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Política y energía: lo que apesta en Washington, de Bill McKibben en SinPermiso (19/12/11)

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Fue uno de esos incómodos momentos en los que te das cuenta de pronto de que estás en el sitio equivocado, que eres un palurdo de un lugar perdido en una ciudad sofisticada cuyas costumbres no acabas de entender.

Politico [conocida revista digital norteamericana] patrocinó la semana pasada un simposio de “Análisis del año en Washington” y me invitó a formar parte de los ponentes sobre energía. Así que aunque apenas había pasado tres semanas en Washington este año (y las noches más memorables transcurrieron en su pabellón central de prisión por protestar ante la Casa Blanca para bloquear el oleoducto Keystone XL), me encontré viajando hasta Vermont para compartir escenario con dos miembros de la Cámara de Representantes: Ed Markey (demócrata por Massachusetts) y Lee Terry (republicano por Nebraska).

Estaba un poco nervioso, pues Terry había presentado recientemente un proyecto de ley para forzar una rápida aprobación del oleoducto que invalidara al presidente. Pero hablamos por extenso bastante amablemente, mientras le explicaba en qué estaban equivocadas las cifras de puestos de trabajo que no dejaba de repetir. Markey señaló que el petróleo de las arenas alquitranadas canadienses que se transportaría a lo largo del oleoducto, lejos de incrementar la seguridad energética de los EE. UU. estaría destinado a venderse en el extranjero. Era todo armonía de la de “avenirse a diferir”.

Y entonces, de pasada, dije algo que me pareció tan evidente que ni siquiera se me ocurrió que alguien pudiera ponerle objeciones: que eran claramente los grandes intereses petrolíferos los que querían resucitar el oleoducto y que utilizaban a los congresistas a los que subvencionaban generosamente para que así sucediera.

Noté que, a mi lado, Terry se irritaba. Terció rapidamente con algo por el estilo de ¿está usted diciendo que estamos “comprados”? Y de repente me sentí mal, como si verdaderamente hubiese dicho algo incorrecto. Farfullé, intenté decir que no sabía nada de él en particular, que estaba seguro de que al final sería parte de la solución y demás. Pero el hielo quedó en el aire; pareció genuinamente lastimado por que alguien pudiera pensar que se le presentase alguna clase de conflicto.

¿Es realmente posible que la gente de Washington no comprenda lo que el resto del país — izquierda, derecha y centro — cree respecto a ellos: que aceptan dinero de grandes empresas para sus campañas a cambio de gestionar sus peticiones?

Me fui a casa y busqué el nombre de Terry en la base de datos de la Dirty Energy Money Campaign [Campaña sobre el Dinero de Energías Sucias], elaborada por Oil Change International. Koch Industries le había entregado 15.500 dólares, Exxon Mobil le había concedido 25.500 dólares, la Petroleum Marketers Association le había lanzado otros 12.500…Conoco Phillips, Chevron, BP: en total, desde 1999, había obtenido 365.798 dólares de la industria de combustibles fósiles, y en el último recuento, la página de la base de datos dejaba sentado que se “alineó” con los intereses de las energías sucias en el 100% de las votaciones escogidas”.

Lo mismo resulta cierto de todos los demás patrocinadores de la legislación que intenta desbaratar la revisión del Keystone y construirlo rápidamente, y al clima que le den. Entiendo que esta clase de corrupción es bipartidista y también que es enteramente legal, pero entiendo también que todo el mundo, y quiero decir todo el mundo, con que me he encontrado fuera de Washington piensa que huele a podrido. Quiero decir que allí sentado en el estrado me sentía maleducado pero aturdido. ¿Usted cree de verdad que es correcto? ¿Aceptar dinero de gente cuyos intereses tiene luego que juzgar?

No es muy distinto de ir a un partido de fútbol en el que uno de los equipos pagara a los árbitros.

Middlebury College es quien paga mi sueldo. A mi no se me ocurriría, digamos, actuar como juez en un concurso de becas académicas en el que participasen estudiantes de mi universidad. No confiaría en mi mismo a la hora de hacer lo correcto.

Luchar en los últimos meses contra este oleoducto me ha proporcionado una nueva percepción del Distrito de Columbia. Cuando la batalla se libra en campo abierto — cuando la gente oye a los científicos explicar que explotar a gran escala las arenas alquitranadas canadienses equivale a declarar que “en lo esencial no hay más que hacer” en lo referente al clima — tenemos la oportunidad de imponernos. Pero cuando la acción desaparece tras las puertas cerradas del Congreso, el dinero manda.

Esa es una razón por la que deberíamos contar con una financiación pública de las campañas o idear alguna otra forma de sacar al dinero de la política. Todo ese dinero conduce a malas decisiones políticas, impulsadas por intereses corporativos en vez de por el bien público. Pero hay otra razón que me sorprendió en ese estrado. El honor de estos hombres y mujeres está en juego; es injusto pedirles que se mantengan por encima de tentaciones que el resto de nosotros no podríamos vencer. No sólo soy yo, en cierto plano todos le debemos una disculpa a Terry y sus colegas. Al permitir este sistema, les hemos colocado en una situación imposible.

Soy consciente de que Washington considera normal esa imposible situación y mi postura, ingenua. Pero una encuesta de octubre demostraba que sólo el 9% de los norteamericanos daba su aprobación al Congreso (comparado con un 11% en junio que creen que la poligamia es una buena idea, y un inexplicable 16% que daba su aprobación a BP durante el vertido de petróleo de 2010). Es hora de rescatar a la institución, y el sitio evidente por el que empezar son los cambistas de los pasillos.

Bill McKibben es autor de una docena de libros, el último de los cuales aparecerá publicado con el título: Earth: Making a Life on a Tough New Planet (Times Books, abril de 2010). Ejerce como profesor en el Middlebury College, Vermont. Pueden hallarse archivos de audio en los que pone en evidencia a los negacionistas del cambio climático en: tomdispatch.com.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

Tom Dispatch, 14 diciembre 2011

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19 diciembre, 2011 a las 7:03 am

Epílogo en Durban, de Alejandro Nadal en SinPermiso (19/12/11)

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La reunión sobre cambio climático (COP17) en Durban concluyó con un resultado fatídico: ya no existe algo que se pueda llamar un régimen global sobre cambio climático. En esta conferencia se desmanteló lo que quedaba del Protocolo de Kioto. Ese tratado adolecía de muchos defectos, pero por lo menos consagraba el principio de obligaciones vinculantes para los países que más han contribuido a generar el problema del cambio climático. El PK expira el año entrante y no tenemos ya nada con qué remplazarlo.

A pesar de este saldo negativo, la prensa de negocios presenta las conclusiones de la COP17 como un triunfo de la diplomacia internacional. ¿Qué fue lo que pasó? En las primeras horas del domingo se llegó a un acuerdo para mantener las negociaciones abiertas con miras a alcanzar un tratado con metas firmes y vinculantes en 2015. Ese tratado entraría en vigor en 2020. Además, se acordó fortalecer el Fondo verde para el clima, una bolsa de recursos para cubrir los costos de adaptación y reducción de emisiones de los países pobres. Nada de esto representa necesariamente buenas noticias.

Para empezar, la idea de negociar un tratado con compromisos vinculantes para 2015 representa un atraso extraordinario en el tema del cambio climático. Los científicos ya nos han alertado sobre la necesidad de estabilizar la acumulación de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera. Casi existe un consenso entre los científicos sobre la necesidad de mantener un nivel de 350 partes por millón de CO2. Alcanzar ese nivel lo antes posible es considerado necesario para mantener el cambio climático global en el rango de hasta dos grados centígrados. Ya de por sí ese aumento de temperatura tendrá serias consecuencias para la agricultura mundial (en especial en los países pobres), eventos meteorológicos extremos más frecuentes, elevación en el nivel de los océanos, sequías e inundaciones más severas, deshielo de glaciares, etc.). Pero parece que permitiría evitar una catástrofe aún mayor.

Lo realmente grave es que en 2010 se alcanzó el nivel de 389 ppm y un regreso a las 350 ppm se antoja casi imposible en las condiciones actuales. Es decir, para cuando comenzó la reunión de Durban ya era tarde.

Eso no es todo. Estados Unidos, con su habitual arrogancia, ha anunciado que una de las características claves del nuevo acuerdo (para 2015) será la verificación. Aquí no se trataría de llegar a acuerdos como el de Kioto, donde el inventario nacional de emisiones de cada país era tomado como un documento fidedigno sobre la generación de gases de efecto invernadero. Nada de eso. Para Estados Unidos el nuevo acuerdo tendrá que tener un régimen de verificación para evitar que algunos países hagan trampas. Por supuesto, la arquitectura de ese sistema de verificaciones será algo complicada. Pero además, habrá que ver cómo reciben esta noticia países como Brasil, China e India, que el nuevo acuerdo buscaría incorporar. Esas negociaciones se van a poner muy difíciles. Quizás eso es precisamente lo que busca Washington.

Sobre el Fondo verde para el clima hay que decir que los 100 mil millones de dólares que contempla ese fondo serán brutalmente insuficientes para hacer frente a las necesidades de los países subdesarrollados. Pero, más allá de eso, esa cifra ni siquiera ha sido depositada o entregada. Por el momento todavía se trata de promesas. Para información detallada véase www.climatefundsupdate.org.

Por otra parte, buena parte de las negociaciones en Durban, y del acuerdo final, tienen que ver con la administración de esos recursos. Estados Unidos insistió durante la mayor parte de la conferencia que el fondo debería ser manejado por el GEF en el Banco Mundial. Esa fue una maniobra de negociación para buscar concesiones sobre otros aspectos del acuerdo. Al final se aceptó que el manejo del fondo estaría bajo una oficina en el marco de la Convención marco sobre cambio climático de las Naciones Unidas. Pero en el nuevo acuerdo de 2015 todo puede cambiar.

Como tiro de gracia, Canadá anunció un día después de la COP17 que se retiraba unilateralmente del Protocolo de Kioto. Su proyecto para explotar las arenas bituminosas de Alberta ya no tiene ningún obstáculo. Muy malas noticias en materia de cambio climático y testimonio de un colosal fracaso alrededor de la Convención marco sobre cambio climático.

Para los países más pobres del planeta, y en especial para África, el resultado de la COP17 es un insulto. Es testimonio de la arrogancia y cinismo de los países poderosos. A la codicia de Estados Unidos y Europa en África, ahora hay que sumar la de China y hasta Brasil, que ya implantan nuevos mecanismos de dominación y de saqueo de recursos. A la violencia asociada a estas incursiones, ahora hay que añadir la del cambio climático. África es el continente que más va a sufrir por el aumento de la temperatura global. La trágica ironía es que aquí es donde se terminó de hundir el régimen global sobre cambio climático.

Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

La Jornada, 14 diciembre 2011

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19 diciembre, 2011 a las 7:02 am

Cruda perspectiva, de Mariano Marzo Carpio en La Vanguardia

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Apesar de la que está cayendo, el precio del barril de Brent se resiste a bajar de los 100 dólares e incluso se permite flirteos con los 110-115 dólares. Unos guarismos que a finales del 2011 llevarán a España a situarse cerca del récord de déficit comercial por importaciones de productos energéticos, alcanzado en el 2008, en torno a los 42.668 millones de euros. De enero a septiembre de este año dicho déficit era ya de 31.147,7 millones, un 22,5% más que durante el mismo periodo del año anterior y cerca de un 88% de todo el déficit comercial de nuestro país. El aumento de los precios ha superado ampliamente el efecto del descenso del consumo ligado a la coyuntura de crisis y lo malo es que las perspectivas no son nada halagüeñas.

Así lo sugiere la Agencia Internacional de la Energía (AIE) en su último informe sobre el panorama energético global (World Energy Outlook 2011), en el que considera tres escenarios sobre la evolución de la demanda mundial. El primero, denominado de Políticas Actuales, proyecta adónde nos conduce la rutina actual y prevé un aumento del consumo global de petróleo durante el periodo 2009-2035 de 20,4 millones de barriles diarios (mbd). El segundo, llamado de Nuevas Políticas, asume que todos los compromisos y planes anunciados por los gobiernos en lo relativo a la reducción de gases de efecto invernadero y a la eliminación de subsidios a los combustibles fósiles acabarán cumpliéndose, de manera que la demanda mundial entre el 2009 y el 2035 aumentaría en 12,7 mbd (cerca de un 38% menos que en el escenario anterior). El tercero se denomina 450 porque presupone que se adoptarán drásticas medidas para limitar a 450 partes por millón equivalentes de CO la concentración 2 de gases de efecto invernadero, lo que posibilitaría, con un 50% de probabilidad, que la temperatura media del planeta no aumentara en más de dos grados. En este escenario, la demanda global crecería durante el periodo 2009-2020 en 1,4 mbd, de los 86,7 a los 88,1 mbd, para después caer hasta 78,3 mbd en el 2035.

Sólo en el caso de que el mundo se ajuste a las previsiones del escenario 450, moderando su consumo en los próximos años, para después, a partir del 2020, reducirlo de forma drástica, podemos esperar que el precio medio del barril de petróleo importado por los países de la OCDE se estabilice en torno a los 97 dólares. En los otros dos escenarios, el barril aumentaría progresivamente de precio hasta alcanzar en el 2035 los 120 dólares en el escenario de Nuevas Políticas y los 140 en el de Políticas Actuales. Claro que todos estos valores están expresados en términos reales (dólares del 2010). Porque en términos nominales (sin descontar la inflación), en el 2035 estaríamos hablando de 171, 212 y 247 dólares, respectivamente. ¿A qué esperamos para cambiar de rumbo?

Mariano Marzo Carpio es catedrático de Recursos Energéticos en la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona.

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14 diciembre, 2011 a las 7:13 am

Una política laboral ecológica, de Florent Marcellesi en Público

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Hoy día existe una norma profundamente arraigada en nuestras mentes y hábitos: trabajar de forma remunerada a tiempo completo. Por qué negarlo, la jornada completa, agitada frenéticamente como señuelo aún más en tiempos de crisis y de desempleo brutal, supondría para las masas trabajadoras la plena integración social así como un poder adquisitivo a la altura de sus hipotecas bancarias y de la avidez promocionada por la obsolescencia programada y la publicidad. De hecho, según la Encuesta de Población Activa, la mayoría de las personas que trabajan a tiempo parcial afirma que su situación laboral de media jornada no se debe a su propia elección, sino a las necesidades de la empresa o a la situación laboral general del país.

Es cierto que el discurso dominante de las élites políticas y económicas ha allanado el camino. A la conquista del poder en 2007, el presidente francés Nicolás Sarkozy proclamaba que era prioritario “trabajar más para ganar más”. Mientras tanto, Mariano Rajoy no quiso parecer menos en su carrera a la Moncloa y, en una entrevista en marzo pasado al periódico El Correo, inauguró un desacomplejado “trabajar más y ganar menos”. La crisis económica terminó de asentar esta idea: Portugal, una de las dianas favoritas de los mercados y de las políticas de austeridad, ha decidido aumentar en media hora al día la jornada laboral en su sector privado. Para alimentar el crecimiento económico continuo y la promesa del pleno empleo, no quedan dudas ni alternativas ante la recesión: trabajar más (y consumir más) es un deber patriótico de la ciudadanía moderna.

Sin embargo, ¿saben los exegetas de la economía del crecimiento infinito que para mantener el nivel de producción y consumo anual tan solo se requiere que las personas activas dediquen al trabajo remunerado en torno a 25 horas de media a la semana? ¿Les importan las desigualdades ante el empleo que hacen que en España más de un 21% de personas estén desempleadas, un 13% trabaje a tiempo parcial y un 66% a tiempo completo (sin hablar de las millones de personas trabajadoras pobres y precarias)? ¿Saben que, sumando su trabajo remunerado y no remunerado, las mujeres trabajan diariamente casi una hora más que los hombres? ¿Saben que España agotó su capital ecológico del año apenas llegado el 19 de abril (es decir, que este día su huella ecológica ya superaba su biocapacidad)? ¿Han pensado que si el 100% de la población activa trabajara a jornada completa en el modelo socio-económico actual, nuestro país produciría un 33% más, lo cual ni nos dejaría empezar el año siguiente con algún superávit ecológico?

Sean o no conscientes de ello, es indignante comprobar que están promoviendo políticas exactamente opuestas a los intereses de la gran mayoría de la ciudadanía y del planeta. En todo caso, no nos quedemos en la indignación: transformémosla en un compromiso positivo hacia una política laboral global y ambiciosa que sepa combinar justicia social y ambiental.

Primero, apostemos todos los sectores de esta sociedad por el reparto del trabajo. Es una de las soluciones más simples para mantener el empleo sin aumentar la producción, si se quiere ir hacia una economía próspera sin crecimiento. Dicho de otra manera, trabajar menos horas para trabajar más personas, a la vez que respetamos los ecosistemas y cumplimos con nuestras obligaciones climáticas internacionales. En esta senda, hablemos a través del diálogo social de una ley de 35 horas semanales y luego avancemos progresivamente hacia una mayor reducción de jornada para favorecer la compatibilidad entre vida personal, laboral y cívica, la igualdad entre mujeres y hombres, y la plena inclusión laboral de la mayoría de la ciudadanía.

En paralelo, incentivemos –y hago especial hincapié en los sindicatos– acuerdos voluntarios de reducción de horarios en las entidades privadas y públicas, racionalizando los horarios de trabajo tal y como propone la Comisión Española de Expertos. Tras años de constante aumento del trabajo remunerado tanto para mujeres como para hombres, la reducción de la jornada laboral es asimismo una apuesta por transformar los aumentos de productividad en tiempo libre no consumista (lo que implica en paralelo políticas sociales y educativas para salir de las lógicas de consumo de masas). Es hora también de favorecer el trabajo a tiempo parcial y el teletrabajo, siempre y cuando vayan acompañados de condiciones de trabajo dignas y salarios justos y suficientes, para evitar en cualquier momento la trampa de la pobreza.

Asimismo, si trabajamos menos tiempo y más personas desde condiciones laborales decentes, supone reducir las horas extraordinarias, combatir la precariedad laboral, la flexibilidad no deseada, los contratos basura, el estrés, la intensidad y los accidentes laborales, así como reforzar los derechos de las personas trabajadoras inmigrantes. Trabajar mejor es trabajar con criterios de calidad y el orgullo de ser útil a la sociedad. Esto significa también una transformación ecológica de la economía para desarrollar sectores ricos en empleo verde y poco intensivos en energía (agricultura ecológica, cuidados a las personas, economía social, energías renovables, etc.) y, al revés, una contracción para los que exigen mucha energía fósil y/o especulación financiera (industria manufacturera, sector automovilístico, pesca industrial, bancos y seguros, etc.). Lo que supone a su vez la reconversión laboral pactada y planificada de las personas trabajadoras –y de sus valiosos conocimientos– desde los sectores en contracción hacia los emergentes.

Ante la crisis y el desempleo de masas, nuestra generación necesita un cambio urgente de normas laborales: para vivir mejor hoy y para que las generaciones futuras puedan simplemente vivir. Una política laboral eficiente y compatible con la ecología y la equidad es por tanto un ejercicio de realidad a la altura de los retos sociales y ambientales del siglo XXI.

Florent Marcellesi. Miembro de la Comisión Gestora de Equo.

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14 noviembre, 2011 a las 7:12 am

Gobernar la energía, de Javier Solana y Ángel Saz-Carranza en La Vanguardia

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Hoy, 9 de noviembre, el organismo Internacional de la Energía publica su informe anual -World Energy Outlook, el informe energético de referencia mundial- el cual confirma que no vamos por el buen camino para reducir el calentamiento global. Con la actual tendencia de producción de energía, la temperatura media de la tierra en 2100 superará en más de 2º C la de 1990, por lo que se dañará irreversiblemente el planeta, empeorando las condiciones de vida de la humanidad.

Es preocupante como la crisis -tan larga y virulenta- está absorbiendo casi toda la atención del mundo, detrayéndola de los retos energéticos que seguimos teniendo ante nosotros. Sorprende la ausencia de iniciativas medioambientales: en Estados Unidos, a nivel federal, es un debate inexistente desde hace tiempo; la Unión Europea se encuentra en el epicentro de un huracán financiero; y los emergentes siguen tenaces en su crecimiento económico para sacar a millones de personas de la pobreza. En este contexto, la próxima cita de la Convención sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (UNFCCC) prevista para finales de noviembre en Durban (Sudáfrica) está pasando absolutamente inadvertida.

Pero la energía es fundamental para la humanidad no sólo por sus potenciales externalidades negativas, sino también por su relevancia económica: los países occidentales gastamos entre un 8 y 12% del PIB en energía -los países en vías de desarrollo el doble o el triple-. Por ello, es necesario un sistema que gobierne la energía.

Principalmente debido a sus externalidades medioambientales negativas, el mercado desregulado no es un mecanismo de gobernanza útil, ya que es incapaz de interiorizar los costes medioambientales. Se calcula que las fuentes más contaminantes (carbón, petróleo…) deberían soportar una tasa del 70% para reflejar sus externalidades negativas. El mercado libre tampoco funciona debido a la falta de información consustancial a este sector, pues la información es técnicamente difícil de obtener -por ejemplo, las propiedades de una reserva de gas-. Además, los estados consideran los recursos naturales como estratégicos y no facilitan información. Y los marcos temporales relacionados con la energía suelen ser largos -como son los efectos medioambientales (siglos) o la amortización de las inversiones (decenios)-. Por lo tanto, toca gobernar la energía vía la cooperación y la regulación, aunque ello sea sumamente complejo. Veamos por qué.

Gobernar la energía requiere considerar diversas dimensiones a la vez: la técnica, la política (y los fuertes grupos de interés) y la económica. La dimensión técnica de la energía engloba a muchas disciplinas y tecnologías distintas -eólica, fotovoltaica, nuclear, carbón-, por lo que el conocimiento está fragmentado en distintos silos epistémicos. Algo parecido existe en lo político, donde los sectores industriales y económicos están organizados pero divididos. Por si la conjunción de estas dimensiones no fuera suficiente complicación, existe una dificultad adicional: su dimensión internacional.

El sector energético ejemplifica las inadecuadas instituciones que tenemos para gobernar el mundo. Los estados son nacionales, las externalidades energéticas globales. Una fuga radiactiva, la ruptura de un pozo de petróleo en alta mar y, sobre todo, las emisiones de CO2 no se ciernen a un solo estado. En cambio, los beneficios de la energía si se pueden circunscribir aun agente concreto, ya sea como consumidor, productor o vendedor. Esta asimetría crea un claro incentivo al freerider: me beneficio yo y pagamos todos.

Además, la gobernanza global se hace necesaria porque la demanda y oferta de energía están desacopladas a escala mundial. Muy pocos países tienen una balanza energética neutral. El caso del petróleo (la principal fuente de energía del mundo) es indicativo en este sentido: Medio Oriente tiene un superávit comercial de petróleo del 266% y Estados Unidos un déficit del 65%. Este desajuste geográfico requiere de un sistema de intercambio ordenado, de reglas de juego claras, un mercado bien regulado. En cambio, a día de hoy, en el mundo proliferan los acuerdos bilaterales opacos, existen requisitos medioambientales muy dispares, y conviven subvenciones contradictorias.

Las instituciones globales dedicadas a la energía de las que disponemos actualmente son insatisfactorias. El Organismo Internacional de la Energía solamente incorpora a países de la OCDE, por lo que no incluye al mayor consumidor energético del mundo, China. El Energy Charter Treaty, un tratado intergubernamental que obliga a los firmantes a aplicar reglas de mercado imparciales a los productos y servicios energéticos, no está firmado por Estados Unidos (el segundo consumidor energético del mundo) ni ratificado por Rusia (el primer productor de petróleo del mundo). Los acuerdos comerciales auspiciados por la Organización Mundial del Comercio se aplican muy tangencialmente a la energía, que al considerarse en muchos casos un recurso natural agotable, queda exento de las normas.

¿Pero cómo es posible que ninguna de las instituciones mencionadas haya sido capaz de convertirse en un mecanismo efectivo de gobernanza energética? Fundamentalmente, porque los países no occidentales -ese grupo variopinto que incluye, entre otros, a grandes consumidores (China, India…) y productores (Oriente Medio, Rusia…)- desconfían de este sistema institucional creado principalmente por Occidente. Los países emergentes y grandes consumidores consideran, y con razón, que Occidente es responsable del problema actual del cambio climático. El desarrollo de Occidente, desde la revolución industrial hasta hace muy poco, ha estado libre de cualquier restricción medioambiental. Ellos creen que no deben cargar con los costes del cambio climático. En cambio, los países productores se oponen a ceder una de las pocas bases de poder que poseen.

La solución debe pasar por una negociación en una institución distinta a las mencionadas. Quizá, inicialmente, sería conveniente negociar entre los grandes emisores del mundo -el propio G-20 o algo parecido a un G-20 energético-. Posteriormente, se podría abrir la negociación a todos los estados -por ejemplo, situándola en la Convención sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (UNFCCC)-. El foco de las negociaciones tiene que ser amplio y contener limitaciones a las emisiones y apoyo financiero y tecnológico para invertir en tecnologías menos dañinas con el medio ambiente. Las limitaciones a las emisiones hacen recaer desmesuradamente los costes sobre los países exportadores de petróleo y los países emergentes consumidores (con tecnología menos sofisticada).

En Durban, todos los países -desarrollados, emergentes, con y sin recursos naturales- debemos sumar para que el cese de la crisis no nos coja distraídos.

Javier Solana, presidente de Esadegeo, ex alto representante para Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea, ex secretario general de la OTAN y Senior Fellow de Brookings Institution, Ángel Saz-Carranza coordinador de Esadegeo.

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9 noviembre, 2011 a las 7:15 am

Por qué Eduard Punset ha de morir, de Salvador Macip en El Periódico

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La tesis de que podemos vencer a la muerte no es, a juicio de muchos, más que una idea provocadora.

En una célebre entrevista televisiva del año pasado, Eduard Punset dijo que no estaba escrito que él debía morir. Esta frase me la han citado amigos y periodistas un montón de veces desde entonces, quizá en parte porque en mi laboratorio estudiamos el envejecimiento y la muerte celular. Por desgracia, sacada de contexto parece más una de esas máximas que te encuentras en las galletas de la suerte de los restaurantes chinos que un pensamiento con ánimos de estimular las neuronas, que con toda seguridad era la intención original. Así que he pensado que hoy aprovecharía este espacio para discutirla con calma y hacer justicia a un tema tan interesante. Que quede claro antes de empezar que le deseo una larga vida al señor Punset, y que el hecho de que haya contribuido más que nadie en este país a hacer llegar la ciencia a la gente de la calle merece todo el agradecimiento del mundo. Pero me temo que ni él ni yo ni nadie que lea este artículo puede escapar del destino que nos espera al final.

La idea de que podemos vencer a la muerte proviene sobre todo de una corriente liderada por el doctor Aubrey de Grey, un gerontólogo de Cambridge que hace unos años propuso que, si consiguiéramos proteger nuestras células de los elementos que las dañan, nada nos impediría vivir para siempre. Es cierto que nuestros organismos tienen una fecha de caducidad. Una serie de órdenes escritas en el genoma de las células las hace envejecer y morir en respuesta a agresiones y el paso del tiempo. Lo que en realidad dice el doctor De Grey es que debe haber una manera de evitar obedecerlas. Hace tiempo que buscamos en el laboratorio alguna forma de ejercer una insumisión al menos parcial a estas leyes y así poder alargar la esperanza de vida. La diferencia es que De Grey asegura que esto es posible hasta extremos que nunca antes nadie se había atrevido a proponer, en contra del dogma aceptado hasta ahora.

A lo largo de las épocas más oscuras de nuestra historia, la ciencia ha sobrevivido y ha avanzado gracias a unos cuantos inconformistas que iban contra el sistema. El heroísmo legendario de figuras como Galileo y Copérnico se ha filtrado a través de los siglos hasta imprimir en el imaginario colectivo la idea de que los pensadores más revolucionarios siempre deben luchar contra la incomprensión de políticos y académicos apoltronados que temen los cambios que los pueden dejar sin trabajo. Hay una parte de esta imagen que se ajusta a la realidad: los científicos más influyentes suelen ser los que saben ver más allá de las fronteras actuales del conocimiento. Pero debemos evitar caer en la generalización fácil: no todo el mundo con una hipótesis radical debe tener automáticamente razón. La biomedicina contemporánea avanza sobre todo por el trabajo progresivo de equipos coordinados de investigadores repartidos por todo el mundo, y no tanto gracias al individualismo de estrellas superdotadas. Los descubrimientos son más fruto de pequeños pasos incrementales que de grandes movimientos sísmicos originados por la chispa de una idea alocada que se enfrenta a la doctrina imperante en un momento dado.

Dar voz a los que proponen teorías rompedoras puede ser una forma interesante de generar diálogo, siempre y cuando detrás haya un razonamiento que cumpla las normas científicas más elementales. Muchos creen que las teorías del doctor De Grey tienen su lógica, aunque todavía no tenemos suficientes datos experimentales que nos permitan suponer que pueden ser ciertas. De momento no pasarían de ser ideas provocadoras que habría que validar. Pero otros expertos opinan que es un charlatán más cercano a la seudociencia que al rigor que se espera de un investigador y que solo haciendo un acto de fe se puede comulgar con su imaginativo punto de vista. ¿Y si tienen razón?

Debemos vigilar no poner en el mismo saco manzanas y naranjas con la excusa de la libertad de expresión y la obligación de presentar todos los puntos de vista de un debate. Hay razonamientos que simplemente pertenecen a diferentes disciplinas y no tiene sentido enfrentarlos, como la lucha absurda que han organizado entre la idea religiosa de un diseñador inteligente y el concepto científico de evolución. Es como si en una mesa redonda sobre las mejores novelas del siglo, de pronto alguien se pusiera a hablar de las Páginas Amarillas. Aunque tengan formato de libro, tenemos que saber ver que ni siquiera son literatura.

Los que saben más de estos temas aún no han acordado a qué lado de la frontera están las propuestas del doctor De Grey. Por eso debemos ser cautelosos y no hacer bandera de ellas sin dejar a continuación un espacio para alertar de las abundantes dudas razonables que generan. Mientras no se demuestre lo contrario, todos nuestros nombres están escritos con letras de oro en los archivos de Hades. Quizá algún día inventaremos una goma que nos permita borrarlos, pero yo no contaría con que ninguno de los aquí presentes lo llegue a ver.

Salvador Macip. Médico, científico, investigador y escritor de la Universidad de Leicester.

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22 octubre, 2011 a las 7:11 am

El aire que respiramos, de Carme Miralles-Guasch en Público

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Algunas noticias nos tendrían que poner los pelos de punta, o como mínimo hacernos pensar aunque sólo sea por unos momentos; cierto es que, con tanto bombardeo mediático, es difícil percibir lo realmente importante. Y aunque el aire que respiramos tendría que estar en un lugar prioritario de nuestras preocupaciones básicas, parece que no es así. Si lo fuera, nos tendríamos que tomar muy en serio lo que hace unos días dos fuentes de información muy solventes, una internacional y otra nacional, advertían sobre lo perjudicial que es hoy el aire que respiramos.

La OMS certifica que la contaminación atmosférica es la responsable directa de la muerte de dos millones de personas en el mundo. Ecologistas en Acción estima que el 37% de la población española respira aire contaminado, casi 18 millones de personas. Además los costes de esta contaminación representan entre un 1,7 y un 4,7% del PIB español. Los dos informes responsabilizan directamente al transporte rodado de esta situación.

Son unos datos que están, en estos momentos, fuera de foco. Fuera del marco informativo donde la crisis financiera, los recortes, la deuda y el vaivén de la bolsa ocupan todo el espacio mediático. Pero ¿y si resulta que estos índices de contaminación atmosférica fueran parte de nuestra crisis? ¿Y si resulta que estos son también datos sustanciales que nos están indicando que algo va muy mal? ¿Y si la opinión pública los pusiera en su rango de preocupación vital y los responsables públicos en sus agendas políticas? ¿Y si nos tomáramos un poco más en serio a nosotros mismos y a nuestra calidad de vida y exigiéramos a nuestros políticos, responsables del bienestar colectivo, acciones directas que solucionaran un problema que tendríamos que percibir como insoportable? Esto es lo que han hecho algunas de las ciudades nórdicas, con calidades de vida envidiables. Los ciudadanos han reclamado implantar estrategias que les garanticen respirar aire puro. Una empresa sueca en su catálogo de presentación, entre otras referencias a su tarea cotidiana, indica que sus trabajadores llegan a la empresa en transporte público como una de las medidas para reducir el cambio climático. Podría ser simplemente marketing, pero es un indicador sustancial de la dirección que han emprendido.

Carme Miralles-Guasch. Profesora de Geografía Urbana.

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29 septiembre, 2011 a las 7:13 am

El agua, inesperada arma de destrucción masiva, de S. McCoy en El Confidencial

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Según estimaciones de la FAO, en el último siglo el consumo de agua ha crecido a un ritmo que duplica el del aumento de la población mundial. Fruto de ello es que su escasez afecta prácticamente a todos los continentes. En 2025 se espera que 1.800 millones de personas vivan en una situación de falta total de acceso al líquido elemento. Para dos terceras partes de la población mundial será entonces un recurso escaso”. Así de optimistas se levantaron los analistas de UBS cuando decidieron publicar el pasado 7 de abril un informe de 124 páginas, ni una más ni una menos, titulado “Water Risks to Business” (available upon request en smccoy@cotizalia.com). ¿Arma inesperada de destrucción masiva?

Una pieza para fondo de armario que enseguida me evocó a otra similar de Credit Suisse, también imprescindible, a la que hicimos referencia a finales de 2009 y cuya lectura nos llevó a concluir que “la carestía, en la doble acepción del término como indisponibilidad y precio elevado, puede convertirse en el sustantivo definitorio del agua en un futuro no muy lejano. Con las enormes implicaciones políticas, sociales y económicas que esto supone. Y el potencial universo inversor que se abre para los que estén espabilados” (VA, Del Oro Amarillo al Oro Azul. El Agua como Inversión, 15/12/2009). El Banco Mundial calcula que, solo por razones demográficas, al ritmo actual la demanda de agua se duplicará cada 21 años.

Sin embargo, pese a partir de datos similares, hay una sustancial diferencia de enfoque entre ambos documentos. Mientras que uno pretendía identificar los ganadores bursátiles del desarrollo masivo de negocios ligados a la obtención, almacenamiento, conducción o tratamiento del agua -mercado que Credit Suisse cifraba entonces en 500.000 millones de dólares-, el elaborado por UBS realiza un estudio transversal, industria por industria, de los efectos de una potencial falta de suministro que, por cierto, ya afecta al desarrollo de determinadas zonas de California, China, Australia o la India.

Así, hace un análisis exhaustivo de diez sectores a través de una metodología propia que tiene en cuenta intensidad en el uso, la exposición geográfica tanto de la cadena de aprovisionamiento como de las instalaciones productivas o las políticas empresariales de obtención y aprovisionamiento de agua lo que les permite identificar, siempre de modo aproximado, las firmas más vulnerables y más protegidas en cada uno a este factor de riesgo. Viendo las tablas de resultados no es difícil concluir, desde una óptica puramente regional, que los chinos tienen un problema serio con esta cuestión y que tendrán que hacer algo para solucionarlo. Seamos buenos y no pensemos en términos bélicos. Pena que, en sus conclusiones, España brille por su ausencia.

Señalábamos hace año y medio que “pese a este preocupante entorno, que en cierto modo se ha plasmado en un crecimiento de la factura del agua superior al de la inflación en los últimos años, las inversiones abundan por su ausencia, situándose, en los países emergentes, sustancialmente por debajo de las destinadas a energía, comunicaciones o transporte. Por lo que respecta a las naciones desarrolladas existe un gap entre lo que los fondos que las mejoras en extracción, distribución, reciclado y consumo requerirían y lo realmente desembolsado por gobiernos y empresas privadas. Un problema mayúsculo del que apenas es consciente una opinión pública que, en tales sociedades, continúa instalada en el mantra de una abundancia que, si no está, se inventa”.

Poco ha cambiado desde entonces. Sin embargo la oportunidad sigue ahí, especialmente para un estado como el nuestro en el que abundan los ingenieros y escasean las ofertas de empleo. La ausencia de conciencia colectiva del problema, de recursos públicos o de financiación privada debe ser suplida con voluntad e imaginación. Nuestro país cuenta con un abundante know-how en esta materia que ya está dando frutos allende nuestras fronteras a través de la alianza ATTA. El mundo capitalista está cambiando demasiado deprisa. En vertical ha nacido la economía virtual, en horizontal se ha extendido a nuevos e ingentes mercados. Las consecuencias de ambas dinámicas, sin parangón en la historia, son inmensas, fuente de problemas y oportunidades. El agua es una de ellas. A por ella.

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Introducido por Reggio

22 septiembre, 2011 a las 7:06 am

De la indignación al compromiso, de Juan López de Uralde, Inés Sabanés, Joan Herrera, Mónica Oltra, David Abril y Mario Ortega en El País

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Hay alternativas más justas y eficaces. Como incrementar los ingresos con una fiscalidad dirigida a los que más ganan, más tienen y más contaminan. O reducir gastos militares, eclesiásticos y de infraestructuras ruinosas.

Asistimos a una crisis mucho más profunda que la crisis financiera. Es la crisis de un modelo de desarrollo ambientalmente insostenible, de un modelo económico socialmente injusto y de un modelo político en el que los partidos gobernantes, supeditados a los poderes económicos, han pervertido la esencia de la política y de la democracia -que, no olvidemos, significa gobierno del pueblo- cambiando el gobierno de la ciudadanía por el de los mercados financieros. Tenemos la convicción de la necesidad de una renovación radical de la política, en España y en el mundo, para regenerar la democracia y hacer que la economía esté al servicio de las personas de acuerdo con las necesidades reales de la sociedad y los límites de la biosfera. Estamos en ello.

Compartimos la visión de quienes consideran que la izquierda ahora gobernante tiene un problema mucho más grave que el del avance electoral de la derecha, que es su falta de horizonte y su incapacidad de imaginar otra receta que la de aceptar las presiones antisociales y degradar los derechos públicos y las condiciones laborales. A su vez, hoy no basta con las opciones tradicionales a su izquierda que no solo no han llegado a recoger el voto ofendido sino que han envejecido como alternativa. Si queremos ir más allá, no solo queremos detener a la derecha, sino también cambiar la izquierda.

Porque las respuestas del siglo pasado no sirven para el siglo XXI y porque a los ideales solidarios hay que sumar nuevos valores: la equidad entendida como igualdad de oportunidades y protección social; el ahorro, la mesura y la eficiencia en el uso de los recursos; la responsabilidad para con las personas y la sociedad, con los animales y con las generaciones futuras; el equilibrio en las relaciones con la naturaleza; la independencia de las instituciones públicas respecto a los poderes económicos; la gestión transparente, honesta y eficiente de lo público al servicio de la ciudadanía, la democracia participativa y deliberativa; el pacifismo activo… para abrir caminos hacia otro proyecto realista de sociedad y de civilización en el que sea posible la convivencia pacífica y el bienestar humano para toda la población, ajustando el desarrollo a los límites físicos y biológicos del planeta, en un mundo que, aunque no perfecto, sea viable para todos y más justo.

Estos valores, sobre los cuales debería ser posible encontrar en la sociedad un amplio entendimiento -más allá de las percepciones ideológicas tradicionales-, deberían configurar una línea de salida concreta a la crisis económica actual, que no solo ha provocado ya cinco millones de desempleados en nuestro país y 200 millones en todo el mundo, sino que amenaza con desmantelar el Estado de bienestar, los derechos laborales y la protección social en Europa y con arruinar las perspectivas de una globalización equitativa a escala mundial.

Esa salida es posible: hay otras alternativas más justas y eficientes para superar la crisis. Alternativas como incrementar los ingresos con una adecuada fiscalidad dirigida a los que más ganan, más tienen y más contaminan; modulando la reducción del gasto reduciéndolo de las subvenciones a las actividades contaminantes, de las inversiones en infraestructuras ruinosas -AVE sin pasajeros, aeropuertos sin aviones, autopistas solitarias-, de los gastos militares y eclesiales, etcétera… en vez de quitárselo a los pensionistas o a los empleados públicos, que educan a nuestros hijos, curan a nuestros enfermos y cuidan a nuestros mayores.

Las empresas, por su parte, lo que realmente necesitan no es más flexibilidad para despedir, sino más crédito para producir y contratar.

Es otro enfoque, perfectamente viable. Es necesaria una nueva política económica que tenga como objetivo la creación de empleo, especialmente en la economía verde y en los servicios sociales.

Pero este nuevo enfoque requiere abrirse camino a escala europea, porque no hay soluciones Estado por Estado. No habrá protección de la sociedad frente a los mercados financieros mientras no haya una respuesta diferente de las autoridades europeas: solo una mayor unidad política, económica y fiscal europea -con bonos europeos para una financiación de las deudas soberanas a menores tasas de interés y a más largo plazo, con una agencia europea de calificación y con una tasa a las transacciones financieras- impedirá que el manejo de la deuda griega y la de los demás países periféricos por parte de los mercados financieros acabe por llevar al euro al colapso y a Europa a la ruina.

Los Verdes europeos, con los que nos identificamos, se están batiendo en el Parlamento Europeo por soluciones similares y han propuesto un green new deal para Europa, porque solo la economía verde y baja en carbono permitirá avanzar hacia otro modelo productivo y de consumo frente a una crisis que no es solo financiera y económica, sino también energética, climática y ecológica.

La peculiar situación española, con un desempleo insoportable, aconseja emprender esa dirección. Posibilidades no faltan: España cuenta con un potencial extraordinario en el desarrollo de las energías renovables, con la mayor superficie cultivada de agricultura ecológica, con capacidades tecnológicas en sectores emergentes, con excelentes profesionales en salud, investigación científica y educación, con una sociedad civil emprendedora… que podrían llevar a construir un desarrollo diferente y con pleno empleo. Pero con trabajos menos vulnerables y más sostenibles: solo las actividades generadoras de empleos verdes, como las energías renovables, la agricultura ecológica, el transporte sostenible, la rehabilitación de edificios, etcétera… podrían generar dos millones de nuevos empleos e importantes beneficios sociales, ambientales y económicos.

Recientemente, el autor de ¡Indignaos!, Stéphane Hessel, nos decía que ahora es el momento de pasar de la indignación al compromiso, cada quien desde su ámbito. Quienes suscribimos este artículo lo hacemos desde el ámbito de la política. Hemos acogido receptivamente las movilizaciones sindicales contra la reforma laboral, las reflexiones y propuestas de las gentes de la cultura y escuchado con atención las demandas indignadas de las plazas tras el 15-M, con las que coincidimos. Pensamos que no solo deben cambiar las políticas, sino también la política. Hacen falta reformas electorales y constitucionales de gran calado, una nueva transición para una mejor representación de la ciudadanía, más activa y directa, el fin del bipartidismo y de la partitocracia, un nuevo empoderamiento popular y un republicanismo participativo en el que el poder esté más repartido, con partidos más democráticos, transparentes y refractarios a la corrupción, con organizaciones sociales y ciudadanas más representativas y con más poder de consulta, control y codecisión, donde la iniciativa legislativa popular y los referendos locales, autonómicos y estatales sean instrumentos habituales y normalizados de ejercicio de la democracia… Una democracia que no lo fíe todo a lo representativo, sino que para ganar legitimidad se le añadan instrumentos de democracia participativa y deliberativa.

El desafío no es menor. El momento histórico y la demanda de la sociedad nos exigen algo nuevo e intentarlo hacer en el sentido más amplio y unitario posible. En este contexto queremos contribuir dinamizando un amplio movimiento político que promueva salidas viables, y, por tanto, distintas de la crisis que padecemos, en clave de equidad social, sostenibilidad ambiental y de mayor democracia. Queremos contribuir a construir un nuevo espacio político plural que ofrezca un cauce de participación a las personas que no se resignan a contemplar pasivamente esta situación; especialmente, queremos crear un espacio de activismo político para las generaciones emergentes y de construcción de alternativas para todas las personas que estén dispuestas a comprometerse generosamente para encontrar, individual y colectivamente, soluciones de actualidad a los desafíos de nuestro tiempo. Ese es nuestro compromiso.

Juan López de Uralde, EQUO, comisión promotora; Inés Sabanés, EQUO; Joan Herrera, secretario general de ICV; Mónica Oltra, diputada de las Cortes Valencianas por Compromís; David Abril, secretario general de Iniciativa Verds (Baleares) y Mario Ortega fue coordinador de Los Verdes de Andalucía.

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Introducido por Reggio

14 septiembre, 2011 a las 7:20 am

Fertilidad e indefensión en Asturias, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Sobre el discurso de ingreso en el RIDEA de Leopoldo Tolivar Alas

El agua de nuestras fuentes y arroyos que se funden con la mitología; la de los ríos que lavaron durante tantos años el carbón; la de los manantiales salutíferos; la del deshielo de nuestras cumbres; pese a ser tan consustancial a esta Asturias lluviosa, no ha llamado abundantemente a la inspiración jurídica, donde el vacío literario es manifiesto. Una curiosa sequía en un territorio pródigo en agua.

(Leopoldo Tolivar Alas, Leyes de aguas y aguas sin ley en el Principado de Asturias)

Conozco bien esa historia, la de un pueblo que pone gran parte de las expectativas de sus cosechas en el regadío de las tierras y que, al mismo tiempo, se ve en la necesidad de proteger su vega ante el peligro de unas riadas que, como la experiencia muestra, pueden arrasar con todo. Para un ribereño del Narcea, algo así forma parte de los trabajos y los días de muchas generaciones y, por supuesto, está en la memoria colectiva. Pues bien, Leopoldo Tolivar Alas, en su discurso de ingreso en el RIDEA, puso de manifiesto, entre otras cosas, que tal fuente de riqueza y, al mismo tiempo, peligro, no tuvo, históricamente hablando, un tratamiento legislativo adecuado para activar el potencial de desarrollo y para preservar las inundaciones ruinosas, ello al margen de la precariedad lógica de los siglos pasados en materia tecnológica. Aquí se incide en las lagunas jurídicas.

No deja de ser llamativo que el bisnieto del novelista que dio vida literaria a aquella Vetusta en la que tanto llovía, que también fue autor de relatos inolvidables donde hay pinceladas paisajísticas verdaderamente antológicas sobre lo que son nuestros valles y montañas, haya acometido una investigación, desde su especialidad académica, en la que aborda, con erudición y amenidad, sobre qué pilares legales se vino asentando cuanto se hizo durante siglos para potenciar esa riqueza y para defendernos de esos peligros.

Lo cierto es que hay muchas formas de pensar Asturias. Lo cierto es que Leopoldo Tolivar, desde el lirismo con el que su bisabuelo describió esta tierra; desde el gran ejemplo que supuso su abuelo en su condición de profesor universitario de auténtica referencia; desde la acrisolada erudición de su padre; desde el recuerdo de su madre, recientemente fallecida, que atesoraba todo esto que venimos consignando, acometió la tarea de explicar, desde una investigación rigurosa y lúcida, en qué parámetros legales se ha movido Asturias con respecto a ese asunto tan determinante que abordó en su discurso en el RIDEA.

No se trató sólo de ir desgranando las leyes por las que se vino rigiendo todo esto; no se trató sólo de un tránsito, que llevó a cabo con admirable capacidad de síntesis, por la historia del derecho en nuestra geografía en la materia que le ocupó, sino que además el sentido del humor, un repertorio de episodios bien traídos, asomos de elegante mordacidad, etcétera completaron un discurso en el que el interés no decayó en ningún momento, en el que se tenía la impresión de estar asistiendo a una forma de sentir y pensar Asturias aportando un conocimiento que explica en no pequeña parte nuestros afanes y nuestros días, que da cuenta de una pasión y lucidez que contribuyen a conocerla mejor.

Leyes contradictorias, necesidades casi nunca cubiertas, lluvias torrenciales que se llevaban por delante puentes, que arrasaban cosechas, aguas de las que se hacían usos no siempre encaminados hacia el beneficio común. Y, en tan largo recorrido, sí hubo momentos en los que las referencias fueron obligadas, entre ellas, claro está, la de Jovellanos, cuya sensatez estuvo al servicio de su tierra cuando se ocupó de algunos contenciosos relacionados con el asunto que aquí nos trae.

Gracias a la investigación de Leopoldo Tolivar Alas de la que se ocupó en el discurso al que venimos aludiendo, contamos con un instrumento muy valioso y operativo para sumar al repertorio de las carencias que a lo largo de la historia hemos padecido. Un instrumento que da cuenta de una paradoja: fertilidad e indefensión de Asturias.

Al terminar el acto, tan pronto puse los pies en la plaza Porlier, no pude dejar de tener en cuenta que me hallaba en el mismo corazón de la novela clariniana en la que tanto y tanto llovía. Al atravesar el puente de Lanio, recordé las alusiones que Leopoldo hizo en su discurso a las consecuencias de algunas riadas en el pueblo donde resido y que me vio nacer. Al llegar a casa, no pude evitar la sensación agridulce que me produce una Asturias que ni en el pasado ni en el presente supo y sabe valorar lo mejor que tuvo y tiene, si bien sigue estando a nuestro alcance saber dónde se localiza y focaliza ese filón que aún perdura que da cuenta de nuestra auténtica potencialidad.

Hay personas como Leopoldo Tolivar que por lo que atesoran y por lo que plasman ejemplifican admirablemente en sus trabajos y sus días el filón al que acabo de aludir.

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Introducido por Reggio

5 julio, 2011 a las 7:14 am

La lista (negra) de la compra, de Isaac Rosa en Público

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“Es verdad que los niveles de metales son una preocupación constante de las autoridades, pero el pescado azul es tremendamente saludable.” -Leire Pajín, ministra de Sanidad-

La lista de la compra cada vez tiene más tachaduras: las últimas, el atún, el pez espada, las gambas, y las acelgas y espinacas para bebés. Sí, es verdad que después de soltar la advertencia, las autoridades –presionadas por los sectores afectados- nos tranquilizan y nos animan a seguir consumiendo sin miedo. Pero coincidirán conmigo en que no da mucha confianza un alimento que las embarazadas y los niños deben evitar, o que el resto de la población puede comer pero sin pasarse.

Como lo del mercurio en los atunes se sabe desde hace tiempo, cabe pensar que seguiremos comiéndolos como si nada, pues en la alimentación nos domina desde hace tiempo una forma de resignación: nos hemos convencido de que, en mayor o menor medida, todo lo que comemos es dudoso, pero lo asumimos como un precio por vivir en una sociedad avanzada.

La primera parte del razonamiento es bastante cierta: todo lo que comemos es dudoso, pocos productos de la industria alimentaria resisten hoy un examen a fondo. Apliquen el análisis de los atunes a las hortalizas llenas de pesticidas, los cerdos y terneras criados en condiciones insalubres e hinchados a antibióticos, o los pollos y huevos que ya sabemos que tienen toxinas. En todos los casos cabría hacer recomendaciones de consumo moderado y grupos de riesgo, y se acumulan evidencias sobre su relación con la proliferación de cánceres, todo tipo de enfermedades y alergias.

Pero la segunda parte del razonamiento fatalista no tiene por qué ser cierta: no podemos aceptar que la contaminación alimentaria es inevitable. Al contrario, hay que denunciarla y exigir otras formas de producción. Es cierto que es inseparable a un modelo de desarrollo económico que llena el mar de mercurio –la pregunta que deberíamos hacer tras saber lo del atún es ¿de dónde ha salido todo ese mercurio?-, y que busca el máximo beneficio fabricando comida. Pero antes que un motivo de resignación, debería ser una razón más –y no menor precisamente- para cambiar un sistema que perjudica seriamente a la salud. La nuestra y la del planeta.

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Introducido por Reggio

4 julio, 2011 a las 7:13 am

El abrazo del oso de Greenpeace al Panel de la ONU sobre el Cambio Climático, de José M. de la Viña en El Confidencial

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Se publicó por fin el informe final del Panel de la ONU sobre el cambio climático (IPCC), aquel que publicitaba que en el año 2050 el 77% de la energía se generará con renovables. Desde entonces las críticas se multiplican por la red. Críticas que permiten atar muchos cabos y ayudan a encajar las piezas, tanto de la frustrada política energética y medioambiental patria, como de la de otros muchos países, entre ellos Alemania.

En el artículo del pasado diez y siete de mayo un servidor mostraba extrañeza y se preguntaba cómo era posible que buena parte de ese elevado porcentaje se pudiese producir mediante biomasa y biocombustibles sí, con las relativamente modestas plantaciones actuales, ya se pueden percibir conflictos con la producción alimentaria que se están reflejando en los precios, entre otros muchos interrogantes que mencionábamos en aquel momento.

Un informe sesgado…

El exhaustivo informe final que acaba de ser publicado dedica el capitulo dos a esta fuente de energía y añade en otros apartados consideraciones como el agua necesaria o la influencia del cambio climático en su desarrollo futuro. En ellos se mencionan diferentes escenarios de los cuales el que acapara los titulares es el más extremo y optimista. Escenario que tendría lugar solo si todos los astros y constelaciones se alinearan a la vez, es decir, si todo jugara a favor de la biomasa incluyendo nuevas tecnologías o factores que a día de hoy desconocemos o no dominamos.

Los mismos autores de los trabajos científicos en los que se basa el informe destacan machaconamente la prudencia con la que deben ser tomadas sus investigaciones, la gran incertidumbre y los enormes interrogantes que encierran, así como la falta de datos suficientes, con lo que la necesidad de incrementar el trabajo investigador es evidente. Ellos mismos reconocen sus limitaciones, la falta de conclusiones fehacientes y que se trata de un escenario más deseable que de momento realizable.

Sin embargo, un trabajo riguroso, con los riesgos que implica tratar de predecir el futuro, ha sido percibido por muchos como un alegre brindis al Sol por parte de los científicos. Nada más lejos de su intención. Pero son solo sabios y si algo han demostrado sobradamente es que las relaciones públicas no son su fuerte.

… por parte de activistas de Greenpeace…

Parece ser que el informe final, y de ahí las críticas que pululan por Internet, ha sido redactado con la colaboración de destacados miembros del grupo ecologista Greenpeace, que han dado al informe el sesgo por ellos deseado, arrimando el ascua a su sardina y desvirtuando un contenido por otro lado correcto y riguroso.

Este conocido grupo tiene una determinada forma de ver el futuro marcado por su propio ideario, que se puede analizar en este enlace. Un mundo maravilloso el que pretende imponer sin darse cuenta que los buenos deseos no siempre irán acompañados por los resultados ansiados, por mucho que se pueda empeñar uno. Y que esa rigidez puede perjudicar enormemente aquello por lo que luchan, como ha pasado en España con la energía solar fotovoltaica y en Alemania con el cierre precipitado de sus centrales nucleares.

… que confunden deseo con realidad…

Greenpeace propone un planeta perfecto movido casi exclusivamente mediante energías renovables para el año 2050. Eso es algo a lo que todos nos apuntamos. Pero el mero deseo no significa necesariamente que pueda ser posible alcanzarlo, al menos de momento, de una manera razonable.

Tal escenario está basado, en una proporción muy importante, en la generación mediante energía solar, tanto fotovoltaica como termo solar, con hibridación de biomasa y capacidad de almacenamiento de energía para cuando no haya Sol. Los objetivos son muy loables.

… también es España…

En España, tal escenario idílico se plasmó en un informe que publicó el think tank de cabecera del PSOE, la Fundación Ideas del ex ministro Caldera, que trajo como consecuencia el nefasto decreto que promovió los huertos solares en España, con los desastrosos resultados económicos y para la industria que todos padecemos.

Tal informe, en el que se afirmaba que para el año 2050 España debería disponer de una potencia de generación mediante biomasa instalada de ¡¡¡20.000 MW!!! no argumentaba de donde iban a sacar tierra de labor suficiente, el agua o los materiales necesarios para fabricar paneles solares de manera masiva, como la plata o las tierras raras, muy contaminantes en su extracción, entre otros muchos factores.

Y, menos todavía, tomaba en consideración que, según los escenarios más razonables previstos para los próximos años, España, sobre todo la mitad sur, será uno de los rincones de Europa más perjudicados por el calentamiento global. Con lo que los rendimientos agrícolas y la disponibilidad de agua serán menores que en la actualidad, salvo milagros climáticos de última hora debidos a las manchas solares y la actividad cíclica del Sol, o cualquier otro motivo tecnológico, como pueden ser las algas energéticas, la aparición de semillas fantásticas, fertilizantes milagrosos de origen no fósil, o mutaciones genéticas que nos permitan sobrevivir con la mitad de calorías y sin consumir nada de carne y tampoco pescado.

… y acaban desacreditando una labor meritoria

La publicación del IPCC que acaba de ver la luz apunta en la misma dirección, con la salvedad de que los informes científicos en los que se basa destacan sus propias carencias e incertidumbres, como las mencionadas anteriormente, cosa que no hacía el panfleto español.

Desgraciadamente, el sesgo añadido al informe final por parte de los colaboradores del grupo ecologista, y a las notas de prensa de las que se hicieron eco los medios, desvirtúan el contenido real de los rigurosos trabajos realizados y vuelve a poner al grupo de científicos a los pies de los caballos, inmerecidamente, una vez más.

La tergiversación del valioso trabajo del IPCC por parte de grupos ideológicamente inflexibles y tácticamente intransigentes hace que una labor científica excelente no se perciba como tal, atraiga una oposición descarnada y sea rechazada entre amplios sectores de la opinión pública, proveyendo de munición a aquellos que niegan, sin mayor argumento serio que lo respalde, todo lo que les produce miedo o no interese.

Las decisiones energéticas y medioambientales deberán basarse en evidencias razonadas y no solo en buenas intenciones. Y en saber comunicar adecuadamente a la sociedad los resultados de las investigaciones en marcha y explicar los riesgos e incertidumbres.

De momento, el IPCC va perdiendo la batalla mediática y sigue proyectando entre amplios sectores de la población una imagen pobre acerca de su trabajo. Sabemos que lo suyo es investigar y que son prudentes y rigurosos en la publicación de los resultados. Los avalan muchas instituciones de prestigio mundial y larga solvencia demostrada.

Pero deberían reforzar la trinchera de la gestión mediática y mundana, para poder eludir eficazmente tanto los perniciosos y contraproducentes abrazos de los osos ideológicos que pretenden instrumentalizar su labor, como de aquellos otros grupos recalcitrantes que injustamente denuestan su trabajo.

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Introducido por Reggio

28 junio, 2011 a las 7:08 am