El ojo del tigre
Cada vez que la bancada del grupo de diputados del PP se ponía de pie, para aplaudir frenéticamente algunos de los momentos épicos del discurso cauteloso del candidato a la Presidencia del Gobierno de la actual democracia ortopédica española, parecía como si la televisión estuviera emitiendo imágenes de un tiempo pasado pero no olvidado. Del tiempo en el que los procuradores de las Cortes franquistas -elegidos orgánicamente por el aparato del partido único-, se levantaban de sus respectivos escaños para aclamar, enardecidos, los momentos estelares de los discursos institucionales de aquel providencial jefe del Estado Español, cuya voz aflautada convertía sus monótonos discursos en floreados solos de ocarina… Es verdad que don Mariano Rajoy no tiene voz de flauta, con lo cual no sabría decirle a usted si es mejor orador, o no, que aquel inolvidable flautista del Movimiento Nacional; pero lo que si tienen ambos es el mismo empacho españolista. Por lo tanto, el argumento medular de las intervenciones públicas, que usaba aquel superlativo general, es el mismo que utiliza, para enardecer a sus acólitos, el ya nuevo presidente del Gobierno: España, con su glorioso pasado histórico, es una gran nación…
En un reciente blog metroscópico se preguntaba, hace muy pocos días, si era posible percibir todavía la influencia de los cuarenta años de ideología franquista en el pensamiento de los españoles actuales. La respuesta era esta: El único grupo de edad en que la extrema derecha tiene un cierto peso específico es entre los mayores de 65 años. Es decir, entre los nacidos antes del año 1946, que fue el año en el que se empezó a fraguar la democracia orgánica en este país. La democracia actual fue construida, en parte, aprovechando ciertos materiales del derribo franquista antes de que bajaran definitivamente las persianas del antiguo taller robótico montado por los especialistas en las ideas-motor de aquel régimen; como, por ejemplo, España, una, grande y libre… Desde esta misma cumbre ideológica aprendieron a otear el presente y el futuro muchos españoles nacidos bastante después de 1946.
Aquí se usa el mismo catalejo -para vigilar el horizonte- que utilizaban los españolistas de aquélla época. La única diferencia entre unos y otros consiste, probablemente, en que en vez de utilizar las dos manos para manejarlo, ahora lo cogen con la izquierda mientras con la derecha manejan las tijeras que les regalaron los neocon del otro lado del Atlántico. El discurso del señor Rajoy, como candidato, que era, a la presidencia del Gobierno, ha sido construido con la misma pasión españolista que exige la tradición orgánica, de una parte, y siguiendo las normas dictadas por el Manual de corte y confección autorizado por los dueños del libre mercado. Para estos últimos, la fiesta empezó cuando un mediocre actor de Cine llamado Ronald Reagan -cuya mediocridad profesional se le acentuó mientras interpretaba el papel de presidente de los Estados Unidos…- pronunció aquella famosa frase neoliberal: El Estado no es la solución, es el problema. Corría el año 1981 del milenio anterior.
Entonces, el Estado les estorbaba para imponer la globalización total, de la que se dice que es fundamental para la felicidad del ser humano, pero con la ayuda del fundamentalismo financiero. Durante treinta y siete años, el sistema globalizador funcionó a pedir de boca. Hasta que se demostró con hechos concretos que no es cierto que los mercados sean capaces de regularse a sí mismos. Un economista (Paul Samuelson), Premio Nobel, comparó el derrumbe del sistema económico con lo que les supuso a los comunistas la caída de la URSS. Con un alarde de cinismo político, la derecha aprovechó la caída del imperio neoliberal para culpar al socialdemócrata presidente del Gobierno español, señor Rodríguez Zapatero, de la ruina económica de este país. Cayó aquel Gobierno y, ahora, sobre las mismas ruinas del sistema capitalista, respetando a los verdaderos culpables del desastre -los aventureros del negocio fácil, los buscadores del beneficio rápido, los malabaristas de la especulación financiera…-, la derecha carpetovetónica de este singular país europeo se dispone a salvar a España socializando las pérdidas y privatizando los beneficios. Una peculiar manera de proclamar el socialismo para ricos, y el capitalismo salvaje para pobres.
Utilizando un argumento idéntico al que su usó aquí, en los tiempos de aquel general, para exonerar a los responsables de la Guerra Civil de 1936: la culpa de aquella tragedia la tuvimos todos… (¡que país!), la responsabilidad del fracaso del sistema económico es de todos también. Porque hemos gastado por encima de nuestras posibilidades. Con lo cual, los fenicios que incitaban al consumo aprovechando los créditos fáciles, bombardeando incesantemente la frágil concupiscencia de la ciudadanía a través de una perversa propaganda consumista (ojo: dice consumista…). Las necesidades, creadas artificialmente, redondearon el negocio de los mercados…
No sé si el señor Rajoy conseguirá con su flauta poner en pie a la víctimas del apetito capitalista, tal como pone a sus hooligans en el Congreso de los Diputados. No estaría mal. Pero me temo que para lograr ese milagro tendrá que cambiar la partitura porque la escuela de música celestial de El Pardo rechina.
Lorenzo Cordero. Periodista.

escándalo que emparenta a los Borbones con la corrupción galopante que desde hace décadas enseñorea la pedestre democracia española. ¡Con la pasta hemos topado! De modo que, de pronto, la Familia Real está en boca, y no precisamente para bien, del menos avisado de los españoles, porque ese español que transige en asunto de bragas y braguetas está menos dispuesto a consentir en cuestión de latrocinios, y mucho menos en una época de crisis aguda como la que vivimos. El corolario es que, treinta y tantos años después de la muerte de Franco, la forma de Estado ha pasado a convertirse en una de las grandes cuestiones pendientes a que se enfrenta el pueblo soberano al inicio del tercer milenio, con la crisis económica y la del modelo de Estado por compañeras.