos comportamientos de nuestras élites financieras no son el mejor caldo de cultivo de esa confianza social en el cambio.

Para resumir. Probablemente el euro fue un error, dadas las tremendas diferencias en competitividad existentes entre las economías del euro. Pero, en todo caso, como dice el profesor Antonio Torrero, fue un “error inevitable”, dado el clima generalizado de confianza financiera excesiva en el que nació y creció el euro.

Ahora se trata de no comportarse como avestruces y tener la valentía moral de atrevernos a pensar lo impensable: la posibilidad de que unas malas políticas puedan provocar o la ruptura del euro o una Unión con un norte y un sur permanentemente enquistados. El pensarlo nos ayudará a evitarlo.

Antón Costas Comesaña es catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona.

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31 diciembre, 2011 a las 7:15 am

Balón de oxígeno, de Luis Garicano y Tano Santos en Negocios de El País

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El pasado 9 de diciembre se reunieron los líderes de la Unión Europea para acometer las reformas necesarias de los tratados para la resolución de la crisis del euro. Los confusos y conflictivos resultados de aquellas reuniones no hace falta recordarlos. Pero el paso fundamental para resolver la crisis se había dado en otro lugar, en otro momento: el día anterior a la cumbre el Banco Central Europeo (BCE) había anunciado las subastas de liquidez a tres años y la expansión de los avales admisibles para las operaciones de descuento.

Estas subastas de liquidez tienen la peculiar característica de que el BCE facilita todo lo que se demande, la famosa “barra libre”. Con estas subastas el BCE dota de una estabilidad enorme al sistema bancario europeo, que podrá utilizar dicha liquidez para satisfacer el vencimiento de la deuda emitida para los próximos años. Esto elimina de una vez el mayor peligro al que se enfrentaba el sistema financiero europeo: la refinanciación del enorme volumen de deuda bancaria que vencía en los próximos meses, imposible con los mercados de deuda completamente atascados. Los bancos europeos deben conseguir 700.000 millones de euros en el mercado solo en 2012, de los que 360.000 millones son en los primeros tres meses. No es sorprendente por tanto el casi medio billón de euros que han solicitado del BCE en la subasta del 21 de diciembre.

Los bancos no solo pueden satisfacer los vencimientos de su deuda; también pueden financiarse al 1% en la mencionada subasta e invertir en deuda soberana de los Estados periféricos, capturando el diferencial y, reforzando así sus balances mediante este subsidio enorme que reciben del amable contribuyente europeo. Además, como apuntó el propio presidente Sarkozy, de esta manera los Estados pueden financiarse a través de los balances bancarios. Es decir, el BCE mata varios pájaros de un tiro: elimina el problema de liquidez del sistema financiero, contribuye a que los bancos se saneen con este diferencial que capturan, y reduce el coste de la financiación de los Estados.

Y todo esto es particularmente beneficioso para nuestro país, para el que esta decisión del BCE constituye un balón de oxígeno que haríamos bien en no desaprovechar.

Efectivamente, lo que preocupa a los inversores extranjeros en lo que a nuestro país se refiere es precisamente las dudas que persisten sobre nuestro sistema financiero y la posibilidad de que el Estado, poco a poco, se tenga que hacer cargo de sus pérdidas: que España acabe como Irlanda. Es este miedo, junto con el déficit público, lo que está detrás de nuestro alto diferencial. El BCE, con sus decisiones del 8 de diciembre, reduce el riesgo de este escenario. El Reino de España no tendrá que asumir en una situación de urgencia la refinanciación de los pasivos bancarios. Si nuestras entidades con problemas de liquidez consiguen financiación por esta vía y solucionan sus problemas de vencimientos para los próximos años y, además, se cargan de deuda soberana para capturar ese diferencial y generar beneficios, se elimina una fuente de inestabilidad para nuestra economía.

En cuanto al déficit público, también puede ser el programa del BCE particularmente beneficioso para España, dado el gran tamaño de los balances bancarios comparado con nuestras necesidades de refinanciación de deuda pública; y menos para Italia, cuyas necesidades de financiación son tales que puede que los bancos no puedan o quieran endeudarse lo bastante para resolver los problemas de financiación del Estado italiano. Esto es lo que está detrás de la mejora del diferencial español frente al italiano.

Llega, por tanto, el nuevo Gobierno con un “pan debajo del brazo” y esto es lo que hay que aprovechar. Que de este regalo que nos envía el contribuyente europeo por obra y gracia del BCE no se beneficie solo al accionariado de los bancos sino también a los españoles. Es importante que el Banco de España y el Gobierno hagan lo necesario para asegurar que el crédito llega a donde tiene que llegar, y que las instituciones financieras no se limitan a invertir en el negocio fácil de la deuda pública (para el Estado apetitoso).

Pero aún más importante es asegurarse de que los países periféricos, en especial España, utilizan este balón de oxígeno de tres años como una oportunidad para hacer las reformas que necesitamos para modernizar la economía. Los países del Norte temen que cualquier bajada de la presión que sufrimos meta las reformas en vía muerta. Y tal preocupación no es extraña: durante el periodo de boom inducido por el euro, España no hizo prácticamente nada para modernizar y flexibilizar los escleróticos mercados de bienes y servicios que sufre nuestro país, o para incrementar la cualificación de los jóvenes o la capacidad de innovación de nuestras burocratizadas universidades. El Gobierno debe ser capaz de superar la tentación de las “reformillas” y la paz social a corto plazo, que solo augura más estancamiento futuro, y hacer estas reformas de una vez aunque tengan un coste más elevado en el corto plazo.

La oportunidad que ahora se abre es única. ¿Seremos capaces de hacerlo sin estar sometidos a una presión diaria de “vida o muerte”?

Luis Garicano es catedrático de Economía y Estrategia en la London School of Economics y dirige la cátedra McKinsey de FEDEA. Tano Santos es catedrático de Finanzas y Economía en Columbia y director de la cátedra Abertis de FEDEA.

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31 diciembre, 2011 a las 7:14 am

El BCE: ¿recurso o sistema?, de Rafael Calvo Ortega en Negocios de El País

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La difícil situación que atraviesan varios países de la eurozona, consecuencia de la subida del tipo de interés de las emisiones de deuda pública, es una cuestión de máxima actualidad. Se pide reiteradamente una intervención más amplia, permanente y previamente divulgada del Banco Central Europeo (BCE), dado su carácter de institución eficaz y ágil.

A favor de una intervención más intensa del Banco Central y previamente anunciada para una mayor incidencia sobre los inversores se pueden invocar argumentos diversos. En el plano del Derecho Comunitario, el Tratado de la Unión Europea establece en su artículo 123 prohibiciones concretas en las relaciones BCE-Estados miembros: autorizaciones de descubiertos, concesión de créditos y adquisiciones directas (mercado primario) de instrumentos de deuda. No hay interdicción para la adquisición de deuda pública en el mercado secundario. Los estatutos del BCE tampoco prohíben estas adquisiciones de bonos. Sí disponen, en cambio, que el banco debe garantizar que se cumplan las funciones encomendadas al Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC), entre las que se encuentra contribuir a la estabilidad del sistema financiero.

La oposición a estas adquisiciones por el BCE se centra en que dichas operaciones lesionan la credibilidad de esta institución bancaria. Su función principal (no única) es mantener la estabilidad de precios, incluso aunque la emisión de dinero se haga en economías que tengan importantes recursos ociosos y una demanda débil de consumo e inversión.

Los términos de este planteamiento son bastante rígidos. La intervención del BCE que aquí se defiende no debe constituir un sistema permanente e ilimitado y, por el contrario, sí un recurso sujeto a circunstancias determinadas y temporales. En otras palabras, debe introducirse el condicionamiento y la graduación en la adquisición de bonos en el mercado secundario. Este planteamiento se apoya en la lógica de la situación a la que se quiere hacer frente. El desequilibrio presupuestario de los Estados miembros no es igual en todos ellos ni constituye una situación permanente o inalterable. Justamente lo contrario.

Por otra parte, la responsabilidad en los desequilibrios citados es de cada uno de los Estados. Es una situación temporal cuyo final a través de un proceso no puede ser otro que su corrección o reducción en los términos fijados por las instituciones comunitarias. Todo ello aconseja que la entidad que debe guiar el restablecimiento del equilibrio a que nos referimos sea el BCE. Una institución cuya inmediatez, agilidad y eficacia es claramente superior a la que ofrecen otras instituciones creadas para actuar en planteamientos y situaciones bilaterales (Fondo Europeo de Estabilidad Financiera y sus mecanismos de aplicación y Fondo Monetario Internacional) y no en actuaciones generales en el mercado secundario de deuda soberana.

El condicionamiento pide una proporcionalidad entre los bonos adquiridos y la reducción del déficit público del Estado de que se trate. Su validez y oportunidad debe juzgarse a la luz de sus dos alternativas: el BCE no adquiere bonos, lo que aumentaría los desequilibrios existentes hasta una situación límite, o lo hace sin condiciones, lo que retrasaría la corrección del déficit, que quedaría a voluntad de los Gobiernos. En ambos casos se llegaría a situaciones no deseables.

A primera vista puede parecer impropio de una entidad bancaria este control. Pero nada hay que justifique este escepticismo. El BCE es una organización independiente, con dirección colegiada y plural, y de eficacia probada, como hemos dicho anteriormente. Su independencia está garantizada por el Tratado y sus estatutos. Y, según estas normas, una de sus finalidades (junto con el SEBC) es contribuir a la estabilidad del sistema financiero.

El condicionamiento como técnica de actuación general, temporal, abierta y flexible permitiría su aplicación a todos los países de la eurozona y haría posible establecer una graduación en la intervención que transmitiría una voluntad política organizada y rigurosa de corrección de desequilibrios fiscales. Probablemente más eficaz que declaraciones grandilocuentes que suponen el reconocimiento de situaciones de urgencia y que transmiten preocupación y nerviosismo a los mercados.

Reiteramos que este esquema de actuación del BCE no supone un sistema de actuación permanente. Sí, por el contrario, un recurso temporal en tanto en cuanto continúen los déficits excesivos cuya graduación sería decidida discrecionalmente por el Banco Central.

Las alternativas al modelo que aquí se propone no son, en mi opinión, satisfactorias. El Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) y sus mecanismos de recepción de fondos y aplicación pueden ser útiles para operaciones de rescate concretas y para la prestación de avales, pero no para una actuación continua en el mercado secundario. Sus dificultades en la captación de fondos son bien conocidas y han terminado por debilitar las esperanzas que había despertado en sus inicios. El FEEF está autorizado para adquirir bonos en el mercado secundario, pero su efectividad ha sido muy escasa.

El Fondo Europeo para amortizar la deuda (creación del Consejo de Asesores del Gobierno alemán) es de una notable complejidad jurídica y su puesta en marcha encontraría dificultades incluso de naturaleza constitucional.

Los préstamos del Fondo Monetario Internacional son de una utilidad evidente ante necesidades de liquidez. Además, pueden establecerse condiciones para su otorgamiento y pueden utilizarse también como instrumentos de garantía. No obstante, se ajustan mejor a operaciones bilaterales que a programas de adquisición de bonos decididos discrecionalmente en un mercado abierto. Todo ello sin olvidar que la cuantía de estos préstamos está vinculada a las aportaciones de los Estados al Fondo, quedando en consecuencia limitada.

La figura alternativa más adecuada y eficaz sería la creación de eurobonos. Sus aspectos positivos son innegables: reducción de los tipos de interés para los países con mayor endeudamiento, dada la mayor garantía que ofrece el emisor, y relajación de la tensión de los mercados, dada la mayor seguridad que ofrecen. Los problemas jurídicos que se plantean, no obstante, no pueden desconocerse. Si la responsabilidad de los prestatarios es solidaria (incluida la UE como persona jurídica) habría que reformar el artículo 125 del Tratado de Funcionamiento, que prohíbe la asunción por la UE de responsabilidades de los Gobiernos y entidades públicas. Si la responsabilidad es mancomunada (cada país responde de su cuota) la ejecución en un momento dado por los acreedores podría ser complicada. Probablemente, se exigirían dos niveles de responsabilidad. Uno primero de la UE frente a estos acreedores y otro segundo de la Unión frente a los Estados miembros.

En otras palabras, la UE tendría derecho a repetir contra los Estados miembros por su cuota en la emisión. El Libro Verde publicado por la Comisión Europea no resuelve estas cuestiones, aunque tiene el valor de poner sobre la mesa una figura compleja y abrir un debate necesario. La idea de que los eurobonos con garantía solidaria se limitasen solo a las deudas que no superen el 60% del PIB merece un estudio detenido, pues forzaría a los países a la reducción del déficit. La ventaja de los eurobonos para reducir el coste de financiación es atractiva. Su éxito en el mercado en las actuales circunstancias estaría ligado a que los acreedores puedan dirigirse directamente a la UE para su cobro.

Rafael Calvo Ortega, exmiembro de la Comisión de Presupuestos del Parlamento Europeo, es catedrático de Derecho Financiero y Económico

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31 diciembre, 2011 a las 7:13 am

Metafísica política para el 2012, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (31-12-2012)

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El ojo del tigre

En el momento de cruzar la sutil línea roja que hace de imaginaria frontera para separar el hoy del mañana, solemos pensar que iniciamos otro camino provistos de un nuevo equipaje espiritual. Esta creencia se acentúa especialmente cuando llega el momento de despedirse de un año, que muere, para recibir alborozadamente al año que acaba de nacer. Año nuevo, vida nueva… Tal es la consigna tácitamente aceptada aunque, a medida que avanza el tiempo, la realidad nos demuestra que es una verdad relativa. Ahora mismo, estamos casi a punto de saltar al otro lado del annus horribilis, que fue el 2011, por la bulimia financiera que practica el lobby del capitalismo occidental. Si nos atenemos a la tradición secular de la cultura dominante, dentro de apenas veinticuatro horas estaremos cruzando el Rubicón mientras tragamos las doce uvas tradicionales para -ya en la otra orilla de este río, que es la vida manipulada por el poder…- desearnos, entre todos, felicidad y prosperidad. Hasta aquí, la Tradición. Con mayúscula.

Sin embargo, la realidad -aunque cueste trabajo aceptarla- es otra muy diferente. Tenía razón don Miguel de Unamuno cuando advertía de que todos los años no son más que un sólo y largo día. La sociedad asturiana tendrá la gran ocasión de comprobar la certeza del aviso unamuniano al iniciar su camino por el año 2012, que ya está llamando a la puerta. Asturias entrará en él cargando el mismo equipaje que, desde hace más de medio siglo, arrastra tras de sí, penosamente, por el interminable camino del tiempo: su crónica crisis cultural y su atávica pobreza ideológica. Una crisis que, probablemente, se le haya acentuado a partir de la pérdida de su histórico patrimonio industrial -una riqueza iniciada a mediados del siglo XIX, y desmantelada definitivamente en los años 80 del siglo XX-, patrimonio que constituía el escenario ideal para proyectar sobre él las ideas de un progreso cultural y social, que empujaba a esta antigua comunidad regional hacia las altas esferas del bienestar social… Evidentemente, sin prescindir de las inevitables y naturales tensiones sociales. Probablemente, porque la cultura del trabajo necesita, para avanzar, ir acompañada por el desarrollo del pensamiento político: otra forma de cultura indispensable para el progreso social.

Ahora, en este momento, nos disponemos a iniciar la rutinaria liturgia del recibimiento de un nuevo año cargados con el equipaje de los mismos errores cometidos, año tras año, en el transcurso de los últimos ochenta años: el peso dominante de una política orgánica que quiere controlarlo todo. Esta antigua sociedad regional, convertida en comunidad autónoma por obra y gracia del milagro transitivo decretado por los reformistas de la anterior dictadura nacionalcatólica, es, en estos momentos, una olla en plena ebullición: por un lado, burbujea un club, llamado Foro AC, que es responsable -por decisión popular democrática- del Gobierno del Principado de Asturias. Se trata de un Gobierno peligrosamente minoritario -aunque con gran vocación imperial-; el cual, necesita flexibilizar su elevada y rígida sensibilidad orgánica si quiere lograr pactos, uniones, entendimientos y comuniones, con otros partidos mayoritarios. Pero muy especialmente, con el partido que es, aunque no lo parezca, su matriz: el Partido Popular.

Por el otro lado, hierve a borbotones el socialdemócrata PS(O)E mientras intenta renovarse -¡otra vez…!- porque quiere recuperar la hegemonía perdida en las elecciones generales del esotérico 20-N de 2011.

Este es el paisaje que esta comunidad le ofrece al año 2012. Un paisaje que tiene su historia: tras el desmantelamiento prácticamente integral de la industria minero-siderúrgica -incluido el embalsamamiento de las Cuencas Mineras-, llevado a cabo disfrazándolo de una moderna operación para lograr la reconversión industrial de Asturias, la metafísica reconversión industrial consistió, finalmente, en sustituir la tradicional industria minera y siderúrgica por la virtual industria de la política, de cuya capacidad para generar empleo ha dado pruebas suficientes desde el primer día…

Lo que no se le puede negar a esta peculiar reconversión industrial asturiana es que, gracias a ella, el siglo XIX se ha conservado, tan fresco como el primer día, incluso una década después de haber estrenado, cronológicamente, el siglo XXI. Esto sí es trabajar por la conservación de la Tradición. Hoy, aquí, se hace política como en los mejores tiempos de don Alejandro Pidal y Mon. Reconocer este mérito es un deber de la conciencia social. Si me lo permite, le voy a poner dos casos que demuestran la importancia que tuvo esa milagrosa reconversión de la minería y la siderurgia en la política de los partidos dinásticos: a), Asturias es un concepto teológico felizmente secularizado: Covadonga; y b), Asturias es un fenómeno racionalista ilustrado: Jovellanos. Todo esto, que no es poco, es lo que el 2011 va a volcar sobre el próximo año. Debemos reconocer que sin la política orgánica -adaptada a la democracia transitiva de estas últimas tres décadas y pico- ni la Santina ni Jovellanos habrían logrado esa identificación que convierte a ambos en la quintaesencia de un modelo de sociedad difícil de sondear únicamente con el pensamiento si prescindimos de lo teológico y de lo racionalista.

La clase política asturiana -al frente de la cual están las divinas castas oligárquicas, cada una de las cuales vela por los principios ideológicos de sus respectivos partidos- es la encargada de que los asturianos se convenzan de que para serlo basta, sencillamente, con mantenerse fieles a unas determinadas actitudes sociales. Y no -como pretenden algunos (¿rojos…?)- un profundo sentimiento de la propia conciencia individual. Eso significa, desde la perspectiva de un político orgánico experimentado, una grave transgresión de la disciplina social. He aquí otro logro positivo de la reconversión industrial en esta región. Porque para asumir un profundo sentimiento asturianista están, precisamente, ellos. A los demás les basta con cubrirse la cabeza con una montera picona. Es mucho más fácil -y menos comprometido- llevar a Asturias por fuera que por dentro de nuestras cabezas.

Con la montera picona les resulta más fácil, a los políticos, homogeneizar a la sociedad regional. Al menos, este es el sueño imperial de la clase política asturiana, tan sabiamente dirigida por sus respectivas castas oligárquicas.

Con este bagaje político -heredado del siglo XIX- la actual comunidad autónoma se dispone a adentrarse entre la espesura teológica y racionalista de la selva del año nuevo. Felicidades.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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31 diciembre, 2011 a las 7:12 am

La voz del pueblo, de Umberto Eco en Público

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De vez en cuando leo en los diarios acerca del buen trabajo que desempeña David Letterman como anfitrión de programas de debate o charla en Estados Unidos –tan bueno, de hecho, que el Late Show with David Letterman ahora puede ser visto en todo el mundo, incluso en Italia–. Es evidente que estos periodistas tan fascinados con Letterman nunca vieron la personalidad fantástica que era Johnny Carson, en su programa de noche (un presentador que, creo yo, fue la inspiración para Maurizio Costanzo, anfitrión del primer programa italiano de debates). Carson fue anfitrón de The Tonight Show en la NBC de 1962 a 1992: era un gran programa, rebosante de ironía y sofisticación: comparado con Carson, Letterman parece rutinario y acartonado en su actuación.

La última vez que vi su programa, Letterman estaba hablando con un invitado acerca de la crisis en Oriente Medio y pidió al hombre que le explicara por qué –salvo las insurrecciones recientes de la Primavera Árabe– los pueblos árabes aceptan la vida bajo dictadores o jeques que se enriquecen con las reservas locales de crudo mientras oprimen económica y políticamente a sus pueblos.

¿A qué se debe, preguntó Letterman, que esos pueblos acepten tal destino? Después de todo, allá en 1620, los Padres Peregrinos sintieron que sus derechos de puritanos estaban siendo oprimidos en Inglaterra, de forma que equiparon el Mayflower y emigraron a América, estableciendo en Nueva Inglaterra el primer núcleo de un país democrático.

El entrevistado pareció tan aturdido por la pregunta que tuvo problemas hasta para dar la más obvia de las respuestas: que había relativamente pocos Peregrinos (creo que eran 102) y que tenían a su disposición un continente que estaba casi vacío, en tanto que hay mil millones de musulmanes en el mundo actualmente, y los que están oprimidos pueden, en el mejor de los casos, emigrar sólo a países y ciudades densamente poblados que no están en condiciones de recibir tales cantidades de refugiados.

Yo hubiera añadido que los Padres Peregrinos eran un grupo bastante sofisticado de personas que provenían de Inglaterra, donde, desde hacía algún tiempo, ya había existido una noción de los derechos políticos de los ciudadanos. ¿Cómo puede ser realista pensar que el mismo destino espera a las enormes poblaciones de árabes emigrantes hoy en día? No tienen idea de adónde pueden ir –y, lejos de contar con un Mayflower, lo más que pueden esperar es ponerse en manos de marineros traficantes sin escrúpulos–. Es más, no están en conflicto con sus creencias religiosas, ni tienen la menor idea de lo que es una democracia al estilo occidental.

Al escuchar la entrevista de Letterman, me quedé boquiabierto. ¿Puede acaso este personaje tan famoso, cuyas entrevistas tienen el potencial de ayudar a la gente a obtener alguna comprensión del mundo en el que vivimos, realmente tener ideas tan infantiles acerca de lo que ocurre más allá de las fronteras de Estados Unidos?

No obstante, Letterman estaba expresando una actitud mental común entre los estadounidenses –no entre sus intelectuales, sino entre esas masas inmensas que habitan en el centro del país–, donde los diarios locales informan extensamente acerca de una becerra nacida con dos cabezas, mientras hacen una vaga cobertura sobre el resto del planeta. Lugares donde The New York Times no se entrega, o sólo se encuentra en unos cuantos lugares de alto nivel y al doble de su precio normal. Lugares donde, hace años, las llamadas de larga distancia e internacionales sólo podían hacerse a través de una operadora. Lugares donde, cuando alguien pidió una vez a una joven operadora que lo comunicara con un número de teléfono en Roma, se le preguntó con qué Roma deseaba hablar –porque hay una en Georgia, una en Nueva York, una en Indiana y una en Tennessee, por no mencionar otras que no puedo recordar–. Al descubrir que había también una Roma en Italia, la operadora sólo pudo expresar su total asombro.

Hace unos años, en una conferencia en Florencia, una persona que trabajaba en el Pentágono o en la Casa Blanca (no recuerdo cuál), después de haber disfrutado de una excelente cena de pescado, fue informada de que el pescado venía del Mediterráneo, y procedió a preguntar si el Mediterráneo era un mar salado.

A veces me pregunto cómo los políticos estadounidenses promedio (quienes ocasionalmente llegan tan alto en sus carreras como George W. Bush) pueden cometer tantos errores con respecto a Europa, África y Asia. Quizá simplemente debamos preguntarle a Letterman.

Umberto Eco. Escritor y filósofo italiano experto en Semiótica.

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Introducido por Reggio

31 diciembre, 2011 a las 7:11 am

La última Navidad de la URSS, de Pere Vilanova en Público

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Este año que cerramos, 2011, celebra varios aniversarios, el del 11-S por ejemplo, pero uno de ellos merece especial atención: el fin de la Unión Soviética, el más formidable experimento de ingeniería social y política del siglo XX. En efecto, esos últimos días de diciembre de 1991 vieron, al final, cómo a las 12 de la noche del último día del año se arriaba la bandera de la URSS y en su lugar, en el propio Kremlin, se izaba la bandera de Rusia. La primera pregunta, 20 años después, es obvia: ¿se cerraba un simple –aunque dramático– paréntesis de 70 años de experimento soviético, mal llamado “socialismo científico”? ¿O bien empezaba una nueva era histórica con una nueva Rusia? Si es cierto lo primero, Rusia reanudó en 1992 una historia milenaria, con todas sus virtudes y vicios, que permiten explicar muy bien los tics y reflejos autoritarios de lo que venimos en llamar “putinismo”, que por cierto tiene una fuerte base social, además de una oposición creciente en las calles.

Es interesante recordar cómo 1991 fue el año del cierre de ese experimento que se llamó “perestroika”, que Gorbachov había iniciado con increíble audacia siete años antes. Intentó por todos los medios (democráticos) una reforma estructural del sistema soviético para hacerlo competente y competitivo en un mundo ya globalizado de modo irreversible. Tuvo que apoyarse en la estructura piramidal de un poder que tenía dos patas y que veía en la reforma una amenaza existencial: la “nomenclatura”, por un lado, y las 15 repúblicas federadas, por el otro.

La “nomenclatura”, o el sector más duro del “aparato” del partido, intentó un ridículo y absurdo golpe de Estado en agosto de ese año, que fracasó porque la gente (y parte del Ejército) salió a la calle encabezada por Yeltsin, presidente electo de Rusia. Pero ello llevó a Yeltsin y otros presidentes de algunas repúblicas (Ucrania, Bielorrusia, Kazajistán) a un último complot: si las repúblicas federadas se declaran independientes, la URSS se reduciría a cero. Literalmente eso es lo que pasó entre el 6 y el 31 de diciembre de 1991.

Cayó el telón.

Pere Vilanova. Catedrático de Ciencia Política.

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Introducido por Reggio

31 diciembre, 2011 a las 7:10 am

Rubalcaba usa la nación española contra Chacón, de Marcello en República de las ideas

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Nunca es tarde si la dicha es buena y además útil en su batalla por el control del liderazgo y la secretaría general del PSOE. Por ello, ahora, Rubalcaba se acuerda de la unidad de España y propone un “PSOE nacional, de mayorías e inter generacional”. Es decir un partido español (que diga lo mismo en todas partes), interclasista (volcado en las clases medias) y abierto a jóvenes generaciones y al mundo de las redes sociales y la tecnología de Internet, para justificar así la ausencia de una renovación plena en el liderazgo del partido y el empeño del “viejo” Rubalcaba en permanecer y conseguir –como el máximo exponente de la guardia felipista- el control pleno y la secretaría general del PSOE.

Lo del partido nacional, “que diga lo mismo en todas partes” (de España) es un mensaje que merece una triple lectura por cuanto por un lado reconoce que en los pasados gobiernos de Zapatero se dañó la cohesión nacional con la llamada “España plural” y sobre todo con el estatuto catalán que pretendió arrebatar a España el término de nación (“discutida y discutible”, dijo ZP) a favor del modelo plurinacional que pretendían los catalanes y que abortó el Tribunal Constitucional.

Asimismo, con lo del “partido nacional” Rubalcaba reconoce que ese error de no poner en valor a la nación española ha pesado, como la crisis de la economía, en el ánimo de muchos votantes que abandonaron el PSOE. Y en tercer lugar el mensaje nacional de Rubalcaba pretende marcar una distancia esencial con Carme Chacón, que por su militancia en el PSC, está vista por muchos dirigentes y votantes socialistas como próxima al nacionalismo. Sobre todo este es un mensaje que cala profundamente entre todos los militantes del PSOE ajenos a Cataluña y especialmente entre los de Andalucía, que llevará al congreso del PSOE de Sevilla el 25 % de los votos que decidirán la nueva dirección del partido.

En el entorno de Chacón este mensaje, que Rubalcaba adornó de manera un tanto sigilosa, como es su estilo habitual, se habrá visto como un golpe bajo o una malévola insinuación en contra de la candidatura de la catalana que probablemente se hará pública en las próximas horas o días. Se recuerdan ahora las palabras de José Bono cuando afirmó que el líder del PSOE debe poder decir sin complejos ¡viva España!.

Sin embargo, lo que no ha dejado claro Rubalcaba es el cómo y cuándo piensa abrir el PSOE, democratizarlo y renovarlo, cosa que parece difícil de imaginar con su presencia de vieja guardia aspirando a la secretaría general. Un terreno donde la juventud de Chacón da ventaja a la catalana aunque ambos dos están hoy inmersos en graves responsabilidades, en España y Cataluña, de la derrota electoral del PSOE y por su participación en el fallido gobierno de Zapatero.

Excepción hecha de este apartado, Rubalcaba hizo un discurso más ideológico que político, más filosófico que pragmático y un tanto carente de credibilidad porque al apoyarse en su programa electoral tiene ante sus narices la derrota del 20-N a su persona y a su programa, aunque él afirma que la causa esencial de dicho fracaso está en la pérdida de la confianza de los españoles en la capacidad del PSOE para hacer frente a la crisis. Es decir, en su propia capacidad.

De momento tenemos un candidato, españolista y español, que circula por la izquierda ideológica y que llama a los jóvenes a participar. Ahora falta saber qué dice Chacón y si hay algún otro más que se atreva a presentar una tercera vía, e incluso a debatir con este correoso personaje que quiere eternizarse en el PSOE que habla de cambiar muchas cosas, menos de cambiarse él, con un paso atrás como el que le exigieron las urnas el 20-N, y que él ha decidido ignorar.

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Introducido por Reggio

31 diciembre, 2011 a las 7:09 am