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Alarma demográfica, de Anxo Guerreiro en El País de Galicia

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La Xunta parece haber renunciado a intervenir sobre la drástica reducción de la natalidad

Los datos difundidos esta misma semana por el Instituto Galego de Estadística (IGE), reforzados por las conclusiones del Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre censos de población referidas al año 2011, anuncian que Galicia perderá en la próxima década cerca de 90.000 habitantes y verá como aumenta significativamente el ya importante desequilibrio demográfico existente entre el eje atlántico y el interior. Si a todo ello añadimos que, debido a la dura crisis económica que padecemos, se reducirá el escaso flujo migratorio procedente de otros países y de otras comunidades españolas, el resultado obtenido nos sitúa ante una crisis demográfica de demoledoras consecuencias económicas y sociales para el país.

Sin embargo, y en abierta contradicción con la alarma provocada por el IGE, los poderes públicos, particularmente la Xunta, hace tiempo que parecen haber renunciado a intervenir sobre las causas que han producido una drástica reducción de la tasa de natalidad en Galicia, hasta niveles inferiores a los que garantiza la sustitución de la población y, por tanto, el relevo generacional. De hecho, el Gobierno gallego carece de un proyecto de revitalización demográfica que, a través de una acción integrada y sostenida en el tiempo, pueda invertir la actual tendencia negativa.

En todos los países desarrollados con reducida natalidad suelen existir simultáneamente altos índices de desempleo, particularmente femenino, altas tasas de eventualidad y un escaso desarrollo de los servicios sociales. Pues bien, con una tasa de paro que ha vuelto a situarse en altos niveles y que amenaza con seguir subiendo, y con una precariedad laboral que duplica la que existe en la Unión Europea, Galicia es un caso paradigmático. Conviene subrayar que la baja fertilidad no tiene relación alguna con la participación de la mujer en el mercado de trabajo, sino con la forma en que tal participación tiene lugar. Es decir, tiene vinculación con la poca seguridad y apoyo que encuentra la mujer, así como las limitadas opciones que se le ofrecen cuando se integra en el mercado laboral. Por lo que se refiere a los servicios sociales, en especial los de ayuda a la familia -en un país en que retóricamente se proclama a ésta como centro de la sociedad, algo que Rouco repetirá el próximo día 30-, tales como residencias de ancianos, escuelas infantiles o ayuda a los discapacitados, Galicia ocupa lugares secundarios en España, que a su vez está a enorme distancia de la media de la UE y a distancias siderales de los países más avanzados. Similares resultados se obtienen si se realiza un análisis comparativo de las transferencias de fondos públicos a las familias. Y todo este cuadro, debido a la crisis o tomando esta como coartada, no hará más que empeorar en los próximos tiempos y, por consiguiente, Galicia seguirá teniendo una baja tasa de fertilidad.

Conscientes de la gravedad del problema, en el año 2000 las fuerzas políticas y sociales llegaron a la conclusión de que era imprescindible la elaboración del Plan de Revitalización Demográfica de Galicia. El proyecto llegó al Parlamento y, cuando solo restaba la votación final del mismo, ante la sorpresa general y forzando las normas de la Cámara, el Gobierno Fraga, que se había proclamado hagiógrafo de la demografía, bloqueó su aprobación, impidiendo que Galicia dispusiera de un instrumento de carácter estratégico para afrontar la crisis demográfica. Por desgracia, tampoco el Gobierno bipartito fue capaz de rescatar y aplicar aquel importante plan. En la actual legislatura se volvió a plantear el problema y se constituyó una nueva comisión parlamentaria para debatirlo. Después de varios meses de comparecencias de expertos en los diversos factores asociados al problema demográfico, el proceso se paralizó. La comisión parlamentaria no ha vuelto a ser convocada y sus posibles conclusiones descansan el sueño de los justos.

Por todo ello, cuando el INE y el IGE nos recuerdan la gravedad de la situación, la Xunta y las fuerzas políticas, evitando buscar justificaciones en la crisis para su inacción, tienen la obligación de activar todas las medidas necesarias para abordar este grave problema que limita drásticamente nuestras perspectivas como país.

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28 diciembre, 2011 a las 7:17 am

Casi todo en una nube, de Valentí Puig en La Vanguardia

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El proyecto de un ordenador diseñado para aprender de la experiencia y postular hipótesis siempre será bienvenido en un mundo que cree posible lograr la inteligencia artificial y acabar manufacturando un simulacro tecnológico de la conciencia humana. En esos empeños por emular las conexiones neuronales del cerebro hay mucha competencia. Unos son más creíbles que otros. IBM ha sido uno de los más recientes, con sus computadoras cognitivas que no solo tendrían megamemoria sino también la capacidad de involucrarla en formas de aprendizaje. Es una característica de las tesis posthumanas apostar por la posibilidad de reproducir tecnológicamente, e incluso mejorar, el cerebro humano, dando por sentado que la conciencia no existe.

Son cosas de un nuevo mundo sin mapas, al filo de esas grandes incógnitas sobre la vida y el espíritu. Es asombrosa la simultaneidad de esas inteligencias de diseño con un mundo caótico, doloroso y finito.

Los valles de la alta tecnología lindan con selvas aún tribales, con desiertos inhabitables y con la sinrazón de las guerras.

Una alternativa consiste en que casi todo penda de una nube. Hace una década que David Gelernter intuyó lo que acabarían siendo Twitter y Facebook antes de poner en circulación el concepto de “la nube”, que viene a ser el gran almacén de información digital -centros de datos, externalización- que ya comienza a existir en el ciberespacio. Dicho en los términos que uno logra entender a partir de las ideas de Gelernter, esa nube -un sistema posterior al de los archivos- supera la red de redes actual, en el sentido de que estaríamos en la fase de una distribución de multimedios a través de una red de computadoras, de modo y manera que el usuario accede o consume el producto a la vez que se descarga. Es decir, accede a la nube. Dice Gelernter en The Wall Street Journal,que el nuevo concepto es el lifestream,una suerte de corriente de vida por la que navega la materia digital -lo que allí depositemos- que hasta ahora hemos archivado en carpetas. Toda nuestra inteligencia y nuestra memoria, almacenadas en una nube ciberespacial. La nube de Gelernter es uno de tantos factores en mutación permanente que hacen imprevisible lo que será un siglo que solo está comenzando. Hace unos pocos años se habló del siglo de Europa, luego del siglo de Asia. Lo que vemos es una paulatina traslación de los ejes de poder pero sin la suficiente panorámica para saber cómo estarán las cosas digamos que en diez años. Fukushima ha representado un nuevo obstáculo para la energía atómica, pero al mismo tiempo han dado un notable resultado las prospecciones de gas y petróleo -por ejemplo- en Noruega, la Patagonia, Canadá, Brasil y se logran avances en África con lo que menguaría la dependencia respecto a Oriente Medio. Mientras tanto, la tecnología y la ciencia persisten en la búsqueda prometeica de nuevas fuentes de energía. ¿Dónde estará el poder en una o dos décadas? Una respuesta más bien patosa sería que el poder estará en una nube.

Se puede dar un trastorno bipolar al ser tanta la distancia entre la nube y los atavismos que son parte de la vida del hombre. En este mundo globalizado quedan buques piratas, y los proyectos más racionalistas para la gobernanza internacional prácticamente coexisten con la vida de tribus que hasta hace muy poco practicaban la antropofagia. Entramos en especulaciones altamente sofisticadas sobre los derechos de los animales y al mismo tiempo un hombre tortura a otro hombre en demasiados confines del planeta. La misma Unión Europea que pretende ser un experimento de norma sin coerción da muestras de querer regresar al orden de Westfalia en 1648, cuando el auge de las naciones-Estado aventajó claramente a la autoridad que, más allá de lo nacional, había tenido la Iglesia. Otro trastorno bipolar, algo que difícilmente se puede colgar de una nube, por inteligente que sea. Del mismo modo, todavía resulta inconcebible un orden posthumano en el que la acción de gobierno esté en manos de la inteligencia artificial, aunque a veces la ONU y sus portavoces parezcan robotizados.

Al descubrir el amor o la soledad poco importa si solo somos una pausa entre glaciaciones o si pendemos de una nube, como parte de una masa de objetos digitales en el ciberespacio, más allá de la organización de archivos en internet. Es una realidad casi inconcebible, extrema en su virtualidad radical, sobrecargada de pasado y también de futuro. Nos preguntamos si la civilización es sostenible y quizás resulte que para sobrevivir necesite de esa nube y de esa inteligencia artificial. Es la paradoja de salvarse por los extremos, de acudir a lo más imposible para salvarse de un naufragio. Claro que el tiempo pone las cosas en el lugar que les corresponde. Hace cuarenta años, siendo la población del mundo la mitad de la actual, se hablaba temerosamente de la bomba demográfica. Habíamos llegado a un confín apocalíptico. Ahora hay en el planeta siete mil millones de habitantes y nos creemos capaces de depositar los mensajes electrónicos en una nube y de inventar una máquina para que piense mejor que nosotros.

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18 diciembre, 2011 a las 7:14 am

Sondeo a los sondeos, de José Ignacio Wert en El País

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Ya estamos una vez más en la cuaresma demoscópica, el ayuno y abstinencia forzados que la Ley Electoral (no hay manera de que esto cambie, por muchas reformas de la ley que se hagan) impone a la difusión pública de encuestas electorales en los cinco días anteriores a la votación. Parece un momento adecuado para recapitular lo que estas encuestas nos han dicho y qué pueden valer sus vaticinios.

Hace tiempo que no había en nuestro país un consenso tan cerrado sobre el resultado que las encuestas proyectan. Algún malicioso podría pensar que se ha cumplido una norma que enunció un buen amigo (omitiré su nombre, porque fue en un espacio privado) en ocasión no muy lejana en que las encuestas -incluidas las que dirigía quien esto escribe- fallaron con cierto estrépito (1996): “Las empresas han preferido la seguridad de equivocarse juntas al riesgo de acertar por separado”.

En efecto, todas avanzan idéntico resultado político: la mayoría absoluta del PP. Tomando como referencia las 10 últimas encuestas de alcance nacional difundidas entre el viernes 11 y el lunes 14, tenemos que la media de la ventaja del PP es casi exactamente de 15 puntos mientras que la mediana es de 14,6 puntos. Idéntica convergencia entre ambos datos estadísticos respecto a los escaños de diferencia: 71 tanto en la media como en la mediana. Sin embargo, esto no quiere decir que, aunque no se note por la identidad de la previsión política, no haya diferencias de cierta entidad por los extremos: un mínimo de 11,3 puntos de ventaja del PP y un máximo de 19 serían vistos como estimaciones muy diversas, de no ser, como digo, por la aparente falta de incertidumbre en cuanto al desenlace político de la elección.

Ahora bien, lo que importa -más que la precisión y el acierto de las estimaciones, que solo estaremos en condiciones de verificar el propio domingo- es reparar en los elementos de incertidumbre que pesan sobre aquellas. Y en ese sentido hay que fijarse en la letra pequeña de las encuestas y acudir a los antecedentes para buscar algo de luz.

El antecedente más próximo, 2008, se considera, correctamente, como un ejemplo de acierto predictivo de las encuestas. Pero no sirve de gran cosa como término de comparación: aunque ya había cambiado el clima económico, no se vislumbraba la gravedad de la crisis que vino detrás y todos los ingredientes coincidían en apuntar a una elección de continuidad. 2004 no sirve por el impacto de los atentados del 11-M. Más relevantes son los antecedentes -antitéticos- de 1996 y de 2000. En el primer caso, las encuestas fallaron porque los analistas no tuvimos en cuenta el fenómeno de espiral de silencio que hacía callarse a casi un tercio de los votantes socialistas y porque, además, la movilización de esa minoría silenciosa tuvo lugar en los últimos 10 días y no fue recogida por las encuestas. En el segundo caso, ocurrió cabalmente lo contrario: descontamos una movilización socialista de última hora que en realidad no se produjo.

Pero las diferencias contextuales respecto a esas elecciones son enormes. En 1996 el PP no había gobernado nunca y la activación del temor a un retroceso democrático resultaba más verosímil para el elector de izquierdas. En 2000, dominaba la sensación de que el PP había gobernado bien y la situación económica era boyante, lo que permitió a buen número de votantes socialistas entregar -mediante la abstención- la mayoría al PP.

Hoy estamos ante unas elecciones de cambio (que, casi siempre, aparejan alta participación) y ante el entorno económico más tenso de los últimos 30 años. ¿Se quedarán en casa ese casi 20% de votantes socialistas que se manifiestan aún indecisos sobre el sentido de su voto? La proporción en que lo hagan o hagan lo contrario es la que establece la diferencia entre una catástrofe electoral para el PSOE y, simplemente, un pésimo resultado. No parece haber mucho espacio para otra cosa, salvo que se repitiera una situación de espiral de silencio que, en las actuales circunstancias, nos parece harto improbable.

Hay otras dos dimensiones que, a mi juicio, dan mucha verosimilitud al consensus forecast de las encuestas. Una es la estabilidad que las mismas registran: las estimaciones seriadas apenas reflejan cambios desde hace cuatro meses, tras el fugaz repunte de la intención de voto socialista que trajo consigo la renuncia de Zapatero. Pero, a nuestro juicio, lo que da más fundamento a este pronóstico es que los indicadores de las encuestas muestran -aparte de las estimaciones de voto, en las que cada maestrillo tiene su librillo- una notable coherencia interna. Diríamos que, mientras las estimaciones se han mantenido en lo esencial estables, el resto de pistas que los sondeos contemplan se han ido alineando en el mismo sentido. De suerte que todos esos indicadores (partido que les gustaría que ganase, líder preferido, partido más capacitado para hacer frente a la crisis económica) muestran ahora perfiles que favorecen al PP.

En fin que, una vez más, el domingo veremos si la profesión demoscópica se pone la medalla o hay que dar explicaciones. Por el bien de la tribu, espero que sea lo primero.

José Ignacio Wert es presidente de Inspireconsultores.

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16 noviembre, 2011 a las 7:18 am

Democratización y odio intelectual, de César Antonio Molina en El País

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¿Por qué Internet tiene que obligarnos a dejar la lectura, a dejar de escribir, a dejar de pensar? Estoy a favor de la Red siempre que no amenace la profundidad intelectual. Leer un libro no es un acto anticuado.

En el pasado, uno de los autores que más frecuenté fue McLuhan, aquel señor al que Woody Allen hacía aparecer en Annie Hall. El ensayista canadiense, allá por mediados del siglo pasado, cuando todavía existían de manera incipiente medios de comunicación de masas tales como la radio, el cine, pero sobre todo la televisión, hablaba ya no de un cambio de cultura sino de civilización. McLuhan adivinó como pocos lo que iba a suceder, aunque se fue a la tumba sin saber que esos medios se iban a quedar cortos ante la aparición, pocos años después, de este nuevo Polifemo llamado Internet. El cíclope era antropófago. ¿Internet antropófago? Desde su aparición lo ha engullido todo y aquello que se le resiste lo cerca con tretas dignas de su contrincante Odiseo. El héroe de Troya es hoy la lectura profunda, la escritura creadora y el libro, sobre el soporte que sea, tal cual lo concebimos como compendio del saber al menos desde Gutenberg, aunque su ideario ya había sido conformado antes, al menos 400 años antes de Cristo, cuando Platón en el Fedro debate con Sócrates lo bueno y lo malo que la nueva tecnología de la escritura va a traer a la educación y a la cultura basada en la memoria y la oralidad. La memoria (hoy algo tan combatido) que en la filosofía y la estética de los antiguos (también nuestros contemporáneos) era la madre de las Musas, “saber de memoria”, escribe Steiner, “es dejar que el mito, la oración o el poema se ramifique y se expanda en nosotros”.

En los libros de McLuhan hay clarividentes intuiciones sobre el futuro, nuestro presente, a través de los soportes con los que él mismo convivía advirtiendo ya un cambio radical en el individuo y la sociedad. Se refería a máquinas progresivamente más sofisticadas que, por una parte, ayudarían a la actividad humana, pero que, por otra, influirían y condicionarían su conducta. “Estamos acercándonos -dijo- a la fase final de las prolongaciones del hombre, o sea, la simulación técnica de la conciencia”. Así es. Este salto gigantesco en la evolución tecnológica está produciendo un cambio tan radical como jamás aconteció. En un solo soporte la palabra escrita, el sonido y la imagen. ¿Qué nuevos géneros literarios o periodísticos saldrán de aquí? ¿Destronarán a los actuales? Simultaneidad en la información, en las redes sociales, facilidad para almacenar y encontrar. El contenido de un medio, afirmaba McLuhan, importaba menos que el medio en sí mismo a la hora de producir efectos en nosotros. Durante la segunda mitad del siglo XX, a pesar de su cruda y premonitoria verdad, el hombre convivió con estos nuevos instrumentos y, en contra de lo que esperaban muchos vaticinadores infaustos, los unos no se comieron a los otros. La prensa y los libros no solo sobrevivieron sino que alcanzaron cotas desconocidas. Pero el tiempo a McLuhan le ha acabado dando la razón. Cada nuevo medio tecnológico nos cambió y modificó. Pero Internet nos está transformando y manipulando de manera radical, como jamás sucedió antes.

McLuhan pasó de moda, pero ahora vuelve con una verdad que no compartimos en su momento. Aquella referida a que el texto escrito, el libro y la lectura eran una tiranía sobre nuestro pensamiento. Algo que, para él, afortunadamente, había comenzado a resquebrajarse por la acción imparable de los nuevos sistemas de comunicación de masas. Sentí que el autor de Galaxia Gutenberg promovía injustamente el fin de la cultura del libro y propiciaba los nuevos instrumentos audiovisuales uniformadores. ¿Por qué McLuhan atacaba la base tradicional de transmisión del conocimiento? Defendía la democratización de la cultura a través de los medios audiovisuales de comunicación de masas y combatía -él, un intelectual- la aristocracia del saber, debida al libro y la lectura. Este inquietante planteamiento es uno de los que ahora observo desarrollado, con más profundidad, en nuevas monografías. No solo estudiantes, profesionales o profesores confiesan con desparpajo que han dejado de leer libros de papel y que leen solo fragmentariamente en pantalla, sino que los libros son superfluos y que grandes autores de la literatura y obras esenciales ya no les dicen nada. Personas cultivadas muestran claramente un desconocido y desconcertante odio intelectual. Internet facilita el acceso a la información, pero el acceso al conocimiento aún tiene que alcanzarse a través de los usos de siempre. Leer con concentración, atención y en silencio todavía no es algo arcaico y prescindible, se haga a través de cualquier soporte. Lo mismo que la lectura debe ser total y no parcial. La cultura y el conocimiento siempre se obtendrán estudiando: es decir, leyendo. El viejo proceso lineal de pensamiento es el que nos ha conducido hasta nuestros días, ¿por qué no readaptarlo a los nuevos usos tecnológicos? Seguramente es una batalla perdida porque, como dice Nicholas Carr, Internet ofrece tal cantidad de posibilidades que finalmente acaba distrayendo la atención antes reflexiva, concentrada, atenta de la mente lineal ahora desplazada por otra nueva que quiere diseminar información resumida, superficial, poco conflictiva. Que Internet está modificando nuestras costumbres y que el mundo muy pronto será distinto, está claro. Pero eso no significa que abandonemos nuestro espíritu crítico y nos entreguemos a su suerte. No podemos permitirnos el lujo de que nuestros estudiantes pierdan su capacidad para leer, y entreguen su juventud al hipervínculo o al scrolling y que piensen que Don Quijote o Ulises son creaciones incapaces de ayudarles.

Leer un libro no es un acto anticuado. Leerlo entero, compartir su enseñanza, es un acto superior al del mero cazador experimentado en Internet. Nuestros jóvenes se resisten a leer en profundidad y por tanto se resisten a estudiar, a adquirir un conocimiento propio. Han delegado su mente en una máquina, ahora su más fiel amigo. Nuestros jóvenes leen más, escriben más, pero de una manera superficial. Nuestros jóvenes son maestros del puzle. La influencia del ordenador sobre quien lo utiliza es muy grande. Nos estamos dejando vencer por la industria y el mercado, que dictan nuestros gustos y cambian nuestras maneras intelectuales. La modificación del acto, del sentido y el fin de la lectura está ya trayendo los primeros cambios. Como escribe Ong en su libro Oralidad y escritura, las tecnologías no son meras ayudas exteriores, sino también transformaciones interiores de la conciencia y, sobre todo, cuando afectan a la palabra.

La lectura, la cultura, la educación, el saber y el conocimiento no son algo pasivo, sino activo. Si lo delegamos todo en un instrumento, si vaciamos toda nuestra memoria, también perdemos en estos actos parte de nuestra libertad. Radio, cine, televisión, nunca atacaron frontalmente al libro. Compitieron con él robándole espacio y tiempo, pero la cultura por excelencia seguía transmitiéndose a través de la imprenta. Internet es distinto. Archiva, procesa, comparte la información, también la textual, tecnologiza la palabra, la creación. Es un instrumento útil que no debería suplantar sino completar los buenos usos anteriores. Pero no está siendo así. Carr, en ¿Qué está haciendo Internet?, afirma algo que, muy a mi pesar, reconozco como inevitable: que el futuro del conocimiento y la cultura ya no se encuentra en los libros, ni en los periódicos, ni en televisión, sino en los archivos digitales difundidos por nuestro medio universal a la velocidad de la luz.

Libro de papel, libro electrónico, conocemos ya sus ventajas y desventajas. El primero, multisensorial, una obra de arte en sí mismo; el otro, repleto de información, de distracciones, de emboscadas a la textualidad. Me preocupa mucho menos el soporte que el cambio profundo que se está produciendo en la antigua manera de leer, buena, experimentada y sabia. El cambio de forma sufrido por un medio supone un cambio de contenido. Cambio profundo en la manera de leer y en la de escribir.

Muchos jóvenes comentan que no leen novelas porque son demasiado largas para seguirlas en pantalla. Probablemente, en un futuro cercano, las novelas electrónicas serán más visuales que textuales, lo que ya se conoce como vooks. ¿Dónde se hallará el creador? Todo estará socializado y, probablemente, abocado a lo superficial. ¿La lectura “masiva” fue una “breve anomalía” de nuestra historia intelectual y cada vez irá quedando dentro de una minoría que se perpetúa a sí misma, la clase “lectora”? En realidad, ¿no fue siempre así? ¿Por qué este odio intelectual, que lleva a muchos a decir que no debemos llorar por la muerte de la lectura pues estuvo siempre sobrevalorada, así como las grandes obras que la conforman y sus autores, dotados de una genialidad insultante y antidemocrática? ¿Por qué Internet tiene que obligarnos a dejar de leer, a dejar de escribir, a dejar de pensar? En el Fedro, yo estaría de parte de Platón, de parte de la escritura, del avanzar sobre los inconvenientes razonables de Sócrates. Hoy estoy de parte de Internet siempre que, como decía este último, no amenace la profundidad intelectual.

César Antonio Molina es escritor y director de la Casa del Lector y fue ministro de Cultura.

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31 octubre, 2011 a las 7:20 am

Claves científicas para una enseñanza de calidad, de Ignacio Morgado Bernal en La Vanguardia

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En el maltrecho y revolucionado mundo de la educación, no vendrá mal una reflexión sobre cómo el cerebro aprende y adquiere conocimientos, algo que puede ayudarnos a potenciar lo bueno que ya tengamos y a evitar errores que pudieran empeorar la situación. Cuando aprendemos, se activa en el cerebro un complejo proceso de decenas de moléculas químicas para formar nuevas conexiones entre las neuronas o fortalecer las ya existentes. Puede durar desde horas hasta meses, y resulta crítico para establecer memorias consistentes y duraderas. Para aprender, hay que establecer las condiciones que activan y facilitan ese proceso. La práctica y la repetición permiten formar conexiones rígidas entre las neuronas, que es lo que requiere la adquisición de hábitos, como aprender a conducir o a tocar el piano. Pero cuando los hábitos que queremos adquirir son mentales, como aprender una nueva lengua, no prestamos mucha atención a la práctica y erramos repetidamente intentando conseguirlo con un par de clases a la semana. Además, en la infancia el cerebro es muy plástico y tiene más capacidad para establecer conexiones rígidas entre las neuronas que en otras épocas de la vida. Ello es especialmente relevante para adquirir una nueva lengua, sobre todo su fonética, pues hay estudios científicos que muestran que nacemos con una parte de la corteza cerebral especialmente capacitada para albergar las representaciones de las lenguas que adquirimos en la temprana infancia, estableciéndose en áreas menos habilitadas para hacerlo cuando las adquirimos tardíamente (Nature,30 julio, 1997). Sólo la inmersión lingüística temprana y la práctica continuada garantizan un conocimiento preciso y fluido de una nueva lengua.

Sin embargo, para adquirir conocimiento semántico, como una materia literaria o científica, más que unas pocas y rígidas conexiones hay que establecer múltiples y flexibles conexiones en el cerebro, es decir, hay que formar memorias relacionales y flexibles, susceptibles de evocarse en situaciones o contextos diferentes del original. El modo de conseguirlo ahora no consiste en repetir, sino en comparar, en el contraste entre múltiples informaciones. Actitudes pasivas, como la simple lectura o la toma de apuntes sin objetivos precisos, no sirven, pues tienden a formar memorias rígidas, poco útiles cuando se trata de evocar el recuerdo en un contexto o modo diferente del original. Sí sirven procedimientos como resumir lo esencial de un texto, comparar diferentes informaciones, responder a cuestiones concretas, hacer inferencias o deducciones sobre la información o buscar nuevas soluciones para los problemas. Son formas útiles en todos los niveles de enseñanza y suelen ser las que usan los buenos profesores. La mejor forma de aprender es enseñar, por lo que la mejor forma de enseñar es inducir al alumno a tratar también de hacerlo. Tampoco debemos engañarnos creyendo que ya sabemos algo simplemente porque esa es la impresión mental que tenemos. Hay que demostrarlo prácticamente, reconstruyendo el conocimiento adquirido, lo cual es un buen modo de aprender, pues induce a la comprensión de ese conocimiento y nos descubre las lagunas que tengamos sobre el mismo. De ahí las ventajas de los exámenes o pruebas orales, pues incitan al tipo de estudio que garantiza la comprensión de lo aprendido y la flexibilidad en su expresión. Un estudio reciente con ochenta alumnos de instituto en EE. UU. ha mostrado que la técnica de aprendizaje que produjo mejores resultados consistió en explicar lo que se ha aprendido (Science,11 febrero 2011).

El mejor modo de enseñar es el que incita la estructura mental que guía el aprendizaje favoreciendo los procesos cerebrales requeridos en cada caso. El aprendizaje activo es siempre la clave, tanto si se trata de repetir para adquirir hábitos, como de comparar o reconstruir el conocimiento para establecer las relaciones funcionales que dan flexibilidad a las memorias. Nada de ello se opone a la libertad de cátedra, pues son muchos y variados los procedimientos pedagógicos que permiten alcanzar esos objetivos. Pero sí se oponen a ello las rigideces en la planificación académica y los procedimientos que, impidiendo dicha libertad, acaban convirtiendo la enseñanza en rutinas burocratizadas. En definitiva, no son muchas las reglas críticas para una enseñanza de calidad, incluida la que permite a cada enseñante adaptarlas a sus propias condiciones y experiencia.

Ignacio Morgado Bernal, catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia de la UAB.

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24 octubre, 2011 a las 7:14 am

Por qué Eduard Punset ha de morir, de Salvador Macip en El Periódico

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La tesis de que podemos vencer a la muerte no es, a juicio de muchos, más que una idea provocadora.

En una célebre entrevista televisiva del año pasado, Eduard Punset dijo que no estaba escrito que él debía morir. Esta frase me la han citado amigos y periodistas un montón de veces desde entonces, quizá en parte porque en mi laboratorio estudiamos el envejecimiento y la muerte celular. Por desgracia, sacada de contexto parece más una de esas máximas que te encuentras en las galletas de la suerte de los restaurantes chinos que un pensamiento con ánimos de estimular las neuronas, que con toda seguridad era la intención original. Así que he pensado que hoy aprovecharía este espacio para discutirla con calma y hacer justicia a un tema tan interesante. Que quede claro antes de empezar que le deseo una larga vida al señor Punset, y que el hecho de que haya contribuido más que nadie en este país a hacer llegar la ciencia a la gente de la calle merece todo el agradecimiento del mundo. Pero me temo que ni él ni yo ni nadie que lea este artículo puede escapar del destino que nos espera al final.

La idea de que podemos vencer a la muerte proviene sobre todo de una corriente liderada por el doctor Aubrey de Grey, un gerontólogo de Cambridge que hace unos años propuso que, si consiguiéramos proteger nuestras células de los elementos que las dañan, nada nos impediría vivir para siempre. Es cierto que nuestros organismos tienen una fecha de caducidad. Una serie de órdenes escritas en el genoma de las células las hace envejecer y morir en respuesta a agresiones y el paso del tiempo. Lo que en realidad dice el doctor De Grey es que debe haber una manera de evitar obedecerlas. Hace tiempo que buscamos en el laboratorio alguna forma de ejercer una insumisión al menos parcial a estas leyes y así poder alargar la esperanza de vida. La diferencia es que De Grey asegura que esto es posible hasta extremos que nunca antes nadie se había atrevido a proponer, en contra del dogma aceptado hasta ahora.

A lo largo de las épocas más oscuras de nuestra historia, la ciencia ha sobrevivido y ha avanzado gracias a unos cuantos inconformistas que iban contra el sistema. El heroísmo legendario de figuras como Galileo y Copérnico se ha filtrado a través de los siglos hasta imprimir en el imaginario colectivo la idea de que los pensadores más revolucionarios siempre deben luchar contra la incomprensión de políticos y académicos apoltronados que temen los cambios que los pueden dejar sin trabajo. Hay una parte de esta imagen que se ajusta a la realidad: los científicos más influyentes suelen ser los que saben ver más allá de las fronteras actuales del conocimiento. Pero debemos evitar caer en la generalización fácil: no todo el mundo con una hipótesis radical debe tener automáticamente razón. La biomedicina contemporánea avanza sobre todo por el trabajo progresivo de equipos coordinados de investigadores repartidos por todo el mundo, y no tanto gracias al individualismo de estrellas superdotadas. Los descubrimientos son más fruto de pequeños pasos incrementales que de grandes movimientos sísmicos originados por la chispa de una idea alocada que se enfrenta a la doctrina imperante en un momento dado.

Dar voz a los que proponen teorías rompedoras puede ser una forma interesante de generar diálogo, siempre y cuando detrás haya un razonamiento que cumpla las normas científicas más elementales. Muchos creen que las teorías del doctor De Grey tienen su lógica, aunque todavía no tenemos suficientes datos experimentales que nos permitan suponer que pueden ser ciertas. De momento no pasarían de ser ideas provocadoras que habría que validar. Pero otros expertos opinan que es un charlatán más cercano a la seudociencia que al rigor que se espera de un investigador y que solo haciendo un acto de fe se puede comulgar con su imaginativo punto de vista. ¿Y si tienen razón?

Debemos vigilar no poner en el mismo saco manzanas y naranjas con la excusa de la libertad de expresión y la obligación de presentar todos los puntos de vista de un debate. Hay razonamientos que simplemente pertenecen a diferentes disciplinas y no tiene sentido enfrentarlos, como la lucha absurda que han organizado entre la idea religiosa de un diseñador inteligente y el concepto científico de evolución. Es como si en una mesa redonda sobre las mejores novelas del siglo, de pronto alguien se pusiera a hablar de las Páginas Amarillas. Aunque tengan formato de libro, tenemos que saber ver que ni siquiera son literatura.

Los que saben más de estos temas aún no han acordado a qué lado de la frontera están las propuestas del doctor De Grey. Por eso debemos ser cautelosos y no hacer bandera de ellas sin dejar a continuación un espacio para alertar de las abundantes dudas razonables que generan. Mientras no se demuestre lo contrario, todos nuestros nombres están escritos con letras de oro en los archivos de Hades. Quizá algún día inventaremos una goma que nos permita borrarlos, pero yo no contaría con que ninguno de los aquí presentes lo llegue a ver.

Salvador Macip. Médico, científico, investigador y escritor de la Universidad de Leicester.

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22 octubre, 2011 a las 7:11 am

Sobre el último Premio Nobel de Economía, de Alfonso Novales en Cinco Días

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La Real Academia Sueca de las Ciencias hace habitualmente un buen trabajo en los escritos que difunde simultáneamente con el anuncio de la concesión del Premio Nobel en Economía, y este año no ha sido una excepción. Pero quizá nadie mejor que los propios galardonados para explicar lo que consideran que son sus contribuciones. Por eso es recomendable ver y escuchar la conferencia de prensa que la Universidad de Princeton organizó con Tom Sargent y Chris Sims la mañana del anuncio (disponible en Youtube y también a través del blog Nada es Gratis, de Fedea).

Me gustaría destacar su insistencia en sus trabajos acerca de las diferentes implicaciones que tiene la interdependencia entre las políticas fiscal y monetaria. Ha sido tradicional, y todavía es un hecho bastante generalizado, analizar ambas por separado en los textos de Economía. También es singular que su enseñanza en las facultades de Economía se imparta asimismo por separado, e incluso se diseñaran en el pasado especialidades separadas sobre ambas materias, que se han mantenido en los nuevos planes de estudio.

Para comprender la relevancia de tal interdependencia, baste las frecuentes interpretaciones de la actual crisis de la deuda europea y de la dificultad de buscar soluciones al hecho de haber constituido una autoridad monetaria sin una autoridad fiscal, centralizando y unificando la política monetaria y manteniendo descentralizadas las políticas fiscales nacionales.

Otro importante aspecto, que los galardonados comparten con muchos otros colegas, algunos de los cuales han recibido el Premio Nobel en años anteriores, es la incorporación de la naturaleza intrínsecamente dinámica de las decisiones de los agentes económicos, así como del papel de las expectativas de estos acerca del futuro cuando toman sus decisiones.

Por decirlo simplemente, una reducción del impuesto sobre la compra de automóviles elevará su demanda si se espera que dicha reducción sea transitoria y vaya seguida de una recuperación del impuesto. Por el contrario, si los potenciales compradores esperan que posteriormente se introduzca un descenso adicional en el impuesto, la venta de automóviles no solo puede no aumentar, sino que podría ser inferior a la que se habría tenido sin el recorte impositivo.

Más allá de estas ideas, ambos laureados han insistido en sus trabajos en el modo en que las expectativas de los agentes privados, consumidores y empresas, condicionan e influyen sobre el diseño de política económica, tanto fiscal como monetaria.

Sería erróneo incurrir en una de las habituales trivializaciones de los conceptos económicos, para afirmar que el galardón de este año vuelve a premiar a la escuela de las expectativas racionales, o a una economía de corte conservador, o que ignora los graves problemas económicos que vivimos, o que es un desprecio a las doctrinas keynesianas. Tales afirmaciones serían todas erróneas.

La racionalidad de expectativas no debe considerarse por sí sola una escuela de pensamiento. Hace que los modelos económicos incorporen consumidores y empresas que forman expectativas utilizando la información de que disponen. En ocasiones se dice que esto implica que no cometen errores o que disponen de toda la información acerca de la economía o incluso que conocen el futuro. Nuevamente, tales afirmaciones son incorrectas.

Tom Sargent y Chris Sims no son precisamente dogmáticos, y en varias ocasiones han escrito trabajos contradiciendo puntos de vista de sus propios trabajos anteriores. Y como se mencionó en la rueda de prensa, ambos llevan años trabajando con modelos económicos en los que consumidores y empresas no son completamente racionales. El posible antagonismo con posiciones keynesianas solo puede justificarse desde una trivialización engañosa del propio Keynes.

Como bien expone su biógrafo, Robert Skidelsky (Keynes, The Return of the Master, 2009), Keynes no proponía la elevación indiscriminada del gasto o los impuestos, alertando a los Gobiernos de no detraer de la economía más del 25% de su flujo de renta. Insistía además en la conveniencia de no poner en marcha políticas expansivas, aunque se considerasen necesarias, si con ello se frustraban las expectativas de los empresarios en un determinado momento, truncando así sus proyectos de inversión.

Como Skidelsky explica, el aspecto central en la teoría de Keynes es la existencia de incertidumbre irreducible acerca del futuro, y la necesidad de incorporar convenientemente esta cuestión en los modelos utilizables para el diseño de política económica. Precisamente esta es una de las principales contribuciones de Tom Sargent y Chris Sims.

No puedo finalizar sin explicitar la fortuna que tuve de ser durante dos cursos el ayudante de investigación del profesor Sims, mi director de tesis en la Universidad de Minnesota, así como de haber recibido mis primeros cursos de Macroeconomía de Tom Sargent, lo que me permitió conocer de cerca la enorme generosidad personal e intelectual de ambos.

Alfonso Novales. Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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19 octubre, 2011 a las 7:08 am

Un premio al método científico, de Ramon Marimon en El País

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Parece un contrasentido hablar de método científico en política económica, y más en estos años de crisis económica en los que muchas han sido las voces que se han alzado contra los economistas. Sin embargo, pienso que esta es la mejor forma de describir el trabajo de Sargent y Sims tanto por su objeto como por su método.

La interacción entre los agentes económicos (familias, empresas, etcétera) y las decisiones de política económica es el objeto central de la teoría macroeconómica y el diseño de políticas e instituciones económicas. En esta interacción, las expectativas de los agentes juegan un papel esencial, que la política económica debe tener en cuenta. Por ejemplo, nuestras expectativas sobre si estamos entrando en una recesión o no afectan a nuestras decisiones de ahorro e inversión y, colectivamente, en que de hecho entremos en una recesión o no… La constatación de esta causalidad fue el origen de la llamada revolución de las expectativas racionales a la que contribuyeron desde el inicio Thomas Sargent y Christopher Sims, junto a otros premios Nobel, como Robert Lucas, Edmund Phelps, Finn Kydland y Edward Prescott. En este sentido, el premio hace justicia reconociendo que, si más no, faltaban estos dos nombres.

Es parte del método científico no solo reconocer los problemas centrales y desarrollar modelos abstractos que permitan analizar dichos problemas, sino también desarrollar métodos que permitan contrastar dichos modelos con los datos empíricos. En este caso, con las series macroeco-nómicas de forma que se pueda analizar, por ejemplo, el efecto de distintas políticas fiscales y monetarias. Sargent y Sims se distinguen por haber desarrollado, de forma complementaria, nuevos métodos econométricos, para el análisis de modelos dinámicos con expectativas, que hoy en día son parte integrante de la caja de herramientas de los macroeconomistas empíricos, sea en al academia, en bancos centrales, etcétera.

Hay un principio que no toda contribución científica tiene porque cumplir, pero que cuando se cumple le da un valor especial. Es el de la investigación básica que persigue en última instancia resolver problemas que afectan a nuestra sociedad. Detrás de los modelos y métodos desarrollados por Sargent y Sims hay dos científicos sociales que siempre han seguido este principio. No es por casualidad que mas allá de los orígenes de la revolución, ambos han trabajado en modelos en que la racionalidad es limitada o el diseñador de la política no está seguro de cuál es el modelo correcto (y esto puede ayudar a explicar fenómenos observados) o que Sargent haya trabajado sobre problemas que nos afectan tanto como son el paro en Europa o lo que, con Neil Wallace, llamó la aritmética desagradable. Desagradable porque nos hace entender como las políticas monetarias y fiscales, y ahora se añadiría, las del sector financiero, están íntimamente unidas y que, por ejemplo, si no solucionamos las últimas la primera lo pagará con depreciación del euro en el futuro. Lecciones que, desgraciadamente, a menudo se olvidan por los que deciden con un cierto desprecio por la teoría económica.

Ramon Marimon es director del Programa Weber, profesor del Instituto Universitario Europeo y de la Universitat Pompeu Fabra, y presidente de la Barcelona Graduate School of Economics.

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11 octubre, 2011 a las 7:19 am

Economía en el laboratorio, de Luis Garicano en Expansión

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El premio Nobel de este año reconoce el trabajo de dos artesanos de la economía. Dos hombres que han dedicado su vida a desarrollar las herramientas que los demás economistas usamos. No son dos intelectuales públicos, interesados en cambiar a mejor la práctica de la economía política, a lo Becker, Friedman, Hayek o Samuelson. Su trabajo, en la sombra, ha sido tratar de elaborar laboratorios, lo más realistas posibles, donde hacer los experimentos de política económica, “modelos” económicos de economías completas.

¿Que son los modelos? Supongamos que tenemos la hipótesis de que con una inyección de dinero (quantitative easing) podemos acabar con la recesión. Un científico nos diría que sólo hay una forma de contrastar la hipótesis; hacer experimentos. Necesitamos un conjunto de países en situaciones similares (como enfermos probando un medicamento nuevo), y aleatoriamente a unos les asignamos política monetaria expansiva y a otros no. Claramente, esto es imposible. Estaríamos jugando con las vidas y trabajos de millones de personas, que simplemente se negarían democráticamente a participar en el experimento. Además, el resultado en un país impactaría en el del otro (las monedas, al fin y al cabo, son convertibles unas en otras, y además los países comercian unos con otros), lo que haría el experimento, incluso si se llevara a cabo, imposible de interpretar.

En vez de un experimento, lo que tenemos es el resultado de múltiples decisiones de política económica que responden a su vez a la situación económica. Como EEUU nos está mostrando, sólo cuando las cosas se ponen muy, muy mal, hay apoyo político para hacer estímulos fiscales. Pero esto quiere decir que, cuando miremos en los datos dentro de muchos años, nos parecerá comprobar, seguramente, que los estímulos fiscales no funcionan, pero no sabremos si no es, quizás, porque se aplican en situaciones desesperadas. Imaginen una droga para el cáncer que sólo se da a los pacientes en situación desesperada, y que no se prueba experimentalmente. Si muchos pacientes se mueren, ¿podemos concluir que la droga no funciona?

Pues bien, existe una alternativa, que es la elaboración de economías de “laboratorio.” A base de ecuaciones matemáticas que describen el comportamiento de los agentes en función de los precios y las variables de estado de la economía (como el desempleo), podemos hacer una simulación de la economía en su conjunto. Luego podemos cambiar algunas cosas de política económica y estudiar sus consecuencias.

Sargent y Sims han dedicado gran parte de su esfuerzo investigador a producir métodos capaces de identificar empíricamente las relaciones “profundas” o “estructurales” entre variables económicas que debemos utilizar en nuestros modelos. En un trabajo muy técnico, han creado las bases para los modelos que se utilizan en el estudio y la formulación de políticas económicas en todos los bancos centrales.

Además, para el público español, hay dos cosas especialmente relevantes en Thomas Sargent. Su trabajo de los últimos años sobre el desempleo en Europa pone enorme hincapié en la importancia que los elevados subsidios de desempleo tienen la explicar los altos niveles. La clave es la interacción entre la mucha mayor turbulencia en la economía, con cambios estructurales importantes que afectan de manera muy negativa el capital humano de las personas, y el subsidio. Sin cambios estructurales, el subsidio no importa porque la gente al final termina encontrando. Sin subsidio, los cambios estructurales llevan a que la gente se ponga las pilas y busque una nueva forma de ganarse la vida, aunque sea a costa de abandonar su costosa inversión pasada en capital humano. Pero es la interacción de la enorme turbulencia económica y los subsidios de desempleo lo que, de acuerdo con Sargent, lleva a altísimos niveles de desempleo estructural, al permitir a las personas aguantar a esperar a ver si la situación mejore. El argumento es muy importante para España, donde el subsidio de desempleo está muy mal diseñado y requiere una modificación en profundidad.

La segunda es una curiosidad. En su trabajo sobre historia monetaria, Sargent identifica el experimento español de finales del XVI como la primera vez en la historia en la que se introdujeron monedas de metales no nobles (de cobre) que no pretendían tener valor más allá de su valor fiduciario, de la promesa del soberano. El experimento, al principio exitoso, terminó con devaluaciones y crisis monetarias, y nos hace pensar en otro experimento monetario, el Euro, cuyo resultado esperamos con ansiedad.

Luis Garicano. London School of Economics.

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11 octubre, 2011 a las 7:08 am

El principio causa efecto en la economía, de Josep Manel Comajuncosa en Expansión

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Los laureados con el premio Nobel de economía de este 2011, Thomas Sargent y Christopher Sims, profesores de las universidades de New York y Princeton, respectivamente, son dos especialistas en macroeconomía. Y más concretamente en la macroeconomía dinámica. En el análisis que pueden tener determinadas políticas económicas o variables sobre fenómenos como el crecimiento, la inflación, el empleo o la inversión empresarial. Delimitando con claridad qué parte de la evolución de esos fenómenos se debe a las políticas y qué parte no. Dada una causa, la política económica, determinar cuál es su efecto exacto.

Sargent ha analizado cuál es el resultado de las políticas económicas teniendo en cuenta la influencia de las expectativas de los agentes económicos. Es decir, de cómo esperan estos agentes económicos que va a actuar el gobierno. También ha incluido en su análisis el hecho de tratarse o no de políticas sistemáticas y el posible efecto de un cambio de patrón en estas políticas sistemáticas.

A título de ejemplo, es frecuente que los bancos centrales determinen sus tipos de interés fijándose un objetivo de inflación de digamos el 2%. Un banco central puede querer saber qué sucedería si el objetivo se cambiara por ejemplo al 3%. La economía no es una ciencia experimental, por tanto no es posible realizar el cambio en un determinado número de países para extraer de ello unas consecuencias. Además existe la dificultad añadida de que el resultado no será el mismo si los consumidores y empresarios esperan este cambio o no, o si esperan otro.

La investigación de Sargent se centró en buscar instrumentos para dar respuesta a cuestiones de este tipo. Desarrolló modelos en los que el comportamiento de los agentes dependía de unos parámetros considerados estructurales. El segundo paso era el proceso de solución de estos modelos en función de las expectativas que tuvieran los agentes económicos. El caso más plausible son las llamadas expectativas racionales, según las cuales los agentes deben por ejemplo esperar que la inflación va a ser aquella que verdaderamente se producirá en la economía dada una determinada política monetaria del banco central.

La solución matemática de estos modelos no es trivial pues las expectativas a tener en cuenta forman parte de la misma solución. Sargent desarrolló diversos métodos para hallar de forma matemática la solución final.

Aunque las contribuciones de Sargent son sobre todo de naturaleza metodológica, con posterioridad también ha utilizado sus modelos para explicar episodios de la economía real. En concreto, sus modelos son los que mejor explican el gran aumento de la inflación durante la década de los 70 y las dificultades subsiguientes para la reducción de estas tasas tan elevadas.

La investigación de Sims se ha basado más en el análisis de los efectos que tienen sobre la economía determinados hechos imprevisibles que la pueden afectar de forma positiva o negativa. Los llamados shocks en el lenguaje de los economistas. Ha desarrollado métodos estadísticos para ver qué hechos han representado lo que él llama shocks fundamentales, es decir shocks externos e independientes de cualquier otra variación del entorno económico. Esto es de vital importancia porqué la presencia de este tipo de shocks puede disimular cuál es el verdadero efecto de una política y puede llevar a error a la hora de teorizar sobre las políticas. Sims también desarrolló el llamado “análisis de impulso-respuesta” que permite comprender la evolución de la economía a lo largo del tiempo después de realizada una determinada política, eliminado el efecto de posibles shocks fundamentales.

El “análisis impulso-respuesta” puede, por ejemplo, mostrar que una política monetaria contractiva permite reducir la inflación en un periodo de entre uno y dos años a cambio de frenar la actividad económica en el presente en una determinada magnitud. Evidentemente, siempre y cuando no se produzca en ese tiempo un shock fundamental no esperado.

Las investigaciones de Sargent y Sims han sido ampliamente utilizadas para guiar el proceso de toma de decisiones por parte de los gobiernos y los bancos centrales. Unos y otros deben tener en cuenta el efecto que sus políticas pueden tener con distintas expectativas por parte de los agentes económicos y han de calcular también la evolución prevista a lo largo del tiempo de las variables relevantes.

Pero los trabajos de Sargent y Sims han tenido también un gran impacto sobre las generaciones siguientes de economistas teóricos. Además, aunque realizaron su investigación por separado, los economistas presentes suelen utilizar conjuntamente los instrumentos metodológicos y estadísticos desarrollados por ambos laureados. De ahí que sea totalmente lógico que compartan este premio que pretende señalar las principales aportaciones de la ciencia económica al conocimiento de la realidad.

Josep Manel Comajuncosa. Doctor en Economía por la Universidad de Princeton. Profesor de Economía de Esade.

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11 octubre, 2011 a las 7:07 am

Galardón merecido y útil, de Santiago Carbó Valverde en Expansión

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Thomas Sargent y Christopher Sims simbolizan, dignifican y elevan el análisis económico que es más necesario, el que es capaz de trasladar los modelos a la evidencia empírica para derivar lecciones de política económica. Tan simple de definir como difícil de llevar a la práctica. Como decía ayer un sorprendido Sims al recibir el premio, tratan de ofrecer métodos que permitan “ayudarnos a salir de este lío”. Es un Nobel muy merecido y esperado por cuanto las contribuciones de ambos profesores han tenido y tienen un importante calado.

No es ya su espectacular currículum lo que sugiere el merecimiento del premio sino la repercusión de sus investigaciones y su utilidad. Ambos se doctoraron en Harvard exactamente en el mismo año, 1968. Sargent siguió un periplo investigador que le llevó por universidades tan prestigiosas como las de Pensilvania o Minnesota para pasar a ocupar distinguidas cátedras en otras como Chicago, Stanford o, finalmente, la actual en la Universidad de Nueva York. Sims, por su lado, ha pasado entre otras universidades por Harvard, Minnesota o Yale antes de recalar en su cátedra actual en Princeton. Ambos han sido presidentes de la la Econometric Society y Sargent lo ha sido además de la American Economic Association. Y durante toda su trayectoria académica e investigadora han servido a numerosos organismos públicos como consultores y asesores.

En términos demasiado simples pero ilustrativos, Sargent es hoy el representante más destacado de la macroeconomía basada en las expectativas. De la economía que nos dice cómo se comportan los agentes económicos (hogares, empresas) cuando se forman expectativas sobre la evolución de algunas referencias fundamentales como, por ejemplo, los tipos de interés. Y con análisis que en muchos casos han partido de datos históricos en los que la experiencia española ha tenido un papel destacado. Una concepción práctica y dinámica de la toma de decisiones de los agentes que, desde luego, afecta a las de las autoridades regulatorias y supervisoras. Al fin y al cabo, éstas han de prever la reacción previsible ante sus acciones de política económica y monetaria. Y Sargent y Sims ofrece métodos y modelos para evaluar este comportamiento empíricamente. Las contribuciones principales de Sims giran en torno a la correcta identificación de las causas y efectos de estas políticas. Y la identificación es la base y el reto fundamental de la economía empírica moderna. Es una correcta identificación la que permite distinguir realmente los nexos entre causa y efecto y cuantificarlos, una contribución esencial sobre la que insistía ayer el comunicado de la Academia Sueca. Son muchas, de hecho, las instituciones y autoridades económicas que usan los modelos de Sargent y Sims para simular políticas monetarias y/o fiscales.

Muchas veces se ha criticado que los modelos de equilibrio general dinámico en los que se sustentan gran parte de los supuestos teóricos de la política macroeconómica actual tenían difícil traslación empírica. Sin embargo, las aportaciones de Sargent y Sims han ayudado a que muchos de estos modelos tengan una implementación práctica y sirvan para aquello que se supone que sirve la economía, para realizar diagnósticos y tratar de simular comportamientos. Y ojalá en alguna medida recuerde que los economistas estudian comportamientos mediante diagnósticos, no son adivinadores ni visionarios.

El Nobel de este año premia enfoques complementarios y aunque son muchos los años que estos economistas aparecen en lugares destacados en las quinielas del distinguido galardón, este año se cobra un especial simbolismo, ávido como está el panorama económico internacional de referencias prácticas sobre cómo hacer frente a la crisis en la actualidad. Sólo los economistas pueden entender la honda influencia que Sargent y Sims tienen en la profesión. Sin ir más lejos, cada vez que voy a la Reserva Federal de Chicago es fácil coincidir con numerosos discípulos de estos dos economistas con una impronta verdaderamente marcada. Alguno de los más destacados discípulos de Sargent se encuentra en España, como es el caso de Albert Marcet -a la sazón coautor del galardonado- en la Pompeu Fabra en Barcelona. Curiosamente, Sims es miembro del consejo permanente de la Barcelona Graduate School of Economics. Y muchos fueron los destacados economistas españoles y de todo el mundo que recordaron ayer que, por encima de todo, se trata de economistas con gran pasión por su trabajo y por una tarea que combina el conocimiento y la divulgación.

Santiago Carbó Valverde. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Granada y Consultor de la Chicago Fed.

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11 octubre, 2011 a las 7:06 am

¿Cheque en blanco?, de Julián Santamaría Ossorio en La Vanguardia

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SONDEO DE NOXA CONSULTING PARA “LA VANGUARDIA”

La inmensa mayoría de catalanes y españoles dan por hecha, a día de hoy, la victoria del PP el 20-N. A partir de las medidas impuestas por el Gobierno en mayo del 2010 para evitar un rescate a la griega se abrió una brecha de diez puntos a favor del PP. Me preguntaba entonces, como otros muchos, si el PSOE podría superar esa diferencia, si podría ayudarle la remodelación del Gobierno, la pasividad de la oposición, negándole su colaboración ante un problema de Estado, o cómo podrían incidir los resultados de las elecciones autonómicas o la desaparición de ETA, en caso de producirse. Mi respuesta era prudente: no es imposible, pero si muy improbable. Pensaba entonces como ahora que las elecciones se decidirían en función de la situación de la economía y el empleo sin que se percibieran señales de que pudieran mejorar mucho en el tiempo que quedaba.

El resto de los factores enunciados ha tenido escasa incidencia. Los efectos de la remodelación gubernamental fueron escasos y se agotaron pronto. La inhibición del PP no parece haberle perjudicado. Anulada en la práctica la capacidad de ETA, la preocupación por el terrorismo había pasado ya a segundo plano y el fin de la banda se da por descontado. El castigo que recibió el gobierno en las autonómicas y locales, no fue un simple desahogo, sino como una severísima sanción. Y, para rematar, la elección de Rubalcaba como candidato del PSOE coincidió con un verano caliente en que los mercados de la deuda arreciaron con mayor fuerza en España, Europa y EE. UU. dificultando aun más la fluidez del crédito y la inversión, y, por tanto, la recuperación de la actividad y el empleo.

Los datos de este estudio refuerzan aquella impresión y apuntan a una holgada mayoría del PP en una atmósfera de notable frustración ante la duración y los efectos de la crisis y de gran pesimismo respecto al futuro. El 95% de los entrevistados consideran la situación económica mala o muy mala tanto en Catalunya como en el resto de España. A corto plazo, sólo entre una cuarta y una quinta parte piensan que será mejor dentro de un año. A medio, seis de cada diez españoles y siete de cada diez catalanes entienden que la próxima generación vivirá peor que ellos. Cuesta imaginar un escenario más difícil para el PSOE. Quizá el de 1982 para la UCD, con la salvedad de que antes de aquellas elecciones la coalición había sufrido ya toda una serie de escisiones.

Cuando la situación económica y el desempleo han sido los temas centrales de esta legislatura, sobre ellos girará la campaña y el resultado final. Españoles y catalanes se muestran muy críticos con la gestión del gobierno. Se muestran también muy críticos, aunque algo menos, con lo que ha hecho el PP en la oposición, y aunque en Catalunya se invierten los términos y la valoración de la oposición es bastante más negativa que la del gobierno, también allí progresa el PP. Sí, es la economía. Esta vez no hay duda. Se hace responsable al Gobierno con independencia del carácter global de la crisis, se exonera por completo la falta de cooperación de sus adversarios y se renuncia incluso a conocer sus propuestas para superarla.

La idea de que las elecciones sirven para echar a los gobiernos está muy extendida desde los tiempos de Schumpeter y Popper y los estudiosos del comportamiento electoral la matizan señalando que eso es lo razonable si, además, se piensa que hay una alternativa que pueda hacerlo mejor. Parece ser el caso. Los entrevistados coinciden en que se puede recortar el déficit sin tocar la sanidad y la educación aunque haya que subir los impuestos, como defiende Rubalcaba, y rechazan la idea que sostiene Rajoy de que hay que bajar los impuestos para salir de la crisis. No se sabe mucho más de sus propuestas. Pese a ello y pese a valorar mejor a Rubalcaba, consideran, salvo en Catalunya, que Rajoy está mejor preparado para abordar esta tarea y lo prefieren como presidente. El bucle se cierra. La fe reemplaza a la esperanza y se entrega al PP un cheque casi en blanco.

Falta algo más de un mes para las elecciones. En el último año la ventaja del PP ha ido ensanchándose con algún repunte ocasional del PSOE que no llegó a consolidarse. Se ha visto a su electorado poco motivado en comparación con la euforia del electorado popular, aunque también es cierto que la lealtad de los viejos votantes socialistas a su partido ha ido en aumento en los últimos meses. La pregunta es si el PP llegará o no a la mayoría absoluta. La respuesta que ofrece este sondeo es que a día de hoy la sobrepasará ampliamente. Con todo, el reducido tamaño de la muestra sólo permite una aproximación al hacer el cálculo de los escaños que puede variar o no de forma sensible. La clave está en la diferencia en votos que separe a ambos partidos. A mayor distancia mayor ventaja y viceversa.

Por tanto, la pelota está en el campo del PSOE, en su mayor o menor capacidad para movilizar a su electorado potencial y evitar fugas a otros partidos. Tarea difícil porque el impulso del PP se extiende a territorios clave como Catalunya donde podría obtener su mejor resultado histórico convirtiéndose en la segunda fuerza política, mientras CiU ganaría uno o dos escaños, ICV mejoraría ligeramente y ERC retrocedería. El tamaño de la muestra hace muy difícil la estimación de votos y escaños de los partidos más pequeños no sólo en Catalunya sino también en el conjunto. Con todas las reservas, de confirmarse nuestros datos las elecciones supondrían un vuelco en el mapa parlamentario con una clara mayoría del PP, un notable retroceso del PSOE, más escaños para las minorías, la presencia de más partidos regionalistas y el acceso de Amaiur a la Cámara. Eso supondría una profunda alteración del formato y la dinámica del sistema de partidos que se había venido consolidando desde 1993, tendría profundas repercusiones en la vida política y, como en la legislatura 2000-04, reduciría a los partidos nacionalistas y regionalistas a un papel claramente subordinado.

Julián Santamaría Ossorio, Catedrático Emérito de la UCM y Presidente de NOXA Consulting.

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Introducido por Reggio

9 octubre, 2011 a las 7:11 am