Caffè Reggio

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El viejo Leonard, de Antonio Lucas en El Mundo

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Resulta difícil interpretar el magnetismo de algunos tipos, descifrar el origen de su extrañeza, el porqué de sus razones contagiosas. Es gente, muy pocos, que no se agarran al mal rollo de la actualidad, sino que prefieren el vino, el caos, el daño y la fiesta movible del presente. Lo cuentan. Lo escriben. Lo cantan con el pulso alucinógeno del que acierta a decir una verdad desnuda.

En esa tribu escasa hay un judío errante, Leonard Cohen, un tipo que habla de la vida sin aperos ni percal. Un místico de infierno adentro que en el Hotel Chelsea comprobó que a veces el amor más hondo no dura tres condones. Que el éxito no lleva a parte alguna. Que en este mal rollo del mundo demasiadas veces se está solo. Y mientras los de siempre van repartiéndose las guerras y los oros otros prefieren dar el queo, entre el asco y la literatura, con el delicado cansancio de los insumisos por cuenta propia.

No sé si es un poeta, o un novelista, o un músico, o quizá un viejo saturnal que en cada letra deja una novia apalabrada. Pero sí creo saber que es un hombre que no se adapta bien a la relativa comodidad de ser Leonard Cohen. Y eso mola. Ahora le han encalomado el Príncipe de Asturias de las Letras para escándalo de algunos monaguillos de la pureza. Son aquellos que tampoco distinguen a Dylan de Shakira. Un verso musicado con un duduá. No entienden que en una canción pueden coincidir Lorca y Rimbaud y salir reforzados en su pasta genial o en su carnadura canalla.

Conviene huir de esos carcaveros de la Cultura, raza de gerentes de la ortodoxia. Los inamovibles. Los centinelas de la pureza. Los que nunca discuten lo indiscutible. Los de las academias. Los que aún confunden su nostalgia de Franco y dictadura con la realidad. Es exactamente todo aquello contra lo que Cohen aúlla a su manera, terriblemente sentimental. Es su forma de no aceptar el soborno de la mediocridad, que todo lo cura y todo lo traiciona.

Lo que distingue a un creador de un vendemantas es la capacidad de placer que su obra te ha procurado en días muy oscuros o en madrugadas luminosas. No las respuestas que te dio, sino las preguntas que fue esparciendo por la masa de tu sangre. Porque, como dice Mariano Peyrou en uno de sus poemas, son los que sospechan que él sí suma, pero él no multiplica. Algunas noches uno ha cantado las cosas de Leonard Cohen para decir lo que quería decir. Lena lo sabe. Hemos navegado juntos por las estrofas de Suzanne, «viajando a ciegas hacia algún lugar cerca del río». Buscándonos sin más. Y eso es mucho.

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4 junio, 2011 a las 7:12 am

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Una sociedad enferma, de Luis Cobos en El Mundo

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TRIBUNA: DERECHOS DE AUTOR

Parece imposible explicar con sensatez, cordura y calma, la situación de la música, de los músicos y su paso por la Red de redes, en este comienzo del siglo XXI. Mucho ha llovido desde que en 1791, en Francia, se aprobara una ley que consideraba el derecho de autor un derecho de propiedad, reflejando que «…la más sagrada, la más legítima y la más personal de las propiedades, es la obra fruto del pensamiento del autor». Ahora, en España, la propiedad intelectual es la más nimia, la más depauperada y la más cuestionada de las propiedades.

Parece que sólo cuenta la propiedad material, la tangible, la de los objetos. Se han rebasado todas las líneas de alerta y tolerancia posibles. Estamos inmersos en el viaje interminable al que aludía José Saramago.

Ante la avalancha de conflictos provocados por las descargas ilegales, muchos políticos se encogen de hombros, miran para otro lado o se oponen a adoptar soluciones jurídicas acordes con las necesidades de la sociedad digital y la velocidad a la que se circula por internet, tal vez por la pírrica victoria que supone conseguir un incierto puñado de votos, dejando sin protección jurídica a un numerosísimo grupo de personas y empresas que trabajan para mejorar la sociedad y llenarla de cultura y entretenimiento, aportando una sustanciosa cantidad al PIB y al bienestar de los ciudadanos. Desde hace más de 10 años, esta absurda tormenta se ha llevado por delante el 70% del negocio de la música.

Toda la lógica y el sentido común que demanda y aconseja proteger el trabajo y su legítima remuneración, consagrados en la Declaración de los Derechos Humanos, se subvierte en saqueo y desmantelamiento de una industria que se hunde y deja en la calle a artistas, músicos, autores, productores, estudios de grabación, transportistas, tiendas… Una increíble relación de personas y empresas que quedan aparcadas, no porque el mercado no consuma sus productos sino porque grupos de saboteadores, bajo manga, pero visiblemente consentidos, los ofrece gratis.

Se arrugan y tiemblan ciertos políticos, porque cierran un día unas cuantas webs, en muchos casos alimentadas con la venta ilegal de productos robados. Estos sitios son una cienmilésima parte de las más de seis millones de webs activas que funcionan en España en este momento.

Sin embargo, a esos políticos no les importa dejar a los profesionales sin remuneración y sin trabajo, a la mayoría de los artistas independientes sin seguridad social, a los jóvenes sin capacidad para producir y enseñar sus nuevas propuestas, a los estudiantes sin futuro, y a los niños sin perspectivas para pensar dedicarse a cualquier cosa que no sea hacer dinero fácil. ¿Que degeneración hace posible que se acepte cortar el paso a los jóvenes, destruyendo la ilusión de poder dedicarse a la creación, a la innovación, a la investigación…? ¿Qué proponen estos gurús de la gratuidad? ¿Repetir y repetir las obras y actuaciones de archivo durante toda la vida?

El 67% de las producciones discográficas están financiadas por los propios artistas y autores. En un altísimo porcentaje no consiguen resarcirse de la inversión. La gran mayoría de esas grabaciones las utilizan para hacerse conocer. Es una salida válida pero económicamente ruinosa. Y eso que, a las malas, con poco dinero y mucho tiempo, se puede realizar una producción decente pero el marketing y la distribución son caros e inaccesibles para los jóvenes.

Son cientos, miles de artistas, de profesionales de la música los que hoy, casi a escondidas, piden ayuda para llegar a fin de mes, para pagar el colegio de sus hijos, el alquiler y los compromisos económicos contraídos con los bancos, con Hacienda, etc.

Un profundo estudio del sector refleja que sólo el 20% de los artistas y músicos profesionales independientes viven únicamente de los recursos económicos que les proporciona la música, sin tener que complementarlo con otras actividades.¿Quieren más? ¡Ya basta!

Los artistas, los autores y productores, no pedimos protección y trato especial del Estado. Queremos que se respete el derecho y la propiedad para poder ser como los demás ciudadanos.

En España, las ideas, los inventos, las creaciones, son propiedades particulares inalienables, al igual que en el resto del mundo civilizado. Una sociedad que protege más los objetos que las ideas está enferma. No podemos consentir que este disparate social siga creciendo ni un día más.

¿Por qué se acepta la existencia del Tribunal de la Competencia, que no es un órgano judicial, y no se acepta la comisión de propiedad intelectual para que señale a los que roban, solicitando que un juez decida en un tiempo corto? ¿Pretenden algunos que esperemos cinco años (media de los procesos en España) para saber si es ilegal robar? ¿No habíamos convenido que robar siempre es delito? ¿Por qué en el caso de la música, el cine o la literatura, no?

Es imprescindible un equilibrio entre los derechos y los usos, naturalmente. Los artistas y todos los trabajadores de la cultura lo aceptamos y requerimos. Estamos en contra de la censura y de la usura. Somos internautas, adoramos internet y queremos derechos para todos.

También hemos solicitado en innumerables ocasiones un pacto por la cultura a los partidos políticos pero… ni caso.

Los creadores necesitamos seguridad jurídica, igual que el resto de ciudadanos. La misma seguridad a la que apelan las empresas españolas en nuestro territorio, en Venezuela, Ecuador, Bolivia y otros lugares.

Sé que en la Red, en algunos foros, la palabra creadores suscita risa pero creador es cualquiera que invente, escriba, componga, pinte, o desarrolle un proyecto nuevo, sea cual sea su nivel de calidad, acierto o error. Muchos de esos que critican la palabra también son creadores y tienen derecho a controlar sus obras e interpretaciones y a ser remunerado por ello.

Se nos ha despojado de las palabras que son inherentes a la creación, a la invención, a la investigación: libertad de expresión, derecho a la información…

Ahora resulta que el que reclama un beneficio económico por el rendimiento de su trabajo es un represor o viola la libertad de expresión del que roba. La rueda cuadrada.

Los artistas queremos ser como los demás: trabajar y cobrar por nuestro trabajo. Así lo consagra la Declaración de los Derechos Humanos.

¿Qué pasará con los miles de niños que estudian música? ¿Qué pasará también con los cientos de grupos, orquestas, cantantes, músicos y demás profesionales, si no perciben sus derechos?

El Gobierno, las instituciones, los partidos políticos y demás organismos representativos, no pueden permanecer callados a la espera de que los artistas, vapuleados una y otra vez, sean sus únicos voceros. A los ciudadanos los debe defender el Gobierno. ¿Qué hacen los sindicatos? ¿Por qué no se oye ni una sola voz defendiendo el derecho al trabajo y su justa remuneración? ¿Les estará negado a los jóvenes un futuro como trabajadores profesionales de la cultura? ¿Quién se dedicará a trabajar sin esperar salario a cambio?

Los verdaderos perjudicados con la moderna teoría de la gratuidad son los jóvenes, los niños, y con ellos, todo lo que encierra la investigación, el I+D+i y todo lo que suponga querer dedicarse a crear, innovar, investigar y desarrollar en las artes, en cualquier nivel.

Los foros hostiles a la propiedad intelectual y la legalidad, ponen verdes a Alejandro Sanz, Javier Bardem, Miguel Bosé y otros, por poner las cosas en su sitio y defender los intereses de los que no tienen voz. A mí también me caerá una buena por ser voz de las voces silenciadas, pero ya nada va a ser como era antes. Habrá un antes y un después de la llamada Ley Sinde, se apruebe finalmente o no.

Hay que salir a la calle y mostrar a los políticos que no vamos a tolerar esta permanente violación de nuestros derechos, y demandar de la sociedad la comprensión, el apoyo y el reconocimiento que la comunidad creativa merece.

Hay que reclamar de los medios de comunicación la atención, el espacio y la neutralidad que nuestra comunidad demanda y merece con todo derecho, y hacerles ver que ellos también sufrirán las consecuencias de la bestia social que están contribuyendo a crear, dando cancha mediática a estos círculos de opinión, mientras reproducen con cuentagotas las opiniones de los afectados, tal vez por ganar el favor de la audiencia. Peligrosa operación, ésta, con final pronosticado y cierto.

¿Cómo sostendrán el futuro de sus empresas los medios que alientan la gratuidad de la música, del cine, de la literatura, pretendiendo que paguen por la información?

Difícil situación se plantea, también, para la comunicación si no se ponen las cosas en su sitio.

Ahora es el momento de solicitar a los medios de comunicación posicionarse claramente por el respeto a los derechos, por la legalidad, por la seguridad y la neutralidad, sin negar el espacio que corresponde a los que tengan opiniones diversas y contrarias.

Tanto si la Ley Sinde se aprueba como si no, debemos manifestarnos y salir ya del embotellamiento al que nos han sometido los parásitos de las webs que se lucran con nuestro trabajo sin pagar nada por ello y los usuarios que no quieren cumplir con las leyes y su propia responsabilidad social, devolviendo la parte justa que corresponde a los propietarios de esos bienes que disfrutan.

Este despropósito se llama robo, es antisocial, injusto, y está arruinando a la comunidad creativa. No lo vamos a consentir.

A los políticos que miran para otro lado o están a favor de los ladrones, de la barra libre y la gratuidad en la cultura, les pedimos responsabilidad, decencia, respeto por las leyes, por la propiedad intelectual y el Derecho, que es el mínimo imprescindible para poder ejercer como representantes de la ciudadanía y no destruir el patrimonio artístico intelectual que es lo que define a los pueblos.

Este patrimonio artístico, tangible pero, a veces, invisible, lo componen las grandes obras y todas las pequeñas contribuciones que, en libertad y con garantías, realizan diariamente todas y cada una de las personas que se enfrentan con el futuro y deciden seguir la suerte de sus obras, de sus interpretaciones, dedicándose a crear, aceptando tener éxito o no.

Los políticos que reciben su recompensa económica por su trabajo sin que nadie se la secuestre y/o se la cuestione, deben respetar y defender a sus representados como a ellos mismos.

Se acabó la barra libre y la impudicia jurídica y social.

Luis Cobos es músico y presidente de la entidad de gestión de Artistas Intérpretes y Ejecutantes (AIE).

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28 diciembre, 2010 a las 7:18 am

El sindicato del crimen, de Marcello en República de las ideas

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Ahora que ya sabemos quién es el verdadero jefe del “sindicato del crimen” tras las confesiones de Felipe González sobre su afición al terrorismo de Estado y las ganas que le han quedado de haber dinamitado una casa con toda la cúpula de ETA dentro, nos queda por averiguar el motivo por el que González ha hecho semejante declaración causando estupor en la Moncloa y en la cúpula del PSOE. Y no porque no fueran conscientes de lo que se hizo con los GAL y quién lo hizo -Rubalcaba es un experto en todo ello-, sino porque no entienden bien a cuento de qué viene esta confesión. Pero todo en la vida tiene su explicación y en este caso parece sencilla: González y sus cómplices en la responsabilidad del GAL temen que el ex general Galindo cante de plano y cuente todo lo que sabe de esta trama criminal, una vez que agotó inútilmente en Estrasburgo sus recursos en contra de la condena que en su día recibió del Tribunal Supremo, en compañía de sus compinches.

Galindo, no es Vera, ni Barrionuevo, pretendía ser un hombre de honor y ha quedado como un vulgar criminal por el secuestro, tortura y asesinato de Lasa y Zabala, y podría contar toda la verdad y por eso González desde la mayor desvergüenza y negando a los tribunales su autoridad y su función dice de Galindo que “es un gran tipo”, no vaya a ser que el general decida hablar. Esta, y no otra, puede ser la cuestión y el motivo por el que Felipe ha hecho su confesión, ante el silencio repugnante de sus amigotes de Prisa, la SER y El País -¿dónde están Pradera, Elorza, Ridao, Maruja Torres, Rosa Montero, Iñaki Gabilondo -ante el que Felipe juró no tener nada que ver con los GAL-, Cebrián, Vicent, Santos Juliá y los demás columnistas y los tertulianos de ese grupo de comunicación? Pues callados como los muertos del GAL, y haciéndose cómplices con su silencio del verdadero “sindicato del crimen“.

Sin embargo, las huestes de Zapatero y el propio presidente parece que se están frotando las manos porque todo esto frena el felipismo rampante que a lomos de Rubalcaba quiere hacerse con el control del PSOE y también del Gobierno. No en vano fue Zapatero quien le retiró el pago de los abogados a los implicados de la famosa “banda de Interior” y que a partir de ahí pretendió un borrón y cuenta nueva con el felipismo que se la tenía bien guardada a Zapatero por todo ello y por su pacto secreto con el director de El Mundo. Y así cuando vieron al de León en las cuerdas y deprimido por la crisis y por su hundimiento electoral le colocaron a Rubalcaba como su heredero y número dos, pero he aquí que ahora González ha hablado con excesiva crudeza, ha cantado de plano y los zapateristas –como ocurre con José Blanco- han vuelto a recuperar parte del sitio, aunque solo sea moral, que habían perdido a favor del felipismo y Rubalcaba. Con lo que ahora el partido está empatado y pendiente de su continuidad.

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9 noviembre, 2010 a las 8:11 am

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Abbey en Pirineos, de Antonio Lucas en El Mundo

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CABO SUELTO

Bajan del Monte Perdido unas nubes desgalichadas que lamen la falda de los Pirineos y se te instalan por dentro. La montaña tiene razones que fatigan la emoción. Lena anuncia en voz baja lo que oyó en la radio muy de mañana: ha palmado Abbey Lincoln. Imaginas entonces algún garito de jazz de Nueva York, de esos que en el urinario guardan un agrio perfume a amoniaco y de las cañerías sale una tersa balada de trompeta. De los que mantienen la majestad esteparia del terciopelo raído. Aquellos donde cientos de negros que acaban en unos zapatos bicolor han llorado de emoción con las bolas de los ojos desorbitadas. Abbey Lincoln estuvo allí algunas noches de gloria, impulsado el aderezo de su sangre por un corazón de lata ajada como un depósito de whisky. En la voz incanjeable le ardía el estrépito y la salmuera que heredó de Billie Holiday. También el grito de guerra contra esa Norteamérica que de lo peor de su historia ha extraído tantas veces una obra de arte. Por ejemplo, mucho de lo que nació como rechazo al ‘apartheid’.

Hay damas que en la garganta prenden una conspiración sutilísima hecha de daño y madrugadas. Saben que parecer felices es, en algunas ocasiones, hacer el ridículo. Y qué dichosos nos han hecho, sin embargo. Amar a esas mujeres debería ser el oficio de una generación. En Lincoln hemos aprendido además lo que el jazz tiene de protesta y libertad, de desacuerdo. Si la escuchas con atención puedes percibir el poema químico de una emoción con la que se puede conjurar por un instante la ponzoña del mundo y todos aquellos que dentro de él van de magníficos. Sólo son necesarios unos acordes macerados en su ebrio don mestizo para concretar que la eternidad se reduce tan sólo a la concentración de unos minutos. Y mejor si la acompaña al saxo Stan Getz.

En días como hoy ofende asomarse a la superficie, al azogue de la realidad, y contemplar cómo ciertos seres inocuos jamás se rinden a la humildad. Ahí va Pepiño Blanco en las portadas, de sus contabilidades a sus asuntos, recuperando la propuesta cimarrona de subir impuestos y arrebatarnos los ya escasos amarracos del dinero mientras el personal tirita aún sobre el alambre de un empleo volante. Es una forma más de ensombrecernos. Ya ves que la urgente actualidad, dulce Abbey, sigue siendo el absurdo bocata del día anterior. Cómo alucina tu ‘Blue Monk’ en la indiferencia y el cuelgue del monte.

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17 agosto, 2010 a las 10:17 am

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¿Y si España innovase?, de Enrique Dans en su blog en Expansión

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En la lucha entre lo viejo y lo nuevo, entre quienes pretenden el mantenimiento de un sistema de gestión de derechos de autor que ha durado ya más de lo deseable y los que promueven la innovación en este terreno, resulta preocupante que siempre se escuche a una sola parte.

Según los que dicen ser “defensores de la propiedad intelectual” (tremenda falacia que niega el hecho evidente de que “los del otro lado” también defendemos la propiedad intelectual), los que no estamos de acuerdo con sus tesis somos “piratas”, “ladrones” o pretendemos el “gratis total”. Invierten millones de euros en campañas basadas en mentiras, en alimentar tópicos como la equiparación entre una descarga y el robo de un bolso o un coche, o en demandas por lo penal y lo civil que sistemáticamente pierden. Sin embargo, a los que estamos al otro lado, no se nos considera alternativa. Se pinta un panorama del tipo “o se juega así, o no hay juego”, sin desarrollar lo que ocurriría si nuestra alternativa fuese razonable. ¿Qué proponemos “los del otro lado” en este conflicto?

La idea está lejos de parecerse a un futuro apocalíptico de robo, pillaje y música que se acaba dentro de cinco años. En realidad, lo que se propone es notablemente diferente, y curiosamente, es una alternativa que, a pesar de haber sido poco analizada, se sostiene y posee consecuencias interesantes. ¿Se pretende que todo pueda fluir por la red en descontrol absoluto? No, para nada. Lo que se busca es diferenciar claramente entre usos lícitos e ilícitos, entre quien consume un bien en Internet como lo hace a través de la radio o la televisión (¿a alguien le escandaliza que la música sea “gratis total” cuando escucha la radio o ve la televisión?) y aquel que se lucra con la propiedad intelectual de un tercero sin su consentimiento. Se intenta dejar claro que los enlaces son lícitos, mientras que la tenencia y comercialización de archivos propiedad de terceros no lo es. Se argumenta que, como dicen todos los jueces (que algo sabrán de leyes) en  múltiples procedimientos tanto penales como civiles, la descarga sin ánimo de lucro no es delito.

¿No resultaría razonable, en lugar de defender que los jueces en España son una panda de torpes que constantemente se equivocan al no dar la razón a los denunciantes (no una ni dos, sino hasta en más de diez ocasiones), son en realidad quienes más saben de leyes y sus interpretaciones están perfectamente ajustadas a derecho?

¿Pasaría algo si esto estuviese claro? La respuesta es no. No pasaría nada. Si en lugar de buscar la generación de confusión y miedo buscásemos la transparencia y la claridad meridiana, el resultado sería un mayor desarrollo de alternativas de comercialización de música, y una mayor circulación de obras que podrían ser objeto de un mejor aprovechamiento. Si la cultura española fuese líder de descargas en todo el mundo, y ofreciese además alternativas para su obtención ágil a través de empresas que la ofrecen en la red, estaríamos hablando de una auténtica edad de oro para nuestro país y su oferta cultural. Si en lugar de tener un “Ministerio de Industria Cultural” tuviésemos un genuino Ministerio de Cultura que busca lo mejor para la producción cultural española, otro gallo nos cantaría.

Si además suplementásemos el desarrollo de ese entorno digital con un verdadero mercado en la gestión de derechos, podrían pasar cosas todavía más interesantes. Cuando la Comisión Nacional de la Competencia estima la existencia de un monopolio en la gestión de derechos de autor, no lo hace por estar desinformada o por ser torpe, sino porque es así. Los monopolios no favorecen a nadie más que a quien los ejercen, que puede asignarse pensiones millonarias, reducir las opciones de todos, o alcanzar cotas de impopularidad y voracidad próximas a la alarma social. ¿Y si hubiese múltiples entidades de gestión, especializadas en diversos aspectos, a los que un autor pudiese dirigirse y con los que un cliente pudiese negociar? ¿No generaría eso una mejor situación para la cultura española? ¿Y si en lugar de seguir los torpes dictados de una industria multinacional enrocada y caduca, España se decidiese a innovar?

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26 marzo, 2010 a las 8:03 am

El contexto político del himno europeo, de Vicenç Navarro en Público

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Existe un debate en los círculos de música clásica, a los dos lados del Atlántico, sobre la adaptación de la Novena de Beethoven como himno de la Unión Europea. La Novena, una de las piezas musicales más bellas que se hayan escrito, es, junto con los versos de Schiller, un canto a la fraternidad y a la solidaridad. Su adaptación al himno de la Unión Europea, sin embargo, es otro cantar. Con la adaptación se cambió el estilo original, lo cual ha creado un debate que ha pasado desapercibido en España. En nuestro país tal himno se presenta como la Novena sin más, con los versos de Schiller. Así se presentó en Televisión Española durante el concierto de la presidencia española en la Unión Europea que se celebró en el Palacio Real y que fue presidido por el rey de España y las máximas autoridades del Gobierno español y de las instituciones de la Unión Europea. Pero hay más en el himno europeo de lo que aparenta.

Contemos primero la historia y veamos cómo una adaptación de la Novena se convirtió en el himno de Europa. La Novena fue presentada al público por primera vez en Viena, Austria, en el año 1824. Y la primera vez que apareció (en una versión modificada) como el símbolo de Europa fue en el Berlín Occidental el 8 de julio de 1971, cuando, por encargo del Consejo de Europa, se modificó y recompuso (tanto en su cadencia como en su narrativa) para su presentación en sociedad, representando a tal Consejo. El encargado de hacer la modificación fue el director de la Filarmónica de Berlín, Herbert von Karajan, quien unió distintas piezas de la Novena para transformar la Oda a la alegría (la Novena) en el himno oficial del Consejo de Europa.

El nuevo himno europeo se presentó por primera vez el 5 de mayo (Día de Europa), en el canal Eurovisión, con la bandera azul y las estrellas como fondo para la orquesta de Karajan. En realidad, Karajan, que había escrito una nueva versión de la Novena, con un nuevo texto musical, tenía el copyright y, debido a ello, el himno le pertenecía.

Hasta aquí todo parece normal, excepto por el hecho de que un músico que prepara un himno por encargo de una institución se quede con los derechos de autor. Pero por lo visto Karajan era amigo del presidente del Consejo de Europa, Toncic Sorinj, quien le había hecho el encargo. Sorinj había nacido en Viena en 1915, era de familia aristocrática, miembro activo del Partido del Pueblo Austriaco (OVP) y ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno austriaco hasta que fue sucedido por su amigo Kurt Waldheim, futuro secretario general de las Naciones Unidas. El lector recordará que hubo un escándalo mundial con este último cuando se descubrió que había sido miembro de la Wehrmatch nazi.

A partir de aquel escándalo, se ha ido destapando una red de ex nazis (es decir, de miembros activos del Partido Nazi alemán) que constituían un entramado dentro del OVP, cuya ideología ultraderechista alarmó en su día al propio Consejo de Europa. Es en este contexto en el que se descubrió que Karajan había sido miembro del Partido Nazi desde 1935 a 1945. En realidad, ya en abril de 1933 había intentado alistarse en el Partido Nazi. En 1946, el comité de desnazificación austriaco le había interrogado por su pertenencia a aquel partido. Pero como a otros muchos ex nazis, las derechas en Alemania y en Europa les dieron la bienvenida para alistarles en la Guerra Fría. En este contexto, Karajan modificó la Novena para darle un tono militar, no sólo en su cadencia, sino también en sus instrumentos, pasando a dar más protagonismo, por ejemplo, a las trompetas y menos al violín. La suavidad y gentileza de la Oda original fue sustituida por un tono marcial. Como bien señala Esteban Buch –profesor de Historia de la Música en L’École des Hautes Études en Sciencies Sociales de París– en su artículo publicado en la revista de izquierdas estadounidense Dissent en octubre de 2009 (la versión inglesa de otros artículos escritos por este autor se puede encontrar en otros foros, incluido Le Monde), la Oda a la alegría se transformó en una pieza musical distinta de lo que Beethoven y Schiller habían hecho y con una intención diferente: se instrumentalizó tal composición en un proyecto de la Guerra Fría. Enfatizando tal instrumentalización, el himno se presentó, por primera vez, en el Berlín Occidental, originando una protesta de Alemania oriental, que se quejó de la burda manipulación de Beethoven y Schiller en aquella guerra.

Una vez terminada la Guerra Fría, se están descubriendo las relaciones entre la derecha europea y el nazismo en su lucha ideológica, motivo del debate que está teniendo lugar en centros culturales y políticos europeos y que es aún desconocido en España. Como se preguntaba el profesor Esteban Buch en su artículo: “¿Qué hacían tantos ex nazis en la vida cultural y política del llamado mundo democrático configurando algunos de los símbolos de la Europa democrática?”. No es una Europa vertical y jerárquica marcial, sino horizontal, democrática y participativa la que debiera promoverse.

En mi opinión, esta verticalidad y jerarquía marcial apareció con toda su intensidad en la gala del Palacio Real citada anteriormente. Cuando el rey entró en la sala, todo el público (repito, cada uno de los asistentes al acto) se levantó y aplaudió al monarca para, después, callados y firmes, cuadrarse en frente de la Marcha Real, una marcha de ejército borbónico (que se conoce en España como Himno nacional). Esperemos que el himno de Europa (con el que terminó el acto) no se transforme en un himno vertical y jerárquico, como lo es el español. Y que el presidente de Europa no evoque el espíritu de servilismo y vasallaje que se expresó hacia el rey en aquel acto. Europa (y España) se merecen algo mejor, eliminando el carácter marcial de la bellísima Novena. En España (donde, todavía hoy, la Corte Suprema acepta una querella del partido fascista Falange Española de las JONS en contra del único juez que se ha atrevido a llevar a los dirigentes del régimen dictatorial fascista a los tribunales) se necesitan también cambios muy sustanciales en su escasa cultura democrática, incluyendo sus símbolos como el himno nacional.

Vicenç Navarro es catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas Universidad Pompeu Fabra.

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21 enero, 2010 a las 9:09 am

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Que 50 años no son nada, de David Gistau en El Mundo

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RITUAL

El disco lunar, casi completo, parecía una petición de aullidos. Una luz extraterrestre delataba los nidos de las cigüeñas en las chimeneas de la vieja fábrica. Si era la noche ideal para un licántropo, cabía esperar de Raphael una transformación en el escenario como cuando hacía de Hyde en el musical. Una muestra del histrionismo tan visitado por sus imitadores por el cual, a veces, cuando canta muy pasional, arrebatado de muecas y taconeo, recuerda a un hombre con un demonio que se resistiera a salir durante un exorcismo.

En Segovia no hubo tal. El Raphael de la gira del 50º aniversario es íntimo y confidente, se desanuda la corbata como un crooner que confundiera la luz del foco con la de un interrogatorio -un miembro del rat pack abstemio y con sentimentalismo de guata-, y eleva a categoría musical el repaso del álbum de fotografías de su vida toda.

Apareció en escena, menudo, solitario, enfundado en un terno negro, cultivando el engaño de una fragilidad que no es ni jamás fue. Y, cuando se arrancó a capella con los primeros versos del machadiano Cantares, la voz fue tan poderosa, tan absoluta, que los vasos y los pocos cigarrillos se paralizaron camino de la boca. Fuimos insectos chocando con un parabrisas de sonido. Y las señoras de la tribuna, las que ofrecían galletas minutos antes como para socializar los recursos de supervivencia de los fans, hubieron de recordarse las unas a las otras que ya no tienen 16 años: «Que si no, se iba a enterar éste…». Luego cantará casi tres horas sin inmutarse, sin darse tregua, repasando sus canciones clásicas -Qué sabe nadie, Como yo te amo, Escándalo, Estar enamorado-, alargando por puro placer las pausas de conversación con el público, y haciéndose acompañar, a veces, por algunos de los artistas con los que grabó duetos y que trazan un arco de fusión y de reconocimiento general que va desde lo lírico hasta el rock. Algo tiene Raphael por lo que adquiere entre colegas de registros opuestos al suyo una condición de eterno reverenciado. Y él, mientras, permite que los acompañantes le orbiten como si su personalidad los devorara, se entrega en derroche, salta de los amores rotos al yoísmo rabioso y de ahí a México, al que canta como indigenizado por una manta que se echa al hombro. Este Raphael excesivo y temperamental, sin embargo surge en esta gira más contenido, porque hay, en este aniversario, un viaje al tiempo perdido que es el que propone cuando se afloja la corbata y habla como si la tribuna entera constituyera un único amigo al que confesarse.

Las rosas muertas de la juventud. La evocación de los años que han pasado, de las muchedumbres que le han arropado. El dueto con un Raphael de los primeros tiempos aparecido en la pantalla como un Werther huracanado. El recuerdo de la enfermedad, que gravitaba sin ser mencionado. Los duetos artificiales con las dos rocíos, Dúrcal y Jurado, las que se fueron para herir el tiempo de Raphael con una certeza de mortalidad. Y la canción Ahora, la que le escribió Bunbury para que pueda decir que el desenlace de los años «intensamente vividos» consiste en sosiego, en distancia, y en la salvación de sus tres grandes amores genéricos: una canción, un teatro, y un «a ti» sin nombre que se ofrece, no tanto como un secreto, sino como el espacio en blanco de un documento en el que cualquier idealista de las que atrevasaron en la estela de Raphael los últimos 50 años puede soñarse mencionada. Todo ello sugiere que este Raphael, inspirado por una cifra tan redonda como la de los 50 años, confiesa el peso de lo vivido, hace balance introspectivo sin permitir que la nostalgia arruine todo cuanto aún queda por cantar, y hasta improvisa humor con su propio personaje y con las parodias que lo caracterizaron, como la chaqueta al hombro «que sólo me puse una vez, en una película». O el ego, o el éxito: algo le blinda contra la síntesis paródica del taburete.

Así contado, todo suena más melancólico de lo que merece el espectáculo de un artista en el que no hay atisbos de decadencia ni de cansancio, y que conserva intactos tanto el carisma como la energía que admiten, en muchos tramos del concierto, una desnudez escénica apenas velada por el piano. Al cumplir los 50 años de carrera, Raphael canta la traducción del himno al que siempre regresan los crooners, como si en esa sola canción cupiera toda la explicación de un estilo de vida: el My way de Sinatra, al que recurrió Raphael para demostrar que no es tan largo el camino entre Las Vegas y una ranchera y para recordar el apego a la propia ley: sigo siendo aquél. Por la alegría con que gotea pasado, por la dicha de sí mismo invitado aún a un porvenir cantando para familias donde el culto raphaeliano se hereda de una generación a otra, del repertorio de Sinatra podría haber escogido It was a very good year. Fue un año muy bueno, a los 17, a los 21, a los 35. E incluso ahora que los días se hacen cortos, puede decir Raphael, con Sinatra, que los años aún son buenos y la voz mana «como el vino añejo».

Raphael actuó anoche en el Palma Arena.

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9 agosto, 2009 a las 5:05 am

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Una visión de Europa, de Manuel Hidalgo en El Mundo

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LA BALSA DE LA MEDUSA

El Festival de Eurovisión sobrevive con envidiable salud y volumen de negocio, y no es seguro que su juvenil longevidad se deba a la calidad de su música. Se debe, más bien, a un conjunto de factores que escapan por igual al juicio de sus partidarios y de sus detractores, pero que opera inconscientemente sobre todos ellos y que, desde luego, no ignoran quienes diseñan y perfeccionan el evento desde las televisiones.

No estamos ante la magnificencia de la remota Europa de las catedrales ni ante la más reciente Europa de la Ilustración, las revoluciones y el pensamiento y la cultura críticos y fundadores de cambios. De acuerdo. Pero Eurovisión produce una cierta visión de la Europa actual e, incluso, supone un acontecimiento integrador de los europeos, que -lejos de las ambiciones de los intelectuales- sólo propician las competiciones deportivas, el turismo y los programas televisivos de franquicia.

Igual que el fútbol hace Europa -al provincializar las distancias entre Manchester, Barcelona y Roma-, Eurovisión homogeneiza la Europa diversa en un afán competitivo con incertidumbre por el resultado y por el logro de la gloria mediática, clave de todo espectáculo televisivo.

El Festival propende a un exhibicionismo erótico homo y heterosexual que está en la base del éxito de los programas televisivos comunes a toda Europa, del mismo modo que ofrece una posibilidad de redención por el éxito (y el consiguiente dinero) de los jóvenes procedentes del ámbito rural y de las periferias obreras que, lejos de la beca Erasmus, sólo aspiran a tomar el atajo de la fama como ruta de su redención y desclasamiento social. Esto sucede con claridad desde que los concursantes no son intérpretes consagrados, sino chicos y chicas reclutados ad hoc de los mismos caladeros que nutren los paneuropeos programas estilo Operación Triunfo, con la consiguiente conexión con el también continental mundo del corazón y la prensa rosa.

El recurso al inglés en muchas canciones deja patente el predominio de la lengua imperial, del mismo modo que la hegemonía del pop rock -todo lo ñoño que se quiera, hasta cuando es heavy nórdico- testimonia el prevalecimiento de la música anglosajona. Pero, curiosamente, Eurovisión es una de las escasas ocasiones en las que, ante una audiencia ciudadana reunida, se materializan simultáneamente las sombras de las diferencias culturales. Me refiero, por ejemplo, a los persistentes trazos folklóricos nacionales propios de los países del Este y, lo más sorprendente, a las huellas árabes en Europa, que suelen entrar con los sones de países del sureste y, no digamos, de Turquía e Israel, cuando compiten.

Eurovisión venía dejando patentes en los votos las fobias y filias internacionales, las corrientes migratorias y la Europa de bloques, donde el Este pobre, recién agregado a la Unión, presenta sorprendentes afinidades y pujanza frente al Oeste rico y desunido, cosa, esta última, que vienen pagando Inglaterra, Francia y Alemania. Suerte a Soraya, a su movimiento de cadera y a su bien estudiada androginia. Le toca al Oeste.

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16 mayo, 2009 a las 8:07 am

Canción de Buenos Aires (I), de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Posiblemente no haya nombre tan hermoso para una ciudad como Buenos Aires, y posiblemente también sea, junto a París, la más mentada por poetas y cantantes. Por eso he escogido como título el tango de Romero, Cufaro y Maizani, Canción de Buenos Aires, porque creo que es el que más se ajusta a esa evocación de brutal melancolía; esa contraposición espectacular, exhibicionista, de ternura arrebatada que es el tango, como música y como baile. Tiene su lógica que esa difícil aleación de violencia y pasión se haya consagrado a principios del siglo pasado y que haya acabado siendo algo tan consustancial con el lugar que parece no haber existido otra cosa, como si se hubiera parido allí. Y es que quizá no exista otro ambiente con mayor capacidad de comadrona que la ciudad del Plata; no inventa pero lo que asume acaba como suyo. Cabría sospechar que los historiadores del futuro la consideraran el lugar más idóneo para estudiar ese siglo que definió magistralmente el tango Cambalache, de Santos Discépolo: “El siglo veinte es un despliegue de maldá insolente”.

Adoro Buenos Aires, con o sin porteños; eso va en los días. Una ciudad-mundo, que lo fue aún antes de Nueva York y que cualquier otra. Se nota en la megalomanía de las avenidas, de las plazas, de los parques, de las metáforas. Las metáforas porteñas son inconmensurables; basta acercarse a las letras de los tangos. Habría que rebuscar en nuestra poesía barroca una tal audacia y encontraríamos, en las volutas culteranas de Góngora y el rebuscamiento ácido de Quevedo, imágenes más complejas pero no más brillantes que algunos tangos que evoco en mi memoria.

Todo es grande en Buenos Aires, incluso la estupidez y esa falsa seguridad del mediocre. Los porteños mediocres que conozco ejercen de doctores; no es lo mismo que aquí, donde los doctores tienden a la mediocridad, y eso es más grave. Oleadas de emigración europea se instalaron allá y más que hacerla suya la conformaron, con esos hermosos e insólitos apellidos preñados de consonantes que no aprenderemos a pronunciar nunca, y que pelearon por vivir y se asentaron de tal modo que se hicieron porteños sin definición. ¿Cuál es la identidad porteña? Una pregunta así no la haría un argentino más que como chiste sobre psicoanalistas. Ahora que se ha rebajado tanto la discusión política e ideológica por acá, en España y en Barcelona, sin ir más lejos, ahora que rebrota el carlismo frustrado de las clases medias, catalanas y no catalanas, como si Balmes estuviera a punto de resucitar, ahora, digo, hay que elogiar lo obvio.

Mientras nosotros sufrimos la muerte súbita de libreros y librerías, Buenos Aires sigue siendo el paraíso del libro. Un derroche de tiendas con libros de saldo, de lujo, de antiguo, de lenguas… ¡Cómo no va uno a disculpar la saturación de freudianos, jungianos, lacanianos y demás fauna, si tiene todos los libros del mundo para consolarse! Claro que cabe la pregunta de cómo es posible que una población tan atenta al texto y la lectura sea tan desafortunada en la política, pero eso ya es otra cosa que hoy no toca. Hoy es el turno de la ciudad-mundo, en la que no cuesta imaginar cómo debió de ser la llegada de aquellas oleadas de emigrantes económicos y políticos que conformaron una gran ciudad.

Es curioso que una colonia italiana inmensa, similar imagino a la que llegó a Nueva York y se convirtió luego en leyenda, no haya tenido ninguna plaga mafiosa fuera de la mala vida que sobrevive a toda gran urbe. Esa mixtura complejísima, y sin embargo completamente arraigada, de lo mediterráneo y lo atlántico.

Si hay tres cosas que definen una ciudad son los parques, los mercados y los cementerios. Buenos Aires tiene las tres y en grado superlativo. Por su carácter de ciudad del siglo XX formada por el aluvión de emigraciones sucesivas, lo tiene todo y lo disfruta, y no estoy al tanto de que existan funcionarios de la inteligencia metidos en el debate sobre lo genuino y lo adquirido. Tengo la impresión de que nada en la ciudad de Buenos Aires nació allí, ni siquiera el tango y menos aún esa fracasada invención centroeuropea del bandoneón, que acabó convirtiéndose en un instrumento virtuosístico. ¡Y qué carajo importa, si ellos han sabido usarlo mejor que nadie!

La única aportación argentina a la cocina mundial tiene procedencia militar, de Estado Mayor, por supuesto -como sucede por otra parte con algunos platos franceses y rusos-, se llama revuelto Gramajo, en honor de Artemio Gramajo, cocinero del general Roca durante su incursión en la Patagonia. Un plato sencillo y delicioso a base de huevos, patatas, cebolla, jamón, especias y, en ocasiones, guisantes.

Ese gran vientre devorador, que describió magistralmente el gran Rafael Barrett a comienzos del siglo XX, es hoy una ciudad azotada por las crisis; las suyas, que vienen de lejos. Hay quien asegura que Argentina, y muy especialmente Buenos Aires, sufre un terremoto social o económico aproximadamente cada ocho años. De ser cierto, y pasar por tanto, constituye un milagro que se mantenga en pie. Para el que vive circunstancialmente allá, para el que es ave de paso, hay aspectos del mejor siglo XX que se conservan con esplendor. Las librerías es uno; el teatro es otro, fundamental. Y aunque parezca chico, no es grano de anís el de los camareros, porque eso quiere decir cafés acogedores, tabernas amables y confiterías con encanto. En España es un gremio extinto, barrido por la precariedad laboral y el orgullo de nuevos ricos. Nosotros, los españoles, conformamos un país tan patético que nuestra principal industria,el sector servicios, es considerada un oficio de siervos. O jefe o nada. En Buenos Aires, aún quedan camareros orgullosos de su oficio, atentos y dignos, que no entienden su trabajo como una condena. No es un problema de salario, es algo que se refiere a la condición humana.

“La más sincera de las pasiones argentinas, el esnobismo”, escribió el porteño más ilustre de las letras argentinas. Quizá sea cierto, pero es una epidemia que castiga a todas las grandes ciudades. ¿Qué ciudad importante no sufre el flagelo del esnobismo? El que esté libre de este pecado del espíritu y la sociología que tire la primera piedra. Podría poner ejemplos de esnobismo hispano hasta cansarme. Pero como compensatorio yo introduciría algo del cosmos porteño, y probablemente argentino en general, que es la amistad. Entre nosotros los valores de la amistad están muy mediatizados por muchas cosas que no vienen ahora a cuento. No existe en ningún lugar de España un sentimiento genérico de la amistad; me remitiría al País Vasco, a Asturias o Catalunya, donde hay cierta jactancia ante la solidez de los lazos amistosos, y es para desternillarnos de risa. Todos tenemos muchos amigos, pero la amistad como valor social, incluso como vínculo sentimental, es otra cosa. Buenos Aires lo respira, y probablemente alguien señale que procede de Italia -los italianos, como los griegos, tienen en alto valor la amistad como elemento civilizatorio-. Da lo mismo, porque lo importante es tenerlo y disfrutarlo. Existe una urbanidad -¡esa palabra extinta!- de la fraternidad, y nosotros como sociedad apenas la conocemos.

Bastaría decir que el tango es un retorcido homenaje a la amistad, con exhibición incluida. La camaradería en el tango está por encima del amor y convierte en despreciable la deslealtad. Se podría asegurar que la mayor traición en el lenguaje tanguero se produce en la ruptura de los lazos con los amigos. El Nobel V. S. Naipaul, un tipo insufrible en casi todos los conceptos, incluida su prosa, llegó a conclusiones singulares sobre una supuesta homosexualidad emboscada en el machismo argentino y en la fuerza de los vínculos amistosos; dejémoslo estar.

El tango como letra y como baile es de una sofisticación ritual sorprendente, y parece como si exigiera la condición de complicidad -ese substrato de la intimidad- para hacer ese trenzado con los pies y esa arrogancia con los cuerpos.

Si no pareciera una chulada gallega -española, en porteño- me atrevería a decir que para bailar el tango no es menester ser amantes pero resulta obligado ser amigos. Y quizá sea ese el mejor elogio al territorio del tango. Una ciudad para tener amigos.

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25 abril, 2009 a las 10:12 am

Paco, de José Saramago en su Cuaderno

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Ibáñez, claro. Esta voz la reconocería en cualquier circunstancia y en cualquier lugar donde me rozara los oídos. Esta voz la conozco desde que, a principio de los años 70, un amigo me envió desde Paris un disco suyo, un vinilo que el tiempo y el progreso tecnológico pusieron materialmente fuera de moda, pero que guardo como un tesoro sin precio. No exagero, para mí, en aquellos años todavía de opresión en Portugal, ese disco que me pareció mágico, casi transcendente, me trajo el resplandor sonoro de la mejor poesía española y la voz (esa inconfundible voz de Paco) el vehículo perfecto, el vehículo por excelencia de la más profunda fraternidad humana. Hoy, cuando trabajaba en la biblioteca, Pilar puso la última grabación de los poetas andaluces. Interrumpí lo que estaba escribiendo y me entregué al placer del instante y al recuerdo de aquel inolvidable descubrimiento. Con la edad (que alguna cosa tiene que tener, y tiene, de bueno) la voz de Paco ha ido ganando un aterciopelado particular, capacidades expresivas nuevas y una calidez que llega al corazón. Mañana, sábado, Paco Ibáñez cantará en Argelès-sur-mer, en la costa de la Provenza, en homenaje a la memoria de los republicanos españoles, entre ellos su padre, que sufrieron allí tormentos, humillaciones, malos tratos de todo tipo, en el campo de concentración montado por las autoridades francesas. La douce France fue para ellos tan amarga como el peor de los enemigos. Que la voz de Paco pueda pacificar el eco de aquellos sufrimientos, que sea capaz de abrir caminos de fraternidad autentica en el espirito de quienes lo escuchen. Bien lo necesitamos todos.

http://www.aflordetiempo.com/argeles.htm

Esta entrada fué posteada el Febrero 20, 2009 a las 12:03 am.

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21 febrero, 2009 a las 9:52 am

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Raimon, de Jordi Borja en El País de Cataluña

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Raimon ha celebrado en un Palau de la Música al completo y ante un público entusiasta un recital antológico, por la selección de canciones de todas las épocas y por la gran calidad de las mismas. Pronto se cumplirá medio siglo (dos o tres años más) desde que irrumpió en las aguas estancadas de la cultura popular catalana con una canción de bandera: Al vent. Inevitablemente, los aplausos no cesaron hasta que se despidió con ella después de varios bises, de cantar el siempre contundente y necesario Diguem no. No soy crítico musical y no analizaré la prestación de un artista que ha llegado a un grado de madurez tal que como Gardel cada día canta mejor, y afortunadamente Raimon está muy vivo. Reconozco, además, que sus canciones, su forma de decirlas y su actitud cívica me emocionan lo suficiente como para asumir que no puedo ser objetivo. Descubrí Al vent y a su autor en un pequeño disco, en 1962, joven estudiante refugiado en París. Regresé a Barcelona unos años después y le oí en directo cantar el Diguem no. Un día de finales del 69 el recordado Alfonso Comín, recién salido de la cárcel, me hizo escuchar entusiasmado el recién aparecido y maravilloso Veles i vents. Recuerdo una noche mágica de finales de 1975 en el Palacio de Deportes de Montjuïc cuando cantó creo que por primera vez en Barcelona Jo vinc d’un silenci. La sala oscura se iluminó por centenares o miles de fósforos. Raimon rompió el silencio y los puntos de luz de la sala anunciaban el fin de la dictadura.

Pero si ahora me siento motivado a escribir, al margen de mis artículos habituales, no es por nostalgia, es por la terrible actualidad de muchas de sus canciones, las que fueron más aplaudidas, las que hubo un tiempo que a muchos parecieron más coyunturales, propias de momentos de opresión y resistencia. Y, sin embargo, qué actuales nos parecieron las canciones citadas y otras que cantó (La nit, Indesinter, País Basc, T’he conegut sempre igual, etcétera) y no cantó (D’un temps, d’un país, He mirat aquesta terra, 18 de maig a la Villa, Societat de consum) además de algunas bellas composiciones recientes. Canciones interrumpidas con aplausos, que hablaban de trabajo y de dignidad, de libertad y de identidad, de resistencia y de igualdad, de la gente corriente y de combates cotidianos.

Creo que las canciones de Raimon nunca dejaron de ser actuales pero ahora es más fácil decirlo y percibirlo. Es una época que estalla el escándalo de la corrupción, en la que los financieros delincuentes que se lucraron de la degeneración del capitalismo y los gobernantes cómplices o son confirmados en sus puestos de privilegio o se van a sus casas con indemnizaciones supermillonarias. Mientras que el mundo del trabajo paga la factura con desempleo, sueldos bajos congelados, amenazas de semanas de 65 horas, expulsión de trabajadores inmigrantes. La humanidad no ha dado a lo largo de las últimas décadas indicios de progreso moral, pero por lo menos parecía que era razonable esperar un relativo progreso social. Fue un espejismo. Como lo fueron las esperanzas de progreso de la democracia española, recordemos la cobardía gubernamental sobre la memoria democrática, el miedo a reconocer la dignidad de los resistentes y de las víctimas de la dictadura. El supuesto federalismo del Gobierno actual y del partido que lo sustenta se ha disuelto. Han bastado propuestas prefederalizantes de los partidos catalanes para que haya emergido una santa alianza de facto entre los dos partidos estatales que enarbolan parecidas banderas de rancio españolismo.

El debate político que se da en los ámbitos institucionales y en los grandes medios de comunicación, tanto en el resto de España como en Cataluña, se caracteriza (con escasas excepciones) por su profundo conservadurismo. Es incomprensible como desde la izquierda política o social, desde el progresismo cultural, no se hacen planteamientos anticapitalistas, o si lo prefieren, reformadores de un sistema tan injusto como indigno, que estimula la codicia de unos y la exclusión de los otros. No es preciso ser un ideólogo de nada para saber que la garantía de que la democracia no sea simplemente formal requiere que la colectividad por medio de las instituciones democráticas se apropie del suelo, del agua y de la energía, que la sanidad y la escuela públicas sean la regla general, que los medios de comunicación y de transporte estén regulados de tal forma que sean un “derecho universal”, que el sistema financiero garantice que estaremos protegidos del fraude de los grupos poderosos y que el crédito llegara a todos los que lo precisen y vengan avalados por su trabajo. En Madrid el famoso talante hoy es la cara tonta del conservadurismo y en Cataluña el discurso autonomista sin proyecto social transformador provoca el rechazo del resto de España sin sumar apoyo popular aquí.

Un amigo me envía como saludo de fin de año el bello poema de Brecht A los por nacer en el que se justifica de no haber sido siempre amable pero asume que vivió tiempos que exigían indignación y rebelión. Raimon es un clásico, en tiempos distintos nos transmite argumentos y estímulos, nos recordó que nunca debemos renunciar a la capacidad de indignarnos, de decir no. ¿Nostalgia? Sí, nostalgia de futuro. Borges escribió: no me importa quién escribe las leyes de un pueblo si yo puedo escribir sus baladas. Las leyes son muy importantes pero las baladas nos dan fuerza para reclamar nuevas leyes, otras políticas.

Jordi Borja es profesor de la Universitat Oberta de Catalunya.

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Introducido por Reggio

5 enero, 2009 a las 8:51 am

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Honor y despedida de Brendel, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Ese hombre menudo, con aire de anticuario retirado, que mira tras unas gafas de culo de vaso y que luce una sonrisa que parece una mueca, fue un titán. Ahora tiene setenta y siete años y se notan, aunque sólo sea porque todo en él respira esa tranquilidad del que es consciente de que no hay vuelta atrás, que uno está metido en ese último tramo de la vida en el que las cosas han de afrontarse a solas y sin otra ayuda que los íntimos.

Debe de ser difícil apuntar un día, o una semana, o un mes, para decir lo dejo y no volveré a subir a un escenario. Debe de ser difícil decidir uno mismo “hasta aquí he llegado”, antes de que un crítico desenfadado o un intermediario sin escrúpulos te advierta que estás en la orilla de hacer el ridículo. O, sencillamente, veas que te reducen el crédito y notes que aquellos, que ayer aún te colmaban de dones y adjetivos, ahora empiezan a hablarte de esa manera impostada con la que, no se sabe muy bien por qué, la gente se dirige a los niños y a los viejos. Los hombres solemos mirarnos en el espejo un buen rato todos los días; es la esclavitud del afeitado, pero hay un momento a partir del cual nos vemos de otra manera y tenemos un impulso instintivo de cansancio, un toque, una advertencia de que ya basta. Resulta significativo que la primera manifestación del desánimo o de la depresión consista en dejar de afeitarnos; una pausa en nuestro enfrentamiento con los espejos.

Para un pintor la vejez suele ser un periodo capital en la trayectoria de su obra. Un escritor, incluso un poeta, puede estar en erupción incluso cuando ya no le dan los pies para caminar, ni los ojos para ver. Un músico anciano compone en ocasiones como un niño apasionado; Janacek, sin ir más lejos. Llevo trabajando desde hace años en la relación entre vejez y creatividad, para confirmar una propuesta, que por cierto en más de una ocasión explicó el propio Brendel, de que la creatividad por mínima que sea constituye un rasgo de vitalidad y rejuvenecimiento. La verdad es que él iba más allá y llegaba a plantear que el arte, creado o disfrutado, es lo único que hace que la vida merezca ser vivida.

Alfred Brendel, un pianista de leyenda, se despidió de nosotros anteayer en el Palau de Barcelona. Es su última gira antes de retirarse y poco diré del concierto fuera de su actitud benevolente, esa tranquilidad que le consintió hacer nada menos que tres bises, como si nosotros, los presentes en su despedida, mereciéramos que hombre tan educado y cumplidor como Brendel nos mostrara su agradecimiento. Un concierto de seguro programado con mimo, donde se daban cita los cuatro compositores que suponen algo así como la excelencia del piano. Un Haydn complejísimo, un Mozart de su época más brillante, una sonata de Beethoven, la 13, por la que no siento especial atracción, pero que los profesionales consideran de interés preferente. Y tras la pausa, la reina del concierto, la última sonata que compuso Schubert, la única, en mi opinión, donde Brendel mostró rasgos de aquel inmenso pianista que fue.

Ahí está el secreto, el difícil arcano del intérprete. Haydn escribió ese Andante con variazioni ya sabio y anciano, Mozart su sonata número 15 con un año menos que Beethoven la suya, que fue a los 31 años, la misma edad con la que moriría el enigmático Schubert, un mes después de componer quizá la más hermosa e inquietante de sus sonatas para piano (D. 960), sobre la que un historiador de la música se preguntaba “si en toda la literatura musical existía un andante más bonito”. Todas, piezas de muy difícil ejecución, y ahí está el problema que acecha a los instrumentistas y muy en concreto a los pianistas. Todo solista de concierto es un atleta del arte. El cuerpo entero trabaja sobre el piano, el violín o el cello; la potencia de sus dedos semeja la de un lanzador de jabalina y su agilidad la de un corredor de cien metros. No es oficio para viejos. Recuerdo aquellos conciertos del gran Pau Casals, patéticos, en los que el anciano tarareaba la línea melódica mientras interpretaba a la pata la llana una Partita de Juan Sebastián Bach. Aún figuran esos abominables discos en el mercado. ¿Quién iba a atreverse a decirle a aquel artista, agresivo y mala leche, y del que tantos vivían, que había llegado la hora de retirarse de los escenarios?

Le pasó a Glenn Gould, que detestaba los conciertos y que se hizo viejo muy pronto; tiene discos donde es tan audible su torpe voz como las Variaciones Goldberg.¿Acaso la frustrante retirada de los escenarios del legendario Arturo Benedetti Michelangeli no respiraba por la misma herida?

Es la abismal diferencia entre el compositor y el intérprete. La madurez de un intérprete siempre es tan efímera, que apenas ha pasado y ya se nota. Se puede alargar la edad, incluso hacer milagros en función de ciertos autores y componer programas adecuados. El anciano Rubinstein hacía maravillas. Y luego está la mística, llamémoslo así. Las manías de Maria João Pires o los rituales de Sviatoslav Richter quizá no son sino defensas ante la angustia del portero ante el penalti (otro símil del artista atlético, en mi opinión no hay figura deportiva más fascinante en el fútbol que el portero, el hacedor de milagros, el conseguidor de imposibles). Todos los grandes pianistas son diferentes, pero para mí Brendel fue el más diferente de todos. Él contaba en sus años de gracia con una vis cómica digna de un actor británico de la gran escuela, no había nacido en el Este -”Europa central es mi patria”-, ni había sido niño prodigio, ni era judío, ni sus padres tenían la más mínima inquietud artística o musical. Era un mal estudiante de todo, que odiaba el solfeo y que dudaba si lo suyo sería la pintura. Fue un esteta que caminó siempre por libre y para quien no existían líneas divisorias, tan comunes entre los músicos. Poeta, lector voraz, pintor, compositor también y sobre todo pianista.

Yo llegué a Brendel tarde, como a casi todo, y fue gracias a una sonata de Beethoven cuya interpretación me dejó literalmente anonadado. Era la 32 (opus 111), la última si mal no recuerdo, cuando ya el músico estaba completamente sordo.

Me sirvió para ilustrar uno de los más fascinantes enigmas del arte y de la humanidad: que es posible que la más excelsa música sea compuesta por un hombre que sólo se oye a sí mismo, y que la pintura más arrebatada la realice un ciego, como fue el caso del último Goya. Lo que hacía de aquella sonata de Beethoven interpretada por Brendel algo vivo no sólo era la limpieza del timbre -hay quien dijo que era el único pianista capaz de destacar una nota en un acorde-, ni su agilidad, sino su actualidad. Brendel convertía a Beethoven en un precursor del jazz y con un ritmo de ragtime. Desde entonces me convertí en un brendeliano militante. Me enseñó otra manera de entender el lado complejo del bueno de Haydn, y a Mozart, en esas sonatas que otro gran pianista decía que eran fáciles para los niños y difíciles para los artistas.

He aprendido tantas cosas de Brendel que lo menos que podía hacer es acompañarle en su despedida. Debe de ser duro saber que ya no tocas igual para el público pero que sigues tocando muy bien para ti mismo. Para llegar hasta ahí se necesita mucho talento y mucho orgullo humilde, valga el oxímoron. Y eso diferencia a un diletante de un profesional. La idea es suya, yo se la acabo de robar. El diletante a lo más que puede llegar es al sentimiento, incluso a la pasión más desaforada. Pero comportarse como un profesional exige inteligencia, y ese es un instrumento más cruel y despiadado que el piano. Mucho talento has de tener para que en esa cita diaria y matutina con el espejo, llegues a decirte: me oigo bien, pero no sueno como antes. Es el momento de despedirse de los escenarios.

Si tuviera que definir a Brendel, lo que más me emociona de su brillante figura intelectual, diría que es haber conseguido ese grado de excelencia en la profesionalidad de un pianista, su rigor teñido de humor y melancolía. Como dice en uno de sus versos: “Érase un pianista / que desarrolló / un tercer dedo / no para tocar el piano /… sino para señalar cosas / cuando las dos manos están ocupadas”.

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Introducido por Reggio

29 noviembre, 2008 a las 11:34 am

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