Caffè Reggio

Un lugar de encuentro para leer juntos

Archivo de la categoría ‘General’

La identidad del socialismo ovetense, de Juan Neira en El Comercio

deja un comentario

La hegemonía de Gabino de Lorenzo en la capital del Principado no se explica sin las luchas en la AMSO.

LAS expectativas políticas creadas entre los socialistas ovetenses por el ‘caso Sopeña’, el famoso asunto en el que el senador, concejal y hombre de confianza de Gabino de Lorenzo apareció envuelto en unas grabaciones sobre compra-venta de terrenos, y las controversias en la AMSO sobre la celebración de elecciones primarias, convergen para mostrar una vez más que la capital de Asturias es el ‘territorio problema’ para el PSOE. En el primer caso, un asunto con apariencia turbia es visto por los socialistas como la gran oportunidad para erosionar el inmenso poder de Gabino de Lorenzo en Oviedo, y la agitación interna de la agrupación socialista nos retrotrae a las luchas intestinas del socialismo carbayón.

Los números demuestran que Oviedo es el ‘territorio problema’ para el PSOE. En las elecciones autonómicas, la ventaja en sufragios que obtienen los socialistas sobre el PP, en Gijón y las cuencas mineras apenas sirve para enjugar la diferencia de votos que les sacan los populares en la capital: 24.000 sufragios ¿Por qué Oviedo resulta tan adverso a los intereses de los socialistas?

Hay una respuesta simplista que consiste en afirmar que la capital de Asturias es una ciudad de derechas, amante de los tradicionales espectáculos clasistas, como las funciones de ópera, con el vecindario muy enjoyado y abundante fondo de armario. El estereotipo se refuerza con el recordatorio histórico: en 1934, la ciudad se enfrentó a los revolucionarios, y en 1936 resistió el cerco de la izquierda. Aparentemente, todo encaja.

Alcalde socialista

Sin embargo, esos ciudadanos, supuestamente de derechas, votaron mayoritariamente al PSOE en las elecciones municipales de 1983 y 1987. Durante ocho años, el dirigente socialista, Antonio Masip, fue el alcalde de la capital. Es más, pese a todas las zancadillas que le pusieron a Masip, tras los comicios de 1991 pudo perfectamente optar a un tercer mandato como alcalde, que se hubiera prolongado hasta 1995, si la dirección regional socialista hubiera puesto toda la carne el asador para forzar una alianza de centro-izquierda con los concejales del CDS e IU. Una alianza más heteróclita aupó a Maragall a la presidencia de la Generalitat. Aunque resulte provocador decirlo, en la democracia fue la izquierda la que entregó la ciudad de Oviedo a la derecha. Hay una imagen imborrable que lo atestigua: en la víspera de las elecciones municipales de 1991, la sede de la AMSO permaneció cerrada y todas las vallas publicitarias de la ciudad estaban ocupadas por fotos del aspirante Gabino de Lorenzo. ¿Casualidades?

La investidura de Gabino como alcalde no fue producto de su buen hacer en la oposición, sino de las increíbles peripecias internas del socialismo. Baste recordar que desde la propia agrupación socialista ovetense, regida por el hoy diputado nacional Celestino Suárez, se sometió a Masip a una moción de censura interna. Por no hablar de aquellas operaciones de toma de control de la Casa del Pueblo, conocidas como ‘operación jaula’ y ‘patada en la puerta’, que demostraban el interés del Soma por hacerse con el dominio de la AMSO. Para ese sector, Oviedo es una prolongación de Olloniego pero con más gente.

En cualquier partido, cuando los enfrentamientos internos se prolongan, el interés por gestionar el municipio o la región resultan secundarios porque prima ganar los congresos de los partidos. La proclamación del candidato socialista a la alcaldía de la capital se vio siempre como un test sobre la correlación de fuerzas entre las distintas facciones del partido. En la agenda socialista no estaba ganar a Gabino sino imponerse a los compañeros de la agrupación.

Cuatro candidatos

En el año 1999, en un momento dulce para el socialismo asturiano, cuando veía con delectación cómo se desangraba el partido rival por la lucha entre Marqués y Álvarez-Cascos, se presentaron nada menos que cuatro candidatos a las elecciones primarias de Oviedo. Entre los más de ocho mil municipios españoles, sólo en Mérida se realizaron unas primarias con cuatro candidatos. ¿Alguien puede imaginar que aquel año Paz Fernández Felgueroso hubiese ganado su opción a la alcaldía gijonesa en competencia con otros tres candidatos de su partido? La unanimidad en Gijón o de las cuencas mineras era tan lógica como la guerra en Oviedo.

De las concurridas primarias ovetenses se alzó como vencedor Leopoldo Tolivar, que no tuvo un periodo de tregua al ver cómo su nombre aparecía mal escrito en la propaganda electoral del propio partido. A Tolivar, como líder de la oposición municipal, le tocó vivir una situación sorprendente, al sentirse desamparado desde altas instituciones, copadas por compañeros de su propio partido. Para un profesor universitario de prestigio, que desinteresadamente accedió a dedicarse a la política, fue muy duro descubrir que De Lorenzo no sólo contaba con el explícito apoyo de las fuerzas vivas de la ciudad sino con la complicidad de sectores de la izquierda ajenos a Oviedo.

Falta casi un año para las próximas elecciones municipales y todo el mundo dice que De Lorenzo será reelegido alcalde. En Gijón o en Avilés habrá una pugna disputada, pero en Oviedo se da por descontado el resultado. El déficit del socialismo en Oviedo no es de candidatos a la alcaldía sino de claridad de ideas y unidad de intereses. Todos los dirigentes socialistas asturianos se apuntan a sacar el mayor número de votos en Oviedo, por el efecto arrastre que tendría sobre la candidatura autonómica, pero no todos están dispuestos a celebrar con cava la conquista de la alcaldía de la capital.

Esa es la crisis de identidad del socialismo ovetense. Por eso Antonio Masip fue combatido desde las propias filas; por eso Álvaro Cuesta jugó el papelón de opositor de salón de Gabino de Lorenzo, al consensuar con el alcalde la contratación de ‘fontaneros’ del Soma; por eso Leopoldo Tolivar fue abandonado; por eso Alberto Mortera cruzó de acera.

Al socialismo renovador de la costa y al socialismo de la mina les une el interés por esculpir un mismo arquetipo: Oviedo es una ciudad de derechas, irrecuperable, un auténtico caso perdido.

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

23 julio, 2006 a las 6:36 pm

Archivado en General

Autor

Lo que pierde Líbano, y toda la región, del Editorial en Gara

deja un comentario

Lo que pierde Líbano, y toda la región

La impune ofensiva israelí está provocando pérdidas de todo tipo en Líbano, pero también en toda la región. En el pequeño país mediterráneo, las pérdidas son en primer lugar humanas: al menos 362 personas han muerto desde el 12 de julio por los bombardeos masivos israelíes, casi todas ellas civiles. Y humanitarias: funcionarios de Naciones Unidas reiteraron ayer un dramático llamamiento para que Israel detenga la ofensiva y permita el envío y reparto de ayuda, advirtiendo de que Líbano, todo el país, se encuentra al borde de un enorme drama humanitario, drama que incluye, además, a medio millón de desplazados. Las pérdidas son, además, materiales: ciudades y aldeas devastadas; barrios de la capital, Beirut, completamente arrasados; las infraestructuras del Ejército de Líbano destrozadas; sedes de Hizbulá reducidas a escombros por las bombas israelíes; ejes de comunicación (puentes, aeropuertos, puertos y carreteras nacionales e internacionales) cortados; decenas de miles de viviendas borradas del mapa; centenares de camiones, estaciones de gasolina, centrales eléctricas, depósitos de agua y reservas de combustible destruidas; decenas de fábricas asoladas, incluyendo la principal compañía sanitaria y la más importante empresa de productos lácteos; al menos cuatro estaciones de trasmisión de telecomunicaciones tocadas…

Pero las pérdidas son también sicológicas, mentales, de futuro, por mucho que hablemos de un país, en cierto (y terrible) modo, endurecido por décadas de conflictos. Destacarán de nuevo que Líbano, sus habitantes, han sabido y sabrán superar el dolor, la destrucción, pero ese día está hoy lejos, y su latido es casi imperceptible bajo las bombas israelíes.La ONU, si esto fuera posible, podría muy bien dimitir en esta hora, al igual que la UE; o bien, por fin, podrían ambos levantar la voz y señalar a EEUU e Israel, que buscan eliminar toda disidencia no sólo en Líbano, sino en toda la región, la otra gran perdedora de esta agresión.

Impune, cierto, pero no sin respuesta. Las agencias cifraban en 33 los israelíes muertos hasta ayer bajo los cohetes de Hizbula, una de las pocas organizaciones de Oriente Medio que ha sabido forzar, al menos una vez, la retirada del todopoderoso Ejército israelí con su resistencia. Todo apunta a que Israel busca ahora resarcirse, y los hechos dicen que Washington, experto en estas lides, le está permitiendo borrar del mapa un Estado soberano.

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

23 julio, 2006 a las 6:33 pm

Archivado en General

Autor

Cinco errores o trucos numéricos comunes, de Jürgen Schuldt en La Insignia

deja un comentario

Desde la infancia muchos hemos aborrecido las matemáticas en general y ciertas operaciones numéricas en particular. Bien enseñada esta materia debió convertirse paulatinamente en un desafío estimulante y hasta en un pasatiempo divertido. Mal transmitida, en cambio, nos marca de por vida y para nada queremos ver siquiera elementales guarismos u operaciones aritméticas. Lo que nos lleva a ciertas afirmaciones erróneas que se materializan en barbaridades, como las siguientes, algunas de las cuales las hemos escuchado repetidamente en los medios de comunicación durante las últimas semanas: La pobreza disminuyó 6 por ciento”; “la economía peruana creció 25% durante el presente régimen”; “el precio del petróleo llegó a niveles nunca antes vistos”; “el número de desempleados cayó ostensiblemente”; “el sol está sobrevaluado”; etc. Compruebe usted mismo, estimado lector, si comete alguno de estos horrores elementales.

El más común consiste en confundir porcentajes con puntos porcentuales, lo que puede suceder cuando se comparan dos valores numéricos que están en %. Así, por ejemplo, si la inflación en un año fue de 10% y al año siguiente creció hasta el 20%, usted no puede decir que ello corresponda a un aumento del 10% (=20-10). Tiene dos alternativas para comentar ese resultado: o dice que aumentó en 10 puntos porcentuales o dice que fue del 100% (se duplicó), lo que es una gran diferencia. El ejemplo más reciente a este respecto lo hemos oído en estos días cuando el Gobierno proclamó que la pobreza había disminuido del 54% al 48% (papelito manda) y los comentaristas dijeron que había caído en 6 por ciento; cuando debió decirse que lo hizo en 6 puntos porcentuales o en 11% (=48 por 100 entre 54, menos 100).

Un segundo error deriva del hecho de que no se diferencien los valores nominales de los reales, en que estos últimos descuentan los efectos inflacionarios. De ahí que se diga que el precio del barril del petróleo, que llegó a 75 dólares esta semana, ‘es el más alto de la historia’. Si tomamos un año base y deflactamos los precios del barril en base a la inflación estadounidense (o por algún otro índice de precios), observaremos que está por debajo del precio máximo alcanzado en enero de 1980. En dólares del año 2004 equivalía a 94. De manera que la afirmación anterior sólo sería cierta si el precio nominal del petróleo estuviese en aproximadamente 100 dólares por barril.

También son muy comunes los errores que se cometen por dejar de diferenciar entre el interés simple y el compuesto. Hace unos días un comentarista decía que durante el presente gobierno la economía se había expandido en 25%, partiendo del hecho de que el Producto Interno Bruto (PIB) había crecido a una tasa anual promedio del 5%. Es decir, cometió el error de multiplicar 5 (años) por 5 (aumento del PIB), que equivale al interés simple; cuando debió acumular sobre lo acumulado (interés compuesto) y habría llegado a la conclusión que crecimos 27,6% (lo que se consigue elevando el cinco a la quinta = 1,05 con potencia 5, menos 1).

Un cuarto traspié deriva del hecho de confundir valores porcentuales con valores absolutos, en que éstos pueden aumentar a pesar de que aquellos disminuyan. Un ejemplo podría ser el que nos lleve a decir que el número de desempleados ha disminuido en los últimos diez años porque el porcentaje de desempleados disminuyó de 10% a 9%. En el caso peruano, como la fuerza laboral creció de 9,3 a 12,3 millones en ese lapso, eso significa que hoy en día habrían 77.000 desempleados más que entonces (1.007.000 menos 930.000).

Un quinto error, ya más justificable, que cometemos incluso economistas profesionales, deriva de cálculos algo más complejos ligados a nociones teóricas de gran importancia. Se afirma, por ejemplo, que el tipo de cambio (es decir, el sol) está sobrevaluado, lo que estaría perjudicando a los exportadores y beneficiando a los importadores. Es fácil caer en esta trampa -destino de muchos empresarios- porque efectivamente el tipo de cambio nominal ha ido cayendo, digamos de 3,44 soles por dólar a 3,25 soles por dólar entre julio de 2004 y el momento actual. Lo que en esa afirmación no se ha tenido en cuenta es la inflación y la evolución del tipo de cambio de los países con los que comerciamos o lo que se denomina ‘tipo de cambio multilateral’. A diferencia de los cálculos anteriores, que se pueden realizar en una servilleta o con una calculadora primitiva, este requiere de una computadora y una muy buena base de datos. Pero como el Banco Central publica este dato cada semana, no tenemos que complicarnos mucho la vida. De tales cifras se desprende que en el lapso de tiempo mencionado el tipo de cambio se devaluó en 1,8% (porque índice del tipo de cambio real multilateral -con base 100 en 1994- pasó de 104,4 a 106,3) a pesar de la revaluación nominal del 5,5%.

Siento mucho si este pesado footing aritmético le ha malogrado a usted el agradable desayuno que viene ingiriendo. Pero debo advertirle que estos errores pueden ser muy bien utilizados por los conocedores -sólo en el extranjero, por supuesto- para realizar una serie de embelequitos, aprovechándose del desconocimiento de los usuarios. Los gobiernos que quieren impresionar, los expertos en márketing que están desesperados por vender, las instituciones financieras que ofrecen créditos supuestamente baratos, entre otros, aprovechan esas triquiñuelas basadas en diferencias aparentemente sutiles para su propio provecho en contra de su clientela, muchas veces indispuesta a calcular por su cuenta las cuentas elementales en cuestión.

Si los estudiantes que egresan de la secundaria dejaran de cometer estos deslices aritméticos básicos habríamos avanzado una enormidad en muchos sentidos. Que olviden su trigonometría, su cálculo diferencial e integral y demás no es muy grave para la sobrevivencia, pero hay ciertos conocimientos numerales que resultan indispensables para que nuestros jóvenes puedan convertirse en ciudadanos bien informados, especialmente si no quieren ser engañados por ciertos políticos, banqueros, mercachifles y demás truhanes. ¿Serán capaces nuestros sacrificados profesores de matemáticas de tamaña hazaña? Quizás sea mucho pedir en un subalimentado país, donde incluso la enseñanza y la digestión adecuadas de las cuatro operaciones básicas ya es heroico. Pero nunca hay que perder la esperanza.”

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

23 julio, 2006 a las 6:32 pm

Archivado en General

Autor

Guerra y verdad, de José Pablo Feinmann en Página 12

deja un comentario

En medio de las bombas, los misiles y los muertos, se abre paso –a veces desesperadamente– una pregunta: ¿quién tiene razón? Digo “desesperadamente” porque siempre una respuesta tranquiliza. Si se responde “X tiene la verdad”, uno se tranquiliza. Todo lo que hace X está justificado. Y es, también, verdadero. Puesto que identificamos la razón con la verdad. Ocurre, sin embargo, que es difícil tranquilizar con una respuesta de ese tipo: “X tiene la verdad”. Porque cuando alguien dice algo así es porque está a favor de X. La “verdad” de X lo ha convencido, la ha hecho suya. Aparece, entonces, otro personaje que pregunta y obtiene otra respuesta: “Z tiene la verdad”. Y puede aparecer otro y decir: “Ni X ni Z tienen la verdad. Ninguno la tiene”. ¿Cómo se establece la verdad? ¿La verdad es de este mundo? ¿Hay una verdad o hay un vértigo de verdades? Y si hay esto último, ¿cómo es posible vivir sin ninguna certeza? Alguna verdad –se dicen los habitantes de este planeta que arrasa con todas– tiene que haber. Cuando hay una verdad también sabemos eso que es peligroso. Cuando hay miles caemos en un relativismo que nos impide actuar, elegir, hasta opinar.

La cuestión es: ¿cómo se establece la verdad? ¿Quién tiene la verdad o quién tiene la razón en Medio Oriente? Lo primero es dejar de entender la verdad como “buena”. La verdad no es la dulce y buena adecuación entre un sujeto que enuncia algo sobre un objeto y ese objeto es tal como el sujeto lo ha enunciado. El sujeto dice “eso es un florero” y sí: “Eso es un florero”. Aquí hay una cálida, buena, verdadera adecuación entre lo que el sujeto dice del objeto y el objeto. La verdad no es cálida ni buena ni tiene nada que ver con la adecuación entre términos.

En unas conferencias que dio en Río de Janeiro entre los días 21 y 25 de mayo de 1975, Michel Foucault buscó, una vez más, inspiración en Nietzsche para explicitar su concepción de la verdad. Si no consigo establecer un par de señalamientos contundentes entre esas conferencias y los misiles de Israel, los muertos libaneses y las guerrillas de Hezbolá debería declararme derrotado, algo que posiblemente ocurra. Para Foucault se trata de empezar por ver qué es el conocimiento. ¿O no tenemos ligada la verdad al conocimiento? La verdad surge, siempre, de un tipo de conocimiento. Cuando conocemos algo decimos: “Esto es así”. Y si “eso” es así “eso” es verdad. Pero Foucault dice que para Nietzsche el conocimiento “es de la misma naturaleza que los instintos” (Michel Foucault, La verdad y las formas jurídicas, Gedisa, Barcelona, 2003, p. 21). Primera sorpresa: ¿no es que el conocimiento tiene que ver con la razón? ¿Qué tienen que ver aquí los instintos? Sigue Foucault: “El conocimiento tiene por fundamento, base o punto de partida los instintos, pero sólo en tanto éstos se encuentran enfrentados unos a los otros, confrontados” (Ob. cit., p. 21). Meter aquí a los instintos le permite a Foucault sacar de aquí a la razón. Sacar a la razón le permite meter lo propio de los instintos: “Entre el conocimiento y las cosas que éste tiene para conocer no puede haber ninguna relación de continuidad natural. Sólo puede haber una relación de violencia, dominación, poder y fuerza, una relación de violación. El conocimiento sólo puede ser una violación de las cosas a conocer” (Ob. cit., p. 23). Nietzsche (traído al presente por Foucault) bien sabe que detrás del conocimiento hay una voluntad, que esta voluntad no quiere traer el objeto hacía sí, asemejarse a él, sino que quiere destruirlo, porque existe una “maldad radical del conocimiento” (Ob. cit., p. 26). Esto rompe con toda la tradición filosófica. Pero más que plantear con que rompe o no esto nos importa señalar para qué sirve. ¿Cómo se conoce esta guerra? ¿Cómo podemos conocerla? ¿Cómo podemos saber el modo de establecer una verdad en ella? Escribe Foucault: “En el conocimiento no hay nada que se parezca a la felicidad o al amor, hay más bien odio y hostilidad (…) Nietzsche coloca en el núcleo, en la raíz del conocimiento, algo así como el odio, la lucha, la relación de poder” (Ob. cit., pp. 27/28). Para apresar al conocimiento, para conocerlo, tenemos que pensar en las relaciones de lucha y poder. “Solamente en esas relaciones de lucha y poder, en la manera en que las cosas se oponen entre sí, en la manera en que se odian entre sí los hombres, luchan, procuran dominarse unos a otros comprendemos en qué consiste el conocimiento” (Ob. cit., p. 28).

El conocimiento es lucha. Hay, según suele decirse, “una lucha por la verdad”. Pero no es la batalla heroica de los que tratan de quitar los velos de la mentira que permitirán llegar a una verdad que existe en sí. Supongamos: los dos periodistas del caso Watergate. Esos dos hombres emprendieron una lucha por la verdad. Había una verdad y ellos lucharon por encontrarla. Se dice, también, “encontrar la verdad”. ¿Por qué? ¿Estaba perdida? Así se la concibe: oculta, perdida. Pero si el conocimiento es lucha, es violación, cada uno conoce para derrotar al otro. Para someter al otro. Esto es la guerra. La guerra como continuación de la política. Porque los dos “héroes” de Watergate también estaban dentro de un esquema de poder. Solos no habrían podido. Necesitaron un diario, apoyos demócratas, en suma: la decisión de un poder de herir gravemente a otro haciendo visible, en tanto “verdad”, un hecho que el otro debía mantener oculto. Aquí también la prístina verdad surge como un enfrentamiento de poderes.

¿Cuál será la verdad en Medio Oriente? La verdad es la verdad del poder. La verdad es la verdad de quien tiene el poder de imponerla. Yo tengo la verdad si logro que todos los demás crean en ella. Si no, no la tengo. Las verdades se oponen, colisionan. Nunca hay una sola que se imponga a todas. Pero siempre se relaciona con el poder. Siempre hay una que es más verdadera que las otras porque tiene mejores medios para imponerse. La cuestión para los occidentales en Medio Oriente es que insisten en recurrir a la guerra como método de imposición de la verdad por medio de la aniquilación del enemigo. El enemigo muerto nunca tiene razón. Pero el problema es que el enemigo palestino o libanés pareciera no terminar de morir. Si no muere, tiene algo de verdad. O, al menos, no la tienen toda entera Israel y Estados Unidos. De aquí que exista algo que podríamos llamar multipolaridades sin resolución. En tiempos de paz esta encrucijada se logra sobrellevar. Incluso sucede que alguien tiene la verdad, no toda, pero la hegemónica. Pero en la guerra alguien tiene que tener la verdad, es decir, alguien tiene que vencer para que la guerra termine. No se puede decir de alguien que “casi ganó la guerra”. Las guerras se ganan o se pierden, y el que gana tiene razón e impone su verdad. Pero si el derrotado (aunque le sigamos matando milicianos, líderes, niños y poblaciones enteras) sigue peleando, no está derrotado. Ergo, tampoco lo está la verdad que defiende.

Los occidentales matan y creen ganar. Los árabes mueren, pero siguen peleando. Los occidentales quieren establecer la democracia. Pero la resistencia iraquí sigue viva y les mata ya demasiados soldados. Hay lucha, hay violación, hay hostilidad, hay odio, hay muerte. Pero no hay verdad. Se conoce por medio del odio. Se lucha por medio de la voluntad de destruir. Se busca someter y matar para que el otro caiga derrotado y pierda para siempre su verdad, su razón. Pero el otro sigue. Lo suficiente, al menos, como para que Occidente no pueda imponer su voluntad de poder, su verdad. En una reciente nota Robert Fisk escribe: “Es verdad. Nadie cree en nada en estos días” (Página/12, 21/7/2006). Una formulación perfecta: es verdad, la verdad es que nadie cree en nada. Y si algo, algo simple y mínimo, requiere la verdad, es que alguien crea en ella. Seguirá, entonces, la Muerte.

© 2000-2006 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

23 julio, 2006 a las 6:30 pm

Archivado en General

Autor

EE.UU. descuida muchos objetivos estratégicos, de Paul Kennedy en Clarín

deja un comentario

Conviene recordar la historia. Cuando los imperios se retiraron de zonas ocupadas militarmente, cobraron capacidad de maniobra en regiones valiosas que habían olvidado. Si EE.UU. dejara Irak, volvería la vista a áreas clave.

En 1947, el gobierno británico se retiró del subcontinente indio y también de su mandato en Palestina. Sus funcionarios habían tratado de conciliar las diferencias entre hindúes y musulmanes y entre árabes y judíos, pero los esfuerzos fueron inútiles y a Gran Bretaña los costos se le estaban haciendo demasiado altos. Además de constituir un drenaje de recursos, la situación limitaba la libertad de acción del país en otros lugares. Al retirarse tanto de India como de Palestina, Gran Bretaña recuperó la capacidad de maniobra que había perdido. Pudo empezar a equilibrar su presupuesto, desempeñar un papel importante en la instrumentación del Plan Marshall y tener tropas disponibles en Alemania occidental para la formación de la OTAN.

Cabe destacar que, en el caso de India, el gobierno británico notificó su retirada a hindúes y musulmanes con quince meses de anticipación: no fue una huida, sino una advertencia de que se había fijado una fecha. En el caso de Palestina, los británicos pidieron a las Naciones Unidas que se hiciera cargo de lo que era un problema internacional y no un problema de policía imperial.

En 1962, luego de ocho años de lucha independentista argelina que dejaron un saldo de alrededor de 350.000 muertos, el flamante presidente de Francia, el general Charles de Gaulle, decidió poner fin a los intentos de su país de gobernar Argelia. La decisión de De Gaulle fue muy polémica y virtualmente precipitó una guerra civil francesa, pero le quitó a Francia un peso muy grande de los hombros.

La guerra argelina había consumido tanta atención y tantos recursos, que Francia se había convertido en una potencia de segundo orden. Liberada de esa carga, se transformó con rapidez en el país más influyente de Europa occidental, un actor independiente al que los Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña tuvieron que conceder una nueva importancia. Es asombroso todo lo que se puede hacer cuando ya no se tiene una mano atada a la espalda.

En 1973, Richard Nixon decidió poner fin a la intervención de los Estados Unidos en Vietnam, un conflicto que costó la vida a unos 58.000 soldados estadounidenses. Ninguno de los motivos para intervenir en ese país seguía teniendo sentido. La guerra había transformado a los Estados Unidos en un gigante inválido, había devastado la moral de sus fuerzas armadas, debilitado sus finanzas, dividido a la opinión pública esta dounidense y merecido el desprecio del mundo.

En vano los conservadores estadounidenses insistieron en que una retirada dañaría de forma irrevocable el poder y la influencia de su país en el mundo. El verdadero resultado fue que le permitió a Washington pasar a ser una potencia mucho más efectiva en Europa y Oriente Medio y que le dio una capacidad de maniobra mucho mayor en relación con la Unión Soviética y China.

No propongo disponer la semana que viene una retirada instantánea y catastrófica de Irak. Sin embargo, llegó la hora de que el Congreso de los Estados Unidos debata con seriedad el establecimiento de algún tipo de plazo análogo al que fijó Gran Bretaña para retirarse de India. Si ese plazo es de nueve, doce o quince meses no tiene tanta importancia como el anuncio en sí. Nada hace que alguien se concentre tanto, observó el Dr. Johnson, como saber que lo van a ahorcar al amanecer. Y nada generará tanta concentración en los mullahs y políticos rivales iraquíes, y en los vecinos calculadores de Irak, que la notificación de un plazo para la retirada. ¿Los iraquíes tendrán en cuenta ese plazo y trabajarán para llegar a un acuerdo digno y poner fin al derramamiento de sangre? No lo sabemos. Pero por lo menos todas las partes habrán recibido la debida notificación de las intenciones de Washington.

¿Seremos objeto de burla? Sin duda. ¿El vicepresidente Dick Cheney y su raleado grupo de neoconservadores odian eso? Sin duda. Pero no nos retiraremos de Kuwait, Afganistán, Arabia Saudita ni de los países del Golfo; tampoco disminuirá nuestro compromiso con Israel. Una retirada no lleva inevitablemente a otra, y tenemos que concentramos en cosas más importantes. Liberados del sumidero iraquí, podremos volver a instrumentar una estrategia global y coherente que nos permita dedicarnos con más flexibilidad a los objetivos estadounidenses en Europa, Africa, América latina y Asia.

Una vez libres de ataduras en Bagdad, los Estados Unidos serían un actor mucho más ágil en relación con Moscú, Beijing y Nueva Delhi, como bien saben esos gobiernos (y ésa es la razón de que prefieran que sigamos enterrados en las arenas de la Mesopotamia).

La alegría que podrían experimentar los enemigos de los Estados Unidos ante nuestra retirada de Irak, por lo tanto, sería prematura y efímera. Nos desharíamos de una carga que ya amenaza con envenenar nuestra política interna y nos distrae de acontecimientos importantes que tienen lugar en otras partes del mundo. Bismarck dijo que los Balcanes no valían los huesos de un granadero pomerano. Irak no vale la vida de otro pelotón de infantes de marina.

Bastará con que anunciemos que proyectamos retirarnos en 2007. Comprobaremos que las cucarachas se escabullen.

Paul Kennedy Historiador, Universidad de Yale.

Copyright Clarín y Tribune Media Services, 2006. Traducción de Joaquín Ibarburu.

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

23 julio, 2006 a las 6:29 pm

Archivado en General

Autor

¿Guerra o castigo en Oriente Próximo?, de Jesús A. Núñez Villaverde en El País

deja un comentario

Aunque nada rebaje el repudio que provoca el brutal uso de la fuerza tanto por unos (Hamás y Hezbolá) como por otros (Israel), es relevante determinar si estamos ante una nueva guerra árabe-israelí o ante una más de las innumerables operaciones de castigo que jalonan este largo conflicto. Las consecuencias serían muy distintas en uno u otro caso, en un contexto en el que se asume que la violencia no aporta soluciones definitivas sino, en el mejor de los casos, algún rival más eliminado y cierto tiempo ganado hasta la próxima crisis.

Más allá de las impactantes imágenes de estos días, podemos concluir que una nueva guerra árabe-israelí, tal como ésta se entiende desde 1948, no es la opción más probable. A pesar del constante intercambio artillero, no se dan las condiciones, ni hay deseo por parte de los principales actores implicados, para desencadenar un enfrentamiento generalizado. En primer lugar, hay que recordar que Egipto, ya desde 1978, no cuenta en esta historia. Su acuerdo de paz con Israel, su pretendido papel de intermediario regional y, sobre todo, su obediencia a los dictados de Washington lo descartan como enemigo militar de Tel Aviv. Sin su participación, es bien sabido que la abrumadora superioridad convencional y nuclear israelí disuade al resto de los países árabes de aventurarse en una derrota cinco veces repetida.

Siria, que pretende liderar el frente de rechazo a Israel, es consciente de su debilidad, mucho más acusada desde que desapareció la Unión Soviética. Es bien evidente que en estos días el principal interés de Damasco es evitar verse implicado directamente en un conflicto que no le conviene (ofrece su territorio para evacuar a civiles occidentales e incluso ha negado haber recibido un ataque israelí). Su tradicional apoyo a Hezbolá no llega al extremo de jugarse la pervivencia del régimen por intentar cubrir a un socio instrumental al que, además, empieza a ver como derrotado en la confrontación que se avecina.

Tampoco Israel puede desear que se reabran todos los frentes vecinales cuando tanto le está costando controlar su propio patio trasero (Gaza y Cisjordania). Sabe, al menos desde la guerra del Yom Kippur (1973), que su superioridad no le garantiza la victoria y teme, por el contrario, verse empantanado en una confrontación asimétrica con un constante goteo de bajas y secuestros de soldados, social y políticamente tan impactantes. Además, Washington difícilmente puede aceptar un estallido regional generalizado que se añada a su desventura iraquí, mientras Irán asoma por el horizonte. Es precisamente Irán el único que puede encontrar ciertas ventajas en movilizar a sus peones (Hezbolá entre ellos) para enseñar los dientes a quienes tratan de evitar que se convierta en el líder de Oriente Medio, aprovechando la extrema debilidad de Irak y los problemas de EE UU.

Si no estamos, pues, ante la sexta guerra, ¿qué es lo que tenemos ante nosotros? Por lo que respecta a Hezbolá, estaríamos ante una huida hacia delante, empeñado en demostrar su control del escenario libanés (resulta pasmosa la parálisis del gobierno ante el bloqueo israelí y los ataques recibidos) y de liderar la resistencia a Israel. Su empeño en seguir lanzando cohetes contra Haifa y otras ciudades demuestra que acepta el reto de un enfrentamiento directo con las Fuerzas de Defensa Israelí (FDI). Aunque se confirme su arsenal de hasta 12.000 cohetes y misiles de procedencia principalmente iraní -contra poblaciones, contracarro y antiaéreos-, tiene que saber que la victoria no está a su alcance, aunque estime que puede bastarle con atrapar a Israel en una guerra de desgaste en territorio libanés.

Israel, por su parte, trata de escapar a la indeseable situación de verse implicado en dos frentes (Gaza y sur de Líbano), buscando hacer pagar los secuestros de sus soldados (que no de recuperarlos) y, sobre todo, de aprovechar las circunstancias para golpear a sus más inmediatos enemigos, mientras envía un nítido mensaje a sus promotores (Siria e Irán). La escalada militar resulta ya difícilmente evitable. Mientras las FDI siguen bombardeando infraestructuras libanesas y evitando que Hezbolá pueda recibir refuerzos exteriores -encerrándolo en el sur del país para cortarle una posible retirada-, ha llamado a filas a sus reservistas. Esto es algo más que un simple gesto simbólico. Los negativos efectos sociales y económicos que tiene la movilización general hacen pensar que si el gobierno de Ehud Olmert la ha decidido, es porque se prepara una masiva operación terrestre en suelo libanés. Sus objetivos, en una acción que cabe imaginar profunda en extensión pero lo más corta posible en tiempo (por tanto, sin ánimo de repetir una ocupación que tantos dolores de cabeza le produjo hasta su retirada en mayo de 2000) no es otro que procurar el mayor grado de desmantelamiento de las capacidades de Hezbolá (exactamente lo mismo que persigue en Gaza con Hamás). La dificultad añadida está en procurar que no haya una reacción de las fuerzas armadas libanesas y, mucho más preocupante, de las sirias.

En consonancia con esa previsión, siempre sometida a los imponderables de toda operación militar, habrá que seguir también la pista a los demás actores. Estados Unidos seguirá mostrando su respaldo total a Israel bloqueando, como ya ha hecho esta pasada semana, cualquier posible condena de la ONU a una actuación que ya está siendo desproporcionada desde el principio. Su interés prioritario es evitar la escalada regional y que sus ciudadanos localizados en Líbano (estimados en varios miles) puedan ser, como ya ocurrió en los años ochenta, convertidos en rehenes con los que Hezbolá procure blindarse. Esto último puede estar retrasando el ataque israelí, hasta que Washington consiga extraer a la mayoría.

Mientras tanto, y aunque le tiente la posibilidad de implicarse activamente en un territorio que pretende no sólo controlar sino integrar bajo su bandera, a Siria puede interesarle mucho más esperar a que una derrota de Hezbolá (que siempre pensará que no va a ser definitiva) le permita recuperar la posición que ha tenido en ese país hasta muy recientemente, a la espera de recibir así el premio de verse reconocido como un actor racional y estable que no conviene eliminar. Por el contrario, Irán es, como ya se ha apuntado, quien puede estar más interesado en añadir fuego al incendio. En su afán por aliviar la presión que EE UU ejerce sobre Teherán, los gobernantes iraníes pueden calcular que les rinde buenos dividendos mostrar otra carta, además de las que ya manejan en Irak, de su poder actual.

En definitiva, un juego peligroso pero nada descabellado para quienes prefieren mirar al mundo como un tablero de ajedrez en el que ninguna pieza tiene forma humana, sean soldados o civiles israelíes, palestinos o libaneses.

Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid).

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

22 julio, 2006 a las 9:20 pm

Un mapa en el mundo, de Maruja Torres en El País

deja un comentario

Abbas, un hombre de unos 25 años, se abrió paso entre un grupo de periodistas y preguntó si alguno de nosotros se dirigía a Dahiye (las municipalidades del sur de Beirut que han sido arrasadas por los israelíes). Su casa se encuentra cerca de la maltrecha autopista que conducía al aeropuerto. Quería saber si el edificio seguía en pie. Él y los suyos habían tenido que abandonar su piso a todo correr, y necesitaba recuperar los pasaportes, algunas pertenencias. Mis CD”, añadió. Le dije que yo ya había estado en los alrededores y que no pensaba volver a poner los pies: así son las desolaciones, vista una vistas todas.

Pero no es verdad. Cada ojo ve lo que ve. Y un par de periodistas, se los señalé, pretendían visitar esa mañana la zona devastada. Inquirí dónde vivía exactamente antes de esta descomposición. Me preguntó si tenía un mapa. Respondí que disponía de algo mejor: una guía de Beirut y su extrarradio pomposamente bautizada Greater Beirut Atlas. Tras afanosa búsqueda dimos con la página y con la situación del inmueble, que no voy a repetir aquí porque hay en Beirut mucho espía israelí y mucho colaboracionista que señala blancos.

Esta guía de Beirut y su contorno data de sólo hace un año, y constituye un esfuerzo notable para detallar las 34 municipalidades que irradian desde la ciudad propiamente dicha, con los nombres populares de sus calles, cosa que resulta verdaderamente útil porque, excepto sobre Beirut, apenas existía información cartográfica de los abigarrados distritos que tanto al norte como al sur se acoplan a la urbe madre. Sobre todo al sur.

Durante días he tratado de localizar al director del proyecto de esta guía, Bahi Ghubril, para felicitarle por su trabajo. Mi Beirut ha sido siempre una ciudad de mapas traicionados. Cuando te llegaba uno ya se diluían los contornos, desaparecían las calles, se borraban los comercios. Este Atlas tenía mucho que ver con la esperanza, y lo adquirí por 10 dólares en el hotel Riviera, al pagar la cuenta, después de haber vivido 10 días de lujo para un reportaje sobre turismo destinado a la revista de agosto de este periódico.

Hoy el Atlas ya no sirve. Es más, continúo intentando dar con Ghubril, pero ahora para pedirle que rompa delante de mí, con sus propias manos, los distritos que han sido bombardeados, las calles que ya no existen, los puntos señalados con signos que distinguen mezquitas de iglesias, hoteles de restaurantes, cines, salas de fiesta… Un mundo de ayer.

Otro mapa de la ciudad, éste más clásico, clavado en la pared de una vieja casa tradicional árabe situada frente al parque de Sanaya y cedida para la ocasión por su propietario, muestra los puntos hacia los que se expande la solidaridad de la organización Mowuatinum (ciudadanos, en árabe), surgida espontáneamente por el esfuerzo de libaneses que han conseguido ayudar, civilizadamente y sin histeria, a un puñado de compatriotas huidos del sur. Les voy a dar su página web (no se asusten si no la encuentran rápidamente: está medio en construcción, insistan), porque necesitan ayuda y la necesitan lo antes posible. Es: http://mowuatinum.blogspot.com y el trabajo que estos jóvenes realizan -ayudados por algún español, algún francés- consiste en dirigir a los refugiados que llegan al parque a los lugares señalados con chinchetas en el mapa. Allá donde hay personas dispuestas a acoger, se les conduce. Unos ponen sus coches, otros sus manos. Las ayudas se invierten en alimentos imprescindibles y en objetos de primera necesidad -mantas, colchones, ropa para los que tuvieron que abandonar su vida con lo puesto-, pañales para bebés, papel higiénico, piezas de tela para que las mujeres se cubran… Estoy hablando de gente que lo ha perdido todo, no de libaneses bienestantes que ahora pasan por una mala racha pero que tienen un apellido, una familia, un negocio detrás para afrontar el futuro tarde o temprano. Los refugiados que reciben la solidaridad de Mowuatinum carecen rotunda y absolutamente de todo y, desde luego, no parecen esconder cohetes Katiusha entre sus pobres ropas. Necesitan leche para niños, leche en polvo para adultos, té, jabón, champú, pasta de dientes, medicamentos, frutas y verduras frescas, latas de atún, el bendito pan… Por favor, traten de ponerse en contacto, son gente seria, estos chavales de gran corazón. Y muy bien organizados. Por sus manos pasan de 500 a 600 familias, y cuentan con tres refugios en Ashrafie (zona cristiana: contra el sectarismo, fraternidad), cuatro en Hamra y alrededores, y cuatro más en Basta y hasta el límite con las municipalidades llamadas Dahiye.

Hoy, mientras cruzaba la calle Hamra preguntándome cómo es posible que el cambista de la esquina de enfrente del Wimpy’s se parezca tanto a Charlie Rivel pero con el pelo teñido de azabache, un amigo periodista me ha llamado para contarme que anoche vieron a Abbas entrando, rutilante, en su lugar de trabajo -que tampoco voy a detallar-. Lucía una camiseta moderna, olía a agua de colonia y sonreía de oreja a oreja. Su edificio aún estaba en pie. Había conseguido entrar, él sabrá cómo y yo no pienso preguntárselo, y recuperar documentos, ropas… Y sus CD más preciados.

Las calles, la gente: han retrocedido 20 años en una semana. Pero no renuncian a su mapa en el mundo.”

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

22 julio, 2006 a las 9:19 pm

Archivado en General

Autor

Por qué conozco bien el aeropuerto de Beirut, de Carlos Carnero en El País

deja un comentario

En 2005 aterricé muchas veces en el aeropuerto de Beirut. La última, en el amanecer del 19 de junio, con el vuelo directo de Iberia. Treinta minutos antes de llegar, el comandante me invitó a pasar a cabina para acompañarle durante las maniobras correspondientes. Recuerdo haber señalado al piloto cómo se llamaba aquel barrio o el hotel donde me iba a alojar. Todo acompañaba con buenos augurios el último día de los cuatro fines de semana en los que habían tenido lugar las elecciones generales libanesas, en las que participé como presidente de la delegación de observadores del Parlamento Europeo. Estaba cansado, pero me invadía el optimismo.

Veinte años atrás hubiera sido imposible aterrizar, porque el aeropuerto era pasto de encarnizados combates; inconcebible señalar ningún hotel, porque todos estaban destruidos, y cosa de locos imaginar unas elecciones entre gentes que se mataban entre sí en una brutal guerra civil, complementada por la despiadada invasión israelí dirigida por el general Ariel Sharon. Pero las cosas habían cambiado mucho, tanto, que quienes meses antes asesinaron al ex primer ministro Rafik Hariri habían conseguido exactamente el efecto contrario al que pretendían, es decir, sumir de nuevo al país en el caos y el miedo: la gente había salido a la calle a reclamar democracia, y gracias a esa movilización popular las tropas sirias se habían retirado, una Comisión de Investigación de la ONU empezaba a buscar a los culpables de aquel atentado y se estaba votando en libertad, aunque fuera con una ley algo más que obsoleta.

Pero ahora, de nuevo, hay quien quiere que salga mal, que vuelvan a morir los civiles, que lluevan bombas, que la gente huya despavorida de sus casas, que el fantasma de la guerra regrese hecho realidad. No podemos permitirlo, tenemos que actuar para que la felicidad no desaparezca definitivamente del rostro de los libaneses. Si no lo hacemos, seremos unos malnacidos.

¿Qué hacer en el Líbano? Lo primero, no revolotear en torno a la situación. Muchos estamos hartos de que la comunidad internacional continúe con sus letanías diplomáticas. Hay que hablar alto y claro: que Israel respete la soberanía del Líbano; que no lance ni un solo ataque más ni por mar ni por tierra ni por aire; que no siga matando civiles inocentes, empezando por los niños; que se respeten los Acuerdos de Taif y se cumpla la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU; que Hezbolá se comporte como un partido que está formalmente en el Gobierno y en el Parlamento; que libere a los soldados israelíes en su poder; que sus milicias se disuelvan en las Fuerzas Armadas libanesas y que no ataque más ni a la población ni al Ejército de Israel, porque las consecuencias las paga todo el Líbano sin haberlo comido ni bebido y, desde luego, el común de los mortales, no los dirigentes de ese grupo; que Siria e Irán dejen de jugar con un fuego que puede terminar incendiando toda la región, ellos incluidos, en el intento de salvar los muebles de sus intereses tácticos.

¿Y qué hacer en Gaza? Reclamar sin paños calientes que Israel cumpla sus compromisos, que el Tsahal se marche totalmente, no vuelva y deje de matar a familias enteras; que Hamás reconozca a Israel, renuncie a la violencia, libere al soldado secuestrado y se comporte de forma responsable para gestionar el presente y el futuro junto con el presidente palestino (nuestra más firme agarradera); que las dos partes vuelvan a la negociación política y se retorne al proceso de paz con una idea simple: dos Estados soberanos y seguros, recuperando el espíritu de los Acuerdos de Oslo.

La UE tiene que moverse haciendo honor a su nombre (evitando el espectáculo dado hasta hoy, en el que cada uno ha ido a lo suyo), exigir el alto el fuego inmediato y el cumplimiento del derecho internacional, promover que el Consejo de Seguridad se pronuncie en favor de la fuerza de interposición y de la Conferencia de Paz propuestas por Kofi Annan, enviar nuevas delegaciones sobre el terreno, elaborar y aplicar formas de protección de la población civil, contribuir a afrontar la catástrofe humanitaria en Gaza y en el Líbano y, en fin, estudiar la aplicación de la cláusula democrática de los Acuerdos Euromediterráneos a quien siga violando la legalidad internacional. Somos los únicos que tenemos capacidad de interlocución con todas las partes, mientras el presidente Bush sigue mostrando una clara parcialidad, a años luz de la centralidad de Clinton, que permitió a los Estados Unidos jugar un papel constructivo en la región.

Pero la UE no actúa en consecuencia. ¿Creemos tan poco en nosotros mismos? Si es así, nos equivocamos. Porque la ciudadanía de muchos países, frente a las bombas y la muerte, sí confía en nosotros para conseguir la paz y hacer realidad la esperanza. Así lo sentía cuando despegué, orgulloso de ser europeo, del aeropuerto de Beirut tras las elecciones libanesas hace un año. Entonces me dije: misión cumplida. Hoy no quiero decirme, si la UE no se mueve como debe hacerlo -con fuerza, con eficacia, con principios-, todo lo contrario. A pesar de lo que clamamos muchos eurodiputados, ya pasó en otros conflictos. Y me atormenta recordarlo.

Carlos Carnero es portavoz del Grupo Socialista del Parlamento Europeo en la Asamblea Parlamentaria Euromediterránea y coordinador del Grupo de Trabajo del PSOE sobre el Mediterráneo.

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

22 julio, 2006 a las 9:17 pm

Archivado en General

Autor

‘Stand by’, de Manuel Rivas en El País

deja un comentario

En las Naciones Unidas no se ponen de acuerdo para parar una guerra hecha a medida de terroristas de Estado y terroristas sin Estado. Los que nos sentimos judío-palestinos teníamos muchas razones para llorar primero el asesinato de Isaac Rabin, el general pacificador, y la pérdida después de Arafat. Muchos analistas internacionales pronosticaron que la muerte de este último abría nuevas perspectivas” para una solución en Oriente Próximo. La ignorancia puede llegar a ser muy sofisticada. El hombre que llevaba la rama de olivo al lado de la pistola era para ellos el principal obstáculo. Pues muy bien, felicidades a todos los halcones: ya sólo campa la pistola. Bastaría una llamada de Bush a Tel Aviv y de Damasco a Hezbolá para darle una oportunidad a los recogedores de vidrios rotos y a los que colocan las puertas en sus quiciales. Pero últimamente la paz está muy desprestigiada, hasta los ciber-niños odian el emblema de la pelma de la paloma, y a Bush es mejor mantenerlo alejado del teléfono. Por lo que cuentan, la última llamada fue para preguntar: “¿Cómo va la mierda ésa?”. He leído la prensa internacional, pero todavía ningún analista se ha atrevido a profundizar en este Nuevo Orden de la Mierda.

Las Naciones Unidas no cuentan con medios para aplicar sus propias resoluciones. Pero al menos se podrían tomar acuerdos de fuerte carácter simbólico. Por ejemplo, declarar al pesquero español Francisco y Catalina Patrimonio de la Humanidad. Hay veces en que Gaia, la madre Tierra, elige un punto de sí misma donde apoyarse, donde reponerse. Tiene que ser un hábitat especial. Un lugar a la vez físico y moral. La noche del viernes, día 14 de julio, Gaia intentó inútilmente aproximarse a Beirut. Luego trató de apoyarse en un crucero muy luminoso, pero los pasajeros, vestidos de fiesta, comenzaron a pelearse por el mejor camarote. Y más tarde lo intentó en la legendaria isla de Malta, donde le llamó la atención el especial refinamiento europeo en el arte de mirar para otro lado. Al fin, encontró el punto de apoyo en aquella nación admirable, bíblica, de 25 metros de eslora y 10 habitantes que no preguntaron ni a Dios lo que tenían que hacer cuando la noche les trajo 51 náufragos de un orden mundial llamado Stand by. Un jodido esperar.”

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

22 julio, 2006 a las 9:16 pm

Archivado en General

Autor

La historia no les absolverá, de Juan Goytisolo en El País

deja un comentario

Quienes imaginaban que la entrada triunfal del ejército norteamericano en Bagdad y el derrumbe de la tiranía de Sadam Husein abrían una nueva era, no sólo para Irak sino también para todo Oriente Próximo -era en la que florecían la paz, la democracia y la prosperidad-, vivían en otro planeta, probablemente en Marte: ignoraban la estructura tribal y clánica del país, sus confrontaciones étnicas y religiosas mantenidas a lo largo de los siglos de gobierno por dinastías extranjeras. Si los otomanos se mostraron capaces de aglutinar con pragmatismo aquel mosaico de piezas abigarradas, sus sucesores ingleses no se lucieron como creían en un brillante desfile militar y debieron recurrir al empleo de gases tóxicos para aplastar la rebelión de las tribus y contrarrestar la acción de unas fuerzas centrífugas reacias a aceptar las fronteras trazadas conforme a los acuerdos Sykes-Picot. Tras una dura pacificación” de diez años, llevaron al trono a la dinastía Hachemí bajo la indisimulada tutela de las compañías petroleras de capital británico. En 1958, un feroz golpe de Estado acabó con los Hachemís (princesas y principitos incluidos) y, desde entonces, Irak fue gobernado con mano de hierro por militares y miembros del partido Baaz, pertenecientes todos ellos a la minoría suní. La ascensión y caída de Sadam Husein -su guerra de agresión contra Irán alentada y sostenida por Occidente, genocidio de la población kurda de Halabya, invasión de Kuwait, Guerra del Golfo, represión salvaje del levantamiento chií, etcétera- están en la mente de todos y no me demoraré en ello.

En primavera de 2003 oíamos hablar de la reconstrucción rápida del país, de un nuevo Plan Marshall, de fabulosos ingresos petrolíferos que enriquecerían a los miembros de la Coalición y contribuirían de paso a la causa del progreso y la libertad en el mundo árabe. Tres años después, comprobamos que ninguna de estas previsiones se han cumplido. Después de la desastrosa decisión del procónsul norteamericano Paul Bremer de disolver el ejército y la policía de Sadam, dejando en la calle a decenas de millares de sus miembros que no tardarían en unirse a la insurgencia, las milicias chiíes y suníes imponen su ley con brutalidad y campan a sus anchas, las decapitaciones y matanzas del grupo religioso rival por misteriosos escuadrones de la muerte aumentan a diario. La guerra civil es ya un hecho y las ingentes sumas destinadas a la reconstrucción de Irak se emplean en la dudosa protección del personal encargado de llevarlas a cabo. Los ocupantes permanecen atrincherados en sus bases y sus incursiones mortíferas contra la insurgencia, con los denominados eufemísticamente “daños colaterales” que acarrean, acrecen el odio de una población que les acogió como libertadores. Abu Ghraib y la multiplicación de “errores” admitidos por el Pentágono no arreglan las cosas. La behetría y el horror cotidiano reinantes en el llamado triángulo suní se extienden hoy al sur y a las instalaciones petrolíferas amenazadas por grupos incontrolados. La muerte de Abu Musab al Zarqaui -verdugo despiadado de rehenes y autor de una delirante fetua sobre el deber religioso de ejecutar a los “apóstatas” chiíes, esto es, el 60% de la población iraquí- no va a cambiar, al menos a medio plazo, el curso de la insurrección ni la limpieza étnica de las zonas y barrios mixtos ni la islamización forzada de una sociedad laica, de la que las mujeres son ya las primeras víctimas. Contrariamente al refrán, con la muerte del perro no acaba siempre la rabia.

La invasión ilegal de Irak, basada en mentiras e informes manipulados, es a estas alturas un desastre de dimensiones inabarcables. Enviscados en el atolladero que ellos mismos crearon, los ocupantes -¿quién puede llamarles aún liberadores?- se encuentran en el brete de decidir entre quedarse (no se sabe hasta cuándo) y partir (de forma escalonada a fin de salvar las apariencias). Abandonar la aventura militar, tras haber convertido a Irak en una almáciga de yihadistas fanáticos y terroristas suicidas, sería admitir una derrota más humillante e infinitamente más peligrosa que las del Líbano y Somalia. Prolongar la ocupación en espera de dejar en su lugar a un Gobierno capaz de imponer una difícil, pero no imposible, estabilidad les convierte en rehenes de la mayoría chií, cuyos vínculos con Teherán no puede ignorar nadie.En el tira y afloja con el régimen de los ayatolás sobre su acceso a la tecnología nuclear, el último dispone de mejores bazas. Empantanados en el valle del Éufrates, los norteamericanos no pueden permitirse abrir un nuevo frente. Como ha advertido Alí Yameini, Irán guarda la llave del estrecho de Ormuz por el que transita el crudo saudí, de los Emiratos Árabes, Kuwait, Irak y el suyo propio. Su cierre o un ataque a los cercanos yacimientos de oro negro de sus vecinos sería un golpe insoportable para la economía estadounidense y de los países dependientes del abastecimiento energético de Oriente Próximo.

Si a todo ello sumamos la situación intolerable de la población palestina, encerrada en guetos inviables por el monstruoso muro de cemento erigido por Israel a despecho de la legalidad internacional y de resoluciones de Naciones Unidas -situación agravada ahora con las mortíferas incursiones y ataques en Gaza y Líbano-, comprobaremos que el unilateralismo y la ideología ultraderechista de Bush y sus asesores han fomentado el yihadismo en el mundo islámico, convertido a Irak en un polvorín, condenado a la miseria de África subsahariana con las subvenciones proteccionistas a sus propios agricultores, substituido los programas de ayuda de Clinton por gigantescos presupuestos de Defensa, recortado los derechos civiles de la ciudadanía, cubierto infamias como la de Guantánamo y aumentando el endeudamiento nacional a cifras jamás vistas. La arrogancia e imprevisión del primer mandatario se vuelven como un bumerán contra él: su popularidad ha caído a mínimos y el efecto de su viaje relámpago a Bagdad no durará probablemente más que el escenificado hace tres años, en plena euforia guerrera. La combinación de autismo voluntario, groseros errores estratégicos y mesianismo religioso inspirado por predicadores de la especie de Pat Robertson le han consagrado ya como el peor presidente de la democracia norteamericana.

Si el sostén sin falla a las teocracias del Golfo y a los regímenes corruptos favorables a los intereses políticos y económicos estadounidenses no augura nada bueno para el porvenir democrático de los pueblos arabomusulmanes, la invasión de Irak, proyectada como sabemos hoy antes del 11-S, y la invención de unos vínculos inexistentes entre Sadam y Al Qaeda inician una deriva inquietante de la Casa Blanca hacia la guerra asimétrica contra el Mal, sin límites de tiempo ni fronteras, de la que todos somos rehenes. La lucha contra el terrorismo internacional ampara no sólo graves violaciones y atropellos de los derechos humanos, sino que equipara legítimos actos de resistencia a ocupaciones ilegales con carnicerías perpetradas contra civiles indefensos. Esto es: transforma la enorme complejidad de las situaciones políticas, económicas, religiosas y culturales que afrontamos en una cruzada maniquea como la predicada por el islamismo radical.

Resulta sorprendente que ningún político de peso del Partido Demócrata estadounidense, desplazado del poder por artimañas del gobernador de Florida, se haya planteado a estas alturas la necesidad de un proceso de incapacitación presidencial como el que condujo, por faltar asimismo a la verdad y obstruir la acción de la justicia, a la dimisión de Nixon. Los mecanismos de salvaguardia de la primera democracia del mundo, ¿se han enmohecido y perdido su fuerza? ¿No son Bush y sus asesores presuntos culpables de graves ilegalidades y encubrimientos? Magro consuelo nos queda: la historia no les absolverá.

Juan Goytisolo es escritor.”

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

22 julio, 2006 a las 9:14 pm

Archivado en General

Autor

El síntoma Materazzi, de Juan Cruz en El País

deja un comentario

El insulto no deja huella en el rostro, pero se aloja en el alma como una humedad pegajosa. Un día la humedad explota. Esa humedad aloja un bagaje genético que se sucede de tatarabuelos a nietos, y a veces se resuelve como un resplandor que deja secos a los que hacen la historia.

El otro día nos aprestábamos a conmemorar la felicidad de haber visto jugar a Zidane, y de pronto éste le pegó un cabezazo a un contrario. Y fue la de Dios. Es decir, aquel caballero había acelerado su caballo, y había disgustado a los que piensan que es mejor aguantar que reaccionar; el papel de Zidane -así se dijo- era el de aguantar.

Luego Zidane pidió disculpas, en su país le declararon héroe -es usted un hombre de valor”, le dijo su presidente- y la tormenta pareció amainar, y amainará seguramente después del careo al que la FIFA ha pretendido llevarle. ¿Careo? El careo fue en el campo; todos lo vimos; ahora la FIFA los ha condenado a los dos, pero no puede llegar al fondo del problema.

El fondo del problema lleva hirviendo durante siglos y se aloja dentro de la capacidad de humillación que saben usar los que insultan. Materazzi usó el reloj del insulto con una precisión ladina: cuando más cansado estaba el contrario, que había fallado un cabezazo -este sí, contra el poste- y había sufrido una lesión que parecía dejarle fuera de combate. En esas circunstancias la genética del italiano sabía muy bien qué le podía doler más al argelino (de origen), y fue a su mismo origen, a hurgarlo, a levantar la tapia de una humillación antigua: la de afrentar a la familia. Acaso Zidane no lo sufrió, ni en su infancia, pero es posible que en su memoria más ancestral ese insulto haya sonado mucho más potente que un arañazo. Y surgió de él ese resplandor negativo, el cabezazo.

El insulto va haciendo su trabajo, hasta que cualquier contingencia convierte la reacción pospuesta en una venganza extemporánea, caliente, casi impúdica, e irracional. Luego el que ha insultado como quien pega sin ser visto señala con el dedo: “¡Me ha pegado, me ha pegado!”. Y no sólo eso: la sociedad se escandaliza, y el que ha levantado la mano, cuando pudo haber levantado la voz, pasa a la historia como un vengativo que no ha tenido la caballerosidad suficiente como para haber aguantado sin rechistar la lluvia fina de los insultos de su contrario.

Lo que sucedió en Berlín cuando se produjo el famoso cabezazo de Zidane a su oponente Materazzi no es una simple venganza extemporánea, o infantil, después de un cúmulo de insultos del estilo de los que se producen en los campos de fútbol. Impunemente, los aficionados y los futbolistas la toman con la madre del árbitro, o del jugador rival -”¡Luis Enrique, tu padre es Amunike!”-, sin que las federaciones, los críticos o los directivos hagan otra cosa que sonreír las gracias como si eso formara parte de la vida y del espectáculo. Cuando Eto’o dejó -o quiso dejar- el campo del Zaragoza porque le hacían los gritos del mono, el futbolista recibió más reprimendas que los aficionados, y todavía no se conoce que se hayan tomado las represalias de reglamento contra los que deben cuidar las salidas de tono del graderío.

Cuando Zidane dejó el campo helado, y él mismo se fue como un héroe equivocado, mirando de reojo la copa que ya no iba a alzar en ningún caso, se quedó flotando una imagen legendaria, la del extranjero en la obra de Albert Camus, evocada aquí, para hablar de lo de Zidane por Lluís Bassets: sumido en la vergüenza, o en la humedad, del sol fastidioso de la tarde, hostigado por una riña que se le antojaba absurda, aquel hombre que olvidaría incluso el día de la muerte de su madre arremetió contra su oponente…

La historia terrible que siguió a esa humedad alocada del sol fue resumida por Camus en una de las más bellas descripciones literarias del desastre: “Comprendí entonces que había roto la armonía del día, el silencio excepcional de una playa en la que fui feliz”.

La cantidad de escritura que ha propiciado este acontecimiento extraño protagonizado por Zidane tiene su origen en varias extrañezas, la principal de las cuales comienza con esta pregunta: ¿Cómo pudo hacer eso Zidane? La capacidad de irritación que consiguen los irritantes es infinita, pero el irritante es luego el que levanta el dedo: “¡Que me está limitando mi libertad!”.

En los principios de los noventa, cuando Luis María Anson y otros periodistas iniciaron una conspiración para devolver el poder a la derecha -a la que luego le reclamaron el pago de los servicios prestados-, cualquier voz en contra era señalada: “¡Están atacando nuestra libertad de expresión!”. Se puso en boga la capacidad de insultar como una de las artes de la libertad, y el reguero de pólvora húmeda que generó esa simpleza desvergonzada siguió hasta hoy, y de nuevo arrecia.

El otro día un juez español señaló en una sentencia -contraria al periodista que las profirió, menos mal- la cantidad de insultos proferidos desde la emisora episcopal contra un medio de comunicación cuyo modo de proceder no gusta al autor de los improperios. La lista circuló en algunos medios -uno de ellos no sólo publicó esa lista, sino que se permitió añadir lo que el juez dijo que tampoco se podía decir: el número al que debían dirigirse los que quisieran anular la suscripción que tuvieran con el medio vilipendiado…-.

Ésa es una lista instructiva sobre lo que nadie debería decir del otro. Sobre ella no se ha pronunciado -cómo iba a hacerlo, no lo ha hecho nunca, no lo hará- la Asociación de la Prensa ni ningún otro organismo encargado de velar por que los periodistas no crean que todo el monte es orégano y que insultar no sólo es mala educación sino que no es periodismo… Estos materazzi de los medios que son capaces de decir de otros incompetente, lamentable, irresponsable, traidor infecto, repugnante, falso, calumniador, basura, abyecto…, y no sigo copiando porque a los dedos también les repugna la pulsación del teclado, se han hecho la orla de los verdaderos depositarios de la libertad de expresión. La altura a la que han llegado es inversamente proporcional a la dignidad que desprenden.

La FIFA ha llamado a un careo a Materazzi. Aquí, en el periodismo, no hay FIFA, pero hay muchos materazzi que disfrutan de la impunidad del insulto, y cuando alguien los reconviene, simplemente llevándolos al juzgado, levantan el dedo y gritan otros insultos, reproducen aquellos que se les prohíben y señalan al insultado: “¡Me quiere amordazar!”.

Libertad de expresión, cuántos crímenes en tu nombre. Y cuánta impunidad asiste al que insulta, hiere, reconviene y ensucia.”

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

22 julio, 2006 a las 9:13 pm

Archivado en General

Autor

Los encantos del hada, de Antonio Elorza en El País

deja un comentario

Siempre es útil revisar a Billy Wilder. En una de sus películas menores, aquella en que un empresario norteamericano y una manicura gordita se encuentran en Capri por la muerte de sus respectivos padres, el personaje interpretado por Jack Lemmon exhibe una y otra vez la seguridad propia del hombre de negocios yanqui. Mediado el filme, se ve obligado a tratar con unos lugareños que acaban de secuestrar el cadáver de su padre. Ante su amigo el hotelero italiano, proclama entonces con firmeza: ¡Piden veinte millones de liras! Ya verán lo que es tratar conmigo”. Pocas horas después regresa triunfante: “¡Les he convencido! ¡He pagado veinte millones de liras!”. Su interlocutor le felicita calurosamente.

El episodio se ajusta muy bien a la forma de elaborar los grandes acuerdos políticos, que entre nosotros viene poniendo en práctica el presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Una vez reconocido un problema y expuestas las demandas políticas relativas al mismo, nuestro hombre pone por delante dos cosas: su voluntad de “diálogo” y al mismo tiempo la seguridad de que los intereses del Estado, o en su caso la Constitución, serán respetados en su integridad. Entra aquí en escena su capacidad mediática. Cataluña se sentirá más cómoda, mientras de cara a la Constitución de “la España plural” todo queda limpio como una patena. Con ETA contra las cuerdas por la acción de la policía y de la ley, su reingreso en la escena política, vía Batasuna, no representará precio político alguno, a pesar de que el Gobierno asume nada menos que el dispositivo de dos mesas que planteara ETA en su llamada “alternativa democrática”. La segunda partida está en el aire. De la primera ya conocemos el resultado: al igual que Jack Lemmon, Zapatero sale triunfante, eso sí, a costa de aceptar en lo esencial el esquema de bilateralidad en las relaciones Generalitat-Estado, el monopolio lingüístico y el cambio de financiación reclamados desde el nacionalismo. No hay duda: les ha convencido. El peligro es que acabe convenciendo del mismo modo a Otegi y a Josu Ternera, quienes en la mesa política, apoyados en plan de puja por el Gobierno vasco y el PNV, no van a conformarse con una simple ampliación del autogobierno. Lo que cuenta, para Zapatero, no es el contenido del acuerdo, sino la imagen pública de que ese acuerdo se ha conseguido y que se debe esencialmente a su gestión. Es una vía cargada de riesgos, aun cuando muy rentable en términos de márketing político, aplicable a la política exterior. Tomemos la cuestión de Gibraltar. Hace unos días, Geoff Hoon, ministro británico para Europa, celebraba en una entrevista el giro copernicano que ZP ha dado a la visión de España sobre el Peñón: gracias a su realismo “hemos enterrado el pasado”. Ese pasado eran las reivindicaciones seculares de España, reemplazadas por un reconocimiento de facto del Gobierno de Gibraltar, como no, en el marco de una relación tripartita dominada por Reino Unido. Hacia la autodeterminación. No somos China, claro, pero resulta dudoso ver las ventajas de una renuncia que rompe el que si era un muy rentable equilibrio de frustraciones, dada la presencia española en Ceuta y Melilla. También aquí les hemos convencido: Zapatero ha mostrado “mucha valentía, mucho coraje”, elogia Hoon. El efecto sobre la opinión, a favor de corriente, marca la dirección de la política en la tragedia del momento: la guerra de Oriente Próximo. Zapatero se ha lanzado a fondo en el alineamiento con la causa palestina, pañoleta incluida. Ahora bien, una aproximación tan visible a la óptica militante musulmana, cuyo mejor ejemplo son los reportajes de la cadena Al-Yazira, puede paradójicamente limitar la eficacia de una buscada presión sobre Israel. Al frente de Palestina está hoy Hamás, quien activó el detonador de la crisis y busca la destrucción del Estado de Israel. Jugar como ha hecho aquí ZP con los símbolos es jugar con fuego, atizándolo. Es un mal camino para la confusa, por lo menos en sus palabras, Alianza de Civilizaciones.

Pero es que Zapatero es un hada, como nos dice un excelente cineasta. A veces lo prueba: ejemplo, el salvamento de los náufragos de Malta. Y sus adversarios son trasgos, según muestra la fusión infame de la serpiente y de la rosa, cuando tantos socialistas fueron víctimas, al igual que Miguel Ángel Blanco, de los crímenes políticos de ETA.”

¿Te gusta? ¡Compártelo!

Introducido por Reggio

22 julio, 2006 a las 9:12 pm

Archivado en General

Autor