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Esa memoria que gotea, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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A propósito de un libro inédito de José Moreno Villa

«Desencajado y roto voy, miserable carrito, / al paso del asno de la melancolía, / por una cuesta sin vértice, / devorando las hojas del calendario vivido». (José Moreno Villa)

Bendita memoria, cuyo goteo es todo un bálsamo frente a la sordidez de una actualidad que no se prodiga a la hora de darnos alegrías. En efecto, bendita memoria, que se va haciendo sitio con discreción y elegancia, sabedora de que aquello que nos trae no es efímero. Bendita memoria, que esta vez nos regala, nada más y nada menos, que la memoria de un poeta en el Madrid de la guerra civil. El poeta es José Moreno Villa, al que Ortega en su momento elogió en exceso, al que Juan Ramón puso en su sitio, sin considerarlo tanto como el filósofo.

Pero en este caso no se trata de un poemario de Moreno Villa, sino de su «Memoria». Cuando deja Madrid camino de Valencia, apenas lleva nada consigo, siguiendo la pauta de Machado, pero sí el manuscrito de un diario al que llamó «Notas desde el Madrid sitiado». Pues, bien, esas 700 páginas serán publicadas en los próximos días, con un título muy escueto, «Memoria». La edición corre a cargo de Juan Pérez de Ayala, cuyo apellido tanto tiene que ver con Asturias y con la República. Desde luego, los de entonces ya no son los mismos, pero no pueden no parecerse.

No deja de ser llamativo el título del libro, «Memoria», la que atesora y consigna un poeta al que apenas nadie recuerda, que no ocupa demasiado espacio en los manuales de la historia literaria, pero que, sin embargo, fue testigo de lo mejor de un tiempo y un país, de la segunda Edad de Oro de nuestras letras, tal como reivindicó repetidas veces Juan Marichal.

Moreno Villa cuenta sus vivencias desde una atalaya muy especial, tanto es así que aquellas cuartillas las escribió desde la colina de la Residencia de Estudiantes, uno de los enclaves de referencia de un momento histórico en el que las letras españolas estaban entre lo mejor de Europa y en el que la ciencia recuperaba con éxito los siglos perdidos de retraso y fanatismo.

Esa memoria que gotea, frente a las constantes invectivas contra una República a la que, de un lado, se sigue pretendiendo sepultar, y que, a pesar de todo, no deja de enviar testimonios de sus epítomes más ilustres que dan cuenta precisamente de lo irrepetible de un momento histórico en el que se proclamó el único Estado no lampedusiano de nuestra historia contemporánea.

Esa memoria que gotea, en este caso, la de un poeta difícilmente clasificable generacionalmente, nacido en 1887, es decir, cuatro años antes que Salinas, al que los historiadores de la literatura consideran el escritor más viejo de la mal llamada Generación del 27. Un escritor que está, como nuestro Fernando Vela, entre las generaciones del 14 y la del 27, un poeta cuya obra se mueve entre dos mundos, y, así las cosas, su nexo de unión no es nada fácil de establecer.

Pero, en todo caso, lo que aquí nos trae no es la obra poética de Moreno Villa, sino sus memorias, su diario, género que con tanto éxito se cultivó en una época en la que la obra de Amiel estaba tan omnipresente entre los grandes literatos.

Lo más pertinente, a la hora de hablar de este libro, sería incluirlo en aquello que, con tanto éxito y precisión, denominó Pedro Salinas como «poesía de las ideas».

Esa memoria que gotea. El libro del que venimos hablando no hará que Moreno Villa se convierta en un escritor conocido. No estará entre los títulos más vendidos, ni siquiera entre los más reseñados. Sin embargo, se trata de todo un acontecimiento cultural, de un regalo a la justicia poética, de una prueba irrefutable de que la llamada Edad de Plata o, también, segunda Edad de Oro de nuestras letras sigue viva no sólo por la calidad que atesoran las grandes obras que entonces se escribieron, sino también porque se siguen recuperando autores y libros que ayudan a completar un panorama inagotable.

La memoria, poética, de un escritor olvidado. La memoria de un testigo privilegiado de la vida literaria y artística de una España que asombraba al mundo. La memoria que viajó en una maleta en la que tenía cabida el relato de la guerra y del exilio.

Una memoria que no se apaga, cuyas páginas jamás se acartonan, una memoria que destila lo mejor y que se prodiga en pequeñas dosis, goteando.

José Moreno Villa, tutor en la Residencia de Estudiantes, poeta, literato, retratista y testigo de cargo de una España peregrina que nunca pudo ser expulsada de aquellas borgianas bibliotecas de los sueños donde habita la mejor literatura, que se resiste, con sigilo, al olvido.

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20 diciembre, 2011 a las 7:12 am

‘La Risiera’ (y nuestras ruinas), de Ricard Vinyes en Público

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En la noche del 29 al 30 de abril de 1945, el ruido y la luz de una detonación advirtieron a los ciudadanos de Trieste de que algo sucedía en la periferia urbana de la ciudad, donde se alzaban borbotones de humo negro y resplandor de llamas.

Había sido una jornada complicada para todos. En Alemania, Eva Braun y Adolf Hitler se habían quitado la vida. Un par de días antes, Mussolini y su amante, Clara Petacci, tras ser detenidos en las cercanías del Lago di Como, eran fusilados y sus restos colgados por los pies en una gasolinera. Por la mañana, el Comité de Liberación Nacional (CLN) había dado la orden de insurrección general, por lo que la resistencia, allí donde estaba organizada y podía, salió a las plazas y calles del país, irrumpió en las carreteras y abandonó los montes para hostigar a las tropas de ocupación en retirada y capturar o liquidar a los fascistas todavía leales a la “República de Salò”, un Estado fascista puro desarticulado el día anterior, y que desde su fundación en septiembre de 1943 no había sido más que una suerte de protectorado alemán –establecido en Lombardía, y con su capital diseminada en Salò, Milán, Gargnano, Mantua y Verona– para que los ocupantes pudieran controlar mejor el norte y la región de Venezia-Giulia. En aquel 30 de abril tenía lugar la última y verdadera batalla entre partisanos y tropas alemanas en Monte Casale, cerca de Mantua. En Trieste, siguiendo el llamamiento insurreccional del CLN, los partisanos se lanzaron a liberar el centro urbano, mientras que los partisanos comunistas que no estaban integrados en el CLN, sino en el ejército yugoslavo atacaban el altiplano para garantizar la protección de la ciudad durante su liberación. Al anochecer, prácticamente todo el centro de Trieste había sido liberado. La mañana siguiente avanzaron hacia la periferia urbana, y entonces supieron a qué se debían la explosión, las llamas y el humo –con el que, por otra parte, se habían familiarizado desde hacía un año, aproximadamente–. Los alemanes habían evacuado La Risiera ubicada en el barrio de San Sabba, se habían llevado parte de los prisioneros y habían dinamitado el horno crematorio instalado allí en 1944. Se trataba de no dejar rastro de los crímenes cometidos durante la ocupación, pero antes habían incinerado, junto a carbones de restos humanos, toda la documentación relativa a la gestión burocrática del lugar, destruyendo con esta acción las pruebas materiales sobre el único horno crematorio existente en la Europa meridional: el de La Risiera.

El gran complejo de edificios de La Risiera, una antigua arrocera destinada al descascarillado y a otros tratamientos del arroz (riso en italiano) construida en 1904 en el barrio suburbano de San Sabba, se convirtió en el primer campo de encarcelamiento provisional para militares italianos capturados después del armisticio del 8 de septiembre de 1943, y a finales de año se estructuró como campo de detención destinado tanto a la clasificación de los deportados a Alemania y Polonia (además de depósito de bienes saqueados), como a la detención y eliminación de rehenes, partisanos, dirigentes políticos y judíos. Con esta finalidad, se instaló un horno crematorio en el secadero de la fábrica, mientras que el área para detenidos se acondicionó en el interior de un segundo patio del complejo industrial. Ambos fueron dinamitados por los nazis en aquella noche. Entre los cascotes se recuperaron huesos y cenizas humanas recogidas en sacos de papel y que tenían que haber sido arrojados al mar. Las prisas lo impidieron.

A pesar del atentado, y la completa destrucción del horno y su chimenea, La Risiera mantuvo casi invariable su estructura original –a diferencia de los campos de Ferramonti y Fossoli– y por ello constituye un documento importante para la historia de la guerra y la ocupación de Italia.

Años después, algunos incendios, el abandono, dejaron La Risiera en estado de semiruina. La insistencia de las asociaciones de antiguos partisanos facilitó que en 1965 el presidente de la República, Giuseppe Saragat, declarase La Risiera monumento nacional, y que de inmediato el Ayuntamiento de Trieste convocase un concurso para transformar el conjunto fabril en museo memorial. Fue así como el arquitecto Romano Boico materializó su complejo y brillante proyecto arquitectónico que convirtió aquel espacio triste, ruinoso, periférico, en un lugar que documentaba y evocaba. No añadió nada. Tan sólo cortó y restituyó. Eliminó los edificios en ruina, perimetró el contexto espacial con muros de hormigón que se alzaban once metros, articulados de tal forma que constituyen un acceso inquietante en el mismo sitio donde se hallaba la entrada; enrejó el patio para identificarlo, según escribió en su proyecto, con “una basílica laica a cielo abierto”. Decidió que las salas que acogían a los prisioneros estuvieran completamente vacías y que las estructuras de madera fuesen descarnadas; en el edificio central ubicó una exposición concisa, compuesta por las sensaciones e imágenes que sugieren los espacios vacíos, las narraciones, los documentos. La Risiera, establecida ya como patrimonio de la República, se inauguraba en 1975, treinta años después del intento de aniquilación.

Anteayer vi imágenes de los restos ruinosos de la prisión de Carabanchel, y la cabeza se me fue a La Risiera; y me acordé también, por esas extrañas conexiones que a su aire establece la memoria, de la orden de destrucción de los archivos del Movimiento y de Falange que dictó Martín Villa, siendo ministro de Gobernación del último gabinete de la dictadura presidido por Adolfo Suárez. Corría 1977. Nuestras ruinas no son más que ruinas.

Ricard Vinyes. Historiador.

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11 diciembre, 2011 a las 7:08 am

Dar gato por liebre, de Ángel Viñas en El País

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Mentiras y traiciones envuelven la historia de la sublevación de Segismundo Casado en marzo de 1939. Engañó a los historiadores, jugó con los hechos y “confirmó” los mitos esenciales de los vencedores

En estos días tan tumultuosos políticamente el Ministerio de Defensa publica un libro cuya carencia se hacía sentir agudamente. Bajo la dirección y coordinación del catedrático Javier García Fernández aparece un grueso tomo titulado 25 militares de la República. Son biografías, escritas por otros tantos historiadores de primera fila, de una selección de generales o almirantes y jefes que permanecieron leales al Gobierno republicano en o después de la sublevación militar de 1936. Entre ellos figuran Aranguren, Asensio Torrado, Batet, Buiza, Casado, Cordón, Escobar, Gámir, Hernández Saravia, Hidalgo de Cisneros, Mangada, Martínez Cabrera, Menéndez, Miaja, Núñez de Prado, Pozas y Rojo. La lectura será imprescindible tras tantos años de desfiguración y desvirtuación de su papel en la Guerra Civil, acrecentadas en algunos casos por el malhadado Diccionario biográfico español que en la nueva legislatura probablemente no tardará en distribuirse.

No se recupera el honor de todos los biografiados. Para uno al menos, y que el Diccionario ha tratado de salvar por todos los medios, la evidencia primaria documental de época lo hunde en las simas del embuste y de la traición. A muchos españoles de las generaciones más jóvenes su nombre no les dirá nada. Se trata de Segismundo Casado, el hombre que el 5 de marzo de 1939 se levantó en armas contra una República a punto de colapsarse, que creó un sedicente Consejo Nacional de Defensa, que aglutinó en torno suyo a un pequeño arco de figuras de segundo o tercer nivel (salvo Miaja, el anciano socialista Julián Besteiro y el exsubsecretario de Gobernación y destacado miembro del PSOE Wenceslao Carrillo).

La sublevación casadista ha dado origen a discusiones sin cuento. También abrió inmensas heridas en las filas del exilio. Profundizó hasta límites infranqueables las divisiones entre socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos. Estuvo basada en una patraña de Casado y en una estrategia política de Franco.

La patraña consistió en acusar a Negrín de hacer el caldo gordo a los soviéticos y sus sicarios españoles y de prolongar la guerra sirviendo exclusivamente el interés de Stalin. De aquí la subpatraña que la sublevación se llevó a cabo para impedir que Negrín y los comunistas se hicieran con el control de los mandos de lo que quedaba de Ejército Popular.

La estrategia de Franco consistió en engañar a Casado haciéndole ver que una rendición inmediata no provocaría represalias entre los mandos militares que no hubieran cometido delitos de sangre. Lo que había detrás es fácil de identificar: Franco deseaba evitar cualquier evacuación de dirigentes políticos, militares y sindicales. Para ello necesitaba que alguien hundiera, desde dentro, las pequeñas posibilidades de resistencia. Así podría liquidar fácilmente la flor y nata republicana.

Casado se tragó el anzuelo. Engatusó a sus compañeros haciéndoles ver que no tendrían que temer demasiado de la victoria franquista y buscó aliados para su golpe en unidades próximas a Madrid. Las encontró en el Cuerpo de Ejército de Cipriano Mera, probado líder anarquista y políticamente analfabeto. Aprovechó el sordo rencor contra los comunistas y manipuló a la Agrupación Socialista Madrileña.

Franco terminó la guerra en beauté, gracias a una operación político-estratégica que le permitió copar a una inmensa cantidad de dirigentes republicanos. También a la masa combatiente. Todos formaban parte de aquella anti-España cuya eliminación física, política y psíquica había constituido el alfa y el omega de la rebelión de 1936. Casado se escapó a Inglaterra tras una serie de proclamas preconizando la resistencia numantina si no se recibían condiciones satisfactorias de paz. No las obtuvo.

En Londres, Casado escribió unas autojustificativas y falaces memorias, nunca traducidas al español. El manuscrito lo entregó el 21 de julio. Era profundamente anticomunista, pero no ponía en solfa a las democracias occidentales que tan poco habían hecho por la República. Hay que sospechar que alguna mano foránea le ayudó en su concepción. Como tras el final de la II Guerra Mundial y en el comienzo de la guerra fría los servicios secretos británicos le hicieron algunas ofertas, es posible que en 1939 ya estuvieran a favor de una labor de intoxicación.

Se conserva el borrador de una carta a Franco que Casado agregó a una misiva fechada el 9 de marzo de 1940 y dirigida al duque de Alba, a la sazón embajador en Londres. No se sabe si este la remitió a su destinatario, pero en ella Casado dejó constancia de la decepción que le había producido el comportamiento de Franco. El motivo de la carta fue el fusilamiento del general Escobar por quien Casado debió de tener un gran respeto. Acusó al Caudillo / Generalísimo / Jefe del Estado de haber faltado a la palabra dada. Una terminología dura entre militares.

Casado trapicheó como pudo, con trabajitos en la BBC, uno de los lugares en que los servicios especiales británicos solían aparcar a personajes y personajillos que pudieran ser útiles. Cuando terminó la II Guerra Mundial, emigró a América Latina. Allí pasó más de 15 años, en parte tratando de volver a España. Cuando lo hizo, en septiembre de 1961, nadie le molestó, pero dos años más tarde se le ocurrió solicitar el reconocimiento de sus derechos pasivos y la máquina judicial militar se puso en movimiento. Se le trató con guante blanco hasta cierto punto, pero no obtuvo lo que quería.

Enfermo, encerrado en su piso madrileño durante años y años, fue apañándose con sus ahorros hasta que amenazaron con agotarse. Entonces entró en contacto con el Ministerio de (Des)Información. Se prometió un gran éxito económico de una nueva versión de sus memorias. El problema es que no se acordaba de los hechos de 1939. Tampoco podía ir a hemerotecas. No sabemos si desde el Ministerio, entonces regentado por Manuel Fraga Iribarne, alguien le echó una mano. Sí sabemos que le ayudó uno de los subordinados de Cipriano Mera, también anarquista, un tal Liberino González.

En consecuencia, la nueva versión acentuó hasta extremos delirantes la presunta conspiración comunista, la vesania de Negrín y la larga mano de Stalin sobre la República. Todo muy en consonancia con el furibundo anticomunismo anarquista y franquista y, en particular, las necesidades de la guerra fría. Ya se habían expresado en términos similares renegados comunistas tan caracterizados como Jesús Hernández, Enrique Castro Delgado y Valentín González, El Campesino. También los inevitables poumistas, a la cabeza de los cuales se situó Julián Gorkín.

Casado no quedó muy contento con el resultado, una indicación tal vez de que la nueva versión no era únicamente de su propia pluma, pero no tenía escapatoria. Enfermo y sin dinero, se sometió. Cuando se almuerza con el diablo conviene manejar una larga cuchara. Casado no la tuvo. Jugó con los hechos, engañó a historiadores, “confirmó” los mitos esenciales de los vencedores, encubrió la gran operación político-estratégica de Franco, fue corresponsable de la hecatombe final republicana y, como buen traidor, hizo todo lo posible por desfigurar sus huellas en la historia. Un historiador anglo-norteamericano, Burnett Bolloten, le creyó y sentó escuela. Sus colegas pro y neofranquistas se frotaron de gusto las manos durante años.

Al final, si se encuentra la evidencia primaria relevante de época, los hechos del pasado quedan iluminados bajo nueva luz. La pregunta es: ¿por qué ha habido durante tanto tiempo un segmento de la literatura que ha hecho caso a la versión de Casado, que siempre fue en sí inverosímil? La respuesta se encuentra, a nuestro entender, en la conjunción entre las necesidades ontológicas del franquismo, su dependencia de una mitología ad hoc y la ideología de la guerra fría.

Ángel Viñas es catedrático emérito de la UCM y está a punto de publicar una versión revisada y ampliada de La conspiración del general Franco.

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10 diciembre, 2011 a las 7:16 am

A la vuelta de Madrid, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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La polémica en falso sobre el Valle de los Caídos

No ha sido posible dar por sabidas ideas básicas antes expuestas, porque su verdad no es demostrable matemáticamente; hubo así que tener presentes -en interés de esta causa- a quienes razonan mediante «juicios antipáticos a priori». (Américo Castro)

Primera hora de la tarde. Madrid ya se quedó atrás. Las poblaciones más cercanas, también. La cruz del Valle de los Caídos no tarda en divisarse desde el coche. Cada vez que la atisbo, soy consciente, no sin cierto desgarro, de su cercanía a aquel monumento al que Ortega definió como piedra lírica. A aquel Escorial en cuyo interior habitó el innominado personaje de Azaña, al que alguien denominó como «el Amiel sin miel de El Jardín de los Frailes».

Es innegable que la cercanía entre el Valle de los Caídos y El Escorial resulta inquietante. Por mucho que los separen siglos de distancia, por mucho que el real sitio fuera concebido, entre otras cosas, como el enclave de un gigantesco imperio, por mucho que el monumento escurialense le haya inspirado a Unamuno la genialidad de que Felipe II fue en realidad un Quijote de covachuela, se diría que aquel general cuya carrera militar tuvo tanto que ver con aquella guerra de África en la que la decadencia de España era bastante más que una retórica noventayochista, quiso dejar su impronta muy cerca de tan histórico lugar para que saliese a escena la omnipresencia de la muerte entre españoles. Gigantesca sepultura en la que el tamaño sí que importaba mucho.

Pero esta vez, tras conocer el dictamen de la comisión creada ad hoc por el Gobierno de un Zapatero que, según parece, pretende marcharse a hurtadillas, no puedo soslayar que, de nuevo, estamos ante una intentona que, como nos viene sucediendo, se va a cerrar en falso. Y es imposible no preguntarse hasta dónde pretendió llegar el político leonés con su teórico empeño de dignificar la llamada memoria histórica.

No olvidemos que, de entrada, abrazó el llamado republicanismo de Petit, al tiempo que en ningún momento se cuestionó la Monarquía. No olvidemos que sus halagos a la II República jamás dejaron la puerta abierta a reivindicar la tercera. Y no olvidemos tampoco que nunca hizo apuestas decididas por el significado del republicanismo, ni en su política social y económica, ni en su política educativa, ni en su política cultural. Lo de Zapatero con el republicanismo no pasó de ser un enredo más de los muchos que hizo. Una frivolidad fruto de su incurable e incorregible inconsistencia.

Para empezar, no es esperable que el PP se ocupe de poner en marcha el dictamen de la comisión, que aconseja que los restos del dictador no continúen donde están. Y, para seguir, con o sin Franco, no se podrá cambiar el significado del Valle de los Caídos, el de un lugar en el que se da cita la barbarie de aquella guerra, de cuyas consecuencias ni la izquierda de siglas desea en verdad acordarse.

Hay cosas que no pueden ser reconvertidas. El Valle de los Caídos nunca podrá llegar a ser el referente de todos los muertos de la guerra civil. De hecho, sólo con pretender semejante cosa se está insultando la memoria de las víctimas que no fueron a parar allí por voluntad propia y se está faltando al respeto también de todos aquellos que se vieron obligados a trabajar allí en condiciones que formarían parte de la historia universal de la infamia.

No, no se puede desandar la historia con la frivolidad de un José Bono que, siendo ministro de Defensa, pretendió poner en el mismo sitio a republicanos españoles que lucharon en Europa contra la barbarie nazi con otros que acudieron en apoyo de las tropas hitlerianas.

Caídos por Dios y por España, frente a aquellos otros que sufrieron muerte, cárcel o exilio. Caídos a resultas de una cruenta guerra que trajo una de las dictaduras más largas de la historia de Occidente. Caídos por defender una idea de España ciertamente distinta de la que resultó triunfante.

A la vuelta de Madrid, viendo de lejos la mole de la que tanto se viene hablando, sobreviene la certeza de que, en efecto, la izquierda española nunca se enfrentó a la historia, ni a la suya propia, a la que traicionó el PSOE desde su irrepetible y malograda victoria del 82, ni a la de este país al que seguimos llamando España.

Aquel Quevedo que hablaba en un inolvidable soneto de que en todo cuanto veía se topaba con la sombra de la muerte viene muy bien al caso. La guerra y la muerte, cuya sombra tiene en este caso color de osamenta. Algo demasiado serio, algo demasiado trágico, para afrontarlo con frivolidad.

La solemnidad y la grandeza son obligadas cuando se trata de verse cara a cara con la muerte, como decía el personaje lorquiano, cuando se trata de honrar a los muertos y no de un paripé inane. La paz, la piedad y el perdón, invocados por Azaña en un inolvidable discurso, exigen una trascendencia y una seriedad que resultan inalcanzables para discursos que hacen de las fruslerías principal materia de galvanización.

Hablamos de tragedia, señores, de una tragedia que, para muchos, duró décadas. Y hay quien quiso y quiere hacer de ella, como estaba cantado, comedia bufa.

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6 diciembre, 2011 a las 7:12 am

¿Que la muerte los separe?, de Félix Población en Público

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El Valle de los Caídos es una basílica levantada bajo mandato de Francisco Franco en la que están enterradas más de 30.000 víctimas de la Guerra de España, propiciada por la rebelión del general felón. De esa cifra, más de 12.000 caídos no han podido ser identificados. El desprecio a sus nombres es una consecuencia del desprecio que merecieron sus vidas, segadas por el franquismo al pie de las tapias de los cementerios y las cunetas por haber defendido la legalidad republicana. Como culminación de tal desprecio, los restos de esas víctimas fueron trasladados alevosa y clandestinamente hasta Cuelgamuros entre 1959 y 1983 (hasta 1968, sobre todo), sin que sus familiares tuvieran constancia de tal hecho. ¿Qué democracia se estaba construyendo en este país en los años ochenta si todavía se verificaban entonces esos traslados?

En la vistosa y umbría Sierra de Francia salmantina hay una localidad que se llama Aldeanueva, de la que era natural Valerico Canales Jorge, un modesto segador que se dedicaba a las faenas campesinas durante los veranos y trabajaba en el ferrocarril en el periodo invernal y durante la primavera. Su hijo Fausto cuenta que una camioneta de falangistas se lo llevó de la puerta de su casa el 20 de agosto de 1936, a la hora de la siesta. Fusilado en una cuneta, junto a otros jornaleros de su pueblo, sus restos y los de sus compañeros fueron trasladados en marzo de 1959 al Valle de los Caídos.

Fausto Canales puso en marcha la agrupación que reclama la exhumación de los restos de aquellos republicanos enterrados en Cuelgamuros. No está dispuesto a renunciar a ese derecho, a pesar del informe dado a conocer por la comisión de expertos, que considera imposible la devolución de esos restos a los familiares de las víctimas alegando su carácter anónimo y mal estado de conservación. La resolución adoptada por la comisión estipula, en cambio, que sea creado en el Valle de los Caídos un lugar de la memoria que rinda homenaje a todas las víctimas de la Guerra
Civil. También figura entre las propuestas la de crear un centro de interpretación que dé cuenta de ese periodo histórico, sin que se sepa qué tipo de interpretación será la que se ofrezca a los visitantes, aunque muy posiblemente primaría la de la tibia y neutral equidistancia.

Para que eso sea posible, con todo, habrá de salvarse un escollo que desde ahora mismo se me antoja más que problemático y que el Partido Socialista Obrero Español, después de casi ocho años en el Gobierno y con toda su Ley de Memoria Histórica (por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura), ha dejado a expensas de lo que decida el Gobierno del Partido Popular: que los restos de Franco sean desalojados de Cuelgamuros, algo para lo que será fundamental, además, la determinación que tome la Iglesia, dada la inviolabilidad que tiene la basílica por su régimen jurídico. Esto es, que el sepulcro del dictador se quedará en donde está, sin que la muerte separe a Franco de la institución que bendijo su cruzada.

Que Virgilio Zapatero, uno de los presidentes de esa comisión de expertos, haya solicitado a la Iglesia su “colaboración” para “democratizar” ese espacio me parece una demanda tan peregrina como la del ministro Ramón Jáuregui de encomendar al Gobierno de Mariano Rajoy lo que no ha hecho el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero. Si el franquismo pervive en muchos votantes y dirigentes del PP que repudian toda reivindicación relacionada con la memoria histórica, cómo va la Iglesia a despachar del suelo de su basílica los restos de quien mereció por parte de esa institución el título de caudillo por la gracia de Dios, sin haber sido capaz –en estos más de 30 años de democracia– de arrepentirse de su colaboración con la maquinaria legal represiva de la dictadura, que convirtió a los curas –según el historiador Julián Casanova– en investigadores del pasado ideológico y político de los ciudadanos. “Con sus informes –afirma Casanova–, aprobaron el exterminio legal organizado por los vencedores en la posguerra y se involucraron hasta la médula en la red de sentimientos de venganza, envidias, odios y enemistades que envolvían la vida cotidiana de la sociedad española”.

Víctima de esos sentimientos cainitas, Valerico Canales fue fusilado una tarde de verano en los alrededores de su pueblo. Quienes acabaron con su vida, vilipendiaron también su muerte y lo inhumaron, como a otros miles de republicanos, en la basílica de Cuelgamuros, levantada con el trabajo en régimen de semiesclavitud de presos antifranquistas, bajo una gran cruz de la fraternidad cristiana que da honores al mausoleo de su verdugo, el único dictador de Europa con esos atributos.

El actual pontífice Benedicto XVI, siendo cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tuvo mucho empeño en visitar el Valle de los Caídos en 1989, según confesión de quien es hoy abad de la basílica, Anselmo Álvarez. Lejos de cualquier reflexión similar a la que Benedicto XVI hizo en su visita al campo de concentración de Auschwitz, Ratzinger quedó muy impresionado por la grandeza del recinto, que Álvarez tuvo la ocurrencia de comparar con el valle de Josafat, y oró y se persignó ante la tumba del exjefe del Estado Francisco Franco –cuenta Fernando Olmeda en su libro sobre el Valle–, tal como la Iglesia hizo en pro de la vida del dictador a lo largo de sus muchos años de cruel represión contra los vencidos.

Félix Población. Periodista y escritor.

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4 diciembre, 2011 a las 7:10 am

Semprún y Pradera en Biriatou, de Patxo Unzueta en El País

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Los amigos de Jorge Semprún, entre ellos Javier Pradera, fallecido el pasado domingo, han organizado un homenaje al escritor y político en la localidad fronteriza que inspiró un poema de otro desterrado: Unamuno

La mujer que ha conducido el coche en el que Federico Sánchez, también llamado Rafael Artigas, Juan Larrea, Ramón Barreto o, en fin, Jorge Semprún, ha cruzado por Behobia la frontera franco-española, camino de París, y a la que ha pedido que le acerque a un pueblecito vasco, Biriatou, situado a escasa distancia, en una desviación de la carretera principal, sobre una colina desde la que se divisa el curso final del Bidasoa hacia la mar cantábrica, le ha preguntado si el motivo de querer ir a ese lugar guarda relación con algún recuerdo de infancia. El viajero clandestino le responde: “casi; tenía 15 años la primera vez”.

Muchos años después, siendo ya ministro de Cultura, se publicó el libro que aquí se tituló Adiós, luz de veranos…, en el que Semprún rememora esa conversación con la conductora y se pregunta si fue entonces cuando por primera vez pensó que deseaba ser enterrado en el “pequeño cementerio” de Biriatou, “arrimado a una rústica y agreste iglesia”. En este “lugar fronterizo, patria posible de los apátridas, entre los dos ámbitos a los que pertenezco (…), en la vieja tierra de Euskal Herria”. Y añade que pediría asimismo que su cuerpo fuera envuelto “en la bandera tricolor de la República”. No porque haya dejado de pensar que la Monarquía parlamentaria es “en las condiciones actuales el mejor sistema posible para garantizar la democracia y mantener la cohesión los diferentes componentes nacionales de España”, sino como expresión de “una fidelidad al exilio y al mortífero dolor de los míos: aquellos en quienes no dejo de pensar, aún hoy, en la terraza umbrosa de Biriatou cuando regreso allí”.

El viajero clandestino no había olvidado esa primera vez en la que el joven escolar, a punto de reintegrarse al Liceo Henri IV de París para cursar sexto de bachillerato, estuvo cenando en la terraza umbrosa de un restaurante de ese pueblito, el 22 de agosto de 1939. No duda de que era esa fecha porque recuerda perfectamente que un día después, el 23, se produciría un hecho histórico, la firma del pacto germano-soviético, que la mayoría interpretó como signo de la proximidad de la guerra. Pero también es una fecha personalmente inolvidable para Semprún por algo que ocurrió, o que le ocurrió, aquella noche.

Acababa de llegar en compañía de un amigo de su padre al chalé de Biarritz de un armador de unos 55 años, cuya mujer, Hélène, rubia y francesa como la Isabel de Blas de Otero, de unos 40, era una señora “espléndida, deslumbrante”, que tras interesarse por los gustos literarios del joven exiliado español intentó seducirlo, con pleno éxito, después de que, en un alarde de osadía que a nadie sorprendió tanto como a él mismo, el escolar le dijera que le recordaba a la protagonista de Belle de jour. Ella respondió que había una diferencia, porque la heroína de la novela de Joseph Kessel buscaba en el prostíbulo los placeres brutales de carreteros o descargadores del puerto, y eso ella ya lo tenía en casa; y que lo que le atraía era llevar a su cama a jóvenes poetas románticos.

Catorce años antes, pero también un 22 de agosto, el desterrado Miguel de Unamuno llegaba a Hendaya desde París tras haber escapado de la isla de Fuerteventura, a la que había sido deportado por la dictadura de Primo de Rivera. En Hendaya permanecerá durante cinco años, hasta 1930. En 1928 aparece en una editorial de Buenos Aires el Romancero del destierro, especie de “diario íntimo vertido en sonetos”, según su propia definición. Entre los poemas recogidos en la obra figura uno con título en lengua vasca, Orhoit gutaz, palabras que toma de una placa con los nombres de los 11 hijos de Biriatou muertos en la Gran Guerra que descubre en un muro de la iglesia del pueblo. Desde el hotel de Hendaya en que se hospeda, el Broca, luego llamado “de la Gare”, Unamuno acostumbra a dar paseos por los alrededores, frecuentemente hasta Biriatou. Le impresiona la frase que figura al pie de los nombres de los 11 vecinos “morts pour la patrie”: Orhoit gutaz, o sea “acordaos de nosotros”. Un ruego procedente de personas anónimas: con nombre y apellido pero sin historia, como los pueblos sin escritura, de tradición oral. Unamuno los imagina campesinos iletrados, “oscuros hijos sumisos del hogar / henchido de silenciosa tradición”. Acordaos de nosotros: una súplica que recuerda la de François Villon, a punto de ser ahorcado, en 1461: “Hermanos humanos que viviréis después, / no tengáis contra nosotros el corazón endurecido”.

Jon Juaristi dedicó un capítulo de su Bucle melancólico a ese poema de Unamuno. Poco después de la aparición del libro, a fines de 1997, publicaría un artículo en este periódico, De Fuerteventura a Bilbao (EL PAÍS, 16-3-1998) en el que comenta que si Primo de Rivera pretendía con la deportación “doblegar el ánimo” del escritor bilbaíno, “escogió un mal lugar para intentarlo porque Fuerteventura dio a Unamuno una segunda juventud, la de los amores otoñales”.

Del contexto se deduce que Juaristi se refiere a la buena acogida y trato que dispensaron a Unamuno las “nobles gentes” de la isla, que despertaron en él un “brío de mocedad” que se trasladaría a las páginas escritas en los años de destierro. Sin embargo, es posible que esa expresión guardase relación con un episodio poco conocido de la vida del escritor: la visita que en los primeros días de julio de 1924, mientras preparaba su evasión de la isla, recibió de una poetisa argentina, Delfina Molina, de 43 años (él tenía 59) que desde 1907, teniendo ella 28, le escribía cartas, al comienzo de admiración y luego de franca confesión de amor. Ignoro si Juaristi, especialista en Unamuno, conocía ese episodio cuando se refirió a “amores otoñales”. El libro que rastrea toda la correspondencia entre el escritor bilbaíno y la argentina (Delfina, la enamorada de Unamuno, de María de las Nieves Pinillos) fue publicado un año después del artículo de Juaristi.

En la biografía de Unamuno de Colette y Jean-Claude Rabaté, publicada por Taurus en 2009, se sigue la pista de esa correspondencia. En 1912, Unamuno dedica un artículo que envía a La Nación, de Buenos Aires, a “una joven poetisa argentina, sin habernos conocido mi amiga entrañable”, mensaje al que ella responde con un emocionado “sentí morir”. No se verían más que esa vez de Fuerteventura. Ella se presenta en la isla con su hija, Laura, y el escritor les cede su habitación del hotel, yéndose él a casa de unos amigos. Aunque ella insistirá en volver a verlo, él tiene otras preocupaciones y, según la biografía de los Rabaté, la mayoría de las cartas posteriores de ella (hasta 1935) quedaron sin abrir.

Unamuno y Semprún. Y Pradera. En el último artículo que publicó en la revista Claves (“La extraterritorialidad de Jorge Semprún”; julio / agosto de 2011) Javier Pradera relacionaba a los dos desterrados a través de su vinculación con Biriatou. Pradera era por el lado paterno oriundo de Sara, en el País Vasco francés. Hoy no podrá estar en la aldea donde los 11 vecinos muertos en la I Guerra Mundial y los dos que se añadieron a la lápida tras la Segunda nos piden que no les olvidemos. Que no tengamos contra ellos un corazón endurecido.

Javier Pradera no lo tuvo contra quienes le ofendieron en vida y estos días le piden cuentas por su pasado comunista. Un amigo suyo, Ramón Recalde, escribió a propósito de esos que “solo pasivamente” estaban contra Franco y ahora reprochan a los que lo estuvieron activamente su pasado izquierdista: “Me resulta difícil tener que hacerme perdonar (…) por los que no lucharon contra la dictadura en el momento en que deberían haberlo hecho y hoy despliegan su buena conciencia apuntándose a la democracia o a los nacionalismos sobrevenidos”.

Pradera: en una conversación telefónica mantenida tres o cuatro días antes de partir para su propio Largo viaje -como el que convirtió en su primer libro Semprún-, le dijo al periodista Juan Cruz que no podría estar en el homenaje de hoy en Biriatou. “Ya te enterarás por qué”, añadió.

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26 noviembre, 2011 a las 8:14 am

La osadía de Eduardo Rincón, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Se podría decir que esta es una historia  optimista, aunque sólo sea porque acaba bien. El protagonista tiene 87 años, pero se conserva entero; unos ojos claros y una mirada limpia, lo que no es moco de pavo cuando ha pasado por lo que ha pasado; tiene el pelo blanco, tupido en los flancos, como para marcar el territorio de una calva bien aireada. Eduardo Rincón es músico, compositor de eso que ya empieza a desaparecer de nuestra cultura mediática, porque ha ido perdiendo hasta el nombre. Compone música clásica, lo que en puridad resulta una cursilada de expresión, pero es la única forma de entender que no hace rock, ni jazz, ni country, ni sardanas, ni habaneras, ni fondos para los anuncios publicitarios. Compone música de cámara y sinfonías y muchas otras cosas que por supuesto están fuera de la clasificación habitual de los “modelnos” de nuestra crítica musical.

Eduardo Rincón es un músico antiguo que vive en una casa antigua de un pueblo del Empordà antiguo. Torroella de Montgrí. A mí me gusta la música de Eduardo Rincón, y encuentro en ella ecos del maestro Heitor Villa-Lobos y un toque del estudioso que es de la obra de Henze, al que dedicó una docena de programas radiofónicos para la Clásica de Radio Nacional, que casi nadie escuchó. Pero Rincón es uno de esos personajes que han hecho historia y por lo tanto que la han sufrido, pero que nadie osa meterlos en ella. Acaba de publicar sus memorias -Cuando los pasos se alejan (Ediciones La Bahía)- que no son otra cosa que el relato de su histórica osadía. Al tiempo, su música empieza a escucharse en las salas de conciertos. Aunque sólo fuera por eso, ya se podría decir que estoy escribiendo una historia que acaba bien.

¿Y cómo se cuenta el principio? Y lo demás. Eduardo Rincón entró en la cárcel a hostias y con riesgo de su vida en septiembre de 1939, exactamente el día que empezaba la II Guerra mundial. Tenía 15 años. Una familia asentada, de Santander, republicanos, padre pequeño empresario que tuvo el honor y la dignidad de ser el representante del gremio de eso que ahora llaman “emprendedores”. ¿No se dan cuenta que “emprendedores” somos todos los que nos levantamos de buena mañana, dispuestos a comernos el mundo, y que llegamos a la noche hechos unos zorros, con pocas ganas de escuchar las mentiras del último telediario? A Eduardo Rincón le detuvieron en Santander en el mismo grupo doloridamente famoso en el que andaba metido José Hierro, el poeta, dos años mayor que él. Uno 15 y el otro 17. Y por si fuera poco, los ciegos. Siete ciegos que sumaron a la redada. Rojos y ciegos. Los fusilaron a todos, según el principio de que estar ciego no atenúa el delito de ser republicano. Ninguno de los que estuvo allí, en Santander, a finales de 1939, olvidará aquello.

¿Cómo olvidarlo? Luego Madrid, Convento de Comendadoras, cárcel implacable, y recorrer la España cañí de trullo en trullo. José Hierro nunca quiso hablar de aquello, cuentan que sólo una vez tuvo una debilidad, cuando alguien le recordó la historia de Antón Villar, el maestro poeta, que cuando le iban a sacar para fusilarle, llevó aparte a Hierro y le dijo lo más hermoso que puede escuchar un poeta: “Te necesito para que conserves mis versos”. Pepe Hierro tenía una memoria poética prodigiosa. Y allí, el tal Villar, a punto de marchar al paredón, le recitó los dos sonetos alejandrinos -hoy alta cultura, saber qué es un alejandrino, 14 sílabas; nosotros, que nos quedamos sin desasnar, lo dábamos en 4. º de bachillerato-, y Pepe Hierro lo recordó y los recitó del tirón, cuando ya habían pasado veinte años, y lloró tanto que nadie volvió nunca a pedirle que los repitiera.

Hay que joderse, Eduardo Rincón, aquel chaval que paseaba sus 15 años por cárceles y penales, quería ser comunista y músico. Dos cosas imposibles, porque ni el PC admitía adolescentes en aquellos años del cólera, ni estaba el horno para solfeo, armonía y contrapunto. Las páginas de esas memorias -Cuando los pasos se alejan- dedicadas a aquel tiempo feroz dejan huella. Pero lo consiguió, comunista y músico, al menos aprendiz de ambas cosas.

Cuando salió de la cárcel sintió que tenía una responsabilidad, la de hacer que aquella gente que se quedaba en prisión pudiera liberarse. Y además componer música. Marchó a París, y allí, en el ambiente de los franceses, otra galaxia, avanzó en los estudios de composición. Pero le animaron a volver, esta vez de clandestino, y además a Asturias. Tocaban finales de los 50 y le pillaron en Gijón, en el 61, vísperas de las grandes huelgas mineras. Le dieron tantas hostias que se cansó de contarlas. El que dirigía la tortura se llamaba “C. R.”; así figura en las memorias de Rincón por consejo del abogado de la editorial, no vaya a ser que algún heredero, o el mismo canalla -los criminales de Estado son longevos- le meta una querella por su honor afectado. La gente “modelna” no entiende lo que tiene de humillación ese subterfugio. Se llamaba Claudio Ramos, comisario de la policía política en Asturias. La hez del pasado que aún condiciona la historia del presente.

Primero la cárcel de Oviedo, luego Burgos ¿Qué tal escuela es un penal para ejercitarse de músico? Cuenta Eduardo Rincón que logró un trío notable, aunque un tanto irregular: saxo, tuba y clarinete. Tocaban, asegura, con cierto garbo la “marcha de las águilas” de Wagner, o “Perdona a tu pueblo, perdónalo, Señor”, y pasodobles y, en ocasiones, acompañaban en la misa, obligatoria. El saxo era un preso común que había matado a su suegro y troceado a su mujer. El del clarinete, ¿o era la tuba?, un asesino que al enterarse de que su sobrina se había quedado embarazada de él, le propuso suicidarse juntos, y primero la mató a ella y luego él se tomó una pastilla de jabón, el muy jeta; como instrumentista era mediocre; uno no puede ser excesivo en todo. Los políticos del penal de Burgos tenían pocas habilidades musicales; sólo el catalán Jordi Conill tocaba el piano, pero eso, fuera del armonio de la capilla, no servía.

Los presos políticos del franquismo en la primera mitad de los sesenta agradecieron la intercesión del Espíritu Santo, que consintió el fallecimiento del Papa, un Concilio festejable y los XXV años de Paz. En total un puñado de indultos cicateros que aliviaron penas. Cuando Eduardo Rincón salió de la cárcel, bien avanzados los sesenta, ya estaba curtido en la composición, sólo le faltaba aire, aire libre. Pero le volvieron a detener por una delación en Asturias, el fantasma de Claudio Ramos, el torturador de Asturias, reaparecía. Consiguió a duras penas salir del asunto con la ayuda de santanderinos influyentes, Pancho Pérez y Jesús Polanco, entonces Taurus y Santillana y muchas cosas más, y medio traduciendo y sobreviviendo, recuperó la capacidad para volver a hacer música.

Llegaba la edad de las enfermedades y su mujer se iba muriendo de cárceles, penas y tuberculosis. Encontraron el Empordà y aquí se quedaron, hasta que ella murió y él siguió trabajando con ese entusiasmo imposible de los derrotados que se niegan a admitirlo. Volvía a su Santander, pero ya nada era lo mismo, salvo él, que seguía siendo músico y un revolucionario escamado tras los desastres del 68. París apenas existió en la cultura comunista, pero la invasión soviética de Checoslovaquia marcó a varias generaciones.

Ahora vive en Torroella de Montgrí en una casa hermosa, con una mujer tranquila e inteligente, veterana del teatro y los títeres, que tiene probablemente el nombre más bonito que existe en catalán -Dolça-. Y él compone en esa soledad imposible del que ha escogido los caminos tortuosos de nuestra historia, haciendo verdad los versos demoledores que escribió a la manera quevedesca, Pepe Hierro, y que tituló Vida, como si fueran el lema de una generación derrotada y humillada: “Qué más da que la nada fuera nada, después de tanto todo para nada”.

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5 noviembre, 2011 a las 7:20 am

Un Memorial de todos, de Joan B. Culla i Clarà en El País de Cataluña

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Vaya por delante mi postura personal: como ciudadano, como historiador y como miembro de la junta de gobierno del Memorial Democrático creo que esta institución, creada durante la legislatura anterior con el voto favorable de CiU, el PSC, Esquerra e Iniciativa, no debe ser suprimida bajo ningún concepto. Y me parece indecoroso que, habiéndose opuesto al Memorial por motivos puramente ideológicos, por alergia a la tradición democrática y antifranquista, el Partido Popular pretexte ahora razones de simplificación administrativa y de ahorro para proponer su cierre.

Dicho esto, resulta demagógica y contraproducente la estridencia inspirada por Iniciativa-Verds y sus círculos afines acerca del “desmantelamiento” y el “despedazamiento” del Memorial a manos del Gobierno de Artur Mas. Forma parte del estilo político reciente de los ecosocialistas considerar que cuanto ellos hicieron durante sus años de estancia en el poder (el límite de velocidad en 80 kilómetros hora, el código ético de los Mossos, las alegrías en el gasto público, la puesta en marcha del Memorial Democrático, etcétera), e incluso el modo exacto en que lo hicieron, es sagrado, incuestionable e inmodificable, y que, si alguien osa objetarlo, es reo del derechismo más abyecto.

La realidad no es tan maniquea. En el actual contexto económico, sería difícil de entender que sufriera serios recortes presupuestarios la sanidad, y no los padeciese el Memorial, o que no pudiera redimensionarse una plantilla de personal que, en apenas dos años, había alcanzado la nada desdeñable cifra de 34 puestos de trabajo. Puestos que, además, la dirección nombrada por ICV creó y cubrió sin seguir los trámites preceptivos, según denunciaba Comisiones Obreras en EL PAÍS del pasado sábado. Por otra parte, el abandono de la sede del Memorial en la Via Laietana no fue fruto de una proterva decisión política convergente, sino de la inseguridad del edificio, detectada por los servicios técnicos dependientes -todavía- de un gobierno municipal de izquierdas.

Con lo cual llegamos a Montjuïc. Francamente, no soy capaz de imaginar un recinto más emblemático de las represiones que ha sufrido la Cataluña contemporánea -desde el bombardeo de Espartero hasta los mártires anarquistas de 1897, desde el fusilamiento de Ferrer i Guàrdia a los de Companys y el general Escobar- que el castillo de Montjuïc. Su ubicación es excéntrica, dicen. Si era buena para el centro de la paz que proyectaba el alcalde Hereu, ¿por qué no puede albergar ahora los servicios centrales, la exposición permanente, las actividades didácticas -ahí es nada, mostrar y explicar a los escolares el foso de Santa Eulàlia… y el foso de Santa Elena-, así como un futuro gran centro de documentación del Memorial Democrático? ¿Acaso ello impediría realizar exposiciones temporales o coloquios en otros lugares? Si el objetivo del organismo es el trabajo eficaz y solvente, Montjuïc es un emplazamiento óptimo; otra cosa es si se buscan el escaparate y la agit-prop partidista.

El Memorial Democrático debe ocuparse -porque lo dicen la ley, el consenso que la impulsó y el sentido común- de todas las violencias político-sociales que han asolado la Cataluña de las últimas ocho décadas. Por tanto, y por supuesto, de las víctimas de la larga saña represiva del franquismo, sin distinción de filiaciones; pero también de los asesinados por la FAI antes y después del 18 de julio de 1936, desde los hermanos Badia al periodista Josep Maria Planes o a tantos católicos, y de los detenidos y torturados por el SIM comunista, e incluso algún día, por qué no, de las víctimas catalanas de ETA. Se trata, pues, de un material sensible y explosivo que debe ser manejado con exquisita ponderación, atendiendo a los matices y las complejidades de la historia. Las que ilustra, por ejemplo, la suerte del fundador del partido de la vicepresidenta Ortega, Manuel Carrasco i Formiguera: forzado a dejar Barcelona por las amenazas de muerte de la FAI y, en consecuencia, capturado y ejecutado por Franco.

Pese a las penurias, se trata de hacer un Memorial de todos: sin apropiaciones ni exclusiones, excepto la de quienes se quieran autoexcluir.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

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28 octubre, 2011 a las 7:17 am

Un testigo llamado ‘Rocío’, de Ricard Vinyes en Público

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En algún día de 1976 un hombre y una mujer cruzaron la frontera que divide Portugal y Andalucía. Llevaban consigo algo del dinero recaudado en el Centro de Intervenção Cultural de Lisboa con la programación de cine político prohibido que organizaban regularmente para los españoles que, desde las zonas cercanas a Portugal, se desplazaban a su capital para conocer la filmografía que la dictadura excluía en las salas de su país. Hombre y mujer cruzaron la frontera porque llevaban en la cabeza diversos proyectos de intervención cultural que deseaban desarrollar en el contexto efervescente de aquel 1976. Entre esos proyectos habitaba una estrella: realizar un documental sobre la romería mariana del Rocío. El resultado marcó sus vidas, nos orienta hoy en la comprensión de los procesos sociales relativos a la memoria pública, y testifica sobre las zonas grises de nuestro Estado de derecho. Todo eso ha generado Rocío, el documental que Fernando Ruiz Vergara construyó con el guión y la gestión de Ana Vila, con la recaudación derivada de aquellos ciclos de cine político prohibido, y con la aportación de amigos diversos en su papel de humildes y entusiastas mecenas de a pie.

Averiguaron las raíces de la romería, su razón y su vida sostenida por la actividad militante de sus Hermandades, la relación que estas habían mantenido, por medio de la religiosidad popular, con los mecanismos de poder social, cultural y político locales, su función en la República, en la guerra.

Almonte. Allí se instalaron en busca de testigos diversos. Las pesquisas levantaron incomodidades porque cruzaban la omertá. Anduvieron caminos que rebasaron silencios llevados de la mano de informantes generosos; fueron al lugar y el momento más sagrado donde la comunidad se encuentra siempre, un entierro, y allí les mostraron, uno a uno, el rostro y el nombre de los que habían participado en la represión directa de la localidad aprovechando la sublevación militar de 1936, que conllevó un centenar de asesinatos fraguados en la cólera de la élite agraria local por la pérdida de poder político y autoridad, y por su rechazo a la redistribución de la tierra preparada por la legislación republicana. A pesar de ello, esta élite, con don José María Reales Carrasco al frente –su alcalde en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, y fundador de la Hermandad del Rocío de Jerez– siempre habló de agravios a la virgen, de humillaciones en forma de azulejos retirados del Salón de Plenos del Ayuntamiento. Banderas marianas y voces devotas alzadas para encubrir conflictos de intereses.

El documental de Ruiz Vergara y Ana Vila creció aunque José María Reales Cala –alcalde franquista en tiempos e hijo de Reales Carrasco– les advirtió que tuvieran cuidado con lo que hacían.

Rodaron a lo largo de 1977, y al año siguiente montaban la cinta con una escena donde un testigo, Pedro López Gómez, evocaba a Reales Carrasco como uno de los responsables de los asesinatos políticos en Almonte. Ruiz Vergara, consciente del problema que podía acarrear aquella información, omitió el nombre en la banda sonora y colocó una cinta negra sobre los ojos de Reales Carrasco cuando aparecía la fotografía de su rostro en pantalla.

En 1980 la cinta estaba lista, y el 18 de julio el cine Astoria, de Alicante, la ofrecía al mundo. La andadura fue mal, nadie quería exhibirla en Andalucía. Sin embargo, en octubre, el I Festival Internacional de Cine de Sevilla galardonaba Rocío. Fue entonces cuando las amenazas se tornaron realidad. El 23 de febrero de 1981, 19 días más tarde de la exhibición de Rocío en el cine Bellas Artes, de Madrid, José Mª Reales Cala interponía una querella por injurias graves a la memoria de su padre, ya que aparecía como un instigador al asesinato político. El juez ordenaba el secuestro de la película.

El juicio se celebró el 15 de junio de 1983. Durante el proceso, el tribunal desestimó la declaración directa de 17 testigos dispuestos a ratificar las palabras de Gómez Clavijo. Tras sendos recursos, la condena dispuso dos meses de arresto, 50.000 pesetas de multa, más diez millones en concepto de responsabilidad civil a entregar a la familia por injurias graves y la prohibición de exhibir el documental si no era suprimido el fragmento donde aparecía la fotografía de Reales Carrasco. Los detalles los cuenta Alejandro Alvarado en un excelente trabajo académico de la Universidad de Málaga para quien quiera conocerlos. De esta investigación de Alvarado saco la cita de los considerandos con los que Luis Marzal Vivas, ponente del Tribunal Supremo, argumentó la ratificación de la condena: “Es indispensable inhumar y olvidar si se quiere que los sobrevivientes y las generaciones posteriores a la contienda, convivan pacífica, armónica y conciliadamente, no siendo atinado avivar los rescoldos de esa lucha para despertar rencores, odios y resentimientos adormecidos por el paso del tiempo”.

Como es habitual en todo lo relativo a la memoria de la violencia política, el conflicto no reside en el acto cometido, sino en rememorar al perpetrador de lo acontecido e incorporarlo a la memoria pública. Eso es lo que testifican Rocío y su castigo. Fernando Ruiz Vergara falleció el pasado 12 de octubre en Escalos de Baixo. Entretanto, Rocío vive, y en el relato de su peripecia enseña la dureza de los conflictos derivados de la evocación memorial y la coincidencia de la Justicia en la aplicación de una doctrina oficial no escrita que hiere la memoria democrática. Rocío testifica el modelo de impunidad establecido desde la instauración del Estado de derecho: salvaguardar la reputación de los perpetradores, no sus actos, históricamente asumibles.

Ricard Vinyes. Historiador.

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26 octubre, 2011 a las 7:12 am

Nunca pedirás perdón, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

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El abandono etarra de las armas es una gran noticia. Especialmente para las víctimas potenciales. Pero no es una noticia histórica. No han pedido perdón por el sufrimiento causado. Ni lo pedirán. De nuevo, un gran cambio tiene lugar en España al margen de la dimensión ética. Sucedió con la transición democrática y vuelve a suceder ahora con el final de ETA. Curioso país de raíz católica: aquí nadie expresa nunca arrepentimiento. Aquí nunca nadie dice “lo siento” a las víctimas de su ideología.

No pidieron perdón los jóvenes franquistas, los Suárez y Fraga que pactaron con el antifranquismo la llegada de la democracia. Ignoraron a las víctimas de 40 años de franquismo. No se lamentaron por el mal causado a decenas de miles de exilados, no pidieron perdón a los que enfermaron o penaron durante años en cárceles y campos de concentración, a los que reposan en fosas anónimas, a los hablantes del catalán, el vascuence y el gallego, privados durante décadas de toda dimensión pública. El franquismo torturó, asesinó, condenó, aplastó, encarceló, prohibió durante cuatro décadas. Sus herederos tuvieron la lucidez y la intrepidez de pilotar el cambio democrático: repararon económicamente a una parte de las víctimas, sí, pero se olvidaron de pedir perdón. La nueva democracia española ignoró la dimensión ética. Sin fuerza para prolongar el franquismo en la Europa del Mercado Común, los jóvenes franquistas pactaron con sus enemigos antifranquistas (no menos impotentes); y pasaron página. Suárez encargó al grupo Jarcha una canción: Libertad sin ira.Ningún reproche. Empezamos de cero. Amnistía para todos los delitos de sangre. La amnistía lavó aparentemente todas las culpas. ¿Pero es posible lavar las culpas de quien no pide perdón? El pecado original de la naciente democracia es el olvido de la responsabilidad por los hechos del pasado. Se pasó página. Todo el mundo obtuvo la gracia, pero nadie quiso ni tuvo que pedir perdón. La jugada no podía ser más pragmática. Fue una jugada política muy brillante. Maravilló en todo el mundo. Pero el déficit ético de la transición se echó pronto en falta: nuestra democracia es cínica. Carece de dimensión moral. No puede extrañarnos, bajo esta óptica, la enorme extensión de la corrupción, la desvergüenza y el feroz partidismo que todo lo invade.

Cuando, en 1982, el PSOE de Felipe González tomó el poder, la izquierda de tradición republicana podía haber enmendado aquel error fundacional. La izquierda, aunque perseguida por el franquismo, también era heredera de años de horror, sangre, abusos, persecuciones y asesinatos. Pero el PSOE perdió la oportunidad de pedir perdón por los excesos de 1934 yde 1936. Los religiosos asesinados y torturados, las cunetas y las checas de la República, los conventos quemados formaban parte de su pasado, pero las jóvenes generaciones de izquierda no creyeron necesario avergonzarse públicamente por ello. De haber pedido perdón por las terribles manchas de sus siglas, habrían estado en condiciones de impulsar una verdadera reconciliación. Se hubieran cargado de razón moral para exigir un proceso análogo a la derecha heredera del franquismo. No lo hicieron.

Años después, derecha e izquierda victimizaron su propia historia. La llamada “memoria histórica” no es más que eso: exigencia de reparación para las lejanas víctimas del bando propio, y un cínico desinterés por las del bando contrario.

ETA ha dado continuidad, durante los 30 años de democracia, al espíritu sanguinario, revanchista, cínico y cruel de la peor tradición española. Mataron a mansalva. Mataron a las víctimas con el ventajismo de un cazador en el coto. Se creen independentistas, pero no pueden ser más pura expresión de la España negra. Con los años (particularmente después del asesinato de Miguel ÁngelBlanco), la parte perseguida de la sociedad vasca generó una respuesta heroica. ¡Basta Ya! Pacíficos y valientes, los ciudadanos se arriesgaron a ser atacados por defender una causa obvia: el derecho a la vida, a la opinión, a la libertad. Aquella corriente heroica fue rápidamente apoyada por el PP y el PSOE, que la abanderaron. La razón moral de esta corriente permitió desarrollar una victoriosa política de acoso policial y judicial a ETA.

Agotados y diezmados, los etarras se rinden, finalmente. Pero lo hacen con gran astucia: la llamada izquierda abertzale va sacar buenas rendas políticas de un final que estaba cantado. Desbordarán al PNV y el País Vasco estará pronto en sus manos. ETA, con el agua al cuello, se rinde con disimulo ante un agónico Zapatero y negociará una salida a sus presos con el PP de Mariano Rajoy, seguro vencedor de las elecciones, que será pragmático y generoso. Hay que pasar página. Es objetivamente bueno que pasemos página. El mal menor, de nuevo el mal menor se impondrá. El conglomerado que apoya a ETA sacará buenos réditos de la sangre, el sufrimiento y el dolor causado (dolor, sangre y sufrimiento que también ha causado en su propio entorno). Pero nunca pedirá perdón. La declaración de ETA sostiene que la democracia es mejor que la violencia. Aunque nosotros hace 30 años que lo aprendimos, no es que ellos sean tontos. Sin estos 30 años de crueldad y de socialización del sufrimiento, sus expectativas ideológicas y políticas serían menores. ETA abandona las armas. Buena noticia. Aplausos. No queda otro remedio: mal menor. Una vez más, el cinismo triunfa en nuestro entorno.

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24 octubre, 2011 a las 7:16 am

Justicia, memoria y reconciliación tras la violencia, de Carmen Magallón en Público

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El cese de la violencia por parte de ETA ha desatado un torrente de emociones, declaraciones y actitudes. Desde la alegría a la desconfianza, desde la celebración a la tristeza por el recuerdo de tantas víctimas cuyas vidas quedaron en este largo trayecto. Sin duda, sin olvidar a las víctimas, es tiempo para celebrar. Y también es tiempo para agradecer el trabajo de tanta gente que, a lo largo de los años, ha llevado a cabo una tarea silenciosa y lenta: horas de debates, charlas, cursos, manifestaciones, encuentros, jornadas, seminarios, publicaciones, todo un trabajo encaminado a deslegitimar la violencia en los corazones y las mentes de la gente –que es algo fundamental–, para hacer ver lo que finalmente se ha visto: que la violencia no es la vía para conseguir objetivos. En esta tarea, los centros de investigación y educación para la paz del País Vasco han hecho una gran labor, algo que hay que reconocer.

Porque no es fácil desaprender la violencia. La historia transmitida y el panorama internacional convertido en noticia han abonado la creencia de que la violencia es necesaria para conseguir determinados objetivos. Vemos que no es así. Que la violencia es un lastre para el desarrollo de sociedades libres y democráticas. Y que, en el caso en que parece lograr sus objetivos, estos quedan contaminados hasta hacerse irreconocibles, ya no son los buscados.

Ahora queda el largo proceso de la reconciliación, de la reconstrucción de vínculos en una sociedad tremendamente dañada en la que habrá que desplegar la mejor inteligencia colectiva y la excelencia de todos para que haya curación, sin olvido. Para que haya reinserción, sin impunidad. Para que no se repita. Al fin, ahora es la palabra la protagonista. Ahora es posible y necesario dialogar, trabajar sobre la memoria, la justicia, el daño, la reparación. Disponemos de marcos como la Justicia restaurativa, que ofrece un horizonte de humanización en la interacción entre víctimas y victimarios. Pero no pidamos que todo suceda en dos días. Demos espacio y tiempo al proceso que ahora comienza. Personalmente, y porque confío en los seres humanos, creo que también llegará el tiempo del arrepentimiento, y el de la petición y otorgamiento del perdón.

Carmen Magallón. Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz.

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24 octubre, 2011 a las 7:12 am

Bendita memoria, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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A propósito de la reaparición pública de Gerardo Iglesias

El Paraíso gime en el fondo de la conciencia mientras la memoria llora. Y es así como se piensa en el sentido metafísico de las lágrimas y en la vida como el desarrollo de una añoranza. (Cioran).

Tenía que ser en otoño, cuando el paisaje de esta tierra adquiere esa belleza tan singular con la que comparece la melancolía. Tenía que ser en tiempo de seronda, cuando lo agridulce nos apodera más que nunca. Tenía que ser en un momento como éste, cuando la ciudadanía se va quitando la venda y se percata de lo que es, salvo excepciones, la mal llamada clase política, colaboradora necesaria de la ruina económica de un país en el que, discursos aparte de los unos y los otros, el paro se sigue desbocando. Tenía que ser ahora, cuando un personaje como Gerardo Iglesias saliese a la palestra con un libro en el que reivindica la dignificación de una memoria que muchos quieren que permanezca sepultada.

«Memoria, ciega abeja de amargura», como escribió el poeta. Memoria, la que se da cita en el libro de Gerardo Iglesias, de unas vidas marcadas por la épica de una lucha a muerte contra una dictadura que (tampoco hay que olvidarlo) murió matando.

Discurso de la memoria, que nada tiene que ver con la venganza, sino con la justicia poética e histórica, que vienen a ser la misma cosa. Discurso de la memoria de unos personajes que hicieron la guerra por su cuenta y riesgo desde los montes asturianos a la represión, a la tiranía.

Claro que estorba la memoria, claro que se quiere soslayar de qué momento histórico venimos. Claro que resulta incómodo para muchos recordar y reconocer determinadas biografías que plantaron cara a la opresión desde esa soledad épica de un guerrillero que se sabe condenado a la derrota.

Claro que estorba la memoria, que pone de manifiesto historias de sufrimientos y de luchas que en nada compaginan con el envoltorio de unas siglas que obvia todo eso y que desvirtúa su significado.

Planteaba Gerardo Iglesias en la presentación de su libro reivindicar al presidente de Asturias la creación de un museo que se hiciese eco de lo que fue la guerrilla. No sé si se encauzaría así lo que el libro atesora y recoge. Pero, en todo caso, entre las muchas cosas que nos faltan en Asturias, una es la gran novela que recoja y acoja la épica del mundo minero. Nuestro «Germinal», hasta donde yo sé, está sin escribir y no es que falte su modelo para armar. Y puede que el correlato de ese mundo al que me refiero fuese el de la guerrilla, puro individualismo que luchó contra la represión y también contra los elementos, esos mismos elementos que configuran la voluntad de nuestra geografía y la geografía de nuestra voluntad.

Y, fíjense ustedes, Gerardo Iglesias no se reivindica a sí mismo con este libro, como paradigma de alguien que no hizo de la política profesión, como testimonio vivo de alguien que no se agarró al cargo dejando en el empeño ideales y coherencia. Lo que hace es invocar y reivindicar las vidas y trayectorias de unos cuantos paisanos suyos y nuestros a los que no se les reconoció su heroísmo, a los que no se les reconoció que hicieron de la lucha por las libertades y la justicia su hilo conductor.

Fíjense ustedes: un político de la santificada transición escribe un libro que es un homenaje a la memoria de unos ciudadanos que en no pequeña medida representan lo que aquel período histórico contribuyó a olvidar.

Fíjense ustedes: estamos hablando de un político que ubica sin titubeos los genuinos referentes de la izquierda asturiana, referentes nada cortesanos, referentes que nunca hubieran hecho las genuflexiones que tanto ponen en práctica algunos.

Cuando la política española en general y la asturiana en particular no son, por desgracia, muy ajenas al cervantino patio de Monipodio, alguien que lleva años apartado de ella, sin comparecer en la vida pública, emplaza lo que deben ser los baluartes de una izquierda desnortada y desvirtuada.

Bendita memoria, digo, la que no se avergüenza de haber puesto la vida al servicio de unos ideales que en su momento conmovieron y asombraron al mundo. Bendita memoria de un tiempo y un país que merece un reconocimiento que hasta ahora no tuvo, no ya por parte de sus enemigos, sino también por parte de sus supuestos herederos.

Y, más allá del contenido del libro, no podemos no congratularnos de que Gerardo Iglesias vuelva a la vida pública con este libro, puesto que su trayectoria personal está jalonada por la congruencia, la que tuvo y mantuvo en su momento frente a un Santiago Carrillo que esperaba manejarlo a su antojo, la que tuvo y mantuvo en un momento en que el PSOE decidió desdecirse e ir camino de aquel «abrazo aristocrático» del que habló en su momento Nicolás Redondo a propósito de la deriva que tomó el felipismo poco después de haber obtenido la victoria política más abrumadora de la izquierda en toda nuestra historia contemporánea.

Bendita memoria, digo, en la que, también, echamos de menos un Plutarco que nos señalase las vidas paralelas de los políticos coetáneos de Gerardo Iglesias. La coherencia de este último, frente a los bandazos de algunos de sus «camaradas» que, refugiados en una ortodoxia dogmática, no tardaron en tomar una deriva difícilmente justificable desde el decoro y la decencia.

¿Quién recoge los clamores? ¿Quién recupera los afanes y donaires que, a día de hoy, a poco que los escuchemos, siguen hablándonos de salud y República?

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Introducido por Reggio

11 octubre, 2011 a las 7:14 am