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Pensar lo impensable, de Antón Costas Comesaña en Negocios de El País

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Se romperá el euro? ¿Iría mejor a algunos países abandonarlo? Este tipo de preguntas no se las plantean ya solo los economistas del otro lado del Atlántico. En los últimos meses, y cada vez con más frecuencia, las escucho en conferencias y coloquios en los que participo. La primera década del euro acaba, por tanto, con una fuerte incertidumbre sobre su futuro inmediato.

No son preguntas descabelladas. Otros intentos anteriores de crear una unión monetaria, con o sin moneda única, acabaron en fracaso. Sucedió con las “serpientes monetarias europeas” que se crearon en los años setenta para evitar las guerras de divisas después de la ruptura de la convertibilidad del dólar. Ese fue también el resultado del Sistema Monetario Europeo (SME) puesto en marcha en los años ochenta con el mismo objetivo de evitar guerras comerciales, y que se estrelló con la crisis de 1992.

De hecho, aunque ahora el euro se vincule a la idea de más Europa, su impulso inicial vino del interés de los países centrales por evitar devaluaciones competitivas después de la quiebra del SME. Algo que no le interesaba especialmente a Alemania, metida en una costosa reunificación, después de la caída del muro de Berlín en 1989. La competitividad alemana se ha beneficiado de forma extraordinaria de la ausencia de esas devaluaciones.

En cualquier caso, dado lo mucho que ahora está en juego, lo más probable es que el euro sobreviva. La canciller Angela Merkel no puede permitir que el euro se venga abajo. No por intereses económicos de las empresas alemanas, como a veces se argumenta, sino porque la carga moral que caería sobre su país por destruir el proyecto político europeo sería insoportable; equivalente, aunque de otro tipo, a la carga moral que tuvo que soportar por ser la causa de dos guerras mundiales que llevaron el dolor y la destrucción a toda Europa.

Pero, con ser importante, la cuestión de si se romperá el euro no es la más relevante en relación al futuro de los europeos. A mi juicio, es más determinante preguntarse si la moneda única acabará siendo un instrumento para el progreso económico y social de todos los países de la Unión o, por el contrario, se convertirá en una camisa de fuerza para alguno de ellos. Una camisa de fuerza que acabe abocando a los menos competitivos al retraso económico permanente, al menos en relación con los países más avanzados.

Eso daría lugar a una Unión con un centro rico y dinámico y una periferia estancada y pobre. Algo que daría lugar a dos flujos permanentes: uno de emigración de la periferia hacia el centro, y otro, de signo inverso, de financiación del centro hacia la periferia.

Nos asusta pensarlo, pero no es un escenario descabellado. La historia nos dice que es posible. Fue el resultado de alguno de los procesos de integración monetaria asociados a la construcción de los Estados-nación del siglo XIX. Para no poner el caso español, el ejemplo quizá más paradigmático fue la unificación monetaria italiana. Surgió entonces un desequilibrio permanente entre un norte dinámico y rico y un sur estancado y pobre. Una situación que dura hasta el presente.

Dadas las grandes diferencias de competitividad entre las economías de los países que formaron la Unión Económica y Monetaria, el riesgo de que el euro provocase la italianización de la UE estaba, aunque durmiente, desde su puesta en marcha. Pero la forma como se está gestionando la crisis de la deuda pública europea, surgida (¡no lo olvidemos!) a raíz de la crisis financiera de 2008, hace ahora más probable ese riesgo.

Como estamos viendo, la política de austeridad compulsiva y generalizada no es el camino para la recuperación de la confianza, como sostienen sus defensores; es el atajo que lleva a la recesión. Las medidas adicionales que están forzando Merkel-Sarkozy, como la llamada regla de oro del déficit cero, harán que esa recesión se convierta en un semiestancamiento prolongado y elevado paro para los países sobreendeudados.

Humildemente, sugeriría que los políticos europeos estuviesen obligados a estudiar un curso rápido de historia económica y financiera, aunque fuese por Internet. De esa forma conocerían cuáles fueron en el pasado los malos efectos de las bienintencionadas reglas de oro, incluido el sistema patrón oro.

La austeridad y esas reglas, unidas a la imposibilidad de ganar competitividad mediante la devaluación al estar en el euro, son una camisa de fuerza sobre las economías sobreendeudadas. En esa situación, ganar competitividad es como pretender ganar una carrera de velocidad con los pies atados. Ante esta limitación objetiva, la retórica del sacrificio que piden las élites añade injuria al dolor de los que ya sufren la crisis.

Si no se cambian esas políticas, el euro no será camino de progreso, sino instrumento de servidumbre para los países débiles. ¿Qué hay que hacer para evitarlo? Tres cosas fundamentales, además de algunas otras en las que no entro aquí.

En primer lugar, las economías centrales del euro han de suministrar primeros auxilios a las economías más dañadas por el sobreendeudamiento y la crisis. Dado que estas economías tienen el consumo interno deprimido, no pueden devaluar y han de practicar necesariamente la austeridad pública, los primeros auxilios han de venir del impulso de la demanda interna de las economías centrales. Eso permitirá abrir una ventana a las exportaciones de las economías débiles y reducir su déficit comercial. De esa forma se logrará la estabilidad presupuestaria, el crecimiento y el pago de la deuda.

En segundo lugar, las economías más débiles han de poner cura a su baja competitividad. Eso requiere reformas no solo laborales y financieras, sino también la liberalización de muchas actividades protegidas que encarecen el coste de vida y perjudican la competitividad del conjunto de la economía.

Pero la competitividad no solo se alimenta de reformas. Son necesarias también políticas. Por un lado, una nueva política industrial (o como cada uno quiera llamarla) de carácter estratégico. Por otro, una política fiscal que incentive a las pymes a aumentar su tamaño y su internacionalización, aspecto olvidado aunque fundamental para entender la baja productividad española. Y una política que fomente la cooperación entre las empresas y los centros de investigación, de tal forma que se puedan crear sinergias entre recursos que ya tenemos para generar un conocimiento útil que impulse la innovación y la competitividad.

En tercer lugar, hay que crear un clima social favorable al cambio. Sin él, las reformas se encontrarán con resistencias que limitarán su eficacia transformadora. Sin embargo, ese clima necesita algo más que pedagogía del sacrificio y voluntad política, como insistentemente reclaman las élites financieras y empresariales españolas. Requiere confianza en un reparto equitativo de los costes de la crisis. Pero hay que reconocer que algunos comportamientos de nuestras élites financieras no son el mejor caldo de cultivo de esa confianza social en el cambio.

Para resumir. Probablemente el euro fue un error, dadas las tremendas diferencias en competitividad existentes entre las economías del euro. Pero, en todo caso, como dice el profesor Antonio Torrero, fue un “error inevitable”, dado el clima generalizado de confianza financiera excesiva en el que nació y creció el euro.

Ahora se trata de no comportarse como avestruces y tener la valentía moral de atrevernos a pensar lo impensable: la posibilidad de que unas malas políticas puedan provocar o la ruptura del euro o una Unión con un norte y un sur permanentemente enquistados. El pensarlo nos ayudará a evitarlo.

Antón Costas Comesaña es catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona.

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31 diciembre, 2011 a las 7:15 am

Balón de oxígeno, de Luis Garicano y Tano Santos en Negocios de El País

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El pasado 9 de diciembre se reunieron los líderes de la Unión Europea para acometer las reformas necesarias de los tratados para la resolución de la crisis del euro. Los confusos y conflictivos resultados de aquellas reuniones no hace falta recordarlos. Pero el paso fundamental para resolver la crisis se había dado en otro lugar, en otro momento: el día anterior a la cumbre el Banco Central Europeo (BCE) había anunciado las subastas de liquidez a tres años y la expansión de los avales admisibles para las operaciones de descuento.

Estas subastas de liquidez tienen la peculiar característica de que el BCE facilita todo lo que se demande, la famosa “barra libre”. Con estas subastas el BCE dota de una estabilidad enorme al sistema bancario europeo, que podrá utilizar dicha liquidez para satisfacer el vencimiento de la deuda emitida para los próximos años. Esto elimina de una vez el mayor peligro al que se enfrentaba el sistema financiero europeo: la refinanciación del enorme volumen de deuda bancaria que vencía en los próximos meses, imposible con los mercados de deuda completamente atascados. Los bancos europeos deben conseguir 700.000 millones de euros en el mercado solo en 2012, de los que 360.000 millones son en los primeros tres meses. No es sorprendente por tanto el casi medio billón de euros que han solicitado del BCE en la subasta del 21 de diciembre.

Los bancos no solo pueden satisfacer los vencimientos de su deuda; también pueden financiarse al 1% en la mencionada subasta e invertir en deuda soberana de los Estados periféricos, capturando el diferencial y, reforzando así sus balances mediante este subsidio enorme que reciben del amable contribuyente europeo. Además, como apuntó el propio presidente Sarkozy, de esta manera los Estados pueden financiarse a través de los balances bancarios. Es decir, el BCE mata varios pájaros de un tiro: elimina el problema de liquidez del sistema financiero, contribuye a que los bancos se saneen con este diferencial que capturan, y reduce el coste de la financiación de los Estados.

Y todo esto es particularmente beneficioso para nuestro país, para el que esta decisión del BCE constituye un balón de oxígeno que haríamos bien en no desaprovechar.

Efectivamente, lo que preocupa a los inversores extranjeros en lo que a nuestro país se refiere es precisamente las dudas que persisten sobre nuestro sistema financiero y la posibilidad de que el Estado, poco a poco, se tenga que hacer cargo de sus pérdidas: que España acabe como Irlanda. Es este miedo, junto con el déficit público, lo que está detrás de nuestro alto diferencial. El BCE, con sus decisiones del 8 de diciembre, reduce el riesgo de este escenario. El Reino de España no tendrá que asumir en una situación de urgencia la refinanciación de los pasivos bancarios. Si nuestras entidades con problemas de liquidez consiguen financiación por esta vía y solucionan sus problemas de vencimientos para los próximos años y, además, se cargan de deuda soberana para capturar ese diferencial y generar beneficios, se elimina una fuente de inestabilidad para nuestra economía.

En cuanto al déficit público, también puede ser el programa del BCE particularmente beneficioso para España, dado el gran tamaño de los balances bancarios comparado con nuestras necesidades de refinanciación de deuda pública; y menos para Italia, cuyas necesidades de financiación son tales que puede que los bancos no puedan o quieran endeudarse lo bastante para resolver los problemas de financiación del Estado italiano. Esto es lo que está detrás de la mejora del diferencial español frente al italiano.

Llega, por tanto, el nuevo Gobierno con un “pan debajo del brazo” y esto es lo que hay que aprovechar. Que de este regalo que nos envía el contribuyente europeo por obra y gracia del BCE no se beneficie solo al accionariado de los bancos sino también a los españoles. Es importante que el Banco de España y el Gobierno hagan lo necesario para asegurar que el crédito llega a donde tiene que llegar, y que las instituciones financieras no se limitan a invertir en el negocio fácil de la deuda pública (para el Estado apetitoso).

Pero aún más importante es asegurarse de que los países periféricos, en especial España, utilizan este balón de oxígeno de tres años como una oportunidad para hacer las reformas que necesitamos para modernizar la economía. Los países del Norte temen que cualquier bajada de la presión que sufrimos meta las reformas en vía muerta. Y tal preocupación no es extraña: durante el periodo de boom inducido por el euro, España no hizo prácticamente nada para modernizar y flexibilizar los escleróticos mercados de bienes y servicios que sufre nuestro país, o para incrementar la cualificación de los jóvenes o la capacidad de innovación de nuestras burocratizadas universidades. El Gobierno debe ser capaz de superar la tentación de las “reformillas” y la paz social a corto plazo, que solo augura más estancamiento futuro, y hacer estas reformas de una vez aunque tengan un coste más elevado en el corto plazo.

La oportunidad que ahora se abre es única. ¿Seremos capaces de hacerlo sin estar sometidos a una presión diaria de “vida o muerte”?

Luis Garicano es catedrático de Economía y Estrategia en la London School of Economics y dirige la cátedra McKinsey de FEDEA. Tano Santos es catedrático de Finanzas y Economía en Columbia y director de la cátedra Abertis de FEDEA.

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31 diciembre, 2011 a las 7:14 am

El presidente del BCE se examina, de Eugenio M. Recio en Cinco Días

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El presidente del Banco Central Europeo (BCE) se ha sometido el 15 de diciembre a un duro examen al pronunciar una conferencia en la cátedra Ludwig Erhard de la Asociación Iniciativa para una nueva Economía Social de Mercado (INSM), fundada y presidida por el antiguo presidente del banco central alemán Hans Tietmeyer.

Ante uno de los auditorios que representan mejor la ortodoxia de la Economía Social de Mercado (ESM), Mario Draghi defendió la importancia de la estabilidad de precios como objetivo del BCE, recordando la afirmación de Erhard de que “la ESM no es imaginable sin una consecuente política de estabilidad de precios”. Para Draghi “hoy no se podría formular mejor esta idea”.

A continuación, el presidente enumeró algunas de las medidas tomadas recientemente en el banco central europeo, como la reducción en 0,25 puntos del tipo de interés y las nuevas facilidades para que los bancos puedan refinanciarse en el Banco Central Europeo, al reducir el volumen mínimo de reservas de dos a un punto porcentual con lo que se liberan 100 millardos de euros. Y esto sin ceder en su preocupación por el control de la inflación que, según sus cálculos, al final del año 2012 no pasará del 2% y en 2013 será incluso inferior.

Y para justificar esta política monetaria expansiva en la crisis actual, Mario Draghi recordó que en Europa las empresas y los hogares dependen más de un sistema bancario eficiente que en otros países, pues absorben el 80% de los créditos mientras en Estados Unidos, por ejemplo, no pasan del 35%. Subrayando, además, que dada la importancia que tienen las pequeñas y medianas empresas en Europa, con el 70% del empleo y el 60% del PIB, hay que tener en cuenta que estas empresas no se pueden refinanciar con propias emisiones de valores, por lo que tienen que recurrir a los bancos.

Finalmente, al terminar su disertación el presidente del BCE completó su justificación de la política monetaria añadiendo unas reflexiones sobre los fallos que ha tenido la ejecución del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que en 12 años ha sido quebrantado 60 veces. “Debemos trabajar para que esto no ocurra más” y por eso considera acertados los Acuerdos de la Cumbre europea del 8 y 9 de diciembre para hacer más efectiva la estabilidad de la eurozona, aunque Draghi no ocultó sus temores de que en la práctica su aplicación no consiga la efectividad deseable.

Con estas declaraciones el presidente del BCE pudo responder a la ortodoxia que le recordaron los dos ponentes que le precedieron en el uso de la palabra al hacer su presentación.

Hans Tietmeyer, expresidente del Bundesbank, recordó que Ludwig Erhard había dado gran importancia a la independencia del banco central, añadiendo de su propia cosecha que “la política monetaria no puede ser un sustituto de otras políticas”. Y Martin Kannegiesser, vicepresidente de INSM y presidente de la Industria del metal alemana comenzó sus palabras con una clara declaración a favor de Europa y del euro como su moneda común.

A continuación afirmó que “el Estado social moderno corresponde al modelo de la ESM y que la moneda estable es un presupuesto fundamental para un sistema libre y social como es la ESM, clave para la paz en una sociedad que se fundamente en una confianza sin reservas entre los ciudadanos. Necesitamos, por tanto, una nueva cultura de estabilidad en Europa para ganarnos la confianza de los mercados financieros y por eso las conclusiones de la Cumbre europea han ido por el buen camino y las empresas las han recibido con satisfacción, aunque con algunas reservas respecto a la unión fiscal y las sanciones automáticas”.

¿Habrá conseguido Mario Draghi aprobar con nota dada la exposición presentada en la cátedra de Ludwig Erhard? En nuestra opinión, el equilibrio demostrado podría ser una lección importante para tantos economistas inquietos con la política del Banco Central Europeo y olvidados de que la ESM, según el Tratado de Lisboa, es el sistema económico que debe regir en la Unión Europea. Y todavía más deberían aprender esta lección esos agentes que con tanta ligereza operan en los mercados financieros.

Eugenio M. Recio. Profesor honorario de Esade.

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28 diciembre, 2011 a las 7:10 am

El futuro, de Ignacio Escolar en Público

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Una recomendación: la serie de televisión Breaking bad. Va de un profesor de instituto cincuentón en Albuquerque (EE.UU.), al que diagnostican un cáncer terminal y que decide dedicarse al narcotráfico para dejar algo más que deudas a su familia: su mujer embarazada y su hijo discapacitado. Llevo apenas unos capítulos, pero lo que más me ha llamado la atención no es la trama –que es excelente–, sino el drama inicial.

El protagonista, el profesor, da clases de química en un instituto, pero no es su único trabajo. Por la tarde, para completar el salario, limpia coches en un autolavado; digamos que tiene un ‘minijob’. El pluriempleo no le alcanza para pagar el tratamiento para el cáncer –tiene un seguro privado, pero no cubre los 90.000 dólares que cuesta la quimioterapia, para empezar– ni tampoco para cuidar de su hijo discapacitado con dignidad; recuerden que en Estados Unidos no hay ni ley de Dependencia ni un buen sistema público de salud.

Supongo que a los espectadores estadounidenses de Breaking bad todo esto les parece de lo más normal. No hay escándalo social porque un profesor de secundaria malviva al borde de la marginalidad, en el arrabal del sueño americano, porque la tirada de dados de la vida le salió mal. Pero si alguien se plantease adaptar la serie a España, como hicieron con Cheers, costaría mantener el mismo planteamiento sin rozar lo increíble. ¿Alguien se imagina a un profesor de instituto español limpiando coches por las tardes mientras le consume un cáncer de pulmón? Sería ciencia ficción. Aunque puestos en el peor de los futuros posibles –ese mundo injusto, desigual e individualista al que Europa pretende imitar–, más bien puede parecer una serie de anticipación.

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26 diciembre, 2011 a las 7:10 am

¿Estallará China?, de Paul Krugman en Negocios de El País

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Plantéense el siguiente panorama: últimamente, el crecimiento se ha basado en un fuerte auge de la construcción, impulsado por una escalada de los precios inmobiliarios, y muestra todos los signos clásicos de una burbuja. El crédito ha crecido rápidamente, pero gran parte de ese crecimiento no ha venido a través de la banca tradicional, sino más bien a través de una banca en la sombra, no regulada, que no está sometida a la supervisión del Gobierno ni está apoyada por avales oficiales. Ahora, la burbuja se está pinchando, y hay verdaderas razones para temer una crisis financiera y económica.

¿Estoy describiendo Japón a finales de la década de 1980? ¿O estoy describiendo EE UU en 2007? Podría ser. Pero ahora estoy hablando de China, que asoma como otro punto de peligro en una economía mundial que verdaderamente no lo necesita en estos momentos.

He sido reacio a criticar la situación china, en parte porque es muy difícil saber qué está pasando verdaderamente. Lo mejor es considerar todas las estadísticas económicas como una forma particularmente aburrida de ciencia-ficción, pero las cifras de China son más ficticias que la mayoría. Recurriría a verdaderos expertos en China para que me orienten, pero no parece que haya dos expertos que cuenten la misma historia.

Aun así, incluso los datos oficiales son inquietantes, y las últimas noticias son suficientemente dramáticas como para disparar las alarmas.

Lo que más llama la atención sobre la economía china a lo largo de la última década es la forma en que el consumo de las familias, a pesar de ir en aumento, iba a la zaga del crecimiento general. En estos momentos, el gasto del consumidor apenas representa el 35% del PIB (aproximadamente, la mitad del nivel de EE UU).

Entonces, ¿quién está comprando los bienes y servicios que produce China? Parte de la respuesta es, bueno, nosotros: a medida que la parte de la economía que corresponde al consumidor se reducía, China empezó a depender más de los superávits comerciales para mantener a flote la fabricación. Pero lo más importante desde el punto de vista de China es el gasto de inversión, que se ha disparado hasta alcanzar casi la mitad del PIB.

La pregunta evidente es qué ha motivado toda esa inversión, teniendo en cuenta que la demanda del consumidor es relativamente débil. Y la respuesta, en buena medida, es que dependía de una burbuja

inmobiliaria que no paraba de inflarse. La inversión inmobiliaria como porcentaje del PIB se ha duplicado, aproximadamente, desde 2000, lo cual representa directamente más de la mitad del aumento total de la inversión. Y seguramente gran parte del resto del aumento corresponde a empresas que se han ampliado para vender al próspero sector de la construcción.

¿Tenemos la certeza de que hay una burbuja inmobiliaria? Muestra todos los signos: no solo los precios en aumento, sino también la clase de fiebre especulativa que todos conocemos bien por nuestra propia experiencia hace solo unos años; piensen en la zona costera de Florida.

Y existe otra similitud con la experiencia de EE UU: a medida que el crédito se expandía, gran parte de él procedía no de los bancos, sino de un sistema de banca en la sombra sin supervisión ni protección. Hay grandes diferencias en cuanto a los detalles: la banca en la sombra al estilo americano tendía a implicar a prestigiosas empresas de Wall Street e instrumentos financieros complejos, mientras que la versión china tiende a extenderse mediante bancos clandestinos e incluso casas de empeño. Pero las consecuencias son similares: en China, como en EE UU hace unos años, el sistema financiero puede ser mucho más vulnerable de lo que revelan los datos sobre la banca convencional.

Ahora es evidente que la burbuja está pinchándose. ¿Cuánto daño hará a la economía china y al mundo?

Algunos analistas dicen que no nos preocupemos, que China tiene líderes fuertes e inteligentes que harán lo que sea necesario para hacer frente a una recesión. La idea implícita, aunque no se suela expresar, es que China puede hacer lo que haga falta, porque no tiene que preocuparse de exquisiteces democráticas.

Sin embargo, a mí me parece que del dicho al hecho hay mucho trecho. Después de todo, recuerdo muy bien haber oído declaraciones similares sobre Japón en la década de los ochenta, cuando los brillantes burócratas del Ministerio de Finanzas, supuestamente, tenían todo bajo control. Y más tarde oímos afirmaciones de que EE UU no repetiría jamás los errores que llevaron a la década perdida de Japón, cuando, en realidad, estamos haciéndolo incluso peor que Japón.

Por si sirve de algo, las declaraciones sobre la política económica de las autoridades chinas no me parecen especialmente lúcidas. En concreto, la forma en que China ha estado agrediendo a los extranjeros -entre otras cosas, imponiendo una tarifa punitiva a las importaciones de automóviles fabricados en EE UU que no va a hacer nada para ayudar a su economía, pero que servirá para envenenar las relaciones comerciales- no es propia de un Gobierno maduro que sabe lo que hace.

Y los casos de los que se tiene conocimiento dan a entender que aunque el Gobierno de China no esté constreñido por el Estado de derecho, sí lo está por la omnipresente corrupción, que significa que lo que sucede de hecho en el plano local puede tener poco que ver con lo que se ordena en Pekín.

Ojalá esté siendo innecesariamente alarmista. Pero es imposible no preocuparse: la historia de China se parece demasiado a las crisis que ya hemos visto en otros sitios. Y una economía mundial que ya padece el desastre en Europa, verdaderamente no necesita un nuevo epicentro de crisis.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008.

© 2011 New York Times Service

Traducción de News Clips.

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24 diciembre, 2011 a las 7:13 am

Después de la crisis, ¿qué?, de Carmelo Angulo, Tomás Jiménez Araya y José Ángel Sotillo en El País

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Los efectos presentes o potenciales de la crisis financiera sobre el sistema de relaciones internacionales no deberían relegar sino resaltar la necesidad de abordar ineludibles problemas de carácter global

Cualquiera que sea la perspectiva que se adopte, resulta ya evidente que el marco de relaciones internacionales se ha visto afectado muy negativamente por el abrumador imperativo económico de la crisis en los países más desarrollados. El orden de prioridades se ha alterado de manera significativa, el clima de cooperación ha empeorado y las cuestiones de estabilidad financiera han pasado a un primer plano casi exclusivo. Se ha producido así una auténtica distorsión de la incipiente agenda internacional que se había venido gestando para tratar de encauzar el proceso de globalización hacia una gobernabilidad más democrática y una prosperidad más equitativa. Ahora bien, los efectos presentes o potenciales de la crisis financiera sobre el sistema de relaciones internacionales no deberían relegar sino resaltar la necesidad de abordar ineludibles problemas de carácter global que exigen por tanto respuestas políticas también globales. Entre estas respuestas se incluye un replanteamiento en la escala y el alcance de la cooperación para el desarrollo, con el fin de transformarla en un instrumento estratégico de un nuevo multilateralismo eficaz.

Algunas de las tendencias globales están suficientemente contrastadas: crisis alimentaria, crisis energética, cambio climático, aumento acelerado de la población en los países más pobres, incremento del número de refugiados y desplazados por conflictos bélicos y desastres naturales, extensión del tráfico ilegal de personas, y los datos no hacen sino agravarse con nuevas evidencias sobre la desigualdad internacional. Con la excepción de algunos países de Asia y América Latina, el mundo en desarrollo no se ha beneficiado del crecimiento exponencial de la economía mundial en los últimos 50 años. Hoy más de 1.000 millones de personas siguen viviendo en extrema pobreza. Alrededor de 400 millones de personas en 18 países se encuentran ahora peor de lo que estaban hace 15 años, la mayor parte de ellos en el África subsahariana. El plazo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (2015) -una agenda de mínimos- está cerca de agotarse, pero un total de 33 países, con más de 1.700 millones de personas, una cuarta parte de la población mundial, no han alcanzado ni la mitad de las metas.

El camino iniciado en Nueva York (2000) con los ODM, seguido por Monterrey (2002) sobre financiación del desarrollo, París (2005) evaluación de la eficacia de la ayuda y Accra (2008), con la propuesta de un programa de acción, jalonan una serie de avances innegables, pero lentos e insuficientes. La Declaración final aprobada en el reciente Foro de Busán (29 de noviembre-1 de diciembre) propone un cambio de paradigma, al poner el acento, en lugar de la “ayuda al desarrollo”, en la creación de nuevas asociaciones inclusivas de “cooperación para el desarrollo”, abiertas a los países emergentes y a la participación no solo de los Gobiernos sino también de la sociedad civil, incluidas las empresas. Asimismo, se establece un mecanismo de seguimiento y evaluación compartida por la OCDE y las Naciones Unidas, y se aboga por un reforzamiento de la transparencia y la rendición de cuentas, a la vez que se amplían las vías de cooperación, con modalidades Sur-Sur y triangulares. No obstante, las respuestas planteadas carecen del necesario compromiso vinculante y de la responsabilidad compartida entre países desarrollados y en desarrollo. Como ha señalado el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, la agenda de cooperación internacional, “está en realidad al principio del camino”. Todavía permanecen muchas sombras, pero existen algunas luces para ir trazando una hoja de ruta innovadora que permita acelerar el avance y generar cambios en el statu quo.

España ha dado un salto importante en el último decenio en el campo de la cooperación, tanto en recursos como en su despliegue internacional. El sistema español se ha alineado con los mejores principios y prácticas y ha reforzado factores clave como la planificación, los marcos de cooperación, las políticas sectoriales y la focalización de la ayuda, así como la coordinación interna y con la comunidad internacional. El nuevo Gobierno del Partido Popular, surgido de una amplia victoria electoral, tiene una gran oportunidad de consolidar los logros alcanzados y de completar y mejorar la estructura del sistema, apostar por la calidad de los procesos y definir mejor nuestra estrategia de cooperación para que se integre de manera más eficaz en la política exterior, mediante el consenso parlamentario y el apoyo de la sociedad civil. España junto a sus socios de la Unión Europea deben liderar esa nueva visión de cooperación para el desarrollo anunciada en Busán que combine la lucha contra la pobreza y la defensa de los derechos humanos con la consecución de un desarrollo global más sostenible y más equitativo. Nuestra pertenencia al G-20 debiera permitirnos también poner sobre la mesa, de la mano de países afines (Brasil, México, Argentina) algunas cuestiones globales candentes e insistir en la importancia clave de los flujos de cooperación básicos para el desarrollo de los países más necesitados. Junto a las campañas de sensibilización hace falta construir y poner en práctica instrumentos de vigilancia social multinivel, a escala nacional e internacional, para influir en la toma de decisiones, mecanismos de seguimiento y rendición de cuentas, que permitan un escrutinio continuo y una amplia participación ciudadana, tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo, para forjar coaliciones y espacios de concertación internacional.

Por lo demás, el posible impacto global de la nueva cooperación para el desarrollo será limitado, si se compara con otras magnitudes relacionadas con un mayor acceso, a ser posible de modo simultáneo, a los mercados internacionales de mercancías, capital y trabajo, por parte de los países pobres. Este es el verdadero test de las reformas de la cooperación internacional, tal como se establece, aunque sea vagamente, en el último y más importante de los ODM, relacionado con el establecimiento de asociaciones para el desarrollo. Mientras tanto, la Ronda de Doha sobre nuevas regulaciones comerciales internacionales sigue en el limbo y el G-20 parece tener otras urgencias.

Una de las mejores imágenes de España en el exterior ha sido su solidaridad con quienes están en peores circunstancias. La cooperación española ha sumado esfuerzos de las instituciones públicas, las ONG y las contribuciones privadas. Sin embargo, la ayuda ha sido víctima también del drástico ajuste del gasto público y se ha reducido significativamente en los últimos años. La solidaridad, la que damos y la que recibimos, forma parte de nuestra historia y a pesar de las dificultades, sigue siendo un bien público necesario. Entre las condiciones de la salida de la crisis está potenciar nuestra dimensión externa, una de cuyas principales bazas es la cooperación, al mismo tiempo que contribuimos a una reconversión del modelo de desarrollo acorde a los imperativos de la sostenibilidad y la gobernanza global. Tras esos centenares de millones de euros que se recortan a la cooperación, hay también centenares de millones de niños desnutridos, de mujeres amenazadas de discriminación y violencia, de familias vulnerables desplazadas por conflictos bélicos y desastres naturales, y de proyectos iniciados por comunidades cuyas expectativas quedarán frustradas. Y ese retraso y abandono provocará más tarde otras emergencias y otras urgencias que llamarán a nuestras puertas y complicarán, si cabe, la ya de por sí compleja y abrumadora agenda global.

Carmelo Angulo es diplomático y director del Instituto de Cooperación para el Desarrollo Humano, UCJC; Tomás Jiménez Araya es profesor del Máster de Derechos Humanos, Democracia y Globalización, UOC, y José Ángel Sotillo es director del Instituto Universitario de Desarrollo y Cooperación, UCM.

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19 diciembre, 2011 a las 7:19 am

El cántaro y la unión fiscal, de Pablo Beramendi en Público

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Europa sufre una crisis sin salida aparente. La UE parece un cántaro obligado a ir a la fuente cada vez más veces y más deprisa. La crisis ha revelado fallas profundas, fruto de un conflicto distributivo entre territorios que impone un diseño institucional disfuncional y amenaza con romper el cántaro. Y en esas seguimos a pesar de los importantes pasos adoptados para limitar la autonomía fiscal de los estados miembros en la reciente cumbre de Bruselas.

Desde su nacimiento, la Unión Monetaria ha sido criticada por unificar bajo la autoridad del Banco Central Europeo estructuras productivas y sistemas fiscales muy diversos. En tiempos de crisis, los efectos asimétricos de la política monetaria constituyen una fuente de conflicto continuo: los países preocupados por la inflación presionan por tipos de interés más elevados; los países preocupados por el empleo presionan en sentido contrario. Existen dos formas de cuadrar este círculo a medio plazo: la primera es establecer mecanismos de compensación, integrando la política fiscal y aumentando la redistribución interterritorial. La segunda consiste en limitar la necesidad de redistribuir exigiendo solvencia fiscal a los miembros. Ello implicaría la salida del euro de algunos estados miembros. La situación intermedia, con varios países asumiendo ajustes, con escaso margen para reorientar su política económica, y sin mecanismos estables de compensación, es insostenible. La reciente cumbre ha dado algunos pasos hacia una llamada unión fiscal. El acuerdo alcanzado gana tiempo, pero está lejos de resolver el problema de fondo.

La propia disfuncionalidad del diseño de la UE refleja las tensiones distributivas y los límites políticos a una mayor integración. Por las misma razones que muchos votantes catalanes afean que sus impuestos se dediquen a gastos “ineficientes” en otras comunidades, los votantes alemanes, franceses o daneses no están por la labor de integrar sus sistemas fiscales. Los contribuyentes de los países ricos temen un aumento en la carga fiscal, mientras que los beneficiarios de los sistemas de bienestar no desean tener que compartirlos. La supuesta cicatería de Merkel con los eurobonos refleja en parte una legítima vocación de supervivencia electoral. Es verdad que los rescates protegen también a entidades financieras de países ricos, pero la carga sobre los contribuyentes acarrea un coste político mayor. Si los alemanes, entre otros, perciben que las transferencias a la unión son excesivas, difícilmente aceptarán integrarse en un sistema fiscal europeo. La reforma necesaria para estabilizar la unión a largo plazo choca con la lógica democrática que limita a los líderes europeos.

La división de preferencias entre países explica el bloqueo de los últimos meses y la naturaleza de los acuerdos alcanzados la semana pasada. El conflicto se centra en la redistribución entre países, ya sea indirecta (como ocurriría con los eurobonos) o directamente. Merkel concibe, y parece haber impuesto, la unión fiscal como un mecanismo para limitar la capacidad de gasto de los miembros y poco más: máxima responsabilidad, mínima solidaridad. Pero las visiones sobre el equilibrio deseable entre estos principios difieren mucho dentro de la UE. En este contexto, el globo sonda de hace unas semanas sobre unas negociaciones entre París y Berlín para reducir la unión a países “solventes” cobra sentido. La idea de soltar lastre resulta una baza muy útil en el proceso de diseño de una unión fiscal a la medida de Alemania y Francia: gusta a los votantes en casa y limita las demandas de líderes dispuestos a sacrificar autonomía fiscal para permanecer en el euro. Sin embargo, existen motivos para cuestionar las virtudes de una estrategia exclusiva de austeridad y control de gasto como solución a la crisis.

La austeridad sin mecanismos reales de redistribución tiene costes de eficiencia pues limita la capacidad de recuperación de los países expuestos y deja abiertos flancos a los mercados. Lo veremos pronto. Pero sobre todo tiene costes políticos. Muchos ciudadanos griegos, portugueses y españoles empiezan a preguntarse hasta dónde cabe sacrificarse por el euro en ausencia de compensaciones adecuadas que vayan más allá de un rescate a corto plazo destinado a cubrir la deuda acumulada. Argumentan, con razón, que si la moneda única implica austeridad fiscal para garantizar la solvencia, esos costes deben recaer sobre todos los miembros de la Unión. Argumentan también que la renuncia a la soberanía fiscal debe conllevar un sistema fiscal que reduzca riesgos y propicie fondos a los países en caso de que los necesiten. Ello implica redistribución. Sus gobiernos tampoco pueden ignorarles y ceder soberanía a cambio de nada. De hecho, tendría sentido para los países obligados a hacer ajustes coordinaran sus estrategias para renegociar la organización fiscal de la Unión. Por el contrario, si los sacrificios continúan sin compensaciones, la viabilidad política y económica de la Unión será cada vez más difícil.

La UE no es la primera que se enfrenta a una crisis. Salvando las distancias, Canadá y Estados Unidos lo hicieron durante la Gran Depresión. La respuesta entonces llevó a una mayor integración fiscal y a desarrollar la redistribución inter-
territorial. Las reformas, sin embargo, sólo ocurrieron cuando la crisis llevó a los gobiernos subnacionales a la ruina, provocando una homogeneización de los problemas económicos y sociales entre territorios. Los intentos previos a 1929 fracasaron. Afortunadamente, la crisis actual todavía no ha provocado un colapso social y económico en la UE de magnitud similar. Paradójicamente, sólo la quiebra incontrolada del euro podría propiciarlo. Como en América en los años treinta, las reformas necesarias sólo parecen viables si el cántaro se cae. La partida continúa con jugadores poco inclinados a recordar la historia. De mantenerse, la pasión por las virtudes taumatúrgicas de la austeridad puede acabar haciendo añicos el bienestar de todos. Hay precedentes.

Pablo Beramendi. Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Duke.

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Introducido por Reggio

19 diciembre, 2011 a las 7:12 am

Váyase, Mr. Cameron, váyase, de Joaquín Roy en Cinco Días

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Es posible que le sorprenda, Mr. prime minister, el título de esta nota. Pero quizá su larga experiencia en el Gobierno le recuerde que en términos similares su colega en igual cargo, José María Aznar, le conminó al entonces presidente del Gobierno español, Felipe González, en un pleno del Congreso de los Diputados, a que abandonara el poder.

Para comprender con rigurosidad el sabor de tal orden perentoria quizá deba consultar con su cogobernante Nick Clegg, con su impecable español, reforzado por la compañía de su esposa vallisoletana. Así completará fielmente el contexto del terminante decreto.

Váyase, Mr. Cameron, váyase. Ya nos ha agotado la paciencia a todos los europeos, por lo menos a los que creemos mínimamente en la integración del continente. Repase los libros de historia de su país y relea los discursos de su predecesor Winston Churchill, especialmente su discurso en Zúrich en 1946, reclamando la formación de una Europa federal (aunque no exactamente la que preconizaban Jean Monnet y Robert Schuman).

Reviva el esfuerzo que hizo Edward Heath, un tory conservador como usted, para que acelerara el ingreso de su país en la entonces todavía Comunidad Europea. Estos esfuerzos se hicieron para convertir a la guerra en algo “impensable y materialmente imposible”, como reza la Declaración de Interdependencia de 1950.

Pero, en fin, las reticencias de De Gaulle para permitir el ingreso de Reino Unido en la CE fueron vencidas por la fuerza de los hechos. Pero ahora se puede ver que el general tenía razón. Ocupe su silla vacía.

Pero parece ser que usted prefiere revisar en las hemerotecas o en Youtube los discursos de Margaret Thatcher en los que se refería despectivamente a la F Word (Federación). Parece que usted sigue la tradición de pedir el cheque británico, la mordida por seguir dentro.

Parece que se siente muy satisfecho en aparecer en ruedas de prensa televisivas solamente con la Union Jack a sus espaldas. Parece que le causa horror ver a sus colegas Merkel y Sarkozy arropados en tándem con la enseña de la 12 estrellas sobre fondo azul. Hacerlo así no se lo perdonarían sus votantes y le valdría una bronca en el Parlamento.

Todo es consonante. Si sale al exterior de Westminster y pasea bajo la sombra del Big Ben no verá una sola bandera europea en edificio alguno. Sentirá la confortante sensación de que no está en Europa: está sólidamente en Gran Bretaña. Si lee la prensa del día comprobará que las noticias se refieren a “Europa” como algo ajeno. Londres le ofrecerá un aire de ciudad cosmopolita por el elevado grado de inmigración de todo el mundo. Pero no le dará la sensación de estar en Berlín, París, Roma o Rotterdam.

Usted y sus predecesores han conseguido la cuadratura del círculo: estar dentro (mal) y fuera (con trampas) de la Unión Europea. Se le debe felicitar por la proeza. Comparta la fórmula mágica, por favor. ¿Cómo ha conseguido aguar el Acuerdo de Schengen sin más resultado que incordiar a viajeros? ¿Cómo sigue rechazando cartas de derechos fundamentales y compromisos fiscales, y al mismo tiempo insiste en gobernar al mismo nivel que el resto de la Unión?

Ahora, la última hazaña: ¿sobre qué base jurídica o básica urbanidad se atreve a repetir sistemáticamente que Reino Unido nunca estará en el euro, pero exige controlar con su veto el mecanismo regulador de los que han dicho sí a ese paso a la integración europea?

¿Cree usted, Mr. Cameron, que esa arrogancia se la permitiría a España y Portugal cuando trataron de entrar en la Unión Europea hace un cuarto de siglo? ¿Cree usted que la decena de nuevos miembros hubieran tenido la misma oportunidad de rechazar esos pasos cruciales si se hubieran expresado así en sus expedientes de ingreso? En medio de la crisis del euro, además de distinguirse por su veto solitario a los avances (mínimos y modestos) logrados por Merkel y Sarkozy, con el beneplácito de los demás, ¿cómo se permite comentar, con una buena dosis de sarcasmo, que se siente muy feliz de no estar en el euro?

Tome un curso acelerado de su lengua y medite sobre la única contribución británica positiva a la UE: la mágica palabra pool. Tiene más sabor que la soberanía compartida y contrasta con la acusación de cesión y pérdida que los suyos aducen por pertenecer a la UE y al euro. Estudie su propia lengua.

Váyase, Mr. Cameron, váyase. Convoque de una vez el referéndum al que tanto teme, pero en el que votaría con un rotundo no a Europa. Sea consecuente. Deje de hacernos el chantaje.

Vaya al mostrador del hotel donde ha residido a regañadientes. Sonría al recepcionista. Pida la cuenta y anuncie que se va, porque le da vergüenza decir a sus amigos que allí vive. Pague y váyase.

Pero pague en euros contantes y sonantes, por favor, no en libras esterlinas. No se le ocurra intentar pagar con una tarjeta de crédito: se le ha agotado hace tiempo. Igual que nuestra paciencia.

Joaquín Roy. Catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

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Introducido por Reggio

19 diciembre, 2011 a las 7:07 am

La oligarquía financiera contra la democracia social europea, de Michael Hudson en SinPermiso (19/12/11)

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La mejor manera de entender la crisis financiera de Europa consiste en observar las distintas propuestas de soluciones. Éstas parecen el sueño de cualquier banquero, una bolsa de regalos que pocos votantes estarían dispuestos a aprobar en un referéndum democrático. Los estrategas bancarios han aprendido a no arriesgarse a someter sus planes a voto democrático, después de que los islandeses rechazaran dos veces en 2010-11 aprobar la capitulación de su gobierno a pagar al Reino Unido y a Holanda a causa de las pérdidas propiciadas por los bancos islandeses deficientemente regulados que operaban en el extranjero. A falta de tal referéndum, las manifestaciones masivas se convirtieron en la única forma que los votantes griegos encontraron para hacer constar su oposición a los 50.000 millones de euros en privatizaciones demandadas por el Banco Central Europeo (BCE) en agosto de 2011.

El problema radica en que Grecia no dispone de líquido para cancelar sus deudas y pagar los cargos por interés. El BCE exige que se vendan los activos públicos (la tierra, el agua y los sistemas de alcantarillado, los puertos y otros activos de dominio público), y también que se realicen recortes en las pensiones y en otros pagos a la población. Es comprensible que el “99% más pobre” esté furioso al ser informado de que el estrato más rico de la población es el gran responsable de los recortes de presupuesto por su ambición acumulativa (sólo en fondos atesorados en bancos suizos se han registrado 45.000 millones de euros). La sola idea de que un asalariado común tenga que financiar las pensiones para compensar las evasiones de impuestos de los ricos (y la ausencia general de impuestos a la riqueza desde el régimen de la junta de coroneles) enfurece comprensiblemente a la población. Que la “troika” del BCE, UE y FMI dicte que no importa cuánto acumulen roben o evadan los ricos, el pago ha de cubrirlo la población en conjunto, no es un posicionamiento político neutro.

Llevar a cabo una política de impuestos democrática restablecería un sistema progresista de impuestos sobre ingresos y propiedades y fomentaría su recaudación, estableciendo penas para los evasores. Desde el siglo XIX, los reformistas demócratas han buscado liberar las economías del derroche, la corrupción y los “ingresos por rentas”. Pero la “troika” del BCE está imponiendo un impuesto regresivo (que sólo puede imponerse cediendo las decisiones políticas del gobierno a un grupo de “tecnócratas” no electos).

Llamar a los gestores de una política tan anti-democrática “tecnócratas” parece un eufemismo cínico con aires científicos con el que designar a los grupos de presión financieros o a los burócratas, a quienes se considera que poseen una visión lo suficientemente estrecha para actuar como necios útiles en nombre de sus espónsores. Su ideología es la misma filosofía de austeridad que impuso el FMI a los deudores del Tercer Mundo desde los años sesenta hasta los ochenta. Reivindicaban la estabilización del balance de pagos mientras introducían mercados libres; estos directivos vendieron sectores de exportación e infraestructuras básicas a los acreedores de crédito nacional. El efecto fue conducir economías regidas por la austeridad a cotas mayores de deuda (de la que se beneficiarían los banqueros y sus oligarquías nacionales).

Ésta es la rutina la que se somete en estos momentos las democracias sociales de la Eurozona. Bajo el pretexto político de la emergencia financiera, los salarios y estándares de vida se pretenden reducir considerablemente y el poder político transvasarse de gobiernos electos a tecnócratas que gobernarán en nombre de grandes bancos e instituciones financieras. Se pretende también privatizar el trabajo en el sector público (y eliminar los sindicatos, mientras la seguridad social, los planes de pensiones y la sanidad pública sufren graves detrimentos).

Este es el guión básico que siguen los ladrones empresarios cuando saquean los planes de pensiones de las empresas para pagar a sus patrocinadores financieros con compra apalancada con financiación ajena. También es la manera en que se privatizó la economía de la antigua Unión Soviética tras 1991, poniendo los activos públicos en manos de cleptócratas, los cuales trabajaron con los banqueros de inversión de occidente para convertir a Rusia y a otros valores de bolsa las queridas de los mercados financieros internacionales. Los impuestos sobre la propiedad disminuyeron cuantiosamente al tiempo que los impuestos fijos se gravaron sobre los salarios (un acumulativo del 59 por ciento en Letonia). La industria fue desmantelada al tiempo que el derecho sobre la tierra y los minerales fue transferido a extranjeros, las economías conducidas a la deuda mientras los trabajadores cualificados y no cualificados se veían obligados a emigrar para encontrar trabajo.

Mientras hacían creer que estaban comprometidos con la estabilidad de los precios y los mercados libres, los banqueros inflaron la burbuja inmobiliaria con créditos. Los ingresos por alquileres fueron capitalizados en préstamos bancarios y rentabilizados con intereses. Esto resultó enormemente beneficioso para los banqueros, pero dejó a los Balcanes y gran parte de Europa Central con una grandísima deuda y un capital social con números negativos en el 2008. Los neoliberales aplaudieron la caída vertiginosa de sus niveles salariales y la mengua de de su PIB como si de la historia de un éxito se tratase, puesto que estos países traspasaron la carga de los impuestos al empleo en vez de a la propiedad o las finanzas. Los gobiernos rescataron a los bancos a expensas del contribuidor.

Es un axioma que la solución a cualquier problema social serio tiende a crear problemas incluso mayores (¡no siempre intencionados!). Vista desde el posicionamiento estratégico del sector financiero, la “solución” a la crisis de la Eurozona consiste en revertir los objetivos de la Era Progresista de hace un siglo (lo que John Maynard Keynes generosamente acuñó como “eutanasia del rentista” en 1936). La idea era subordinar el sistema bancario al servicio de la economía y no al revés. En vez de ello, las finanzas se han convertido en la nueva forma bélica (menos ostensiblemente sangrienta, pero con los mismos objetivos que las invasiones vikingas hace miles de años y que las subsiguientes conquistas coloniales de Europa: apropiación de las tierras y sus recursos naturales, infraestructuras y cualquier otro activo que pueda proporcionar una vía de ingresos. Había que capitalizar y apreciar tales valores, por ejemplo, los que Guillermo I de Inglaterra recogió en su libro Domesday tras 1066, un modelo actual de cálculos al estilo BCE y FMI.

Esta apropiación del superávit económico para pagar a los banqueros se está poniendo los valores tradicionales de los europeos patas arriba. La imposición de austeridad económica, el desmantelamiento de los gastos sociales, la venta de activos públicos, la extinción de los sindicatos, la caída de los niveles de los salarios, los planes de pensiones y sanidad pública en detrimento en países sujetos a reglas democráticas, requiere convencer a los votantes de que no hay otra alternativa. Se reivindica que sin un sector bancario próspero (da igual cuán predador) la economía quebrará mientras las pérdidas bancarias por malos préstamos y especulaciones deterioran el sistema de pagos. Ninguna agencia reguladora puede ayudar, ninguna política de impuestos mejorada, nada excepto la cesión del control a los grupos de presión para que rescaten a los bancos que han perdido las demandas financieras que ellos mismos construyeron.

Lo que quieren los bancos es que se pague el superávit económico en forma de intereses, no que se emplee en la mejora de los estándares de vida, en gastos sociales o incluso en una inversión nueva del capital. La investigación y el desarrollo requieren demasiado tiempo. Las finanzas viven al día. Esta tendencia al corto plazo es contraproducente, y aun así se presenta como una ciencia. La alternativa, se dice a los votantes, es el camino a la servidumbre: interferir en el “mercado libre” mediante la regulación financiera e incluso unos impuestos progresistas

Hay una alternativa, por supuesto. Es lo que buscaron los escolásticos de la civilización europea del siglo XIII a través de la Ilustración y del florecimiento de la economía política clásica: una economía libre de ingresos por rentas, libre de intereses creados empleando privilegios especiales para la “extracción de renta”. En manos de los neoliberales, al contrario, un mercado libre es libre para que una clase rentista favorecida por los impuestos pueda extraer interés, renta económica y precios de monopolio.

Los intereses rentistas presentan su actividad como una “creación de riqueza” eficiente. Las escuelas de negocios enseñan a los privatizadores cómo disponer los préstamos bancarios y la financiación por bonos, prometiendo todo lo que puedan para que los servicios de infraestructura pública sean vendidos por los gobiernos. La idea es pagar estas rentas a los nacos y proveedores de bonos con interés, y después obtener una ganancia capital subiendo las cuotas de acceso a las carreteras o puertos, al agua y al uso del alcantarillado y a otros servicios básicos. Se dice a los gobiernos que las economías pueden dirigirse de forma más eficiente si se desmantelan los programas públicos y se venden los activos.

La diferencia entre el objetivo pretendido y los resultados reales nunca se ha escondido de forma tan hipócrita. Hacer pagos con interés libres de impuestos priva a los gobiernos de los ingresos por las cuotas de acceso a los usuarios, incrementando sus déficits presupuestarios. Además, en vez de promover la estabilidad de los precios (la ostensible prioridad del BCE), la privatización aumenta los precios por infraestructura, vivienda y otros costes vitales, y hacen así negocio creando pagos de intereses y otras inversiones financieras (y sueldos mucho mayores para los gestores). Por tanto no es más que una demanda ideológica refleja el que esta política sea más eficiente simplemente porque los privatizadores son los que otorgan los préstamos y no el gobierno.

No hay ninguna necesidad económica o tecnológica para que los gestores financieros de Europa impongan la depresión sobre la mayor parte de su población. Pero hay una gran oportunidad de ganancia para los bancos que han tomado el control de la política económica del BCE. Desde los años sesenta, la crisis de balance de pagos ha proporcionado oportunidades a los banqueros e inversores para tomar el control de las políticas fiscales (para traspasar la carga de los impuestos al sector laboral y desmantelar los gastos sociales en favor de la subvención a inversores extranjeros y del sector financiero. Obtienen ganancias de las políticas de austeridad que disminuyen los estándares de vida y constriñen los gastos sociales. Una crisis de deudas permite a la élite financiera nacional y a los bancos extranjeros endeudar al resto de la sociedad, utilizando su privilegio de crédito (o ahorros creados como resultado de políticas de impuestos menos progresistas) como palanca para hacerse con los activos y obligar a los ciudadanos a un estado de dependencia por sus deudas.

El tipo de guerra que está engullendo Europa va por tanto más allá de lo meramente económico. Está amenazando con convertirse en una línea divisoria histórica entre la época de esperanza y potencial tecnológico del pasado medio siglo y la nueva era de polarización al tiempo que una oligarquía financiera reemplaza a los gobiernos democráticos y convierte a los ciudadanos en esclavos de la deuda.

Para que una baza tan atrevida y una toma de poder tal tengan éxito, se necesita una crisis que suprima los procesos legislativos democráticos y políticos que normalmente se opondrían. El pánico político y el caos crean un vacío en el que los ladrones se mueven con soltura, utilizando la retórica del engaño financiero y de las economías basura que racionan soluciones interesadas mediante una falsa visión de la historia de la economía (y en el caso del BCE, de la historia alemana en particular).

Con un banco central bloqueado por su éxito, los gobiernos no necesitan pedir préstamos a banqueros comerciales u otro tipo de prestamistas. Desde que el Banco de Inglaterra fuera fundado en 1694, los bancos centrales han estado imprimiendo billetes para financiar los gastos públicos. Los banqueros también crean crédito de forma libre (como cuando hacen un préstamo a crédito de las cuentas de sus clientes, a cambio de un interés prometedor).

Hoy, estos banqueros pueden tomar préstamos de las reservas del banco central gubernamental a intereses anuales verdaderamente bajos (0.25% en los E.E.U.U.) y prestarlo con intereses mucho más altos. Así los bancos se congratulan de ver que los bancos centrales gubernamentales crean crédito para prestarles. Pero cuando les toca el turno a los gobiernos a la hora de crear dinero para financiar sus propios déficits presupuestarios y emplearlo en el resto de la economía, los bancos prefieren que se reserve tal mercado y sus intereses para ellos mismos.

Los bancos comerciales europeos son inflexibles en cuanto a que el Banco Central Europeo no debería financiar los déficits presupuestarios de los gobiernos. Pero la creación de crédito privado no es necesariamente menos inflacionaria que el hecho de que los gobiernos conviertan sus déficits en moneda (simplemente imprimiendo el dinero que necesitan). La mayoría de los créditos de los bancos comerciales se hacen en contra de los bienes inmuebles, las reservas y los bonos (proporcionando crédito que se emplea en subir los precios de las casas, y los precios de las seguridades financieras, como en los créditos para las compras apalancadas con financiación ajena).

Principalmente es el gobierno quien gasta crédito en la economía “real”, hasta el punto que los déficits presupuestarios públicos se destinan al empleo o a bienes y servicios. Si los gobiernos evitan pagar intereses haciendo que sus bancos centrales impriman dinero con sus propios ordenadores en vez de pedir prestado a los bancos que hacen exactamente lo mismo con sus ordenadores (Abraham Lincoln simplemente imprimió dinero cuando financió la Guerra Civil estadounidense con “billetes verdes”).

A los bancos les gustaría emplear su privilegio de crear crédito para obtener interés de sus préstamos a los gobiernos para que financien sus déficits presupuestarios públicos. Por tanto les interesa limitar la “opción pública” de los gobiernos de monetizar sus déficits presupuestarios. Para asegurarse un monopolio con este privilegio, han organizado una amplia difamación de los gastos gubernamentales y, de hecho, de la autoridad gubernamental en general (la cual resulta que es la única autoridad con poder suficiente para controlar su poder o proporcionar una opción financiera pública alternativa, como hacen las oficinas de correos en Japón, Rusia y otros países). Esta competición entre bancos y gobiernos explica las falsas acusaciones acerca de que la creación de crédito gubernamental es más inflacionaria que si la asumen los bancos comerciales.

La realidad es clara si se comparan las formas en que los E.E.U.U., el reino Unido y Europa manejan sus finanzas públicas. La tesorería de los Estados Unidos es de lejos el mayor deudor del mundo y sus bancos más importantes parece que están en números rojos, sujeto a sus inversores y a otras instituciones financieras por sumas mayores de lo que puede cubrir su carpeta de préstamos, inversiones y sus distintos juegos financieros. Así, mientras la confusión financiera aumenta, los inversores institucionales depositan su dinero en los bonos del tesoro estadounidense (tanto que estos bonos ahora rinden menos del 1%). Por otro lado, un cuarto de los bienes inmobiliarios de los E.E.U.U. sufren un balance negativo, y los estados norteamericanos y sus ciudades se enfrentan a la insolvencia, obligados a reducir sus gastos. Las grandes empresas están dirigiéndose a la bancarrota, los planes de pensiones están cayendo cada vez más en impagos, y aun así la economía estadounidense sigue siendo un imán para los ahorros de todo el mundo.

La economía del reino Unido también parece asombrosa y su gobierno paga tan solo un 2% de interés. Los gobiernos europeos están pagando más de un 7%. El motivo de esta disparidad es que no disponen de una “opción pública” a la hora de crear dinero. Lo que hace a los Estados Unidos y al Reino Unido diferentes de Europa es que tienen un Banco de Reserva Federal o un Banco de Inglaterra que pueden imprimir dinero para pagar los intereses o reinvertir las deudas existentes. Nadie espera de estas dos naciones que se vean forzadas a vender sus terrenos públicos y otros activos para incrementar el dinero con que pagar (aunque lo puedan hacer como opción política). Dado que la Tesorería de los E.E.U.U. y la Reserva Federal pueden crear dinero, se sigue que mientras que las deudas de los gobiernos se designan en dólares, pueden imprimir los suficientes pagarés en sus ordenadores para que el único riesgo que asuman los poseedores de bonos del tesoro sea la tasa de cambio de dólar con otras modernas.

Al contrario, la Eurozona tiene un banco central, pero el artículo 123 del tratado de Lisboa prohíbe que el BCE haga aquello para lo que los bancos centrales fueron creados: crear dinero para financiar los déficits presupuestarios o satisfacer sus deudas venciéndolas. Los historiadores del futuro sin duda alguna encontrarán notable el hecho de que verdaderamente tras esta política hay algo de razón (o por lo menos la pretensión de un tema de primera plana). Es tan endeble que cualquier estudiante de historia podría adivinar la distorsión que sufre. La reivindicación consiste en que si un banco central crea crédito, amenaza la estabilidad de los precios. Sólo el gasto gubernamental se juzga inflacionario, ¡no el crédito privado!

La administración Clinton equilibró el presupuesto estadounidense a finales de los años noventa, cuando la economía de burbuja estaba aún explotando. Por otro lado, la Reserva Federal y la Tesorería anegaron la economía con 13 billones de dólares en crédito para el crédito del sistema bancario después de septiembre de 2008, y 0,8 billones más el pasado verano bajo el programa Flexibilización Cuantitativa de la Reserva Federal (QE2). Aun así los precios al consumidor y de las materias primas no han subido. Ni siquiera los precios del sector inmobiliario y del mercado bursátil están pujando más alto. Por tanto la idea de que inyectar más dinero incrementará los precios (MV=PT) no es operativa hoy en día.

Los bancos comerciales crean la deuda. Ése es su producto. Este apalancamiento de deuda fue utilizado durante más de una década para incrementar los precios (haciendo de los inmuebles y el consumo una pensión de jubilación más cara para los norteamericanos), pero la economía de hoy está sufriendo una deflación de la deuda en forma de ingresos personales, el comercio y las rentas de los impuestos se desvían para pagar la deuda de los servicios en vez de gastarlos en bienes o en puestos de trabajo o incluso invertirlos.

Mucho más impactante es la farsa sobre la historia de Alemania que se repite una y otra vez, como si la repetición evitara que los ciudadanos recordaran lo que realmente pasó en el siglo XX. Escuchar a los directivos del BCE contar la historia, sería muy irresponsable por parte de un banco central prestar al gobierno, a causa del peligro de hiperinflación. La memoria evoca la inflación de Weimar en la Alemania de los años veinte. Pero si uno se detiene a examinarlo, ocurre lo que los psiquiatras denominan un recuerdo implantado (condición en que el paciente está convencido de que ha sufrido un trauma, pero éste no ha ocurrido en la realidad).

Lo que ocurrió en 1921 no fue un caso de gobiernos que reciben préstamos de los bancos centrales para financiar gastos domésticos tales como programas sociales, pensiones o sanidad pública, como ocurre hoy. Más bien, la obligación de Alemania de pagar las indemnizaciones condujo al Reichsbank a inundar los mercados bursátiles extranjeros con marcos alemanes para obtener líquido con que comprar libras esterlinas, marcos franceses y otras monedas para pagar a los aliados (quienes utilizaron el dinero para pagar las deudas por compra de armas a sus inter-aliados de los Estados Unidos). La hiperinflación nacional contuvo su obligación de pagar indemnizaciones con moneda extranjera. Ninguna cantidad fijada en impuestos domésticos habría sido capaz de cubrir la cantidad en moneda extranjera que debían pagar.

En los años 30 esto era un fenómeno que se entendía bien, explicado por Keynes y otros economistas que analizaban los límites estructurales de la capacidad de pagar la deuda extranjera impuesta sin tener en cuenta la capacidad de pagar los presupuestos en moneda nacional. Desde el estudio de Salomon Flink El Reichsbank y la Economía en Alemania (1931) hasta otros estudios sobre las hiperinflaciones chilena y de otras partes del Tercer Mundo, los economistas han encontrado una causalidad común operante, basada en el balance de pagos. Primero aparece una caída en el tipo de cambio. Esto incrementa el precio de las importaciones, y consecuentemente el nivel de los precios nacionales. La secuencia estadística y la línea de causalidades llevan de los déficits en balance de pagos hasta la amortización de los costes de importaciones cada vez más altos, y de estos incrementos en los precios hasta la inyección de dinero, y no al revés.

Los partidarios del mercado libre que escriben en la tradición monetarista de Chicago (básicamente, la de David Ricardo) deja las dimensiones de las deudas nacionales y extranjeras fuera de cuenta. Parece como si el “dinero” y el “crédito” fueran activos a trocar por bienes. Pero poseer una cuenta bancaria o cualquier otra forma de crédito significa deuda al otro lado del balance general. La deuda de unos es el ahorro de otros (y la mayoría de los ahorros de hoy se prestan con intereses, absorbiendo el dinero de los sectores no financieros de la economía). La discusión se reduce de forma simplista a una relación entre el suministro de dinero y el nivel de precios (y de hecho, sólo los precios a los consumidores, no los precios de los activos). En su codicia por oponerse al gasto gubernamental (y por desmantelar los gobiernos y reemplazarlos con estrategas financieros) los monetaristas neoliberales ignoran la deuda impuesta desde Letonia e Islandia hasta Irlanda y Grecia, Italia, España y Portugal.

Si el euro quiebra, será a causa de la obligación de los gobiernos de pagar a los banqueros con un dinero que deben pedir prestado primero, en vez de crear el suyo propio a través de sus bancos centrales. A diferencia de los Estados Unidos y Gran Bretaña, quienes pueden crear crédito del banco central con sus propios ordenadores para evitar que la economía se agoste o se vuelva insolvente, la constitución alemana y el tratado de Lisboa no se lo permiten a su banco central.

El efecto consiste en obligar a los gobiernos a tomar dinero prestado de los bancos comerciales con intereses. Esto proporciona a los banqueros la capacidad de crear crisis (amenazando con llevar las economías fuera de la Eurozona si no se someten a sus “condiciones”, impuestas en lo que se está volviendo una nueva guerra de clases entre las finanzas y el trabajo.

Incapacitar al Banco Central de Europa para privar a los Estados del poder de crear dinero

Una de las tres características definitorias de un estado-nación es su capacidad para crear dinero. Una segunda característica es el poder de recaudar impuestos. Ambos poderes están siendo transferidos fuera del alcance de los representantes electos del sector financiero, como resultado de esta inmovilización del gobierno.

La tercera característica de un estado-nación es el poder de declarar la guerra. Lo que está ocurriendo hoy es el equivalente de la guerra (¡pero contra el poder del gobierno!). Está por encima de cualquier forma de guerra financiera (y los objetivos de esta apropiación financiera son los mismos que los de las conquistas militares): primero, las riquezas de la tierra y el subsuelo sobre las que recaudar rentas como tributo; segundo, infraestructura pública para extraer rentas en forma de cuotas de acceso; y tercero, cualquier otra empresa o activo en el dominio público.

En esta nueva guerra financiera, los gobiernos están siendo llevados a actuar como agentes del orden que actúan en nombre de los conquistadores financieros en contra de sus propios ciudadanos. Esto no es nada nuevo. Ya hemos visto cómo el FMI y el Banco Mundial imponían austeridad en las dictaduras latinoamericanas, en los cacicazgos militares africanos y en otras oligarquías desde los años sesenta hasta los ochenta. Irlanda y Grecia, España y Portugal están siendo llevados a las mismas políticas públicas de liquidación de activos, y todo en manos de agencias financieras supra-gubernamentales que actúan en nombre de los banqueros (y por tanto en nombre del 1% de la población).

Cuando no se puede pagar o vencer las deudas, llega el tiempo de ejecución hipotecaria. Para los gobiernos esto implica la privatización de las ventas para pagar a los acreedores. Además de ser una apropiación de la propiedad, la privatización tiene por objetivo reemplazar el trabajo en el sector público por una fuerza de trabajo sin sindicatos que la respalde con menos derechos de pensión, sanidad pública o voz sobre las condiciones de trabajo. La antigua guerra de clases vuelve a la carga (con un rizo financiero). Al agostar la economía, la deflación de la deuda ayuda a amputar el poder de resistencia de los trabajadores.

También otorga a los acreedores el control sobre la política fiscal. En ausencia de un Parlamento paneuropeo con poder para imponer las reglas del sistema de impuestos, la política fiscal pasa a manos del BCE. Al actuar en nombre de los bancos, el BCE parece favorecer la regresión del camino que llevaba el siglo XX hacia los impuestos progresistas. Además, como han dejado claro los grupos de presión financieros de los E.E.U.U., las demandas de los acreedores se dirigen a que los gobiernos re-clasifiquen las obligaciones públicas como “cuotas de usuario”, que se financien mediante retenciones sobre los salarios destinadas a ser administradas por los bancos. Traspasar la carga de impuestos de los bienes inmuebles y las finanzas al trabajo y la economía “real” significa una amenaza de volverse una apropiación fiscal por encima de la apropiación de la privatización.

Esta es una política de corto plazo autodestructiva. La ironía radica en que las déficits presupuestarios de los PIIGS provienen de las propiedades sin impuestos, y un cambio mayor en el sistema de impuestos puede empeorar la situación en vez de estabilizar los presupuestos gubernamentales. Aun así los banqueros buscan sólo aquello que pueden ganar a corto plazo. Saben que toda renta por recaudación de impuestos que se desvíe de los bienes inmuebles y los negocios es una promesa de interés para los bancos. Así a la economía griega, como a otras economías oligárquicas, se les aconseja pagar sus deudas recortando los gastos gubernamentales (pero no el gasto militar en armas provenientes de Alemania y Francia) y traspasando los impuestos al sector laboral y la industria, y a los consumidores en forma de mayores cuotas de acceso a los servicios públicos que aún no se han privatizado.

En Gran Bretaña, el primer ministro Cameron afirma que achicar aún más el gobierno bajo las directrices Thatcher-Blair otorgará más trabajo y recursos al servicio de las empresas privadas para crear puestos de trabajo. Los recortes fiscales aumentarán de hecho el desempleo, o por lo menos obligarán a aceptar trabajos peor pagados con menos derechos. Por otro lado, recortar los gastos sociales menguará el sector empresarial y agudizará por tanto los problemas fiscales y de deuda al empujar a las economías hacia la recesión.

Si los gobiernos recortan su gasto para reducir el tamaño de sus déficits presupuestarios (o si aumentan los impuestos, llevando a un superávit), entonces estos superávits absorberán el dinero de la economía, dejando menos para gastar en bienes y servicios. El resultado no puede ser otro que el desempleo, mayores deudas y bancarrotas. Debemos observar a Islandia y a Letonia como si fueran los canarios de esta mina financiera. Su reciente experiencia muestra que la deflación de la deuda lleva a la emigración, acortando las esperanzas de vida, tasas de nacimiento menores y menos matrimonios (pero proporciona grandes oportunidades para que los buitres de los fondos engullan el tuétano de la riqueza hasta los confines de la pirámide financiera).

La crisis económica de hoy es una cuestión de elección política, no una necesidad. Como dijo el jefe del equipo de la administración Obama Rahm Emanuel: “Una crisis es una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar”. En tales casos la explicación más lógica es que alguien debe estar beneficiándose. Las depresiones aumentan el desempleo, ayudando a quebrar el poder de los empleos con o sin sindicatos que los respalden. Los E.E.U.U. se ven como un presupuesto estatal y local a exprimir (pues ya se anuncian las bancarrotas), y los primeros recortes serán en la esfera de las pensiones. Las altas finanzas sacan sus beneficios (al no beneficiar a la población trabajadora con los ahorros y las promesas hechas).

El pez grande se come al chico

Esta parece ser la idea que tiene el sector financiero de una buena planificación económica. En verdad es peor que un plan de suma-cero, en el que la ganancia de una parte es la pérdida de la otra. Las economías en conjunto menguarán (y cambiarán su forma, polarizándose entre acreedores y deudores). La democracia económica allanará el camino a las oligarquías financieras, revirtiendo la tendencia de los últimos siglos.

¿Está Europa preparada para dar este paso? ¿Reconocen sus votantes que privar a los gobiernos de su opción pública de crear dinero otorgará tal privilegio a los bancos en forma de monopolio? ¿Cuántos observadores han previsto el inevitable resultado: traspasar la planificación de la economía y la localización de los créditos a los bancos?

Aunque los gobiernos proporcionen una “opción pública”, la de crear su propio dinero para financiar sus déficits presupuestarios y proveer a la economía de crédito productivo para reconstruir las infraestructuras, sigue existiendo un problema: deshacerse de la inversión en deuda existente supone un lastre en la economía. Los banqueros y los políticos que respaldan se niegan a reducir las deudas y mostrar así la capacidad de pago. Los legisladores no han dispuesto una sociedad con un proceso legal para reducir las deudas (excepto la ley de acción pauliana de Nueva York, la cual permite anular las deudas si los prestamistas otorgan préstamos sin asegurarse primero que el deudor podrá pagarles).

Los banqueros no quieren asumir la responsabilidad de los malos préstamos. Esto plantea el problema financiero de qué deben hacer los que diseñan las políticas cuando los bancos han sido tan irresponsables al localizar sus créditos. Sin embargo alguien tiene que asumir la pérdida. ¿Debe ser la sociedad en su conjunto o los banqueros?

No es un problema que los banqueros puedan resolver. Ellos quieren pasar el problema a los gobiernos. Lo que llaman “solución” al problema de la mala deuda consiste en que los gobiernos les den bonos buenos para malos préstamos (“dinero por basura”), y que lo paguen los contribuyentes. Han diseñado un aumento desproporcionado de bienes para ellos mismos, y ahora quieren llevarse el dinero y salir corriendo. La deuda que los deudores no pueden pagar será esparcida por toda la economía en conjunto.

¿Por qué deben ellos resarcirse de los daños a costa de agostar el resto de la economía? Su respuesta es que las deudas se deben a los fondos de pensiones de los trabajadores, a los consumidores con depósitos en bancos, y que todo el sistema se vendrá abajo si los gobiernos no pagan sus bonos. Si se les presiona, los banqueros admiten que han sacado los seguros de riesgo (obligaciones de deuda colateralizadas y otras coberturas de riesgos). Sin embargo los aseguradores son bancos estadounidenses y el gobierno norteamericano está presionando a Europa para que no hiera su sistema bancario. Así que el embrollo de la deuda se ha politizado a nivel internacional

Para los banqueros, la línea de menor resistencia consiste en fomentar la ilusión de que no tienen la necesidad de aceptar moras para las deudas demasiado altas que ellos han propiciado. Los acreedores siempre insistirán en que puede mantenerse la inversión de deuda.

El motivo de que esto no funcione radica en que tratar de recaudar una deuda de la magnitud actual dañaría gravemente la economía “real” subyacente, haciendo incluso menos accesible su pago. Lo que empezó como un problema financiero (malas deudas) se convertirá ahora en un problema fiscal (malos impuestos). Los impuestos son el coste de hacer negocio, así como pagar el servicio de la deuda es también un coste. Ambos costes deben reflejarse en los precios de los productos. Cuando los contribuyentes están sobrecargados con impuestos y deudas, tienen menos capital disponible para gastar en consumo. Así los mercados menguan, poniendo más presión en la rentabilidad de las empresas nacionales. La combinación hace que cualquier país que siga tal política se convierta en un productor de coste y por tanto menos competitivo en el mercado global.

Este tipo de planificación financiera (y su traspaso paralelo de impuestos fiscales) conduce hacia la industrialización. La creación de dinero de curso legal intergubernamental por el BCE o el FMI deja las deudas listas, al tiempo que preserva el control de la riqueza y la economía de las manos del sector financiero. Los bancos pueden recibir pagos de deudas a través de las propiedades con hipotecas excesivas, sólo si reducen las obligaciones de las pensiones, de la sanidad y los salarios de sus empleados (o pagos de impuestos a los gobiernos). En la práctica, las “deudas honoríficas” significan nada más que deflación de deuda y mengua general de la economía.

Este el plan de mercado de los financieros. Sin embargo, dejar la política de impuestos en manos de los banqueros acaba siendo lo opuesto a la temática general de la economía de mercado libre de los últimos siglos. El objetivo clásico era minimizar la inversión de deuda, cobrar impuestos de las rentas por los recursos naturales y mantener los precios de monopolio en línea con los costes actuales de producción (“valor”). Los banqueros han prestado cada vez más en contra de los mismos ingresos que los economistas del mercado libre creían que debía ser la base impositiva natural.

Así que algo hay que ceder. ¿Será la filosofía de la economía liberal de mercado libre de los últimos siglos, renunciando a planificar el superávit económico para los banqueros? ¿O reafirmará la sociedad la filosofía económica clásica y los valores de la Era Progresista, y reafirmará el diseño social de los mercados financieros para fomentar un crecimiento a largo plazo reduciendo al mínimo los costes de vida?

Por lo menos en los países más endeudados, los votantes europeos están despertando al golpe de estado oligárquico en el que los impuestos y la planificación presupuestaria de los gobiernos y el control están siendo transferidos a las manos de ejecutivos designados por el cartel de los banqueros internacionales. Este resultado es el contrario de lo que han perseguido las economías de libre mercado de los últimos siglos.

Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.

Traducción para www.sinpermiso.info: Vicente Abella

Frankfurter Allgemeine Zeitung, 11 diciembre 2011

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Introducido por Reggio

19 diciembre, 2011 a las 7:05 am

Cumbre del Euro: los mercados financieros, imperturbables, de Michael R. Krätke en SinPermiso (19/12/11)

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Los mercados financieros continúan indiferentes tras las promesas de la última Cumbre de la Unión Europea. Y el consenso de Bruselas se viene abajo, tal y como lo muestra el distanciamiento de Dinamarca.

Los valores bursátiles de la primera mitad de esta semana son un claro indicio: la crisis europea sigue su marcha. No se resolverá ni a corto ni a medio plazo con las decisiones de la Cumbre de la Unión Europea del próximo ocho de marzo. Nos volveremos a ver a más tardar en marzo, y probablemente mucho antes. Oficialmente, toda Europa cree ya que la crisis es una consecuencia del endeudamiento de los estados y que se puede salir de ella a base de ahorrar si el cuchillo se hunde lo suficiente en la grasa de los Estados del bienestar europeos. Pero incluso para los grandes analfabetos económicos entre nuestras élites debería ser claro que así sólo se maniobra para encaminarnos hacia una depresión aún más larga y más profunda.

Todo economista sabe que los medios previstos para el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) y el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) no alcanzan para poder ayudar a países como España, Italia o Francia. Cualquiera sabe que la fecha propuesta por el MEE, junio de 2012, no será suficiente. Para que el Banco Central Europeo (BCE) no compre más bonos europeos se ha buscado un curioso atajo a través del FMI: un crédito de 200 mil millones de euro de los países de la Unión Europea al Fondo Monetario Internacional para que los estados arruinados de Europa puedan recibir ayuda. Que los Estados Unidos y otros países miembros del FMI no colaborarían era claro desde un buen comienzo.

Ningún Plan Marshall

Nada de todo esto se ha hecho en interés de Alemania, nada de todo esto se ha hecho en interés de Europa. Ni la política de austeridad que se ha impuesto a los estados vecinos de la Unión Europea que seguirá reforzando las desigualdades estructurales de la UE, ni la la atracción secundaria de la carrera con la que se persigue al endeudamiento estatal con una política de símbolos. También los alemanes habrán de pagar amargamente por el curso de los acontecimientos que ahora tiene lugar. Cuanto más se imponga Merkel, mayor será el montante de la factura final. De una regulación de los mercados financieros, de una limitación a los bancos para la creación de dinero, estamos tan lejos hoy como hace dos años. Una unión monetaria y fiscal europea tendría aquí todo su sentido: reglas de juego comunes para un mercado de capitales y divisas común, impuestos comunes y diseñados para todo el mundo por igual, planificación financiera común, un mercado común para los préstamos gubernamentales de Europa. Todo ello brilló por su ausencia. Y hoy como ayer no tenemos ninguna política económica común, ni siquiera para una parte del continente, como tampoco tenemos el urgentemente necesario Plan Marshall para algunos de los países del sur de Europa.

El veto del Machtpolitiker David Cameron –un partidario de la política de austeridad en su propio país no menos fanático que Merkel en Alemania– proporcionó el esprit de l’escalier adecuado a la función. [1] Contra los topes de deuda (Schuldenbremsen), las multas disciplinarias para los países que incurran en déficit, las intereses excesivos y otros artículos de fe neoconservadores semejantes Cameron no tuvo nada que decir. Para él todo se reducía a proteger a la City of London de cualquier tipo de regulación procedente del continente. Tras décadas de desmantelamiento industrial a los británicos sólo les queda –además de sus excelentes universidades, a las que están arruinando a fuerza de obligarlas a recortar presupuestos– su así llamada “industria financiera”. En consecuencia nadie se atreve a mentar a la City. Tanto Merkel como Cameron juegan con los resentimientos nacionalistas de sus ciudadanos airados (Wutbürger). Cameron utiliza además el sentimiento euroescéptico de las islas.

A merced de los especuladores

A través de los interminables retrasos y bloqueos de cada solución necesaria y con sentido, Merkel y compañía han logrado convertir un problema marginal y no demasiado complicado de gestionar en un problema de toda la Unión Europea. La táctica de ganar tiempo echando por tierra todas estas soluciones una y otra vez ha comportado hasta la fecha una sola cosa, a saber: que los bonos del tesoro de los estados de los países de la zona euro –que una vez fueron puertos seguros– se hayan convertido hoy prácticamente sin excepción en títulos especulativos. Los especuladores profesionales se enriquecieron y se siguen enriqueciendo gracias a la prolongada crisis de deuda, haciéndose de oro.

Y los señores de los mercados financieros siguen completamente imperturbables ante la visión de la flamante nueva disciplina presupuestaria tanto como con el prospecto de nuevos límites de endeudamiento. Los intereses y los beneficios de los empréstitos europeos suben alegremente. Cuando en los próximos de tres a cuatro meses falten los cientos de miles de millones de euros necesarios para refinanciar los préstamos del estado en Italia, España y Francia, ningún dogma presupuestario ni ningún tope de deuda servirán de ayuda. Las agencias de calificación crediticia, a quien debemos realmente esta obra de arte, hacen avanzar estupendamente la crisis con el anuncio de poner a todos los estados de la zona euro, cuando no a toda la Unión Europea, bajo observación.

Más de la mitad de los alemanes tiemblan ante la amenaza de inflación, de modo semejante a como lo hace el propio Bundesbank (banco central alemán). Aunque nadie se ha beneficiado tanto del euro y, paradójicamente, de la crisis del euro como los alemanes, éstos se ven a sí mismos como las víctimas y como los principales pagadores. La coalición entre conservadores y liberales en Berlín juega con los resentimientos nacionales y ha resucitado –por vez primera desde 1990– la germanofobia en toda Europa. De la mezcla, típicamente alemana, de política partidaria corta de miras y dogmatismo político, los alemanes y toda Europa pagan un elevado precio.

NOTA T.: [1] L’esprit de l’escalier (en francés: el ingenio de la escalera) es una expresión francesa que describe el acto de pensar en una respuesta ingeniosa cuando es demasiado tarde para darla. Este fenómeno viene usualmente acompañado de una sensación de pesar y arrepentimiento, una “consciencia intranquila”. Fue acuñada por Denis Diderot en su Paradoxe sur le Comédien. La frase se utiliza cuando nos viene a la cabeza un insulto o una réplica ingeniosa demasiado tarde, cuando ya estamos bajando la escalera de la tribuna. Data de la época en que la palabra esprit, que significa espíritu o mente, se usaba comúnmente para designar el ingenio. (Wikipedia)

Michael R. Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y catedrático de economía política y director del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Lancaster en el Reino Unido.

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero

Freitag, 15 diciembre 2011

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Introducido por Reggio

19 diciembre, 2011 a las 7:04 am

Euro: una Cumbre para la defunción, de Kevin O’Rourke en SinPermiso (19/12/11)

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Como muchos temían y la mayoría esperaba, la cumbre europea que acaba de concluir dejó mucho que desear. Una vez más, los líderes nacionales de Europa demostraron su incapacidad de aceptar lo que subyace a las crisis bancaria, económica y de deuda soberana de la eurozona y, por tanto, de darles solución.

Una lección que el mundo ha aprendido desde la crisis financiera de 2008 es que una política fiscal contractiva significa eso mismo: contracción. Desde 2010, un experimento realizado en toda Europa ha falseado de manera concluyente la idea de que las contracciones fiscales son expansivas. Agosto de 2011 vio el mayor descenso mensual de la producción industrial de la eurozona desde septiembre de 2009, las exportaciones alemanas se redujeron notablemente en octubre y now-casting.com predice disminuciones en el PIB de la eurozona para finales de 2011 y principios de 2012.

Una segunda lección relacionada es que es difícil reducir los salarios nominales y que, por cierto, estos no son lo suficientemente flexibles como para eliminar el desempleo, lo que es verdad incluso en un país tan pequeño, flexible y abierto como Irlanda, donde el desempleo aumentó el mes pasado a 14,5%, a pesar de la emigración, y donde como resultado los ingresos tributarios en noviembre estuvieron por debajo del objetivo del 1,6%. Si la estrategia de “devaluación interna” del siglo XIX para promover el crecimiento mediante la reducción de los salarios y los precios internos es tan difícil en Irlanda, ¿cómo espera la UE que funcione en toda la periferia de la eurozona?

El mundo hoy en día se parece mucho al mundo teórico de que los economistas han utilizado tradicionalmente para examinar los costos y beneficios de las uniones monetarias. La pérdida de la capacidad de los miembros de la eurozona de devaluar su tipo de cambio es un costo importante. Los esfuerzos de los gobiernos para promover la reducción de salarios, o impulsarla llevando a sus países a la recesión, no puede sustituir a la devaluación del tipo de cambio. Colocar todo el peso del ajuste sobre los países deficitarios es una receta para el desastre.

En un mundo así, la unión fiscal es un complemento fundamental de la unión monetaria. Si la industria del quingombó entra en decadencia, haciendo que el estado de Louisiana entre en recesión, los residentes pagarán menos impuestos federales y recibirán más transferencias fiscales. Estos flujos financieros son un mecanismo anticíclico natural que ayuda a las economías locales y regionales a capear los malos tiempos. En una hipotética unión fiscal europea, sin duda habría transferencias de Alemania a la periferia en 2011, pero una configuración bien diseñada habría asegurado flujos hacia Alemania en la década de 1990, mientras luchaba por hacer frente a los costes de la reunificación con Alemania del Este.

Con esto en mente, el punto más obvio sobre la reciente cumbre es que la “unión de estabilidad fiscal” propuesta no es nada de eso. En lugar de crear un mecanismo de seguro interregional que implique transferencias anticíclicas, la versión que se ofrece constitucionalizaría un ajuste procíclico en los países golpeados por la recesión, sin medidas compensatorias para impulsar la demanda en otras partes de la eurozona. Describir esto como una “unión fiscal”, como algunos han hecho, constituye un abuso casi orwelliano del lenguaje.

Muchos plantearán el argumento de que esos acuerdos son necesarios para salvar la eurozona, pero lo que se necesita para ello en el futuro inmediato es un Banco Central Europeo que actúe como una autoridad monetaria adecuada. Es cierto que Alemania insiste en la “unión de estabilidad fiscal” como condición para permitir que el BCE haga siquiera el mínimo necesario para mantener a flote el euro, pero este es un argumento político, no económico. Económicamente, su propuesta empeoraría un diseño institucional ya terriblemente errado.

Lo que se necesita para salvar la eurozona en el mediano plazo es un banco central con un mandato que cubra más que la inflación; por ejemplo, el desempleo, la estabilidad financiera y la supervivencia de la moneda única. También es necesario un marco común para la regulación del sistema financiero, al igual que un marco común de solución de conflictos bancarios que sirva a los intereses de los contribuyentes y los tenedores de bonos del gobierno, en lugar de a los bancos y sus acreedores. Esto requerirá una unión fiscal mínima; una unión fiscal a gran escala sería mejor aún. Sin embargo, nada de esto estaba en la agenda de la cumbre.

Una ruptura inmediata de la eurozona sería una catástrofe, por lo que, para evitar ese resultado, el Consejo Europeo aceptó una “unión de estabilidad fiscal” a cambio de algún movimiento por parte del BCE. Esta decisión puede de hecho impedir el colapso en el corto plazo, a pesar de que está lejos de ser una certeza. Las negociaciones de tratados fuera del marco de la UE y los procedimientos de ratificación que les sucederán son una receta para aún más incertidumbre en momentos en que Europa menos lo necesita.

En un plazo ligeramente mayor, un trato así, en el supuesto de que siga adelante, significará mayor austeridad en la periferia de Europa, sin el impacto compensatorio de una devaluación o un estímulo en el núcleo. El desempleo seguirá aumentando, poniendo presión sobre los hogares, los gobiernos y los bancos. Vamos a escuchar mucho más sobre los méritos relativos de la tecnocracia y la democracia. El sentimiento antieuropeo seguirá creciendo y los partidos populistas prosperarán. No se puede descartar la erupción de episodios de violencia.

Esta cumbre debería haber propuesto cambios institucionales para evitar tal escenario. Pero si tales cambios son políticamente imposibles y el euro está condenado, entonces es preferible una rápida muerte que una agonía prolongada y dolorosa. Si la zona euro se derrumba en el futuro inmediato, la catástrofe sería ampliamente percibida como tal, lo que debería al menos servir como fuente de esperanza para el futuro. Pero si se derrumba después de varios años de políticas macroeconómicas perversas requeridas por las obligaciones que el tratado europeo impone a los países, el final, cuando llegue, se verá no como una calamidad sino como una liberación.

Y eso realmente sería peor.

Kevin O’Rourke es profesor de Historia Económica de la Universidad de Oxford e investigador del All Souls College.

Project Syndicate, 9 diciembre 2011

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Introducido por Reggio

19 diciembre, 2011 a las 7:01 am

Depresión y democracia, de Paul Krugman en Negocios de El País

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Ha llegado la hora de empezar a llamar a la actual situación por su nombre: depresión. Es verdad que no es una réplica exacta de la Gran Depresión, pero esto no sirve de mucho consuelo. El paro, tanto en Estados Unidos como en Europa, sigue siendo desastrosamente alto. Los dirigentes y las instituciones están cada vez más desprestigiados. Y los valores democráticos están sitiados.

En cuanto a esto último, no estoy siendo alarmista. Tanto en el frente político como en el económico, es importante no caer en la trampa del “no tan malo como”. No se puede considerar aceptable el paro elevado simplemente porque no haya alcanzado las cotas de 1933; las tendencias políticas no son buena señal y no deben tolerarse por el mero hecho de que no haya ningún Hitler a la vista.

Hablemos, en concreto, de lo que está pasando en Europa (no porque todo vaya bien en Estados Unidos, sino porque no todo el mundo comprende la gravedad de los acontecimientos políticos europeos).

Lo primero de todo, la crisis del euro está destruyendo el sueño europeo. La moneda común, que se suponía que debía unir a los países, ha generado, en cambio, un ambiente de amarga acritud.

Concretamente, las exigencias de una austeridad cada vez más radical, sin ningún plan de fomento del crecimiento que las contrarreste, han causado un daño doble. Han fracasado como política económica, al agravar el problema del paro sin restaurar la confianza; una recesión a escala europea parece ahora probable, incluso si se contiene la amenaza inminente de la crisis financiera. Y han provocado una irritación inmensa, con muchos europeos furiosos por lo que consideran, justa o injustamente (o en realidad, un poco ambas cosas), un despliegue de poder alemán sin miramientos.

Nadie que conozca la historia de Europa puede contemplar este resurgimiento de la hostilidad sin sentir un escalofrío. Con todo, puede que estén pasando cosas peores. Los populistas de derechas están en auge, desde Austria, donde el Partido de la Libertad (cuyo líder tenía conexiones con los neonazis) está a la par en las encuestas con los partidos tradicionales, hasta Finlandia, donde el partido antiinmigración Verdaderos Finlandeses tuvo un éxito electoral considerable el pasado abril. Y estos son países ricos cuyas economías han aguantado bastante bien. Los problemas parecen todavía más amenazadores en países más pobres de Europa Central y del Este.

El mes pasado, el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD) certificaba una caída en picado de la ayuda pública a la democracia en los países de la “nueva UE”, aquellos que se unieron a la Unión Europea tras la caída del muro de Berlín. No es de extrañar que la pérdida de fe en la democracia haya sido mayor en los países que han sufrido las recesiones económicas más graves.

Y en al menos un país, Hungría, las instituciones democráticas se están debilitando mientras hablamos.

Uno de los principales partidos de Hungría, Jobbik, es una pesadilla sacada de los años treinta: es antigitanos, antisemita y hasta tenía una rama paramilitar. Pero la amenaza inminente proviene de Fidesz, el partido de centro-derecha que gobierna el país.

Fidesz consiguió una abrumadora mayoría parlamentaria el año pasado, en parte, al menos, por dos razones; Hungría no está en el euro, pero se ha visto gravemente perjudicada por la adquisición de préstamos a gran escala en divisas extranjeras y también, seamos francos, por culpa de la mala gestión y la corrupción de los partidos liberales de izquierdas que estaban entonces en el Gobierno. Ahora, Fidesz, que forzó la aprobación de una nueva Constitución la primavera pasada con la oposición del resto de partidos, parece decidido a aferrarse permanentemente al poder.

Los detalles son complejos. Kim Lane Scheppele, que es la directora del programa sobre Derecho y Asuntos Públicos de Princeton -y que ha estado siguiendo de cerca los acontecimientos en Hungría-, me dice que Fidesz está aprovechando medidas solapadas para suprimir la oposición. Hay una propuesta de ley electoral que establece unos distritos injustamente divididos, diseñados para hacer que sea casi imposible que otros partidos formen Gobierno; la independencia judicial se ha puesto en peligro y los tribunales están abarrotados de simpatizantes del partido; los medios de comunicación estatales se han convertido en órganos del partido y hay una campaña contra los medios independientes, y una enmienda constitucional penalizaría en la práctica al principal partido de la izquierda.

En conjunto, todo esto equivale a la reinstauración del Gobierno autoritario bajo un finísimo barniz de democracia, en el corazón de Europa. Y es una muestra de lo que podría pasar de manera mucho más generalizada si esta depresión continúa.

No está claro lo que se puede hacer respecto al giro hacia el autoritarismo de Hungría. El Departamento de Estado de Estados Unidos, dicho sea en su favor, ha estado prestando mucha atención al asunto, pero este es esencialmente un asunto europeo. La Unión Europea ha perdido la oportunidad de evitar que el partido se aferrase al poder en un primer momento (en parte porque la nueva Constitución fue aprobada a la fuerza mientras Hungría ocupaba la presidencia rotatoria de la Unión). Ahora será mucho más difícil deshacer lo hecho. Pero es mejor que los dirigentes de Europa lo intenten, o se arriesgan a perder todo aquello que defienden.

Y también tienen que replantearse sus políticas económicas fallidas. Si no lo hacen, la democracia experimentará nuevos retrocesos (y la ruptura del euro podría ser la menor de sus preocupaciones).

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008.

© 2011 New York Times Service

Traducción de News Clips.

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Introducido por Reggio

18 diciembre, 2011 a las 7:18 am