Caffè Reggio

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Del género absurdo, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Ha estallado la polémica porque Ana Mato, nueva ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, ha utilizado la expresión “violencia en el ámbito familiar” en vez de “violencia de género” que, según algunas entidades feministas, es lo que procede. Confieso que yo quizás habría dicho “violencia machista” porque me enseñaron que el género es para las palabras y no para las personas. Con todo, hay que decir que el adjetivo “familiar” describe bien la naturaleza de una serie de violencias que tienen lugar en el espacio doméstico. ¿Por ejemplo, cómo debemos denominar la violencia que ejerce un padre contra un hijo o un hijo contra un padre o un abuelo? Supongo que, en este caso, hablar de “violencia familiar” no provocaría urticaria entre los vigilantes de la corrección política.

Si lo he entendido bien, las críticas a la ministra se producen porque se da por hecho que el cambio de etiqueta es para “desnaturalizar la violencia de género”, en expresión de una jurista citada por este diario. Es, por lo tanto, un debate sobre intenciones más que sobre actuaciones. Algunos (y algunas) olvidan que la ley de violencia de género se aprobó por unanimidad, con los votos del PP. La conclusión es evidente: en ciertos ambientes, hablar de género se considera más progresista que hablar de familia, como si los votantes de las izquierdas no tuvieran ni padre ni madre, ni hermanos ni hijos. Habría apostado que la izquierda española ya había superado esta actitud tan poco inteligente de regalar algunos conceptos básicos a la derecha. Y mira que Blair, por ejemplo, hizo un gran trabajo reconfigurando para la socialdemocracia europea palabras como familia, seguridad, patria, orden o esfuerzo. Su tarea retórica fue fina.

Cuando hay cambios en el gobierno de un país también acostumbra a haber modificaciones en la denominación de los cajones que se utilizan para gestionar la realidad. Cambiar los nombres que utiliza la administración es una forma barata, inmediata y efectiva de hacer notar que mandan otros. Un clásico de esta estrategia es hacer que la consejería de Sanidad pase a ser la de Salud o viceversa, o renombrar Educación como Enseñanza o viceversa. La política, poco o mucho, responde a un sustrato ideológico y el lenguaje es transmisor de ideología, incluso cuando parece más inocuo. Para no ir muy lejos, recordaré que la etiqueta “cementerio nuclear” genera más oposición que la expresión oficial “almacén nuclear”. Por no hablar del éxito letal del término “recortes” y de la poca fortuna de “ajustes”.

La ex ministra socialista Bibiana Aído consideraba sin manías que en el mundo hay “miembros y miembras” de una comisión. Ella militaba en el género con tanto fervor que se pasaba el diccionario por el cogote. No consta, por cierto, que esta imaginación léxica sea muy útil a la hora de prevenir el asesinato de mujeres.

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30 diciembre, 2011 a las 7:13 am

La ley del embudo, de Andreu Mas-Colell en La Vanguardia

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En este artículo me proponía dirigirme al todavía desconocido futuro ministro, o ministra, de Economía del nuevo gobierno de España. Pensaba darle la bienvenida, recomendarle que se introdujera cuanto antes en la primera línea de los decisivos cónclaves europeos, y que aprovechase los momentos iniciales para asentar con autoridad los principios de las reformas estructurales por hacer, muy especialmente la del mercado laboral. Dando por descontado que estará comprometido con un programa de austeridad, también le hubiese pedido que no insistiera en el error de culpabilizar a las autonomías de los “excesos de gasto”, ya que esto es peligroso, tanto si sólo es un recurso retórico como si, aún peor, responde a una convicción real. Hay ineficiencias en todas partes y la Administración General del Estado hará bien en ocuparse de las suyas, que son muchas. Añadiría que para minimizar el sufrimiento que genera un plan de austeridad se requiere la colaboración estrecha entre la administración central y las autonómicas, porque gran parte de lo que es necesario recae en el ámbito normativo de la primera, tanto por acción como por omisión. Por lo que respecta específicamente a Catalunya, le hubiese manifestado que nuestra pasión por el autogobierno es muy profunda y que somos nosotros los que sabemos y determinamos lo que, en cada momento y circunstancia, es superfluo.

Pero todo esto deberá esperar y este artículo, desafortunadamente, deberá mirar hacia atrás, ya que el gobierno del señor Rodríguez Zapatero se ha permitido, en su hora postrera, otra, y muy grave, deslealtad de las muchas que le han caracterizado.

El Govern de Catalunya que surgió de las elecciones del 28 de noviembre del 2010 adoptó una estrategia para la confección del presupuesto del 2011 basada en la credibilidad, que contaba, como mínimo, con dos componentes.

En primer lugar, dado que el déficit previsto para el 2010 había rebasado ampliamente el 2,4% del PIB catalán indicado por los escenarios de estabilidad (habiendo sido finalmente del 4,2%), el objetivo del 1,3% prescrito para el 2011 era inasumible en un solo año. Nos propusimos alcanzarlo en dos ejercicios (2011 y 2012). Esta línea de conducta implicó que nuestro presupuesto del 2011 no asumiera el objetivo oficial del 1,3% (que también es el del 2012). Pensamos que el beneficio a medio plazo en términos de credibilidad nos compensaría plenamente. Resistimos, por lo tanto, todas las invitaciones a comprometernos formalmente con el imposible 1,3% para el 2011 y hacerlo de manera firme y realista en el 2012. Comprendo, he de añadir, que las autoridades económicas españolas insistieran en ese compromiso (aún sabiendo, como sabían, que era inalcanzable), ya que ellas han de dar cuenta a las instancias internacionales. Pero han de entender que nosotros damos tanto valor a cumplir nuestros compromisos como ellos. Insisto: es una situación incómoda para todas las partes, pero que tiene su origen en un desbordamiento del déficit catalán en el 2010 que fue para el actual Govern de Artur Mas una realidad con la que se encontró. No así, sin embargo, para el Gobierno central que el 24 de noviembre del 2010, sólo cuatro días antes de las elecciones catalanas, manifestó, en una reunión del Consejo de Política Fiscal y Financiera, que todo iba bien en Catalunya.

El segundo criterio para reforzar la credibilidad fue proceder de manera conservadora en la estimación de ingresos. Fuimos prudentes, tanto respecto a la recaudación de nuestros propios impuestos como de los recursos transferidos desde el Gobierno central. En particular, evitamos la incorporación de partidas fantasma, es decir partidas cuya transferencia no estaba prevista en los presupuestos generales del Estado y que Hacienda nos comunicaba que no realizaría por más que tuviéramos derecho a ello. Es el caso, nada despreciable, del Fondo de Competitividad.

Ahora bien, sí que incluimos en los presupuestos la partida correspondiente a la liquidación del año 2008 de la disposición adicional tercera del Estatut. Es una cantidad muy considerable, de 759 millones de euros. Lo hicimos porque no había dudas sobre la misma. Ha sido siempre confirmada en los constantes contactos con el ministerio, lo fue en la entrevista entre el president Mas y el presidente Rodríguez Zapatero del 7 de febrero, fue reafirmada en la reunión de la comisión bilateral copresidida por el vicepresidente Chaves y Josep Antoni Duran Lleida del 19 de julio. Por último, la partida consta en los presupuestos generales del Estado.

Nos comunican ahora, a quince días de la salida del Gobierno en funciones, que esa partida no se nos enviará. La razón, dicen, es que “no hay dinero”. Una razón que, propiamente expresada y acompañada de una oferta de diálogo a la búsqueda de soluciones, podría entender cualquiera que tenga que lidiar con presupuestos. El problema es que no es cierta. La transferencia de esta partida no afecta al déficit global del Reino de España (que es lo que importa en el exterior). Es completamente neutral respecto al mismo. Puede afectar, eso sí, al déficit y a la tesorería de la Generalitat y de la Administración central. También al coste del crédito que pudiera ser necesario, así como a la facilidad de acceso al mismo, muy distinta para las dos administraciones. Por lo tanto la decisión del Gobierno determina qué ciudadanos acabarán sufriendo las consecuencias del desaguisado. Lo que ocurre es, pues, muy simple: el Gobierno central pretende arreglar sus números y exhibirse internacionalmente, al final de sus días, como virtuoso, e intenta hacerlo a nuestras expensas, tanto en términos económicos como de reputación. Lo hace utilizando un desmedido poder de discrecionalidad (antaño referido como la “ley del embudo”) muy alejada de cualquier noción de seguridad jurídica. ¿Cómo podemos fiarnos de un Estado así?

En conjunto, una actuación muy poco honorable.

Andreu Mas-Colell, conseller de Economia i Coneixement de la Generalitat de Catalunya.

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11 diciembre, 2011 a las 7:13 am

La decadencia de las palabras, de Gustavo Martín Garzo en El País

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“Acojamos el tiempo tal como él nos quiere”, esta es la cita de Shakespeare que Stefan Zweig elige como pórtico de su libro de memorias, El mundo de ayer; un libro en el que habla de esa generación que vivió entre las dos guerras haciendo suyo el sueño de una Europa unida por el arte y la cultura. La última generación capaz de creer en el ser humano, como se afirma en la contraportada del libro.

¿Es verdad esto? ¿Podemos afirmar que la crisis de la razón y de la cultura es tan grande hoy en día que ya no es posible un sentimiento así? Vivimos en un mundo convulso y complejo, lleno de flagrantes injusticias, pero no es peor que el que le tocó vivir a Stefan Zweig, y basta leer su libro para ratificarlo. Puede que exista, sin embargo, una diferencia esencial. Leyendo a los escritores de ese tiempo, se tiene la impresión de que en el nuestro hemos dejado de creer en el valor de las palabras. Stefan Zweig pertenece a un mundo que pensaba que los escritores tenían algo que decir y que, por lo general, contribuían con sus libros y artículos a mejorar las cosas; mientras que hoy día no me parece que nadie piense nada parecido.

Zweig era un heredero de la Ilustración e, influido por el psicoanálisis, estaba convencido de que bastaba con nombrar los problemas para que estos empezaran a resolverse. Su libro está escrito en el año 1942, cuando el nazismo extiende su red fatal sobre toda Europa, y, a pesar de todos los horrores que narra, está lleno de esperanza. Es cierto que unos meses después de terminarlo se suicidará con su mujer en Brasil, pero no lo es menos que cuando tiene que elegir las palabras que van a cerrar sus memorias, y su propia existencia, elige unas que afirman el poder sagrado de la vida: “Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, solo ese ha vivido de verdad”.

Es cierto, sin embargo, que muy pocas veces las palabras han valido menos que hoy. Se trata de una paradoja, puesto que cuanto más hablamos y escuchamos hablar menos parece valer lo que decimos. En nuestro tiempo, el lenguaje no solo se utiliza para ocultar la realidad, sino que nadie se hace responsable de lo que dice, por lo que ha dejado de extrañarnos que alguien pueda afirmar hoy justo lo contrario de lo que opinaba unos días atrás.

Y es en la política y en los medios de comunicación donde estos vicios han adquirido un descaro mayor. Miguel Delibes escribió hace años que la misión del escritor era la convocatoria de la palabra, y convocar la palabra es algo más que una actividad estética, tiene un valor moral. Al hablar o escribir buscamos hacer posible un espacio de conocimiento, responsabilidad y alegre locura, un espacio deencuentro con los demás. Son las palabras las que vuelven habitable el mundo.

Ser hombre es vivir en el lenguaje, alimentarse de palabras. Símbolo, según Covarrubias, viene de symbolum, que significa señal para reconocerse, aludiendo a una tablilla que, repartida entre dos o más personas, estos debían completar al encontrarse para identificarse entre sí. El origen de nuestro pensamiento es esa falta. O dicho de otra forma, hablamos con los demás, y les hacemos hablar, tratando de recibir de ellos lo que nos completa. No creo que hoy día muchos esperen algo así de los escritores. Se espera, a lo sumo, que amenicen las sobremesas de los políticos y de los medios de comunicación. En estos últimos años hemos asistido a una pérdida indiscutible del prestigio del universo del libro. Los cambios se han sucedido a una velocidad de vértigo, y el hombre actual apenas ha tenido tiempo para asimilarlos. No me refiero solo al hombre que podríamos considerar común. También entre el hombre culto de hoy y el de hace unas décadas hay diferencias esenciales. Hoy día, por ejemplo, sería difícil encontrar a un hombre, por muy culto que fuera, que conociera el latín y el griego, que pudiera recitar de memoria a Homero o a Virgilio, o ciertos monólogos de Shakespeare.

Las lecturas se suceden, pero nadie parece interesado en demorarse más de la cuenta en un libro, ni en aproximarse por tanto a ese ideal de lectura que le hacía afirmar a Joyce que el libro verdadero era aquel que exigía al lector que entregara su vida a la tarea de leerlo. El lector que alimenta con su elección las listas de libros más vendidos en nada se parece a ese misterioso lector del que hablara Lezama Lima, que llega a tener para una sola lectura la presencia y esencia de todos sus días.

Las mismas páginas de cultura de los periódicos, como hace poco denunciaba con lucidez Juan Goytisolo, cada vez se parecen más a las páginas de ocio o a las revistas del corazón, como si todo su afán fuera complacer a los que no leen en vez de a esos discretos lectores de los que hablaba Joyce. La abundancia de novedades, la inserción decidida en una cultura de la compra y el desecho, hacen incluso de esa figura improbable del lector de hoy algo bien distinto de lo que podía ser hace años. Es uno de los nombres más de ese acumulador insaciable en que se ha convertido el hombre occidental. Nunca este se ha movido más por lo que ve, lo que puede poseer de manera inmediata. “El materialismo, ha escrito Borges, dijo al hombre: hazte rico de espacio. Y el hombre olvidó su propia tarea. Su noble tarea de acumulador de tiempo. Quiero decir que el hombre se dio a la conquista de las cosas visibles. A la conquista de personas y de territorios. Así nació la falacia del progreso. Que el hombre vuelva a capitalizar siglos en vez de capitalizar leguas. Que la vida humana sea más intensa en lugar de ser más extensa”.

La pérdida de prestigio y autoridad de la institución literaria parece indiscutible en nuestros días. Pero ¿y si esto no fuera tan malo? ¿Y si favoreciera el nacimiento de una relación distinta con los libros, aquella que por otra parte es la que siempre han tenido con ellos todos los verdaderos lectores? ¿Y si ese olvido general les estuviera favoreciendo, si favoreciera a los escritores, que olvidados de ese papel social pueden concentrarse de una forma más decisiva en su propia tarea, ocuparse tan solo de escribir mejor, de hacerlo como forma extrema de resistencia frente al mismo olvido y la muerte del pensamiento? ¿No fue visto en muchos círculos de vanguardia el éxito mismo como un signo de corrupción artística?

En un cuento de los hermanos Grimm, Los seis cisnes, una niña tiene que coser seis camisas de anémonas y permanecer en silencio varios años para conseguir que sus hermanos, hechizados por una bruja, recuperen la forma humana. El lector debe ser como esa niña. La literatura no nos entrega un saber, sino un espacio de incertidumbre y espera. Tiene que ver con lo que no conocemos, es el reino del secreto. Como hace la niña del cuento de los hermanos Grimm al tejer en silencio sus camisas, leer es depositar en el mundo una verdad perteneciente al alma.

Gustavo Martín Garzo es escritor.

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26 noviembre, 2011 a las 8:16 am

Buscando una historia bonita, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

De nada ha servido llevar varias semanas diciéndome que llegaría un sábado campanudo en el que debería escribir sobre las setas, los otoños, las lluvias, la ternura, el fuego del hogar y las castañas, sí, también las castañas. Tengo una mala relación, desde la infancia, con las castañas. He comido tantas, y de una manera tan sosa y repetida, que aún es el día que debería reencontrarme con las castañas. Bien hechas y en puré es un delicioso acompañante de la caza. Hubo una época en que era capaz de hacer quinientos kilómetros por una becada, pero desde que la han convertido en un chupa-chups correoso, ni me muevo.

Pensé en la caza y las castañas, pero me pareció ridículo.

Confío que la crisis se llevará toda esa caterva de fantasmas de la cocina, que aúnan su condición de comentaristas egregios con la de divertidos trepadores sociales. ¿Ustedes han sido capaces alguna vez de leer los textos que acompañan a los vinos, sin una sonrisa?

¡Literatura de época! Pero me equivoco y probablemente ellos serán de las pocas cosas que sobrevivan, igual que los bufones sobrevivieron a las monarquías absolutas.

Semanas pensando en un tema hermoso que culminara esta jornada de Reflexión, Día de Acción de Gracias de la Democracia, y debo reconocer que he fracasado. Primero pensé en una novela. Un libro impresionante, por su calidad literaria, que me permitiera explayarme. El primero que pensé fue en Zarabanda, de Miguel Sánchez-Ostiz. Un título hermoso, casi festivo. Pero cuando me puse a desarrollarlo me encontré que debía explicar que Sánchez-Ostiz es uno de esos escritores que tienen el insólito mérito de escribir libros que aumentan la lista de sus enemigos y reducen el número de sus lectores. Sin contar con lo enjundioso que le debe resultar el encontrar editor, porque después de haberlo hecho hace años con los grandes -los que ponen y quitan genios de la literatura-, ha pasado a hacerlo con otros más modestos; dignos, pero humildes de todo, hasta de solemnidad.

En fin, que me metía en el lío de explicar que está editado por Pamiela, pero además, si le dedicaba el artículo, debía desarrollar, quizá por lo menudo, que se trata de una historia siniestra de personajes que se creen muy divertidos, y que inevitablemente me metía en la sociedad vasco-navarra, que es como uno de esos misterios sagrados, que son al tiempo diferentes y parecidos. Cosa del todo impropia en un día como hoy, porque de poco vale luego salir diciendo que se trata de uno de los textos más rotundos y elaborados que se han publicado este felicísimo año de crisis y buena cocina Michelin, sino que además es improbable que alguien se entere de que ha sido editado.

Rechazada pues la pormenorización de la magnífica Zarabanda de Sánchez-Ostiz, por comprometido, pensé en algo completamente diferente. Un texto seco y sentido de un escritor al que sigo como perro fiel -lo suyo sería escribir “sabueso”, que queda más fino- pero reconozco que lo mío por John Berger es una querencia casi animal. Ya sé que no está en las listas, pero como en los chistes malos, dado que las listas las hacen las tontas, hemos de admitir nuestra condición de sedentaria minoría, sin vergüenza de serlo. Autor de culto, se dice ahora, para designar el que no vende una escoba; pero será el que lean nuestros nietos, si es que sobreviven a la estupidez ambiental, que en esto no me queda más que ser optimista.

John Berger es como un referente -otra expresión aplastante, que intimida- del mundo anglosajón, e incluso fuera, y me parecía interesante, hasta hermoso, explicar cómo un hombre que había hecho libros como Puerca tierra o G. -sencillamente G.- construye una minúscula obra maestra de poquitas páginas, magníficamente editadas por Abada Editores. Pero no es fácil dedicarle un artículo a un texto cuyas primeras líneas son: “Debería comenzar por cómo lo quería, de qué manera, con qué tipo de incomprensión. Y cuánto”. Y por si fuera poco, titulado El toldo rojo de Bolonia. ¡Rojo y de Bolonia, con la que está cayendo! Se entendería como una provocación y una solapada insinuación.

Confieso que lo que más trabajo me costó evitar fue la historia de Lise Bonnafous.

Habló de ella aquí Pi de Cabanyes. Lo tenía todo para dejar al lector sobrecogido y perplejo, y más porque es real. Estamos tan metidos en lo nuestro que se nos escapan las historias de ahí al lado, de Béziers, en la Francia vecina. El periodismo se muere cuando la gente deja de interesarse por lo que le ha ocurrido a la señora del barrio, que acaban de llevar en una ambulancia, y que a lo mejor ha dejado gatos, sobrinos, la tele encendida y el gas abierto. El autismo social no lee periódicos.

Una de esas historias que marcan. Además ocurrió apenas hace unas semanas, el 13 de octubre, cuando Lise Bonnafous, veterana profesora de matemáticas en el instituto Jean Moulin, de Béziers, decidió denunciar de la manera más drástica el acoso al que se veía sometida por el llamado nuevo mundo de la enseñanza, según el cual los alumnos pueden interrumpir tu clase cuando les pete, los padres te denuncian porque consideran que eres demasiado dura con sus retoños, y los compañeros y las instituciones consideran que te tomas las cosas demasiado en serio. Con el rigor que otorga la veteranía de no haber hecho otra cosa que estudiar para superar la pobreza y la ignorancia, y convertirse en profesora de chavales como había sido ella, descubrió que a sus 44 años no tenía otra posibilidad que la de inmolarse para demostrar que así no había futuro.

Me hubiera gustado contar su calvario, su pasado, su vida, su entrega, su soledad, porque es una historia hermosa dentro del espanto que imprime su final, pero lo dejé porque se hubiera podido interpretar como lo que es, una denuncia. Así que me decidí por no contar los detalles propios del caso, como se hacía antaño; el momento en el que, con todos los chavales en el patio, se echó el frasco de gasolina y se prendió fuego. Por la mañana había avisado a la dirección del centro que sólo daría la primera clase. Entiendan que es el tipo de historia que ayuda a la reflexión pero posiblemente se consideraría demasiado escorada electoralmente.

Al final hube de quedarme con la más singular de las historias, la que nunca hubiera imaginado que me diera para un artículo y mucho más. Me preguntaba en la pasada ocasión  si la historia de Nanni Moretti y su Papa dimisionario era algo único. Amigos sabios y lectoras atentas me iluminaron. Y sucede que sí, que hubo uno muy comentado, allá por el siglo XIII, que renunció a los cuatro meses. Se llamaba Celestino V y fue un personaje tan apasionante que convierte lo de Moretti y su cardenal Melville en un juego de niños.

Pero comprenderán que una cosa es una jornada de reflexión y otra construir un relato truculento sobre aquella épocas que los historiadores de la Iglesia denominan “siglos tenebrosos”. El anacoreta Pietro de Morrone, que llegó a Papa gracias a una oportuna profecía y a la espada del rey de Nápoles, no dimitió, concepto moderno, inadecuado. Le forzó el cese quien sería su sucesor, Benedicto Galeani, que consiguió el papado en una sola sesión de cónclave. Un tipo singular el tal Galeani que se consagraría como Bonifacio VIII. Pero he de quedarme aquí, porque si sigo con esta historia me arriesgo a meterme en apreciaciones que afectan a las convicciones de partidos que hoy reposan, vísperas de la consulta. No obstante, puesto a reconocer precedentes menos historiados, hubo otro más obvio, pero bastante menos literaturizado. El papa Benedicto IX, en el siglo XI, cesó voluntariamente al vender el cargo a su padrino, el arcipreste Juan Graciano, que sería conocido luego como Gregorio VI.

Es lo que tiene ponerse a rebuscar; que creemos hacer erudición y acabamos metidos en un berenjenal poco oportuno en día tan señalado. En fin, el reconocimiento de un fracaso: no soy capaz de encontrar una historia bonita.

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Introducido por Reggio

19 noviembre, 2011 a las 7:20 am

Mario Tascón: “Los periodistas en España promueven Twitter para vender su marca personal”, de Álvaro Gago en vozpopuli.com

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‘Twittergrafía’, el libro todavía sólo en papel de los periodistas Mario Tascón y Mar Abad, analiza cómo los usuarios escriben en esta red social Twitter. Los famosos y los periodistas han popularizado su uso. Los autores explican cómo se lanzan mensajes, cómo los políticos y las empresas intentan llegar a los votantes y consumidores, pero, sobre todo, cómo los ciudadanos han conquistado esa nueva plaza pública virtual.

Muchos periodistas españoles han pasado en el último año de ser considerados como aves nocturnas –por aquello de que era habitual encontrarselos en los bares con la hora de cierre más flexible– a ser identificados por el pajarito de Twitter. Usan la red social para seguir los movimientos de líderes y famosos a los que antes sonsacaban información con una copa en la mano y un cigarrillo en la otra. Pero la cosa no queda ahí. Gran parte de la profesión lanza tweets a diario, con una tableta electrónica en la derecha y un smartphone en la izquierda. Dan información y opinión, pero además publicitan su marca personal, la cual antes establecía su valor por una firma en los periódicos (los de mayor reputación con foto incluso a color) y que ahora lo hace con un perfil y una etiqueta en Twitter.

Todavía caliente, como la red de ‘microblogging’ estos días con el anuncio del abandono de la violencia de ETA -en Vozpópuli muchos lectores se sumaron al seguimiento al minuto que dedicamos por Facebook y Twitter-, la versión en papel de libro ‘Twittergrafia’ de los periodistas Mario Tascón y Mar Abad ha sido presentada esta semana. Tascón, considerado uno de los gurús de la red en España, es consciente de que la obra tiene fecha de caducidad de “un año como mucho” dado al constante cambio que vive el sector. Los autores analizan cómo escriben los usuarios en la red social, cómo se lanzan los mensajes, cómo los políticos y empresas se modernizan y tratan de llegar a votantes y consumidores. Explican cómo en cuestión de minutos un tuitero puede ser “linchado” por el resto de usuarios simplemente porque una de sus entradas no ha sido acertada.

Voces en contra

La popularización de Twitter en España es inegable. Mario Tascón asevera que ya ha quedado atrás la idea de algunos que decían que es “una moda” y “en particular, ha dejado de ser una estupidez para los periodistas”. Debe ser un canal para dar algo más y distinto a los titulares. Los periodistas y los famosos son los que han dado el mayor impulso al uso de Twitter en España, afirma. “Los periodistas promueven el uso de Twitter en España para vender su propia marca”, argumenta. Tascón es de los que cree en Twitter como una buena herramienta de trabajo para los profesionales de la información, pero otras voces de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) estiman que está degenerando el oficio. Son varios miembros de la ejecutiva de la Asociación de la Prensa de Madrid los que entienden que el uso de la red social no es el adecuado. Consideran que por tener más seguidores no se es mejor periodista.

‘Top Ten’ de los periodistas en Twitter

La periodista con más seguidores en España es Anna Simón (Neox) con más de 270.000 usuarios. Le siguen Ana Pastor (TVE) con cerca de 150.000, Berta Collado (Neox) con 135.000, Marilin Gonzalo (Marilink.net) con 112.000, Juan Gómez Jurado con 104.000, Susana Guasch (La Sexta) e Ignacio Escolar con 81.000 cada uno, Antoni Daimiel (Canal+) con 77.000 y Nico Abbad, Nico Abbad (Cuatro) con 75.000 y Carlos Martínez (Canal+) con 74.000 seguidores, según la contabilidad de www.twitter-españa.com. El ‘tuitero’ Pedro J. Ramirez cuenta con más de 60.000 fieles que siguen sus numerosos tweets diarios. El director de El Mundo es uno de los más activos en la red.

Amazon y Apple

‘Twittergrafia’, de la editorial Catarata, dispone ya de tres capítulos que se pueden descargar de la red de manera gratuita a través de Fundéu. La versión completa, por ahora, está sólo disponible en papel. No obstante, se estudia su inclusión en alguna librería virtual. Cabe destacar que acaban de desembarcar en España las de los gigantes Amazon y Apple Store. En opinión de Tascón, las editoriales españolas no han querido ni sabido gestionar la evolución del libro electrónico. La popularización de las tabletas, dice, ha abierto un nuevo rumbo para el sector. En referencia a los quioscos virtuales, no obstante, reconoce que la difusión que suponen todavía en el negocio de la prensa es todavía muy reducida.

La gente aprende, habla y ama a través de todo un nuevo ecosistema mediático que no existía hace algunos años. Para los autores de ‘Twittergrafia’ este es el punto de partida también para el la evolución a corto plazo del panorama mediático.

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Introducido por Reggio

22 octubre, 2011 a las 7:08 am

Muertes de perro. El poeta (1), de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Le cortó el cuello un marroquí a las 6,20 de la mañana -como se hace con los corderos, pero sin mirar a LaMeca-, cuando trataba de recuperar una bicicleta que le habían robado. Sucedió en Barcelona, a la puerta del número 12 de la calle Palma de Sant Just, a unos pasos de la plaza Sant Jaume, centro político de Catalunya y de la ciudad. Empezaba el último jueves de septiembre y se acababa un poeta de 33 años, tres libros y probablemente tres vidas. Es posible que haya tantos poetas en Catalunya que por eso no llame la atención, y en el mejor de los casos la gente dirá que al fin y al cabo es como el joyero anónimo asesinado, o la vieja pensionista tironeada, o al parado atracado; otra víctima del destino aciago de vivir en ciudades donde mucha gente se gana la vida a costa de la vida de los otros. Todos son iguales, es cierto, pero el poeta es un además.

Salvador Iborra había nacido en Valencia, escribía poesía en catalán, publicaba donde podía y escribía donde le dejaban. La vida de un poeta es un milagro, porque si hay algo que está fuera de toda convención en el mundo que sufrimos es la de ser poeta. Desarrolla una especie de doble vida, vista desde un ángulo más oscuro que cualquier perversión sexual, y es que sin estar ilegalizada, aparece como una contravención a las reglas más obvias de una economía de mercado. Siempre he tenido cierta reticencia hacia la poesía de Muñoz Rojas, no sólo porque me parece un poeta menor sino porque su categoría de hombre con gran fortuna, le convierte en una referencia. Como si le gente dijera, “fíjate, es rico y poeta”. Una paradoja que obliga a preguntarse si lo importante es lo primero o lo segundo.

¿Y qué decir de Wallace Stevens? ¡Cómo es posible ser directivo de una casa de seguros y al mismo tiempo poeta mágico, sensible hasta la minucia! Un agente de seguros tierno es como un boxeador con puños de cristal. Casi un oxímoron, que decimos los pedantes. Verdaderamente el mundo de los poetas es diferente al nuestro. Viven con nosotros pero emiten en otra onda. ¿De qué vive un poeta? Es la única profesión que jamás ha podido comer de lo que produce; nunca, ninguno. Podría ilustrarlo con dos casos hispanos muy dispares y jugosos en lo cotidiano, Juan Ramón y Alberti. ¿Cómo sobrevivieron sin hacer otra cosa que lo suyo? Juan Ramón, gracias a la paciente e industriosa Zenobia. Alberti, literalmente, del sablazo.

Han matado a un poeta y no sabemos nada. Ni de su vida ni de su muerte. Que estudió Filología Catalana, que buscaba trabajo como todos, que iba a entrar de interino de una escuela de Cerdanyola del Vallès, que había conseguido un par de premios, uno dotado por el Ayuntamiento de Arenys de Munt y otro en Badalona, gracias a los cuales logró publicar sin empeñar la dentadura. He buscado sus tres libros y me han asegurado que sólo quedan tres ejemplares; uno en Mataró, otro en Tarragona y el último en Alicante. ¿Qué habrán editado, cien ejemplares? ¿Doscientos? Probablemente lo reeditarán, porque los poetas tienen el fúnebre privilegio de que triunfan, algunos, cuando mueren; otra diferencia con el resto de los mortales.

Y de su muerte, qué sabemos. He caminado por la Palma de Sant Just, una de esas callejas del hoy llamado Barrio Gótico de Barcelona, hermosa, mucho; imagino que más de día que de noche. Empieza en una plaza recoleta, la de Sant Just, y se adentra en quiebra apenas dos manzanas y media, terminando en una pared. Sospecho que no lo es mismo pasearla que vivir en ella. El número 12, donde vivía y se desangró, no guarda recuerdo alguno, ni una pintada, ni una flor, nada. Volví una y otra vez, pensando que mi vista cansada ya no distingue los ecos de las voces. ¡Pero no hay alguien que plante ahí un grito tras el crimen! Pensaba en esas velas y flores que retrataron; los servicios municipales son implacables con los recuerdos y benévolos con la basura. Es sabido.

¿Y qué sucedió? Que estuvo con un amigo que venía en bicicleta, que la dejó a la puerta sobre la una de la mañana, que cuando salieron se la habían volado, que la estuvieron buscando sin éxito, y que ya de retirada volvió a su casa, pasadas las seis, y descubrió que la había robado su vecino, el del entresuelo primera, un marroquí instalado de extranjis, y la reclamó y entre el marroquí y su amigo debieron llamarse a andanas y por un quítame allá esa bicicleta, uno de ellos le abrió el cuello. Barcelona no es una ciudad para noctámbulos sin limusina

Y aquí llega la nota de color, el detalle posmoderno. Los dos delincuentes, con más antecedentes por robo con violencia que un sicario colombiano, a diferencia de Colombia y hasta de México, aparecen nominados para el óscar del anonimato. El muerto se llamaba Salvador Iborra, pero ellos, para preservar su honor y los honorarios de sus abogados, se llaman Saodi M. y Zakari X. M.. Al primero lo pillaron horas después, imagino que a partir de los testimonios de los vecinos que debieron de oír, a su pesar, los gritos y hasta el espanto de un hombre cuando le cortan la yugular y nada tiene ya arreglo. Al otro lo buscaron en Mollet del Vallès. Ni una foto, ni siquiera del poeta muerto, fuera de una en las páginas locales de El País de Cataluña, donde se le puede contemplar de perfil, fumando, en un escorzo que trasluce una cierta timidez arrogante.

Hay dos cosas en las que estamos a la cabeza del mundo; somos los mayores consumidores de cocaína del planeta y el único país donde los delincuentes tienen el derecho a ser anónimos. Recientemente el Tribunal Supremo ha librado de un buen puro a un diario gallego porque reprodujo el nombre y la foto de un maltratador, juzgado y condenado, que consideraba afectada su honra al aparecer nominado en el periódico. En Asturias un tipo le metió su buena docena de puñaladas a su mujer porque no estaba de acuerdo en ver el programa de televisión que él quería. Y sigue tan pancho, llamándose Manolo R. P. ¡Vaya anuncio que se ha perdido la cadena elegida! Imagínense un spot que dijera “por ver este programa un marido metió 12 cuchilladas a su esposa”.

Un poeta ha muerto en Barcelona por una bicicleta que ni siquiera era suya. Y mucha gente dirá que eso debe traducirse en que no debes meterte en líos, y que veas lo que veas, haz como que no te enteras. La Sicilia del pizzo. No te impresiones por nada, no hagas nada que pueda ser interpretado como un rechazo; compórtate como en la vida normal: si roban, es porque todo el mundo lo hace; si matan a un vecino, pregúntate qué habrá hecho.

Otra singularidad dentro de esta alucinante historia del poeta degollado es que sus amigos le recuerdan, lógico, y que pensaban hacerle un homenaje el próximo día 13, en un bar, pero como todos están muy afectados lo han retrasado hasta que se recuperen del trauma. No sé en qué sociedad vivimos, ni si tiene algún sentido escribir sobre estas cosas, pero a mí me parece que la muerte de un poeta, tanto más que la de tantos anónimos crímenes que ya no aparecen en los diarios, es un síntoma. Nos pueden ir matando a todos, que al final ocurrirá como en México, que el poder, el presidente, el alcalde, las autoridades oficiales, encontrarán una fórmula perfecta según la cual nosotros somos culpables, por estar donde nos mataron.

Ya oigo los claros clarines de quien se pregunta, ¿qué persona normal puede ir en bicicleta a altas horas de la madrugada? Bastaría con eso para pararnos un momento, sencillamente eso, y preguntarnos si las guerras en las que estamos metidos, las protestas, los indignados, las miserias de los parados, importan un carajo cuando es posible que se muera un poeta por recuperar una bicicleta que le han robado a su amigo y que caiga abandonado como un perro. Si eso es posible, lo demás es obvio. De lo poco que sé de Salvador Iborra me impresionó el título de su último libro. Els cossos oblidats. Premonitorio, porque tanto el castellano como el catalán admiten la audacia de traducir “los cuerpos” como si fueran “los cadáveres”.

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Introducido por Reggio

15 octubre, 2011 a las 7:20 am

Regla fiscal que limite el déficit, de Pedro Landeras en Cinco Días

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Los dos grandes partidos políticos, PSOE y PP, parece que se han puesto de acuerdo para evitar que en el futuro vuelvan a producirse desequilibrios fiscales como los que hoy soportan nuestras maltrechas administraciones. Es una buena noticia y debemos acogerla con interés. Pero, ¿es conveniente una regla fiscal que limite el déficit? ¿Ha de plasmarse necesariamente en la Constitución? Estas preguntas son las que se ha hecho Fedea en el contexto actual y a las que responde en un documento que ha hecho público recientemente y que a continuación resumo.

Las reglas fiscales que limitan el déficit público tienen pros y contras. Pueden servir para ofrecer coherencia temporal a las decisiones de política fiscal de las Administraciones públicas y asegurar la sostenibilidad de las cuentas públicas en el medio y largo plazo. Bien diseñadas, además de permitir un crecimiento más equilibrado de la economía a lo largo del tiempo, refuerzan la credibilidad de un Estado y facilitan su acceso a los mercados de deuda.

Es importante enfatizar que una regla fiscal puede acomodar tanto gastos e impuestos altos, como gastos e impuestos bajos. No tiene por qué implicar recortes de gastos ni una reducción del estado del bienestar.

Ahora bien, una regla fiscal que limita el déficit público resta capacidad de reacción a los gestores públicos frente a las crisis. Por ello, es fundamental que deje suficiente margen para la flexibilidad. Debería basarse no en el déficit corriente en un año en concreto, sino en una medida de superávit o déficit estructural que corrige por los estabilizadores automáticos.

Además, debe considerar dos factores en el objetivo de superávit estructural. Por un lado, un sesgo positivo, por ejemplo, del 1,5% del PIB, que asegure un suficiente grado de maniobra fiscal en el caso de la llegada súbita de una crisis como la actual. Y, por otro, un factor que corrija por la razón de deuda pública sobre PIB. Por ejemplo, por cada punto de la razón por encima de 50%, el objetivo de superávit estructural podría subir un 0,02% (y al revés en caso de que la deuda fuera inferior). Así, con una deuda de un 80% del PIB, el objetivo de superávit estructural sería el 2,1%. Si la deuda pública fuera el 20% del PIB, el objetivo de superávit estructural sería el 0,9%.

Aun bien diseñada, la regla fiscal puede fracasar si no implementa adecuadamente. Otorgarle un rango constitucional puede contribuir a afianzar su credibilidad y a demostrar el compromiso serio de una sociedad con la responsabilidad fiscal. En este contexto, la creación de un Consejo de Política Fiscal, dirigido por un grupo de expertos independientes, con un equipo y presupuesto propio que estudiaría las condiciones de la economía española y contabilizaría las cuentas públicas y el efecto del ciclo económico sobre las mismas, podría ayudar mucho a implementar una regla fiscal.

Existen precedentes en países de nuestro entorno (véase Suecia, Holanda, Bélgica, Dinamarca o Reino Unido), que han demostrado independencia y profesionalidad. También el ejemplo de los bancos centrales, independientes en la mayoría de los países avanzados, es un referente. Un buen diseño institucional, con mecanismos de supervisión como auditorías periódicas por expertos internacionales o informes a las Cortes, garantizarían el correcto funcionamiento de este Consejo.

Incluso con rango constitucional, una regla fiscal es inútil si de su incumplimiento no se deriva ninguna consecuencia. Por ello, es importante establecer mecanismos automáticos que respondan a las desviaciones del objetivo trazado. Algunos que podrían aplicarse en casos de déficit excesivos podrían consistir en: primero, establecer recargos automáticos sobre IRPF, Impuesto de Sociedades e IVA; segundo, establecer límites de gasto automáticos en consumo e inversión pública; y tercero, establecer reducciones automáticas de sueldo de los miembros del Gobierno nacional, autonómico y locales.

En resumen. Una regla constitucional para limitar el déficit, sí. Siempre que esté bien diseñada y sea el reflejo del consenso social a favor de la responsabilidad fiscal. Pero además, siempre que se acompañe de reformas económicas que resuelvan los problemas estructurales de nuestra economía, que no son solo de índole fiscal.

Dados los problemas de sostenibilidad presupuestaria a los que nos enfrentamos y la negativa experiencia de España con los mercados internacionales de deuda, la introducción de una regla fiscal puede contribuir, en el marco de un programa global de reformas, a afianzar la recuperación de nuestra economía, al crecimiento del empleo y a garantizar un estado del bienestar generoso e integrador. Toca pues también reorientar las reformas emprendidas en nuestro mercado de trabajo, en el sistema financiero y en la educación, hoy por hoy insuficientes para lograr lo anterior.

Pedro Landeras. Adjunto al Director de Fedea.

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30 agosto, 2011 a las 7:09 am

Acta fundacional de Europa, de Manuel Mandianes en El Mundo

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TRIBUNA: ROBO DEL ‘CÓDICE CALIXTINO’

En ‘La taberna’, de Zola, los habitantes de París tuvieron la siguiente impresión ante los primeros efectos de las máquinas que hacían tornillos: «Es que son demasiado perfectos y por ello me parecen mejor los que hacen ustedes. Allí por lo menos puede verse la mano del artesano, la mano del hombre». El robo del Códice Calixtino parece perpetrado por ángeles, pues no se ve por ningún lado la mano del hombre. No hay signos de fuerza ni violencia. Hay bandas especializadas en el expolio de obras de arte que ofrecen su botín a grandes coleccionistas. Los especialistas en este tipo de crímenes suelen hacer cosas de película, pero es difícil imaginar un hurto tan limpio como el del Codex.

El Codex es, en su casi totalidad, un compendio de cinco libros de tradiciones y creencias de una época. El único libro que puede ser histórico en el sentido moderno del término es el primero, que trata del oficio litúrgico de la fiesta del Apóstol, interesante para los historiadores de la liturgia.

El segundo versa sobre los milagros de Santiago, cuando muchos no creen ni siquiera en la posibilidad de los milagros. El tercero trata sobre la traslatio -el traslado por sus discípulos del cuerpo muerto del apóstol desde Jerusalén a Santiago-, y muchos no creen que Santiago viniera a España ni vivo ni muerto, por lo que esa traslatio no puede ser histórica. El cuarto aborda la aparición de Santiago a Carlo Magno, lo cual es una pura fantasía y fruto de la imaginación. Y el quinto es un libro de viaje, la primea guía, llena de prejuicios sobre los habitantes de los pueblos por donde va pasando.

El Códice Calixtino es un libro que recoge historias fabulosas de grandes personajes históricos, odas referidas al Camino, a la cristianización de Europa y a la lucha contra todos los enemigos del cristianismo, fundamentalmente el islam. Santiago se le aparece a Carlo Magno y le recrimina que haya conquistado un montón de países y se haya olvidado de limpiar de moros su camino y la ciudad en donde está enterrado. El Apóstol pide al héroe histórico que lleve a cabo el mito de liberación realizado anteriormente por otros muchos.

Apolo venciendo la Pitón. Edipo vence la Esfinge que asolaba Tebas y a sus habitantes. Teseo venció y mató al Minotauro que exigía al rey de Atenas un tributo de doncellas cada poco tiempo. Ya en época cristiana, San Miguel venció al monstruo del monte que hoy lleva su nombre. San Jorge venció al monstruo del lago que iba a devorar a la hija del rey. San Patricio y Santiago tuvieron que vencer las serpientes que les querían impedir el paso hacia Irlanda y Galicia, respectivamente, para cristianizarlas. La Pitón, la Esfinge y el Minotauro eran enemigos que tenían asolados a aquellos territorios. El monstruo y las serpientes simbolizan los enemigos de la identidad cristiana de Europa. Pero como no hay revolución ni liberación perfecta, el mito de la Reina Loba, una mora, presente en muchos puntos de la vieja Europa, es el vestigio de la presencia del mundo árabe en el viejo continente.

Hablar del valor material del Códice es completamente aleatorio, pues el valor de toda obra de arte depende, además de su carga simbólica e histórica, de su importancia artística, que depende a su vez de las corrientes de la moda y, muy especialmente, de la promoción que reciba. Tuve la oportunidad de hablar en una ocasión con un coleccionista que había comprado casi toda la obra de un pintor desde sus comienzos y ahora quería vender parte de ella. «Pero antes de hacerlo, invertiré una buena cantidad de dinero en hacer una campaña para darlo a conocer para ponerlo de moda».

El valor del Códice Calixtino es incalculable, como lo es siempre la valía mítica y simbólica de un tesoro. Es la historia oral, tradicional, de una época de Europa. Es el acta fundacional de la Europa cristiana y moderna, mucho más trascendental que el Tratado de Lisboa. Es la justificación del Premio Carlo Magno que concede el Gobierno alemán cada año a una personalidad que se haya destacado por su labor en pro de Europa. De hecho, el renacimiento espectacular del Camino de Santiago en nuestros días coincide con una crisis de identidad de Europa que se siente invadida y amenazada por miles de culturas ajenas.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC y escritor.

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13 julio, 2011 a las 7:18 am

Alice en Twitterland, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

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CARTA DEL DIRECTOR

La del alba sería cuando el 10 de marzo decidí comenzar mi Timeline de Twitter. Ciento y pocos días después, en el momento de la revisión final de esta Carta, he enviado 6.561 mensajes de 140 caracteres -la inmensa mayoría con mis propios dedos-, tengo 39.150 seguidores y perseguidores y aspiro a incrementar esa cifra con muchos de ustedes porque mi propósito de hoy, lo digo sin ambages, es abiertamente proselitista.

Nuestro gran Pedro G. Cuartango se hacía eco en su columna del miércoles del pequeño debate que tuvimos durante una cena con amigos intelectuales sobre la presunta antinomia entre la dedicación a Twitter y la lectura. Con la transigencia y flexibilidad propia de nuestro ADN corporativo, admitía haber pasado de una posición desdeñosa, asimilable al «Twitter makes you stupid» del difunto Bill Keller, a admitir mi observación sobre el carácter polifónico de la conversación que mantenemos mediante mensajes cortos y por lo tanto el planteamiento de que la calidad de Twitter depende de la de cada red de tuiteros.

Sentadas esas bases, Cuartango concluía que «carece de sentido confrontar la vindicación de los libros que yo hago con su apasionada defensa del Twitter. Son dos cosas distintas y complementarias si uno tuviera tiempo y energía». No me conformo, sin embargo, con ese amable ofrecimiento de armisticio y paso a reanudar las hostilidades alegando que, aunque empecé haciéndolo con un doble propósito instrumental -captar la opinión de la calle y promocionar de forma viral nuestras actividades editoriales-, la verdadera razón por la que cada mañana entro en Twitter es porque se trata de una prolongación de la misma pasión que comparto con Pedro por los libros.

Es obvio que Twitter es lectura y escritura. Podemos hablar con toda propiedad de que se ha creado un nuevo género literario que cuenta con Arquíloco, Marcial, Gómez de la Serna o Monterroso entre sus inconscientes precursores. Hay buenos y malos tuiteos como hay buenos y malos poemas o buenos y malos artículos. Desde el punto de vista de su valor social, Twitter es un tablón de anuncios en perpetuo movimiento como el que Montaigne pedía que se colocara en algún lugar de las grandes ciudades. Pero en la dimensión de la experiencia personal Twitter es también el escenario del viaje del héroe, llámese Phileas Fogg o Leopold Bloom, Eneas o Quijano, fulanito o menganita. Por eso no es casual que cada tuitero se identifique mediante un avatar, concepto que, mucho antes de que se hiciera la famosa película de James Cameron, la RAE ya identificaba con el «descenso o encarnación de un dios».

De la misma manera que la gama de los trayectos literarios abarca un abanico que va desde la pulp fiction al Ulises pasando por las novelas de caballerías, las de Karl May, Julio Verne, Melville o la saga de El señor de los anillos, cada periplo tuitero aporta texturas diferentes pero todos tienen como denominador común esa bifurcación del yo que -como bien recordaba Pedro al metamorfosearse en distintos personajes literarios- constituye en definitiva la esencia de nuestra relación con los libros.

La primera vez que me di cuenta de que en Twitter pasaban cosas inesperadas e incontrolables fue cuando recibí un abucheo coral por haber enviado un mensaje escrito íntegramente con mayúsculas. No entendía nada, hasta que me explicaron que emplear la caja alta equivalía a levantar la voz, es decir a gritar… y quién me había creído yo que era para emplear esos modales nada más llegar.

Fue de esa manera como empecé a darme cuenta de que, casi por casualidad, me había caído en el agujero del conejo y al fondo del túnel de los sueños empezaba a vivir aventuras similares a las que le sirvieron a Alicia para descubrir -según el, más que crítico, gurú Harold Bloom- que «la vida es un extraño viaje en el que hay juegos gobernados por muchas reglas, aparentemente arbitrarias, que a menudo no entendemos».

Tal arbitrariedad fue quedando patente según fui comprobando que existían los trolls -criaturas malignas tomadas prestadas del imaginario de Tolkien que se infiltran en los Timeline sólo para insultar soezmente- pero nadie era capaz de catalogarlos ni de imponerles un código de conducta. O cuando fue imposible ponerse de acuerdo sobre qué hacer si alguien incita a que te asesinen, como ocurrió con un chico de Zaragoza que terminó retractándose, o suplanta tu personalidad, como le pasó a Pío García-Escudero, en cuyo nombre se emitieron durante horas los más groseros comentarios escatológicos.

Con su habitual entusiasmo ante los nuevos problemas legales, @JavierCremades me ha propuesto organizar un debate entre juristas y tuiteros que se llamaría algo así como Tweets and Law. El empeño merece la pena pero dudo de que avancemos mucho ni siquiera en el plano de la autorregulación pues lo que se percibe en las entrañas de esta red social es un ansia roussoniana por aferrarse al estado de naturaleza y poner diques a todo intento civilizador. De ahí que esa bifurcación del yo, esa diversión en el sentido orteguiano y por lo tanto lúdico entre la persona que tuitea y el personaje que encarna su avatar pueda ser modulado a voluntad, de forma que @pedroj_ramirez se relaciona por igual con otros colegas o figuras públicas cuyo margen de desviación respecto a sus ideas conocidas es tan pequeño como el mío, con personas que concurren a la contienda con su nombre real y fotos reales, con quienes mantienen el nombre pero emplean una imagen falsa o ficticia y con quienes permanecen celosamente escondidos bajo un seudónimo y un icono fruto del capricho.

Esta asimetría iguala y da pie a todo tipo de fantasías en las que las mesoneras se transforman en princesas, las princesas en mesoneras, los gigantes en molinos y los molinos en gigantes. Twitter es una torrencial sucesión de escaramuzas en las que hay dragones, mazmorras, expediciones de castigo o de rescate y tribunales de honor en medio de un constante entrechocar de las espadas. Las alianzas se hacen y deshacen y cada tuitero puede alardear como Falstaff no sólo de su propio ingenio -«Witty in myself»- sino del inducido en los demás: «The cause that wit is in other men».

La magia de Twitter emana de la aparente contradicción entre la anarquía de esa jungla salvaje sin ley ni orden y el rígido aro de los 140 caracteres por el que deben pasar por igual «el noble y el villano», los premios Nobel y los analfabestias. «Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas», escribió Neruda y aún le sobraron 39 caracteres. El momento exacto en que la niña Alicia da paso a la heroína Alicia es precisamente cuando se da cuenta de que debe empequeñecerse para caber en el mundo en el que ha aterrizado. «¡Qué extraño!», exclama tras ingerir el providencial bebedizo. «Siento como si me estuviera plegando como un telescopio». Ese es el juego: va a menguar para aprender a crecer. En eso consiste la síntesis de cualquier argumento en una treintena de palabras. He ahí el césped sobre el que se desarrollan lo que el psicólogo Piaget denomina «las estrategias del ego».

Todas las aventuras de Alicia son típicamente tuiteras pues los personajes aparecen, desaparecen y reaparecen a salto de mata extravagantemente estereotipados en sus brevísimos monólogos y ella misma disfruta empleando palabras hermosas que no sabe del todo lo que significan -latitude, longitude- para impresionar a los demás. Pero hay una escena que parece la representación plástica del Twitter mismo: me refiero a la partida de croquet en la que los flamencos se convierten en bastones, los erizos en pelotas y los soldados contorsionistas de la Reina de Corazones forman los angostos arcos, tal vez de 140 milímetros de diámetro, por los que tiene que transcurrir el juego.

Es una instalación de quita y pon en la que todo parece suceder plácidamente hasta que de repente alguien se pone a gritar «¡Cortadle la cabeza! ¡Cortadle la cabeza!» e incluso las briznas de hierba se movilizan para improvisar el cadalso y ejecutar la sentencia. Yo lo aprendí el día en que uno de nuestros columnistas más iconoclastas se había pasado sobradamente de frenada y en cuestión de minutos se formó una caravana de antorchas que ríete tú de los caucus de linchadores del Ku Klux Klan.

A Twitter hay que llegar no sólo a oír sino también a escuchar. Yo decidí quitar un cadáver de la foto de portada del terremoto de Lorca a instancias de centenares de tuiteros y eso me valió un disgusto con la redacción. Pero también hay que saber mantener la sangre fría para no dejarse arrastrar por esas llamaradas de histeria -los diosecillos tienen sed- que se apagan tan deprisa como se encienden.

En esa capacidad de discriminación está la clave. De la sabiduría o el instinto de cada tuitero depende percibir cuándo merece la pena asumir una opinión ajena sólidamente reiterada, cuándo hay que ponerse de brazos en jarras ante una iniciativa infecciosa -«No os tengo miedo, sólo sois un manojo de cartas», les dice Alicia a los que hacen trampas en el croquet- y cuándo hay que recurrir a la solución extrema de bloquear a un troll contumaz, impidiéndole el acceso a tu Timeline. Yo sólo lo he hecho tres o cuatro veces.

Reconozco que cuando les cuentas a tus seguidores que has ido a cortarte el pelo, que se te ha caído el iPad en una calle de Londres con pronóstico cercano al siniestro total o que estás en el teatro y a ver si aciertan de qué obra se trata, hay una dimensión frívola y hasta exhibicionista que te acerca a El show de Truman. Pero en estos tres meses y medio mi cuenta en Twitter ha servido para dar muchas noticias, plantear grandes debates, hablar de literatura y filosofía, crear pequeñas citas diarias como el #bonusparatuiteros o los Tuits al Director, impulsar la #quedadapj que reunió a más de un centenar de asiduos en la sede de EL MUNDO, inventar etiquetas premonitorias como #rubalnoquiereprimarias o su divertida secuela #primariasde1solo e incluso para conseguir que la lluvia de vocablos castellanos canalizada como #trespalabrasespañolas fuera Trending Topic, o sea asunto destacado de conversación a nivel mundial el sábado de la semana pasada.

Se podrá inquirir, desde la perspectiva de Cuartango, dónde está la profundidad de la experiencia que justifique que yo invite hoy a todos los lectores de EL MUNDO a hacerse tuiteros e incorporarse a este Magical Mistery Tour. La respuesta es doble: el bagaje de las personas cultas y exigentes nos mejorará inmediatamente a los demás; y resulta que la posibilidad de añadir enlaces con textos largos, fotos o imágenes permite que Twitter tenga un fondo de armario, una trastienda todo lo rica que se quiera detrás de los 140 caracteres.

He ahí la extensión del telescopio. De hecho ya tengo decidido que cuando en septiembre publique mi próximo libro, un libro distinto a todos los anteriores que no pasará inadvertido -esto es una primicia-, mi Timeline incluirá un club de lectura en el que iremos desgranando capítulo a capítulo sus aportaciones y significado.

Esa es también la cuestión de fondo que late tras mi insistencia en tratar de convencer al mayor número posible de tuiteros para que se suscriban a Orbyt: optimizar el uso de la tecnología al servicio de una vivencia intelectual común, compartir materiales de trabajo y debate, consolidar un núcleo de reflexión que impulse un proyecto regeneracionista de la democracia española a través del nuevo modo interactivo de leer los periódicos. Ah, y disfrutar del placer de ir juntos a la ópera o a otros espectáculos. ¡Qué ganas tengo, por cierto, de que alguien contraste la experiencia de usuario de Orbyt con la experiencia de usuario del anti-Orbyt que lanzan ahora los que han preferido restarse con tal de no sumar!

Lo dicho. Abran ahora mismo su cuenta, elijan su avatar y empiecen a tuitear. Verán cómo su vida se bifurca, cómo el telescopio se pliega y se despliega. No tienen por qué seguirme. Pero si lo hacen se implicarán aún más en este proyecto periodístico que va ya por su año 22. Les prometo tantas diversiones, naturalmente efímeras, que enseguida tendrán que contestarles a sus amigos lo mismo que Alicia les dijo al Grifo y a la Tortuga Artificial cuando insistían en oír alguna de sus peripecias: «Podría contarles mis aventuras, pero son las que empezaron esta mañana. No vale la pena comenzar por las de ayer porque entonces yo era una persona diferente». Carpe diem.

pedroj.ramirez@elmundo.es

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Introducido por Reggio

26 junio, 2011 a las 7:20 am

Genial, pero mal bicho, de Aurelio Arteta en El País

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Bajo el título Mal bicho, pero genial (12 de abril) publicaba Juan Goytisolo un artículo en el que lamenta, como antes Vargas Llosa, la decisión del Gobierno francés de suspender su previsto homenaje al escritor Celine. A su parecer, el “odioso antisemitismo” de este escritor y “su abierta colaboración con los nazis” no restan ni un ápice de su maestría literaria. Era un mal bicho, conviene, pero sin duda genial. Claro que, al venir en último lugar y tras una conjunción adversativa, el calificativo estético tiende a prevalecer sobre el moral. Probemos sin embargo a decir al revés que Celine sin duda fue un genio, pero un mal bicho, y el lector entenderá entonces que debe contar más su deficiencia moral que su excelencia artística. E incluso que esta decae en alguien que lleva “una conducta ignominiosamente vil y rastrera”.

Es lo que yo defendía en otro artículo anterior, La lección del ‘caso Celine’ (19 de marzo), al que -seguramente sin advertirlo- Goytisolo estaba replicando. Allí sugerí algunas tesis a sabiendas de que iban a sonar de modo harto chocante al oído contemporáneo. Creo que en la escala de valores el moral ocupa la cumbre y que su ausencia notoria en una persona rebaja la altura de otros valores que pueda albergar. Que así ocurre lo revela nuestro irrefrenable escándalo ante la coincidencia en el mismo individuo de una enorme altura literaria o artística y de deplorable bajeza moral. ¿O alguien negará la incomodidad y paradoja que ello le suscita?

Y es que, frente a los demás valores, lo peculiar del moral estriba en ser universalmente exigible si queremos vivir una vida propiamente humana. Lo recordaba yo en mi artículo y lo repite Goytisolo en el suyo cuando reitera el desprecio que merece Quevedo “desde el punto de vista… de la honradez exigible a una persona”. Que la honradez sea una demanda universal no significa que haya de ser el criterio preeminente para evaluar al artista o al científico como tales. Es un requisito, eso sí, para emitir un juicio más completo sobre su persona. Por eso admiramos el genio poético de un Quevedo, aunque le prestaríamos mayor devoción todavía si tan inmenso poeta no hubiera estado aquejado de “racismo, antisemitismo, misoginia y homofobia”. Puede ser engañoso limitarse a decir que un gran hombre tiene luces y sombras, o que tiene sombras pero también luces. Cuando esas sombras son nubarrones de indecencia, las luces del gran hombre brillan algo más apagadas…

El gran escritor español asevera que en Celine convivían la más excelsa empresa creativa y la peor labor panfletaria, “pero importa deslindar una de otra”. Me parece que importa más bien lo contrario. Una cosa es que sean deslindables mediante un ejercicio lógico de abstracción y otra que deban serlo en la vida real y en el juicio práctico que esta nos merezca. Precisamente por no ser obligatorios los demás valores son separables unos de otros…, pero no el moral, que siempre habrá que rastrear allí donde comparezca el hombre. Si separamos en un ser humano lo excelente de lo indecente, nos quedará tan solo una excelencia abstracta.

De suerte que, al delimitarlos, nos ahorramos el escabroso problema que suscita la coexistencia en alguien o en su obra de valores tan enfrentados. Se sobreentiende entonces que lo admirable y lo aborrecible resultan incomparables por ser nada más que diferentes. O sea, como diría hoy el sobado tópico, que “no son ni mejor ni peor, sino simplemente distintos”. Pero el caso es que, aun cuando a menudo sus portadores huyamos de la comparación, los valores quieren ser comparados…

Tal vez se vea más claro mirando hacia otro ángulo de la cuestión. Una vez desprendidos de su brutal cometido de acabar con la vida de un hombre, ciertos asesinatos podrían contemplarse como obras de arte y el asesino como un artista. ¿Diremos entonces que conviene discernir un aspecto del otro y juzgar cada uno por separado, como si el aspecto criminal no rozara ni empañara su aspecto estético? El genocidio judío en los campos de exterminio ha sido calificado también de una sumamente ingeniosa obra de ingeniería. ¿Nos atreveríamos a valorar esa ingeniería al margen de la doctrina que la justificó y de la matanza que produjo?

Suena, pues, a escapatoria concluir que una obra maestra “no se sujeta a corrección alguna”. Si le quitamos a esa corrección su peyorativa carga semántica del presente, ¿habrá que disculpar a un gran artista de no atenerse a exigencias éticas, si para él los valores estéticos están por encima de cualesquiera otros? ¿Acaso tal rebeldía creativa carecerá de esos límites que no cabe rebasar sin que lo atractivo amenace convertirse en repugnante?

Al artista no se le pide nada que no debamos pedir a todo ser humano: que sea fiel a su humanidad. Porque la Humanidad no requiere tanto genios como hombres buenos. Se enriquece sin duda con los grandes creadores, pero más aún con los hombres dispuestos a llevar una vida justa.

Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política de la UPV. Autor de La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral (Pre-textos).

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Introducido por Reggio

11 junio, 2011 a las 7:17 am

El viejo Leonard, de Antonio Lucas en El Mundo

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Resulta difícil interpretar el magnetismo de algunos tipos, descifrar el origen de su extrañeza, el porqué de sus razones contagiosas. Es gente, muy pocos, que no se agarran al mal rollo de la actualidad, sino que prefieren el vino, el caos, el daño y la fiesta movible del presente. Lo cuentan. Lo escriben. Lo cantan con el pulso alucinógeno del que acierta a decir una verdad desnuda.

En esa tribu escasa hay un judío errante, Leonard Cohen, un tipo que habla de la vida sin aperos ni percal. Un místico de infierno adentro que en el Hotel Chelsea comprobó que a veces el amor más hondo no dura tres condones. Que el éxito no lleva a parte alguna. Que en este mal rollo del mundo demasiadas veces se está solo. Y mientras los de siempre van repartiéndose las guerras y los oros otros prefieren dar el queo, entre el asco y la literatura, con el delicado cansancio de los insumisos por cuenta propia.

No sé si es un poeta, o un novelista, o un músico, o quizá un viejo saturnal que en cada letra deja una novia apalabrada. Pero sí creo saber que es un hombre que no se adapta bien a la relativa comodidad de ser Leonard Cohen. Y eso mola. Ahora le han encalomado el Príncipe de Asturias de las Letras para escándalo de algunos monaguillos de la pureza. Son aquellos que tampoco distinguen a Dylan de Shakira. Un verso musicado con un duduá. No entienden que en una canción pueden coincidir Lorca y Rimbaud y salir reforzados en su pasta genial o en su carnadura canalla.

Conviene huir de esos carcaveros de la Cultura, raza de gerentes de la ortodoxia. Los inamovibles. Los centinelas de la pureza. Los que nunca discuten lo indiscutible. Los de las academias. Los que aún confunden su nostalgia de Franco y dictadura con la realidad. Es exactamente todo aquello contra lo que Cohen aúlla a su manera, terriblemente sentimental. Es su forma de no aceptar el soborno de la mediocridad, que todo lo cura y todo lo traiciona.

Lo que distingue a un creador de un vendemantas es la capacidad de placer que su obra te ha procurado en días muy oscuros o en madrugadas luminosas. No las respuestas que te dio, sino las preguntas que fue esparciendo por la masa de tu sangre. Porque, como dice Mariano Peyrou en uno de sus poemas, son los que sospechan que él sí suma, pero él no multiplica. Algunas noches uno ha cantado las cosas de Leonard Cohen para decir lo que quería decir. Lena lo sabe. Hemos navegado juntos por las estrofas de Suzanne, «viajando a ciegas hacia algún lugar cerca del río». Buscándonos sin más. Y eso es mucho.

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4 junio, 2011 a las 7:12 am

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Esa invención parisina (3), de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Para muchos la figura del intelectual empezó con Zola y el caso Dreyfus, para otros con la Ilustración, incluso para algunos es una consecuencia de la Revolución francesa. Yo insisto en la Primera Gran Guerra como el momento en el que los escritores se convierten en voceros de posiciones políticas de Estado y éste les otorga la categoría de intelectuales. Pero todos coincidimos; la invención es parisina.

Y en estas estábamos, con toda Francia y París a la cabeza, celebrando lo que había significado la victoria electoral de François Mitterrand, hace ahora treinta años. Los franceses, dicho sea sin maldad, cuando reflexionan sobre su pasado hacen fiestas. A nosotros nos pasa lo contrario, y es que además de tener especial inclinación por las derrotas, que son más abundantes, nos embarga una mezcla de pena e irritación que convierten las reflexiones históricas conmemorativas en celebraciones pasionales.

Y en esas estábamos, digo, con la izquierda institucional francesa, muy bregada y profesional hasta la sofisticación, sacando pecho en la memoria de Mitterrand. ¡Oh, aquel mayo de 1981, con la izquierda unida! ¿Se acuerdan de aquel lunes exultante del 81, entre nosotros, pasado el miedo de la noche del 23-F, cuando todos éramos gallardos y valientes, y gracias a nuestro esfuerzo doméstico por no dormirnos, esperando el mensaje del Rey, logramos vencer a los golpistas?

Mitterrand y la izquierda ganaron en las urnas cuando Leopoldo Calvo Sotelo hacía como que gobernaba y nos metió en la OTAN, con tan grande indignación y escándalo, que la sensibilidad popular del Dúo Dinámico de los ochenta, Felipe y Alfonso, arrollarían en las elecciones del año siguiente. Ellos solos, luego vinieron los coros. Ahí empezaron nuestros infaustos ochenta. Fue muy importante para ellos la victoria de Mitterrand; él les había apadrinado en el congreso de Suresnes donde tomaron el timón del partido y luego les avaló en el trance, hoy tan olvidado, de su congreso, ilegal pero tolerado, de finales del 76, en el Palacio de Congresos de Madrid, con Willy Brandt, el chileno Altamirano, y el liderazgo casi al completo de la socialdemocracia europea.

Los medios parisinos estaban inmersos en la reflexión sobre el papel de los intelectuales en la victoria de Mitterrand, y cómo treinta años después, el gremio se había deteriorado mucho. Mitterrand logró seducirlos y es sabido cómo debe hacerlo el poder si además tiene experiencia. La memoria es un monstruo impreciso y atrabiliario; a mí lo que más me impresionó entonces de Mitterrand y su campaña electoral fue la historia de los colmillos. Creo que era el gran Séguéla, Jacques, su jefe de campaña. Le exigió cortarle los colmillos. Reducírselos tanto que apenas se vieran. De algún modo, el publicitario le estaba explicando al curtido fajador que sus colmillos le delataban. Por eso debía cortárselos. Para disimular. Y así se hizo.

Mitterrand fue la última leyenda de la izquierda europea anterior a la caída del muro de Berlín y a que Althusser estrangulara a su mujer, Hélène. Habrá quien considere un exceso poner en el mismo renglón un hecho de trascendencia universal, como la caída del Muro, y un asunto privado, tan íntimo como un asesinato. Estamos hablando de París y de la inteligencia, y es tan inseparable lo uno y lo otro, que todos los esfuerzos por evitar la suma no son más que subterfugios para evitar explicarnos. No es extraño que en plena efervescencia de la evocación mitterrandiana haya aparecido en las librerías la colección de cartas de Althusser a su esposa y víctima.

La conversión de Mitterrand en un icono de la intelectualidad de izquierda es uno de esos fenómenos que distancian la política francesa, y su cultura, de nuestros eriales y pastos. Intelectualidad y política, para nosotros, se ligan a personajes como Jovellanos o Azaña. Habrá que volver sobre Jovellanos porque estamos de aniversario. Don Manuel, sin embargo, reverdece siempre como metáfora del intelectual español metido a político. Pero desconfío del azañismo tardío; exagera. Yo admiro al Azaña orador; sus discursos son piezas de meticulosa construcción. Pedagogía de altura para una época en la que los discursos asemejan lecciones. De verdad, si hay algo que caracteriza la España actual es la incompetencia del discurso. No sólo la gente no sabe expresarse sino que debemos recurrir a los latinoamericanos para que digan de corrido alguna frase bien montada.

Mitterrand fue un intelectual vicario del poder. Un veterano de la política, fulero, trepador, brillante en el regate, buen lector -nuestros políticos leen lo que les exige su jefe de gabinete, resumido en dos páginas, como le hacían a Adolfo Suárez-. ¿Quieren que les vuelva a contar cómo Felipe González descubrió Bomarzo de Múgica Lainez, o cómo Pujol convirtió una novela de Luis Racionero en un éxito de ventas? No fue el caso de Mitterrand, porque partía de otro tejido social y cultural. No sólo había leído sino que sabía de lo que escribía. Eso en política, no sólo en la vida, tiene un valor excepcional. Sobre lo que significó como última representación del poder en la izquierda europea habría que entrar en detalles que ahora no cuentan. Resalto su papel como corruptor dispendioso de la inteligencia. En Francia hay tradición; otra más que nosotros no tuvimos. Bastarían los intentos de Eugenio d´Ors, Juan Estelrich o Salvador Dalí por sacarle la pasta al franquismo para demostrar que aquí la cosa no funciona. No basta con alabar para vivir del elogio; se requiere ensalzamiento y humildad de pretensiones. Mitterrand consiguió prácticamente todo lo que se propuso. Mecenas de Estado. Cada vez que visito el Louvre y penetro (no se entra en ese museo, se penetra) por el rayo en forma de escalera mecánica que me deposita en el hall, pienso en Mitterrand. Ganó la partida; ya nadie discute la pirámide de Ming Pei en el gran patio dieciochesco. El poder y la arquitectura tienen un curioso hermanamiento.

Pero cuando estábamos en estas de Mitterrand, la inteligencia, la cultura, París y sus misas, llegó un tipo formado en la gran clase: Dominique Strauss-Khan, DSK, según la terminología anglosajona que adoran los nuevos símbolos culturales. Y se trincó a una limpiadora del hotel con suite. La vida es así; salía del baño, enhiesto el pabellón y allí estaba ella, negra, hermosa, 32 años, limpiadora. ¿Una conspiración? Es posible, pero en castizo: la polla era suya y la señora ajena. Esa es la izquierda que queda, queridos, después de todos los naufragios. Tenía su aquel que el director del Fondo Monetario Internacional se presentara como la salvación de la izquierda europea con sede en París. ¿No fue él quien substituyó a Rodrigo Rato? Por cierto, que aún no sabemos porqué lo dejó Rato. Nuestra vida política no se caracteriza tanto porque no nos digan la verdad, sino porque nadie parece tener interés en saberla.

La gran derecha francesa, aquella burguesía ambiciosa que termina el siglo XIX entre trampas y negocios, siempre conservó un respeto hacia la figura de Félix Faure, presidente de la República hasta 1899. Murió en el Elíseo -que no es una leyenda sino un palacio donde reside el Poder después de que Madame Steinheil le hiciera una felación, ¡un francés!, que debió llevarle a tal grado de éxtasis que lo mató. No era una cualquiera la Steinheil y llevaban años de amantes. Pero, detengámonos en la actualidad, ¿este incontinente de 62 años sobrados que sale del baño y se encuentra a una negra atractiva y le aplica el derecho de pernada, no pertenece a una especie muy frecuente que afirma representarnos en tiempos de aflicción? Berlusconi las coloca, seamos serios. No es una defensa, entiéndase, es una constatación.

La política de todos estos caballeros merece ser volada, destruida, lo digo hoy, jornada de reflexión, por si a alguien le sirve de acicate. ¿Y qué me dice usted de la campaña electoral? Pues que me avergüenza vivir en este país. Y no tengo otro.

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Introducido por Reggio

21 mayo, 2011 a las 7:20 am