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Lo inevitable también ocurre, de Lluís Foix en La Vanguardia

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El periodismo se ocupa de momentos concretos, de lo que ocurre en un cierto lugar, es un imprescindible borrador de la historia, relata lo que observa y tiene que estar en condiciones de cambiar de punto de vista cuando la realidad así lo exige. Entiendo que un periodista ha de estar abierto a todos los puntos de vista, lo que no significa ser indiferente a todas las actitudes. La propaganda es mala, incluso para quien pretende beneficiarse de ella. La realidad acaba sabiéndose aunque transcurran siglos. Hay cosas que no se escriben, dijo Napoleón al saber la capitulación de Bailén. No se escribió, pero se supo al instante.

Va a empezar un año en el que las incertidumbres son múltiples. Después de lo que ha ocurrido en el 2011, ya no creo más en el periodismo de predicciones. Hace un año nadie se habría atrevido a insinuar que en los próximos meses habrían caído tres dictadores de tomo y lomo en el norte de África. Varios ministros franceses todavía pasaron las vacaciones de estas fechas en Túnez y Egipto, invitados, por supuesto, por los dictadores.

Las primaveras árabes han dado prisa a los gobiernos autárquicos y dictatoriales de la zona para reformar constituciones o abrir tímidamente sus rígidos sistemas de gobierno. Fueron malos tiempos para las dictaduras de todo pelaje.

Nadie habría previsto que en las gélidas calles de Moscú, con la nieve cubriendo las aceras y tejados, decenas de miles se manifestarían para pedir la repetición de las elecciones y la retirada de Vladímir Putin, que supuestamente organizó un pucherazo en las urnas. Lo que ocurre en Rusia, ya lo dijo Churchill, “es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”. Lo cierto es que desde las guerras napoleónicas, Rusia ha condicionado la política internacional.

Empezábamos el año con la seguridad de que el euro y la Unión Europea eran cartas tan sólidas como el crecimiento de los indios o los chinos. Que nadie haga predicciones, ni siquiera el flamante equipo de Mariano Rajoy, que vive las mejores horas de un gobierno, que son las previas a las primeras decisiones. Los socialistas temían la derrota, pero no por una goleada tan estrepitosa.

Tampoco estaba previsto que el rey Juan Carlos acabaría el año con un discurso pidiendo que la justicia actúe sin discriminaciones, refiriéndose a su yerno Urdangarin, que supuestamente ha cometido delitos de mayor cuantía. No es imprescindible hacer predicciones cuando se analizan los hechos ocurridos este año. Mitterrand dijo que la caída del muro de Berlín no la vería él ni la siguiente generación. Cayó al día siguiente.

Es aconsejable la cautela, porque la velocidad del cambio es de tal envergadura que sabemos que vamos muy deprisa pero desconocemos hacia qué puerto nos dirigimos. En tiempos de crisis ocurre también lo inevitable.

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29 diciembre, 2011 a las 7:15 am

No leído en la prensa, de Juan Goytisolo en El País

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1. Es ya oficial: la prestigiosa e infalible agencia de notación Moody’s ha rebajado a AAa la nota del Espíritu Santo. Según el Consejo Superior Bancario, el Padre y el Hijo conservan por ahora la triple AAA.

2. La plegaria de Su Santidad Benedicto a la Virgen por el éxito de la Cumbre Europea de Bruselas llenó de estupor a los banqueros y gestores de la crisis. (¿Cómo se ha atrevido el Pontífice a mezclar a la Virgen con algo tan intangible y sagrado como es el euro?).

3. El Reino de Don Quijote, el gran proyecto inmobiliario y de ocio -incluido un complejo hotelero de cinco estrellas estilo Las Vegas y para el que se preveían inversiones de 6.500 millones de euros- está en suspensión de pagos. La noticia sorprendió al hidalgo manchego y a su fiel escudero en la venta de Maritornes del capítulo XVI de la Primera Parte. Aunque asediado por los medios, nuestro héroe se negó a posar ante las cámaras y a hacer declaraciones a los corresponsales internacionales acreditados en España.

4. El anuncio de que la Iglesia católica, en razón de la grave crisis que atenaza a la mayoría de la población, iba a renunciar a los privilegios que le otorga el Concordato firmado después de la muerte de Franco y donar incluso una parte de sus bienes a los SDF (sin domicilio fijo) y a los millones de ciudadanos en paro, fue inmediatamente desmentida por el portavoz de la Conferencia Episcopal. No hay que confundir los bienes materiales con los espirituales, explicó a la prensa. Unos son transitorios y los otros eternos e inmutables. Eso sería, añadió con una sonrisa discreta, mezclar capachos con berzas.

5. La presencia solidaria de Iñaki Urdangarin, duque de Palma, en la acampada de Nochebuena de los SDF (sin domicilio fijo) y desahuciados víctimas de la crisis, a fin de redorar su dañada imagen tras los escándalos que le vinculan a Nóos, difundida por una radio alternativa, no pudo ser confirmada por el interesado, recluido desde hace tiempo en su mansión de Washington, a pesar de la insistencia de nuestros corresponsales en la capital estadounidense. La participación en la acampada de Francisco Camps, Jaume Matas, senyor Millet, Roca y El Bigotes fue por el contrario inmediatamente desmentida por un portavoz oficial.

6. A la funesta nueva del fallecimiento de su Querido Líder, el pueblo norcoreano rompió en irreprimibles sollozos, con la misma unanimidad sincronizada con la que antes coreaban su presencia con encendidos y ritmados aplausos. Las cámaras ultrasensibles que captaban la grandiosa manifestación de dolor colectivo detectaron, no obstante, en la 28ª fila de camaradas que gemían y daban rienda suelta a sus sentimientos de desamparada orfandad, el rostro de una mujer en cuyos lagrimales había introducido sendas gotas de plástico que desmentían su presunta aflicción pese a que lloriqueaba y contraía el rostro como los demás. Detenida por los agentes de la Seguridad Popular confesó su odiosa manipulación, por lo que fue sometida a un juicio sumario y fusilada en el acto por alta traición a la Sagrada causa del líder difunto y de su Benemérito hijo y sucesor.

7. El anuncio de la subasta del mobiliario y de los palacios y residencias del depuesto presidente tunecino Ben Ali atrajo a docenas de adjudicatarios, clientes y curiosos del mundo entero, pero se reveló un fiasco. Fuera de los consabidos sillones de terciopelo granate con respaldo y brazos dorados que tanto gustan a los monarcas y autócratas árabes, los tasadores y coleccionistas no hallaron otra cosa que centenares de óleos y fotografías gigantes del líder con el pecho cubierto de bandas y medallas o en ascensión fallida a la gloria envuelto en la bandera patria.

8. A fin de evitar los casos más y más frecuentes de quienes cuelgan en la Red vídeos de contenido sexual clandestinamente filmados de hombres de Estado, ministros y, en general, miembros de la clase política y cortar de raíz estos chantajes, la Radical Equality of Human Beings Association, de Livingstone, N.J, de inspiración anarquista ha lanzado la razonable propuesta de que todos los candidatos a cargos estatales -presidentes, diputados, jueces, funcionarios internacionales…- se sometan voluntariamente al rodaje estándar del momento que satisfacen sus imperiosas necesidades naturales: bajada del pantalón, asiento en la taza o cita con el señor Roca, esfuerzos evacuatorios, breve contemplación de la obra hecha, recurso al papel higiénico, etcétera. Dicho ritual firmado incluido en el expediente de su candidatura constituiría la prueba del talante democrático propio de quienes aspiran a gobernar con modesta honradez y les pondría a cubierto las revelaciones filtradas por sus adversarios con el propósito de truncar su prometedora carrera.

9. España se ber-lus.-co-ni-za. ¿Quién la des-ber-lus-co-ni-za-rá? El des-ber-lus-co-ni-za-dor que la des-ber-lus-co-ni-ce buen des-ber-lus-co-ni-za-dor será.

10. Los Santos Inocentes somos nosotros, querido lector. El fatalismo risueño del dios Mercado nos ha ninguneado y festejaremos alegremente con las uvas un año nuevo que será, sin duda, aún peor que el anterior.

Juan Goytisolo es escritor.

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28 diciembre, 2011 a las 7:20 am

¿Quién mata la libertad de prensa?, de Javier Darío Restrepo en El País

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La impunidad es la nota común en las muertes violentas de periodistas en América Latina. Pero también la prensa gratuita, Internet, los Gobiernos y nosotros mismos estamos aniquilando la prensa en esta región

Para la Sociedad Latinoamericana de Prensa (SIP), 2011 ha sido el año más trágico para los periodistas en dos decenios. En un informe, el periodista Tyler Bridges señala que entre 1995 y 2010 fueron asesinados en el mundo 258 periodistas, y de los 40 asesinados este año, 22 son latinoamericanos. Sin embargo, en los tribunales solo existen 59 procesos.

Si usted pregunta por los otros 199, habrá dado en el clavo: la impunidad es la nota común en las muertes violentas de periodistas y una de las causas de la multiplicación de los casos de asesinato.

Cuando un tribunal colombiano llamó a juicio al político Ferney Tapasco, acusado como autor intelectual de la muerte del columnista Orlando Sierra el 30 de enero de 2002 en Manizales, su caso pudo ser clasificado como excepcional. Es uno de los seis procesos en el mundo que han llegado hasta los que urden y ordenan la muerte de periodistas.

¿De dónde procede esa inquina asesina contra unos profesionales que, por definición, solo esgrimen las armas de la inteligencia y las ponen al servicio de los otros?

En el enfrentamiento más común, el de periodistas y gobernantes, la inquina nace como una reacción del funcionario ante un fiscal que no ha sido nombrado y que, sin embargo, sigue todos sus actos con severidad implacable, en nombre de la ciudadanía.

En una inusual declaración recogida por la PNUD en su informe de 2004 sobre la democracia en América Latina, presidentes de la región califican a la prensa como “contrabalance del poder presidencial”, “medios hostiles”, “servidores del gran capital”, “obstáculos para la gobernabilidad”, “dueños de un poder total con responsabilidad cero”.

Desde ese punto de vista son explicables las leyes de desacato de que echan mano los funcionarios para presionar a los periodistas y medios que, según ellos, han desafiado o desacatado su autoridad. Es solo uno de los medios con que un presidente latinoamericano puede pasar a la ofensiva contra los medios. La realidad muestra muchos más.

En Bolivia, el año 2009 se contaron nueve agresiones contra periodistas en nueve meses, mientras en Nicaragua las turbas oficialistas se han encargado de acosar a la prensa con asaltos y golpizas; la campaña persistente del presidente Correa contra la prensa ha dado resultados. Su reiterada acusación a la prensa corrupta ha calado y es perceptible una extendida desconfianza hacia los periodistas. En Venezuela uno de los llamamientos presidenciales es a apagar televisores para tener la mente limpia. No es necesario leer periódicos. Por su parte, el presidente nicaragüense, Daniel Ortega, sitia económicamente a los medios de la oposición y promueve un acoso judicial contra periodistas incómodos para el gobernante.

Los informes de las últimas semanas dan cuenta de otro hecho sorprendente: la participación de ciudadanos comunes en los atentados contra periodistas.

En Honduras fueron miembros de una facción política los que amenazaron a la prensa por sus críticas al golpe de Estado. También en Bolivia, en el Alto, un locutor de radio fue atacado y apuñalado, tras ser amenazado. En México se cuentan 10 ataques contra los medios en este año y en Argentina una estación de radio fue incendiada y silenciada, según su propietario, por razones políticas.

¿Ha dejado de ser el periodista esa figura emblemática en la que la gente confiaba cuando perdía la fe en las demás instituciones? Los narcotraficantes, como sucede en México, muestran su poder al silenciar a periodistas, o intimidan a los medios que osan denunciarlos, o imponen silencios y desconfianzas en las redacciones en que los periodistas miran a sus pares como posibles infiltrados de las poderosas mafias.

Sume a estos hechos el de la vinculación de periodistas y medios a políticos de imagen turbia, y la implicación de la prensa en campañas de imagen de empresas de sospechosa catadura, los silencios interesados o no sobre hechos de escándalo, que los lectores interpretan como complicidades, y tendrá usted los factores que producen la baja credibilidad de los medios y el desmoronamiento de una influencia que parece ir a la par con la desaparición de medios de comunicación.

Nadie parece lamentar la desaparición de estos medios porque el sustituto, las noticias por Internet, resulta satisfactorio. La participación de este medio en las audiencias mundiales ha pasado del 4% al 22% y sigue creciendo. Una reciente encuesta, en Medellín, Colombia, fue reveladora: la mayoría de los lectores, el 42,26%, utiliza el periódico para leer las tiras cómicas y, mientras le dedican 3.2 horas día a la televisión y 3.1 horas al día a Internet, leen periódicos durante 21 minutos de promedio.

Este declive de la influencia y del peso moral de la prensa ocurre al mismo tiempo que arrecian los ataques desde el poder y se intensifica la guerra de narcotraficantes y delincuentes contra la prensa.

En un artículo dedicado al análisis de esta situación el periódico The Nation señalaba las causas:

- Los Gobiernos que toleran la impunidad, que fue el hecho emergente en el foro promovido por la SIP en Ciudad de Guatemala, en donde al cabo de la exposición de casos de periodistas asesinados en América y el mundo, se impuso la conclusión de que, con excepciones, todos esos ataques se mantenían impunes y de que esa impunidad pasaba a ser otra causa del problema.

- En el mismo artículo de The Nation había otro apunte: los directores y gerentes de medios suelen considerar que los mecanismos de seguridad para sus periodistas no son parte de su responsabilidad, de modo que, como sucede en México, las reclamaciones de los reporteros para disponer de un chaleco antibalas, o un seguro de vida que les garantice que sus familias no quedarán desamparadas, son demandas que las empresas consideran extravagantes, excesivas y fuera de la órbita de sus obligaciones.

- The Nation lo sugiere, pero los hechos le han dado solidez a este otro punto: los propios periodistas han contribuido al agravamiento de su situación por la ingenuidad y el exceso de confianza con que se exponen al peligro, como si su carné de periodista pudiera detener las balas o los machetes.

Más grave aún fue la denuncia que hizo ante la directiva de la Fundación para la Libertad de Prensa de Colombia un antiguo fiscal general de la nación. Al informar sobre las investigaciones sobre periodistas amenazados y asesinados, aseveró que había encontrado que algunas amenazas y muertes se habrían podido evitar. Acusaciones hechas a la ligera, adjetivos innecesarios, acotaciones gratuitas y alegres de periodistas de radio que improvisan para dar cuenta de los hechos antes que sus competidores, afectan a grupos poderosos que por ser delincuentes no son menos sensibles a las acusaciones públicas, sobre todo cuando son inexactas. Una información responsable y documentada reduciría la frecuencia y la gravedad de los atentados, dijo.

Fue el tema tratado en el foro Eurolatinoamericano, promovido por la Fundación Nuevo Periodismo y la Asociación de Periodistas Europeos en Asunción, recientemente. Se planteó que ante el acoso judicial, promovido por gobernantes o por entidades o personas afectadas, el periodista que esgrime pruebas de sus afirmaciones puede cambiar el rumbo de un proceso. En cambio, las acusaciones sin pruebas se vuelven contra el medio y el periodista, que pierden en los estrados judiciales y ante la opinión pública. En el caso concreto del periódico El Universo de Guayaquil se ha llegado a decir que lanzó “una acusación hipotética, debatible, grave, que hay que demostrar, pero sin intención delictiva”.

- Como la justicia no debate sobre intenciones sino sobre hechos, cada uno de estos adjetivos sobra y termina por afectar sobre todo a quien los sostiene.

- The Economist se preguntaba en un informe especial: ¿quién es el asesino de la prensa? Y se respondía señalando a la prensa gratuita, a Internet, a los Gobiernos. Sería desconcertante pero probable que, como en las buenas novelas policiacas, la indagación llegara a decir que somos nosotros mismos los que estamos aniquilando la prensa. Por lo visto esta es la hipótesis posible.

Javier Darío Restrepo es periodista colombiano.

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27 diciembre, 2011 a las 7:19 am

Las malas noticias, de José Manuel Atencia en El País de Andalucía

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Hay un dicho periodístico que dice que una buena noticia no es noticia. Este año que está a punto de concluir nos hemos tenido este problema en los medios de comunicación: ha sido un año cargado de malas noticias. A veces los lectores se quejan de que no se puede leer un periódico, ni escuchar la radio ni ver la televisión sin descubrir que todo a nuestro alrededor es un completo horror. El año que está a punto de concluir ha sido un horror.

La crisis no es solo un problema económico es también la principal arma de una estrategia social. Un modo de imponer unas reglas de juego por parte de los mercados, un negocio redondo para los especuladores y un mecanismo de defensa de las grandes corporaciones bancarias. El sistema se sustenta en una premisa: el miedo. La crisis lleva implícito el miedo a la pérdida del puesto de trabajo; el convencimiento de que hay que renunciar a parte de los derechos alcanzados por miedo a perderlos todos; la obligación de medir el bienestar con parámetros estadísticos, por miedo a no tener bienestar alguno. Y todo ello, desde la necesidad de ofrecer todos los días un número suficiente de malas noticias que tengan la capacidad de mantener al personal amedrentado y sin posibilidad de reacción. Con el miedo metido en el cuerpo.

Todos los cambios que está experimentado el mundo económico, para empeorar nuestras vidas, tienen como precedente una mala noticia. La subida de la prima de riesgo, el peligro a una recesión, el desplome de las bolsas, la ralentización de la economía… El año ha sido un anuncio constante de que venía el lobo. El lobo aparecía en los mercados, en los parqués, en los centros de trabajo, entre los empleados públicos… Y, curiosamente, ahuyentar al lobo ha sido una responsabilidad exclusiva de los ciudadanos, como usuarios de algunos de los logros alcanzados por el Estado de bienestar: sanidad, educación, ley de dependencia, prestaciones por desempleo. Nunca ha venido el lobo para comerse a los responsables de los desmanes especulativos, ni a los que rompieron el saco con su avaricia. El lobo, únicamente, ha tenido ojos para los mismos.

Al escritor y académico Emilio Lledó le preguntaron una vez por la tendencia de los medios de comunicación a publicar siempre malas noticias y dijo: “Lo negativo existe; existen la violencia y mil monstruosidades, y no se pueden ni se deben ocultar. Pero un mundo alimentado solo con noticias catastróficas crea desesperación y lo hace invivible”. Aunque de una parte sustancial de este mundo “invivible” que estamos creando hay un nivel importante de responsabilidad en los medios de comunicación, mucho me temo que el problema nos sobrepasa. Ya escribí que todos los siglos han tenido su miedo a algo. La peste fue el miedo en la Edad Media. Ahora, el miedo a la pérdida del empleo es la peste del siglo XXI. Los medios de comunicación, al final, no somos más que un fiel reflejo de la sociedad en la que estamos implantados. Y los medios, por tanto, constatamos ahora el miedo en todas sus variantes, incluido el miedo de nosotros mismos a cuestionar lo que, a todas luces, habría que empezar a cuestionarse.

Juan Arias, defensor del lector en este periódico, se planteó ya en 1995 la existencia real en los medios de comunicación de un cierto agobio de “malas noticias” que nos invadían por todas partes. Y alertaba sobre la depresión que este hecho podría ocasionar en los lectores, cuestionándose además si el buen periodismo es el que presenta la idea de un mundo o una sociedad sin “esperanza”. Ese ente que se llama mercado nos ha hecho creer que el mundo que vivíamos estaba siendo un privilegio que no nos podíamos permitir y nos ha llenado la vida de tantas malas noticias que esto empieza a ser insoportable. Y lo peor es que los medios de comunicación hemos comprado el miedo que nos vendían los mercados, y lo hemos instalado en las portadas. Quizás, por puro miedo.

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27 diciembre, 2011 a las 7:17 am

Las más respetadas, de José Juan Toharia en El País

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La pregunta es: si un amigo suyo extranjero le preguntase cuál es la empresa española que le inspira más respeto y confianza, es decir, la que en mayor medida le haría a usted sentirse orgulloso de que representase a España, ¿qué respondería? Y las respuestas que a la misma dan los españoles se reparten entre más de un centenar de menciones, si bien solo 12 (las que figuran recogidas en el cuadro adjunto) alcanzan o superan el 1% -es decir, son citadas como mínimo por un porcentaje que vendría a equivaler a unas 350.000 personas-. Telefónica (mencionada por un 21%, es decir, por unos siete millones de españoles) ocupa, destacada, el primer lugar en el podio, seguida por Banco Santander (15%) y por Repsol (12%). A continuación, en cuarto lugar, figura Inditex (11%), seguida por El Corte Inglés (7%). La sexta posición la comparten Iberdrola y BBVA (citadas, cada una, por un 5%), correspondiendo la séptima a Mercadona (4%) y la octava a Endesa (3%). La novena plaza es compartida por La Caixa y Gas Natural-Fenosa (con un 2% en cada caso) y la décima por ACS (mencionada por un 1%).

Al valorar estos resultados resulta imprescindible tener en cuenta que esta amplia dispersión de las respuestas (así como los relativamente bajos porcentajes correspondientes a cada una) guardan relación directa con la forma en que estaba formulada la pregunta: lo que se solicitaba de los entrevistados no era que mencionasen todas las empresas españolas que les inspiran respeto, confianza y orgullo, sino tan solo una: la que lo hace en mayor medida.

Las respuestas obtenidas responden, por tanto, a una selección excluyente. De haberse admitido una respuesta múltiple, los porcentajes de mención correspondientes a cada una de las empresas recogidas en el cuadro hubieran sido, con toda certeza, muy superiores, y también habrían sido claramente más las empresas que habrían superado el corte del 1%. Conviene así no olvidar que los porcentajes que aquí se presentan corresponden exclusivamente a nominaciones para el primer lugar de la clasificación y no reflejan, en modo alguno, la proporción real de españoles que pueda identificarse de forma positiva (aunque no necesariamente tanto como para situarlas por encima de las demás) con las empresas existentes en nuestro país.

Por otro lado, esta notable dispersión de las respuestas quizá pueda ser interpretada en el sentido de que existe una confianza muy generalizada en los españoles respecto de nuestro tejido empresarial, lo que vendría a dificultar su decisión sobre qué empresa colocar, aislada, en cabeza.

Las respuestas son espontáneas, no han sido en modo alguno sugeridas. Esto es, no se facilitó a los entrevistados ningún listado previo de empresas que pudiera orientarles (y quizá, inevitablemente, a la vez condicionarles) en su contestación. Los resultados obtenidos reflejan así la mención libremente elegida entre los nombres que al oír la pregunta pudieron venir -más directamente y sin sugerencia externa alguna- a la mente de las personas entrevistadas.

La alusión en el texto de la pregunta a “un amigo extranjero” (al que supuestamente iría dirigida la respuesta) constituye un artificio metodológico para tratar de eliminar, en la máxima medida, posibles sesgos en las contestaciones. Al sugerirse un hipotético interlocutor ajeno por completo a la realidad española y en el que, por tanto, el entrevistado no puede imaginar reacción alguna (ya sea de sorpresa, de aprobación o reproche) ante su respuesta, cualquiera que esta fuese, se potencia la espontaneidad y desinhibición en la contestación.

En cuanto al tercio (35%) de la población española mayor de 18 años que no supo qué contestar a la pregunta (queda incluido en este grupo el exiguo 1% que respondió “ninguna”) se trata de una cifra que, en líneas generales, se corresponde con la fracción de nuestra población que usualmente, en los sondeos de opinión, emerge como público menos atento a los distintos avatares de nuestra vida social colectiva.

Los datos de este Primer Barómetro de Notoriedad de las Empresas Españolas permiten además sugerir la existencia de algunas diferencias en las respuestas en función de la edad y de la orientación ideológica de los ciudadanos. Teniendo en cuenta la exigüidad de los porcentajes que se comparan y el margen global de error de la encuesta (+/-2.5 puntos) no debe darse a estas diferencias sino el sentido aproximado de posibles tendencias. Así, por ejemplo, en el caso de Telefónica, Banco de Santander, Repsol y El Corte Inglés, el porcentaje más elevado de quienes proponen a cada una de ellas para la primera posición se registra entre los que tienen entre 34 y 55 años. En cambio, en el caso de Inditex y Mercadona, predominan, entre quienes las postulan para la cabeza del ranking, los menores de 35 años.

Asimismo, parecen ser más entre los votantes del PP que entre los del PSOE quienes optan por dar la primera plaza a Telefónica, al Banco de Santander, a Repsol o a ACS. En cambio, entre los votantes socialistas son algunos más que entre los votantes populares quienes optan por situar en cabeza a Repsol o La Caixa.

Cabe destacar que, aun cuando se preguntaba en este Barómetro exclusivamente por empresas españolas, una entidad como Endesa haya logrado un apreciable porcentaje de menciones espontáneas. Ello parecería indicar que pese a estar actualmente integrada en el grupo italiano ENEL (y pese a la intensa cobertura mediática de que fue objeto el largo, complejo y debatido proceso que precedió a esa integración) tiende a seguir siendo considerada por buena parte de la ciudadanía como una empresa española. Respetando esa extendida percepción, su nombre ha sido mantenido en el cuadro de resultados que aquí se presenta.

Por último, merece ser reseñado que en este cuadro de honor aparezcan tres entidades financieras (Banco de Santander, BBVA y La Caixa): en la por ahora última oleada del Barómetro de Confianza Ciudadana que Metroscopia elabora regularmente para este periódico, publicada el pasado 28 de octubre, las instituciones financieras, en conjunto, aparecían situadas en uno de los lugares más bajos.

De esta aparente contradicción cabe sin duda deducir que la ciudadanía tiene respecto del sector financiero ideas más matizadas de lo que, genéricamente hablando, expresa: en conjunto le inspira un profundo recelo, pero al mismo tiempo sigue percibiendo la existencia en el mismo de entidades merecedoras de su mayor respeto y confianza.

José Juan Toharia es presidente de Metroscopia.

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26 diciembre, 2011 a las 7:17 am

Crítica de la transición en los cuadernos de Ruedo Ibérico, de Joan Martínez Alier en SinPermiso (24/12/11)

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Quienes hicimos los Cuadernos de Ruedo Ibérico en su última época bajo la batuta de José Martínez Guerricabeitia, tuvimos razón en muchas de nuestras previsiones políticas. De los autores de Ruedo ibérico, algunos se fueron hacia el PSOE (Semprún, Claudín, Leguina y otros) pero Pepe Martínez y otros permanecimos independientes. En los años anteriores a la muerte de Franco, adivinamos en sus detalles el guión de la reforma sin ruptura. Le seguimos la pista con Alfonso Colodrón a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y su grupo Tácito (cuna de ministros en los gobiernos de Adolfo Suárez) desde 1973.

Denunciamos la consigna del Partido Comunista de lograr una “reconciliación nacional” que implicaba, como se vio en 1977, una auto-amnistía de los franquistas.

Hoy celebramos un breve momento de recuerdo y reconocimiento de la editorial Ruedo Ibérico, fundada en París hace 50 años en 1961, y conmemoramos los 25 años del fallecimiento de Pepe Martínez en 1986, arrinconado y excluido, olvidado por la Transición española y sus portavoces. Celebramos hoy que se haya reeditado en la colección Backlist de Barcelona el volumen La Transición en los Cuadernos de Ruedo Ibérico (en edición de Xavier Diez) que complementa el volumen que editó Anagrama (Barcelona, 2001) de textos de José Manuel Naredo publicados (con pseudónimo) en los CRI con el título Por una Oposición que se Oponga. Existe además una edición facsímil de los Cuadernos de Ruedo Ibérico y de sus suplementos desde 1964 hasta 1979 (www.faximil.com) y una excelente página web con información abundante sobre la editorial Ruedo ibérico a cargo de Marianne Brüll (http://www.ruedoiberico.org/).

Acertamos en casi todo. La denuncia de una ley de “punto final”, publicando ya en 1975 un artículo titulado “¿Quién amnistiará a los amnistiadotes?”, al cual el caso de juez Garzón ha dado actualidad. La “reconciliación nacional” hizo difícil la investigación de los crímenes franquistas. Ahí queda, ahí esta el monumento funerario en honor del General Franco en Cuelgamuros (de donde había escapado en 1947 uno de los fundadores de Ruedo ibérico, Nicolás Sánchez
Albornoz). La Transición española, en su continuidad y  falta de justicia, se parece  más a la de Guatemala que a la de Argentina, de Sudáfrica, incluso a la de Chile. Acertamos en criticar a la nueva monarquía borbónica, que ahora se ve qué frutos puede dar. Un monarca que durante veinte años de su vida adulta había apoyado al franquismo, había sido parte del régimen, y que de paso y por vía conyugal había apoyado también la dictadura militar en Grecia.

Estudiamos (en artículos con José Manuel Naredo y con Juan Muñoz) la composición de los primeros gobiernos de la monarquía en 1976 y 1977 con representación directa de los intereses económicos en ese momento de crisis política del sistema, explicamos el poder de la banca en España, y anunciamos (en un artículo que Naredo encargó a Julián García Vargas) que las cajas de ahorro serían finalmente deglutidas por los bancos. Nos opusimos con fuerza a la tesis de PC que caracterizaba (para sus propias componendas) al latifundismo español como una oligarquía semi-feudal, y dijimos que la propiedad del sur de España estaba mayormente en manos de una burguesía rural fascista o por lo menos franquista, represora y cómplice directa de la masacre de 1936 en Andalucía occidental y Extremadura.

Discutimos y desmenuzamos (en artículos de Salvador Giner, Eduardo Sevilla y yo mismo) la caracterización del franquismo como régimen autoritario (y no totalitario) con pluralismo limitado que había introducido Juan Linz. Está por ver todavía cómo los libros de texto de historia española de obligada lectura van a caracterizar al franquismo. Deberían mencionar esas tempranas disputas.

Previmos que el nuevo régimen nacido en 1977 negaría el derecho de autodeterminación de los diversos territorios hispánicos, y dijimos que quedaba por delante mucha represión y violencia en Euskadi. Pero no llegamos a sospechar todavía que el gobierno del PSOE a partir de 1982, donde tantos conocidos teníamos,  fuera a involucrarse en los
crímenes de los GAL que no han sido todavía juzgados íntegramente.

Analizamos el sector eléctrico español. Ya antes de 1979, del accidente de Three Mile Island (y mucho antes de los accidentes de Chernobyl y Fukushima) estuvimos firmemente contra la energía nuclear, apoyando en el terreno (con la lucha de Valdecaballeros) lo que iba a ser una permanente moratoria nuclear en España. En los CRI se vio la
economía desde una perspectiva ecológica desde 1974.

Insistimos en la debilidad democrática de la Constitución de 1977 (con su artículo 8), seguimos las oscilaciones de la abstención y del voto en blanco cuyo aumento celebramos. Seguimos al detalle lo que ocurría con las muchas huelgas desde el 1974 a 1977, denunciamos el Pacto de la Moncloa que le rompió el espinazo al fuerte movimiento obrero de
esa época, lamentamos las luchas internas en la CNT. Todo eso lo escribimos ya entonces, en nuestra crítica en CRI contra la Transición excluyente. Miles de páginas.

La cortina de silencio rara vez se ha alzado desde entonces para reconocer retrospectivamente nuestra capacidad de análisis. Pero esos libros y revistas reeditados por Backlist, más la página web y el conmovedor video de Paco Ríos y Mariona Roca sobre Ruedo ibérico, hacen visible nuestra crítica de entonces. Ahora que hay de nuevo un gobierno postfranquista, cuyo presidente honorario es Manuel Fraga, ex ministro de Información franquista, es buen momento para rememorar las protestas de Ruedo ibérico en la década de 1970 contra la Transición excluyente.

Joan Martínez Alier, amigo y colaborador habitual de SinPermiso, es catedrático de teoría económica en la Universidad Autónoma de Barcelona y uno de los fundadores de la investigación internacional en economía ecológica.

www.sinpermiso.info, 25 de diciembre de 2011

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25 diciembre, 2011 a las 7:16 am

Pura mercancía, no libertad de expresión, de Marc Carrillo en El País

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En recuerdo de Josep Pernau

En uno de los programas de televisión basura que abundan en las cadenas de televisión se ha producido una retirada de empresas anunciantes que hasta hace bien poco lo financiaban. Al parecer, ello ha sido como consecuencia de las críticas aparecidas en redes sociales. Para rebatirlas se ha llegado a afirmar que el programa no hacía otra cosa que ejercer la libertad de expresión y que los protagonistas de un suceso típico de crónica negra “tienen derecho a explicar su historia”.

Más allá de la excrecencia tóxica que supone para el derecho del artículo 20 de la Constitución tan demagógico argumento, el caso sirve para subrayar con carácter general que en este tipo de programas de pretendido entretenimiento, no se ejerce ni la libertad de expresión, ni tampoco el derecho a comunicar información veraz. Si acaso, lo que hacen es colocar en el mercado audiovisual un producto en ejercicio espurio de la libertad de empresa. Una libertad que no siempre puede dar cobertura a los contenidos de dichos programas del corazón, de la crónica negra o del amarillismo de tertulianos sobreexcitados.

La libertad de expresión, como derecho a expresar y difundir ideas y opiniones, está muy alejada de lo que estos programas ofrecen. Lo que hacen no es otra cosa que lanzar al mercado del entretenimiento una mercancía basada en la zafiedad cultural y en la chabacanería costumbrista, protagonizada por un ejército de individuos televisivos que no pasan de ser una caterva de ociosos a la búsqueda de su minuto de gloria. Una mercancía fundada en la pura demagogia social, de un populismo carente de escrúpulos. Y ello con la aquiescencia tanto de determinados sectores de la sociedad como de algunos poderes públicos y privados, que conviven cómodamente con la banalidad como categoría social de comportamiento, cosa que define para mal la media de los parámetros culturales del país. No es alentador que políticos respetables aparezcan en algunos de estos programas y que los conductores de esta bazofia, encima, sean premiados. A más de 30 años de sistema democrático, es lamentable.

Además, tampoco ejercen el derecho a comunicar información veraz. La sublimación de la práctica del chismorreo vestida de impostada profesionalidad informativa, nada tiene que ver con el otro derecho reconocido por el artículo 20. En este sentido, viene bien apelar a la reiterada jurisprudencia del Tribunal Constitucional que interpreta que “(…) el requisito de la veracidad no va dirigido tanto a la exigencia de una rigurosa y total exactitud en el contenido de la información cuanto a negar la protección constitucional a los que, defraudando el derecho de todos a recibir información veraz, actúan con menosprecio de la veracidad o falsedad de lo comunicado, comportándose de manera negligente e irresponsable por transmitir como hechos verdaderos bien simples rumores, carentes de toda constatación, bien meras invenciones o insinuaciones” (sentencia 178/1993).

No son precisas más palabras para describir lo que en ciertos programas de cadenas privadas y públicas se hace a través de juicios paralelos ante una complaciente audiencia, con supino menosprecio a la acción judicial como, por ejemplo, hace un tiempo se puso de manifiesto con la presencia en un programa de un abogado prófugo de la justicia.

La lesión del derecho a la tutela judicial de muchos encausados que, entre otros requisitos, incluye la obligación de probar en juicio las imputaciones, se produce cuando estos programas proclaman a los cuatro vientos lo que les viene en gana cuando todavía no ha habido sentencia. Y todo ello, lesionando las más de las veces derechos de la personalidad (honor, intimidad o la propia imagen) de la persona objeto del programa, ya sea mayor o menor de edad. Les basta con argüir como autómatas la coletilla de que en su programa se respeta la presunción de inocencia y todos contentos. La mercancía lo vale. Razón por la cual, que exista la Directiva 2007/65/CE de Servicios de Comunicación Audiovisual que impide estas prácticas televisivas, es algo que debe sonar a música celestial para los eficientes gestores de las cadenas televisivas.

Pero bueno, si resulta que no ejercen los derechos a la libre expresión y a la información, el lector se preguntará si este modo de producir una mercancía audiovisual puede, no obstante, estar cubierto por la libertad de empresa. El Tribunal Constitucional establece que este derecho incluye “cualquier actividad organizada que tenga por objeto o finalidad la oferta de productos o servicios en el mercado” (sentencia 71/2008). Y es evidente que esta libertad ha de garantizar a los empresarios un ámbito de actuación libre de injerencias estatales. Ahora bien, no es un derecho que pueda vivir a extramuros de otros como los ya citados derechos de la personalidad y a la tutela judicial de las personas. Conclusión, tampoco bajo el paraguas de la libertad de empresa vale todo.

Sin perjuicio de la labor que puedan hacer las redes sociales, ¿para cuándo la constitución del Consejo Estatal de Medios Audiovisuales, como ente regulador que supere la ominosa excepción que España sigue siendo en la Unión Europea? Más que nada, para mirar de evitar más desmanes.

Marc Carrillo es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Pompeu Fabra.

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3 diciembre, 2011 a las 7:15 am

La muerte de Pradera (1), de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

¿A qué hora se murió Javier Pradera? Echo a faltar este dato después de leer tantos y tan agobiantes artículos necrológicos como le ha dedicado El País, ese periódico que fue “tan suyo” hasta 1986. Uno de nuestros inveterados rasgos culturales es la desmesura con que despedimos a los muertos relevantes. O les construimos una peana, o los ninguneamos con artículos de ocasión, improvisación pura, como fue el caso reciente de Ignacio Fernández de Castro. Imagino el sarcasmo de Fernández de Castro si llega a leer su necrológica, en la que le quitaban diez años y olvidaban tantas cosas, empezando por lo que significó para él su participación en la guerra civil, voluntario franquista, modelo de guerrero, herido y laureado, cuya evolución política hasta la fundación del Felipe (FLP), merece mucho más que admiración. Merece respeto.

Por eso echo a faltar que todos esos maestros de la pluma, de la edición y de la cultura que han dedicado a Javier Pradera tantos adjetivos, se olvidaran del dato. ¿A qué hora le tocó la muerte? Ya sé que salvo los suicidas no se escoge ni el día ni la hora, pero que Pradera fuera a morir un 20-N y además tras la jornada electoral más desastrosa del PSOE en la historia de la democracia, no es un dato baladí. Quizá una ironía del destino; brutal y patética. ¿Esperó a saber los resultados y se echó a dormir el sueño eterno? ¿O sencillamente no quiso enterarse, ni estaba ya para pendejadas?

Difícil que se hubiera sustraído a la tentación, si le quedaba una pizca de aliento. Toda su vida estuvo marcada por la política.

Apenas niño, recién empezada la guerra, los republicanos asesinan a su padre y a su abuelo; dos pivotes fundamentales en el levantamiento del 18 de julio. Vivirá de manera intensísima la conciencia de ser hijo y nieto de dos próceres, mártires de la Cruzada. Un huérfano de guerra cuyo apellido estaba escrito en las piedras votivas. Los huérfanos aprenden a vivir su soledad mucho antes que los demás. Vivió los años 50, como un hombre maduro, con un compromiso ético que se fue debilitando con el tiempo. Venía del fascismo implacable, ése que primero se metió bajo las alfombras y luego cubrieron las moquetas de la transición. “Me acuerdo que el día que Hitler inició la contraofensiva en las Ardenas, mi madre nos despertó a mi hermano y a mí en plena noche para decirnos que no olvidáramos aquel momento: Hitler empezaba a ganar la guerra”. Esos dos hermanos, quince años después, serían militantes destacados, uno del PSOE, en San Sebastián, cuando los socialistas se contaban con los dedos de una mano, y el otro, en el PCE, cuando la militancia se contaba con las dos.

Javier Pradera empezará como ayudante del catedrático más importante del fascismo español, el creador del caudillaje, Javier G. Conde; un nazi convicto que pasará pronto a autoritario y luego a ejercer de liberal en la intimidad. La oposición silenciosa, que dicen ahora. Pradera hará una tesis sobre los fundamentos del pensamiento de extrema derecha, que nunca querrá publicar. No por problemas ideológicos sino por un prurito que mantendrá toda su vida: la conciencia de no saber construir un libro, ni siquiera un trabajo largo. Los buenos abogados no suelen escribir bien, ni lo necesitan. Lo suyo era la dialéctica en sentido estricto; polemista brillante, con una inteligencia aguda y un acusado sentido del ridículo. Pertenecía a una generación de maestros verbales, casi ágrafos. Grandes lectores en su tiempo, luego picoteadores de libros. Estoy convencido que llevaba décadas sin leerse un libro entero, picoteaba en lo que le interesaba.

¡Los años 50! Aquellos pioneros del pensamiento de izquierda, clandestinos hasta del aliento. Una generación aún por explicar. Martín Santos, Aldecoa, Martín Gaite, Alfonso Sastre, Manolo Sacristán y los excéntricos hijos del ex ministro y fascista irredento Rafael Sánchez-Mazas: los Sánchez Ferlosio. Con una de ellos se casará Pradera. Su detención en 1956 causará una conmoción sólo comparable a la que en el 64 protagonizará el hijo comunista del ministro de Aire, Lacalle Larraga. En el PCE, en el que ingresa a través del entonces poeta Enrique Múgica Herzog, futuro ministro socialista entre otras muchas cosas, conoce a Jorge Semprún.

Serán inseparables en la medida que son inseparables las familias de prosapia; coinciden pero no se suman. Uno es un Maura -Jorge- y él, un Pradera, nieto de Don Víctor; dos instituciones de la monarquía alfonsina.

Luego la crisis de los comunistas españoles en el 64. Más que irse con Claudín y Semprún, la verdad es que Carrillo le forzó a marcharse, porque para un desconfiado patológico, un Pradera siempre estará más cerca de un Maura que de un tipo de Gijón que aún no sabe quién es Gramsci ni Lukács, ni le interesa un carajo. La travesía del desierto político de Javier Pradera la recorrerá en el mundo editorial, al que había llegado por el PCE, y que luego correrá por su cuenta. Nunca fue un buen editor, para eso se necesita constancia, descaro, dosis de frivolidad, habilidad negociadora y capacidad de trabajo. Pradera tiene algo que le diferencia: sabe escoger a los colaboradores. No es que sea vago sino indolente; ese rasgo de los ricos venidos a menos.

Aunque al final no se sintiera muy orgulloso de esa época, su momento estelar fue El País durante la primera década; desde 1976, que nace, hasta el referéndum sobre la OTAN, que provocará su abandono del diario durante un período, y al que volverá pero sin ser ya el mismo. Porque lo curioso de Pradera es que era un articulista torpe, exento de capacidad narrativa o pedagógica, y sin embargo era un excepcional editorialista. Debió de ser en sus años de esplendor, en 1983 o 84, etapa en la que ejercía de asesor áulico de Felipe González, cuando me soltó algo que entonces me dejó perplejo: “He conseguido lo que siempre quise hacer; escribir y no firmar”. Los mejores y más significativos editoriales de El País son suyos, y nadie le disputará esa categoría, por muy académicos que sean.

El timón de El País fue suyo, políticamente hablando, porque su capacidad dialéctica y su veteranía no tenían parangón. El sueño de llevar al PSOE hasta el poder tuvo en él a un protagonista; me refiero al PSOE de González y de Guerra, entonces inseparables. Se había acostumbrado a mentir riéndose, porque la política  es un ejercicio que exige a menudo escamotear la verdad, pero su PSOE fue el de Felipe y Alfonso, al que animó a prologar La Regenta de Clarín, cosa que solía negar con cierto desdén de aristócrata ofendido, pero que fue cierta. Tan cierta como imposible.

Encontró en Felipe González al dirigente que necesitaba, porque la ambición de Pradera no era ejercer el poder sino orientarlo, y en eso está su singular condición de intelectual español de la segunda mitad del siglo XX. Intuyo que a él no le gustaría la comparación, pero no aspiraba a ser el Maquiavelo de El Príncipe, porque para eso se necesitaba pelear y moverse, y él era un conspirador cansino y hablador, algo impensable para seguir al Príncipe en sus tortuosos caminos. Lo suyo tenía más que ver con El Gatopardo y su hálito de orden, sensatez e ilustración; conoce lo suficiente el pasado para tratar tan sólo de reformarlo, sin alharacas ni temeridades. El Príncipe de Salina siciliano sabía de sus limitaciones, y no por falta de talento, al contrario, sino por carencia de entusiasmo.

Zapatero, es obvio decirlo, representaba todo lo que él despreciaba en un político. La derrota del PSOE -ese partido por el que Pradera había hecho tanto- en un día tan señalado como el 20-N no podía menos que acercarle al abismo; por la fecha y por el resultado. Sólo a un vendedor de humo, con cero memoria histórica, se le ocurriría convocar elecciones en día tan señalado. A partir de ahora el 20-N tendrá en su haber cuatro muertes. La de José Antonio Primo de Rivera, la de Franco, la de Javier Pradera, y barrunto que también la de aquel PSOE al que sirvió.

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26 noviembre, 2011 a las 8:20 am

El cambio del cambio, de María José Canel en El País

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En estas elecciones se ha producido el mayor trasvase de votos de la democracia en España. Hay socialistas que ya no tienen miedo de pasarse al Partido Popular. La estrategia de la división ha dejado de funcionar

El pueblo ha votado el cambio y nuestra obligación es realizarlo”. Así empezará Mariano Rajoy su discurso de investidura. Después de una introducción al uso, dirá: “Nos encontramos un panorama económico ciertamente difícil. Pero también es cierto que afrontaremos los problemas con el respaldo de la mayoría política de que disponemos”. Y desgranará sus prioridades: “Primero, combatir el paro, para lo que emplearemos todos nuestros instrumentos disponibles… Segundo, luchar contra los desajustes y disfunciones acumulados en el sector público, para reducir el déficit”.

Las elecciones del 20-N se asemejan algo a las de 1982. Con el eslogan Por el cambio, Felipe González cosechó más de 10 millones de votos en unas elecciones también anticipadas que llevaron a los socialistas al poder por primera vez tras la Guerra Civil; era el cambio para realizar una transformación social del país, para construir una España en libertad. Casi 30 años después, el cambio vuelve a ser el lema de éxito, esta vez para otorgar a Mariano Rajoy y a su partido el mayor número de votos y escaños de su historia.

¿Hacia dónde cambian los que en su día cambiaron en busca de un país en libertad?

El de arriba no será el discurso de Rajoy, pero no solo porque es el que pronunció González en su investidura, sino además porque hay rasgos de aquel 1982 que la historia ha superado.

Las del 20-N son las elecciones en las que se ha producido uno de los trasvases de voto más importantes de la democracia, y su análisis arroja luces para entender el cambio del cambio.

El domingo el PSOE llevó al que ya era su débil suelo (el número de votantes fieles, es decir, quienes le votan pase lo que pase) más abajo incluso de los siete millones, viajando así de su cota máxima a casi su mínima en poco más de tres años.

Pero lo interesante es que esta vez el votante socialista no ha aplicado a su partido el castigo que tradicionalmente aplicaba, el de la abstención, sino que ha decidido ser todavía más explícito, inclinándose por un partido diferente de aquel en el que un día pusiera sus aspiraciones. Solo menos de la cuarta parte de los socialistas que se van han querido sancionar a su partido en silencio, quedándose en casa en espera de la recuperación. El resto ha buscado en otra parte.

Los resultados del domingo confirman así un rasgo del que el votante español lleva años avisando: es un votante que premia y castiga más que antes, que inercia su voto ideológicamente menos y que, en consecuencia, está más abierto a alternar así como a fijarse en los resultados de gestión.

Más de medio millón de votantes socialistas se han pasado al Partido Popular. Esta cifra es menor de lo que apuntaban las encuestas, pero su localización hace de ella algo suficientemente relevante como para que tanto quien los pierde como quien los recibe les preste atención especial. El PP, que reduce algo -poco- su voto en Madrid y Valencia (quizá porque sus fieles votantes se tranquilizaron ante tan buenas encuestas, porque se desanimaron por la desagradable lluvia o porque les atrajo más UPyD), localiza su principal crecimiento en Andalucía y Cataluña.

El análisis estadístico de encuestas publicadas sobre este votante socialista2008/popular2011 arroja un perfil sugerente: es alguien que pone mala nota al Gobierno por el que optó en 2008, así como a su líder. Pero lo interesante es que no solo le suspende por una mala gestión económica o del empleo, como era de esperar; tampoco solo por una mala gestión de la política exterior, del Estado de las autonomías o de las infraestructuras. Este votante exsocialista, que tampoco pone buena nota a Rajoy y que considera que el PSOE lo haría mejor que el PP solo en política antiterrorista, suspende a su partido de antaño incluso en educación, sanidad, seguridad ciudadana, vivienda, inmigración, políticas sociales y políticas de igualdad hombre/mujer. En este trasvase hay, por tanto, algo más que una pura motivación económica; se aprecia un descontento con el modelo de sociedad y de país, así como con la falta de eficacia en los modos de proceder.

Es posible que también en una valoración negativa de gestión se encuentre la fuga del voto socialista a Izquierda Unida (unos 700.000) y a CiU (aquí no está tan clara la cantidad, pues el crecimiento de este también se debe a ERC). Evidentemente, la dirección del cambio indica objetivos muy distintos. Los primeros, que también puntúan muy negativamente las políticas sociales del Gobierno por el que optaron en 2008, son aquellos por cuya retención luchó denodadamente Rubalcaba mostrando su adhesión al Estado de bienestar. Los segundos parecen estar dispuestos a otra cosa, a juzgar por su trasvase a un partido que ha cifrado la eficacia de su primera etapa de Gobierno autónomo en importantes ajustes sociales.

La sangría del PSOE ha podido alimentar incluso a Amaiur, cuyo crecimiento no parece proceder solo del voto de la izquierda abertzale, que en otra época se quedó en casa porque no tenía por quién votar.

Interesante es el trasvase del voto socialista hacia UPyD y otras fuerzas políticas que hacen de este Parlamento el más fragmentado de la democracia. Manifiesta, grosso modo, que al votante le ha movido aquello de “hacer política de otra forma”. Si se atiende además al dato de que la suma del voto en blanco y el voto nulo del pasado domingo es la más alta de todas las elecciones generales, lo que se apunta es la necesidad de una canalización del descontento y protesta que hay respecto a la representatividad de los partidos.

Con el 20-N España se ha vuelto a sumar al cambio. Pero es un cambio que, a pesar de las coincidencias que se aprecian en la cita del comienzo de este artículo, se mueve por derroteros distintos a los de 1982. Entonces, González tuvo que avisar de que “como las polémicas recientes y el oscurantismo interesado de tiempos pasados pueden confundir a muchos, debo reafirmar que este horizonte pertenece a la vez al futuro y al pasado”.

Hoy hay que concentrarse en el futuro. Ya no es un problema de reconstruir la España en libertad. Ya no hay miedo a pasarse al Partido Popular, al menos en algunos socialistas, los suficientes como para determinar unos resultados electorales; los suficientes, por tanto, para que el PSOE se replantee su estrategia de la división. Esto se hace necesario, pues no hay democracia que camine bien sin una oposición estable.

Dibujar las líneas del cambio es el reto del nuevo Gobierno, que tiene ahora mucho por hacer: generar la confianza que se necesita para lograr el esfuerzo que reclama la presente situación. Hacer esto con un Parlamento fragmentado exige un gran trabajo además de una enorme visión de Estado. Los resultados del 20-N demuestran que la democracia española está fuerte y, con ello, que hay que conducir de manera firme el cambio del cambio.

María José Canel. Catedrática de Comunicación Política. Universidad Complutense de Madrid. Vicepresidenta de la Asociación Europea de Comunicación Política (ECREA).

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22 noviembre, 2011 a las 7:19 am

Un país de vidiotas, de Jeffrey D. Sachs en Negocios de El País

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El pasado medio siglo ha sido la era de los medios electrónicos de masas. La televisión reformuló a la sociedad en cada rincón del mundo. Ahora, una explosión de nuevos dispositivos mediáticos se suma al televisor: DVD, ordenadores, consolas de juegos, teléfonos inteligentes y más. Cada vez es más evidente que esta proliferación de medios tiene infinidad de efectos negativos.

Estados Unidos lideró el mundo en la era de la televisión, y las implicaciones se pueden ver más directamente en la prolongada relación amorosa de EE UU con lo que Harlan Ellison memorablemente llamó “la teta de cristal”. En 1950, menos del 8% de los hogares estadounidenses tenía un televisor; para 1960, el porcentaje había pasado a ser del 90%. Ese nivel de penetración en otros lugares se demoró muchas más décadas, y los países más pobres todavía no han alcanzado esa cifra.

Como era de esperar, los estadounidenses se convirtieron en los mayores telespectadores del mundo, lo cual probablemente siga siendo válido hoy día, aunque los datos son un tanto imprecisos e incompletos. La mejor evidencia sugiere que los norteamericanos dedican de media más de cinco horas diarias a ver la televisión, una cifra sorprendente, dado que se pasan varias horas más frente a otros dispositivos que transmiten vídeo. Otros países registran muchas menos horas frente a la pantalla. En Escandinavia, por ejemplo, el tiempo que la gente pasa viendo televisión es aproximadamente la mitad que el promedio en EE UU.

Las consecuencias para la sociedad estadounidense son profundas y perturbadoras, además de una advertencia para el mundo, aunque probablemente llegue demasiado tarde como para ser tenida en cuenta. Primero, ver mucha televisión proporciona escaso placer. Muchas encuestas demuestran que es casi como una adicción que ofrece un beneficio a corto plazo, pero que conduce a una infelicidad y a un remordimiento de largo aliento. Estos espectadores dicen que preferirían ver menos televisión de la que ven.

Es más, ver mucha televisión contribuyó a la fragmentación social. El tiempo que se solía pasar en comunidad hoy se pasa en soledad frente a una pantalla. Robert Putman, el prominente especialista en el decadente sentimiento de comunidad en EE UU, descubrió que el uso de la televisión es la explicación central de la merma de capital social, la confianza que une a las comunidades. Por supuesto, hay muchos otros factores en juego, pero la atomización social generada por la televisión no debería subestimarse.

Por cierto, ver mucha televisión es malo para la salud física y para la salud mental. Los norteamericanos van a la cabeza del mundo en materia de obesidad. Aproximadamente las dos terceras partes de la población estadounidense tienen sobrepeso. Una vez más, muchos factores están detrás de esta situación, incluyendo una dieta de alimentos fritos baratos y poco saludables, pero el tiempo sedentario que se pasa frente al televisor también es una influencia importante.

Al mismo tiempo, lo que sucede mentalmente es tan importante como lo que sucede físicamente. La televisión y los medios relacionados fueron los grandes proveedores y transmisores de la propaganda corporativa y política en la sociedad.

La televisión de Estados Unidos está casi en su totalidad en manos privadas, y los dueños generan un buen porcentaje de su dinero a través de una publicidad implacable. Las campañas publicitarias efectivas, que apelan a deseos inconscientes -normalmente, relacionados con la comida, el sexo y la condición social-, crean ansia de productos y compras que tienen muy poco valor real para los consumidores o para la sociedad.

Lo mismo, obviamente, le sucedió a la política. Los políticos estadounidenses hoy son marcas, empaquetadas como cereal para el desayuno. Cualquiera -y cualquier idea- se puede vender con una cinta brillante y una sintonía pegadiza.

Todos los caminos al poder en EE UU pasan por la televisión, y todo el acceso a la televisión depende del dinero. Esta lógica simple puso a la política estadounidense más que nunca en manos de los ricos.

Hasta la guerra se puede mostrar como un producto nuevo. La Administración de Bush promovió las premisas de la guerra de Irak -las armas de destrucción masiva inexistentes de Sadam Husein- con el estilo familiar, colorido, ágil y lleno de imágenes características de la publicidad televisiva. Luego la guerra en sí comenzó con el bombardeo de Bagdad, un espectáculo en vivo hecho para la televisión y destinado a asegurar altos niveles de audiencia para la invasión liderada por Estados Unidos.

Muchos neurocientíficos creen que los efectos de la televisión en la salud mental podrían ser aún más profundos que una adicción, que el consumismo, que la pérdida de confianza social y que la propaganda política. Quizá la televisión esté volviendo a cablear los cerebros de los telespectadores asiduos y dañando sus capacidades cognitivas. La Academia de Pediatría de Estados Unidos recientemente advirtió que es peligroso que los niños miren televisión porque puede dañar su desarrollo cerebral, e instó a los padres a mantener a los niños de menos de dos años lejos de la televisión y de medios similares.

Una encuesta reciente en EE UU de la organización Common Sense Media revela una paradoja que, no obstante, resulta perfectamente entendible. Los niños en hogares estadounidenses pobres no solo ven más televisión que los niños de hogares adinerados, sino que también es más probable que tengan un televisor en su cuarto. Cuando el consumo de una mercancía cae conforme aumenta el ingreso, los economistas lo llaman un bien inferior.

Sin duda, los medios de masas pueden ser útiles como proveedores de información, educación, entretenimiento y hasta conciencia política. Pero un exceso de ellos nos está enfrentando a peligros que es preciso evitar.

Cuando menos, podemos minimizar esos peligros. Entre las estrategias de éxito a nivel mundial están los límites a la publicidad televisiva, especialmente aquella dirigida a los niños; los canales de televisión públicos y no comerciales, como la BBC, y el tiempo de televisión gratuito (pero limitado) para las campañas políticas.

Por supuesto, la mejor defensa es el propio autocontrol. Todos podemos dejar la televisión apagada más horas cada día y pasar ese tiempo leyendo, hablando con los demás y reconstruyendo la base de la salud personal y la confianza social.

Jeffrey D. Sachs es profesor de Economía y director del Earth Institute en la Universidad de Columbia. También es asesor especial del secretario general de Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

© Project Syndicate, 2011.

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13 noviembre, 2011 a las 7:17 am

El periodismo que necesitamos, de Pedro Crespo de Lara en El País

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Astracanada, esperpento o papelón, o todo ello junto fue el acuerdo, vigente durante 24 horas, por el que el actual Consejo de Administración de RTVE pasó con su escandaloso ánimo de censura a la historia de la indignidad periodística. El suceso invita a reflexionar sobre el papel que ha desempeñado la Prensa en nuestra democracia y la misión que le corresponde en momentos de grave crisis existencial, como la que padecemos. “La Prensa nos ha civilizado. La Prensa es la que más ha contribuido a hacer conciencia popular nacional. La Prensa ha hecho lo que no ha logrado la enseñanza pública oficial”, decía Unamuno. “Quien quiera crear algo -y toda creación es aristocrática- tiene que ser aristócrata en la plazuela. He aquí “puntualizaba Ortega”, por qué, “dócil a esta circunstancia, he hecho que mi obra brote en la plazuela espiritual, que es el periódico”.

Nadie me negará que la Prensa ha sido la gran dinamizadora del profundo cambio político, cultural y sociológico que ha experimentado la sociedad española. La Prensa nos ha modernizado. Nos ha introducido en las corrientes de pensamiento actual. Ha ejercido, cual pupila vigilante, la representación natural de la soberanía nacional, atenta a la acción de los poderes del Estado y de los poderes fácticos, aplaudiendo aciertos, corrigiendo errores y reprobando lo indebido.

Por su buen hacer (no es este el momento de señalar sus fallos, que los hay), la Prensa española ha conseguido un grado de libertad comparable al de las democracias paradigmáticas, y destacado, por su calidad, a más de dos de sus periódicos diarios entre los 10 más importantes del mundo.

Cuando en 1978 presentamos al Rey la recién creada Asociación de Editores de Diarios Españoles (AEDE), dije como portavoz: “Creemos que la Prensa debe asumir hoy una función educadora que sirva para suplir la falta de formación ciudadana que, en general, padece el pueblo español. Tenemos los españoles una asignatura pendiente, que se llama ciudadanía. Entendida como la condición jurídica y moral del ciudadano. Saber que cada derecho implica una obligación. Que cada facultad de hacer o de exigir lleva aparejadas una responsabilidad”.

Treinta años más tarde, entrados en la globalización, y tras un largo periodo de vino y de rosas, nos encontramos zarandeados por unas fuerzas mal conocidas, poderosas más que un tsunami. Se acabó la fiesta, se acabó la euforia de creerse el rey del mambo con derecho al pelotazo y a ocupar, a base de dinero fácil, la categoría social reservada al mérito y a la virtud. El reventón de la burbuja del ladrillo fue el primer aviso. La crisis desencadenada en Europa yAmérica por colosales estafas disfrazadas de productos financieros corrientes, y la inclusión de España por sus problemas de déficit y balanza de pagos en los despectivamente llamados países PIGS, ha sido el remate.

Los diagnósticos empeoran cada día, expresados en términos que nadie entiende, salvo que significan horrores económicos. Los políticos dan la impresión de haber rebasado su nivel de incompetencia, el Gobierno, agonizante, trata de cumplir las orientaciones de Bruselas, y los partidos, que a fuerza de descalificarse mutuamente acaban ellos mismos descalificados, abordan las elecciones del próximo día 20. Ojalá que sus enfrentamientos no vuelvan a recordar el Duelo a garrotazos de Goya, ni vuelva a cruzarse en ellos “la sombra de Caín”. Rotas o maltrechas las ataduras tradicionales, las socráticas y las del humanismo cristiano, el mundo occidental parece haber perdido el norte. Y nos preguntamos: ¿en qué manos está el mundo?

Así las cosas, vuelve a aparecer en el horizonte español la necesidad de que la Prensa asuma la misión de alumbrarnos en este trance. Ninguna otra institución mejor preparada para ello, sin mengua del papel que les corresponde a los centros de enseñanza, obligados, también, a la urgente tarea de reeducar a la sociedad española para fortalecerla espiritualmente y ayudarla a salir de esta crisis, que no es solo económica sino de ideales y de forma de vivir. ¿Sabremos tender un ten con ten entre el mundo del tener y el mundo del ser? ¿Sabremos volver a lo humano eterno, a sacar del “viejo macizo de la raza” las virtudes tradicionales del trabajo y el ahorro, el esfuerzo y el buen nombre, el mérito, la cordialidad y la nobleza, el amor a la obra bien hecha, y el gusto por las cosas sencillas y las maravillas de la naturaleza? ¿Encontraremos un hueco en nuestros afanes para pensar en la brevedad de la vida y la vanidad de las mil cosas que perseguimos? ¿Oiremos los gallos de un nuevo día cantar a las buenas personas como ideal supremo del ser?

Los medios de comunicación disponen de la información de lo que pasa y tienen a su alcance los saberes acumulados por las ciencias, las técnicas y las artes, dadas las conexiones y la colaboración existente entre sus redacciones y los depositarios de los conocimientos especializados; estas circunstancias han convertido al periodismo en la forma moderna, ágil, espiritual y aun poética de la filosofía, como intuía el genio español de Madariaga; son los periodistas, especialistas en ideas generales y expertos en el manejo de estas, los profesionales mejor preparados para explicar lo que pasa y las soluciones convenientes a cada problema. Ítem más, disponen del maravilloso recurso de la inmediatez y de la venia para introducirse en todos los hogares. Con su ayuda no caminaremos a ciegas por las vías que señalan los políticos, cuya credibilidad está en intervalo menguante.

También les corresponde a los medios de comunicación erradicar esas excrecencias de la televisión que han dañado gravemente al medio social, degradando la moral y las buenas costumbres más allá de lo que una sociedad tolerante puede tolerar. Una cosa es la libertad de pensamiento, el debate de las ideas y la diversión y otra cosa es convertir en espectáculo la insolencia, la grosería y la zafiedad y que tales atentados contra la urbanidad sirvan para que los sinvergüenzas se encaramen como artistas en los medios. Y qué decir del menú avasallador de la violencia.

La Prensa está sufriendo, también, su propia crisis. A la caída de las ventas y de la publicidad se añaden las dificultades de asimilar la revolución, no acabada, de las nuevas tecnologías, y de encontrar la fórmula que asegure la rentabilidad de la empresa. Rentabilidad, santa palabra y clave del problema de la libertad de prensa; porque sabido es que sin libertad no hay información fiable, y sin la rentabilidad que asegure la independencia económica del informador no hay libertad. En ello están los poderosos grupos multimedia de todo el mundo. Hagamos votos para que acierten con el quid.

Por tanto, nada más inoportuno que añadir dificultades a los medios informativos, que sirven al bien común investigando y publicando la verdad de lo que ocurre, para lo que necesitan las alas de la libertad; entiéndase bien, libertad con las limitaciones impuestas por las leyes generales, pero nada más. Para proteger esa libertad -clave del arco de las libertades democráticas- está, precisamente, el Derecho de la Información (artículo 20 de la Constitución Española de 1978 y artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos), cuya esencia expresa con sencillez y claridad insuperables la primera enmienda a la Constitución de EE UU: no se hará ninguna ley que restrinja la libertad de expresión ni la de Prensa.

Pedro Crespo de Lara fue secretario General de la Asociación de Editores de Diarios Españoles (AEDE).

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8 noviembre, 2011 a las 7:19 am

Asalto al palacio de La Moncloa, de Javier Pradera en El País

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Anoche se celebró el tan publicitado cara a cara televisivo a una sola vuelta entre los candidatos del PSOE y el del PP a la Presidencia del Gobierno el próximo 20-N. La solemnidad concedida al acontecimiento por sus protagonistas y organizadores, fechado el 7 de noviembre de 2011, parecía recordar uno de aquellos impresionantes aniversarios que los dirigentes soviéticos solían dedicar en la época estaliniana al Asalto del Palacio de Invierno de 7 de noviembre de 1917, aunque referido esta vez modestamente al pacífico Asalto al palacio de La Moncloa del 7 de noviembre de 2011.

Pero si la hazaña del crucero Aurora y de los obreros de San Petersburgo de hace 84 años ha quedado al menos representada en Madrid por la fastuosa muestra del museo de L’Hermitage montada estos días por el Museo del Prado, el cara a cara entre Rubalcaba y Rajoy se agota en su propia consumación como acto electoral.

Solo la mezquina resistencia de Aznar en los años 1996 y 2000, y de Rajoy en el año 2004, a sumarse a la normalización de los debates electorales europeos y americanos permite explicar la explosión de entusiasmo hortera que debería formar parte desde hace muchos años de los ritos acuñados en estas circunstancias. Ha corrido demasiada agua bajo los puentes desde que la sombra de la barba mal afeitada de Nixon en su primer cara a cara televisivo con Kennedy en 1960 le costó la presidencia de EE UU.

Las minuciosas y repetitivas explicaciones dadas por la entidad organizadora del debate (una más bien misteriosa Academia de Televisión cuyas actividades ordinarias, organigrama y financiación no se conocen con demasiada precisión) sobre los trabajos de carpintería, luminotécnica, mobiliario, pintura, decoración, acondicionamiento de la sala, focos y cubicación del espacio entran de lleno en el ridículo descriptivo. Sobraron los rígidos bloques de temas y los minutajes de las intervenciones de los candidatos. Y faltaron los periodistas. Ha llegado la hora de que el Parlamento, cuya mayoría cualificada ostentan socialistas y populares, modifique la Ley de Régimen Electoral (LOREG) para acabar con tanta tontería reglamentista. Sería absurdo que Rajoy volviese a vivir sus angustias como opositor a Registrador de la Propiedad por temor a olvidar un ítem del temario o que Rubalcaba regresara al Examen de Estado del Bachillerato con miedo a ser preguntado sobre los hititas. Son políticos que deben ser interrogados por los periodistas sobre cuestiones políticas.

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Introducido por Reggio

8 noviembre, 2011 a las 7:18 am