Caffè Reggio

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Mierda de artista, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Si hay una palabra a la que el tiempo  ha ido dando un significado sorprendente es la de artista. Dejó de tener el sentido antiguo, ligado al buen hacer, los conocimientos y la creatividad. Un artista pasó a ser el que hacía algo fuera de lo común, cualquiera que fuera eso: desde el circo hasta el robo de carteras. ¡Es un artista! ¿Quién no ha escuchado alguna vez eso referido a todos los gremios, incluido el delincuente? El arte, reconozcámoslo, ha perdido mucho de su empaque, aunque siga conservando cierto tronío y haya diversificado el campo de sus dominios. Sara Montiel es una artista, Barbra Streissand una actriz, y sin embargo las dos cantan.

El folklore español introdujo una variante que se consolidó hasta convertirse en paradigma de muchas ambiciones populares. “Mamá, yo quiero ser artista”. La frase se incorporó a la leyenda.

Cuando éramos niños los de mi quinta, existía una expresión, deliciosa en su polisemia, que era la de “canción ligera”. Había muchos premios a la “canción ligera” y por tanto muchos cantantes dedicados “al género ligero”. Hoy se consideraría políticamente incorrecto e incluso les parecería ofensivo a sus fans. Ocurre con Joaquín Sabina, por ejemplo, si usted se toma la molestia de leer sus versos -publicados en editorial de postín- con toda probabilidad se quedará anonadado, expresión pedante para describir lo indescriptible. Sin embargo, a mi gustan sus canciones, pero cabe admitir que de puro pobres no soportan la lectura en seco.

Quizá sean un reflejo de nuestra cultura y eso explique por qué buena parte de nuestra educación musical melancólica, es decir, las canciones que más nos gustaron en nuestra adolescencia, estaban cantadas en inglés, idioma del que no entendíamos nada.

Teddy Bautista fue el compositor de moda en España hacia 1968 por un éxito que en castellano resultaba de un tanto vulgar aunque muy apropiado para la época -Arrodíllate- pero que en inglés sonaba a exótico -Get on your knees-. Formaba parte de un “conjunto” -entonces no se decía “grupo”- que se llamaban The Cannaris, que todos entendían que eran canarios de las islas. Yo por entonces no los seguía mucho, por no decir que no tenía ni zorra idea, pero me fascina la evocación; es un vicio de la edad. Quizá por eso me gustaría que alguien, con conocimiento y causa, me contara la historia que va de Los Canarios a la SGAE, esa institución centenaria que siempre fue, desde que tengo noticia, un comedero.

Incluso soy miembro de la SGAE y no porque haya escrito libros. (Nunca entendí por qué si escribía libros no formaba parte de la Sociedad General de Autores y sin embargo era absolutamente obligatorio si uno escribía una letra de canción, una obra de teatro o un guión de cine). Me temo que no haya ninguna historia decente sobre la SGAE, pero de seguro que constituiría una aportación fundamental sobre el estado de nuestra cultura desde el final de la guerra civil. No logro recordar cuándo entré por primera vez en la sede de la SGAE, un coqueto edificio madrileño que parecía un escenario pensado para rodar películas de época.

Pero sí tengo en mi memoria una especie de taquillas en un mostrador alargado donde a primeros de mes se apalancaban unas señoras fondonas haciendo cola, a las que los veteranos del lugar denominaban “viudas de pasodoble”.

Venían a cobrar los derechos de autor que sus deudos -padres, maridos, amantes- les habían dejado en herencia, y como es lógico pensar ahí debían estar las usufructuarias de los grandes éxitos de nuestra música más racial, los pasodobles Manolo el Chocolatero, Marcial eres el más grande y Suspiros de España. Esa historia no escrita de la SGAE nos podría iluminar sobre un hecho sorprendente, y es el peso definitivo que tenían en la Sociedad General de Autores los compositores de “canción española”, producto musical entonces muy frecuentado. Ese, por cierto, era el género fundamental que definía a “los artistas”. Más de media España nunca consideró a Picasso un artista sino un pintor, y eso en el mejor de los casos. Una artista, la artista por antonomasia, era Lola Flores. Lo decía ella misma.

Que el asunto del arte y los artistas tenía mucha miga y que la SGAE era una auténtica panadería, lo atisbé cuando un día en una conversación banal, a la que ellos no dieron importancia, escuché, no sé si al gran Rafael Azcona o al propio Berlanga, que lo mejor para salir con buen pie económico de una película era no ponerle música, porque así no pagabas los derechos musicales, que equivalían a lo mismo que los del guionista. Hay películas de Berlanga sin fondos musicales, cosa que la verdad no había percibido hasta que ellos me lo señalaron. Viejas historias de trampas entre tramposos.

Lo que está ocurriendo ahora en la SGAE tiene sin embargo algo que llama la atención. La desvergüenza de los protagonistas, esa especie de aval que se conceden unos a otros basándose en la amistad, el compadreo, la solidaridad gremial, y cierto halo político tejido en la complicidad con el poder. Arrodillémonos todos porque “los artistas” han descubierto la teoría de la conspiración, la mano negra, en expresión infeliz de Víctor Manuel, cantante, productor y socio. Ese tránsito de la farándula divertida y cómplice a la denuncia universal eleva de grado la golfería   de aquellos que han disfrutado de la cercanía al mando político, al que han servido y del que se han servido, según corresponde a quienes viven del espectáculo. Los periodistas, salvo excepciones muy puntuales, no pertenecíamos al gremio del espectáculo hasta que aparecieron los tertulianos. Había los “caretos” que salían en televisión, pero eso tenía poco que ver con el periodismo.

Y es que ahora que les han pillado con la mano negra en la caja, no sé si a todos, a casi todos o a un puñado de compadres, concluyen que se trata de una conspiración. Si nos fijamos un poco y nos atenemos a las historias de corrupción y colusión con el poder en España, resulta que todos aquellos que se han aprovechado de las regalías de la administración, alegan que lo suyo no es robar, ni estafar, ni aprovecharse, sino sencillamente venganzas de sus enemigos políticos. Y a lo mejor hasta es así, lo cual nos situaría en muy mala posición para la decencia. ¿Usted ha desviado fondos y se ha beneficiado de su posición de privilegio? ¿Si, o no? En este momento sale la mierda de artista que todos llevamos dentro, y dicen: “Más roban otros y no les pasa nada”.

La verdad es que los niveles han bajado mucho. Ni siquiera tienen que ver con aquella brillante invención del malogrado Piero Manzoni cuando en 1961 aportó al mercado del arte sus 90 latas de Merda d´artista. Hay un museo en Barcelona que compró una, yme he enterado que en una subasta reciente la lattina di merda de Manzoni alcanzó los 124.000 euros. Si será verdad que la realidad nos deteriora, que yo mismo pensaba dedicar este artículo a los “Retratos de artistas”, una excepcional colección de fotografías de Jordi Belver que se puede ver en Caixa Manresa, y sin embargo he derivado en el comedero artístico de la SGAE, donde las empresas bajo sospecha tienen nombres como Micromega, Hipotálamo, Microgénesis y Perseo, y donde la pareja de principales implicados fueron militantes de la CNT anarquista. Antes un radical le ponía a su hija el nombre de Electra, ahora se lo coloca a una sociedad participada. El descubrimiento de los mercados, y sobre todo los digitales, no deja títere con cabeza; nunca mejor dicho.

Sí, es curioso que haya que ir a Manresa para contemplar los 50 retratos de artista que les sacó Jordi Belver. Hay dos impresionantes. El de Jorge Oteiza, jugando con tres dedos en el aire, con mirada socarrona y maléfica. Y otro de Antonio Saura, en París, tocado por la muerte inminente y la mala leche congénita. Sí, resulta curioso que haya que ir a Manresa para ver una exposición importante, pero es bueno para la salud cultural. Lo inquietante es tener que pasar del retrato de artista a la mierda de artista.

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9 julio, 2011 a las 7:20 am

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Sin decencia, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

El proceso abierto por el magistrado de la Audiencia Nacional Pedro Pablo Ruz contra la dirección de la SGAE encabezada por Teddy Bautista y contra su testaferro Rodríguez Neri, gestor de lo que el juez denomina la trama empresarial parasitaria de la SGAE, saca a la luz los entresijos podridos de uno de los escándalos institucionales más esperpénticos en un país que se cree moderno. Una sociedad privada, sin apenas tutela de una administración que abdicó de sus responsabilidades en este ámbito, se dedica a recaudar para su propio beneficio derechos de autores de los cuales el 90% no tienen ni voz ni voto en ese proceso. La justicia juzgará los delitos de apropiación indebida y administración fraudulenta que se imputan a Teddy Bautista y socios. Pero el auténtico escándalo es la impunidad con la que vienen operando desde hace muchos años bajo el manto protector de gobiernos de todas las tendencias, tildados desde la SGAE como idiotas del Ministerio de Cultura de los que hay que aprovecharse, según grabaciones de la Guardia Civil.

Hay tres procedimientos que considero iniquidades. Primero, la expoliación del derecho individual de los autores a gestionar sus derechos de propiedad intelectual como cada uno quiera, incluido el hacer cesión gratuita de los mismos. A mí nadie me ha consultado nunca como autor si quiero que me represente la SGAE, algo que rechazo por razones éticas, profesionales y políticas. Segundo, la SGAE y sus cresos directivos se financian con lo que obtienen de su monopolio recaudador, por lo que se entremeten en cualquier manifestación cultural o festiva, incluyendo actos privados como bodas y bautizos, así como en cualquier uso de un producto cultural. Despachan sus agentes a invadir la privacidad de ciudadanos y comerciantes en una privatización abusiva de funciones recaudadoras públicas. Tercero, en el entorno de cultura digital el freno que tal fiscalización asfixiante supone para crear y difundir contenidos en la red llevó al disparate de la imposición en 2006 de un canon sobre todo dispositivo que pueda servir de soporte digital a la reproducción de contenidos. Es decir, se presuponía la piratería de cada usuario y se imponía una tasa indiscriminada so pretexto de compensar a los autores. El estudio econométrico del profesor Ferreira, de la Universidad Carlos III, demuestra los enormes costos de esta recaudación indiscriminada (una pérdida para la economía de 51,2 céntimos por cada euro recaudado) y para el consumidor (un 20% de sobreprecio), con un impacto particularmente negativo sobre las industrias de tecnologías de información. En 2006, el comité asesor del ministro de Industria (a la sazón José Montilla) sobre la sociedad de la información, que yo presidía junto con Jesús Banegas, presidente de la patronal electrónica, publicó un dictamen crítico sobre el canon digital. Pese a lo cual el resto del Gobierno cerró filas con la ministra de Cultura y el Parlamento votó la ley unánimemente.

¿De dónde viene ese extaordinario poder del lobby SGAE? En parte, del control sobre artistas y creadores que son prestados a los partidos políticos para amenizar sus aburridos mítines electorales a ver si la gente se anima. Y para convencer a los jóvenes de la bondad de los partidos aprovechando su celebridad. Pero también se debe a la eficacia de un pequeño grupo de profesionales de la influencia política, muy bien organizado y con una estrategia diseñada para ocupar el espacio cultural del país con las ministras de Cultura como sus valedoras en el Gobierno.

Así fue como la ministra González Sinde superó todas las cotas de sus antecesores como paladina de los derechos de autor versión SGAE. Incluso fue más lejos, encabezando la ofensiva para mezclar la protección de la propiedad intelectual en internet con la censura directa de contenidos en internet, amenazando a proveedores de servicios y intimidando a internautas. La amalgama entre la llamada ley Sinde y las posibles fechorías de la SGAE no es mía sino resultado del apoyo mutuo entre la ministra y el lobby en todos los frentes. En su comparecencia ante el Parlamento la ministra argumentará que no tiene competencias directas en la regulación de la SGAE. Lo cual no es cierto, porque el art. 159 de la Ley de Propiedad Intelectual permite al Gobierno vigilar las entidades de gestión de los derechos, cesando su actividad en caso de irregularidad, como ha argumentado el experto jurídico Carlos Sánchez Almeida.

Los abusos y prepotencia de la SGAE han provocado tal indignación entre la comunidad internauta, las empresas electrónicas y los defensores de la libertad de creación y comunicación digital que tribunales europeos y españoles han ido dando la razón a las querellas presentadas contra la alianza entre SGAE y Ministerio de Cultura, alianza bendecida por Zapatero y sólo recientemente criticada por el PP por oportunismo electoral. Y así fueron cayendo los bastiones del monopolio gremial en la administración de la cultura que encerraba la extraordinaria potencialidad de creación en un mundo digital entre las rejas de sórdidos recaudadores de sombrero y gabardina. La ley Sinde tuvo que ser rectificada ante el aluvión de críticas, la SGAE se convirtió en el imperio del mal para la mayoría de jóvenes, las manipulaciones y posibles desfalcos de sus gestores han ido quedando al descubierto y han acabado en los tribunales, mientras el maltrecho Gobierno socialista repliega velas y proyecta anular el inicuo canon, herido de muerte desde la sentencia Padowan de la Audiencia de Barcelona.

Bien haría Rubalcaba, en su inteligente contraofensiva destinada a reconectar a su partido con una sociedad civil indignada, en sugerir al presidente prescindir de una incompetente ministra cuya arrogancia proviene de su alianza con el omnipotente Teddy. La SGAE y sus acólitos aún patalearán porque un chollo así es único. Incluso podrían ofrecerle la cabeza de Bautista a la Salomé de turno. Pero este cuento se ha acabado. Y, por tanto, se plantea el construir un régimen de propiedad intelectual adaptado a la cultura digital y regulado por una administración pública liberada de lobbies sin decencia.

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9 julio, 2011 a las 7:19 am

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El viejo Leonard, de Antonio Lucas en El Mundo

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Resulta difícil interpretar el magnetismo de algunos tipos, descifrar el origen de su extrañeza, el porqué de sus razones contagiosas. Es gente, muy pocos, que no se agarran al mal rollo de la actualidad, sino que prefieren el vino, el caos, el daño y la fiesta movible del presente. Lo cuentan. Lo escriben. Lo cantan con el pulso alucinógeno del que acierta a decir una verdad desnuda.

En esa tribu escasa hay un judío errante, Leonard Cohen, un tipo que habla de la vida sin aperos ni percal. Un místico de infierno adentro que en el Hotel Chelsea comprobó que a veces el amor más hondo no dura tres condones. Que el éxito no lleva a parte alguna. Que en este mal rollo del mundo demasiadas veces se está solo. Y mientras los de siempre van repartiéndose las guerras y los oros otros prefieren dar el queo, entre el asco y la literatura, con el delicado cansancio de los insumisos por cuenta propia.

No sé si es un poeta, o un novelista, o un músico, o quizá un viejo saturnal que en cada letra deja una novia apalabrada. Pero sí creo saber que es un hombre que no se adapta bien a la relativa comodidad de ser Leonard Cohen. Y eso mola. Ahora le han encalomado el Príncipe de Asturias de las Letras para escándalo de algunos monaguillos de la pureza. Son aquellos que tampoco distinguen a Dylan de Shakira. Un verso musicado con un duduá. No entienden que en una canción pueden coincidir Lorca y Rimbaud y salir reforzados en su pasta genial o en su carnadura canalla.

Conviene huir de esos carcaveros de la Cultura, raza de gerentes de la ortodoxia. Los inamovibles. Los centinelas de la pureza. Los que nunca discuten lo indiscutible. Los de las academias. Los que aún confunden su nostalgia de Franco y dictadura con la realidad. Es exactamente todo aquello contra lo que Cohen aúlla a su manera, terriblemente sentimental. Es su forma de no aceptar el soborno de la mediocridad, que todo lo cura y todo lo traiciona.

Lo que distingue a un creador de un vendemantas es la capacidad de placer que su obra te ha procurado en días muy oscuros o en madrugadas luminosas. No las respuestas que te dio, sino las preguntas que fue esparciendo por la masa de tu sangre. Porque, como dice Mariano Peyrou en uno de sus poemas, son los que sospechan que él sí suma, pero él no multiplica. Algunas noches uno ha cantado las cosas de Leonard Cohen para decir lo que quería decir. Lena lo sabe. Hemos navegado juntos por las estrofas de Suzanne, «viajando a ciegas hacia algún lugar cerca del río». Buscándonos sin más. Y eso es mucho.

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4 junio, 2011 a las 7:12 am

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El compromiso político de Picasso, de Vicenç Navarro en Público

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Un objetivo del establishment artístico de EEUU (que es profundamente conservador) es despolitizar el arte, marginando o desdeñando el arte comprometido en el proyecto de cambio de la sociedad. Un ejemplo de ello es el artículo que el crítico John Richardson acaba de escribir en The New York Review of Books (la revista intelectual más prestigiosa de EEUU) sobre Picasso y su compromiso político (25-11-10), a raíz de la exposición de las pinturas de Picasso sobre el tema Libertad y Paz –que se está exponiendo en Viena y se presentará después en Copenhague–. Tal artículo intenta despolitizar cualquier expresión artística, intento que es, por cierto, profundamente político.

Siempre recordaré la primera vez que vi el original del Guernica de Picasso en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) en los años setenta. No había en la descripción del cuadro ninguna referencia a la Guerra Civil española. El grado de gimnasia intelectual que los críticos de arte del establishment artístico conservador estadounidense tienen que hacer para evitar el contexto político que configura la obra de arte presentada es enorme. Hablar del Guernica sin hablar del bombardeo de aquella ciudad por la aviación nazi alemana es toda una proeza, limitándose a presentar el cuadro como una imagen en contra del horror, sin más.

En este objetivo de despolitizar el arte, se enfatiza la vivencia existencial del artista sin ninguna reflexión sobre el contexto político que la configura. Ello explica que John Richardson llegue a atribuir las variaciones en el arte de Picasso, primordialmente, a los cambios de amantes y la influencia que estas tuvieron –según Richardson– en el pintor. Es cierto que cita que Picasso fue miembro del Partido Comunista desde el año 1944 y que nunca dejó de serlo, pero trivializa este hecho como si fuera una mera anécdota sin importancia. En realidad, dice que los vaivenes políticos de Picasso (le atribuye erróneamente ser monárquico antes de la Guerra Civil) eran tan constantes como los cambios de amantes.

Picasso, en realidad, fue un artista profundamente comprometido con la causa republicana en España. Su compromiso fue constante, durante y después de la Guerra Civil y colaboró con las fuerzas antifascistas que lucharon por el restablecimiento de la democracia en España. La biografía enormemente insuficiente y sesgada que ha preparado El Prado reconoce tímidamente este compromiso del pintor, definiéndolo erróneamente como un liberal. Picasso nunca fue un liberal, por mucho que ahora esta definición esté de moda. En realidad, el Partido Liberal fue un partido que apoyó el golpe militar.

Durante la Guerra Civil, Picasso se puso a disposición del Gobierno republicano. Nombrado en su ausencia (dos meses después de que se iniciara la sublevación militar) director de El Prado, le afectó profundamente que la Legión Cóndor, la aviación nazi alemana, pudiera bombardear ese museo, lo cual determinó que se desplazaran gran número de cuadros a Valencia y más tarde a Ginebra. Picasso contribuyó con cantidades significativas aportadas de su bolsillo para pagar el coste del transporte (75 camiones), una de las medidas más exitosas de transporte de obras de arte durante la guerra. Sólo dos cuadros fueron dañados: uno de ellos de Goya. Algunos de los guardas de los camiones fueron detenidos por los franceses y entregados a los nazis, quienes les llevaron a Mauthausen.

Durante la dictadura, Picasso ayudó activamente a la resistencia antifascista. El grado de ignorancia de John Richardson sobre este hecho es enorme. Por ejemplo, llega a indicar que Picasso estuvo en contacto con círculos próximos al dictador, citando sus contactos con el torero Dominguín, al que asume cercano a los círculos fascistas. En realidad, Dominguín colaboró con la resistencia antifascista siendo un hombre de ideas antifascistas.

Una última nota. Picasso ha sido uno de los pintores que más coherencia han mostrado en su vida. Es el caso opuesto a Dalí que, para congraciarse con la dictadura, insultaba públicamente a Picasso, llegando a enviar telegramas de felicitación al dictador cuando este firmaba penas de muerte para los miembros de la resistencia detenidos (y fusilados) por la dictadura. Pocas veces ha alcanzado un artista, o un ser humano, el nivel de vileza de Dalí. No era de extrañar que, cuando se estableció la democracia, Dalí se fuese durante una temporada a Francia, temeroso de que la población lo linchara. Hoy el establishment conservador español y catalán adora y promueve a Dalí, e ignora a Picasso.

El comportamiento oportunista y vil de Dalí, sin embargo, contrastó con la integridad de Picasso, que desde el principio hasta el final mostró su horror por la guerra, por el nazismo y por el fascismo, y por todos sus semejantes que todavía persisten. Y ahí quedan su Guernica, La violación de las Sabinas, Masacre en Corea y muchos otros cuadros, piezas que continúan siendo relevantes, como lo demostró el hecho de que, durante la Guerra de Irak, el secretariado de Naciones Unidas ordenara sacar una reproducción del Guernica de la sala de prensa de Naciones Unidas donde se daban las conferencias de prensa sobre la invasión de Irak.

Querer presentar a Picasso como apolítico y carente de compromiso es una mezquindad y una ofensa a su memoria y a la de miles y miles de artistas que defendieron los valores de la justicia pagando un enorme coste por ello. Para Picasso, tal coste fue –como para cualquier exiliado– no vivir en el país al cual dedicó parte de su vida: España. Hay un deber pendiente de España y de El Prado hacia Picasso. Debería hacerse una exposición de las pinturas del artista que mostraran su amor a su país y su compromiso con la democracia en España.

Vicenç Navarro es Catedrático de Ciencias Políticas y de Políticas Públicas de la Universitat Pompeu Fabra y profesor de ‘Public Policy’ en The Johns Hopkins University

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20 enero, 2011 a las 8:14 am

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Urbanismo de escaparate, de Carme Miralles-Guasch en Público

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Hace unos días se inauguraba una parte de la Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela. Se trata de un conjunto de edificios de dimensiones extraordinarias con un coste inicial de 108 millones de euros que ha llegado a los 400, y algunos pronostican que superará, con creces, esta cifra.

La parte que se ha abierto es la Biblioteca y el Archivo de Galicia, unos equipamientos que ya existían en la ciudad; lo que queda por terminar no tiene, aún, un uso claro. Este conjunto arquitectónico, proyectado en la última etapa del Gobierno de Fraga, de escala desproporcionada, utilidad dudosa y presupuesto desmedido, es la última muestra aparecida en algunas ciudades españolas de lo que algunos definen como “urbanismo de escaparate”. Otro ejemplo podría ser la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, pues sigue un mismo patrón: una arquitectura desmesurada con un arquitecto estrella que la acredita y una inmensa sensación de ausencia en su interior. Son grandes decorados pagados con dinero público y sin ninguna propuesta de ciudad que los sustente.

De algún modo, estos proyectos colosales quieren imitar lo ocurrido con el  Museo Guggenheim de Bilbao. Sin embargo Bilbao, y de ahí su éxito, tenía un proyecto de ciudad en el cual se insertaba el museo. Tenía que dejar de ser una ciudad industrial obsoleta y reconstruirse como una ciudad implantada en una economía del siglo XXI. El mercado de Santa Caterina en Barcelona, a escala de barrio, podría también considerarse una obra monumental insertada en una política de renovación urbana de una parte de la ciudad, pues no sólo se ha reconstruido el edificio, sino que se ha dado una nueva vida a una actividad comercial, el mercado municipal, conservándolo y fortaleciendo su centralidad en la vida del entorno.

Otras ciudades, sin embargo, han confundido las políticas urbanas con la construcción de edificios emblemáticos –en una etapa en que la economía municipal permitía lujos, excentricidades y altos presupuestos–, sin preguntarse si la cultura, las artes y las ciencias requieren de estos edificios o si, por el contrario, el presupuesto destinado a la construcción y posterior mantenimiento ahogará las actividades culturales locales.

Son edificios que encumbran vanidades, ya sean políticas o profesionales, pero que poco o nada tienen que ver con la cultura y tampoco hacen ciudad.

Carme Miralles-Guasch. Profesora de Geografía Urbana.

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17 enero, 2011 a las 7:13 am

El retorno de los bárbaros, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

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El Pont de les Peixateries es el único superviviente de los numerosos puentes de hierro construidos en Girona por la empresa del ingeniero de la torre Eiffel. Desde su curiosa trama férrea, los turistas obtienen hoy las más vistosas fotografías la ciudad antigua. Pero en tiempos no tan lejanos, desde este mismo puente, podía observarse una chusca costumbre de la que yo fui todavía testigo en los años ochenta.

Atravesando el puente al atardecer y contemplando como el cielo que rodea la mole plateada de la catedral cambiaba el color azul rosado por el de un fascinante azul jeans, era normal oír una extraña música de fondo. No eran violines ni trompetas, sino burdas onomatopeyas: chof, chof, chof. Algunos residentes en las casas del Onyar (hoy apreciadas como un eco de las fachadas del florentino Ponte Vecchio) tiraban las bolsas de basuras al agua. Chof, chof, chof. En pleno centro burgués de la ciudad, cuando ya el sistema de recogida de basuras llevaba décadas funcionando, no era extraño observar a un vecino gandul tirando sus desperdicios directamente al Onyar. De esto hace algo más de una generación. Apenas treinta años. En todos los pueblos y ciudades pasaba, si no exactamente eso, algo parecido. El espacio público carecía de importancia simbólica. Podía ser ensuciado y profanado sin pudor.

Con la democracia, junto con las grandes inversiones (y la subida de los impuestos), el espacio público ganó prestigio y veneración: jardines, hospitales, plazas o palacios fueron construidos o remozados. Y respetados. El bien público era el mayor bien. De repente, ha dejado de serlo. Ayer mismo el lector José M. Espinosa se quejaba de los vándalos que, ante la indiferencia municipal, orinan, ensucian, trafican y desprecian con sus juergas el descanso de los vecinos de la barcelonesa calle Almogàvers. El caso se repite en todas partes. En Camprodon existe un precioso prado público, situado entre un riachuelo, el club de golf y unas casas apareadas. Los jardineros municipales lo cuidan con primor, pero cada tarde, los jóvenes que se reúnen allí lo dejan perdido de latas, cáscaras de pipas, bolsas y papeles. Lo mismo sucede en las playas nocturnas de todo país. ¡Y son playas del más alto valor social y económico!

Suciedad, griterío y falta de consideración dominan el espacio público. ¿Por qué ha durado tan poco el respeto por la propiedad del común? La corrupción y la agresividad políticas, la educación roussoniana, la cultura de la transgresión (¡subvencionada!), los padres que no saben decir no, la democracia que mima a los ciudadanos y un concepto antinormativo de la libertad son los principales factores que explican el breve reinado de lo público. La cuestión no es trivial, sino de vida o muerte. Cuando los bárbaros ganan, fundan un imperio tan insoportable como irreversible.

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28 agosto, 2010 a las 9:14 am

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De toros y argumentos, de Pablo de Lora, José Luis Martí y Félix Ovejero en El País

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Ni la tradición, ni la libertad de empresa, ni la protección de una especie, ni el arte y la diversión de los aficionados sirven para justificar una actividad que produce dolor y sufrimiento a un mamífero superio

En el mundo hay personas que creen que los animales poseen ciertos derechos, o cuanto menos que los seres humanos tenemos ciertas obligaciones para con ellos. Y también hay personas que genuinamente creen que no. No es un drama. También hay quienes creen que Elvis Presley sigue con vida, que el color de la piel debe determinar nuestros derechos o que vivimos entre fantasmas. Hay gente para todo.

Pero no hay razones para todo. Los filósofos morales discrepan profundamente sobre el estatus ético de los animales no humanos, pero muy pocos, por no decir ninguno, sostienen que no tenemos ninguna obligación de respeto mínimo, al menos hacia los grandes mamíferos. También los legisladores en muchísimos países del mundo piensan que la crueldad o el maltrato gratuito hacia los animales no son admisibles, llegando a considerar esos actos como delitos. En Estados Unidos, una ley federal promulgada en 1999 castigaba incluso la creación, venta o posesión con fines comerciales de material gráfico que muestre crueldad animal. Con esa norma se trataba de poner coto a la industria de los llamados crush videos -imágenes que muestran la tortura intencional y sacrificio de animales indefensos (perros, gatos, monos, ratones y hámsters)- con los que, al parecer, algunos individuos obtienen placer sexual.

La discusión se centra, por tanto, en estas otras cuestiones: ¿qué obligaciones concretas tenemos y hacia qué animales? ¿Cómo podemos ponderar dichas obligaciones con otras consideraciones moralmente valiosas, como la alimentación y supervivencia de los propios seres humanos o la investigación médica? ¿Es el ocio o incluso el arte uno de esos bienes que cabe sopesar frente al sufrimiento cierto de un animal no humano, como ocurre en las corridas de toros?

Habida cuenta de la alarmante confusión que ha presidido estos días los debates y comentarios, queremos analizar algunos de los argumentos esgrimidos en defensa de la pervivencia del llamado “espectáculo” de los toros e impedir su prohibición.

Vamos a orillar la cuestión identitaria, que algunos interesadamente han introducido en el debate, o la disputa jurídica sobre la competencia del Parlament para tomar esta decisión, así como la hipocresía o incoherencia moral de quienes defienden la medida adoptada, pero no se oponen con parecidas armas a otras prácticas igualmente crueles. Nos centraremos en estos cinco argumentos: la tradición, la desaparición natural, la preservación de la “especie”, la libertad y el arte.

El argumento de que los toros son una tradición consolidada en España -y en otros países- no tiene mucho vuelo. Que una acción se haya venido produciendo a lo largo del tiempo sencillamente no ofrece ninguna razón moral para seguir realizándola. Segundo, estos días hemos podido escuchar en boca de algunos protaurinos una preferencia por la “desaparición natural” de las corridas antes que por la prohibición impuesta por el poder público. Las corridas ya habían perdido buena parte del favor popular en Cataluña -se dice- así que hubiera sido mejor que se dejaran extinguir por sí solas. Pero este argumento tampoco funciona. Imaginen que lo extendiéramos a otras acciones o actividades prohibidas. Que dijéramos algo así como: “Cada vez son menos los padres que maltratan físicamente a sus hijos menores, así que dejemos que desaparezca esta práctica de manera natural”. O tenemos la obligación de no infligir sufrimiento innecesario a los toros -o a nuestros hijos- o no la tenemos. Esto es lo que debemos discutir. ¿Para qué prohibir algo que ya nadie hace?

Se ha aducido también que, si no fuera por las corridas, desaparecería esta “especie” de toros, y que si las prohibimos, propiciaremos su desaparición. Es el argumento de la preservación, un razonamiento añejo en los pagos de la discusión sobre la consideración moral que merecen los animales no humanos. Al respecto cabe esgrimir, primero, que, desde el punto de vista zoológico, los toros de lidia no constituyen una “especie” independiente. Segundo, si los aficionados son tan profundos defensores de los toros que luchan por su supervivencia, ¿por qué no aúnan esfuerzos colectivos para preservarlos creando refugios naturales en las dehesas sin causarles por ello sufrimiento, como hacemos con los bisontes, por ejemplo? Finalmente, a nosotros nos preocupan prioritariamente -en este y en otros ámbitos de la ética- los intereses y el bienestar de los individuos que sufren el maltrato. Las “especies” -como las lenguas, las naciones o los pueblos- no se ven afectadas por el perjuicio de su inexistencia. Si para preservar una especie debemos torturar a todos sus miembros, tal vez la preservación no sea tan valiosa.

En cuarto lugar, se apela a la libertad: la prohibición supondría un “liberticidio”, han dicho algunos. El poder público no está, ha señalado una representante del PP, para decirnos cómo vestir o qué estilos de vida abrazar. Una segunda expresión de la libertad -la libertad de empresa-, ampararía también que se sigan celebrando corridas. El argumento en cuestión presupone lo que antes hemos negado: que desde el punto de vista moral es irrelevante el sufrimiento o dolor que causemos a los animales no humanos. Si la prohibición es un sacrificio ilegítimo de la libertad de espectadores y empresarios es porque lo que ocurra con el toro en la plaza no cuenta nada. Se ha repetido hasta la saciedad, pero muchos no se han querido enterar, que nuestros ordenamientos jurídicos cuentan con multitud de restricciones a la libertad que nadie considera ofensivas ni liberticidas porque con ellas se protegen bienes igualmente valiosos o importantes, incluso cuando ni siquiera se infligen daños a sujetos con capacidad de sufrir. La protección del patrimonio histórico-artístico, o del medio ambiente, o la disciplina urbanística, son ámbitos plagados de prohibiciones en aras a que todos disfrutemos de paisajes, o ciudades más amables, o de un legado monumental, pictórico, escultórico que estimamos valioso. ¿Alguien se imagina que un grupo de personas, basándose en la libertad de empresa, constituyera una sociedad que organizara espectáculos de tortura pública de delfines, en el que tras causarles diversos daños, dolor y sufrimiento se acabara con su vida con una espada? ¿Justificaría algo la libertad de empresa, o incluso la diversión que pudiera generar esta macabra actividad en cierto público? ¿O es que los toros merecen menos respeto que los delfines? Ni la libertad de empresa, ni el lucro mercantil, ni la diversión de los aficionados, sirven para justificar una actividad que produce dolor y sufrimiento a un mamífero superior.

En último lugar, tal vez buscando ese otro valor que justifique el daño infligido, se esgrime habitualmente el argumento de que los toros son un arte -no los toros en sí mismos, entiéndase, sino las acciones que les provocan sufrimiento y al final la muerte-. Pero este razonamiento es, en el mejor de los casos, incompleto, y en el peor, inconcluyente. Lo que sí nos interesa subrayar es que, de resultas de ese debate, cabe concluir que decir que algo es arte no le confiere ningún estatus o valor especial a la actividad en cuestión. Lo que da valor -estético- a un objeto no es, pues, que dicho objeto sea simplemente catalogado como arte, sino el hecho de que se trate de buen arte o arte valioso. Por lo demás, igual que una tradición no es, por el hecho de serlo, buena o mala moralmente, tampoco lo es el buen arte.

No confundamos, por cierto, el supuesto “arte de los toros”, con el indiscutible “arte acerca de los toros”. Que algunos artistas hayan realizado magníficas obras a cuenta de las corridas, como tantos novelistas las han realizado a cuenta de los asesinatos, no les otorga -ni a las corridas ni al asesinato- ninguna dignidad artística. Los fusilamientos del 3 de mayo no se disculpan por la pintura de Goya. Por seguir con la misma comparación: aunque Thomas de Quincey y algunos de los aficionados a las novelas de misterio tuvieran razón, y el asesinato fuera una de las bellas artes, ello no quiere decir que debamos derogar los artículos 138 a 143 del Código Penal. Y por cierto, un aviso para malpensantes y tramposos: no estamos comparando el asesinato de un ser humano con el sacrificio de un toro; no, no estamos estableciendo una relación de semejanza sino una semejanza de relaciones.

No han faltado en estos días los defensores de la “fiesta nacional” que nos recuerdan que este debate forma parte también de la tradición taurina, como si de un adorno se tratara. Pero no, no se trata de “dar vidilla” -con perdón por el sarcasmo dado el contexto- como si los argumentos, en el fondo, dieran igual. Cuando se discute sobre la conveniencia de una ley que ha de regir la convivencia, los argumentos son lo único que importa.

Pablo de Lora, profesor titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid; José Luis Martí, profesor titular de Filosofía del Derecho de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y Félix Ovejero, profesor titular de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona.

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19 agosto, 2010 a las 8:20 am

El arte en brazos de la República, de Félix Población en Público

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Se presenta ahora en Valencia la exposición Arte Salvado que rememora y difunde, siguiendo la misma ruta que dispuso el Gobierno de la Segunda República, el azaroso tránsito hasta Ginebra del patrimonio artístico español durante la Guerra Civil, amenazado por el brutal asedio franquista sobre la capital del Estado. Las octavillas de la aviación fascista en agosto de 1936 lo dejaban muy claro: “Si los madrileños no obligan al Gobierno y a los jefes marxistas a rendir la capital sin condiciones, declinamos toda responsabilidad por los grandes daños que nos veremos obligados a hacer para dominar por la fuerza esa resistencia suicida. Sabed, madrileños, que cuanto mayor sea el obstáculo más duro será, por nuestra parte, el castigo”. El historiador Hugh Thomas es muy explícito al comparar los efectos de los bombardeos tres meses después: “Las terribles llamas hacían que la capital semejase algún primitivo lugar de tortura”. César Falcón, periodista y escritor peruano, tuvo la lucidez de advertir que aquel primer ataque aéreo del fascismo sobre la población civil era el destino que aguardaba a otras capitales europeas.

El 16 de noviembre, los aviones nazis dejaron caer sobre el Museo del Prado hasta 12 bombas que, si no causaron más daños que la rotura de un bajorrelieve italiano, fue porque la dirección de la pinacoteca había preservado semanas antes los fondos en los sótanos y había cubierto la cúpula del edificio con sacos terreros. Una vez creada la Junta de Defensa del Tesoro Artístico, presidida por el pintor extremeño Timoteo Pérez Rubio, el Gobierno republicano tomó la determinación de trasladar los fondos del museo a Valencia. El 10 de diciembre salió el convoy que, junto a otras obras, transportó Las Meninas a una velocidad de marcha de 20 kilómetros por hora. La excesiva altura de la extraordinaria obra de Velázquez deparará una de las anécdotas más ilustrativas de la meritoria custodia del arte español por los caminos de un país en guerra, ejemplo del celo, meticulosidad y pundonor puestos en el empeño por el Gobierno de la República. Como la estructura metálica superior del puente de Arganda no permitía el paso del camión que transportaba la obra, hubo de ser trasladada por la noche, a brazo y sobre rodillos, en medio de un frente de combate.

La recreación de esas imágenes, así como la ingeniosa instalación con la que el arquitecto Joselino Vaamonde habilitó las Torres de Serrano en Valencia para proteger las pinturas allí almacenadas, consta en un magnífico documental de Alberto Porlan, realizado en 2004: Las cajas españolas. En Figueras, última etapa del traslado por la península, el Comité Internacional para el Salvamento del Tesoro Artístico Español garantizó la conducción de las cajas hasta su depósito en el Palacio de la Sociedad de Naciones de Ginebra. Para que tal destino fuera posible, el ministro de Estado y el propio presidente de la República tuvieron que apostarse en las carreteras de la diáspora con objeto de requisar los camiones, desalojándolos de armamento y demás vituallas, e incluso de heridos. La avería de algún vehículo obligó otra vez a recurrir al brazo para transportar los cuadros por los pasos fronterizos.

El tesoro artístico español salió de Perpignan el 12 de marzo de 1939. Nunca antes en la historia un patrimonio de tal valor y magnitud había sido transportado, mucho menos en tan adversas circunstancias. Fue tan masiva la afluencia de visitantes que acudió a la gran exposición montada en Ginebra que se consideró el evento como el hecho artístico más importante del siglo. La Segunda Guerra Mundial interrumpió la exhibición de la muestra. El muralista catalán José María Sert logró que el ministro francés Monzie habilitase un tren especial para verificar el traslado a España. El trayecto durante la noche del 6 de septiembre se hizo sin luces para evitar el riesgo que por segunda vez podían correr las obras del Prado bajo la aviación fascista. Tres días después, las 1.868 cajas españolas llegaron a Madrid sin más rasguño que una pequeña desgarradura en el cuadro de Goya Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 tras un ataque de la artillería franquista en Benicarló.

Deliberadamente tergiversada y difamada durante el franquismo, la salvación de tesoro artístico español debería ser hoy una lección básica de cultura cívica a impartir entre las jóvenes generaciones. A cuantos colaboraron en aquel empeño sólo les llegó un primer y tardío reconocimiento en 2003 con la colocación de una placa en su recuerdo en el Museo del Prado. Otro homenaje simbólico, todavía con más retardo, tuvo lugar a primeros de este año con la imposición de una serie de medallas por parte del presidente del Gobierno.

Azaña antepuso la salvación del arte a la del régimen que presidía, pues el primero es irrepetible y el segundo no. Franco estuvo dispuesto a conquistar Madrid e imponer su dictadura aunque fuera a costa de bombardear una de las primeras pinacotecas del mundo. Después, cuando todo ese gran patrimonio protegido por la República volvió a nuestro país íntegro, sano y salvo, aún tuvieron los españoles que soportar que se lo debían “a la fina sagacidad del caudillo”, según la consigna de la prensa a su servicio. Que durante casi 40 años se haya impuesto tan sarcástica soflama y que hayan tenido que pasar más de 30 años en democracia para empezar a saber la verdad de los hechos, debería ser otro motivo más de reflexión y preocupación sobre las menguas y flaqueza de nuestra memoria histórica.

Félix Población es escritor y periodista.

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9 mayo, 2010 a las 8:03 am

Evitar los derribos, de Francisco Balaguer Callejón en Público

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La impugnación por el presidente del Gobierno del decreto-ley valenciano sobre el Cabanyal debería ser suficiente para evitar que se produzcan nuevos derribos en ese barrio. Por un lado, la impugnación, con invocación expresa del art. 161.2 de la Constitución (CE), provocará la suspensión automática de la disposición autonómica, con lo que esta no se podrá invocar para avalar futuras actuaciones para la destrucción del barrio. Por otro lado, si bien el Tribunal Constitucional (TC) puede levantar la suspensión, no parece que esto vaya a ocurrir si aplica su propia doctrina. En el ATC 336/2005, de 15 de septiembre –mencionado por el Consejo de Estado en su Dictamen 60/2010– el TC apreciaba, para mantener la suspensión de una disposición autonómica impugnada, “un perjuicio actual y directo al interés general que resultaría del bloqueo de las competencias estatales”.

Es justamente el bloqueo de las competencias estatales para la defensa del patrimonio cultural, artístico y monumental español contra la exportación y la expoliación (art. 149.1.28ª CE) lo que pretende el decreto-ley. De título involuntariamente irónico (“de medidas de protección y revitalización del conjunto histórico de la ciudad de Valencia”), el Decreto-Ley 1/2010, de 7 de enero, del Consell, está orientado a impedir la aplicación de la Orden CUL/3631/2009, de 29 de diciembre, por la que se resuelve el procedimiento por expoliación del conjunto histórico del Cabanyal. Esa orientación es manifiesta en su art. 3 cuando, al habilitar los actos de ejecución (léase “derribo”), especifica: “Sin que tales actos de ejecución puedan verse menoscabados de cualquier modo por los actos o acuerdos de otras Administraciones Públicas”.

Si la suspensión de los derribos parece asegurada hasta que el TC se pronuncie sobre el fondo, también parece claro que, en el conflicto jurídico planteado, es al Estado a quien le asiste la razón, toda vez que los pronunciamientos judiciales realizados hasta ahora se han mantenido en los términos de un juicio de legalidad ordinaria y lo que ahora se está discutiendo es si el Estado puede hacer valer sus competencias constitucionales para evitar la expoliación del patrimonio cultural. A esta cuestión central se unen otras deficiencias formales del decreto-ley como la de inexistencia de extraordinaria y urgente necesidad (art. 44.4 del Estatuto de la Comunidad Valenciana). Sin embargo, lo que tiene mayor relevancia es la indubitada competencia estatal y el hecho de que el Consell, en lugar de impugnar la Orden del Ministerio de Cultura, que es lo que debía de haber hecho si no estaba de acuerdo con su contenido, ha procedido, de manera ilegítima, a intentar impedir su aplicación por medio de este peculiar decreto-ley.

¿Debería tranquilizar todo esto a las personas que se han manifestado en contra de los derribos? Claramente no: el destino del Cabanyal sigue estando en peligro porque hay intereses muy poderosos que van a permanecer siempre activos. A medio y largo plazo, la movilización ciudadana es la única esperanza de salvación del barrio.

Francisco Balaguer Callejón. Catedrático de Derecho Constitucional.

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4 febrero, 2010 a las 8:08 am

Rehabilitación urbana integrada, de Carme Miralles-Guasch en Público

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Hace algunas semanas el Gobierno anunciaba la defensa de la rehabilitación urbana integrada como una de las prioridades de la Presidencia española de la UE en materia de vivienda y desarrollo urbano. Es decir, se trata de orientar la Agenda Urbana Europea hacia políticas que contemplen el conjunto de la ciudad o del barrio y no se conforme con iniciativas puntuales y fragmentadas que sólo ven la ciudad a pedazos, sean estos los edificios, los transportes o sus habitantes.

Con este objetivo se promueve la Carta de Leipizg sobre Ciudades Europeas Sostenibles, aprobada en mayo de 2007. Un documento que, además de reivindicar la Europa de las ciudades como patrimonio valioso e irreemplazable en lo económico, social y cultural, subraya la necesidad de una política global en su desarrollo. Acción estratégica que implica tener en cuenta de manera simultánea los aspectos espaciales, sectoriales y temporales que interactúan en el fenómeno urbano. En este sentido, se quiere mejorar la calidad de vida de los ciudadanos e incrementar la competitividad de las ciudades, implicando en estos objetivos a las políticas de vivienda, de infraestructuras y de educación, en paralelo al envejecimiento de la población, las tendencias migratorias o las condiciones energéticas, entre otras. Políticas públicas que, en muchas ciudades, al estar ubicadas en concejalías distintas, se diseñan de forma aislada, lo que las hace menos eficaces y desaprovecha saberes y presupuestos.

Además, la Carta de Leipizg pone especial atención en el barrio como unidad de acción, en cuanto que los retos a que se enfrentan las ciudades se desarrollan en lugares concretos de la urbe que pueden ser muy dispares. El precio de la vivienda, el índice de paro o la exclusión social afectan de forma distinta a una misma ciudad, según el barrio en que estos índices se ubiquen.

Este nuevo enfoque en políticas urbanas, que impulsa Europa y enfatiza España, es un salto cualitativo importante en políticas públicas. Por una parte, esta perspectiva recoge la complejidad de la ciudad y no la desmenuza en pequeñas e inconexas acciones. Al contrario, intenta entenderla y gestionarla de forma global, integral, donde es tan importante cada uno de los sectores como la conexión e interdependencia que existe entre ellos. Donde, además de entender la vivienda y el transporte, por ejemplo, es importante fijarnos en el guión que los une y, con él, al resto de redes físicas y sociales que integran la ciudad.

Además, este enfoque hace hincapié en que las ciudades no son entes homogéneos. Dentro de Londres, París o Albacete existen muchas y diversas características, desigualdades y asimetrías que requieren intervenciones adecuadas a cada lugar, a cada barrio.

Es un salto adelante, porque no estamos acostumbrados a relacionarnos con la complejidad de nuestras ciudades y tampoco entender sus diferencias internas. Al contrario, a menudo nos movemos entre políticas urbanas demasiado generales y, a la vez, fraccionadas.

Carme Miralles-Guasch. Profesora de Geografía Urbana.

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18 enero, 2010 a las 9:08 am

El arte en la era digital, de Umberto Eco en Rebelión

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Los historiadores de la Edad Media nos dicen que el habitante de un pueblo difícilmente se mudaba a la aldea o pueblo vecino, distante a pocos kilómetros, pero era posible que visitara, como peregrino, Santiago de Compostela o Jerusalén. Sin embargo, aunque probablemente conocía las esculturas y vitrales de su propia iglesia, ¿qué podía haber visto o comprendido de las construcciones que cruzaba a lo largo de su peregrinaje? Es muy difícil querer ver algo que nunca se ha visto, algo que desafíe nuestra capacidad de percepción.

Algunos han puesto en duda el hecho de que Marco Polo estuviera realmente en China, porque no habla de la Gran Muralla ni del té ni de los pies vendados de las mujeres. Pero se puede estar mucho tiempo en China sin saber verdaderamente qué beben los chinos, sin observar jamás los pies de una mujer, aunque sea por educación, notando como mucho que en la corte de Gengis Kan las damas se desplazaban a pequeños pasos; y sin pasar por la Gran Muralla, o pasar por ella y tomarla como una fortaleza local.

Todo esto para decir que, hasta el siglo XX, el conocimiento que la gente tenía del arte de otros países era muy limitado. Por otra parte, si observamos los magníficos grabados de la China del sacerdote Athanasius Kircher, a partir de las reconstrucciones visuales (realizadas según las descripciones verbales de los misioneros), es muy difícil reconocer una pagoda.

¿Cuántas obras de arte de su propia civilización veía un ciudadano francés hasta el siglo XIX? El acceso a las colecciones privadas, e incluso a los museos, estaba reservado a una elite, y a lo sumo, a una elite urbana, hasta la invención de la fotografía.

Para saber, por ejemplo, a qué se parecía una obra de arte conservada en Florencia, se recurría a los grabados. ¡Ah! ¡Esos espléndidos libros de Lacroix donde las madonas de todos los siglos (bizantinas o del Renacimiento) tenían el rostro de las jóvenes que poblaron los relatos históricos de la época romántica!

Recordemos que una de las etimologías de la palabra kitsch –aunque las hipótesis son numerosas– es sketch, esquisse, esbozo sintético y apresurado: los caballeros ingleses, durante su “Grand Tour” de Italia, para guardar un recuerdo de los monumentos y galerías que visitaban, pedían a artistas callejeros que les hicieran un dibujo de la obra vista una sola vez, ejecutado rápidamente la mayoría de las veces. De ese modo, incluso la evocación de la experiencia artística directa pasaba por representaciones infieles.

Y no podemos decir que las cosas hayan mejorado con la invención de la fotografía. Para convencerse de ello, basta con consultar algunos libros conocidos de la primera mitad del siglo XX sobre historia del arte, hasta que fue posible la reproducción en color.

Lo mismo que pasaba con las artes visuales, sucedía con el mundo del espectáculo. Es conocido ese maravilloso cuento de Borges en el que Averroes, que busca en vano traducir de Aristóteles los términos “tragedia” y “comedia” (pues esas formas de arte no existían en la cultura musulmana), oye hablar de un extraño suceso al que había asistido un visitante en China, donde personas enmascaradas y vestidas como personajes de otros tiempos actuaban en un escenario de modo incomprensible. Le contaban lo que era el teatro, pero él no comprendía bien de qué se trataba. En el mundo contemporáneo, la situación se invierte. En primer lugar, la gente viaja muchísimo, a riesgo de ver en todas partes los mismos lugares, hoteles, supermercados y aeropuertos, todos parecidos los unos a los otros, tanto en Singapur como en Barcelona, y se ha hablado mucho sobre la maldición de esos “no lugares”. Pero, sea como fuere, la gente ve y es posible incluso que un francés haya visto las pirámides o el Empire State Building, pero no el tapiz de Bayeux (un poco como su ancestro, el campesino medieval…).

El museo, antes reservado a las personas cultivadas, hoy es la meta de flujos continuos de visitantes de todas las clases sociales. Es cierto que muchos miran pero no ven, pero, a pesar de todo, reciben información sobre el arte de diferentes culturas. Además, los museos viajan, las obras de arte se desplazan. Se organizan suntuosas exposiciones sobre culturas exóticas, del Egipto faraónico a los escitas. El juego de préstamos recíprocos de obras de arte se convierte en vertiginoso, y a veces peligroso.

Puede decirse lo mismo de los espectáculos, y es indudable que un habitante de una ciudad del interior tiene más oportunidades de ver un espectáculo de la Berliner Ensemble o un nô japonés que la que tenían sus padres.

Agreguemos a esto la información virtual: no hablo del cine o de la televisión, que convierten casi en superflua una visita a Los Angeles, puesto que se la recorre mejor en una pantalla que embarcándose en una maratón frenética de una autopista a otra, sin entrar jamás en ningún centro habitado; hablo de Internet, que hoy pone a nuestra disposición todas las obras del Louvre, de la Galería Uffizi o de la National Gallery.

Esto provoca una internacionalización del gusto, y la prueba es la experiencia apasionante que vive aquel que entra en contacto con el mundo artístico chino: habiendo escapado recientemente a un aislamiento casi absoluto, los artistas chinos producen obras que difícilmente se distinguen de las que se exponen en Nueva York o en París. Recuerdo un encuentro entre críticos europeos y chinos, en que los europeos creían interesar a sus invitados al mostrarles imágenes de diversas búsquedas artísticas europeas, en tanto que los chinos sonreían, divertidos, porque ahora conocían esas cosas mejor que ellos.

Finalmente, basta con pensar en esos innumerables jóvenes de todos los países que reconocen una pieza musical sólo si está cantada en inglés…

¿Iremos hacia un gusto generalizado, a punto tal que ya no podremos distinguir el pop chino del pop norteamericano? ¿O bien veremos perfilarse formas de localización, de tal modo que las diferentes culturas producirán interpretaciones distintas del mismo estilo o programa artístico?

En todo caso, nuestro gusto quedará marcado por el hecho de que ya no parece posible experimentar asombro (o incomprensión) ante lo desconocido. En el mundo de mañana, lo desconocido, si todavía queda algo, estará solamente más allá de las estrellas. ¿Esa falta de asombro (o de rechazo) contribuirá a una mayor comprensión entre las culturas o a una pérdida de identidad? Ante este desafío, es inútil huir: es preferible intensificar los intercambios, las hibridaciones, los mestizajes. En el fondo, en botánica, los injertos favorecen los cultivos. ¿Por qué no en el mundo del arte?

©Le Monde y Clarín, 2009. Traduccion de Estela Consigli. Texto escrito para el Festival Reimes Scenes d’Europe, que se desarrolla hasta el 19 de diciembre.

http://www.uneac.org.cu/index.php?module=noticias&act=detalle&id=2535

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23 diciembre, 2009 a las 8:01 am

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El expolio nazi del arte «degenerado», de Juana Salabert en Público

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Se acaban de cumplir 70 años del comienzo de la guerra más cruenta de la historia, iniciada tras la invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939, cuando al fin Francia e Inglaterra decidieron plantarle cara al monstruoso régimen nazi, que antes de apoderarse de Checoslovaquia ya había volado en ayuda del golpe franquista y estrenado su armamento sobre las indefensas poblaciones civiles de la República española. La enormidad e incurable herida de la Shoah o exterminio de seis millones de ciudadanos judíos europeos en las cámaras de gas y campos de concentración nazis (museos como el israelí Yad Vashem e investigadores como Klarsfeld y tantos otros luchan con denuedo por devolverle a cada víctima un rostro y una biografía en los memoriales más conmovedores e imprescindibles del mundo) son ya hoy, al menos, materia obligatoria de estudio en las enseñanzas de varios países europeos. Pero pocos conocen a fondo, sin embargo, los entramados económicos del Reich hitleriano, que extendió su rapiña por el continente esclavizado y los pillajes y saqueos subsiguientes de bienes privados o gubernamentales a que se dedicaron sus servicios en los países ocupados con ayuda de los repugnantes colaboracionistas locales. Muchos de ellos delincuentes comunes aupados a gestapistas, y otros, como en el caso de Francia y su régimen de Vichy, grandes empresarios de industrias varias (una de ellas, cosmética, ni siquiera se molestó tras la derrota alemana en maquillar su pasado y nombró a buscadísimos criminales de guerra altos directivos de sus divisiones española y estadounidense).

No son muchos, tampoco, pese a las reclamaciones efectuadas a museos o casas de subasta por herederos que reivindican lo robado a sus familiares judíos exiliados o asesinados por los alemanes, quienes saben que los gerifaltes nazis expoliaron y traficaron con arte moderno sustraído a galeristas, pintores y coleccionistas. El mismo que ellos tildaban en su vacua propaganda de “degenerado”, les sirvió –puesto en bandeja por marchantes y contrabandistas que se aprovecharon de la ignominiosa arianización de ciertas galerías de arte– para obtener divisas de inescrupulosos coleccionistas internacionales o para intercambiarlo por otro arte, igualmente robado, pero más afín a sus gustos. Arte germánico para los proyectos museísticos del pintorzuelo Hitler, que decoró la mansión del grotesco Goering, la sede del Banco Central alemán, los ministerios y residencias de los asesinos de tibia y calavera comandados por un jefe que años atrás suspendió en Viena su examen de ingreso en Bellas Artes… Algunos Cézanne, Picasso, Monet, Matisse, Pisarro, Modigliani, Soutine, Braque (los alemanes le robaron, como a Paul Rosenberg, el brillante galerista de Picasso, su colección depositada en una caja bancaria francesa), Léger, Renoir, Manet, Malevich o Toulouse-Lautrec, fueron a parar, durante su deambular de secuestrados a sus legítimos dueños, al parisiense museo Jeu de Paume y su entonces llamada “sala de los mártires”, en manos del organismo nazi ERR y visitada por los traficantes del colaboracionismo, hienas a la disputa del inesperado botín. Allí, su valiente conservadora artística, la resistente Rose Valland, autora del libro “Le front de l’art” (“El frente del arte”), llevó, a espaldas de los ocupantes, una doble catalogación que, tras la victoria aliada, permitió rastrear la pista y recuperar bastantes lienzos de entre las más de cien mil obras de arte robadas en Francia por los nazis y sus fieles allegados pétainistas.

Lo recuerda muy bien el periodista Héctor Feliciano, autor de la excelente obra El museo desaparecido (Destino, 2004), cuya lectura me resultó fundamental para mi novela El bulevar del miedo, que indaga el robo, cuitas y paradero –aún hoy muchas veces desconocido– de las colecciones de los galeristas o particulares Rosenberg, Bernheim-Jeune, David David-Weill, Schloss o Rothschild. Su investigación, y la de otros expertos en el tema, les ha permitido, en varios casos, a nietos y sobrinos-nietos de los expoliados (y a veces luego asesinados en campos nazis), que contaban únicamente con fotos de casas de sus parientes donde se veían claramente colgadas las obras en litigio, exigir la devolución, o al menos el pago previo acuerdo, como sucedió con La familia en metamorfosis, de Masson, hoy en el Reina Sofía, de su patrimonio escamoteado.

El Thyssen de Madrid se enfrenta asimismo ahora a la reclamación de un Pisarro reclamado por descendientes de Cassirer, su legítimo propietario. Y el Gobierno austríaco tuvo que devolverle recientemente cinco Klimt a la sobrina de Adèle Bloch, retratada en su día por el pintor de Viena.

Pocos son, asimismo, los que saben que también la España de Franco (tan ensalzada por los actuales pseudohistoriadores del revisionismo posfascista), refugio de criminales de guerra como Darquier de Pellepoix, comisario “de Asuntos Judíos” en la Francia de Pétain, sacó partido del horror. Por Bilbao pasaron barcos cargados de cuadros robados, como bien ha demostrado el profesor de la UNED Miguel Martorell Linares en su informe “España y el expolio de las colecciones artísticas europeas durante la Segunda Guerra Mundial”. Ciertos anticuarios españoles, aún hoy en activo, así como varias agencias de aduanas, se lucraron con la venta de material saqueado por los nazis. Otros, como el anticuario colaboracionista francés Pierre Lottier, afincado en la España del Yugo y las Flechas, llegaron incluso en 1952 a decorar por encargo estatal los despachos del nuevo Instituto de Cultura Hispánica. Pero mejor olvidarlo, ¿verdad? Es más liberal sentirse provocado por el puño en alto de una joven socialista…

Juana Salabert es Escritora.

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Introducido por Reggio

27 septiembre, 2009 a las 9:01 am