«Debe haber sido idea del diablo mismo hacerme nacer en Rusia con cerebro y talento», dijo en una ocasión Aleksander Pushkin. Es probable que los miles de investigadores y jóvenes trabajadores que desde hace ya más un año abandonan el Reino de España, Portugal, Irlanda, Italia o Grecia piensen algo muy parecido. Estos países pierden a sus jóvenes trabajadores y, con ellos, parte de su futuro. El gobierno de Zapatero, siguiendo el ejemplo de su homólogo griego, no sólo no hizo nada para detener la emigración, sino que la alentó disimuladamente, pues su marcha permite aliviar los catastróficos índices de desempleo. [1] Los países ganadores de la crisis europea se dotan mientras tanto de su propio ejército industrial de reserva llegado de Europa del sur y del este en el sector secundario y terciario. [2] «No hay estadísticas oficiales sobre ellos. Nadie sabe cuántos son ni adónde se dirigen» escribe Concha Caballero en El País. «No se agrupan –continúa– bajo el nombre oficial de emigrantes. Son, más bien, una microhistoria que se cuenta entre amigos y familiares. […] Escapan a las estadísticas de la emigración porque suelen tener un nivel alto de estudios y no se corresponden con el perfil típico de lo que pensamos que es un emigrante. Quizá en las cuentas oficiales figuren como residentes en el extranjero, pero deberían aparecer como nuevos exiliados producto de la ceguera de nuestro país. […] Son una generación perdida para nuestro país y para nuestro futuro. Un tremendo error que pagaremos muy caro en forma de atraso, de empobrecimiento intelectual y técnico. Aunque todavía no lo sepamos.» [3] La emigración intraeuropea se ha convertido en un tabú: no sólo nadie sabe los números exactos, sino que los medios de comunicación españoles se han esforzado por proscribir por completo el término y lo han sustituido por el aséptico “expatriado”.
La experiencia de la emigración nunca es –al menos de entrada– amable. Cierto: ni los inmigrantes ni el país de acogida son los mismos que hace cincuenta años, pero las barreras lingüísticas, culturales y sociales no han desaparecido ni pueden hacerlo. La soledad inicial y el sentimiento de naufragio tampoco. «Me siento un traidor, siento que no me fui, que me escapé», afirma un personaje de Lugares comunes (Adolfo Aristarain, 2002). «¿Traidor a qué? Vos no te fuiste, te echaron, como me echaron a mí, como siguen echando a todos los que se van. Tu país se murió, se acabó, no existe», le replica el personaje interpretado por Federico Luppi. Peter Weiss ha descrito bien la alienación inicial del emigrante en su fría enumeración de los gestos mecánicos que se ve obligado a repetir con cada cambio de domicilio: «desempaco mi maleta, dejo mi ropa interior, cuelgo la ropa en el armario, pongo la cuchilla de afeitar, la pasta de dientes y la pastilla de jabón sobre los estantes de cristal, sobre el lavabo, ordeno el material de trabajo sobre la mesa, planto el caballete y lleno las estanterías con los libros.»
«Deutschland schön?»
Katzelmacher (R.W. Fassbinder, 1969) –término despectivo para referirse a los inmigrantes del sur de Europa– se filmó en uno de los períodos de mayor afluencia de inmigrantes a Alemania occidental: ‘Gastarbeiter‘ –literalmente ‘trabajador invitado’, en sustitución de ‘Fremdarbeiter’ (trabajador extranjero), término con connotaciones racistas por su extendido uso durante el nacionalsocialismo– fue el eufemismo con el que se conoció a estos contingentes de inmigrantes que llegaron al país tras la firma de un acuerdo entre la República Federal Alemana y sus respectivos países de origen. Los primeros en llegar fueron los italianos (1955), seguidos de los españoles (1960) y griegos (1960) y, a partir de la construcción del Muro de Berlín –que privó a la industria renana de su tradicional mano de obra emigrante procedente de Turingia y Sajonia–, turcos (1961), marroquíes (1963), portugueses (1964), tunecinos (1965) y yugoslavos (1968). Por su parte, la República Democrática Alemana cerró acuerdos similares con Polonia (1965), Hungría (1967), Mozambique (1979) y Vietnam (1980). Su llegada había de llenar en ambos casos el hueco demográfico causado en Alemania por la Segunda Guerra Mundial, en la que entre seis y ocho millones de personas perdieron la vida.
En Katzelmacher, la llegada de Yorgos –un ingenuo inmigrante griego interpretado por el propio Fassbinder–, con su traje raído, zapatos gastados, maleta de cartón y alemán precario, afecta, sin él quererlo, a la vida de cuatro parejas de una anónima localidad bávara. Aunque las relaciones entre los protagonistas entre sí y con sus respectivas parejas está dominada por el tedio (reforzado por los encuadres de cámara en que los personajes quedan aislados o en una esquina) y la hipocresía (el engaño, las infidelidades, la prostitución encubierta), cuando no el desprecio (hasta llegar a la violencia de género), es la figura del inmigrante la que concentra, negativamente, todo el odio, el rencor y la frustración acumuladas. Este proceso comienza cuando Elisabeth (Irm Hermann), la dueña del piso en el que vive Yorgos, le cobra un precio abusivo por una pequeña habitación compartida –«puede hacerlo porque se le puede pedir un alquiler mayor, porque es extranjero, porque son estúpidos», aclara un personaje–, continúa con su humillación en el bar cuando los protagonistas se aprovechan de su desconocimiento del idioma y culmina en la paliza final, después de ser acusado de comunista y de haber violado a una mujer que se había mostrado interesada en él al comienzo de la cinta y que, tras verse rechazada, se dedica a difundir la calumnia. Sólo Marie (Hanna Schygulla) se apiada de él y acaba convirtiéndose en su pareja, y así, en el primer vínculo del emigrante con su nuevo hogar.
Como no es difícil deducir, la película retrata la reificación del inmigrante, que se convierte para la sociedad que lo acoge en un objeto sobre el que se proyecta el miedo –a la competición en la esfera personal no menos que en la laboral– y el deseo. Ambos sentimientos están basados comúnmente en prejuicios culturales de tintes racistas. Román Gubern ha hablado por ejemplo, en referencia al mundo anglosajón, «de la difundida creencia en una hipertrofiada potencia sexual de las razas socialmente inferiores (como lo es la latina para los anglosajones). En este sentido, el mito del “amante latino” alberga cierta connotación masoquista, con la voluntaria sumisión y servidumbre sexual de la mujer a un ser inferior.» [4] El prejuicio vale para otras tantas etnias.
Por cierto, la película de Fassbinder comienza con una cita de su amigo Yaak Karsunke: «es mejor cometer nuevos errores que perpetuar los viejos hasta la inconsciencia.»
«Nix verstehn»
No siendo una de las películas más conocidas de Fassbinder, la Schaubühne am Lehniner Platz –uno de los teatros más innovadores de Alemania, escenario habitual de las rompedoras puestas en escena de Thomas Ostermeier– ha apostado por adaptarla al teatro. Con un timing excelente: obviamente, aquí están en juego las deterioradas relaciones germano-helenas. El sensacionalista Bild ha ofrecido –y nadie esperaba menos de él– la peor muestra de este fenómeno con titulares como “Verkauft doch eure Inseln, ihr Pleite-Griechen!” (¡Vendednos vuestras islas, griegos arruinados!), “Haben die Griechen Anspruch auf Kriegs-Entschädigung?” (¿Tienen derecho los griegos a reparaciones de guerra?), “So verbrennen die Griechen die schönen Euros” (Así despilfarran los griegos los preciosos euros) o “Frau Merkel, wir wollen auch eine Volksabstimmung! Nehmt den Griechen den Euro!” (Frau Merkel, ¡nosotros también queremos un referéndum! ¡Quitémosle el euro a los griegos!). Albrecht von Lucke ha descrito bien la situación para el Blätter für deutsche und internationale Politik: «La prensa amarilla ha resucitado los viejos clichés: aquí, los “vagos de los griegos”, allí los “autoritarios de los alemanes”. La consecuencia no es otra que dejar atrás tierra quemada en la conciencia europea. Reaparecen todos los prejuicios nacionales que se creían largo tiempo superados: la cruz gamada en el centro de las doce estrellas ondea en una bandera en Atenas como muestra de la crítica hacia el Diktat de Bruselas, del que se hace responsable a la canciller alemana. El teutón amenazador asoma la testa. Para nosotros, en cambio, “el griego en sí” aparece mientras tanto casi como la decadencia quintaesenciada: hete aquí nosotros, los corajudos y esforzados alemanes, contra todos los vagos de los países del sur de Europa.» [5]
La adaptación de un medio a otro es exigente y no siempre se salda con buenos resultados. En el caso de una película de bajo presupuesto como Katzelmacher, las cosas son más fáciles: un Volkswagen escarabajo, un telón con la reproducción de la escena final de Al final de la escapada (À bout de souffle, Jean-Luc Godard, 1960) y un bastidor con papel pintado es todo lo que Jochen Hochfeld necesita poner a disposición de Ivan Panteleev (Sofia, 1968) para su puesta en escena, en la que ha colaborado con alumnos de la Escuela de interpretación Ernst Busch. En la versión de Panteleev Yorgos es más extrovertido –quizá para resaltar el contraste hacia los personajes alemanes, quizá para no convertir al emigrante exclusivamente en víctima– y la paliza mucho más salvaje. El trasfondo del ataque es más sombrío si se tiene en cuenta que este año se celebró el vigésimo aniversario de las agresiones racistas de Hoyerswerda y se descubrió que un grupo terrorista neonazi llamado Clandestinidad Nacionalsocialista (NSU) operó durante más de una década como una suerte de Einsatzkommando, asesinando por todo el país a ocho inmigrantes turcos y uno griego.
En la buena tradición brechtiana, Katzelmacher –la obra de teatro no menos que la película– no reconcilia a los espectadores con el espectáculo ni a los espectadores entre sí. Lecciones amargas las hay aquí para todos. «¿Cómo nos tratarán los alemanes?», se preguntaba hace poco retóricamente un trabajador andaluz en un reportaje del Spiegel. «Probablemente como tratamos aquí a los marroquíes», se respondía él mismo. [5] Pero lo cierto es que nadie nos ha tratado peor que nuestros propios congéneres. Cuando los populismos de izquierdas y de derechas juegan alegremente con la destrucción de Europa, para algunos de nosotros cobran un sentido nuevo los versos del poema de Joan Maragall:
«On són els barcos. – On són els fills?
Pregunta-ho al Ponent i a l’ona brava:
tot ho perderes, – no tens ningú.
[…]
On ets, Espanya? – no et veig enlloc.
No sents la meva veu atronadora?
No entens aquesta llengua – que et parla entre perills?
Has desaprès d’entendre an els teus fills?
Adéu, Espanya!»
Hola Europa.
Notas
[1] Caroline Wenzel, “Las lágrimas de Quíos”, Sin Permiso, 10 de octubre de 2010. [2] Jorn Boewe, “El nuevo ejército industrial de reserva europeo: qué busca Alemania acogiendo la fuga de cerebros del sur de Europa”, Sin Permiso, 24 de julio de 2011. [3] Concha Caballero, “Las ilusiones perdidas”, El País, 2 de octubre de 2011. [4] Román Gubern, Historia del cine (Barcelona, Lumen, 1979), pp. 136-137. [5] Albrecht von Lucke, “Estamos empujando a Grecia a un destino catastrófico”, Sin Permiso, 26 de junio de 2011. [6] Juan Moreno “Auf Wiedersehen, Spain: Learning German to Escape the Crisis”, Spiegel, 7 de julio de 2011.
Àngel Ferrero es miembro del Comité de Redacción de SinPermiso
www.sinpermiso.info, 25 de diciembre de 2011