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Solo de flauta en el Congreso, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (24-12-2011)

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El ojo del tigre

Cada vez que la bancada del grupo de diputados del PP se ponía de pie, para aplaudir frenéticamente algunos de los momentos épicos del discurso cauteloso del candidato a la Presidencia del Gobierno de la actual democracia ortopédica española, parecía como si la televisión estuviera emitiendo imágenes de un tiempo pasado pero no olvidado. Del tiempo en el que los procuradores de las Cortes franquistas -elegidos orgánicamente por el aparato del partido único-, se levantaban de sus respectivos escaños para aclamar, enardecidos, los momentos estelares de los discursos institucionales de aquel providencial jefe del Estado Español, cuya voz aflautada convertía sus monótonos discursos en floreados solos de ocarina… Es verdad que don Mariano Rajoy no tiene voz de flauta, con lo cual no sabría decirle a usted si es mejor orador, o no, que aquel inolvidable flautista del Movimiento Nacional; pero lo que si tienen ambos es el mismo empacho españolista. Por lo tanto, el argumento medular de las intervenciones públicas, que usaba aquel superlativo general, es el mismo que utiliza, para enardecer a sus acólitos, el ya nuevo presidente del Gobierno: España, con su glorioso pasado histórico, es una gran nación…

En un reciente blog metroscópico se preguntaba, hace muy pocos días, si era posible percibir todavía la influencia de los cuarenta años de ideología franquista en el pensamiento de los españoles actuales. La respuesta era esta: El único grupo de edad en que la extrema derecha tiene un cierto peso específico es entre los mayores de 65 años. Es decir, entre los nacidos antes del año 1946, que fue el año en el que se empezó a fraguar la democracia orgánica en este país. La democracia actual fue construida, en parte, aprovechando ciertos materiales del derribo franquista antes de que bajaran definitivamente las persianas del antiguo taller robótico montado por los especialistas en las ideas-motor de aquel régimen; como, por ejemplo, España, una, grande y libre… Desde esta misma cumbre ideológica aprendieron a otear el presente y el futuro muchos españoles nacidos bastante después de 1946.

Aquí se usa el mismo catalejo -para vigilar el horizonte- que utilizaban los españolistas de aquélla época. La única diferencia entre unos y otros consiste, probablemente, en que en vez de utilizar las dos manos para manejarlo, ahora lo cogen con la izquierda mientras con la derecha manejan las tijeras que les regalaron los neocon del otro lado del Atlántico. El discurso del señor Rajoy, como candidato, que era, a la presidencia del Gobierno, ha sido construido con la misma pasión españolista que exige la tradición orgánica, de una parte, y siguiendo las normas dictadas por el Manual de corte y confección autorizado por los dueños del libre mercado. Para estos últimos, la fiesta empezó cuando un mediocre actor de Cine llamado Ronald Reagan -cuya mediocridad profesional se le acentuó mientras interpretaba el papel de presidente de los Estados Unidos…- pronunció aquella famosa frase neoliberal: El Estado no es la solución, es el problema. Corría el año 1981 del milenio anterior.

Entonces, el Estado les estorbaba para imponer la globalización total, de la que se dice que es fundamental para la felicidad del ser humano, pero con la ayuda del fundamentalismo financiero. Durante treinta y siete años, el sistema globalizador funcionó a pedir de boca. Hasta que se demostró con hechos concretos que no es cierto que los mercados sean capaces de regularse a sí mismos. Un economista (Paul Samuelson), Premio Nobel, comparó el derrumbe del sistema económico con lo que les supuso a los comunistas la caída de la URSS. Con un alarde de cinismo político, la derecha aprovechó la caída del imperio neoliberal para culpar al socialdemócrata presidente del Gobierno español, señor Rodríguez Zapatero, de la ruina económica de este país. Cayó aquel Gobierno y, ahora, sobre las mismas ruinas del sistema capitalista, respetando a los verdaderos culpables del desastre -los aventureros del negocio fácil, los buscadores del beneficio rápido, los malabaristas de la especulación financiera…-, la derecha carpetovetónica de este singular país europeo se dispone a salvar a España socializando las pérdidas y privatizando los beneficios. Una peculiar manera de proclamar el socialismo para ricos, y el capitalismo salvaje para pobres.

Utilizando un argumento idéntico al que su usó aquí, en los tiempos de aquel general, para exonerar a los responsables de la Guerra Civil de 1936: la culpa de aquella tragedia la tuvimos todos… (¡que país!), la responsabilidad del fracaso del sistema económico es de todos también. Porque hemos gastado por encima de nuestras posibilidades. Con lo cual, los fenicios que incitaban al consumo aprovechando los créditos fáciles, bombardeando incesantemente la frágil concupiscencia de la ciudadanía a través de una perversa propaganda consumista (ojo: dice consumista…). Las necesidades, creadas artificialmente, redondearon el negocio de los mercados

No sé si el señor Rajoy conseguirá con su flauta poner en pie a la víctimas del apetito capitalista, tal como pone a sus hooligans en el Congreso de los Diputados. No estaría mal. Pero me temo que para lograr ese milagro tendrá que cambiar la partitura porque la escuela de música celestial de El Pardo rechina.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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24 diciembre, 2011 a las 7:12 am

Esa memoria que gotea, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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A propósito de un libro inédito de José Moreno Villa

«Desencajado y roto voy, miserable carrito, / al paso del asno de la melancolía, / por una cuesta sin vértice, / devorando las hojas del calendario vivido». (José Moreno Villa)

Bendita memoria, cuyo goteo es todo un bálsamo frente a la sordidez de una actualidad que no se prodiga a la hora de darnos alegrías. En efecto, bendita memoria, que se va haciendo sitio con discreción y elegancia, sabedora de que aquello que nos trae no es efímero. Bendita memoria, que esta vez nos regala, nada más y nada menos, que la memoria de un poeta en el Madrid de la guerra civil. El poeta es José Moreno Villa, al que Ortega en su momento elogió en exceso, al que Juan Ramón puso en su sitio, sin considerarlo tanto como el filósofo.

Pero en este caso no se trata de un poemario de Moreno Villa, sino de su «Memoria». Cuando deja Madrid camino de Valencia, apenas lleva nada consigo, siguiendo la pauta de Machado, pero sí el manuscrito de un diario al que llamó «Notas desde el Madrid sitiado». Pues, bien, esas 700 páginas serán publicadas en los próximos días, con un título muy escueto, «Memoria». La edición corre a cargo de Juan Pérez de Ayala, cuyo apellido tanto tiene que ver con Asturias y con la República. Desde luego, los de entonces ya no son los mismos, pero no pueden no parecerse.

No deja de ser llamativo el título del libro, «Memoria», la que atesora y consigna un poeta al que apenas nadie recuerda, que no ocupa demasiado espacio en los manuales de la historia literaria, pero que, sin embargo, fue testigo de lo mejor de un tiempo y un país, de la segunda Edad de Oro de nuestras letras, tal como reivindicó repetidas veces Juan Marichal.

Moreno Villa cuenta sus vivencias desde una atalaya muy especial, tanto es así que aquellas cuartillas las escribió desde la colina de la Residencia de Estudiantes, uno de los enclaves de referencia de un momento histórico en el que las letras españolas estaban entre lo mejor de Europa y en el que la ciencia recuperaba con éxito los siglos perdidos de retraso y fanatismo.

Esa memoria que gotea, frente a las constantes invectivas contra una República a la que, de un lado, se sigue pretendiendo sepultar, y que, a pesar de todo, no deja de enviar testimonios de sus epítomes más ilustres que dan cuenta precisamente de lo irrepetible de un momento histórico en el que se proclamó el único Estado no lampedusiano de nuestra historia contemporánea.

Esa memoria que gotea, en este caso, la de un poeta difícilmente clasificable generacionalmente, nacido en 1887, es decir, cuatro años antes que Salinas, al que los historiadores de la literatura consideran el escritor más viejo de la mal llamada Generación del 27. Un escritor que está, como nuestro Fernando Vela, entre las generaciones del 14 y la del 27, un poeta cuya obra se mueve entre dos mundos, y, así las cosas, su nexo de unión no es nada fácil de establecer.

Pero, en todo caso, lo que aquí nos trae no es la obra poética de Moreno Villa, sino sus memorias, su diario, género que con tanto éxito se cultivó en una época en la que la obra de Amiel estaba tan omnipresente entre los grandes literatos.

Lo más pertinente, a la hora de hablar de este libro, sería incluirlo en aquello que, con tanto éxito y precisión, denominó Pedro Salinas como «poesía de las ideas».

Esa memoria que gotea. El libro del que venimos hablando no hará que Moreno Villa se convierta en un escritor conocido. No estará entre los títulos más vendidos, ni siquiera entre los más reseñados. Sin embargo, se trata de todo un acontecimiento cultural, de un regalo a la justicia poética, de una prueba irrefutable de que la llamada Edad de Plata o, también, segunda Edad de Oro de nuestras letras sigue viva no sólo por la calidad que atesoran las grandes obras que entonces se escribieron, sino también porque se siguen recuperando autores y libros que ayudan a completar un panorama inagotable.

La memoria, poética, de un escritor olvidado. La memoria de un testigo privilegiado de la vida literaria y artística de una España que asombraba al mundo. La memoria que viajó en una maleta en la que tenía cabida el relato de la guerra y del exilio.

Una memoria que no se apaga, cuyas páginas jamás se acartonan, una memoria que destila lo mejor y que se prodiga en pequeñas dosis, goteando.

José Moreno Villa, tutor en la Residencia de Estudiantes, poeta, literato, retratista y testigo de cargo de una España peregrina que nunca pudo ser expulsada de aquellas borgianas bibliotecas de los sueños donde habita la mejor literatura, que se resiste, con sigilo, al olvido.

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20 diciembre, 2011 a las 7:12 am

Palacio de Cristal, de Enric Juliana en La Vanguardia

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Cuaderno de Madrid

En el palacio del Retiro, Manuel Azaña fue elegido presidente y las dos almas del PSOE se abofetearon

Parque del Retiro de Madrid. Una fría tarde de diciembre. El sol se va, tenue, hacia la Casa de Campo y breves ráfagas de viento remueven las hojas secas del alfombrado. Un hombre sube con prisas al vestíbulo del Palacio de Cristal. En el interior del edificio, otro hombre pasea entre los paneles de una instalación de arte moderno: unos plafones azules que ciegan la luz del atardecer, minuciosamente perforados con los signos mecanográficos que más se asemejan a la caligrafía celeste: * (estrella); ( (luna menguante); ) (luna creciente); O (luna llena); ! (cometa descendente); ” (lejana lluvia de estrellas). La instalación crea un palacio oscuro en el interior del palacio transparente, bañándolo con una fantasmagórica luz azul. Una atmósfera irreal; una tristeza europea. Los dos hombres se encuentran. Se observan, se reconocen y el recién llegado, con ademán nervioso, toma la palabra.

–¿Por qué me has citado aquí?

–Hace mucho que te esperaba. (Responde el otro, con un ligero aire de burla; los dos callan y vuelven a observarse, rearmando la tensión de un diálogo durante años aplazado…).

El Palacio de Cristal de Madrid es un excelente lugar para una acción teatral. Pongamos por caso dos antiguos amigos que la vida ha separado y que ahora se reencuentran, convocados por la angustia de la crisis y un delirante proyecto que nadie se atreve aún a hacer público… (© idea registrada). El Palacio de Cristal madrileño fue construido en 1887 para la Exposición General de las Islas Filipinas que aquel año tuvo lugar en la capital de España. Su creador, el arquitecto Ricardo Velázquez, se inspiró en el Crystal Palace de Londres, el asombroso pabellón de hierro y cristal levantado seis años antes para la Gran Exposición Universal del capitalismo británico. Ideado por el jardinero Joseph Paxton, consistía en un colosal invernadero de seiscientos metros de longitud que causó sensación por su ligereza, amplitud y transparencia. Un mito. Devorado por un incendio en 1936, el Crystal Palace ha dejado huella en la literatura y en la filosofía. Ante la efervescencia utopista que veía en el sorprendente palacio británico el emblema de una futura sociedad comunista, Dostoyevski, poco amigo de los idealismos, respondió en las Memorias del subsuelo que la humanidad siempre preferirá el caos y el impulso destructivo a las armonías de frágil cristal. Esta fue su advertencia: la relajación en el interior de una supuesta paz perpetua conducirá a la liberación de lo malo del ser humano.

El filósofo Peter Sloterdijk también ha hallado una interesante metáfora en el interior del mito británico acristalado. Con su escritura densa, inteligente y melodiosa, el alemán Sloterdijk sostiene que allí comenzó la era del “capitalismo psicodélico”. Un capitalismo que comienza a trabajar con la exteriorización del alma; una nueva fábrica que agiganta el concepto de interior y le hace superar un umbral crítico. El interior rompe los confortables límites de la casa burguesa y del palacio aristocrático para proyectarse como un espacio capaz de reunirlo todo. Un gran invernadero cosmopolita separado de la barbarie –del mundo pendiente de organización industrial– por una pared de cristal, frágil y transparente. Un símbolo del sentimiento de omnipotencia de Occidente.

El Palacio de Cristal de Madrid es bastante más modesto. Anclado en el centro del Retiro, un día de cielo azul puede parecer una apacible casa de reposo centroeuropea. Bajo la tormenta, un lugar terrorífico. Un enclave romántico rodeado de castaños de Indias, cuya suave escalinata desciende hacia las aguas tranquilas de un estanque con surtidor y varios ejemplares de ciprés de los pantanos. En la otra orilla, el contrapunto: un cubo de hormigón de la escollera del puerto de Bilbao en el que el escultor Agustín Ibarrola insertó las pinzas oxidadas de una grúa. Aires de Viena, pantano de William Faulkner, contundencia vasca.

El Crystal Palace madrileño tiene un lugar en la historia de España. El 10 de mayo de 1936 fue escenario de la elección de Manuel Azaña como presidente de la República, ante la imposibilidad física de reunir a diputados y compromisarios en el hemiciclo de las Cortes. Azaña sustituía a don Niceto Alcalá Zamora, destituido tras una ardua maniobra parlamentaria de la izquierda, ahora revivida por la publicación de unas anotaciones del primer presidente republicano que abonan la sospecha de putsch parlamentario. (Material acogido con mucho interés por los partidarios de aminorar la legitimidad del régimen republicano a efectos de memoria histórica). El edificio conserva también una cacofonía del PSOE cismático. Poco minutos después de la elección de Azaña, Luis Araquistáin, director de la revista Claridad (línea Largo Caballero) abofeteó a Julián Zugazagoitia, director de El Socialista (línea Prieto). Las dos almas de la izquierda.

Forrado de azul Europa por la artista Soledad Sevilla –ocuridad en el interior de la transparencia–, el Palacio de Cristal del parque del Retiro es un buen lugar para la cita de dos viejos amigos que tienen mucho que contarse: cuentas pendientes y un proyecto que asombrará a España. Un lugar teatral. Un transistor en el centro de la sala, radiando mañana el discurso de investidura.

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18 diciembre, 2011 a las 7:15 am

La crisis de la Corona y la hora de la verdad del Príncipe Felipe, de Jesús Cacho en vozpopuli.com

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Cada noticia, cada detalle, cada situación nueva que se conoce del llamado caso Urdangarin es peor que la anterior no ya para la fama terrena de la Familia Real sino para el prestigio de la Corona. Ayer supimos que la Casa del Rey contactó en 2007 con un bufete de abogados catalán para “poner en orden” en las actividades del yerno del Monarca, que para entonces facturaba millones de euros a Administraciones varias con la efectividad y contundencia con que antaño batía las redes de los equipos de balonmano –al “talonmano” dicen ahora que jugaba- que se enfrentaban al Barcelona C.F. De modo que al menos desde 2007 la Zarzuela sabía a qué se dedicaba el buen mozo, y no precisamente a obras de caridad sin ánimo de lucro. La solución fue pedir a Telefónica –“César, me tienes que hacer un favor”- que diera trabajo –es un decir- al chico lejos de España, cuanto más lejos mejor, en espera de que el asunto se fuera diluyendo en el tiempo hasta quedar en nada.

Familia desestructurada, casi rota, presidida por la radical desavenencia existente entre el Rey y su esposa, doña Sofía. Si la Reina se enfada con Leticia por negarse a asistir a un cumpleaños de Constantino,el Rey ennoblece a un portugués, muy cercano a Leticia, con el título de Marqués de Pereira Coutinho. Si el Rey dice que Urdanga es una desgracia para el apellido, la Reina viaja a Washington y se hace retratar en el ¡HOLA! junto a la familia de su hija, como inequívoca señal de apoyo en época de tormenta. Si en el hall de un hotelito alemán el Príncipe coincide con una antigua amistad, la Princesa se va de compras o a cenar con amigas. Desavenencias en primera generación, que se trasladan a la segunda. Leticia no se lleva con sus cuñadas, pero el Rey tampoco se lleva con su nuera, y no se recata a la hora de contarlo en privado, mientras por la meseta soriana se perfila la triste figura del caballero Marichalar, hace tiempo apartado de la familia, como ahora amenaza con serlo Iñaki. Desamor en primera generación y malos matrimonios en segunda, cóctel que todo el mundo conoce –desde luego el establishment patrio, cuyo deporte favorito consiste ahora en cotillear sobre la so-called “princesa” Corinna zu Sayn-Wittgenstein- pero que todos callan porque la royal family sigue siendo, cada día menos, asunto tabú y porque los españoles seguimos juzgando con generosa manga ancha la vida privada de la gente, incluso de gente tan principal como la primera autoridad del Estado.

Como en diciembre de 1858 escribiera el embajador francés en la corte española, un tal Fournier,  “nos enfrentamos a una realeza cuyas pasiones no parecen sentir la fuerza de su prestigio más que para abusar de él”. El tenderete amenaza con venirse abajo por culpa del caso Urdangarin, un escándalo que emparenta a los Borbones con la corrupción galopante que desde hace décadas enseñorea la pedestre democracia española. ¡Con la pasta hemos topado! De modo que, de pronto, la Familia Real está en boca, y no precisamente para bien, del menos avisado de los españoles, porque ese español que transige en asunto de bragas y braguetas  está menos dispuesto a consentir en cuestión de latrocinios, y mucho menos en una época de crisis aguda como la que vivimos. El corolario es que, treinta y tantos años después de la muerte de Franco, la forma de Estado ha pasado a convertirse en una de las grandes cuestiones pendientes a que se enfrenta el pueblo soberano al inicio del tercer milenio, con la crisis económica y la del modelo de Estado por compañeras.

Crecen los apoyos al relevo en el Trono

La pérdida de prestigio de la institución (ver encuestas recientes), las divisiones familiares y este escándalo (sexo y dinero conforman como una maldición los pecados capitales de los Borbones a lo largo de los siglos) han acentuado la debilidad simbólica de la Corona para mediar y arbitrar las soluciones que reclama un país cuarteado como nación tras las dos legislaturas de Zapatero, que parece haber perdido el rumbo como proyecto de vida colectivo. La monarquía de don Juan Carlos ha perdido autoridad –la que otorga el prestigio inmaculado-, y buena parte de ese poder simbólico que tuvo. Ha dejado de ser vista por muchos como una solución, para pasar a ser parte del problema.

En el entorno del heredero son claras las señales de alarma que emite esa pérdida de prestigio. El protagonismo del Príncipe Felipe en el apartamiento de Urdangarin como persona de conducta “poco recomendable”, no tiene otra explicación que el intento de colocar un cortafuego capaz de evitar que el escándalo se lleve por delante la sucesión al Trono. En este contexto, la aparición estelar –Barcelona, miércoles 14- del heredero en el acto de presentación de la Fundación Príncipe de Gerona, apenas dos días después de que Zarzuela dejara caer a Iñaki cual fruta madura, no puede entenderse más que como una reafirmación de la figura de Felipe de Borbón como icono de una Monarquía de nuevo cuño, lo ligada a la restauración franquista ni a las escándalos de corrupción que empañan la figura del Rey. Frente al sablazo por sistema del cuñado, el ejemplo de la Príncep de Girona como fundación “honesta y transparente”. Para el heredero, “servir al interés general no puede supeditarse en ningún caso a recompensas personales”. Más claro, agua.

En torno a la candidatura de don Felipe como futuro Rey empieza a cristalizar un incipiente grupo de apoyo formado por jóvenes empresarios y profesionales liberales que impulsan un cambioacelerado al frente de la institución. Dos bandos, como tantas veces ocurriera en nuestra Historia. El de quienes siguen apoyando al Monarca, mayormente representado por el empresariado madrileño, y el de quienes, con fuerte soporte en Barcelona, respaldan la figura del Príncipe, acuden a visitarle en privado, le animan y se declaran partidarios de la abdicación del padre cuanto antes. Muchos de ellos estaban presentes el  miércoles en la Sala Oval del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC). La renuncia del Monarca sería la solución adecuada en el horizonte de un par de años, cuando se empiece a vislumbrar cierta luz al final del túnel de la depresión económica que vivimos, de modo que el relevo sirviera para enmarcar el inicio de un nuevo periodo histórico, lejos de las adherencias del pasado que Juan Carlos I llevará siempre consigo.

El navajeo dentro de la propia Familia Real

Pero el Rey no se irá. Quienes le conocen bien aseguran que “por encima de su cadáver. El cargo es la razón de su vida, y se morirá con él. Su desconfianza en quienes le rodean es total, y ni aunque se lo pidieran de rodillas las personas con más poder del país accedería. Es lo que siempre me ha dicho. No se fía de su hijo y menos de su mujer. Aparte de que, ahora mismo, cualquier movimiento en ese sentido no haría sino poner en tela de juicio la institución misma”. No olvidemos, sin embargo, la frase de aquel embajador de Napoleón III en Madrid para quien “lo verdadero y lo inverosímil están en España siempre muy cerca”. La negativa del Monarca a pasar el testigo a su hijo -mejor preparado, más culto y, sobre todo, sin mácula, al menos que se sepa, en lo que al verdadero talón de Aquiles de don Juan Carlos respecta, es decir, los negocios privados, es decir, el dinero, dificultará una salida racional, consensuada, a un problema que por vía de la abdicación podría resolverse, aunque tal vez cabría decir mejor aplazarse, porque, a largo plazo, el viejo dilema Monarquía-República no se solucionará hasta que los españoles puedan pronunciarse en consulta libre y democrática.

En contra de lo ocurrido durante el reinado de Isabel II, donde las divisiones internas de los partidos moderado y progresista, amén del navajeo dentro de la propia familia real se emplearon a fondo a la hora de airear los “vicios privados” de la Reina para debilitarla políticamente, en la España de Juan Carlos I los poderes fácticos siguen empeñados en tapar cualquier desafuero, sea de faldas o de fondos, en un pacto de silencio del que hemos salido todos perdiendo, porque ni han cesado las habladurías, ni se ha puesto remedio a los desmanes. El miedo al futuro sigue siendo un eficaz agente aglutinante. Quienes apoyan al Príncipe quieren, por eso, cambiar “el porvenir tristísimo que aguarda a España si no se remueven ciertos obstáculos que se le ponen en el camino del progreso”, en palabras del gran Salustiano Olózaga. Se trata de “moralizar” la Monarquía española y hacer posible una nueva era de paz y prosperidad. Como dijo el propio Príncipe el miércoles, citando a Vicens Vives, “trobarem el pas y la clariana i ens desfarem de la nit y de la boira” (encontraremos el paso y la luz y nos desharemos de la noche y la niebla).

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18 diciembre, 2011 a las 7:07 am

Una carta del cardenal Pacelli, de Hilari Raguer en El País de Cataluña

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La carta colectiva del episcopado español a favor del Alzamiento es sin duda el documento eclesiástico español más famoso y el más controvertido. La documentación secreta vaticana recientemente abierta a los investigadores ha revelado detalles interesantes sobre cómo la recibió el Vaticano.

Franco estaba muy quejoso de ciertos católicos extranjeros que, aun condenando la persecución religiosa desencadenada en la zona republicana, rechazaban el título de cruzada que los insurrectos se arrogaban y denunciaban la severa represión que se daba en la zona llamada “nacional”. El 10 de mayo de 1937 pidió al cardenal Gomá que, ya que todos los obispos estaban de su parte, publicaran “un escrito que dirigido al episcopado de todo el mundo, con ruego de que procure su reproducción en la prensa católica, pueda llegar a poner la verdad en su punto”. Gomá, después del fracaso de la instrucción pastoral por él redactada pero firmada por los obispos de Pamplona y Vitoria contra los nacionalistas vascos católicos que luchaban al lado de la República, era decididamente contrario a todo documento colectivo, pero atendió al ruego de Franco. Consultó al cardenal Pacelli, secretario de Estado, y a todos los obispos. Éstos aceptaron con entusiasmo la propuesta, con la excepción de Vidal y Barraquer, y Múgica, pero el secretario de Estado contestaba a Gomá sobre otras cuestiones sin decir nada del documento. Gomá seguía informando, y Pacelli callando. Finalmente, el 5 de julio Gomá envía a Pacelli las pruebas de imprenta del texto definitivo. Entonces, el 31 de julio, Pacelli escribe a Gomá acusando recibo de las pruebas de imprenta, y le dice: “Esta Secretaría de Estado sería del parecer que para la publicación de un documento de tanta importancia, como es la citada carta, sería deseable la unanimidad de ese Excmo. Episcopado. Puesto que el Emmo. Señor Vidal y Barraquer, como Vd. observa en su mencionada carta N. 88, no estima conveniente la publicación de dicho documento, y por otra parte S. E. Mons. Múgica y tal vez con él otros Obispos españoles no desean firmarlo, esta Secretaría deja a la conocida prudencia de Vuestra Eminencia ver si no sería el caso de suspender por ahora su publicación”. Pero esta importante carta no llegó a enviarse. No se envió, pero no se destruyó, sino que el original, no firmado, se archivó en la Secretaría de Estado, con una anotación en lápiz, a mano, encerrada en un círculo, que dice: “Sospeso”.

La carta colectiva lleva la fecha de 1 de julio, y así suele citarse, pero en realidad no se divulgó hasta fines de agosto. Gomá dice que había que asegurarse de que antes la habían recibido los obispos, que eran sus destinatarios formales, pero además hasta el último momento trató de convencer a Vidal y Barraquer de que firmara. En la carta con la que enviaba a Pacelli las pruebas de imprenta, respondiendo a la principal objeción de Vidal y Barraquer al documento (o sea, que podía provocar represalias contra clero y fieles de la zona republicana), aseguraba que “se procederá a su envío a los Sres. Obispos de todo el mundo en forma reservada”, para que puedan orientar a la prensa católica de sus países, pero de hecho los servicios de la propaganda franquista ya estaban trabajando frenéticamente en la traducción y edición del documento. ¿Dijo alguien a Pacelli que aquello ya no tenía marcha atrás? Con razón había dicho Vidal y Barraquer: “Muy propio para propaganda, pero lo estimo poco adecuado a la condición y carácter de quienes han de suscribirlo”.

Gomá había evitado en la carta todo lo que sabía que no gustaría al Vaticano. Aunque en repetidos documentos anteriores había proclamado que aquella guerra era una cruzada, en éste no solo no lo sostiene sino que afirma expresamente que no lo es, y también se abstiene de dar una adhesión incondicional al nuevo régimen, antes bien dice que de momento ayuda mucho a la Iglesia pero no se sabe cómo puede evolucionar. Por eso algunos obispos habían dicho que era demasiado floja. Pla y Deniel, por ejemplo, aprobaba el proyecto si decía lo que los obispos ya habían estado afirmando (como él en su famosa pastoral Las dos ciudades, o sea, que aquella guerra era una cruzada). Pero ni con tanta moderación obtuvo Gomá la deseada aprobación. De hecho, el Vaticano no la prohibió pero tampoco la aprobó. Tardó nueve meses en acusar recibo, y entonces lo hizo en tales términos que provocaron una enérgica protesta del embajador Yanguas Messía.

Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat.

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17 diciembre, 2011 a las 7:13 am

‘La Risiera’ (y nuestras ruinas), de Ricard Vinyes en Público

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En la noche del 29 al 30 de abril de 1945, el ruido y la luz de una detonación advirtieron a los ciudadanos de Trieste de que algo sucedía en la periferia urbana de la ciudad, donde se alzaban borbotones de humo negro y resplandor de llamas.

Había sido una jornada complicada para todos. En Alemania, Eva Braun y Adolf Hitler se habían quitado la vida. Un par de días antes, Mussolini y su amante, Clara Petacci, tras ser detenidos en las cercanías del Lago di Como, eran fusilados y sus restos colgados por los pies en una gasolinera. Por la mañana, el Comité de Liberación Nacional (CLN) había dado la orden de insurrección general, por lo que la resistencia, allí donde estaba organizada y podía, salió a las plazas y calles del país, irrumpió en las carreteras y abandonó los montes para hostigar a las tropas de ocupación en retirada y capturar o liquidar a los fascistas todavía leales a la “República de Salò”, un Estado fascista puro desarticulado el día anterior, y que desde su fundación en septiembre de 1943 no había sido más que una suerte de protectorado alemán –establecido en Lombardía, y con su capital diseminada en Salò, Milán, Gargnano, Mantua y Verona– para que los ocupantes pudieran controlar mejor el norte y la región de Venezia-Giulia. En aquel 30 de abril tenía lugar la última y verdadera batalla entre partisanos y tropas alemanas en Monte Casale, cerca de Mantua. En Trieste, siguiendo el llamamiento insurreccional del CLN, los partisanos se lanzaron a liberar el centro urbano, mientras que los partisanos comunistas que no estaban integrados en el CLN, sino en el ejército yugoslavo atacaban el altiplano para garantizar la protección de la ciudad durante su liberación. Al anochecer, prácticamente todo el centro de Trieste había sido liberado. La mañana siguiente avanzaron hacia la periferia urbana, y entonces supieron a qué se debían la explosión, las llamas y el humo –con el que, por otra parte, se habían familiarizado desde hacía un año, aproximadamente–. Los alemanes habían evacuado La Risiera ubicada en el barrio de San Sabba, se habían llevado parte de los prisioneros y habían dinamitado el horno crematorio instalado allí en 1944. Se trataba de no dejar rastro de los crímenes cometidos durante la ocupación, pero antes habían incinerado, junto a carbones de restos humanos, toda la documentación relativa a la gestión burocrática del lugar, destruyendo con esta acción las pruebas materiales sobre el único horno crematorio existente en la Europa meridional: el de La Risiera.

El gran complejo de edificios de La Risiera, una antigua arrocera destinada al descascarillado y a otros tratamientos del arroz (riso en italiano) construida en 1904 en el barrio suburbano de San Sabba, se convirtió en el primer campo de encarcelamiento provisional para militares italianos capturados después del armisticio del 8 de septiembre de 1943, y a finales de año se estructuró como campo de detención destinado tanto a la clasificación de los deportados a Alemania y Polonia (además de depósito de bienes saqueados), como a la detención y eliminación de rehenes, partisanos, dirigentes políticos y judíos. Con esta finalidad, se instaló un horno crematorio en el secadero de la fábrica, mientras que el área para detenidos se acondicionó en el interior de un segundo patio del complejo industrial. Ambos fueron dinamitados por los nazis en aquella noche. Entre los cascotes se recuperaron huesos y cenizas humanas recogidas en sacos de papel y que tenían que haber sido arrojados al mar. Las prisas lo impidieron.

A pesar del atentado, y la completa destrucción del horno y su chimenea, La Risiera mantuvo casi invariable su estructura original –a diferencia de los campos de Ferramonti y Fossoli– y por ello constituye un documento importante para la historia de la guerra y la ocupación de Italia.

Años después, algunos incendios, el abandono, dejaron La Risiera en estado de semiruina. La insistencia de las asociaciones de antiguos partisanos facilitó que en 1965 el presidente de la República, Giuseppe Saragat, declarase La Risiera monumento nacional, y que de inmediato el Ayuntamiento de Trieste convocase un concurso para transformar el conjunto fabril en museo memorial. Fue así como el arquitecto Romano Boico materializó su complejo y brillante proyecto arquitectónico que convirtió aquel espacio triste, ruinoso, periférico, en un lugar que documentaba y evocaba. No añadió nada. Tan sólo cortó y restituyó. Eliminó los edificios en ruina, perimetró el contexto espacial con muros de hormigón que se alzaban once metros, articulados de tal forma que constituyen un acceso inquietante en el mismo sitio donde se hallaba la entrada; enrejó el patio para identificarlo, según escribió en su proyecto, con “una basílica laica a cielo abierto”. Decidió que las salas que acogían a los prisioneros estuvieran completamente vacías y que las estructuras de madera fuesen descarnadas; en el edificio central ubicó una exposición concisa, compuesta por las sensaciones e imágenes que sugieren los espacios vacíos, las narraciones, los documentos. La Risiera, establecida ya como patrimonio de la República, se inauguraba en 1975, treinta años después del intento de aniquilación.

Anteayer vi imágenes de los restos ruinosos de la prisión de Carabanchel, y la cabeza se me fue a La Risiera; y me acordé también, por esas extrañas conexiones que a su aire establece la memoria, de la orden de destrucción de los archivos del Movimiento y de Falange que dictó Martín Villa, siendo ministro de Gobernación del último gabinete de la dictadura presidido por Adolfo Suárez. Corría 1977. Nuestras ruinas no son más que ruinas.

Ricard Vinyes. Historiador.

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11 diciembre, 2011 a las 7:08 am

Dar gato por liebre, de Ángel Viñas en El País

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Mentiras y traiciones envuelven la historia de la sublevación de Segismundo Casado en marzo de 1939. Engañó a los historiadores, jugó con los hechos y “confirmó” los mitos esenciales de los vencedores

En estos días tan tumultuosos políticamente el Ministerio de Defensa publica un libro cuya carencia se hacía sentir agudamente. Bajo la dirección y coordinación del catedrático Javier García Fernández aparece un grueso tomo titulado 25 militares de la República. Son biografías, escritas por otros tantos historiadores de primera fila, de una selección de generales o almirantes y jefes que permanecieron leales al Gobierno republicano en o después de la sublevación militar de 1936. Entre ellos figuran Aranguren, Asensio Torrado, Batet, Buiza, Casado, Cordón, Escobar, Gámir, Hernández Saravia, Hidalgo de Cisneros, Mangada, Martínez Cabrera, Menéndez, Miaja, Núñez de Prado, Pozas y Rojo. La lectura será imprescindible tras tantos años de desfiguración y desvirtuación de su papel en la Guerra Civil, acrecentadas en algunos casos por el malhadado Diccionario biográfico español que en la nueva legislatura probablemente no tardará en distribuirse.

No se recupera el honor de todos los biografiados. Para uno al menos, y que el Diccionario ha tratado de salvar por todos los medios, la evidencia primaria documental de época lo hunde en las simas del embuste y de la traición. A muchos españoles de las generaciones más jóvenes su nombre no les dirá nada. Se trata de Segismundo Casado, el hombre que el 5 de marzo de 1939 se levantó en armas contra una República a punto de colapsarse, que creó un sedicente Consejo Nacional de Defensa, que aglutinó en torno suyo a un pequeño arco de figuras de segundo o tercer nivel (salvo Miaja, el anciano socialista Julián Besteiro y el exsubsecretario de Gobernación y destacado miembro del PSOE Wenceslao Carrillo).

La sublevación casadista ha dado origen a discusiones sin cuento. También abrió inmensas heridas en las filas del exilio. Profundizó hasta límites infranqueables las divisiones entre socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos. Estuvo basada en una patraña de Casado y en una estrategia política de Franco.

La patraña consistió en acusar a Negrín de hacer el caldo gordo a los soviéticos y sus sicarios españoles y de prolongar la guerra sirviendo exclusivamente el interés de Stalin. De aquí la subpatraña que la sublevación se llevó a cabo para impedir que Negrín y los comunistas se hicieran con el control de los mandos de lo que quedaba de Ejército Popular.

La estrategia de Franco consistió en engañar a Casado haciéndole ver que una rendición inmediata no provocaría represalias entre los mandos militares que no hubieran cometido delitos de sangre. Lo que había detrás es fácil de identificar: Franco deseaba evitar cualquier evacuación de dirigentes políticos, militares y sindicales. Para ello necesitaba que alguien hundiera, desde dentro, las pequeñas posibilidades de resistencia. Así podría liquidar fácilmente la flor y nata republicana.

Casado se tragó el anzuelo. Engatusó a sus compañeros haciéndoles ver que no tendrían que temer demasiado de la victoria franquista y buscó aliados para su golpe en unidades próximas a Madrid. Las encontró en el Cuerpo de Ejército de Cipriano Mera, probado líder anarquista y políticamente analfabeto. Aprovechó el sordo rencor contra los comunistas y manipuló a la Agrupación Socialista Madrileña.

Franco terminó la guerra en beauté, gracias a una operación político-estratégica que le permitió copar a una inmensa cantidad de dirigentes republicanos. También a la masa combatiente. Todos formaban parte de aquella anti-España cuya eliminación física, política y psíquica había constituido el alfa y el omega de la rebelión de 1936. Casado se escapó a Inglaterra tras una serie de proclamas preconizando la resistencia numantina si no se recibían condiciones satisfactorias de paz. No las obtuvo.

En Londres, Casado escribió unas autojustificativas y falaces memorias, nunca traducidas al español. El manuscrito lo entregó el 21 de julio. Era profundamente anticomunista, pero no ponía en solfa a las democracias occidentales que tan poco habían hecho por la República. Hay que sospechar que alguna mano foránea le ayudó en su concepción. Como tras el final de la II Guerra Mundial y en el comienzo de la guerra fría los servicios secretos británicos le hicieron algunas ofertas, es posible que en 1939 ya estuvieran a favor de una labor de intoxicación.

Se conserva el borrador de una carta a Franco que Casado agregó a una misiva fechada el 9 de marzo de 1940 y dirigida al duque de Alba, a la sazón embajador en Londres. No se sabe si este la remitió a su destinatario, pero en ella Casado dejó constancia de la decepción que le había producido el comportamiento de Franco. El motivo de la carta fue el fusilamiento del general Escobar por quien Casado debió de tener un gran respeto. Acusó al Caudillo / Generalísimo / Jefe del Estado de haber faltado a la palabra dada. Una terminología dura entre militares.

Casado trapicheó como pudo, con trabajitos en la BBC, uno de los lugares en que los servicios especiales británicos solían aparcar a personajes y personajillos que pudieran ser útiles. Cuando terminó la II Guerra Mundial, emigró a América Latina. Allí pasó más de 15 años, en parte tratando de volver a España. Cuando lo hizo, en septiembre de 1961, nadie le molestó, pero dos años más tarde se le ocurrió solicitar el reconocimiento de sus derechos pasivos y la máquina judicial militar se puso en movimiento. Se le trató con guante blanco hasta cierto punto, pero no obtuvo lo que quería.

Enfermo, encerrado en su piso madrileño durante años y años, fue apañándose con sus ahorros hasta que amenazaron con agotarse. Entonces entró en contacto con el Ministerio de (Des)Información. Se prometió un gran éxito económico de una nueva versión de sus memorias. El problema es que no se acordaba de los hechos de 1939. Tampoco podía ir a hemerotecas. No sabemos si desde el Ministerio, entonces regentado por Manuel Fraga Iribarne, alguien le echó una mano. Sí sabemos que le ayudó uno de los subordinados de Cipriano Mera, también anarquista, un tal Liberino González.

En consecuencia, la nueva versión acentuó hasta extremos delirantes la presunta conspiración comunista, la vesania de Negrín y la larga mano de Stalin sobre la República. Todo muy en consonancia con el furibundo anticomunismo anarquista y franquista y, en particular, las necesidades de la guerra fría. Ya se habían expresado en términos similares renegados comunistas tan caracterizados como Jesús Hernández, Enrique Castro Delgado y Valentín González, El Campesino. También los inevitables poumistas, a la cabeza de los cuales se situó Julián Gorkín.

Casado no quedó muy contento con el resultado, una indicación tal vez de que la nueva versión no era únicamente de su propia pluma, pero no tenía escapatoria. Enfermo y sin dinero, se sometió. Cuando se almuerza con el diablo conviene manejar una larga cuchara. Casado no la tuvo. Jugó con los hechos, engañó a historiadores, “confirmó” los mitos esenciales de los vencedores, encubrió la gran operación político-estratégica de Franco, fue corresponsable de la hecatombe final republicana y, como buen traidor, hizo todo lo posible por desfigurar sus huellas en la historia. Un historiador anglo-norteamericano, Burnett Bolloten, le creyó y sentó escuela. Sus colegas pro y neofranquistas se frotaron de gusto las manos durante años.

Al final, si se encuentra la evidencia primaria relevante de época, los hechos del pasado quedan iluminados bajo nueva luz. La pregunta es: ¿por qué ha habido durante tanto tiempo un segmento de la literatura que ha hecho caso a la versión de Casado, que siempre fue en sí inverosímil? La respuesta se encuentra, a nuestro entender, en la conjunción entre las necesidades ontológicas del franquismo, su dependencia de una mitología ad hoc y la ideología de la guerra fría.

Ángel Viñas es catedrático emérito de la UCM y está a punto de publicar una versión revisada y ampliada de La conspiración del general Franco.

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10 diciembre, 2011 a las 7:16 am

Los huesos del tirano, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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No hay escapatoria. Vivimos entre  los muertos, lo queramos o no. Se puede pensar que la dura crisis económica y social consigue tapar el resto de las cosas que nos rodean, pero eso no es cierto. ¿A quién interesan los huesos del general Franco? La primera respuesta es fácil: a nadie, excepto a los miembros de su familia y a cuatro nostálgicos del régimen. Pero esta es una respuesta tramposa, meramente paliativa. Hay que responder con más atención: los restos de un dictador que marcó profundamente nuestra historia reciente son un asunto que no puede dejar de interpelar a la sociedad. De acuerdo: la mayoría vive preocupada por los recortes, los créditos hipotecarios y la amenaza del paro, pero somos animales históricos siempre, también cuando parece que la historia nos molesta. Franco no interesa, pero Franco sigue siendo un nombre que pesa sobre todos nosotros.

Hace pocos días, se dio a conocer el informe oficial que sobre el Valle de los Caídos ha redactado una comisión de expertos por encargo del Ministerio de la Presidencia. Este informe hace una serie de recomendaciones al Gobierno, a partir del objetivo de llevar a cabo una “resignificación integral” del lugar que “proporcione la relectura completa del conjunto monumental” mediante la cual se exprese “la centralidad de la víctima mostrando documentalmente y evocando simbólicamente el vacío ético que generó la Guerra Civil con la muerte”. El principio que inspira a los expertos es el de “explicar y no destruir” para alcanzar la transformación del mausoleo de la dictadura en un verdadero memorial de la reconciliación que dé protagonismo a todos los muertos del conflicto, los de ambos bandos con un trato igual. De paso, habría que intervenir para frenar el deterioro de la estructura del templo y el conjunto escultórico, trabajos que podrían llegar a costar hasta 13 millones de euros.

Con buen criterio, la comisión de expertos advierte que dar nuevo significado al Valle de los Caídos pasa por reservar este espacio únicamente a los muertos de la Guerra Civil, lo cual implica el traslado de los restos del general Franco “al lugar que designe a la familia o, en su caso, al lugar que sea considerado digno y más adecuado”. Con respecto a los restos de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange y ejecutado durante la guerra, se recomienda que estos no ocupen un lugar preeminente en la basílica, “dada la igual dignidad de los restos de todos los allí enterrados”. Se trata de conclusiones bien razonadas y movidas por el sentido común, pero dejan la pelota a los pies de los políticos. El informe fue encargado por gobernantes del PSOE y debe ser tenido en cuenta por los del PP, que ahora llegan al poder. Alguien ha querido ver ahí un último regalo envenenado de Zapatero a Rajoy. Quizás sí, quizás no. En todo caso, es triste y perverso que cierta derecha y cierta izquierda utilicen a los muertos para preponderar en la pugna democrática.

Más allá de los partidismos, debemos ser sinceros y valientes a la hora de contemplar nuestra historia: ¿cuál es el momento menos malo para reubicar los huesos del tirano para que no ofendan durante más años la memoria de los que perdieron la guerra y de los que fueron víctimas de la represión dictatorial? Todos los momentos son y serán complicados, pero habrá que hacerlo antes de que nos devore la vergüenza colectiva. Los gobiernos centristas de la transición no tocaron los restos de Franco, ni tampoco lo hicieron los gabinetes posteriores que presidió el socialista González. Años después, Aznar no se dedicó a eso y Zapatero, que hizo bandera de la memoria republicana, termina sin haber movido el cadáver del hombre que edificó un sistema autocrático de poder que significó la muerte, la prisión y el exilio para miles de personas. La tumba de Franco sigue siendo el símbolo de una victoria militar que se prolongó durante casi cuarenta años, y esa es la razón por la que no casa con el respeto a la memoria de los vencidos ni con el espíritu democrático. Los que cada 20 de noviembre peregrinan al Valle de los Caídos brazo en alto nos recuerdan que la tumba del general es un deshonor cívico y un residuo tóxico que contamina la convivencia, un lugar oscuro que mantiene abierta la herida de la guerra. El homenaje que los franquistas llevan a cabo anualmente es un festival que no tiene cabida en la Europa de los derechos humanos y la libertad. Y haría bien la Iglesia católica de España si asumiera las recomendaciones de la comisión de expertos.

Problemas presupuestarios al margen, el nuevo gobierno presidido por Rajoy debería hacer todo lo posible para que la derecha española democrática no deje espacios de ambigüedad con respecto a la condena rotunda del franquismo. La remodelación del Valle de los Caídos es una oportunidad perfecta para concretar una actitud más clara del PP en este  sentido. Desde el deber ético y la inteligencia, y también desde la necesidad política de marcar distancias con los fantasmas de los entornos sociales y mediáticos supuestamente afines, que mantienen una actitud escandalosamente contemporizadora hacia la dictadura. De lo contrario, los populares siempre tendrán poca autoridad para hacer determinados discursos.

Algunos creen que mover los huesos de Franco es reabrir heridas. A mi entender, la gran herida es seguir tratando al tirano como a un héroe glorioso y benefactor.

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7 diciembre, 2011 a las 7:16 am

A la vuelta de Madrid, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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La polémica en falso sobre el Valle de los Caídos

No ha sido posible dar por sabidas ideas básicas antes expuestas, porque su verdad no es demostrable matemáticamente; hubo así que tener presentes -en interés de esta causa- a quienes razonan mediante «juicios antipáticos a priori». (Américo Castro)

Primera hora de la tarde. Madrid ya se quedó atrás. Las poblaciones más cercanas, también. La cruz del Valle de los Caídos no tarda en divisarse desde el coche. Cada vez que la atisbo, soy consciente, no sin cierto desgarro, de su cercanía a aquel monumento al que Ortega definió como piedra lírica. A aquel Escorial en cuyo interior habitó el innominado personaje de Azaña, al que alguien denominó como «el Amiel sin miel de El Jardín de los Frailes».

Es innegable que la cercanía entre el Valle de los Caídos y El Escorial resulta inquietante. Por mucho que los separen siglos de distancia, por mucho que el real sitio fuera concebido, entre otras cosas, como el enclave de un gigantesco imperio, por mucho que el monumento escurialense le haya inspirado a Unamuno la genialidad de que Felipe II fue en realidad un Quijote de covachuela, se diría que aquel general cuya carrera militar tuvo tanto que ver con aquella guerra de África en la que la decadencia de España era bastante más que una retórica noventayochista, quiso dejar su impronta muy cerca de tan histórico lugar para que saliese a escena la omnipresencia de la muerte entre españoles. Gigantesca sepultura en la que el tamaño sí que importaba mucho.

Pero esta vez, tras conocer el dictamen de la comisión creada ad hoc por el Gobierno de un Zapatero que, según parece, pretende marcharse a hurtadillas, no puedo soslayar que, de nuevo, estamos ante una intentona que, como nos viene sucediendo, se va a cerrar en falso. Y es imposible no preguntarse hasta dónde pretendió llegar el político leonés con su teórico empeño de dignificar la llamada memoria histórica.

No olvidemos que, de entrada, abrazó el llamado republicanismo de Petit, al tiempo que en ningún momento se cuestionó la Monarquía. No olvidemos que sus halagos a la II República jamás dejaron la puerta abierta a reivindicar la tercera. Y no olvidemos tampoco que nunca hizo apuestas decididas por el significado del republicanismo, ni en su política social y económica, ni en su política educativa, ni en su política cultural. Lo de Zapatero con el republicanismo no pasó de ser un enredo más de los muchos que hizo. Una frivolidad fruto de su incurable e incorregible inconsistencia.

Para empezar, no es esperable que el PP se ocupe de poner en marcha el dictamen de la comisión, que aconseja que los restos del dictador no continúen donde están. Y, para seguir, con o sin Franco, no se podrá cambiar el significado del Valle de los Caídos, el de un lugar en el que se da cita la barbarie de aquella guerra, de cuyas consecuencias ni la izquierda de siglas desea en verdad acordarse.

Hay cosas que no pueden ser reconvertidas. El Valle de los Caídos nunca podrá llegar a ser el referente de todos los muertos de la guerra civil. De hecho, sólo con pretender semejante cosa se está insultando la memoria de las víctimas que no fueron a parar allí por voluntad propia y se está faltando al respeto también de todos aquellos que se vieron obligados a trabajar allí en condiciones que formarían parte de la historia universal de la infamia.

No, no se puede desandar la historia con la frivolidad de un José Bono que, siendo ministro de Defensa, pretendió poner en el mismo sitio a republicanos españoles que lucharon en Europa contra la barbarie nazi con otros que acudieron en apoyo de las tropas hitlerianas.

Caídos por Dios y por España, frente a aquellos otros que sufrieron muerte, cárcel o exilio. Caídos a resultas de una cruenta guerra que trajo una de las dictaduras más largas de la historia de Occidente. Caídos por defender una idea de España ciertamente distinta de la que resultó triunfante.

A la vuelta de Madrid, viendo de lejos la mole de la que tanto se viene hablando, sobreviene la certeza de que, en efecto, la izquierda española nunca se enfrentó a la historia, ni a la suya propia, a la que traicionó el PSOE desde su irrepetible y malograda victoria del 82, ni a la de este país al que seguimos llamando España.

Aquel Quevedo que hablaba en un inolvidable soneto de que en todo cuanto veía se topaba con la sombra de la muerte viene muy bien al caso. La guerra y la muerte, cuya sombra tiene en este caso color de osamenta. Algo demasiado serio, algo demasiado trágico, para afrontarlo con frivolidad.

La solemnidad y la grandeza son obligadas cuando se trata de verse cara a cara con la muerte, como decía el personaje lorquiano, cuando se trata de honrar a los muertos y no de un paripé inane. La paz, la piedad y el perdón, invocados por Azaña en un inolvidable discurso, exigen una trascendencia y una seriedad que resultan inalcanzables para discursos que hacen de las fruslerías principal materia de galvanización.

Hablamos de tragedia, señores, de una tragedia que, para muchos, duró décadas. Y hay quien quiso y quiere hacer de ella, como estaba cantado, comedia bufa.

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6 diciembre, 2011 a las 7:12 am

Derecha ¡ar!, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (04-12-2011)

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El ojo del tigre

El triunfo de la derecha española en las elecciones generalísimas del pasado 20-N le han abierto la puerta de par en par al criticismo integrista, que, desde la reforma de la llamada autocracia franquista, parecía haber sido condenado a errar por el desierto de las libertades; abandonado, sin provisiones y sin agua… No se sabe como, pero lo cierto es que acaba de entrar por la puerta y ha vuelto a sentarse en la cátedra de sus obsesiones ideológicas -el comunismo y el nacionalismo- desde la cual reinicia su pertinaz y melodramática campaña de acoso y derribo de esos dos factores citados, que son, al parecer, determinantes del hipotético hundimiento de España. ¡Ufff…!

Después de un eufórico periodo de urgente adaptación de los principios fundamentales del Movimiento Nacional (totalitarismo) al proyecto flexibilizador de los conceptos democráticos del liberalismo social -durante el cual, más de uno pretendió convencer a los demás de que ellos eran demócratas de toda la vida, a pesar de su bautismo y toma de hábitos totalitarios-, con el reciente éxito electoral del Partido Popular el país vuelve a recuperar aquellas añejas manías anticomunistas y aquellos viejos prejuicios antinacionalistas.

Habían acordado los chefs de la cocina de los Pactos de la Moncloa que el menú principal para celebrar la llegada de la Transición sería la teórica reconciliación nacional. Por lo visto, pensaron que con ese plato del día conseguirían reconciliar no sólo a las personas, que hasta entonces, había comido, y pensado, en mesas separadas, sino también a las ideas. Con el tiempo, todo el mundo se ha dado cuenta de que aquel proyecto fracasó porque confundir a las personas con las ideas es un tremendo error.

En este renacimiento del criticismo integrista ya han caído (o, quizá, recaído…), además del pueblo común, muchos ilustres -e ilustrados- personajes que, en algunos casos, protagonizaron ciertos episodios de la Transición académica

Recientemente, y a propósito del coreado triunfo electoral del PP marianista en los comicios del mítico 20-N, así como también de la derrota tan llorada del PS(O)E felipista, uno de los padres putativos de la Constitución de 1978, haciendo un alarde de conocimientos históricos, recuperó el discurso anticomunista, quizá para aliviarse por las angustias del fracaso felipista; es decir, del socialismo renovado.

Lo que dice, lo dice como si el PCE existiera realmente en este país. Incluso, le concede a Izquierda Unida (IU) la facultad de exhibirse como portadora del alma del Partido Comunista. Sin embargo, cuando cita al partido socialista renovado por Felipe González, lo hace como si se tratara del Partido Socialista de Pablo Iglesias.

La involución intelectual del pensamiento ideológico español va acompañada de una más que evidente resurrección de la historiografía imperial del Movimiento Nacional, cuya característica esencial es la de utilizar silencios selectivos para ocultar hechos que dañan su condición humana, contar mentiras como si fueran verdades, repetir insistentemente obcecaciones históricas…

Con el oficio, bien aprendido, de distorsionar la verdad histórica hay, en este país, maestros brillantísimos, autores de una extensa bibliografía en donde la mentira se sacraliza, hasta dejarla convertida en una solemne verdad…

Para darse cuenta de la tremenda ficción historiográfica que, durante muchos años, nos han obligado a tragar, basta con recordar las historias que se contaron durante la vida de aquel general, para, luego, contrastarlas con lecturas no contaminadas por las fábulas franquistas. Una lectura que, en cierta manera, compensa la historia manipulada por los fabulistas de aquel régimen, sería, por ejemplo, El mito de la cruzada de Franco, (Plaza y Janés. 1986, cuyo autor, Herbert Southworth, consagró gran parte de su vida a desmitificar la victoria de Franco en la Guerra Civil. Había nacido en Canton, una pequeña ciudad del estado de Oklahoma, en 1908. Logró crear una biblioteca de excepcional valor bibliográfico para la historia de los años de plomo españoles.

Pero lo verdaderamente inquietante, en este momento, no es que un pequeño partido -supuestamente portador del alma del viejo PCE- haya conseguido los votos suficientes para formar un grupo parlamentario en el Congreso de los Diputados, sino que el partido renovado por el felipismo comparta con la derecha posfranquista no sólo el poder bipartidista, sino también su política neoliberal.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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4 diciembre, 2011 a las 7:12 am

¿Que la muerte los separe?, de Félix Población en Público

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El Valle de los Caídos es una basílica levantada bajo mandato de Francisco Franco en la que están enterradas más de 30.000 víctimas de la Guerra de España, propiciada por la rebelión del general felón. De esa cifra, más de 12.000 caídos no han podido ser identificados. El desprecio a sus nombres es una consecuencia del desprecio que merecieron sus vidas, segadas por el franquismo al pie de las tapias de los cementerios y las cunetas por haber defendido la legalidad republicana. Como culminación de tal desprecio, los restos de esas víctimas fueron trasladados alevosa y clandestinamente hasta Cuelgamuros entre 1959 y 1983 (hasta 1968, sobre todo), sin que sus familiares tuvieran constancia de tal hecho. ¿Qué democracia se estaba construyendo en este país en los años ochenta si todavía se verificaban entonces esos traslados?

En la vistosa y umbría Sierra de Francia salmantina hay una localidad que se llama Aldeanueva, de la que era natural Valerico Canales Jorge, un modesto segador que se dedicaba a las faenas campesinas durante los veranos y trabajaba en el ferrocarril en el periodo invernal y durante la primavera. Su hijo Fausto cuenta que una camioneta de falangistas se lo llevó de la puerta de su casa el 20 de agosto de 1936, a la hora de la siesta. Fusilado en una cuneta, junto a otros jornaleros de su pueblo, sus restos y los de sus compañeros fueron trasladados en marzo de 1959 al Valle de los Caídos.

Fausto Canales puso en marcha la agrupación que reclama la exhumación de los restos de aquellos republicanos enterrados en Cuelgamuros. No está dispuesto a renunciar a ese derecho, a pesar del informe dado a conocer por la comisión de expertos, que considera imposible la devolución de esos restos a los familiares de las víctimas alegando su carácter anónimo y mal estado de conservación. La resolución adoptada por la comisión estipula, en cambio, que sea creado en el Valle de los Caídos un lugar de la memoria que rinda homenaje a todas las víctimas de la Guerra
Civil. También figura entre las propuestas la de crear un centro de interpretación que dé cuenta de ese periodo histórico, sin que se sepa qué tipo de interpretación será la que se ofrezca a los visitantes, aunque muy posiblemente primaría la de la tibia y neutral equidistancia.

Para que eso sea posible, con todo, habrá de salvarse un escollo que desde ahora mismo se me antoja más que problemático y que el Partido Socialista Obrero Español, después de casi ocho años en el Gobierno y con toda su Ley de Memoria Histórica (por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura), ha dejado a expensas de lo que decida el Gobierno del Partido Popular: que los restos de Franco sean desalojados de Cuelgamuros, algo para lo que será fundamental, además, la determinación que tome la Iglesia, dada la inviolabilidad que tiene la basílica por su régimen jurídico. Esto es, que el sepulcro del dictador se quedará en donde está, sin que la muerte separe a Franco de la institución que bendijo su cruzada.

Que Virgilio Zapatero, uno de los presidentes de esa comisión de expertos, haya solicitado a la Iglesia su “colaboración” para “democratizar” ese espacio me parece una demanda tan peregrina como la del ministro Ramón Jáuregui de encomendar al Gobierno de Mariano Rajoy lo que no ha hecho el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero. Si el franquismo pervive en muchos votantes y dirigentes del PP que repudian toda reivindicación relacionada con la memoria histórica, cómo va la Iglesia a despachar del suelo de su basílica los restos de quien mereció por parte de esa institución el título de caudillo por la gracia de Dios, sin haber sido capaz –en estos más de 30 años de democracia– de arrepentirse de su colaboración con la maquinaria legal represiva de la dictadura, que convirtió a los curas –según el historiador Julián Casanova– en investigadores del pasado ideológico y político de los ciudadanos. “Con sus informes –afirma Casanova–, aprobaron el exterminio legal organizado por los vencedores en la posguerra y se involucraron hasta la médula en la red de sentimientos de venganza, envidias, odios y enemistades que envolvían la vida cotidiana de la sociedad española”.

Víctima de esos sentimientos cainitas, Valerico Canales fue fusilado una tarde de verano en los alrededores de su pueblo. Quienes acabaron con su vida, vilipendiaron también su muerte y lo inhumaron, como a otros miles de republicanos, en la basílica de Cuelgamuros, levantada con el trabajo en régimen de semiesclavitud de presos antifranquistas, bajo una gran cruz de la fraternidad cristiana que da honores al mausoleo de su verdugo, el único dictador de Europa con esos atributos.

El actual pontífice Benedicto XVI, siendo cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tuvo mucho empeño en visitar el Valle de los Caídos en 1989, según confesión de quien es hoy abad de la basílica, Anselmo Álvarez. Lejos de cualquier reflexión similar a la que Benedicto XVI hizo en su visita al campo de concentración de Auschwitz, Ratzinger quedó muy impresionado por la grandeza del recinto, que Álvarez tuvo la ocurrencia de comparar con el valle de Josafat, y oró y se persignó ante la tumba del exjefe del Estado Francisco Franco –cuenta Fernando Olmeda en su libro sobre el Valle–, tal como la Iglesia hizo en pro de la vida del dictador a lo largo de sus muchos años de cruel represión contra los vencidos.

Félix Población. Periodista y escritor.

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4 diciembre, 2011 a las 7:10 am

La quiebra de una gran ilusión, de Borja de Riquer Permanyer en El País

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Josep Fontana analiza en una monumental obra el fracaso, siete décadas después, del proyecto que surgió tras la II Guerra Mundial de construir un nuevo orden internacional guiado por el progreso y el entendimiento

El historiador Josep Fontana ha publicado una obra de excepcional ambición intelectual que sin duda se convertirá en un hito historiográfico, Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 (Pasado&Presente). Este historiador catalán, que acaba de cumplir 80 años y es catedrático emérito de Historia Económica de la Universitat Pompeu Fabra, tiene una larga trayectoria: sus más de 500 publicaciones -entre ellas 30 libros- avalan su destacada talla científica.

Con este libro, asume un reto que pocos historiadores tienen hoy día la capacidad de afrontar, el de explicar cómo fue posible que la gran ilusión surgida tras el desastre de la II Guerra Mundial de construir un nuevo orden mundial guiado por el entendimiento y el progreso colectivo se frustrase, y que siete décadas después nos encontremos ante un desorden económico sin precedentes y con no pocas dificultades para que la democracia predomine en el planeta.

Explicar el cómo y el porqué de este proceso es el hilo conductor del lúcido y documentadísimo análisis de Fontana, de 1.200 páginas, y al que ha dedicado 15 años de trabajo. El camino historiográfico no era nada fácil, ya que la historia del tiempo presente está llena de simplificaciones, ocultaciones y manipulaciones. Se trata de una historiografía que a menudo tiende a legitimar el pasado para justificar reglas de conducta que quedarían en evidencia si se explicaran las raíces ocultas de sus intenciones. Contra esto ha querido luchar Fontana haciendo un alarde exhaustivo de conocimientos y del uso de fuentes documentales y de referencias de todo tipo. Con un riguroso ojo crítico, ha desbrozado, profundizado y analizado los principales acontecimientos históricos de nuestro tiempo.

La obra rastrea los diversos y complementarios procesos que se desarrollaron en realidades territoriales tan diversas como Europa, América del Norte, África, América Latina u Oriente Próximo los últimos 66 años, y busca sus causas y sus repercusiones. Persigue las complicidades y las claudicaciones de los más diversos regímenes políticos ante la presión avasalladora de los grupos privilegiados, capaces de defender sus intereses haciendo uso de todo tipo de recursos. Observa que si bien en los países centrales se produjo una mejora de los niveles de vida y un reparto más equitativo de la riqueza, fue muy inferior en las periferias. Y señala que las mejoras económicas y sociales de los años cincuenta y sesenta fueron en buena medida provocadas por el miedo al otro, el temor al enemigo del otro bloque y también al interno. Los sucesos de 1968 de París y de Praga muestran, en opinión de Fontana, que era imposible un cambio radical dentro de cada uno de los sistemas mundiales creados durante la posguerra. Y explica cómo tras la crisis económica de los setenta y la desaparición de la amenaza comunista, se ha producido un incremento de la desigualdad y de las discriminaciones que está amenazando no pocas conquistas sociales. Y que por ello se ha extendido la convicción de que los sistemas políticos, tal y como funcionan hoy, no permiten excesivos cambios sociales. La crisis económica actual, con la ausencia de mecanismos de control de los mercados financieros, no solo favorece a los especuladores sino que muestra que no hay voluntad política para establecer autocorrecciones en el sistema. El balance final que nos ofrece no es precisamente optimista: hoy la inmensa mayoría de la población mundial se ve incapaz de superar su condición subordinada y contempla impotente la ausencia de salidas. Siete décadas después de la II Guerra Mundial las diferencias entre los muy ricos y los otros son mayores que nunca.

Analiza todo ese complejo proceso gracias al uso de la bibliografía mundial más actual y de numerosa documentación de todo tipo de procedencias: de la CIA, del Departamento de Estado norteamericano, soviético, británico, etcétera. Profundiza en la etapa inicial de la guerra fría, con la dura polarización que impidió que los valores democráticos y de igualdad se impusieran realmente en ambos lados, documenta el significado de la absurda, inútil y costosísima carrera nuclear y evalúa la relevancia histórica de los momentos de máxima tensión (Berlín, Corea, Hungría, Suez, Vietnam, Checoslovaquia, Afganistán, Irak).

En este libro, Fontana relativiza el uso que se hacía en el bloque occidental de las libertades políticas, especialmente por parte de las diferentes Administraciones norteamericanas. Así, ofrece una visión estremecedora de los condicionamientos y las limitaciones del acceso a la independencia de los países de África y del patrocinio por parte de EE UU de buena parte de las sanguinarias y corruptas dictaduras asiáticas, latinoamericanas o africanas. Analiza el cambio que significó la Administración de Kennedy y considera que el desengaño final de su etapa fue semejante al que se produce actualmente con la de Obama. Analiza los interesantes intentos reformistas de Johnson, la lucha por los derechos civiles y la contrarrevolución que significó la era Reagan.

Pero también responsabiliza al desaparecido bloque soviético de la crisis actual. Señala que, tras la ciega creencia de que se estaba en posesión de la razón histórica, se construyeron unas dictaduras obsesionadas por el enemigo exterior y el interior. Repasa el significado de las purgas de Stalin, de la desestalinización, de la etapa de Jruschov y muestra cómo los rígidos regímenes socialistas liquidaron con procedimientos brutales todas las muestras de malestar (crisis húngara, checa y polaca). Finalmente, constata que el hundimiento del bloque comunista, en buena parte provocado por la ineficiencia de su sistema económico, se produjo a una velocidad sorprendente, que explica que las transiciones hacia el sistema capitalista fueran muy improvisadas y beneficiaran a no pocos sectores de las antiguas castas dirigentes.

En el estudio también se recogen las batallas que se produjeron en el terreno de las ideas y las periódicas ofensivas ideológicas contra los instrumentos de control ecológico, social y contra la propia democracia, explicando el surgimiento, inicialmente solo en el mundo occidental, de nuevos movimientos sociales, como el ecologismo y el feminismo. En su análisis, llega hasta la primavera árabe y los indignados.

La tesis final del libro tal vez parezca demasiado pesimista. Pero es evidente que el mundo actual no es lo que hubiera podido ser si, como recuerda Fontana, hubiese predominado realmente el espíritu proclamado en la Carta del Atlántico de 1941. Con la que está cayendo en la parte del mundo más desarrollado y con las escasas esperanzas de mejora real de su existencia que tienen hoy más de la mitad de los 7.000 millones de habitantes del planeta, no se puede ser demasiado optimista al hacer un balance de los últimos 66 años.

En un mundo desorientado como el actual, que ha olvidado buena parte de los referentes históricos, Fontana tiene la valentía de ofrecer una tesis interpretativa que pretender servir de reflexión documentada para entender y debatir lo que nos ha llevado adonde estamos. Su propuesta no es fruto de la especulación, ni de apriorismos, sino de un honesto análisis basado en unos abrumadores conocimientos. El lector queda asombrado ante las más de 200 páginas de referencias bibliográficas y de fuentes, en las que no faltan numerosa documentación diplomática recientemente desclasificada y abundante información extraída de la red. Fontana utiliza hasta los últimos artículos de Krugman, Stiglitz o Soros. La obra es realmente un alarde de erudición que asombra por la portentosa capacidad de asimilación de las miles de referencias que nos ofrece. Además, Fontana, como siempre, utiliza un estilo impecable que hace muy fácil y amena la lectura de la obra, pese a su volumen. El lector queda pronto atrapado por esta brillante narración y por el descubrimiento de no pocas cuestiones ocultadas hasta hace poco o manipuladas.

Realmente, no hay muchos historiadores españoles que se atrevan a lanzarse al estudio de temáticas de tal alcance y de tamaña ambición intelectual. Josep Fontana con este libro se nos muestra como un historiador más documentado y ambicioso que Eric J. Hobsbawm, y tan lúcido, innovador y sugerente como el malogrado Tony Judt. Esta obra monumental ratifica a Josep Fontana como un historiador de categoría mundial.

Borja de Riquer Permanyer es catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona.

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Introducido por Reggio

3 diciembre, 2011 a las 7:14 am