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Contra la violencia de género, de Hillary Clinton en Público

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Imagínese una mujer. Puede vivir en cualquier sitio del mundo. Puede formar parte de cualquier grupo socioeconómico, étnico o religioso. Normalmente, esta mujer empieza su jornada antes de que salga el sol. Trabaja entre 8 y 12 horas en una tienda, una explotación agrícola, una fábrica o en la casa de alguien a cambio de una pequeña remuneración. La supervivencia de sus hijos y familiares mayores depende sólo de sus ingresos. Al regresar a casa pregunta a sus hijos qué han aprendido en la escuela y qué quieren ser de mayores. Pasa horas encorvada sobre un pequeño infernillo o chimenea preparando la comida para la familia. En muchos lugares del mundo, además, esta mujer cultiva lo que después da de comer a todos en su mesa.

Ahora imagine lo que pasa cuando no puede hacer estas cosas por ser víctima de la violencia de género. El coste de la atención médica que necesita asfixia todavía más el escaso presupuesto familiar. Si ya no puede trabajar o cuidar a sus hijos por haber sufrido daños físicos o psicológicos, estos abandonan la escuela y buscan trabajo para mantener a la familia. Los tenderos locales pierden una clienta y ven también reducirse sus ingresos.

Probablemente reconozca a esta mujer. Una de cada tres mujeres en el mundo es víctima de algún tipo de violencia de género; una de cada cinco sufre en algún momento una violación o un intento de violación. La violencia puede aparecer temprano: cuando una madre es obligada a poner fin a un embarazo porque va a ser una niña, cuando las familias se niegan a educar a las pequeñas o cuando los varones reciben dos raciones de comida en la mesa antes de que a ellas se les permita comer. Más tarde puede encarnarse a través del matrimonio infantil, la violencia doméstica o la explotación sexual.

En cualquiera de sus formas, la violencia de género es una vulneración intolerable de la dignidad humana. Nadie puede cuantificar el dolor y angustia personal que resulta de ningún tipo de maltrato. Pero sí se puede asignar un precio a las facturas médicas y los costes jurídicos, la pérdida de salarios y de productividad y los costes sanitarios, incluido el aumento del riesgo de contagio del VIH. Y, al hacerlo, vemos lo que la violencia contra las mujeres y las niñas realmente cuesta a todos los integrantes de la sociedad.

En Uganda, por ejemplo, casi el 13% de las mujeres declara haber perdido tiempo para dedicarse a sus cruciales labores domésticas debido a la violencia por parte de su pareja. Algunas de estas mujeres perdieron hasta 11 días de trabajo remunerado en un año. Más de dos tercios de los hogares objeto de estudio en Bangladesh informaron de que la violencia doméstica provocaba una pérdida media de 5 dólares cada mes, casi el 5% de los ingresos de muchas mujeres. Estos costes se exacerban en hogares en los que la mujer es la principal o única aportadora de ingresos.

Ningún país o región del mundo se libra de estos costes. En Estados Unidos, un estudio realizado por centros de Control de Enfermedades en 2003 calcula que el coste de la violencia cometida por la pareja íntima puede superar los 5.800 millones de dólares al año, con un gasto de casi 4.100 millones de dólares en atención médico-sanitaria directa y de casi 1.800 millones de dólares en pérdida de productividad.

La violencia contra las mujeres y las niñas es también un asunto de derechos humanos internacional y de seguridad nacional. Las consecuencias de la violencia generalizada se extienden más allá de la lesión inmediata o la pérdida económica. Con frecuencia tiene efectos duraderos para la salud, como son las infecciones de transmisión sexual, y los daños sociales y psíquicos causados por la violencia de género afectan a sus víctimas, así como a sus hijos, familias y comunidades enteras.

La violencia y el maltrato han mantenido a las mujeres alejadas del trabajo y han arrastrado a comunidades enteras a un retroceso durante generaciones. Fomentar la participación económica de las mujeres hace crecer el PIB nacional y los ingresos personales. Un estudio calcula que la reducción de las barreras ante la participación económica de la mujer en las economías emergentes puede aumentar la renta per cápita hasta en un 14%. Mayores ingresos significa más dinero para dar de comer a la familia, enviar a los niños a la escuela y apoyar a los comerciantes y productores locales, activando un círculo virtuoso de crecimiento económico.

Cada año, entre el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, ponemos en marcha una campaña llamada 16 Días de Activismo contra la Violencia de Género. Durante estos días, renovamos nuestro compromiso de hablar alto y claro sobre la violencia contra las mujeres y las niñas y de mejorar la protección y participación de las mujeres en todo el mundo. En esta causa necesitamos la participación de todos: niños y hombres, líderes religiosos y ciudadanos, jóvenes y personas en todos los niveles de la sociedad son vitales para resolver esta pandemia.

Los malos tratos pueden tener lugar en el domicilio familiar, en los conflictos armados donde se utiliza la violación como arma de guerra o en cualquier lugar donde se disminuya y devalúe a niñas simplemente por ser niñas. Es inaceptable en cualquier forma. Los países no pueden progresar cuando la mitad de su población es marginada, maltratada o sometida a discriminación.

Este año hemos empleado los 16 días para renovar nuestro compromiso de poner fin al abuso que atrapa a tantas mujeres y niñas en el mundo. Señalemos la cultura de la impunidad que perpetua este ciclo de violencia. Y trabajemos juntos como socios para hacer de todas las formas de la violencia un fenómeno del pasado.

Hillary Clinton. Secretaria de Estado estadounidense.

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16 diciembre, 2011 a las 7:09 am

Zorra, de Raúl del Pozo en El Mundo

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EL RUIDO DE LA CALLE

«Zorro» y hasta «zorra» pueden decirse como elogio porque esos animales simbolizan la astucia para no caer en las trampas («La vieja raposa con el lazo no se toma»). Los zorras tienen un olfato prodigioso y un instinto cercano a la capacidad de abstracción: se fingen las muertas y saben rodar por la cuesta para separar a las cabras de las crías. Pero generalmente «zorra» es el máximo ultraje que puede pronunciarse en castellano, sobre todo si se alude a la madre, a pesar de que las nuevas corrientes feministas han intentado desactivar las injurias, evitando el término.

Nuestros clásicos guardan siempre la palabra zorra en la péñola y dedican páginas a los putiferios repletos de pulpejas, junto a chivos y cabrones y zorras que cambian el pelaje, pero no las mañas. En los divinos textos toparás con mulas, frailes, plañideras, echadoras de cartas, mozas de partido, hasta las raposillas del Arcipreste y las busconas sabias de Quevedo. «Cada puta hile y comamos», dijo Sancho, y las descompuestas palabras enojaron a Don Quijote.

Según el magnífico diccionario de Félix Rodríguez González, zorra casi siempre quiere decir «prostituta», y se refiere a la mujer fácil, libertina, muy laxa en lo tocante a la moral sexual. No está claro si el vocablo procede del árabe; en otro tiempo llegó a significar holganza, pero ya cuando el latín vulpeja quería significar «puta» con más de 100 sinónimos, algunos brillantes y cercanos a la raposa como «rabosa», «zurrupia» o «loba».

Después de tantos lances, cuchilladas para defender honras hasta en los barrios chinos, el juez Del Olmo, a pesar de estar en la higuera hasta donde suelen ir las zorras buscando saltamontes e higos, acaba de sentenciar que «zorra» no es insulto. Por su boca ha hablado la estupidez, revocando la condena a un hombre que así había llamado a su esposa después de amenazarla con una caja de pino.

El ensotanado da a la palabra el sentido menos obsceno, en un alarde de zoofilia forense, recuperando el sentido de la astucia, el que suelen darle los fabulistas, que en vez de relacionarlas con el oficio más viejo del mundo, las colocan como en los belenes, en las moralejas y en las fábulas, junto a las ranas, los leones y los cuervos, que como los del Arcipreste suelen llevar en el pico un pedazo de queso.

Claro que no siempre «zorra» se ha lanzado como injuria; en este caso el afán de humillar a la esposa está muy claro. Puede decir el magistrado que decir «zorra» no es delito, pero que no diga que no se profirió con ánimo de ultrajar. Otra cosa es que, como versificó tal vez Espronceda, sean tan necesarias las zorras «como es la luz del sol a nuestros ojos, el pan al cuerpo, el aire a los pulmones».

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5 octubre, 2011 a las 7:17 am

El feminismo reaccionario, de Naomi Wolf en Público

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Es evidente que la izquierda y los medios de comunicación estadounidenses no han entendido del todo el atractivo popular en la televisión de las dos tigresas republicanas –primero Sarah Palin y ahora, una vez que se ha consolidado como favorita a las elecciones presidenciales, Michele Bachmann–. ¿Qué tienen ellas que no tengan otras candidatas y que tantos norteamericanos parecen desear?

Tanto Bachmann como Palin son ridiculizadas frecuentemente por los medios de comunicación. En el caso de Palin, la percepción predominante es que es una intelectual de poca monta: el vídeo que muestra su incapacidad de citar un solo periódico o revista de información que lea regularmente consiguió millones de visitas en Youtube durante las últimas elecciones presidenciales. Bachmann, por su parte, es retratada como una persona un poco desequilibrada. De hecho, doy fe de que debatir con ella es como hacerlo con alguien que está en un universo paralelo.

Pero sería un error descartar su atractivo sin hacer un esfuerzo por comprender su origen. Esto es especialmente patente en el caso de Bachmann. Palin no ha conseguido asegurar el apoyo y tutela de la dirección del Partido Republicano y continuará exponiendo su extraño atractivo como figura mediática. Pero Bachman, excepcionalmente, podría llegar a ser presidenta de Estados Unidos.

La naturaleza de su atractivo está relacionada con dos corrientes del pensamiento estadounidense en los que la izquierda del país y los medios de comunicación no reparan. Una es la tradición norteamericana de populismo y demagogia –una tradición que, durante el siglo XX, incluyó al racista padre CharlesCoughlin en los años treinta, al anticomunista responsable de la caza de brujas Joe McCarthy en los años cincuenta y al radical Malcolm X en los sesenta–. Los líderes populistas inspiran generalmente una vehemente devoción en las personas que se sienten (y en ocasiones lo son) marginadas económica, política y culturalmente.

La energía de estos movimientos populistas puede dirigirse hacia el bien o hacia el mal, pero los demagogos en Estados Unidos adoptan tácticas similares para estimular visibilidad y poder. Usan una retórica emotiva. A veces, se inventan enigmáticas redes de “élite” que apelan al ciudadano común y corriente, al ciudadano honrado. Crean un escenario de “nosotros contra ellos”. Y demandan a sus oyentes que crean que ellos solos restablecerán la dignidad norteamericana y serán la voz de los no escuchados.

Palin y Bachmann utilizan este tipo de lenguaje personal y emotivo, que incluso el republicano más duro y varonil tendría dificultades para imitar. En las últimas tres décadas, los hombres estadounidenses dominantes en política se han vuelto cada vez menos firmes, demasiado indefinidos y profesionalizados. Esto es malo para la demagogia, pero no afecta a las tigresas de la derecha, que no han ascendido con el “viejo grupo de los chicos”. Como resultado, Palin es libre de hablar de los “equipos de la muerte” –una amenaza completamente inventada sobre la reforma del sistema sanitario del presidente Barack Obama– y Bachmann puede evocar el espíritu mccartiano para hablar sobre los tentáculos del fantasma del socialismo infiltrándose en los más altos niveles del Gobierno.

Ambas pueden dar la atractiva y poco sofisticada imagen de típicas madres de clase media, precisamente el tipo de sentimentalismo que muchos políticos profesionales en serie, varones (incluso o especialmente en la cúpula del partido), no consiguen ofrecer.

La segunda razón de que Bachmann y Palin atraigan a tantos estadounidenses –y esto tampoco debería ser subestimado– tiene que ver con una grave malinterpretación histórica del feminismo. Porque el feminismo de los sesenta y setenta estuvo articulado por las instituciones de izquierda –en Inglaterra, estaba relacionado a menudo con el movimiento obrero y en Estados Unidos, resurgió conjuntamente con la aparición de la Nueva Izquierda–, se da por supuesto que el feminismo en sí mismo es de izquierdas. Pero el feminismo tiene filosóficamente mucho en común con el conservadurismo y especialmente los valores libertarios, y en algunos casos incluso mucho más.

Lo esencial del feminismo es la elección individual y la libertad, y esas ideas están siendo mucho más manifestadas por el Tea Party que por la izquierda. Pero, aparte de estos mensajes políticos, hay un gran número de potenciales electoras de derechas en Gran Bretaña, Europa occidental y Estados Unidos que no ven sus valores reflejados en las propuestas de las políticas sociales colectivistas o en las cuotas de género. Prefieren lo que ven, como en el sólido individualismo del liberalismo económico, donde los capitalistas empiezan con igualdad de oportunidades y un Estado débil no afecta sus decisiones personales.

Muchas de estas mujeres son socialmente conservadoras, defensoras de las fuerzas armadas y de la religión y, sin embargo, anhelan la igualdad tanto como cualquier vegetariana de izquierdas en Birkenstocks. Es una cabezonería que, hacia este acercamiento perfectamente legítimo al feminismo, algunos comentaristas sigan erróneamente desdeñando a mujeres como Margaret Thatcher, a las musulmanas o ahora a las líderes de la derecha estadounidense, como si no fueran “auténticas”. Pero estas mujeres son feministas reales –incluso si no comparten las políticas con las actuales asociaciones de mujeres, e incluso si rechazan la etiqueta de feministas–. En el caso de Palin, y especialmente en el de Bachmann, ignoramos el gran atractivo del feminismo de derechas y podría salirnos caro.

Naomi Wolf. Ensayista y cofundadora de la Campaña Americana por la Libertad.

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26 agosto, 2011 a las 7:14 am

La igualdad y la crisis, de Amparo Rubiales en El País

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La historia de la humanidad ha sido la de una larga búsqueda de la libertad y la igualdad; también de la solidaridad. Esa búsqueda es más difícil y duradera para las mujeres y está, además, inconclusa. Se puede considerar que la libertad se ha conseguido en algunos países, pero en ninguno se ha logrado la igualdad. Las mujeres hemos tenido que subir empinadas cuestas, que concluyen en ese invisible techo de cristal que detiene la promoción personal que queremos compatible con la maternidad, lo que además de un instinto es algo necesario para la supervivencia de la especie humana y eje sobre el que gravita la vida familiar.

La civilización en la que vivimos va a la deriva. Los principios en los que se sustenta, también. Hoy hablamos poco de aquellos eslóganes de “libertad, igualdad, solidaridad”. La libertad la buscan los países que no la tienen, la solidaridad la reclaman los que sufren su ausencia y la igualdad de género se da por supuesta y ya no preocupa. Se habla de igualdad de oportunidades, pero se olvida que la primera de ellas es hacer real la de las mujeres.

La filósofa y feminista francesa Elisabeth Badinter escribe: “A principios de los años noventa la crisis económica devolvió a un gran número de mujeres al hogar y, particularmente, a las menos formadas y a las más débiles económicamente”… “Del mismo modo, la crisis económica tuvo consecuencias negativas sobre la esperada evolución de los hombres. Su resistencia al reparto de las tareas y a la igualdad se vio incrementada”. Si esto ocurrió en aquellos años de una crisis infinitamente menor, ¿qué está pasando ahora? Apenas tenemos estudios específicos que nos orienten. El desempleo afecta más a los hombres que a las mujeres porque es consecuencia de la crisis de la construcción y a ella se dedicaban básicamente ellos, pero ¿qué está pasando con el empleo de las mujeres?, ¿les cuesta más conseguirlo?, ¿se va reduciendo el número de puestos de trabajo ocupados por ellas?, ¿se agudiza la brecha salarial?

Sabemos que la representación política de las mujeres mejora, aunque apenas llega a un 20% a nivel global, pero ¿qué pasa con la presencia de las mujeres en el mundo económico y financiero? ¿Se aprovecha su enorme potencial? Su poder es casi simbólico. ¿Avanza la corresponsabilidad en las tareas del hogar? ¿Qué está pasando con la violencia de género? Tenemos noticias, pero la reacción social es insuficiente. Ni siquiera los indignados se han manifestado contra ella, como tampoco parece que la igualdad entre hombres y mujeres forme parte del núcleo duro de sus reflexiones.

Alguien tan inteligente y sensato como el sociólogo Fernando Vallespín ha escrito que caminamos “hacia un nuevo contrato social”. Cuando leí el artículo pensé que al fin alguien retomaba la propuesta de cambiar el contrato social que nos impusieron y que fijó unas relaciones sociales que nos excluían del mundo de lo público, pero no citaba ni una sola vez a la mitad de la humanidad que somos las mujeres, que debemos intervenir en las nuevas reglas sociales por construir. Todo ello, a pesar de que me consta que el autor es sensible a la igualdad de género.

El Contrato social que escribió Rousseau redujo nuestro mundo a lo privado, produciendo una escisión social cuyas consecuencias todavía nos afectan, en mayor o menor medida, según los países y las circunstancias de cada momento. De la época de la Ilustración viene el feminismo como movimiento social, plural y diverso, con el objetivo de que se reconocieran a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, para hacer real la igualdad entre ambos. La igualdad legal se alcanzó, conquista que costó dos siglos, pero la real sigue siendo una asignatura pendiente y su defensa está desaparecida en la crisis; apenas existe en el discurso político y menos en el económico. La solución no está en olvidar la igualdad de género.

El desempleo, la falta de perspectiva de las personas, es tan brutal, que todo lo demás parece importar poco. En España, el presidente Zapatero, que tanto ha hecho por la igualdad, crea un ministerio como instrumento para hacerla efectiva y, al poco tiempo de constituirlo, lo suprime, con el apoyo de la oposición, que había conseguido previamente aprobar en el Congreso su desaparición. Todo ello se ha revestido con el argumento de su inutilidad y de la necesaria austeridad. Hoy, ni siquiera el movimiento del 15-J, que discute, con razón, esta imperfecta democracia, ha tenido en cuenta la existencia de este importante movimiento social, el feminista, tan plural y de tan dilatada trayectoria. El movimiento reivindica una democracia real, pero no dice que sin igualdad esta no puede existir. El discurso igualitario es una historia de viejas feministas, pero sigue siendo vital.

Termino citando, de nuevo, a Badinter, que escribe: “Como Rousseau en su época, hoy se las quiere convencer de que se reconcilien con la naturaleza y vuelvan a los fundamentos, cuyo pilar sería el instinto maternal. Pero a diferencia del siglo XVIII, ellas hoy tienen tres posibilidades: adherirse, negarse o negociar…”, pero no serán ya excluidas, añado.

Amparo Rubiales, doctora en Derecho, es abogada y consejera electiva de Estado.

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1 agosto, 2011 a las 7:19 am

Androcentrismo, feminismo y democracia real, de Carmen Magallón en Público

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Las propuestas para salir de la crisis que vienen de los gobiernos, y aún de sectores críticos, son incapaces de salirse del androcentrismo dominante que perfila y acota la realidad. Aquí, para pensar y proponer, no parece haber más cera que la que siempre ha ardido: la de un paradigma de marcado carácter androcéntrico. Algo poco inteligente, pues si ha habido históricamente un grupo humano que ha destacado por sus estrategias de resistencia y creatividad para sostener la vida, en medio de crisis y aún de guerras, ha sido el de las mujeres. Y por mucho que los cambios nos hayan ido igualando, ese saber y sus posos siguen estando ahí, disponibles para poder ser usados.

Pero hay una inercia ligada a los intereses de clase, sobre todo, pero también de sexo, que impide al sistema aprender de otras perspectivas, lo que hace que a la indignación general, las feministas sumemos un hartazgo especial. Un motivo de indignación añadido para muchas de nosotras, que nos sentimos parte de un movimiento social por la igualdad que reclama también espacio para su diferencia, es lo poco que se tiene en cuenta la sabiduría femenina, la incapacidad del sistema hegemónico de gobernanza global para ver las propuestas que crecen en las críticas feministas y que coinciden con otros grupos en subrayar la necesidad, no sólo de poner parches en el actual estado de cosas, sino de repensar la propia forma de vida. Repensar los indicadores que dan cuenta del bienestar de una sociedad, generar y apoyar otro tipo de intercambios para aumentar el empleo, apostar por el decrecimiento material y dar más espacio al cuidado y los afectos; en definitiva, poner en el centro de las decisiones al ser humano y al planeta, no el crecimiento de los beneficios.

El feminismo partió de muy abajo en su pugna por la democracia real, creciendo desde una exclusión que hasta el lenguaje ocultaba, al nombrar como sufragio universal el voto generalizado… para los varones. De lo mucho que puede aprenderse de su experiencia como movimiento social constante y tenaz a favor de la profundización democrática, lo más importante, por su novedad y calidad, y porque hoy sigue siendo un reto pendiente, es haber logrado todos sus avances por vías no-violentas.

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26 junio, 2011 a las 7:06 am

Rajoy y las mujeres, de José Luis Álvarez en La Vanguardia

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Las mujeres, mayoritariamente conservadoras durante la transición, fueron todavía un electorado importante para la derecha en los ochenta, y uno de sus segmentos -las amas de casa- fue clave para la mayoría absoluta de Aznar en el 2000. Pero durante la última década, la izquierda ha ido capturando su voto.

Políticamente la donna è mobile, con la excepción de las de clases alta y media alta, con disciplina de voto sin fisuras. Y Rajoy tiene retos complicados con las mujeres. En números absolutos son de centroizquierda. Ningún presidente ha hecho tanto por ellas como Zapatero (este será su legado histórico). El PP aparece todavía demasiado sumiso ante la Iglesia, de cuya órbita han escapado, con una tasa de fertilidad de 1,3, de las más bajas del mundo. Y hay todavía elementos enel PP, como algún alcalde mesetario que, incontrolables, pueden continuar emitiendo barbaridades machistas de aquí a las elecciones.

Otro problema es el mismo Rajoy, quien no atrae al electorado femenino. Rajoy no es Suárez, quien a su seducción añadía la ternura que despertaba su soledad política, incomprendida y fatal -un personaje de western crepuscular-. Ni es González con su magnetismo reticente y misterioso, quien, según escribió famosamente Rosa Montero hace años, las atraía como moscas a la miel. Ni Aznar, al que le gustan tanto que las quiere, como afirmó, “mujer, mujer”, es decir, a la vez tradicionales y dominantes. Tampoco es Zapatero, el presidente más igualitario y, lógicamente, quien más porcentaje de voto femenino ha arrebatado al partido competidor. Y menos todavía Pérez Rubalcaba quien, me dicen algunas, añade a su retórica de sutil profesor la picardía de quien es capaz de la perversidad. Y todavía más complicado para Rajoy sería si el PSOE se decide por un candidato que fuese mujer.

Si Rajoy mismo no atrae el voto femenino ¿cómo son las mujeres que colaboran con él? Cuestión relevante, porque es estrategia típica de los partidos intentar captar el voto de los grupos de electores más relevantes reproduciendo, proporcionalmente en sus equipos y candidaturas, su demografía y segmentos.

Rajoy podría contar con las grandes damas de la derecha: Aguirre, Barberá y Botella. Las tres gozan de autoconfianza, ausencia de ansiedad, independencia y capacidad natural para el mando que H. Mansfield, uno de los pensadores conservadores más provocadores, llama hombría, y cuyo ejemplo máximo es, para este profesor de Harvard, Margaret Thatcher. Pero Aguirre, Barberá y Botella no son realmente mujeres de Rajoy. Y las dos primeras son tan idiosincráticas e irrepetibles que no son realmente representativas de ningún grupo social femenino específico. Otra cosa es Ana Botella, el mejor icono que el PP tiene de la clase alta.

Rajoy se apoya en las mujeres de su círculo más cercano. Sáenz de Santamaría muestra en el Parlamento el entusiasmo esforzado del opositor cantando temas ante un tribunal de señores severos y aburridos. Aquel posado suyo de hace un par de años, en una especie de casto deshabillé, han sido uno de los momentos en democracia en que la derecha ha mostrado su disposición a tragarse los sapos que haga falta, como hablar catalán en privado, y manifestarse en las calles como en la pasada legislatura, sudoroso y cansado recurso antes exclusivo de los desfavorecidos. Sáenz de Santamaría es, entre las mujeres de Rajoy, la que mejor simboliza las nuevas clases medias, los profesionales ascendentes, la meritocracia. Un perfil para el que el PP también cuenta en sus gobiernos autonómicos con varias consejeras ya espléndidas administradoras, sólo faltas de más experiencia política y electoral. En contraste, Cospedal, abogada del Estado como Sáenz de Santamaría, no transmite el entusiasmo del que asciende, sino cierto aire distante de quien ha llegado recientemente a ser clase media alta y necesita marcar distancias con sus orígenes, lo que limita su representatividad social (aunque probablemente su estilo frío es el necesario para sobrevivir como secretaria de organización del PP).

Pero a las mujeres con cargos en el PP les sigue faltando pluralidad. Salvo excepciones, son más conservadoras en lo vital y familiar que la mayoría de la sociedad española. También salvo excepciones parece que Rajoy las selecciona por su personalidad discreta y por su ausencia de ambición política autónoma. Son mujeres más de partido que de proyecto. Y el PP no acaba de tener discurso para las de renta media baja y trabajadoras.

En España las mujeres nunca han sido políticamente homogéneas. Ninguno de sus segmentos  ha impreso carácter ideológico al conjunto, como en otro contexto lo hicieron las soccer moms de Clinton, conservadoras en lo económico y progresistas en lo social. Y esta combinación, que cruza líneas ideológicas, es la clave. La batalla por el voto de las mujeres se libra por las de clase media media y media baja, que han sido históricamente de voto cambiante. El PSOE las atrae con su liberalismo en estilos de vida y militancia igualitaria. El PP las puede captar por su apuesta por valores de esfuerzo y movilidad social. El partido que complemente lo que ahora ofrece con lo que el otro propone puede dominar por años el centro político, el espacio desde donde siempre se han ganado las elecciones.

JOSÉ LUIS ÁLVAREZ, doctor en Sociología por la Universidad de Harvard y profesor de Esade.

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7 marzo, 2011 a las 7:16 am

Berlusconi entre nosotros, de Lucía Méndez en El Mundo

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ASUNTOS INTERNOS

Némesis era la diosa griega encargada de impartir justicia, de castigar los excesos y de vengar la falta de honradez y los pecados de los humanos. Sólo una mano divina puede haber elegido a tres juezas para castigar los pecados de Berlusconi. Il Cavaliere, millonario, dueño y señor de Italia, acabará siendo juzgado como un vulgar viejo verde. El poder envejece mal y el poder absoluto envejece patéticamente. Hemos visto las fotos de las juezas Giulia Turri, Carmen D’Elia y Orsola De Cristofaro. No son precisamente el tipo del primer ministro italiano. Se parecen más a las estatuas que nos quedan de la diosa Némesis. La revista Famiglia Cristiana tuvo que echar mano de una deidad griega para explicar el azar de la elección de las tres juezas, a pesar de que Italia es el país donde el verdadero Dios justiciero tiene más representantes en la tierra por metro cuadrado. El Vaticano ha dejado en manos de Némesis la justicia divina por los pecados de la carne de Berlusconi.

Los diarios italianos están llenos de artículos sobre la relación del primer ministro con las mujeres, éxtasis y tormento de su vida desde que era cantante de cruceros. En el fondo, por mucho dinero que tenga y aunque asista a las cumbres europeas para decidir el futuro del euro, Berlusconi sigue siendo un cantante de cruceros que desde el escenario observa y elige a las señoras por el tamaño de las tetas y de las nalgas.

La joven Ruby no es el canon griego de belleza, pero se ajusta como un guante al canon berlusconiano de mujer. Aunque no debemos engañarnos, Berlusconi vive también entre nosotros. En España hay cantidad de hombres que escriben en los diarios -en éste, sin ir más lejos- cuya visión de las mujeres es clavada a la del primer ministro italiano. O putas o amas de casa o monjas. O esclavas del hombre macho para su esparcimiento, o esclavas del marido o esclavas de Dios. ¿Para qué, si no, vamos a la peluquería, nos hacemos la manicura, nos ponemos wonderbra para parecernos a Ruby y nos calzamos unos tacones que destrozan los pies? Para gustar a los hombres, verdadera finalidad berlusconiana de la existencia de las mujeres. Los émulos de Berlusconi son como él, no se cortan un pelo, carecen de vergüenza, creen que pudor es una marca de detergente y que todas las feministas son unas resentidas, feas y gordas que además no se lavan. Ya que carecen de cualquier otro recurso intelectual, utilizan mucho las palabras tetas y culo para llamar la atención. Como los niños de 14 años. El universo berlusconiano le ríe las gracias y ellos tan contentos, vendiendo el concepto de lo políticamente incorrecto en material de contrabando. Lo malo es que ellos no van a tener su Némesis.

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19 febrero, 2011 a las 7:13 am

Mitos eclipsados, de Pedro G. Cuartango en El Mundo

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VIDAS PARALELAS: BIBIANA AÍDO / MARIA SCHNEIDER

¿Qué fue de Bibiana Aído, el gran mito político del PSOE? Da la impresión de que, después de dejar de ser ministra, se la ha tragado la tierra.

A la actriz Maria Schneider, el mito erótico de nuestra generación, también se la tragó la tierra después de El último tango en París.

Aído y Schneider son víctimas de un éxito prematuro que con la misma rapidez que las llevó a la cima las arrastró luego al ostracismo, el tributo que la fama rinde al destino.

Bibiana Aído tenía apenas 26 años cuando ya era delegada en Cádiz de la Consejería de Cultura de la Junta. A los 29 años era directora de la Agencia Andaluza del Flamenco y, a los 31, fue nombrada ministra de Igualdad por Zapatero.

Maria Schneider fue un juguete sexual al servicio de la imaginación de Bernardo Bertolucci cuando sólo tenía 19 años y era virgen. Ella misma confesó que se sintió violada en aquella brutal película en la que el sexo es una metáfora de la degradación humana.

La carrera de la actriz francesa se fue apagando hasta prácticamente desaparecer en papeles nimios de rodajes marginales con la brillante excepción de El reportero, el film de Antonioni.

Nada sabemos tampoco de Bibiana Aído que, en los últimos meses, se ha convertido en la gran ausente de la vida pública española. No hay como dejar de ser ministro para no ser nada en este país. Así de cruel es la política.

Pero al igual que la caída eclipsa la figura iluminada por la actualidad, el recuerdo va agrandando esa sombra hasta convertirla en mito.

Maria Schneider y El último tango en París, incluida la versión musical de Gato Barbieri, son ya la gran referencia de un pasado que jamás volverá.

A Bibiana Aído la empezamos a añorar por lo mismo. Nadie ha podido cubrir el hueco que ella ha dejado en sus batallas feministas en pro de la igualdad. De suer- te que su ocaso es el perfecto reflejo de la mutación de un zapaterismo que ha evolucionado desde la utopía adanista al pragmatismo merkeliano.

Yo me quedo con las esencias y, por ello, prefiero mil veces a Bibiana Aído que a Elena Salgado, lo mismo que me gusta mucho más Maria Schneider que Scarlett Johansson.

En la mitología clásica, los héroes siempre morían jóvenes y lo hacían en el campo de batalla, como Aquiles. Aído y Schneider han tenido la suerte de desaparecer del escenario en plena juventud, sin soportar la desmitificadora decadencia del paso del tiempo.

Puede que Bibiana Aído, que tiene un gran talento, vuelva a la política algún día. Pero yo no se lo aconsejo porque está empezando a adquirir esa aura que envuelve a los mitos.

Incluso algunos empezamos a dudar de si existió aquella mujer que quiso cambiar el diccionario para que no fuera machista.

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5 febrero, 2011 a las 7:14 am

Mujeres heroicas del año, de Henry Kamen en El Mundo

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TRIBUNA: PODER EN FEMENINO

El autor destaca a Aung San Suu Kyi, Anuradha Koirala y Angela Merkel por su extraordinaria relevancia en 2010. De las dos primeras, subraya su admirable trabajo en Asia; de la tercera, su valentía al criticar el multiculturalismo

No hay escasez de candidatas para el honor de ser una de las Mujeres del Año 2010, aunque varían mucho en función del tipo de actividad que se elige. La revista Time se ha centrado en la categoría de La Mujer en el Poder y ha presentado una impresionante lista de 10 féminas que han hecho contribuciones muy destacadas en un ámbito que todavía hoy está de forma muy mayoritaria dominado por hombres. Las mujeres mencionadas van desde Dilma Rousseff, quien anteayer fue investida como la primera jefa de Estado de Brasil, a Julia Gillard, que en 2010 se convirtió en la nueva primera ministra de Australia.

Deseo aportar mi lista personal de Mujeres del Año. Y voy a limitarme a sólo tres nombres. ¿Es un número demasiado pequeño? ¿Por qué no 10, que parece más normal? Lo cierto es que el mundo está lleno de valientes hombres y mujeres cuyos ejemplos han inspirado a otros, por lo que uno podría hacer una lista muy larga. Tres, sin embargo, es un buen número simbólico. Además, dos de los nombres son una elección personal relacionada con los países de Asia de donde procede mi familia, y el tercer nombre también toca un problema étnico importante.

Mi primera elegida es una mujer de incuestionable valor político: Aung San Suu Kyi, destacadísima líder opositora de Birmania, país en el que nací y crecí. Aung San, que fue galardonada con el premio Nobel de la Paz en 1991, ha pasado 15 de los últimos 21 años en arresto por oponerse al régimen militar de su país, y fue puesta en libertad el pasado 13 de noviembre, sólo después de que los generales ganaran unas elecciones generales manipuladas.

No se ha difundido apenas que hay planes para hacer una película sobre su vida, protagonizada por la actriz malaya Michelle Yeoh, estrella de la cinta de James Bond Tomorrow Never Dies y del espectáculo de artes marciales Crouching Tiger, Hidden Dragon. Al parecer, la película elegirá como tema central las trágicas consecuencias de su arresto domiciliario, que le obligó a permanecer separada durante años de su marido británico, y al que no pudo ver ni siquiera en vísperas de que muriera de cáncer en 1999. El valor de Aung San, que ya he comentado en varias ocasiones en este periódico, refleja el drama de todo un pueblo y no puede dejar de preocuparnos a todos.

Sin duda, muchas cosas cambiarán en una Birmania que ha sido aplastada durante años por la dictadura militar y la pobreza increíble, pero su defensa de la democracia ha sido fuente de inspiración para el conjunto de Asia. El presidente de Estados Unidos Barack Obama la considera una de sus heroínas, así como una «fuente de inspiración para todos los que trabajan para promover los derechos humanos básicos en Birmania y en todo el mundo».

No caigamos, sin embargo, en el error de idealizar a Suu Kyi. La versión de los hechos que más circula en Occidente en estos momentos la muestra como el símbolo de la democracia y de los derechos humanos contra un régimen brutal. Pero esta versión es correcta sólo hasta cierto punto. Birmania ha estado en guerra, incluida la civil, durante 70 años; sus jóvenes han vivido en una sociedad de permanente violencia; todavía hay varias guerrillas armadas activas y el uso de armas es universal. Además, los diversos grupos étnicos nunca han aprendido a vivir en un Estado unificado. En este caso, conseguir la democracia y los derechos humanos no son suficientes. Aung San Suu Kyi es una heroína, pero Birmania necesita más que heroísmo para recuperar su buena salud.

Ya he confesado el factor personal de mi nacimiento como una razón para mencionar a Aung San Suu Kyi. Permítanme también confesar que la segunda mujer heroica que he seleccionado proviene del mismo país que mi madre y fue a la escuela en la misma ciudad que yo fui, allá en el sempiterno nevado Himalaya. Su proyección internacional, por supuesto, supera con creces esa pequeña ciudad, y ella ha sido seleccionada por la CNN como su heroína del Año 2010.

No mucha gente sabe quién es Anuradha Koirala, pero hay suficientes personas con un interés en su trabajo que han votado por ella en una encuesta de CNN.com. En una ceremonia celebrada en Los Ángeles el pasado noviembre fue presentada por la actriz Demi Moore, quien, junto con su esposo, creó la Demi and Ashton Foundation, que tiene como propósito eliminar la esclavitud sexual de niños en todo el mundo. Koirala, que es una maestra de escuela de Nepal, ha dedicado su vida a rescatar y proteger a las muchachas jóvenes.

«Asaltando por sorpresa los burdeles y patrullando la frontera de India-Nepal», explicó Demi Moore, «ella evita que las niñas sean vendidas en el trafico sexual, donde son violadas repetidamente con fines de lucro, torturadas y esclavizadas. Desde 1993, ha ayudado a rescatar a más de 12.000 mujeres y niñas. A través de su organización Maiti Nepal, ha proporcionado algo más que un refugio para estas niñas y mujeres jóvenes, ha creado un hogar».

Anuradha comenzó Maiti Nepal en 1993 con dos habitaciones, financiando su trabajo con sus propios ingresos. Más tarde recibió el apoyo de UNICEF. Ahora, después de 17 años, Maiti Nepal tiene una extensión que abarca los 29 distritos del país del Himalaya y, además, una red mundial de seguidores. Siguen existiendo enormes obstáculos, y no es el menor de ellos la posición desfavorable de las mujeres en algunas sociedades asiáticas.

«Cada día esta mujer hace frente a lo peor que la humanidad tiene por ofrecer», añadió Demi Moore de Anuradha. Con el fin de rehabilitar a las chicas que rescata, Maiti Nepal intenta establecer oportunidades de empleo y programas de capacitación para ellas. Anuradha reveló a un periódico nepalí lo que más desearía lograr: «Mi deseo es cerrar Maiti Nepal tan pronto como sea posible, porque cuando haga eso significará que el tráfico ha sido completamente erradicado en Nepal. El día que pueda cerrar Maiti Nepal será mi día más feliz».

En tercer lugar, coincido con Time en la elección de una notable mujer del año: la canciller de Alemania, Angela Merkel. El motivo de mi elección no es político sino puramente sociológico, debido a su valentía en criticar públicamente la idea del multiculturalismo.

Durante muchos años, la noción del multiculturalismo ha sido una parte aceptada del pensamiento liberal occidental. La noción puede definirse como practicar la tolerancia en la sociedad al permitir que los diferentes credos y culturas disfruten de reconocimiento legal completo. Multiculturalismo se ha practicado durante más de medio siglo en Occidente, y sus consecuencias están empezando a ser cuestionadas. En Estados Unidos, Francis Fukuyama ha comentado que «la promoción del multiculturalismo amenaza importantes valores americanos».

Hace cuatro años, en un artículo en este periódico (EL MUNDO, 16/08/2006) comenté: «La amenaza terrorista de los últimos días muestra la fragilidad de cualquier sociedad que afirma ser multicultural. Cuando una cultura existe dentro de otra, ¿qué identidad tiene un ciudadano? ¿A qué cultura dirige su lealtad? Cuando una sociedad pasa de ser monocultural -como lo era la británica en los años 50- a pluricultural -como lo es hoy-, se crean enormes problemas que no parecen de fácil solución. La coexistencia de culturas comporta siempre un riesgo potencial… La sociedad parece ser más rica gracias a su diversidad, pero también más pobre porque fracasa a la hora de conseguir la lealtad que es esencial para la estabilidad social».

En octubre, Merkel hizo un discurso en el que expresó su preocupación por la situación actual en Alemania, causada por la existencia del extremismo musulmán y la aceptación demasiado fácil del multiculturalismo. Declaró: «Éste es un país que atrajo a muchos trabajadores inmigrantes a Alemania en la década de 1960. Durante un tiempo, nos hemos engañado creyendo que no se quedarían. La noción de que pasaríamos a ser multiculti, de que viviríamos unos junto a otros y seríamos felices entre sí, ha fracasado por completo».

Merkel, como podemos juzgar por otras declaraciones, hizo la crítica no como un ataque a las culturas minoritarias, pero sí con el fin de hacer hincapié en que su Gobierno está buscando soluciones para remediar las debilidades de la situación existente. Señaló: «Integración es un tema central, porque el número de jóvenes en este país con orígenes de inmigración están aumentando, no disminuyendo». Su valentía y honestidad y, sobre todo, el hecho de haber colocado este tema en el centro del debate público, son sumamente importantes.

¡Sólo tres nombres y hay tantos más que uno podría mencionar! Estamos hablando de individuos que han inspirado a mucha gente y que nos han ayudado a centrarnos más estrechamente en cuestiones de importancia universal. Su contribución en el año 2010 continúa siendo relevante para el presente Nuevo Año de 2011.

Henry Kamen es historiador británico. Su último libro es Poder y gloria. Los héroes de la España imperial (Espasa, 2010).

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3 enero, 2011 a las 8:18 am

Peligro de involución, de Lidia Falcón en Público

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La diferencia entre un Estado dictatorial y un Estado democrático es la protección y el respeto que muestra hacia sus ciudadanos. Ante los asesinatos de mujeres que continuadamente se producen en España no es exagerado ni improcedente exigirle a nuestras instituciones que protejan a las víctimas. Es imaginable que si sufriéramos de 60 a 70 víctimas mortales cada año por atentados terroristas, los mecanismos de prevención y punición serían mucho más contundentes.

La Ley Integral contra la Violencia de Género se aprobó por unanimidad en el Parlamento, lo que ya permitía sospechar de su benignidad. Y así fue. Para no molestar a los sectores de la derecha machista, el Gobierno consensuó unas normas incompletas que las hacen ineficaces, a las que se unen la falta de medios que padece la Administración de Justicia. El resultado ha sido evidente. El Instituto de la Mujer admite que deben ser 2.600.000 las mujeres víctimas habituales de violencia machista, y a día de hoy sumamos 65 asesinadas, seis más que en 2009.

Pero cuando, a los casi dos años de entrada en vigor de la ley, desde el Partido Feminista presentamos el informe Hacer de los derechos realidad sobre las carencias de dicha ley y nos dirigimos a todas las instituciones que representan el Estado –el Parlamento y el Senado, el Parlament de Catalunya, el Defensor del Pueblo, el Ministerio de Igualdad, el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya, los Colegios de Abogados, el Consejo General de la Abogacía, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) y el Defensor del Pueblo– solicitando las modificaciones necesarias, se nos negó esa posibilidad o ni siquiera se nos contestó. Nunca supe para qué había servido la Comisión de Violencia del Parlamento que estuvo reuniéndose durante un curso.

En nuestro estudio explicamos las deficiencias que tiene el redactado legal. Desde haber dejado fuera de su protección a toda mujer que no sea la esposa o esté vinculada sentimentalmente de modo permanente con el agresor, hasta que mantiene garantías en beneficio del denunciado –que cuando se trata de otras jurisdicciones como la laboral no se aplican desde hace cien años– que obligan a esperar a la denunciante interminable tiempo para ver dirimida su denuncia en los tribunales. La amplia discrecionalidad que se le concede al juez permite que se archiven el 55% de las denuncias sin ni siquiera tramitarlas, que se dicten arbitrariamente órdenes de alejamiento, dependiendo del juzgado de que se trate, y que se siga manteniendo una valoración estricta de la prueba en el juicio oral de modo que se absuelve a un gran número de agresores por falta de pruebas. El 30% de los que son juzgados, lo que significa que únicamente el 38% de las denuncias concluyen en una sentencia condenatoria. Estas son algunas de las lagunas de la norma, a las que se pueden añadir la falta de responsabilidad de los jueces, fiscales, médicos, asistentes sociales y del entorno familiar y vecinal de las víctimas cuando no cumplen la debida diligencia en la protección de la víctima y en la persecución del delito. Exigencias que nosotras habíamos introducido en el proyecto que llevamos al Congreso y que fue desestimado.

Si a estas carencias legales añadimos que ni se han dotado de los medios necesarios a las comisarías de policía ni creado los suficientes juzgados, ni estos disponen de personal preparado para su misión, no creo que sea muy difícil entender por qué la persecución de los maltratadores y asesinos de mujeres está siendo ineficaz.
Mas no es este el único escollo con que hemos tropezado en el camino de lograr mayor eficacia en la protección y punición del delito. Inmediatamente después de que se aprobara esa tímida ley, un sector social inició una agresiva campaña contra ella y las instituciones que tenían que hacerla cumplir, asegurando que permite que las mujeres se beneficien presentando denuncias falsas. La difusión de esta perversa acusación ha sido tan eficaz, ha estado tan bien dirigida, que en poco tiempo se dictaron normas de funcionamiento interno en los juzgados para no aceptar las denuncias “sospechosas” e investigar su veracidad. A partir de esa inflexión del criterio de la Justicia dedicada a la violencia contra la mujer, y a pesar de las negativas del Observatorio de Violencia del CGPJ sobre la veracidad de estas afirmaciones, las causas se archivan en mayor proporción, se exige mayor rigidez en las pruebas y las absoluciones se menudean, se dictan condenas más leves y las más pequeñas no se cumplen nunca y, en consecuencia, las mujeres denuncian menos. Resulta totalmente comprensible que las mujeres no confíen en la Justicia.

La involución se ha producido radicalmente con la última jurisprudencia del Tribunal Supremo, que afirma que la agresión contra una mujer por parte de un hombre no siempre es violencia machista, y pasa entonces a ser considerada como cualquier otra pelea entre ciudadanos. Y no digamos si ella se defiende, será condenada a la par que el maltratador. Pero, incluso después de una condena, la falta de medios hace imposible una verdadera protección de la víctima. Las famosas pulseras de alarma no se han impuesto más que en una minoría de casos, no hay personal suficiente para vigilarlas y, al estar en libertad el agresor, la intervención de la policía llega tarde cuando aquel se propone consumar el asesinato.

Y en estas condiciones, muy resumidas, aún se regaña a las mujeres porque no denuncian, logrando el objetivo perfecto para el poder: convertir a las víctimas en culpables de su propia desgracia.

Lidia Falcón es abogada. Presidenta del Partido Feminista de España.

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24 noviembre, 2010 a las 7:14 am

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Violencia y platós de televisión, de Bibiana Aído en Público

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Se aproxima el 25 de noviembre, Día Internacional contra la Violencia de Género, y alrededor de esta fecha se concentran actos, conferencias, discursos y reportajes sobre esta lacra. En los últimos años hemos pasado, y debemos felicitarnos por ello, de la indiferencia al rechazo activo de una forma de violencia estructural que mina nuestros valores y pone en tela de juicio nuestras democracias.

Sin embargo, cuando finalicen las conmemoraciones de dicho día, algunos de estos discursos sonarán como las falsas monedas, porque lo son. Otros, tendrán menos influencia de la deseada y todos perderán parte de su valor.

La violencia verbal vertida contra las mujeres y las niñas a través de distintos foros y que ha arreciado con especial virulencia en las últimas semanas no es ajena a la violencia de género, sino una más de sus múltiples manifestaciones. La sufren las mujeres por el hecho de serlo y ello nos recuerda que ser mujer continúa siendo peligroso.

Decía Nelson Mandela que “cuando el agua ha empezado a hervir, apagar el fuego ya no sirve de nada”. Efectivamente, el daño ya está hecho. Sin embargo, este 25 de noviembre debería servirnos para reflexionar sobre este fenómeno de depredadores mediáticos, calumnistas profesionales –como decía Manuel Vázquez Montalbán– y titiriteros de las palabras que está plagando los medios de comunicación y la vida pública de una violencia intolerable.

Dicha reflexión debiera llevarnos a ponderar qué tipo de valores queremos para nuestra sociedad y a plantearnos por qué ocupan tanto espacio y tiempo quienes azuzan esta campaña violenta y agresiva. Y también, cabría preguntarnos quiénes son sus cómplices y qué soluciones democráticas deberíamos encontrar a esta sarta de indecencias.

Y es que la misoginia se manifiesta cada vez con mayor osadía como explicaba Soledad Puértolas en una reciente entrevista. Casi a diario, asistimos a un espectáculo donde el protagonista es la falta de respeto verbal hacia las mujeres por parte de personajes públicos, ya sean políticos, escritores superventas o incluso algún juez que ha decidido obviar las leyes y la jurisprudencia convencido de que las mentiras, a fuerza de repetirlas, se consolidan.

No voy a hacer la recopilación completa de afrentas a las mujeres. No tendría espacio ni aún ocupando todas las páginas de este periódico. La lista de quienes forman parte de la cultura del grito y la descalificación es demasiado larga. Sólo un recuerdo somero nos llevaría de las palabras de Eduardo García Serrano llamando “zorra” y “puerca” a la consejera de Sanidad del Gobierno catalán a las de Alfonso Ussía describiendo a unas manifestantes como “morsas” o “coños de vitriolo y de cianuro”. Sin olvidar las joyas de Antonio Burgos cuando describió al primer Gobierno de esta legislatura como un “batallón de modistillas ministeriales” o al enunciar aquella odiosa frase de “si juzgamos por la cara, Leire Pajín tendría que ser actriz porno”, que tal vez inspiró al alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva, del Partido Popular, en sus recientes declaraciones. O las de Gustavo Bueno cuando hizo apología directa de la violencia contra mí misma cuando era ministra de Igualdad: “Habría que tirarla por la ventana”, sugirió cuando afirmé que “a la Iglesia le corresponde establecer lo que es o no pecado, pero no lo que es o no delito”.

Especial protagonismo ha tenido en todo este disparate Fernando Sánchez Dragó al alardear de sus relaciones con menores. Y no le ha ido a la zaga Salvador Sostres cuando en un plató de Telemadrid, en una desconexión pero en presencia de escolares, hacía referencia a sus preferencias sexuales con las chicas de 17, 18 y 19 años en unos términos vomitivos.

Ese festival de desprecio a las mujeres y las niñas pretende ampararse en la supuesta privacidad de ciertos espacios aunque sean tan públicos como un estudio televisivo. En realidad, se trata de fuegos de artificio para distraer del fondo de la cuestión. Y es que no se trata de simples excesos verbales sino que reflejan un imaginario excluyente y despectivo que sirve para alimentar la desigualdad que es la base de la violencia de género.

A veces esos propagandistas del machismo se escudan en la libertad de expresión, lo que supone un claro agravante a sus casos, a menudo reincidentes. La libertad de discrepar o de opinar implica el respeto a los derechos y a la dignidad de todos y de todas. Quien habla, quien da argumentos, quien sabe confrontar sus ideas no necesita recurrir al insulto, la descalificación y la violencia verbal. Estas artimañas son un abuso del poder que otorga la ventaja de disponer de altavoces mediáticos por parte de quienes desprecian a las mujeres, a quienes consideran intrusas en el mundo público. Pretenden escudarse en el concepto de libertad para, en sentido contrario, menoscabarla.

Estoy convencida de que, a pesar de tan sonados altavoces, estarán condenados al fracaso quienes necesitan demostrar su presunta superioridad frente al gran esfuerzo personal y colectivo de una sociedad que cada día trabaja con más afán en conseguir que hombres y mujeres sean dueños de sus vidas en función de sus talentos y capacidades.

Este 25 de noviembre debería servirnos para reflexionar sobre el resurgir del viejo sexismo bajo una apariencia nueva. Un sexismo que tiene nombres y apellidos y también tiene cómplices en quienes lo defienden y en quienes le dan soporte.

Es el momento de que la mayoría de la sociedad, que creemos en la igualdad y en la libertad, desenmascaremos a quienes, a estas alturas de la historia, hacen impunemente apología de la desigualdad y de la violencia contra las mujeres.

Bibiana Aído es secretaria de Estado de Igualdad.

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23 noviembre, 2010 a las 7:14 am

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Género, represión y reparación, de José Guillermo Fouce en Público

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Queipo de Llano arengaba a los falangistas por radio para que violasen a las mujeres marxistas y republicanas y así les demostrasen lo que es un hombre, al tiempo que les concedía inmunidad para sus crímenes: “Nuestros valientes legionarios y regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser hombre. Y, de paso, también a las mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”.

Vallejo-Nájera, jefe de los servicios psiquiátricos del ejercito franquista, tras tratar de demostrar que la mujer de izquierdas está ligada al psiquismo animal, señalaba que ya que no resultaba posible –aunque sí deseable– exterminar a todos los republicanos, rojos y marxistas por cuestiones prácticas, podrían desarrollares otras medidas eugenésicas contra la enfermedad del marxismo: “La civilización moderna no admite tan crueles postulados en el orden material, pero en el moral no se arredra en llevar a la práctica medidas incruentas que coloquen a los tarados biológicos en condiciones que imposibiliten su reproducción y transmisión a la progenie de las taras que los afectan. El medio más sencillo y fácil de segregación consiste en internar en penales, asilos y colonias a los tarados, con separación de sexos”.

Estos son algunos de los marcos legitimadores de la represión que se desarrolló durante y después de la guerra de manera sistemática por parte del régimen franquista: a quien no se le podía matar, se le humillaba y represaliaba.

La Junta de Andalucía desarrolló recientemente una medida para reparar parte del daño causado a las mujeres a las que se humillaba mediante diferentes formas: aceite de ricino, rapaduras de pelo, etc. Y vuelven a resurgir preguntas como: ¿no pasó demasiado tiempo y estaremos reabriendo heridas? ¿No llegamos demasiado tarde? ¿Tienen sentido estas políticas y estas reparaciones?

El olvido siempre es relativo y, especialmente cuando se ha sufrido una situación traumática, es imposible que se produzca por completo, porque estas situaciones quedan grabadas en nuestro cerebro para siempre, marcando un antes y un después en nuestras vidas. La cura y superación sólo son posibles si antes uno se enfrenta cara a cara con lo ocurrido, un proceso que tiene que llegar antes o después, pero que cuanto más tarde llegue y más solo se haga es mucho más duro, un proceso que debe ser acompañado por medidas de justicia y reconocimiento social a las víctimas para apoyarlas y ayudarlas en su proceso de enfrentamiento. Cuanto más tiempo pasa, la situación no mejora, empeora y se enquista, especialmente si la sociedad no permite y acompaña el proceso de enfrentamiento.

Si una injusticia, como sufrir una humillación, viene acompañada de otras, como no ser reconocida como víctima o no ser reparada, la injusticia se multiplica. Y si esta situación se prolonga en el tiempo, vuelve a aumentar la sensación de indefensión, de impunidad, de dolor y miedo.

Muchas víctimas de la represión franquista siguen hoy demostrándonos su extraordinaria fortaleza para superar momentos especialmente duros y conectados entre sí: humillaciones directas, hambre, expolio de bienes, muerte de familiares, falta de reconocimiento como víctimas, etc. Y merecen un reconocimiento y trato colectivo que aplique los principios básicos de derechos humanos que toda víctima de la violencia, sea del color que sea, merece: verdad, justicia y reparación. Resulta increíble que hoy, en pleno siglo XXI, se recete el olvido sólo para las víctimas que no son cercanas. Increíble que pretendamos seguir sometiendo al miedo, a la falta de reconocimiento, a las víctimas del franquismo.

Cabe recordar que las otras víctimas recibieron y reciben homenajes y reparaciones desde las exhumaciones desarrolladas por el franquismo, hasta los regalos a las viudas y otras víctimas en forma de puestos en la administración pública, reparaciones económicas u homenajes públicos, masivos y cotidianos que continúan hoy en forma, por ejemplo de elevaciones a los altares, sin que nadie hable de reabrir heridas, guerracivilismo, vómitos u otras lindeces, que sí se aplican cuando las víctimas no son afines.

El caso de las mujeres y la violencia que se ejerció contra ellas es especialmente significativo, porque ellas eran una de las partes más débiles de la sociedad y porque eran consideradas seres inferiores: “El fin esencial de la mujer, es servir de complemento al hombre, formando con él, individual o colectivamente, una perfecta unidad social” (sección femenina).

O como señala más claramente Vallejo-Nájera: “Si la mujer es habitualmente de carácter apacible, dulce y bondadosa débese a los frenos que obran sobre ella; pero como el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y el animal, cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer y se liberan las inhibiciones fregatrices de las impulsiones institintivas, entonces despiértase en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las posibilidades imaginadas, precisamente por faltarle las inhibiciones inteligentes y lógicas… suele observarse que las mujeres lanzadas a la política no lo hacen arrastradas por sus ideas, sino por sus sentimientos, que alcanzan proporciones inmoderadas o incluso patológicas debido a la irritabilidad propia de la personalidad femenina”.

Hay que desarrollar medidas de reparación, justicia y verdad para las víctimas de la represión franquista, especialmente para aquellas que fueron más vulnerables, como las mujeres, porque el tiempo todo lo cura, menos las injusticias que las agravan.

José Guillermo Fouce es profesor de la Universidad Carlos III y coordinador de Psicólogos sin Fronteras Madrid

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Introducido por Reggio

13 octubre, 2010 a las 8:14 am