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Chacón, atenta al futuro, formatea el último 12 de Octubre de Zapatero, de Enric Juliana en La Vanguardia

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LA CRÓNICA

La fiesta nacional española

El tiempo político discurre lentamente en dirección al 20 de noviembre y ayer el cortejo se detuvo en la estación del 12 de Octubre, fiesta nacional de España. Desfile militar con visibles notas de austeridad en la exhibición de ingenios mecanizados, cambio de ubicación de la tribuna para proteger al presidente del Gobierno de los abucheos y sobria audiencia en el Palacio Real con besamanos abreviado para no fatigar al Rey, recién operado en un pie. Jornada tranquila, jornada de espera, jornada austera, con aires de melancolía en la figura de José Luis Rodríguez Zapatero.

El cambio de ubicación de la tribuna de autoridades evitó el bochorno de años anteriores. En el 2004 -primer año del septenio de Zapatero- ya hubo pitidos. Glosados por la prensa opositora, subieron de tono en el 2005. Y así sucesivamente hasta que el año pasado ya se convirtieron en la nota dominante de la fiesta nacional española. Una costumbre. Un nuevo deporte madrileño. Un episodio galdosiano.

La ministra Carme Chacón, mujer siempre tenaz en la defensa de su papel y su territorio, ha querido que el último 12 de Octubre del PSOE renacido no tuviese como colofón una bronca monumental en el paseo de la Castellana. Zapatero regresará a León sin ese mal recuerdo. Zapatero lleva meses trabajando concienzudamente para garantizarse un retiro tranquilo en León.

Chacón ha protegido al presidente, en justa correspondencia por la ayuda que este le sigue prestando con vistas al futuro liderazgo del PSOE. Este año la tribuna de autoridades fue desplazada de la plaza de Lima (estadio Santiago Bernabeu) a la plaza de Neptuno, y se estableció una mayor distancia con el público. Resultado: una apreciable disminución del efecto bronca y una mayor y fatídica distancia escénica entre los políticos y la gente del común.

Chacón, verdaderamente hábil en el manejo de la agenda mediática, no desaprovechó en absoluto la jornada. En videoconferencia con las tropas desplazadas al exterior -la videoconferencia es una escenografía electrónica que siempre le sienta bien a los telediarios-, la ministra anunció el regreso a casa de los cuatro cazabombarderos F-18 que operaban en la base italiana de Decimomannu (Cerdeña) dentro de la misión de la OTAN de apoyo a los rebeldes libios. El coronel Gadafi ya ha caído y el país que contiene la mayor bolsa de hidrocarburos del Mediterráneo está entrando en una nueva e incierta fase. Francia y el Reino Unido van a ejercer la tutoría del nuevo poder y acaso cedan un cierto espacio de maniobra a Italia, antigua fuerza colonial en la Tripolitania, que en cuestión de semanas tuvo que pasar del apoyo a Gadafi al alineamiento con los rebeldes. En este episodio neocolonial -decisivo para la evolución del norte de África-, España apenas tiene papel. El Gobierno Zapatero, sin embargo, no podía rechazar la petición francesa y británica de una simbólica ayuda militar. Aunque los aviones españoles no han bombardeado Libia -siempre según el relato oficial-, han contribuido a dar un formato europeo a una operación de la que Alemania ha querido estar ausente.

Chacón interpretó ayer la más preciada partitura del zapaterismo: tocó retirada. Chicos, nos vamos a casa. Y adornó la jornada con reiterados mensajes de austeridad y recorte de gasto en los ejércitos. Maestría mediática en vísperas de una nueva movilización del 15-M.

Hace unas semanas, la ministra de Defensa cerraba con el secretario de Defensa de Estados Unidos, Leon Panetta, la incorporación de la base de Rota (Cádiz) al nuevo escudo antimisiles de la defensa occidental. Una decisión de gran calado estratégico que restablece la alianza preferencial de España con Estados Unidos y modifica el cuadro de relaciones con el Reino Unido (Gibraltar), Marruecos y Francia, sobre el telón de fondo de Ceuta y Melilla. Una jugada de ajedrez que no ha pasado por el Parlamento y en la que Chacón ha evitado la foto, ya que en ese cuadro no se tocaba retirada. El retrato se lo hizo Zapatero en el cuartel general de la OTAN en Bruselas, indicando así su deseo de seguir trabajando para que su amiga Carme sea la futura líder del PSOE.

En la tribuna de autoridades, Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy departieron durante varios minutos. Asuntos triviales, al parecer. Era visible en ambos el deseo de transmitir tranquilidad y sosiego. En la recepción, Zapatero no quiso hablar con la prensa. Esta vez no. Su esposa, Sonsoles Espinosa, le empujaba suavemente hacia la puerta. Melancólico, el presidente parecía compartir los deseos de su señora. Ya nos vamos yendo. Gravedad y tristeza entre los invitados socialistas; prudente preocupación entre los populares. Saben lo que les espera. María Dolores de Cospedal fue la dama más rutilante y sonriente de la jornada.

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13 octubre, 2011 a las 7:15 am

Seguridad y juego político, de Enrique Vega en Público

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El pasado 5 de octubre, el presidente del Gobierno anunció que la base naval de Rota acogerá, probablemente a partir de 2013, coincidiendo con el fin de la última prórroga del Convenio de Defensa hispano-estadounidense, ciertos elementos de la última versión (versión Administración Obama) del “escudo antimisiles” programado por Estados Unidos y asumido como “valor propio” por la OTAN en su último Concepto Estratégico de noviembre de 2010. Un anuncio que ha suscitado, como era previsible, comentarios a favor y en contra. Los partidarios centran sus argumentos en la seguridad que el escudo antimisiles proporcionará a Europa frente a ataques con misiles de gran alcance, ya que este es el objetivo del escudo: detectar e identificar la trayectoria de misiles para poder interceptarlos con otro misil antimisil antes de que llegue a su objetivo (supuestamente en Europa).

Pero, analicemos, ¿quién lanzaría esos misiles? Bueno, en primer lugar, podría pensarse en las grandes potencias nucleares que ya disponen de misiles capaces de alcanzar cualquier punto del planeta, Rusia y China, a quienes, sin embargo, se les está asegurando que no se está pensando en ellas. Pero que no por ello dejan de sentirse molestas ante lo que tiene todo el aspecto de ser una incitación a la carrera de armamentos tipo lanza-coraza (misil-misil contramisil en nuestros días).

En quien se dice que se está pensando es en potencias menores de alguna forma enfrentadas a Occidente y con programas nucleares y misilísticos en desarrollo. Irán y Corea del Norte en concreto. Países que, efectivamente, podrían ser capaces de amenazar con misiles, quizás incluso dotados de cabezas nucleares, a Europa. Sí, efectivamente, pero a largo plazo, quizás dentro de 15 o 20 años. Ahora bien, en temas de seguridad, ¿es útil prever a 15 o 20 años? ¿Sirvieron para algo las previsiones a 15 o 20 de los años sesenta y setenta para intuir la caída de la URSS? ¿Sirvieron para algo las previsiones a 15 o 20 años de los años ochenta después de la caída del muro de Berlín? ¿Sirvieron para algo las previsiones a 15 o 20 de los años noventa tras los atentados del 11 de septiembre de 2001? ¿Han servido para algo las previsiones a 15 o 20 años de la primera década del siglo XXI para entender por qué hay que estar retirándose de Irak y Afganistán sin haber alcanzado los objetivos que se pretendían? ¿No estaremos, una vez más, preparando una seguridad que no se va a corresponder con las necesidades del futuro? No, no parece convincente que sea la seguridad la que justifique el escudo. En todo caso, solamente lo racionaliza.

Entonces, si no es por seguridad, ¿en función de qué podemos entenderlo? En función del juego político. Desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos se rige por un principio: que no pueda aparecer en el mundo ninguna potencia o coalición de ellas que pueda retar su hegemonía militar. Y uno de sus instrumentos para conseguirlo es la tecnología, a cuya cabeza ya estaba tras el derrumbamiento de la URSS. Pero no sólo hay que seguir en cabeza, sino además arrastrar a las demás potencias por el camino de la carrera tecnológica (no necesariamente numérica) de armamentos, incitándolos permanentemente (por miedo a la excesiva distancia o en nombre de la alianza mutua) a gastar cada vez más y a resolver cada vez más por medios militares todo tipo de crisis. Un paradigma que le dio muy buen resultado frente a la Unión Soviética, especialmente tras el órdago lanzado por el presidente Reagan con su célebre Guerra de las Galaxias, de la que el escudo antimisiles actual de la Administración Obama no es sino su continuación a través del de la Administración Bush, con formas y presupuestos cada vez más realistas y, por tanto, con escudos cada vez más factibles.

¿Por qué entonces lo ha asumido también la OTAN? Por algo que yo llamaría “el síndrome del primo de Zumosol”, uno de los pilares en los que sigue sustentándose el vínculo o alianza trasatlántica entre Estados Unidos y Europa. Ya que las acciones de Estados Unidos para mantener su hegemonía militar benefician en términos generales a los países europeos, con la ventaja añadida de poder seguir representando el papel de poder blando basado en la influencia y la persuasión, mientras Estados Unidos juega el papel de Marte, más tendente a la acción violenta y al poder duro, dejémoslo que nos arrastre mientras siga llevando el peso principal, siga apareciendo como el gran imperialista y no nos exija por encima de ciertos límites.

Juntemos estos razonamientos y quizás podamos vislumbrar por qué España (podía haber sido otro país europeo cualquiera) se compromete a contribuir a un escudo sobre el que probablemente no va a tener ninguna capacidad de decisión y en el que ni siquiera va a poder participar a pesar de disponer de cuatro fragatas dotadas del sistema antiaéreo antimisiles Aegis. El mismo del que van a estar dotados los cuatro buques estadounidenses que se van a incorporar a Rota a lo largo de 2013 y 2014.

Enrique Vega. Analista de conflictos y su gestión internacional.

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Introducido por Reggio

12 octubre, 2011 a las 7:14 am

Del 15-M a la balística intercontinental, de Enric Juliana en La Vanguardia

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ANÁLISIS

El final de carrera de José Luis Rodríguez Zapatero es profundamente irónico, a la vez que muy aleccionador. Es un final de novela francesa. Es un remate digno de las Ilusiones perdidas de Balzac. Lucien de Rubempré regresa a su Angulema natal después de haber escalado París. Ha conocido el poder y ha acariciado la gloria. Ha engañado a unos y a otros. Ha dejado a muchos de sus amigos por el camino. Ha conocido los engranajes de la política burguesa y no ha hallado la manera de controlarlos.

Es imposible controlarlos. El sistema ha podido con él. Apenas ha logrado sobrevivir a los vértigos de una ciudad implacable con el hombre de provincias. “En vez de matarme, he vendido mi vida. Ya no me pertenezco; más que el secretario de un diplomático español, soy su criatura”, dice Lucien al final de la novela.

Rodríguez Zapatero regresa a su ciudad sin la tristeza de Rubempré en Angulema. Regresa a las callejuelas del Barrio Húmedo de León con la sonrisa incólume.

Sonríe, sonríe, sonríe. Todo el andamiaje político e ideológico con el que logró convencer a media España -y a algunos europeos- de que un nuevo tiempo había comenzado se ha venido abajo y él sonríe. Sonríe, sonríe, sonríe.

Estos días hay muchas chanzas a propósito del último golpe escénico del zapaterismo: ese viaje al cuartel general de la OTAN en Bruselas para aceptar el despliegue del escudo antimisiles de Estados Unidos en la base aeronaval de Rota. Sarcasmo y amargura en la casa de las izquierdas. Un final cómico y humillante en opinión del periodismo que necesita creer en los milagros: anteayer, ZP; ayer, san Martín de Porres-Obama; hoy, el movimiento de los indignados…

El sarcasmo es fácil.

El hombre que en el desfile del 12 de Octubre del 2003 permaneció sentado ante la bandera norteamericana, acepta, sin debate previo, la instalación en territorio español del más moderno sistema balístico de la primera potencia del mundo. Hace un mes, el republicanista Zapatero activó la reforma exprés de la Constitución, mofándose de quienes le habían dado apoyo en el Parlamento en horas díficiles. (Esos pérfidos nacionalistas catalanes que ahora, extraviados también ellos en un raro bucle, se mofan de los andaluces, recortan a destajo y se lo gastan todo en Aromas de Montserrat y promoción del catalán). Rubempré regresa a casa después de haber regalado los oídos a José María Aznar en ese café en la Moncloa en el que -a finales de julio- le prometió abogar por la gran entente nacional PP-PSOE. No hay que ser muy perspicaz para entender su juego. Repudiado por el mayor diario de centroizquierda del país, obligado por su partido a adelantar las elecciones bajo la amenaza de congreso extraordinario y aborrecido por más de media España, ha decidido suscribir unas cuantas pólizas de seguro. Sabe muy bien qué final pueden tener los débiles en España.

Sabe cómo funcionan los crueles engranajes en fase de desbandada -fíjate en la emboscada que le acaban de tender a José Blanco- y desea vivir tranquilo en León. Ha puesto todo su talento táctico al servicio de una retirada segura y ordenada. Le respetarán.

El despliegue del escudo antimisiles en Rota es muy importante en términos militares y políticos. Resuelve un problema urgente de Estados Unidos y revaloriza la posición geostratégica del sur de España ante Gran Bretaña (Gibraltar), Marruecos y Francia. Y alegrará la vida gaditana, muy castigada por el paro. En marzo del 2012, el PSOE se jugará la existencia en las elecciones de Andalucía.

El último golpe de escena de Zapatero ha provocado hilaridad, pero es uno de los giros tácticos más inteligentes de Rubempré. Perdida la batalla y la fama, se protege él, refuerza a España ante Washington en plena pesadilla financiera, y ofrece un as a la mujer que quisiera ver al frente del PSOE. La ministra de Defensa ha evitado la foto en el cuartel de la OTAN, pero es partícipe del pacto con los americanos. Personaje stendhaliano -Julien Sorel en femenino-, Carme Chacón alimenta sus bazas. Espera, aguarda, cuida el mohín y ejecuta la última gran pirueta del socialismo mediático: de día adula al 15-M, de noche engarza misiles intercontinentales.

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Introducido por Reggio

10 octubre, 2011 a las 7:16 am

Deuda y guerra, de Michael Hudson en SinPermiso (07/08/11)

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Empecemos por la cuestión más obvia: si los gobiernos incurren en deudas en el proceso de ejecución de programas ya aprobados por el Congreso, ¿por qué debería el Congreso disponer de una opción adicional –negarse a levantar el techo de endeudamiento— para frenar al gobierno en su tarea de poner por obra esos gastos parlamentariamente autorizados?

La respuesta es evidente, cuando se atiende a la historia de la introducción de este control suplementario en casi todos los países del mundo. A lo largo de la historia moderna, la guerra ha sido la causa principal del crecimiento de la deuda nacional. El grueso de los Estados operan en equilibrio fiscal durante los tiempos de paz, financiando su gasto y su inversión a través de impuestos y de tasas cargadas a los usuarios de servicios públicos. Las emergencias bélicas empujan ese equilibrio hacia el déficit; a veces, para guerras defensivas; a veces, para llevar a cabo agresiones.

En Europa, los controles parlamentarios del gasto público se concibieron para prevenir las declaraciones de guerra dimanantes de la ambición de los poderosos. Tal fue el gran argumento de Adam Smith contra la deuda pública: pretendía que las guerras se financiaran pagándolas al contado. Escribió que si la gente percibía inmediatamente el impacto económico de la guerra –amortiguado y pospuesto por los empréstitos—, estaría menos inclinada a apoyar aventuras militares.

No ha sido esa, obvio es decirlo, la posición del Tea Party; ni la de los Republicanos. Lo que hace tan llamativa la crisis del techo de deuda del pasado 2 de agosto en los EEUU es su aparente disociación respecto del gasto bélico. Es verdad que más de un tercio (350 mil millones de dólares) de los 917 mil millones de recortes del gasto corriente son para partidas del Pentágono. Pero eso simplemente desacelera la notoria escalada de la tasa de gasto militar acontecida entre Irak y Afganistán y Libia.

La cosa resulta aún más llamativa, habida cuenta de que el mes pasado el congresista Demócrata Dennis Kucinich y el congresista Republicano Ron Paul trataron de obligar al presidente Obama a prestar obediencia a las condiciones establecidas por la Ley de Poderes de Guerra y pedir al Congreso la aprobación de su guerra en Libia, según es preceptivo cuando una intervención bélica dura más de tres meses. Ese intento de someter al Estado de Derecho a la presidencia imperial resultó infructuoso. Obama replicó que bombardear a un país no era un acto de guerra. Sería una guerra, sólo si hubiera soldados muertos. El bombardeo de Libia se hacía desde el aire, a larga distancia, y tal vez con vehículos aéreos no tripulados. De modo que una guerra incruenta –incruenta para el agresor, claro— no sería propiamente una guerra.

Para este tipo de situaciones fue precisamente introducida la normativa del techo de deuda en 1917. El presidente Wilson había metido a los EEUU en la Gran Guerra, rompiendo su promesa electoral de no hacerlo. Los aislacionistas en los EEUU buscaron limitar el compromiso bélico norteamericanos imponiendo la necesidad de supervisión y aprobación por parte del Congreso del techo de deuda. Esa salvaguarda, huelga decirlo, fue concebida para ser usada contra el gasto discrecional que se daba sin aprobación del Congreso.

El actual incremento de la deuda del Tesoro estadounidense resulta de dos formas de acción bélica. La primera, abiertamente militar, es la guerra del petróleo librada en el Oriente Próximo, desde Irak y Afganistán (Oleoductistán) hasta la Libia rica en crudo; esas aventuras terminarán costando entre 3 y 5 billones de dólares. La segunda forma, harto más cara, es la guerra, más encubierta y más costosa, que Wall Street está librando contra el resto de la economía, exigiendo que las pérdidas de los bancos y de las entidades financieras pasen directamente al debe de la contabilidad pública (al “contribuyente”). Los rescates y la “barra libre” para Wall Street –no por casualidad, la principal fuente de financiación de las campañas electorales de los congresistas— cuesta 13 billones de dólares.

Resulta asombroso que, en el asunto del techo de deuda, Obama se centre principalmente en alertar de que habrá que recortar la financiación de la Seguridad Social, además de la de Medicare y otros programas sociales. A pesar de ser público y notorio que las cotizaciones federales deducidas de los salarios han venido invirtiéndose regularmente en títulos del Tesoro durante más de medio siglo, Obama ha llegado incluso a decir que el gobierno norteamericano podría dejar de pagar esta misma semana los cheques de la Seguridad Social.

En las democracias opera un doble rasero radical. Los inversores de Wall Street no tienen, ciertamente, esa inquietud. En efecto, las tasas de interés que rinden los bonos del Tesoro a largo plazo han bajado este último mes, y especialmente esta última semana. Eso quiere obviamente decir que los tenedores institucionales de deuda pública esperan cobrar. ¿Sólo los ahorradores de la Seguridad Social tenían que temer, o es que acaso pretendía Obama amedrentarles para presentarse a sí mismo como el héroe que viene en rescate de su Seguridad Social logrando el Gran Acuerdo en el Congreso?

Wall Street estaba en lo cierto. No había una crisis real. La autorización para levantar el techo de deuda no es la ocasión adecuada para debatir la política fiscal a largo plazo. Desde 1962 –precisamente cuando la Guerra de Vietnam empezaba su escalada—, se ha levantado 74 veces. Esto es, un promedio de una vez cada ocho meses. Es como ir al notario público: sólo para garantizar que el presidente no está haciendo algo mal. El señor Obama podría haber solicitado un voto limitado sólo a eso, sin restricciones. Nunca antes se habían incluido restricciones así. Y aún más llamativo: no hubo el menor intento de imponer una restricción para que la administración Obama no gastara más fondos en Libia sin obtener antes del Congreso una declaración oficial de guerra.

Obama habría podido invocar la 14ª Enmienda para pagar. Habría podido hacer suya la propuesta de Scott Fullwiler y otros economistas de la Universidad de Kansas para que el Tesoro emitiera unos cuantas monedas por valor de 1 billón de dólares y pagar a la Fed por los títulos del Tesoro. Pero no; el señor Obama se tiró de cabeza al ruedo, y entró en el debate sobre cómo recortar la Seguridad Social y Medicaire en el fragor de la guerra de clases que se está librando en EEUU, evitando el debate sobre la extensión de la guerra del petróleo al África septentrional.

La primera gran victoria obtenida por el sector financiero en la guerra de clases que se libra sobre suelo norteamericano fueron los recortes fiscales “temporales” a los ricos bajo la administración Bush. Obama no ha rectificado esa agresión, a fin de restaurar el equilibrio presupuestario. No se han abolido los recortes fiscales a los archiricos; no se han cegado los agujeros fiscales. El fardo del reequilibrio presupuestario se ha cargado sobre las espaldas de lo que constituyen las propias bases sociales del Partido Demócrata: trabajadores urbanos, minorías raciales y étnicas, los litorales del Este y el Oeste. Y sin embargo, los Demócratas se partieron por la mitad (95 a 95) en el voto para levantar el techo de deuda yugulando el gasto social del que es beneficiario principal el grueso de su electorado.

Su electorado, no los financiadores de sus campañas electorales. Tal parece la clave explicativa del modo en que se ha desarrollado la crisis de la deuda. Aun cuando se dio una resuelta oposición de destacados Demócratas (como Maxine Walters Waters, Dennis Kucinich, Henry Waxman, Barney Frank, Edolphus Towns, Charles Rangel y Jerrold Nadler) y de algunos Republicanos [cercanos al Tea Party] (como Ron Paul, Michele Bachmann y Ben Quayle), lo cierto es que el grueso de la oposición por principios vino del lado de los Republicanos tradicionales. Paul Craig Roberts, el antiguo asesor del Secretario del Tesoro de Reagan, criticó el acuerdo como excesivamente derechista y a tal punto favorable a los ricos, que amenazaría con llevarnos derechamente a la depresión económica.

La esencia de la economía clásica de mercado libre era la restricción del poder ejecutivo, en una época en que el poder para declarar la guerra constituía la mayor amenaza para los intereses nacionales. Así como las cámaras bajas de las legislaturas bicamerales se hicieron con el poder para comprometer a las naciones con una deuda nacional permanente –antes del siglo XVI, las deudas reales morían con el monarca que las había contraído—, así también los parlamentos afirmaron su derecho a bloquear las actividades bélicas.

Pero ahora que las finanzas constituyen la nueva forma de librar guerras –internamente, no en el exterior—, ¿dónde está el poder capaz de restringir el poder del Tesoro y de la Reserva Federal para obligar a los contribuyentes a rescatar los intereses financieros enquistados en la cúspide de la pirámide económica? La Fed y otros bancos centrales se jactan de que su “independencia” es un “hito de la democracia”. Lo que parece es más bien un jalón en la transición hacia una oligarquía financiera. Y ahora que las finanzas se han amalgamado con la industria petrolera y con los grandes monopolios y los privatizadores del dominio público, la necesidad de algún tipo de supervisión parlamentaria  resulta tan perentoria como lo fue en su día la del poder de los parlamentos sobre el gasto militar.

En el debate sobre el techo de deuda no se oyó la menor alusión a este principio básico. Hasta los críticos  que votaron a favor con la nariz ostensiblemente tapada –para dar plausibilidad a las previsibles críticas que oportunamente se reservan para la siguiente campaña electoral—, hasta éstos actuaron como si estuvieran salvando a la economía. La cruda realidad es que ahora hay menos esperanzas de reconstrucción de la infraestructura, una de las promesas del presidente. Los recortes en el reparto de los ingresos federales serán un duro golpe para los estados y los municipios, y los obligarán a vender todavía más suelo y más carreteras y a poner en almoneda otros activos en el dominio público, a fin de poder equilibrar el presupuesto mientras la economía de los EEUU sigue hundiéndose en la depresión. Lo único que ha hecho el Congreso es añadir deflación fiscal a la deflación por sobreendeudamiento, debilitando todavía más el empleo.

¿Cómo explicarán todo esto en las elecciones de noviembre de 2012?

Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.

Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella

New Economic Perspectives, 3 agosto 2011

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Introducido por Reggio

7 agosto, 2011 a las 7:03 am

Afganistán: solución política (y 2), de Fawaz A. Gerges en La Vanguardia

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Al anunciar una retirada sustancial  de tropas estadounidenses de Afganistán, el presidente Obama ha acabado por reconocer que los talibanes afganos no pueden ser derrotados en el plano militar y que la única forma de salir de los campos de la muerte de Afganistán consiste en una solución política con la participación de los talibanes.

Pese a sucesivas negaciones y afirmaciones de las autoridades estadounidenses en el sentido de que la suerte en el plano militar se ha vuelto en contra de los talibanes, el caso es que la evaluación de los hechos por parte de los servicios de inteligencia estadounidenses arroja un sombrío panorama de la guerra afgana que ha venido a contradecir al presidente Obama y al ya ex secretario de Defensa, Robert Gates.

El nuevo cambio en la estrategia estadounidense da cuenta de una cruda realidad: no hay solución militar a la contienda civil en Afganistán.

Aunque los mandos militares estadounidenses informan de limitados progresos en sus operaciones contra los talibanes, diciendo que se ha producido un cambio importante favorable a la coalición de la OTAN, especialmente en las provincias de Helmand y Kandahar, concluyen que no hay posibilidad de que los talibanes sean derrotados. En todo caso -añaden-, sólo debilitados y privados de la fuerza necesaria para apoderarse del país.

Las fuerzas de la coalición han infligido importantes pérdidas a los talibanes, sobre todo a nivel de sus mandos intermedios y lugartenientes de campo. Las incursiones nocturnas de las fuerzas especiales estadounidenses han causado notables bajas entre los mandos talibanes.

Desde el punto de vista táctico, Estados Unidos ha ganado la guerra. Desde el punto de vista estratégico, los talibanes siguen siendo una fuerza temible, pues son una especie de ejército campesino que libra una guerra de tipo asimétrico que sigue contando con un respaldo considerable en el seno del país.

Informes diplomáticos sobre la estrategia estadounidense en Afganistán filtrados durante los últimos años trazan un panorama aún más sombrío de un país desgarrado por la guerra. De forma reiterada, el anterior embajador de Estados Unidos en Afganistán, Karl W. Eikenberry (sustituido recientemente por Obama), lamentó la dificultad de alcanzar un nivel de éxito continuado contra la insurgencia y la corrupción dominante al más alto nivel del régimen afgano, describiendo al presidente Hamid Karzai como figura errática, paranoide y escasamente fiable.

Aunque el presidente Obama y sus mandos militares afirman que han quebrantado el ímpetu talibán, los documentos clasificados muestran a las claras la sensación de inutilidad y renuncia de las autoridades estadounidenses. En una valoración de la situación en que daba cuenta de la preocupación por los resultados de la ofensiva de la coalición en la provincia sureña de Kandahar, el embajador Eikenberry concluía: “Prescindiendo del grado de eficacia de nuestra acción militar, los insurgentes ocuparán prontamente cualquier vacío de gobierno; además, sin atribuciones políticas, un éxito de la contrainsurgencia, por ejemplo, no pasará de ser un esfuerzo como los anteriores sin mayores consecuencias”.

Irónicamente, pruebas fehacientes indican que la política interna estadounidense, así como los condicionantes ideológicos e institucionales, jugaron un papel clave en la decisión del presidente Obama de ordenar un envío adicional de tropas en el 2009. Cabe citar al respecto el afán de Obama por mantener su promesa de la campaña presidencial, la deferencia hacia los puntos de vista de los militares en el sentido de que la reducción de efectivos equivalía a una pérdida de prestigio estadounidense y el caso omiso prestado a los consejos de asesores y expertos.

Actualmente, Obama intenta dar fin al costoso compromiso de Estados Unidos en Afganistán -que ya es el más dilatado de la historia de Estados Unidos-, un compromiso que ha eclipsado el de la aventura de la Unión Soviética en el área. La sociedad estadounidense ha reaccionado contra la guerra optando en este caso por ir en contra de la base progresista de Obama. Los costes anuales de la guerra de Afganistán superan los cien millardos de dólares, una enorme suma tratándose de un país que hace frente una grave crisis económica. En Estados Unidos, todas las políticas presentan una vertiente local. La decisión de Obama de empezar a reducir tropas pretende enviar un claro mensaje a sus bases y a la sociedad estadounidense en general en el sentido de que escucha su voz. Una guerra impopular representa un caso de responsabilidad en el caso de un presidente como Obama, que piensa en un segundo mandato.

El plan de Obama y de sus generales consiste en confiar en incursiones de fuerzas especiales para seguir desequilibrando a las fuerzas talibanes, matar y capturar a sus mandos y debilitar su capacidad de ataque. Las operaciones de fuerzas especiales se han desplegado ampliamente y han aumentado enormemente (alrededor de trescientas al mes). Los ataques de aeronaves no tripuladas se despliegan asimismo ampliamente, en mayor medida en Pakistán que en Afganistán. Aunque técnicamente eficaces, tales tácticas no dejan de ser polémicas tanto política como moralmente. Las incursiones y los ataques provocan numerosas víctimas civiles, quebrantan la inviolabilidad de viviendas y dormitorios y provocan la antipatía de la misma sociedad que Estados Unidos trata de ganarse; son un arma de doble filo que, a largo plazo, más que ayudar perjudica.

Otro ingrediente de la política estadounidense consiste en confiar en los señores de la guerra y jefes tribales para impedir el regreso y el resurgimiento de los talibanes. Tal método socava la autoridad central de las instituciones del Estado y la cohesión del propio país afgano. Evidentemente, Estados Unidos parece haber renunciado al fomento y promoción de la democracia en este país desgarrado por la guerra, un testimonio de los límites de la potencia estadounidense y de la intervención extranjera.

La reconciliación y estabilidad en Afganistán exigen la conclusión de un acuerdo político extensivo a toda la región, que atienda adecuadamente los legítimos motivos de agravio de las comunidades tribales y su sentimiento nacionalista islámico, como también las preocupaciones geoestratégicas de Pakistán, Irán e India. Los observadores coinciden también en afirmar que la reforma del sistema político y legal, junto con la integración de la región tribal en un contexto más amplio y el levantamiento de la población de su situación de extrema pobreza, es esencial para alcanzar una paz duradera. A menos que la coalición occidental invierta en las áreas tribales y proteja a la población civil – y hasta que lo haga-, los talibanes seguirán aprovechando los aspectos vulnerables de los pastunes e imponiendo su propio sistema extremista.

Un acuerdo negociado con las tribus pastunes (susceptible de llevar a los talibanes al seno del gobierno) abocaría muy probablemente a la expulsión de militantes extranjeros del área e incluso de elementos talibanes extremistas. El caso de Iraq es intructivo al respecto. El desafío estriba en dar una genuina opción a las tribus pastunes en el marco político y económico y en ganar sus espíritus y corazones.

Es de esperar que el término de la guerra estadounidense en Afganistán permita a los distintos grupos y comunidades en conflicto dar comienzo a la difícil tarea de poner su casa en orden. Una tarea, ciertamente, plena de riesgos y, también, de oportunidades.

Fawaz A. Gerges, director del Centro de Estudios sobre Oriente Medio de la London School of Economics.

Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa.

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Introducido por Reggio

28 julio, 2011 a las 7:16 am

Afganistán: estrategia errónea (1), de Fawaz A. Gerges en La Vanguardia

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TRIBUNA

En el discurso de junio en que anunciaba una retirada sustancial de tropas estadounidenses de Afganistán, Obama dijo que EE.UU. había logrado en gran medida sus objetivos en Afganistán. “Cuando anuncié en West Point –dijo– el envío adicional de 30.000 soldados a Afganistán en diciembre del 2009, fijamos unos objetivos claros: volver a centrarnos en Al Qaeda, lograr dar marcha atrás al ímpetu de los talibanes y entrenar a las fuerzas de seguridad afganas para defender su propio país… Esta noche puedo decirles que estamos cumpliendo este compromiso… estamos cumpliendo nuestros objetivos”. Obama ha reconocido implícitamente que la estrategia de EE.UU. es equivocada por estar basada en dos premisas falsas: 1) que los talibanes afganos y Al Qaeda actúan máso menos como una entidad única, 2) que los talibanes pueden ser derrotados militarmente, además de otra premisa implícita relacionada con el carácter indispensable del poder estadounidense para promover la democracia en un país. Empecemos con la relación entre los talibanes afganos y Al Qaeda. Uno de los principales motivos impulsores del envío adicional de soldados estadounidenses fue que la política exterior de Obama veía a los talibanes a través de la lente de Al Qaeda y de la guerra mundial contra el terrorismo. Sin embargo, uno de los principales objetivos del movimiento talibán afgano es salir de la lista de individuos y organizaciones terroristas y obtener el reconocimiento internacional como fuerza legítima de carácter nacional islamista. El conflicto en Afganistán es mucho más amplio y complejo de lo que puede ser una entidad llamada Al Qaeda; por el contrario, implica una temible coalición de tribus pastunesyunmovimiento islamista no alineado, contrarios a la que consideran (con razón o sin ella) como una amenaza extranjera a su identidad y forma de vida. Cabe razonar, por ejemplo, que los talibanes son un “ejército campesino” del lado afgano. La guerra ha atraído a cientos de militantes islámicos de Cachemira, del mundo árabe e incluso de Asia central. Al Qaeda es prácticamente un elemento muy reducido de esta coalición (hay de veinte a cincuenta agentes operativos de Al Qaeda en Afganistán), una especie de efecto secundario. Los de veinte a cincuenta agentes operativos de Al Qaeda en Afganistán no pueden impulsar, y menos aún encabezar, una insurgencia potente, pese a todas las especulaciones que dicen que Al Qaeda puede multiplicar determinadas fuerzas sobre el terreno. Como ya se ha dicho, han dejado claro que no son menester combatientes extranjeros porque ya disponen de ellos en abundancia. En los últimos tres o cuatro años, los talibanes afganos casi han cuadruplicado su número, pasando de 7.000 a más de 25.000 efectivos, según los servicios de inteligencia de EE.UU.; han ganado más adeptos entre las tribus pastunes, mayoría en Afganistán, así como entre otros grupos étnicos en el norte, como los uzbekos y tayikos, que también se sienten ofendidos por la presencia de tropas extranjeras en su país. Sin embargo, Obama presentó su decisión de desplegar el envío de un contingente adicional de 30.000 soldados e infantes de Marina a principios del 2010 (lo que ha aumentado el número de soldados estadounidenses en Afganistán a cerca de 100.000) como una iniciativa necesaria en el plano de la propia realidad interna, la de proteger a los ciudadanos estadounidenses de los ataques de Al Qaeda. Como en el caso de la guerra de Iraq, el envío adicional de tropasaAfganistán se presenta como una actuación consistente en llevar la batalla a campo enemigo en lugar de ser atacado en su casa. Pero el envío adicional guarda mayor relación con un movimiento talibán en auge que con un declive de Al Qaeda e intenta socavar el impulso talibán, apartarlo de Al Qaeda y dividirlo en partes más manejables para facilitar un acuerdo político. No obstante, en sus discursos a las tropas en casa y en Afganistán, Obama equiparó a los talibanes con Al Qaeda. Existen menores vínculos operativos entre los talibanes en Afganistán y algunos agentes operativos de Al Qaeda, que aportan iniciativas e instrucción sobre la fabricación de artefactos explosivos y su colocación en las cunetas de las carreteras. Los talibanes afganos han sabido distinguirse de los de Al Qaeda y de los talibanes pakistaníes, aunque en la práctica no siempre siguen las directrices emitidas por los líderes. El mulá Omar es más moderado que otros elementos talibanes (hecho que muchos lectores encontrarán difícil de creer) como el mulá Dadullah actualmente fallecido, de Quetta Shura, pionero en ataques suicidas en Afganistán. Por tanto, resulta erróneo meter en el mismo sacoaAl Qaeda, grupo transnacional y fuerza yihadista sin fronteras que lleva a cabo una campaña terrorista en todo el mundo, y a los talibanes, insurgencia local, nacionalista e islamista cuyo punto de mira siempre ha sido el frente afgano. Algunos elementos talibanes coquetean con Al Qaeda pero el relativo consenso entre los especialistas en los talibanes indica que si los talibanes regresan a Afganistán de un modouotro, lo más probable es que traten de expulsar a Al Qaeda de su país. No nos equivoquemos: los pastunes no sienten aprecio por Al Qaeda, que llevó el desastre a los talibanes cuando dieron cobijo a Al Qaeda en la década de 1990. Según Douglas Saunders del diario canadiense Globe and Mail, elmulá Omar sigue siendo “muy contrario” a Al Qaeda y la mayoría de mandos aliados en Afganistán con los que ha conversado Saunders consideran “muy improbable” que Al Qaeda pueda establecer una base allí incluso si los talibanes se apoderan del terreno. Richard Barrett, destacado especialista en Afganistán, dice de los talibanes: “No quieren que Al Qaeda merodee por allí”. Tal conclusión quedaba afirmada implícitamente por el mulá Mohammed Tayyab Agha, jefe de la dirección político talibán, en una entrevista publicada por el diario panárabe Al Hayat, con sede en Londres: “El mundo debe reconocernos antes de pedirnos que nos comprometamos a algo”. El actual matrimonio de conveniencia entre los combatientes talibanes y los operativos de Al Qaeda se mantendrá mientras Occidente les confunda y mezcle y libre una guerra total contra ellos. Pero los talibanes en Afganistán observan a Al Qaeda cual espada sobre su cabeza, según fuentes cercanas a los talibanes. La clave estriba en que Occidente no confunda a los talibanes y a los pastunes con Al Qaeda, sino que intente distinguirlos, como hizo con los miembros de una tribu iraquí suní en Anbar. Si hay alguien que conozca el estadode las relaciones entre los talibanes y Al Qaeda en el pasado y el presente es Abu al-Walid al-Masri, figura legendaria entre los árabes afganos y primer extranjero en jurar fidelidad al mulá Omar en los años noventa. En una entrevista on line con el australiano Masri –que trabajó estrechamente con Omar y otros jefes talibanes y era próximo aBin Laden y a sus seguidores–, dijo que las diferencias entre Al Qaeda y los talibanes son ahora mayores que antes de la invasión estadounidense de Afganistán en el 2001. Es rotundo: los talibanes ya no acogerán positivamente a Al Qaeda, que les apuñaló por la espalda en Afganistán. Según Masri, el retorno de Al Qaeda a Afganistán pondría en peligro el futuro régimen de los talibanes, porque “la mayoría de la población está en contra de Al Qaeda”. La muerte de Bin Laden en Pakistán aporta otro motivo para que los talibanes se distancien de Al Qaeda, aunque sería vano y estéril esperar que Omar y sus seguidores se desvincularan formalmente de los árabes afganos. La muerte de Bin Laden proporcionó a Obama un precioso capital político y lepermitió iniciar el proceso de retirada de tropas estadounidenses de los campos de la muerte de Afganistán. “Estamos iniciando esta retirada desde una posición de fuerza”, dijo Obama a la sociedad estadounidense en un discurso desde la sala Este de la Casa Blanca en junio. “Al Qaeda está más presionada que en cualquier momento desde el 11-S”. Obama dijo que una intensa campaña militar había paralizado la primitiva red de Al Qaeda en la región, dejando a sus líderes muertos o huidos en la escarpada frontera entre Pakistán y Afganistán.

Fawaz A. Gerges, director del Centro de Estudios sobre Oriente Medio de la London School of Economics.

Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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27 julio, 2011 a las 7:16 am

Reforma en el limbo, de Florentino Felgueroso en Expansión

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TRIBUNA

La reforma laboral está otra vez en el limbo. Acaba de cumplir su primer año con el reconocimiento tácito del Gobierno de que no ha sido eficaz. También ha pasado el plazo para regular la introducción del fondo de capitalización a la austriaca para completarla, y el Gobierno da marcha atrás. Resultaría muy costoso, no es asumible ahora. Culmina así esta no-reforma laboral, como las anteriores, con una huida hacia adelante. Vuelta a empezar. ¿Cogerá el próximo Gobierno el toro por los cuernos? Cuidado con la tentación. Soluciones como el contrato fijo con 20 días de indemnización que pide CEOE, y coexistiría con los contratos temporales, tampoco resolverían los problemas más flagrantes de nuestro mercado de trabajo.

La excesiva rotación laboral que tanto daño hace a la economía no se debe sólo a la estacionalidad, sino a las tasas de separación por no renovación entre los trabajadores que ya llevan años en sus empresas. La dualidad seguirá incentivada por ley mientras los contratos tengan una duración determinada y distintas indemnizaciones por despido. Esta dualidad sólo se puede resolver eliminando los contratos temporales y creando un único contrato con indemnización creciente por antigüedad. En segundo lugar, España se caracteriza por la aplicación de la regla del LIFO (último entrante, primero en salir). Eso explica la especial incidencia de la crisis sobre los más jóvenes. Un modelo contractual en el que los aumentos de las indemnizaciones por despido se sigan concentrando en un único salto no resolvería el problema. Complementariamente, el problema puede moderarse implementando un fondo a la austriaca. Es decir, si una parte de la indemnización se ha ido pagando antes de que llegue el momento de ajustar la plantilla, el coste marginal del despido se reduce para todas las edades, y no sólo para los más jóvenes.

En estos momentos, de mayor necesidad de reasignación de los recursos para cambiar de modelo productivo, debería pensarse cómo incentivar la movilidad voluntaria. El actual modelo de indemnizaciones por despido la limita, impidiendo su portabilidad cuando a otras empresas. Esta sería otra ventaja, quizás la más conocida del modelo austriaco, otro motivo para incorporarlo a nuestro modelo contractual. La propuesta de CEOE no resuelve ninguno de estos problemas. Sólo un modelo como el propuesto por Fedea (en el “Manifiesto de los 100″) que combine un contrato único con indemnizaciones crecientes con la antigüedad completado con un fondo de capitalización a la austriaca podría hacer frente a estos tres problemas. Y, contrariamente a los cálculos realizados por el Gobierno, esta solución no tiene por qué resultar mucho más costosa que el sistema actual.

Florentino Felgueroso. Universidad de Oviedo y Fedea. En colaboración con José Ignacio Conde-Ruiz (Universidad Complutense y Fedea) y José Ignacio García-Pérez (UPO).

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7 julio, 2011 a las 7:07 am

La estrategia española de Seguridad, de Araceli Mangas Martín en El Mundo

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TRIBUNA: DEFENSA DE LA NACIÓN

La autora analiza el documento del Gobierno sobre los riesgos y amenazas exteriores e interiores de nuestro país. Cree que, al margen de tópicos y vaguedades, el texto carece de un análisis serio sobre el potencial desafío marroquí.

El Consejo de Ministros aprobó la semana pasada el texto de la primera Estrategia Española de Seguridad (EES). Desde hace algunos años, Estados del entorno europeo, siguiendo la estela de EEUU, han llevado a cabo procesos de reflexión sobre los objetivos y valores a defender, las amenazas y riesgos y las consiguientes acciones y respuestas. En estos análisis se tiene en cuenta el conjunto de circunstancias (enfoque integrado) que afectan tanto a la sociedad como al Estado mismo, y se intenta dar una visión multinivel, integrada y global de las amenazas y riesgos, así como sobre las capacidades de respuesta y procedimientos de gestión previstos, coordinados y dirigidos al más alto nivel político.

La seguridad, interior y exterior, no se limita a la perspectiva desde la política exterior y, especialmente, de defensa. Hace ya décadas que los Estados más desarrollados y democráticos han hecho una aproximación a la seguridad de forma más indirecta, participativa y compleja, sin circunscribirla a la defensa militar. Nuestros propios soldados vienen sosteniendo desde finales de los años 80 que la seguridad es una responsabilidad de toda la sociedad y de todo el Estado. Muchos de los contenidos del texto de la EES ya se han podido ver o escuchar en diferentes informes y discursos, o en análisis de especialistas académicos. Pero el valor del documento es que lo hace suyo el Gobierno de la Nación y después, previsiblemente, las Cortes, tras la remisión para su debate. No descubre nada nuevo para los analistas, pero ya no estamos ante una opinión particular sino ante la posición oficial del Estado en su conjunto.

El documento dedica casi más espacio a la descripción de los escenarios de las relaciones exteriores de España que a su seguridad. Se hace un relato del estado de nuestras relaciones con la UE, EEUU, Rusia, Iberoamérica, la «vecindad del Sur» (para no mencionar a Marruecos…)… A este voluminoso documento de casi 100 páginas le sobran, al menos, un tercio por impropias, tópicas y superficiales, y las restantes merecen un análisis crítico.

La EES identifica de forma obvia los intereses españoles de seguridad: por un lado, la protección de la vida, la libertad, la democracia, el bienestar y el desarrollo de sus nacionales y, en general, de sus habitantes. Y, por otro, la protección de la soberanía, la independencia e integridad territorial, el ordenamiento constitucional y la seguridad económica de España. La protección de los españoles conlleva el compromiso de su tutela en el extranjero (por ejemplo, en este momento, los intereses comerciales y pesqueros en el Océano Índico o en el Golfo de Guinea), como es práctica habitual de los Estados desde hace varios siglos.

La red de compromisos multilaterales es un factor de seguridad internacional para todos. Las dos grandes guerras están relacionadas con la escasez de organizaciones internacionales a principios del siglo XX frente a la red tejida después de 1945. El multilateralismo contribuye de forma eficaz a la estabilidad y seguridad de las relaciones pacíficas entre los Estados. El marco internacional en el que se inscribe España es un medio para la protección y proyección de nuestros intereses. El hecho de que España sea miembro de la ONU (y de sus organismos especializados), de la OSCE (Organización transatlántica para la seguridad y cooperación en Europa), de la organización militar OTAN y de la UE, hace más creíble nuestra seguridad para los terceros y las potenciales amenazas (…siempre que no procedan del «vecino del Sur»).

También una adecuada red de relaciones comerciales y económicas que garantice mercados para nuestros productos y la estabilidad y diversidad de los mercados y de los aprovisionamientos energéticos son factores relevantes para la seguridad. La orientación de la cooperación al desarrollo hacia la seguridad nacional es un instrumento legítimo como ya se reconoció en el Plan África, volcando ayuda al desarrollo hacia los países de procedencia de la inmigración. La red de acuerdos no normativos o memorandos de entendimiento con casi una decena de Estados subsaharianos es un buen instrumento de seguridad al permitir a España contribuir a la seguridad de los espacios marítimos de esos Estados mediante la presencia de naves y aeronaves españolas a fin de frenar la inmigración irregular y, lo que es más importante, para luchar contra la delincuencia organizada de las mafias que trafican con los seres humanos, el tráfico de drogas y de armas.

Se reconoce que España comparte amenazas globales y regionales y, además, asume (no comparte) amenazas propias (sobre las que se pasa de puntillas). Entre las globales cabe recordar el terrorismo -ya sea el de ETA, ya sea el yihadista-, así como las redes del crimen organizado; sin embargo, el documento de Estrategia no tiene en cuenta que al territorio español acceden de facto con facilidad, por inadecuados o insuficientes controles en puestos fronterizos, por la extensión de nuestras costas o por la incuria de funcionarios y autoridades, y residen numerosos miembros de grupos yihadistas y redes de delincuencia organizada.

Estas redes, que son vistas con cierta lejanía desde el punto de vista de la seguridad nacional porque actúan desde aquí pero no aquí, no deben gozar de santuario o zonas de reposo en nuestras costas y grandes ciudades y deberían tener respuesta más firme en la práctica diaria y en el documento de Estrategia. Cuando las mafias deciden actuar masivamente es demasiado tarde para un Estado y la metástasis se ha generalizado. Prevenir y adelantarse a sus acciones es una prioridad para no caer en situaciones como las de Colombia, México, Kosovo o Italia hace no mucho tiempo. Una amenaza global muy bien identificada y con múltiples respuestas, incluidas las nacionales, son los ciberataques, pero se echa de menos que no incluyan el riesgo y las respuestas a las nuevas formas de almacenar y procesar información en el espacio (en la nube). También es muy positiva la idea de la transversalidad de la seguridad de modo que se incorpore un enfoque de seguridad a futuros desarrollos normativos de toda índole (como ya sucede con el impacto medioambiental, de derechos humanos, de género, etcétera).

La distinción entre potenciadores del riesgo, amenazas y los riesgos mismos es confusa y a veces un mismo fenómeno figura en las tres perspectivas. Sorprende que el cambio climático o el envejecimiento de la población no se consideren un riesgo sino sólo un potenciador del riesgo y preocupa que utilice un lenguaje de ONG o altermundista hablando de «refugiados climáticos». Un documento oficial de España no puede recibir ese concepto que, en manos de jueces con vocación de estrellas, tendría consecuencias al ampliar el concepto de refugiados. Me gustaría verle la cara al responsable de la Abogacía del Estado cuando lea el documento…

En la Estrategia se despacha la responsabilidad de España sobre la situación del Sahara remitiéndose a una frase («una solución negociada, justa y definitiva a la cuestión del Sahara Occidental, de conformidad con la ONU») que contrasta con la defensa de «una solución justa y duradera entre Israel y un Estado palestino». Cuando se señala que hay que «impedir el rebrote de los conflictos» se alude a Oriente Medio y ¡Afganistán! -del que todos planean la salida tras constatar la derrota- y no se menciona al Sáhara, que está a pocos kilómetros de Canarias.

Si Marruecos es sorteado con un eufemismo, resulta patético cómo se reconoce que en el escenario más real de conflicto armado para España estaremos solos, sin los socios de la UE ni los aliados de la OTAN; compartimos y asumimos los riesgos de los demás pero nuestra diplomacia y sucesivos Gobiernos son incapaces en los marcos multilaterales de añadir esas redes de seguridad a «la capacidad propia de defensa» de las «dos Ciudades Autónomas además de otros territorios». No nos libramos del síndrome de Almanzor.

El documento debería profundizar en las capacidades de respuesta, que apenas se enuncian, y hacer un verdadero Consejo de Seguridad Nacional que no imite a los conocidos gabinetes de crisis. Es un primer paso, pero debería ser podado y pulido, además de ser consensuado con la oposición y no impuesto por un Gobierno agonizante.

Araceli Mangas Martín es catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad de Salamanca.

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29 junio, 2011 a las 7:18 am

El último combate, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

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A FONDO

El presidente del Gobierno afrontó ayer su último Debate del estado de la Nación con una idea clara: ya se han hecho las reformas necesarias, que darán resultado en unos meses.

Zapatero parece haber asumido los recortes y los sacrificios de los últimos 14 meses como un reto personal, no como una decisión compartida con su partido. Y, de hecho, cuando le aplaudieron desde la bancada socialista fue sólo cuando habló del mantenimiento del Estado de Bienestar o del gasto social y del aumento de las pensiones mínimas.

Ése es el retrato: un hombre al que su partido no ha apoyado con la suficiente firmeza en las decisiones más duras porque sus dirigentes y militantes creen que éstas les han hecho perder las elecciones del 22-M.

Zapatero pervive en un empeño personal en un doble sentido: la aplicación de políticas incompatibles con su discurso de la primera legislatura y el agotamiento contra viento y marea de su mandato.

El argumento que utiliza para no adelantar las elecciones se cae por su propio peso. Zapatero quiere llegar a marzo para llevar adelante las reformas necesarias para sacar a España de la crisis. Pero ayer, cuando tenía la oportunidad de anunciar la hoja de ruta de los próximos meses, sólo apuntó medidas de segundo orden: techo de gasto descafeinado para las comunidades autónomas y promesa de una nueva regulación sobre desahucios. Desde luego, esas medidas no justifican alargar la «agonía», como calificó Rajoy a los meses basura que quedan hasta marzo.

Rajoy incidió en la idea de que el adelanto electoral no es cosa que les preocupe a él ni a su partido, sino que es algo que «demanda la mayoría de los españoles, incluidos los votantes socialistas». Para el líder de la oposición, en estos momentos la garantía de que no se van a hacer las reformas es la continuidad de Zapatero, y no al revés.

Pero no sólo el jefe de filas del PP reclamó el adelanto electoral. También el portavoz de CiU, Duran Lleida, abogó por un «nuevo Gobierno», porque «esta legislatura está agotada».

Lo que ha sucedido en la última semana con la aprobación de las reformas de la negociación colectiva y la de pensiones, una pactada con el PNV y la última con CiU, es sólo una pequeña muestra de lo que nos espera en los próximos meses.

¿Puede este Gobierno, en un estado tan evidente de debilidad, encarar una negociación a fondo sobre los Presupuestos? Parece que no.

Aun con todo, Zapatero hizo un buen debate. Aguantó firme las andanadas de Rajoy y, en ocasiones, levantó a los diputados socialistas de sus asientos.

Sin duda, el presidente ha querido dejar un buen recuerdo de este su último debate.

Pero todo sonaba ayer a despedida. Hasta sus palabras sonaron a final de ciclo. Los guiños de Rajoy y Duran (deseándole lo mejor para él y su familia) coadyuvaron en esa sensación de adiós.

Es verdad que el mensaje oficial sigue siendo mantener el calendario hasta agotar la legislatura, pero Zapatero no respondió con la contundencia que debía al machacón reclamo de Rajoy. No dijo en ningún momento que agotaría la legislatura. Y tuvo muchas oportunidades para hacerlo.

La opinión mayoritaria es que Zapatero cederá y adelantará los comicios a noviembre.

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29 junio, 2011 a las 7:17 am

Nostalgia del futuro, de Lluís Bassets en El País

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Antes de la jubilación suele aparecer un síndrome curioso. Se trata de una especie de nostalgia del futuro. ¿Cómo será el mundo sin nosotros? ¿Cómo se regirá cuando quien esté sentado al volante no haya vivido las circunstancias históricas en las que se crearon los artefactos que ahora habrá que seguir conduciendo? ¿Qué quedará de nuestras ideas?

Helmut Kohl y François Mitterrand expresaron esta nostalgia respecto a la reconciliación franco-alemana, que clausuró un siglo de guerras entre Francia y Alemania y fue clave de la estabilidad y de la paz en Europa desde 1945 y, a la vez, uno de los fundamentos de la exitosa construcción europea. A la vista del estado actual de la Unión Europea, la nostalgia de futuro del presidente francés y del canciller alemán iba más allá de la mera sensación subjetiva sobre la imprescindible presencia de quienes habían sufrido la guerra europea para garantizar la buena marcha de Europa.

Robert Gates, el secretario de Defensa, acaba de ofrecernos otra muestra del mismo síndrome en su discurso de despedida ante el Consejo Atlántico, el pasado 10 de junio en Bruselas. “En realidad, si no se frenan ni se revierten las actuales tendencias en el declive de las capacidades de la defensa europea, los líderes de Estados Unidos del futuro, que no han contado ni individual ni colectivamente con la guerra fría como experiencia formativa, como lo fue para mí, pueden considerar que los retornos de las inversiones estadounidenses en la OTAN no valgan la pena”.

Las palabras de Kohl y Mitterrand tenían algo de advertencia profética, una señal para futuras generaciones que, a la vista está, ha sido poco atendida por sus sucesores. El discurso de Gates añade una admonición más inmediata, que interpela las actitudes y decisiones actuales de los aliados atlánticos de Washington, datos en mano.

Aunque los países miembros tienen dos millones de soldados en uniforme, son enormes sus dificultades para levantar y desplegar una fuerza de combate de entre 25.000 y 40.000 soldados. El gasto europeo en defensa desde el 11-S ha caído en un 15%, mientras Washington lo duplicaba. Durante la guerra fría, EE UU aportaba la mitad del presupuesto de la OTAN, mientras que ahora, con la Alianza incluso ampliada y Francia integrada en la estructura militar, la aportación es del 75%. Solo cinco de los 28 países socios cumplen con el mínimo del 2% del PIB en Defensa acordado en el marco de la OTAN.

Nada ha subrayado de forma más dramática las advertencias de Gates como la guerra inconclusa de Libia, donde la dirección de las operaciones está en manos de los europeos. Los 28 socios estuvieron obligadamente de acuerdo en la intervención, que de otra manera no hubiera podido hacerse dada la exigencia de unanimidad. Pero menos de la mitad han aportado fuerzas y solo un tercio ha participado en los bombardeos, las únicas acciones directamente bélicas acordadas. Y ahora están todos agotados, sin dinero e incluso sin munición y sin claro horizonte en cuanto a su desenlace.

Las grietas de la OTAN no se deben únicamente a las tensiones que vienen desde Europa. La advertencia de Gates se dirige también a EE UU, donde a la obligada reducción del déficit público, con sus inevitables consecuencias en los presupuestos militares (400.000 millones de dólares hay que ahorrar en los próximos 12 años), se añade ahora una brutal decantación de la opinión pública republicana, con la mayoría de los candidatos a las primarias incluidos, hacia posiciones aislacionistas.

Justo cuando Obama, estimulado por la primavera árabe, se mueve hacia un intervencionismo democrático que para muchos le convierte en un émulo de Bush, los republicanos regresan a la inhibición en los asuntos del mundo y le piden explicaciones por su compromiso en la guerra libia. Ahí están esos futuros líderes que no han vivido la guerra fría temidos por Gates. Si Europa no quiere hacer de gendarme, EE UU se ha cansado de hacer de gendarme y regresa, de momento, a sus cuarteles.

Fácilmente la guerra de Libia puede convertirse en la última jugada con los actuales jugadores e instituciones. Para EE UU era una guerra optativa, aunque para los europeos, al menos algunos, apareciera como de necesidad. A partir de ahora, y con las arcas vacías, desde Washington habrá que concentrar todos los esfuerzos en las guerras absolutamente necesarias. No se sabe muy bien qué habrá que hacer desde Europa, donde ninguna guerra se verá como necesaria. Lo fue en su origen la de Afganistán; pero si atendemos al pacto con los talibanes buenos que se prepara, y el repliegue que se anuncia, ha dejado de serlo, aunque el vecino polvorín paquistaní que la retroalimenta siga más activo que nunca.

Gates quiso dejar el pabellón de la OTAN bien alto, incluidos los socios europeos, declarando cumplida y acabada la tarea. Puede ser. La liquidación de Bin Laden es un buen argumento en su ayuda. La pregunta que queda en el alero es si va a quedar algo de la disuasión convencional en caso de que la Alianza siga en esta pendiente. Leon Panetta, el sucesor de Gates formado todavía en la guerra fría, quizás tendrá ideas al respecto.

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23 junio, 2011 a las 7:20 am

Escenarios de “una tercera guerra mundial”, según los geoestrategas rusos, de Alfredo Jalife-Rahme en La Jornada

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Bajo la Lupa

El caos del caduco orden unipolar, al unísono del timorato e incipiente cuan híbrido orden multipolar, obliga a escuchar a otros grandes actores globales –en particular, a los geoestrategas de potencias nucleares de primer orden, como Rusia– para no sucumbir en los maniqueos reduccionismos lineales de la procaz propaganda occidentaloide, los cuales, vistos en retrospectiva, suelen ser grotescamente ridículos.

El punto de vista de Rusia es crucial, ya que es el único país que puede confrontar a Estados Unidos (EU) en el ámbito nuclear. Rusia y EU tienen la capacidad para destruirse mutuamente en tan sólo 15 minutos.

Alina Chernoivanova, comentarista de la agencia rusa Ria Novosti (28/4/11), aborda la mesa redonda de título inocuo Conceptos militares y desafíos del siglo XXI y de contenido explosivo –las fallas tectónicas de la geopolítica; los conflictos militares en el Cáucaso, Medio Oriente, Asia Central y Asia-Pacífico; tercera guerra mundial nuclear; destrucción de la civilización–, organizada por la revista Mezhdunarodnaya Zhizn (Asuntos Internacionales) en el Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú, el pasado 26 de abril.

Konstantin Sivkov, primer vicepresidente de la Academia de Problemas Geopolíticos, arguye que los conflictos locales en diferentes partes del orbe son resultado del mundo cambiante y de la formación de un nuevo orden global: No existe un caso en la historia de la creación de un nuevo orden mundial sin una guerra mundial, como sucedió todo el siglo XXI con las dos guerras mundiales.

Tal axioma fatalista hace eco al pensamiento estratégico de griegos y romanos de la antigüedad: pater polemos panton (la guerra es el padre de todas las cosas) y se deduce también del portentoso libro Caos y gobernación en el moderno sistema-mundo, de nuestro amigo recientemente fallecido Giovanni Arrighi, de la Universidad Johns Hopkins, y de la admirable escuela braudeliana de pensamiento.

Chernoivanova sintetiza la apreciación general de que, pese a que la humanidad ha aprendido (sic) a resolver los conflictos en forma más o menos pacífica, un mundo sin conflictos es una utopía (¡supersic!), cuando las disputas entre países como entre la gente son inevitables.

Hoy los expertos identifican tres tipos de disputas que pueden causar conflictos armados a niveles diferentes: 1) internos (subdivididos en socioeconómicos –cuando 10 por ciento de los más ricos exceden sus ingresos por 15 veces a 10 por ciento de los más pobres– y étnicos, culturales y religiosos), 2) regionales y 3) globales.

Según Sivkov, las cuatro disputas del ámbito global son: 1. la división entre la escala de producción y el consumo y los recursos del planeta que quedan a disposición de la humanidad que ponen en riesgo la dirección entera del desarrollo de la civilización. A su juicio, tal división se resuelve por la restricción del consumo o por el cambio del sistema social.

2. La desproporcionada distribución de la capacidad de producción y de materias primas cuando algunos países tienen una elevada producción de alta tecnología, mientras otros son ricos en materias primas; su intercambio inadecuado enriquece a unos y empobrece a otros. Su solución: o se deja a algunos países en una posición subordinada o se establece una justa distribución de ingresos, lo cual empobrecerá a otros países sin cambiar su sistema social.

3. La inmoralidad (¡supersic!) del libre mercado frente a los valores espirituales de las civilizaciones tradicionales. A nuestro juicio, de ser así, pese a sus publicitados ornamentos fariseos en lo religioso y lo ideológico, los sistemas anglosajón y del sionismo jázaro financierista serían los más paganos y barbáricos del planeta.

Y 4. “La división entre la burbuja financiera y la economía real, la cual jugó un papel significativo en el ascenso de Hitler al poder en 1933. […] Es la división entre el capital financiero e industrial y, para resolverla, una forma de capital se debe subordinar al otro”. ¿De aquí nace el inconmensurable poder global del trinomio invisible de los Rothschild-Soros-Marc Rich que opera desde las penumbras del sionismo jázaro financierista (ver Bajo la Lupa, 27/4/11.)?

A juicio de los expertos, ninguno (sic) de los poderes mundiales es probable que lance una premeditada guerra agresiva (sic), incluso un ataque nuclear.

Esto es cierto a escala de Estados Unidos y Rusia, pero no en niveles inferiores (local y/o regional).

El problema se ubica en guerras locales que pueden desembocar en guerras regionales (v. gr. las 400 bombas nucleares de Israel, las de India y Pakistán, etcétera), o en guerras regionales que pueden degenerar en una guerra mundial incontrolable.

Los geoestrategas rusos soslayan que hoy las guerras globales no son necesariamente bélicas, sino financieras (desde las divisas hasta los derivados financieros), geoeconómicas, alimentarias y energéticas, es decir, multidimensionales: cuando una guerra local y/o regional forma parte de una guerra global que no se atreve a pronunciar su nombre.

En este sentido, a nuestro juicio, el mundo vive ya la tercera guerra mundial: sólo le falta el componente bélico global (que participa ominosamente en los niveles local y/o regional).

Sivkov aduce que el uso de armas de destrucción masiva sería el estadio final de una guerra global con consecuencias catastróficas: una nueva guerra mundial duraría entre 6-7 (sic) y 25-30 años, e involucraría a más de 100 millones de personas de ambos lados. Las pérdidas humanas agregadas podrían exceder varias centenas de millones.

Sivkov no dice cuáles lados, pero se deduce que se trataría en última instancia de EU y China. ¿De qué lado se colocaría Rusia, la cual seguramente no permanecerá con los brazos cruzados, como en las dos guerras mundiales?

Los expertos esgrimen que los militares hace mucho que cesaron de iniciar las guerras, que han pasado a ser una decisión exclusiva de los civiles: políticos o capitanes de la economía.

Urge devolver a los militares la decisión final de iniciar una guerra que hoy se encuentra en manos de financieros especuladores, fanáticos físicos nucleares, contadores prestidigitadores, reguladoras desreguladas, fiscalistas pusilánimes y políticos venales, lo cual constituye el óptimo camino para detonar una tercera guerra mundial debido a su ignorancia espeluznante sobre el sufrimiento humano (que desprecian en su actividad cotidiana y sin guerras de por medio).

El mundo no ha cambiado mucho desde el célebre ultimátum de rendición sin condiciones del almirante ateniense Pericles a los impotentes melios: Los fuertes hacen cuanto pueden y los débiles sufren cuanto deben (Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, siglo V aC).

Dos PD: 1. La próxima vez abordaré los puntos calientes locales y regionales de los geoestrategas rusos. Y 2. Agradezco la corrección de mis amigos empapados en lingüística griega y latina, Hugo Salinas Price (el Patriarca de la plata mexicana) y Rafael Rodríguez Barrera (ex gobernador de Campeche): no se dice femina islamicus, sino femina islamica.

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Introducido por Reggio

7 mayo, 2011 a las 8:04 am

Los “puntos calientes” de las “guerras locales” y/o “regionales”, según los geoestrategas rusos, de Alfredo Jalife-Rahme en La Jornada

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Bajo la Lupa

Los geoestrategas rusos consideran poco probable la detonación de una tercera guerra mundial –que por necesidad utilizaría armas de destrucción masiva, que incluyen las bombas atómicas–, pero no desestiman que la conjunción de guerras locales y/o regionales, con sus concomitantes puntos calientes, sean susceptibles de degenerar en una conflagración global de consecuencias catastróficas (ver Bajo la Lupa, 1/5/11).

Aduje que la tercera guerra mundial, de carácter multidimensional (financiera, geoeconómica, energética y alimentaria) y a la que solamente le faltaba el componente bélico para cumplir su definición teórica, está ya en curso.

Los geoestrategas expusieron el tipo de cuatro guerras en la óptica del Instituto de Estudios Militares-Estratégicos de Rusia, de acuerdo con sus causas, geografía, duración y número de tropas involucradas.

1. Conflictos transfronterizos: duran de una semana a un mes y requieren de 10 mil a 50 mil tropas. ¿Cómo definirán a la guerra asimétrica en la transfrontera de México y Estados Unidos, donde Washington libra una guerra sui generis con sus depredadores aviones automatizados (“predator drones”) en contra de los cárteles mexicanos de las drogas, a quienes blanquea sus capitales y abastece con armas de alto poder, amén de haber entrenado a algunos de ellos en sus centros de adiestramiento (v.gr. Los Zetas)?

2. Guerras locales: involucran por lo menos a un millón de tropas y duran de varios meses a varios años. Debatible: no toma en cuenta la RAM (revolución en asuntos militares) de la dupla Cheney-Rumsfeld, es decir, su automatización y robotización, que reduce el número de soldados.

3. Guerra regional: involucra 5-6 millones de personas (sic). No especifica si se trata de soldados, mercenarios (la nueva moda resucitada), guerrilleros o desplazados.

Y 4. La guerra mundial (que ya abordamos la vez anterior): implica un número de guerras regionales y locales, además de conflictos armados, en una considerable porción de territorio mundial, con más de 100 millones de soldados de cada lado.

Sin contar la tecnología, el equipamiento militar y la dotación de armas de destrucción masiva, ¿habrá suficientes soldados en el mundo para alcanzar un mínimo de 100 millones por cada lado?

Los geoestrategas rusos revisan los puntos calientes futuros (sic) y pronostican las probables amenazas sin fechas exactas ni garantías sobre su detonación.

Konstantin Sivkov, primer vicepresidente de la Academia de Problemas Geopolíticos, considera que existen disputas con potencial para la guerra. Saca a colación la operación militar de la OTAN en Libia y advierte la probabilidad de 50 por ciento de una guerra local (sic) en el Medio Oriente. No elimina la posibilidad de que Estados Unidos opte por un golpe militar contra Irán como “parte de una fuerza de paz –¡súper sic!– que opere en conflictos altamente –¡súper sic!– probables entre Irán e Israel o entre Irán y Arabia Saudita”. ¡El sueño de los geopolitólogos anglosajones y los banqueros del sionismo jázaro (para intentar resarcir sus pérdidas bursátiles)!

A juicio de Grigory Tishchenko, director del departamento de política defensiva del Instituto Ruso de Estudios Estratégicos, en cualquiera de los dos casos (el choque de Irán con Israel y/o Arabia Saudita) habrá un enfrentamiento entre Irán y Estados Unidos temprano o tarde.

Anatoly Tsyganok, director del Centro de Prospectiva Militar, se centra en los conflictos armados que pueden estallar en Asia central y atraerían a Rusia en apoyo de sus aliados en la región. No tan a largo plazo, sino en los próximos tres a cinco años (¡súper sic!) se vislumbra en la región un conflicto sobre el agua, sumado al cambio de líderes a la vuelta de la esquina.

El grave problema radica en que los países centroasiáticos se encuentran ya en conflicto sobre el valle Fergana, el único granero regional, sin contar que el conflicto de Afganistán puede (sic) también desparramarse a Asia central.

Anatoly Tsyganok aduce que la situación en Transnistria puede escalar (sic) debido a la irrupción de los rumanos en Moldova y el envío de fuerzas de paz (¡súper-sic!) por primera vez de la Unión Europea.

El enclave de Nagorno-Karabaj en el Cáucaso puede desencadenar una guerra entre Azerbaiyán y Armenia y Rusia, pese a que dispone una base militar en Armenia, no tiene idea de qué hacer (¡súper sic!) en caso de una escalada.

Llama la atención el desprendimiento, aun teórico, de estos geoestrategas rusos sobre otros puntos calientes en proceso de estallido en África –lo cual contrasta con la visión de otros autores rusos, quienes vislumbran la balcanización entera del continente negro, además de todo el Transcáucaso, como vasos comunicantes de las revueltas y revoluciones del mundo árabe–, ya no se diga en la periferia inmediata de India y China.

China y Sudamérica (en su choque con Norteamérica) son citadas fugazmente, mientras el subcontinente indio ni siquiera es abordado, quizá por haber estallado ya en varios conflictos concéntricos en Afganistán y Pakistán (que hemos bautizado como el Caostán).

La visión de los geoestrategas citados peca de rusocentrismo, es sumamente orgánica, carece de funcionalidad y se centra en la esferas de influencia de Moscú y sus exclusivos puntos calientes susceptibles de degenerar en conflagraciones.

Sin caer en las exageraciones desinformativas de Stratfor, quien coloca a Pekín prácticamente en estado de sitio, recomiendo la serie de artículos del italiano Francesco Sisci sobre los desafíos conflictivos de China (Asia Times, 12/4/11), aunque no comparto para nada su teleología ni ontología al respecto.

Lo relevante del abordaje de los geoestrategas rusos es que viene a posteriori de los puntos calientes, las 16 guerras para el 2011 –edulcorados con un índice de países fallidos– y, sobre todo, de la colisión de Estados Unidos y China en 2011, publicitados en su conjunto por el conglomerado propagandístico anglo-sionista de George Soros/Project Syndicate/Foreign Policy/Gideon Rachman (ver Bajo la Lupa, 2, 5 y 9/1/11).

En ese momento clasifiqué a los 16 países predestinados de África, Eurasia y Latinoamérica bajo la funcionalidad regional, productiva y extractiva donde destacan el petróleo y su tránsito, así como las materias primas (que se cotizan en la estratósfera).

Existen zonas de traslape entre los puntos calientes y las próximas guerras entre ambos enfoques, pero llama notablemente la atención dos situaciones: 1) los anglo-sionistas citados colocan en la mira a varios países de Latinoamérica, mientras los geoestrategas rusos tocan vagamente a Sudamérica en su confrontación con Norteamérica; y 2) ambos omiten extrañamente la explosiva serie de disputas en el mar de Japón, el mar Amarillo, el mar del Este de China y el mar del Sur de China.

Los geoestrategas rusos no abordan para nada la confrontación de Washington y Pekín, mientras el conglomerado anglo-sionista no se tienta el corazón en vaticinar el empeoramiento de las relaciones de Estados Unidos y China.

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Introducido por Reggio

7 mayo, 2011 a las 8:03 am