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Paradojas de la ingenuidad, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

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Ser radicalmente ingenuo es un problema. No serlo en absoluto, también. Supongo que no hemos llegado aún al extremo de considerar que si no se es mala persona se es ingenuo, aunque en ocasiones algo semejante podría desprenderse de ciertas valoraciones. No se trata de reivindicar la simpleza, ni de confundirla con la necesaria sencillez, ni menos aún de defender la incapacidad de hacerse cargo de una situación, de afrontar sus consecuencias o de prever lo que otros pueden llegar a hacer. Pero acabará siendo imprescindible asumir determinada ingenuidad, incluso reivindicarla, si las alternativas son las que corresponden a formas más o menos sofisticadas de granujería. La arrogancia del supuestamente astuto debería no olvidar la fuerza y el valor de esa ingenuidad.

Nose trata de pisar, ni de dejarse pisar, no es cuestión de amenazar ni de dejarse amenazar, si bien se oye hablar con demasiada frecuencia de objetivos que hay que lograr a cualquier precio, lo que vincularía la eficacia con la falta de escrúpulos. Si no se está dispuesto a todo, no se es interesante ni atractivo para lo que se persigue, que, según parece, ha de anteponerse a cualquier miramiento. De lo contrario, por lo visto, se es ingenuo. Y ello hasta el extremo de descalificar a alguien por lo que se estima que es andarse con demasiadas contemplaciones. Aquí irrumpe la paradoja. Si se es minucioso, si se tienen en cuenta los diferentes aspectos, si se piensa en los demás y en el alcance de cada acción o decisión, mira por dónde, se es ingenuo. Lo avispado consistiría en atajar, en ir directamente a la cuestión y en fijarse sólo en los resultados. El resto serían melifluas debilidades, propias, de nuevo, de un ingenuo.

No faltan, por otra parte, quienes una y otra vez previenen del peligro de las posiciones cuidadosas. Prevenir del cuidado, nueva paradoja. Si en una reunión o en un debate público alguien propone o defiende algo que no resulta inmediatamente rentable, es mirado con recelo y requerido para que se explique, mostrando las ventajas o el provecho de lo expuesto, en razón del beneficio como valor supremo. Y, por supuesto, los obsesos de la utilidad aderezan sus avisos con precauciones sobre lo que, en tono casi descalificador, denominan ideas. Defenderlas supondría la máxima expresión de ingenuidad, de falta de realismo.

La astucia sería el camino indicado, al servicio de la eficacia. No suponer que los demás están dispuestos a todo mostraría un candor propio de novatos. Sospechar sería lo sensato, lo prudente. Nada de confianzas ni de generosidades. Cada uno a lo suyo y frente al resto. Competir consistiría en combatir y, por supuesto, en vencer, para lo que valdrían todos los procedimientos, mecanismos y artimañas. Sin embargo, la ingenuidad propondría hacer compatible la competitividad con la colaboración y la solidaridad. Con alguien, no contra él. El desafío es necesario y hasta atractivo, pero si tratar de no arrollar es ingenuo, impropio de triunfadores, es cuestión de preconizar otro tipo de éxitos menos victoriosos. Desear ganar sin víctimas ni derrotados sería la paradójica voluntad del ingenuo, lo que no es incompatible, a su juicio, con poner todos los medios para lograrlo. No es cuestión de humillar, ni de apabullar, ni de aniquilar. Preferimos esta limpieza en el modo de ser y en la decidida voluntad de no claudicar ante el éxito fulminante. A algunos, tamaña inocencia les produce hasta rubor y, desde luego, les causa desconfianza. Alguien sensible, detallista, decoroso, capaz de permanente consideración genera susceptibilidad para los apremiados por lo fácil y rápido, pero no para quienes bien conocen que sólo con gente así se puede ir lejos.

Hay en la ingenuidad una indescriptible tendencia a esperar contra toda esperanza cuando parece haber pocas salidas, a no rendirse cuando las posibilidades son escasas, incluso inapreciables, a confiar cuando los demás sólo ven amenazas, a darlo todo aunque uno se quede solo, a proseguir cuando ya otros han cedido, a ser amable cuando no se es bien tratado. Ello no supone tanto un alma pánfila cuanto una permanente capacidad de ser bien pensante y bien intencionado. Intentar comprender no es querer justificarlo todo, pero esta ingenuidad permite hablar bien de los demás incluso en situaciones difíciles.

Se dirá que la ingenuidad es temible. Sin duda, aunque no está claro para qué y para quiénes. Desde luego las preguntas que provoca desconciertan y a menudo delatan, son un contratiempo para aquellos que buscan cómplices sin principios. La ingenuidad desafía lo que, tal vez enmascarada de experiencia y madurez, es en ocasiones pura malicia, resabiada y enquistada. Esta no es sólo penetración, sutileza y sagacidad, también es la maldad de quien recela de todo y tiene intenciones solapadas, propias de un indebidamente llamado listo. En tal caso, más vale reclamar algún candor, algún pudor, alguna inocencia, lo que no es incompatible ni con la contundencia, ni con la insistencia, ni con la firmeza. La ingenuidad es la que hace no claudicar, la que insta a proseguir y a inquirir. Lo paradójico de ella es que algo tiene que la hace peligrosa, pero no siempre para el ingenuo, sino para quien al encontrarse con él lo desconsidera.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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1 septiembre, 2008 a las 8:52 am

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El azar, de Pedro G. Cuartango en El Mundo

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TIEMPO RECOBRADO

Creo que el azar gobierna nuestras vidas de una forma mucho más importante de lo que pensamos, aunque la mayoría de la gente se resiste a aceptar esta idea.

Ello es porque, como decía Ludwig Wittgenstein, encajamos todo lo que perciben nuestros sentidos en un molde predeterminado por nuestro cerebro. Pero las cosas no suelen ser como parecen en muchas ocasiones.

El ser humano necesita explicar los fenómenos que no comprende y y, por ello, establecer pautas de comportamiento que suelen ser puramente ilusorias. Por ejemplo, un individuo invierte sus ahorros en la Bolsa y luego se arruina. Se casa con una mujer enamorado y se separa a los tres meses. Confía en el diagnóstico de un médico, que más tarde se demuestra que es erróneo.

En general, percibimos las cosas como creemos que son y no cómo realmente son cuando se trata de asuntos complejos, que afectan a nuestra vida. Ello también es extensible al mundo de lo físico: decimos que el cielo es azul, pero en realidad el color es una longitud de onda.

Casi todo lo que nos sucede en la vida es imprevisible. Hagamos el simple ejercicio de situarnos en nuestra niñez y luego en el presente. ¿Era predecible el desarrollo de nuestra existencia?

Se me dirá que este argumento es un sofisma porque el hombre es el resultado de su herencia genética, su familia, su educación y su entorno. Es cierto que todos estos factores son esenciales, pero también son puramente aleatorios. ¿Por qué, si no, dos hermanos pueden ser totalmente distintos?

El mismo accidente del MD-82 en Barajas está probablemente motivado por una sucesión de hechos azarosos que desembocaron en la catástrofe. La alteración de uno de los factores de esa secuencia habría podido evitar el fatal desenlace.

Desde niños, hemos sido educados en el principio de causalidad y en la idea de que todo lo que sucede a nuestro alrededor es explicable de forma racional. Desde Platón a Hegel y Marx, los filósofos han analizado los fenómenos individuales y sociales como el resultado de unas leyes universales.

Este determinismo histórico nos ha cegado sobre lo esencial: esa presencial del azar. La vida existe en la Tierra porque, según los científicos, se dieron unas circunstancias bioquímicas cuya repetición es altamente improbable. El azar jugó también un papel importante en la evolución genética, como muy bien demostró Jacques Monod.

Somos, en buena medida, un producto del azar y eso es lo que convierte en tremendamente vulnerable al ser humano. Pero es el azar también el que hace que la existencia humana sea una aventura singular e irrepetible. Tal vez nuestra conciencia sea también un producto del azar, lo que nos plantea serias dudas sobre el alcance de nuestro conocimiento.

Son reflexiones a las que he dado muchas vueltas y que posiblemente carezcan de sentido, como casi todo lo que hacemos.

© Mundinteractivos, S.A.

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1 septiembre, 2008 a las 8:46 am

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De Pekín a Seúl, la hora de la filosofía, de Víctor Gómez Pin en El País

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Además de las formas de sociedad que comparten con los animales, los humanos tienen cosas como moneda, propiedad, gobierno y… congresos de filosofía”, decía con humor el pensador americano John Searle en la conferencia que clausuraba en Pekín en agosto del pasado año el Congreso Internacional de Filosofía de la Ciencia. Como es sabido, en la capital china, la filosofía deja este año paso a los fastos olímpicos, lo cual acentúa la reminiscencia griega. Mas, reemplazada en Pekín por el deporte, la filosofía no se ha ido muy lejos…, concretamente a Seúl, otra ciudad olímpica, donde ha tenido lugar el más genérico Congreso Mundial de Filosofía. Es la primera vez que se celebra en Asia este acontecimiento, cuya primera edición tuvo lugar en París en 1900. Excepcionalidad explícitamente señalada por el presidente del congreso, el danés Peter Kemp. La sede de la próxima edición será Atenas, lo cual algunos interpretarán como un retorno a casa. Retorno, en cualquier caso, tras haberse enriquecido en esta confrontación a la alteridad, y liberado quizás de algún prejuicio.

Es obligado preguntarse de dónde procede este interés por organizar congresos filosóficos en estos dos grandes países asiáticos. En Seúl, la repercusión local ha sido muy grande y cabe decir que constituyó el acontecimiento cultural del momento (la inauguración contó con la presencia del primer ministro).

No puedo dejar de señalar un penoso punto en común entre ambas celebraciones; a saber, la testimonial representación de la mayoría de los países asiáticos y muchos de la Europa no comunitaria y de América Latina. Pues, obviamente, no todos los continentes están homologados en lo referente al peso que en la educación se está en condiciones de otorgar a la filosofía.

El país extranjero con mayor representación ha sido Rusia. También fueron numerosos los participantes españoles (el profesor Tomás Calvo, de la Complutense, fue uno de los responsables de la organización). Caso quizás especial es el de la propia Corea, que ya el pasado año en Pekín tenía una representación muy amplia.

En todo caso, el enunciado mismo del Congreso de este año parece sugerir que en su guerra por la dignificación de la condición humana, la filosofía ha de hacer una pausa consagrada a meditar sobre sí misma: Rethinking Philosophy Today es, en efecto, el título general, que cabría enfatizar como volver a plantearse en nuestro tiempo qué es eso de filosofía. En tal sentido, repensar hoy la filosofía no incita a otra cosa que a seguir filosofando, seguir confrontándose a aquellos problemas que constituyen universales antropológicos. A decir verdad cualquier tiempo pasado hubiera sido adecuado para que un encuentro de filósofos se fijara como meta el poner de nuevo sobre el tapete los problemas filosóficos.

A mi juicio, lo más relevante quizás ha sido la explícita consideración de temas vinculados a la relación Oriente-Occidente por lo que a la filosofía se refiere. Conviene al respecto precisar que la universalidad de la filosofía ha sido a veces puesta en tela de juicio precisamente en boca de los que a ella se dedican. La divergencia está viciada por un equívoco respecto a lo que hay que entender por el término mismo filosofía. Es difícil imaginar que en lugar alguno el hombre deje de preguntarse por el hombre, es decir, que no haya alguna forma de antropología filosófica. Y así para todas y cada una de las interrogaciones que han alimentado la historia de la filosofía. Los que enfatizan el lazo entre la filosofía y la ascendencia cultural grecolatina se verían sorprendidos al constatar el gran número de sesiones en que los problemas que atravesaron a Platón, Leibniz o Kant eran retomados con todo rigor por colegas asiáticos, en absoluto desarraigados de su cultura. Obviamente, ello no fue óbice para que hubiera múltiples sesiones sobre aspectos filosóficos de budismo o confucionismo, en las que, de hecho, se hallaron implicados muchos participantes europeos o americanos.

Afirmar o negar la universalidad de la filosofía es casi una cuestión de optimismo o pesimismo antropológico. La reivindicación de la filosofía seguiría vigente aun en el caso en que la globalización del libre mercado llegara a ser compatible con la reducción de las abismales diferencias económicas entre países y entre ciudadanos de cada país (perspectiva utópica donde las haya). Pues, como indicaba en este congreso la profesora turca Ioanna Kuçuradi, esta mayor equidad sólo supondría efectiva generalización de los derechos humanos si se acompañara de una educación general tendiente a desarrollar en cada individuo las facultades que le caracterizan como ser humano. Y aquí entra en juego la filosofía: educar a la humanidad a través de la filosofía equivaldría a posibilitar que se actualizara en cada uno de nosotros el conjunto de potencialidades que nos marcan como seres de razón; equivaldría simplemente a ayudarnos a realizar nuestra humanidad (la educación ha de fertilizar un órgano, no puede sustituirse a él, señalaba ya Platón).

Aristóteles pretendía que la disposición filosófica era propia de los hombres libres. Mas en tal caso, la neutralización de tal disposición en la inmensa mayoría de las personas constituye un índice de la ausencia de libertad efectiva.

En Seúl, Peter Kemp enfatizó la importancia del congreso en base a la convicción de que “los poderes tecnológicos, militares y económicos no poseen el monopolio del poder en el mundo”. A su juicio, la filosofía, dada su capacidad de “exponer falsedades e ilusiones” generadas por dichas fuerzas y proponer “un mundo mejor como morada de la humanidad”, podría erigirse en contrapoder, cuya misión sería, ni más ni menos, que “luchar para crear una ciudadanía mundial y establecer un nuevo orden mundial”.

La verdad es que, compartiendo con Kemp la concepción militante y casi redentora de la filosofía, soy menos optimista que él respecto a que la generalización del espíritu crítico y de la exigencia de lucidez que la filosofía supone pueda realizarse en base a competir con los poderes reconocidos como gestores del mundo. Por decirlo en términos muy clásicos (y poco de moda), quizás la acción transformadora de la sociedad sea condición de la realización de la filosofía y no al revés. Quizás sea útil recordar aquella tan desconsoladora como lúcida Miseria de la Filosofía, con la que Marx daba respuesta a la edificante y compasiva pero inoperante Filosofía de la Miseria de Proudhom.

Un último apunte: ni la concepción de la filosofía como derecho cultural de cada ser lingüístico, ni la constatación de la diversidad de culturas en las que la filosofía se despliega, dieron lugar a la reivindicación de una filosofía popular, o de una filosofía patriótica. La filosofía ha de servir a las personas (contribuyendo a esa educación integral a la que antes me refería) y ha de sostener a toda patria portadora de valores universales (la Francia de la Revolución, por ejemplo), pero sólo lo hará permaneciendo fiel a sí misma, es decir, siendo cabalmente filosofía.

Víctor Gómez Pin es catedrático de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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25 agosto, 2008 a las 8:58 am

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El temor a parar, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

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Lo deseamos y, sin embargo, lo tememos. Necesitamos detenernos, descansar, parar. No resulta fácil. Y no porque el trabajo nos apasione, sino porque en el corazón del vacar puede habitar un silencio y un vacío que en modo alguno habría de achacarse a los demás. Entretenidos durante meses en tantas ocupaciones y actividades, su interrupción nos produce algo similar a un pánico. Y, entonces, ocurre eso que no tiene nombre, un sopor que no se reduce a calor. Y brotan cuestiones que adoptan la forma de preguntas sobre lo que hacemos a diario. Y, quién sabe, sobre el sentido mismo de la vida. No es preciso ser muy dado a las ensoñaciones para que aparezca con contundencia y realidad algo que nos abruma. Incluso al parar pueden surgir molestias y malestares de esos que llamamos físicos, dolores, jaquecas, mareos, que nos llevan a frases tan expresivas como indeterminadas, tales como “no me encuentro bien”. Precisamente se trata de eso, de que uno no se encuentra.

Los días quizá transcurran velozmente y, a la par, son cada uno de ellos lentos. Hay algún oasis, pero en última instancia todo tiene la velocidad de lo que parece o doblegar el tiempo o arrodillarse ante él.

Tal vez no pase de ser un estado de ánimo, quizá un cansancio, una falta de fuerzas para dar sentido. Los días nos enseñan sus afiladas uñas, capaces de arañar, de escarbar, de labrar surcos en nuestra tibieza. Y amanece y anochece una y otra vez.

Pero cabe habitar el latir de las horas, desayunar, pasear, tal vez leer, quizá subir o bajar, a lo mejor nadar, o mecerse adormilado, o mirar sin necesidad de ver, o escuchar el ritmo del aire o de la música, o la voz, o a alguien, o saborear el improbable soñar y a veces dormir de verdad, eso que apenas ya recordábamos. Así se va tejiendo un ánimo, se cultiva lo que en ausencia de otra denominación llamaremos alma. Y nos cuidamos.

En ocasiones parecemos trabajar para olvidar, pero al dejar de hacerlo recordamos la necesidad de no perder de vista los límites. Postergar para un tiempo vacacional el cuidado de uno mismo y de los otros es tanto como pretender limitarnos a vivir, en el mejor de los casos, una breve temporada.

Así pronto comprobamos que hemos olvidado no sólo cómo hacerlo, sino en qué consiste. Por eso es tan importante parar a diario. Los días no pueden interrumpirse únicamente por el dormir de la noche. De vez en cuando es preciso tomar distancia para ver. En esta nueva infancia que recobramos, nada nos traerá más descanso que una cierta reiteración, un dejarnos acariciar por las horas, por los otros, una sencillez que acallamos con la complejidad algo ficticia de nuestra labor diaria. No hace falta quedarse quieto para parar. Hay otro hacer. Por ejemplo, reír, desear, respirar o esperar.

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6 agosto, 2008 a las 9:35 am

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El quehacer de la paciencia, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

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Prefiero la paciencia a la resignación. Ni es inactividad ni es claudicación. Es constancia, insistencia, coherencia. Hay quienes se descomponen si las cosas no van como desean, si no suceden inmediatamente. La paciencia sabe atender, es una forma de acción que convive con la espera. La precipitación no es su camino. Pero no se limita a aguardar la llegada de algo o de alguien, con su quehacer crea las hospitalarias condiciones para que advenga: hace venir.

Son tiempos de urgencias. Sin duda, algunas alarmantes. Y hemos de abordarlas, de enfrentarlas o, quizá, de afrontarlas, de aceptar el desafío. Claro que hay que hacer. Sin embargo, la acción no es realizar cualquier cosa de cualquier manera, para sentirse decidido o activo. Ni es limitarse a constatar qué pasa. Es procurar que ocurra, y de una determinada forma. Tanto la ansiedad como la apatía son formas de desconsideración. No es que transgredan lo previsto, es que impiden toda previsión, ese modo de ver que antecede, preludia y desea. La paciencia no lo da todo por ya prefigurado o clausurado, aprisionado por la expectativa. Desestima el apresuramiento. Y la pasividad. Es compatible con el elegir, con el preferir.

Amanece por la maduración de la noche, por la fuerza del día, por su buena labor, no porque cerremos o abramos los ojos. No es adecuado precipitar el fruto, su fructificación exige un determinado trato con el tiempo. La paciencia comprende su quehacer y lo quiere y lo acompaña. Combate toda prisa, todo miedo y sabe hasta qué punto late en la plenitud del instante alguna forma de eternidad que cabe atisbarse o incluso habitarse, como sólo un mortal es capaz de hacer. Demorarse en algo, permanecer en ello, deambular por sus aristas y laderas y saber convivir con el asunto es compartir la propia paciencia de la cosa. Ella se configura poco a poco. Como la vida, que tanto viene como se va.

No siempre vemos ni prevemos lo que nos aguarda. Esperamos abiertos a lo imprevisto, esperamos incluso lo inesperado, que es tanto como desvivirse por vivir. Por eso, la paciencia no es un simple estado de ánimo, ni un ingrediente de la actividad.

Es una forma suprema de atención, de activa contemplación, de aquella que participa en el brotar o emerger de algo, del otro, de la vida. La paciencia acompaña y, a la par, alumbra. No es simplemente comadrona, siendo ésta decisiva y no sólo para Platón, es concepción, hace irrumpir en la luz.

No esperemos sentados en el umbral de la puerta el paso de un hecho concluido, de un hecho tan hecho que resulte un deshecho, un cadáver que, en última instancia, acabaría por ser el nuestro. Terminaríamos por ser mirados por lo que decimos ver, agotado nuestro mirar. La paciencia nos hace hacer pero sin voluntad de darlo todo ya por finalizado, por finiquitado, por finado, por muerto. Es la paciencia de no querer dejarlo todo agostado, sin vida. No es reposo, es inquietud.

No sólo esperamos, también somos esperados por lo que nos espera. Por eso, la paciencia no consiste en detenerse, ni en suponer que todo es indiferente respecto de lo que pensamos, decimos y hacemos.

Ahora que parece primar el abordaje, el asalto, el ataque, ahora que para algunos ser ejecutivo es ser ejecutor, hay otro modo de acción, sereno, insistente, no el de la mirada que escudriña sino que penetra en el corazón de lo que hay y lo toca sin arrasarlo todo. Una y otra vez procuramos, luchamos y perseguimos lo que no acaba de llegar, pero no cejamos. En definitiva, no se trata de improvisar respuestas de repuesto, ante la incapacidad para soportar las cuestiones abiertas. Temerosos, somos capaces de precipitar cualquier supuesta solución, con tal de no tener que sostenernos pacientemente en el problema y vérnoslas con él.

La paciencia no es indiferencia. Resulta desconcertante y magnífico cómo convive con la pasión, cuando ésta no es entendida como una intervención puntual, casual, coyuntural, sino como un estado de intensidad. La insistencia y la energía ofrecen otras posibilidades y dan a la vida un primor y una frescura inclasificables. Me gustan quienes ni son impasibles ni se alteran permanentemente, quizá porque siempre tienen curiosidad y nunca se dan por definitivamente peripuestos. Se les ve incidir en las cuestiones y, más que tomar, esperan dejar o desprenderse de algo. Aunque se despojen de sí, necesitamos que no se nos vayan. Su espera nos hace vivir porque viven creativamente.

Por eso, tal vez la justa paciencia quede reservada para la profunda humildad del artista capaz de crear, que espera la hora del alumbramiento. La paciencia es artífice. Así nos lo recuerda Rainer Maria Rilke. “Ahí no cabe medir por el tiempo. Un año no tiene valor y diez años nada son. Ser artista es no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia y vivir con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se extendiera la eternidad. Esto lo aprendo yo cada día. Lo aprendo entre sufrimientos, a los que por ello quedo agradecido. ¡La paciencia lo es todo!”.

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4 agosto, 2008 a las 7:18 am

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Yo no lo sé, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

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Al hablar tendemos a pensar que es necesario mostrar contundencia, firmeza, seguridad. Es posible pero, al menos algunos, no encontramos inadecuado que alguien reconozca sus límites. Los expertos en todo, los que siempre tienen información, opinión, criterio y posición, los que una y otra vez insisten en que nada es como ellos lo harían, en que lo saben mejor, en que abren e iluminan los caminos, no sólo me desazonan sino que me parecen eso, unos iluminados. Me inquietan sus apariciones y, en cierto modo, me preocupan. Entre otras razones porque entiendo que no me necesitan, ni precisan de mi palabra ni, en cierto modo, de mí, salvo para que reciba y atienda la verdad de sus sentencias. Su saberlo todo me convierte en discípulo, en recipiente y, supongo que lo esperan, en obediente. Pero ante las grandes decisiones, ante los grandes asuntos han de esgrimirse motivos, argumentos, propuestas, posiciones, pero no imposiciones, por más que uno esté convencido de lo que dice.

Incluso, aun siendo certezas, conviene no confundirlas con la verdad.

Me gustan quienes son capaces de hacer algo porque lo saben, porque lo quieren, porque lo realizan. Les admiro. Sin embargo, me inquietan quienes se las saben todas. Desconfío de la arrogancia de cuantos no parecen dudar, hablan con imposición disfrazando de contundencia su debilidad. Resulta gratificante escuchar a alguien que sabe de algo reconocer que no sabe de todo. Cuando oigo decir con sencillez “yo no lo sé”, me entrego. Porque nada es más sabio que asumir las propias limitaciones. Sin embargo, no siempre se agradece esta sinceridad. Menos aún, que alguien reconozca sus fallos o sus equivocaciones o sus errores. A pesar de ello, considero que es necesario hacerlo, sin afectación, sin flagelarse. Despierta mi confianza ver a alguien rectificar.

En muchas ocasiones, uno toma posición, y no tanto porque ya conoce la respuesta, sino porque busca encontrar y precisa de la sana confrontación, de la conversación de los demás. El buen debate ha de incluir alguna duda, alguna búsqueda. Eso supondría contar con los otros. No creer que uno lo sabe ya todo y mejor que los demás y estar dispuesto a dejarse decir algo son condiciones indispensables, no sólo para aprender sino para crecer y vivir. Cuando aparecen en público arrogantes discursos que se proponen, no ya sólo como solución sino como salvación, cuando descalifican los esfuerzos ajenos y se muestran tan seguros de sí que, más que ofrecer, imponen, me resisto y, lo reconozco, me pongo a la defensiva. Muchas veces, al escuchar a eufóricos y convencidos, que tal vez confunden su contundencia con la necesaria ilusión o determinación, pienso que hay un no sé qué que me dice que no es eso. Algo sé cuando otro pretende saber todo, que no es así.

Ángel Gabilondo (San Sebastián, 1949) es catedrático de Metafísica en la Universidad Autónoma de Madrid, de la que es actualmente también rector.

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Introducido por Reggio

20 febrero, 2008 a las 11:00 am