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Rajoy pasa de Catalunya, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Dijo que su estilo será el diálogo. Añadió que su imperativo será decir siempre la verdad. Palabras solemnes, molduras de yeso pintadas de dorado. Como si fuera un tecnócrata supuestamente aséptico en vez de un gobernante surgido de las urnas, en su discurso de investidura, Mariano Rajoy ofreció ayer un conjunto de recetas políticas sin querer hablar de política. Una intención en la cual colaboró el socialista Rubalcaba, en una intervención amojamada que parecía destinada a evitar, por encima de todo, que el PSOE se hiciera más daño de la cuenta. Y a explorar pactos de Estado, de esos que siempre lucen.

¿Y las cosas de Catalunya? Vale más que tomen asiento, no sea que se cansen ustedes de esperar. El nuevo presidente del Gobierno de las Españas dedicó sólo “breves comentarios” a las demandas catalanas, expresadas por Duran Lleida con una reiteración tan minuciosa como escasamente atendida por el dirigente popular. Ningún compromiso concreto, más allá de admitir que escuchará. Como diría la abuela, el gallego nos dará largas. Cuando se le mencionó el pacto fiscal, Rajoy mentó la necesidad de crear empleos y cuando se le recordaron los 759 millones de euros procedentes de la disposición adicional tercera del Estatut replicó que él se limitaría a cumplir la ley, como haría -puntualizó- con todas las autonomías. Sobre el Estatut, no hay cambios: el líder del PP piensa hoy lo que pensaba cuando llevó al Tribunal Constitucional el texto que fue votado por el pueblo catalán. Todo esto va aliñado con la bandera de la igualdad entre españoles, el anuncio de unificar políticas educativas y la voluntad de reformas de fondo que eviten duplicidades de administraciones. La sombra de la recentralización se proyectó ayer como lo más natural del mundo.

CiU fue la fuerza más votada en Catalunya en las últimas generales porque muchos electores entendieron que la federación es la opción más útil para defender los intereses de una sociedad que paga al Estado más de lo que recibe. Duran Lleida lo sabe y guarda en la memoria las consecuencias nefastas que originó el voto favorable de los nacionalistas a un Aznar que, en el 2000, tenía mayoría absoluta. A la vista de la desgana de Rajoy, la abstención de CiU sería un regalo incomprensible, incluso teniendo en cuenta que Mas necesita que los populares le apoyen varios proyectos en el Parlament, empezando por los presupuestos. Rajoy ha buscado el voto en contra de CiU, él sabrá a santo de qué.

El año próximo, el Ejecutivo español quiere celebrar como es debido el bicentenario de la Constitución de 1812 . Quizás el espíritu de la Pepa, poco tendente a la pluralidad nacional, se ha hecho fuerte en la barba del futuro presidente.

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20 diciembre, 2011 a las 7:15 am

¿Combatir a los nacionalismos?, de Albert Branchadell en El País

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El pasado 6 de noviembre Mario Vargas Llosa publicó un artículo en estas páginas para anunciar su voto a UPyD en las elecciones generales. El artículo suscitó un considerable revuelo, del que ya se ocupó muy atinadamente en su día la Defensora del Lector. Ahora mi intención no es reanudar una discusión ya cerrada sino analizar uno de los argumentos de Vargas Llosa a favor de UPyD, que los resultados del 20-N hacen especialmente relevante.

Según el insigne escritor, desde que nació como organización política, UPyD “ha combatido al nacionalismo -a los nacionalismos- con resolución y sin complejos”. Sin duda, UPyD ha combatido a los nacionalismos vasco y catalán con resolución y sin complejos. Lo que sorprende es que un autor tan perspicaz como Vargas Llosa no sea capaz de ver que este combate se ha producido desde una posición que es, a su vez, netamente nacionalista.

En enero de 2008 Rosa Díez visitó Barcelona y participó en un coloquio-almuerzo organizado por el Círculo Ecuestre. Preguntada por el carácter nacional de Cataluña, la líder de UPyD se expresó con resolución y sin complejos: “Cataluña no es una nación, lo diga o no el Estatuto. En España solo hay una nación, que es la nación española. Hay cosas que existen y otras que uno se inventa”. El problema es que cualquier analista con cuatro nociones claras de teoría del nacionalismo no dudaría en calificar de nacionalista (español) este postulado antinacionalista (catalán).

En este punto, la posición de UPyD no es distinta de la del Partido Popular. En el XVI congreso del partido, celebrado también en 2008, se aprobó una ponencia política con un apartado que podría haber redactado directamente Rosa Díez: “Creemos que España es la única realidad histórica y política de todos los españoles. Frente a lo que otros proponen, la España constitucional no es una confederación de naciones ni un Estado federal, sino una sola nación cuya soberanía corresponde única y exclusivamente al pueblo español”. Para remachar su tesis, el Partido Popular no dudó en forzar las posibilidades de la historia en clara sintonía con la doctrina franquista: la nación española se basa ante todo “en la herencia de la Hispania romana y visigoda”, y en cualquier caso la unidad española “quedó definitivamente consolidada a partir de 1516, con la llegada al trono de Carlos I”, como si después de 1516 nadie hubiera tenido que bombardear nunca Barcelona.

El pasado 20 de noviembre Vargas Llosa y otros 1.140.241 españoles votaron al partido de Rosa Díez. El problema es que el mensaje de Rosa Díez no caló en Cataluña, donde obtuvo poco más del 1% de los votos. Naturalmente, siempre podremos creer que en Cataluña el mensaje de UPyD lo vehicula el Partido Popular, pero tampoco podemos decir que el PP arrasara en esa comunidad (quedó tercero, con el 20,7% de los votos). Antes al contrario, quienes arrasaron en Cataluña fueron los que creen que en España no hay una sola nación, diga lo que diga la Constitución española. Treinta y seis de los 47 diputados en juego, para ser más exactos.

Ante estos resultados, ¿cómo hay que proceder? Descartando de entrada nuevos bombardeos, la primera posibilidad es ir repitiendo la cantinela. Digan lo que digan los catalanes, Cataluña no es una nación, etcétera. Es la receta para acelerar el efecto contrario de lo que se persigue, es decir, esa “desintegración” de España que tanto teme Vargas Llosa. La otra posibilidad es negociar (sí, una vez más) para seguir acomodando en España a los catalanes que consideran que Cataluña es una nación. En el caso de Cataluña, la acomodación pasa por un artilugio llamado “pacto fiscal”, que nadie sabe en qué consiste exactamente pero que recibe el apoyo mayoritario de los catalanes. Eso sí, el pacto fiscal no debe plantearse como una panacea. Cataluña sufre un déficit fiscal con España que resulta excesivo a todas luces (en Alemania estaría directamente prohibido), pero resolver el déficit fiscal no es lo mismo que resolver la crisis. El pasado 22 de noviembre, cuando Artur Mas anunció la segunda oleada de recortes en las cuentas catalanas, soltó aquello de que los sacrificios no serían necesarios si Cataluña recaudara, gestionara, liquidara e inspeccionara todos los impuestos generados en Cataluña. La verdad es que la política comparada no abona este postulado.

En España, las comunidades autónomas que gozan de concierto económico no han podido evitar los recortes. Y es evidente que en Europa ningún Estado soberano está a salvo de los mismos. Entre ciertos independentistas catalanes se popularizó un dicho: la autonomía que necesita Cataluña es la de Portugal. Pues bien, la “autonomía de Portugal” no ha permitido que Portugal sortee la crisis sin necesidad de severos ajustes presupuestarios.

En este sentido, los nacionalistas catalanes de CiU pecan de lo mismo que los nacionalistas españoles del PP. Atribuyendo la situación a la mala gestión de Zapatero (PP) o al déficit fiscal con España (CiU) ambos partidos están enfrascados en una suerte de mus local mientras la verdadera partida de póquer (¿o de ruleta rusa?) se está disputando en la calle Willy Brandt de Berlín.

Albert Branchadell es profesor de la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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9 diciembre, 2011 a las 7:20 am

Una perspectiva catalana de España, de Santiago Petschen en El País

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La perspectiva catalana de España es una perspectiva de poder y de intereses. Exactamente igual que la perspectiva castellana. Desde hace siglos, debido a la acción de la Corona, las dos nacionalidades que acabo de mencionar se encontraron dentro de una misma entidad política. Operaron como vasos comunicantes. En su relación, la nacionalidad más grande y poderosa, la castellana, diluyó a la catalana, hasta casi hacerla desaparecer. Influyeron para ello numerosos aspectos. El demográfico (seis millones de habitantes contra menos de medio), el colonial (todo un imperio, sumado solo a una nacionalidad), el económico (con derechos exclusivos sobre América), el institucional y el militar (con carácter oficial no solo predominante sino único) y el lingüístico-cultural (el castellano expansionándose en la Península como una cuña, según el esquema plástico de Menéndez Pidal).

Tan mastodóntico fue el poder de la nacionalidad castellana y tan disminuido el de la catalana que la pequeña aceptó a la grande haciéndose una parte de ella. Relación que formó costumbre llegándose a entender no como circunstancia, sino como carta de naturaleza.

La historia, sin embargo, nunca es estática. Siempre es evolutiva. Llegaron nuevos productos incentivadores de América. Los puertos se abrieron al tráfico ultramarino. Con la revolución industrial, creció aquella nacionalidad tan desaparecida. Al desarrollo material se unió el de la propia conciencia. Hicieron su cambio la demografía, la economía y la lengua. Con la Exposición Universal de 1888, Barcelona se puso, tú a tú, a la par de Madrid. La nueva realidad hizo surgir nuevas aspiraciones. Aspiraciones que iban contra la tan creída carta de naturaleza a la que oponían una visión circunstancial empíricamente cambiante. Convertidas en exigencias, muy molestamente vividas en el centro de España, fueron uno de los factores que con más profundidad impulsaron y justificaron la Guerra Civil y la posterior dictadura.

La Transición dio una vuelta de tuerca a aquella realidad. Pero tampoco tuvo porqué parar la historia. Los políticos catalanes aceptaron lo que entonces consideraron adecuadamente realista aunque no como algo totalmente definitivo. Se estableció una letra: una Constitución, unas leyes. Pero la letra no siempre es la vida. Y en este caso, la vida catalana se desarrolla con la conciencia y el objetivo de ir construyendo más bien separadamente. Es la marca de su poder. Un poder que juega medio en serio con manifestaciones propias de la soberanía. Pero que necesariamente tiene límites. Límites que se aceptan cuando lo piden los intereses, única razón que justifica las renuncias.

¿Cómo incluir la vida en la interpretación de la letra para hacer que los límites sirvan para acercar? Con la percepción de la circunstancia cambiante y la aceptación del influjo opuesto en los vasos comunicantes para originar confluencia de intereses.

En la dirección política y económica de España quedan aún ciertas lacras del espíritu castellano de viejo estilo. Proyectos del AVE en la España despoblada interior y kilómetros de asfalto vacío en zonas desérticas en lugar de una concreción endógena más creativa. Recuerdan la acción de los Borbones y sus poco útiles fábricas de tapices y de cristal. Derroches organizativos de los que el otro modelo periférico, el vasco, ha sabido librarse airosamente construyendo una economía muy plausible.

Me he referido al cristal porque hace poco visité el museo de La Granja (Segovia), que sirve para ilustrar lo que voy diciendo. En una parte del museo, trabajadores varios y varias soplan de cuando en cuando para hacer algunos vasos y algunas vasijas. La desproporción entre el personal y tiempo empleados y la producción es desmesurada. Algo de lo producido se coloca para el comercio en unas mortecinas vitrinas. Lo más opuesto a museos similares de Europa como el de Murano o uno próximo a Amsterdam, en donde el dinamismo es la savia de una enorme creatividad vital que moviliza a miles de compradores. En cambio en La Granja, donde debería generarse dinero con un producto altamente atractivo, se malgasta tristemente. Parece un museo a la indolencia, más digna de ser ocultada que mostrada.

El ejemplo expuesto no puede quedar reducido a lo material. Hace plásticas otras limitaciones psicológicas, ideológicas y políticas. ¿No pecaremos de falta de amplitud por no sabernos poner a la altura de las circunstancias de nuestro tiempo?

Frente a dicho estilo, viejo y anquilosado, opera el empirismo cotidiano, que, en su enorme sencillez, actúa como motor de la historia. ¡Qué bien ha manejado Bildu la confluencia del interés (de nuevo menciono el modelo vasco), dejando que la vuelta ciclista a España cruzase las carreteras y las calles de Euskadi!

En los vasos comunicantes de España, el espíritu catalán gana por sí mismo puntos. La lengua catalana es la que ahora opera como una cuña que llega a estudiarse en una parte de la mismísima Castilla histórica. Es la parte que Javier de Burgos -con mentalidad de vasos comunicantes- separó de Cuenca y añadió a Valencia. Contemplémoslo, si no podemos con simpatía por la fuerza de los estereotipos, al menos con benevolencia. Realidades parecidas a esta las podemos encontrar en muchos campos.

El temperamento latino, en lo referente a las lenguas, es bastante acomodaticio. No como el sueco de Finlandia o el húngaro de Rumanía. Los italianos se hispanizan rápidamente en Buenos Aires y los castellanos se catalanizan de forma algo parecida en Barcelona. Característica que facilita la interpretación de la España de los vasos comunicantes que antes hemos expuesto.

Marañón dijo que “el dolor y la gloria comunes son los grandes aglutinantes de los pueblos”. Es la dimensión idealista de la cuestión. En los tiempos que corremos es más ventajoso prestar atención a la economía. El motor económico no puede operar adecuadamente por vasos incomunicados.

Un gran espejo tenemos ante nosotros que nos alecciona: la Unión Europea en general y la zona euro en particular. La unidad económica española, para el bien de todos, debe ser -técnicamente hablando- cuanto más fuerte, mejor. En ella se basa el mayor valor ético: la valoración de lo común, piedra angular en la construcción de grandes ámbitos humanos, tanto parciales como totales, a lo que hay que ser muy propenso. Y una faceta cotidiana de noble concepción es saber prescindir de las mutuas provocaciones a la greña, inevitables entre las particularidades. Más seguro es poner la confianza en el avanzar de la historia, que tiene un ritmo muy sólido.

Si en el pasado se impuso un dogma de dominio, incluida una guerra y una dictadura, ¿será mucho aceptar un cambio pacífico solicitado por una realidad de libres aspiraciones?

He pretendido hablar de un problema de fondo con imágenes muy sencillas sobre algo que muchos viven como complicado. Pero su correcto enfoque no es más que sentido común al servicio de una política que se caracterice por la calidad de vida colectiva.

Hay quien ha descrito esta idea de manera más profunda y elaborada. Me refiero a Josep Maria Puigjaner en su libro ¿Una Cataluña sin España? (Ed. Milenio). En la conclusión se reconoce que para muchos catalanes no hay “ninguna otra nación de pertenencia o incardinación más que Cataluña, única patria real, reconocida e interiormente experimentada”. Es la expresión del poder y del interés propio al que nos referimos al principio. Hay que saberla aceptar prescindiendo de falsas cartas de naturaleza. Ello no obstaculiza la “visión amable y hasta cordial de España, capaz de generar una convivencia pacífica y satisfactoria”, nos dice el mismo autor. Una España acorde con las nuevas circunstancias, que la evolución histórica nos ofrece y que es necesario saber aceptar.

Santiago Petschen es profesor emérito de la UCM.

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30 septiembre, 2011 a las 7:20 am

El veranillo de San Martín, de Enric Juliana en La Vanguardia

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Análisis

La España plural se despide con una nominación cargada de ironía; ahora viene el turno ‘moderado’

Ayer por la mañana acabé de comprender el significado de la palabra moderantismo. Un concepto que pusieron en circulación José Antonio Zarzalejos y Valentí Puig, cuando ambos –el primero como director, el segundo como refinado articulista–, tenían en sus manos la conducción intelectual del diario ABC, decano de la prensa madrileña y periódico de toda la vida de las clases medias conservadoras de la capital de España. El moderantismo sería la estrategia de la moderación, entendiendo como tal, no la blandenguería o la ausencia de carácter, sino la voluntad de consenso y el sentido del límite. Es un concepto kantiano sobre el que Valentí Puig escribió un ensayo.

El caso es que hojeando ayer ABC –en el que ya no están ni Zarzalejos ni Puig– acabé de entender en qué consiste el moderantismo. Consiste en no perder la flema y asistir con espíritu deportivo a la escalada de rabia contra la política catalana después del psicodrama de los toros. La foto del día del diario señero presentaba a los consellers Andreu Mas-Colell y Boi Ruiz como dos orondos burgueses partiéndose de risa ante los recortes sociales. Edición gráfica del Berlín de los años treinta con un texto en el que se nos informa que en Catalunya se está abriendo la carne del pueblo (sic) para alimentar al monstruo nacionalista. Si ayer la Generalitat perseguía a los niños que hablan castellano, hoy ya procede a matar de hambre a los ancianos de los asilos con tal de alimentar a la hidra catalanista.

El moderantismo, como les decía, es un espíritu deportivo. Es conectar la radio el lunes por la mañana y oír como hablan de la “chusma nacionalista” que ha prohíbido los toros, digo, la Fiesta Nacional; respirar hondo, expulsar suavemente la sagrada sílaba ¡Oooommmmmmm! y esperar tranquilamente el 20-N.

El moderantismo kantiano, efectivamente, consiste en no perder la flema y conocer un poco el revés de la trama. Los tiempos son difíciles y se está recrudeciendo la agónica competición de la prensa madrileña por el primado del centro derecha. El macizo de la raza, público rocoso y fiel, ha de escoger cada mañana entre cuatro cabeceras. Sólo una llegará a la meta y el asunto del catalán es pura golosina. ¡Ríete tú de las cabezas de turco! Es una competición que aún tardará en decantarse. Está en juego, nada más y nada menos, el marco intelectual del próximo periodo de Gobierno. Un marco que ya existía en el ámbito del centro izquierda cuando el PSOE consiguió su primera mayoría absoluta en octubre de 1982. El cuadro mediático de la derecha española se halla en fase de reajuste La lucha es descarnada y no podemos estar seguros de que se estén respetando los convenios de Ginebra.

No hay moderantismo sin ironía. El día que los catalanes perdamos la ironía habremos sucumbido (y hay jóvenes en Catalunya que la están perdiendo).

La ironía tiene vida propia. A media mañana, la buena noticia de Pa negre, veranillo de San Martín de la España plural. Desde estas líneas, una felicitación muy especial a Francesc Colomer.

Don Fernando García de Cortázar, historiador y jesuita, está usted invitado a una copa.

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29 septiembre, 2011 a las 7:16 am

¿Gobernar contra Catalunya?, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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El diagnóstico es unánime desde  Catalunya: el nuevo ciclo político que se abrirá después de las elecciones del próximo 20 de noviembre vendrá marcado por el signo de la recentralización. Esta palabra designa una serie de movimientos, estrategias y decisiones tendentes a hacer de España un Estado mucho más centralista, homogéneo y unitario de lo que es ahora. Hemos tenido diversas pruebas de esta recentralización, surgidas de entornos judiciales, económicos, mediáticos y, obviamente, específicamente políticos.

Lo que se avista es bastante inquietante. La reciente polémica sobre la inmersión lingüística en las escuelas catalanas nos ha mostrado que la virulencia de buena parte de los medios de Madrid parece no tener límites, por no mencionar los niveles de demagogia alcanzados a raíz de la última corrida de toros en Barcelona. El espectáculo de la mentira recurrente sobre Catalunya pone los pelos de punta, a pesar de ser parte del paisaje. Pero no quedemos pillados en este ruido. Imaginemos el día siguiente de los comicios, que están muy cerca.

Pensemos en Rajoy, instalado ya en el despacho de la Moncloa, como nuevo jefe del Gobierno. Según todos los pronósticos, el PP obtendrá un resultado holgado, lo cual le permitirá hacer y deshacer con gran comodidad. En la oposición estarán, previsiblemente, unos socialistas desfibrados y sin aliento, a caballo entre la depresión y la agitación en la calle.

Mientras, la crisis económica y el paro seguirán golpeando con fuerza. En este contexto, es obligado preguntarse en voz alta -como muchos hacen en voz baja- si Rajoy querrá y podrá gobernar contra Catalunya. Respondamos esta cuestión por partes.

¿Tiene voluntad el futuro presidente de gobernar contra la sociedad catalana? Si hacemos caso de su oratoria, la respuesta es no. Cuando visita Catalunya, además de pasar de puntillas sobre las cuestiones más incómodas, el líder y candidato del PP sólo tiene buenas palabras, sólo hace llamamientos genéricos al diálogo, sólo nos enseña un perfil suave y tranquilo que descansa, sobre todo, en mensajes positivos sobre la reactivación económica. “Garantizo que no la voy a hacer”, afirmó Rajoy hace pocos días en Barcelona, al ser preguntado sobre una posible política anticatalana de su administración. También declaró que “estoy dispuesto a escuchar a todo el mundo”.

No obstante, esta percepción cambia si se está atento a las consignas y gesticulaciones de los entornos más activos de la derecha, que tienen en la cuestión catalana el primer asunto de su agenda movilizadora; de estos ámbitos se desprende que, durante la legislatura que viene, habrá una ofensiva final sobre la anomalía que representa la nación catalana y el catalanismo. ¿Es el heredero de Aznar prisionero de estas pulsiones? No lo sé. Está extendida la tesis según la cual la cúpula del PP sufre la presión de actores radicales que se afanan por dictar las prioridades del campo conservador. Veremos qué pasa. En todo caso, el protagonismo de ciertas voces no nace de la nada, las complicidades entre estas y los actuales dirigentes populares se han dado y se dan. Otra cosa es que alguien piense, dentro de unos meses, que la bestia tiene demasiada vida propia y que puede hacer daño a quien quiere servir.

Después de considerar la voluntad hay que tener en cuenta el poder. ¿Podría gobernar Rajoy contra Catalunya, llegado el momento? Aquí, todo depende de la imagen que proyecte la sociedad catalana. ¿Quiénes somos, de verdad? ¿Somos el pueblo que salió a manifestarse el 10 de julio del 2010 contra la sentencia del Estatut o somos una colectividad pasiva y miedosa que sólo quiere tranquilidad y buenos alimentos, incluso cuando ya no puede pagarlos? ¿Nos resignamos a no hacer ruido y ser residuales -por utilizar el término de Pujol- o nos rebelamos de manera pacífica y democrática? Que cada lector haga su análisis a partir del entorno que más conoce. Supongo que los más inteligentes de los que rodean a Rajoy saben que el nacionalismo catalán es reactivo por definición.

Seamos claros: gobernar contra Catalunya es una tentación muy asentada en la política de ahora mismo. En el PP y al PSOE hay cansancio de lo que ellos llaman “problema catalán”. Aznar le confesó a Zapatero, este pasado verano, que ambos habían cometido el mismo error en sus respectivas primeras legislaturas: querer llegar a una solución para el encaje de Catalunya en España. El primero lo hizo con los pactos del Majestic en 1996 y el segundo con el nuevo Estatut en 2004. El conservador y el socialista coincidieron en que esta actitud comportó demasiado desgaste para sus formaciones y que, sus sucesores, tendrían que buscar una nueva aproximación, muy diferente.

Es mucho más que un puñado de rumores o de sensaciones. Ayer mismo, Miquel Roca, uno de los ponentes en la jornada anual que organiza Esade en Sant Benet de Bages, declaró que “la próxima reforma será la del sistema electoral español y será para enviarnos a galeras a los nacionalistas catalanes”, una posibilidad que hace años estudian los cerebros del PP y del PSOE. Quien fue uno de los padres de la Constitución de 1978 sabe de qué habla. Limitar la presencia de CiU, para hacer irrelevante el peso del catalanismo en Madrid, sería toda una declaración de guerra. ¿Será capaz Rajoy de gobernar despreciando a Catalunya y al catalanismo? Tal vez le toque a Jorge Fernández Díaz, profesional bregado, desaconsejarle estos experimentos.

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28 septiembre, 2011 a las 7:16 am

El zapaterismo se despide, de Valentí Puig en La Vanguardia

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AL PASO

La historia parlamentaria del  zapaterismo se nutre abundantemente del maragallismo. Es decir, de la concepción de tripartito o pacto del Tinell. Todo socio es bueno para aislar al principal partido de la oposición, aunque sean grupúsculos cuya concepción del Estado pase por el secesionismo o el izquierdismo arcaico. Faltan unas pocas semanas para saber hacia dónde irá el PSOE, pero se diría que sus conveniencias no pasan por reincidir en el esquema zapaterista en términos de modelo territorial, política exterior, ambigüedades en la estrategia antiterrorista y, definitivamente, el grave error de negar la recesión económica con la consecuencia inapelable de legislar con tantas dilaciones. Fue tanta la admiración de José Luis Rodríguez Zapatero por el maragallismo que salió al balcón del Palau la Generalitat y luego prometió el Estatut en la forma y sentido que le llegase al palacio de la Moncloa.

Zapatero se despidió del banco azul en el momento en que las previsiones más generalizadas son de un languidecer del crecimiento económico en toda la eurozona, sometida a una volatilidad con pocos precedentes. Por eso y para inmediatamente después del 20-N, la incógnita general es el nombre de quien será designado por Mariano Rajoy como vicepresidente económico. Los analistas insisten en que de la burbuja inmobiliaria se tardará mucho en salir y que sólo reformas drásticas permitirían recuperar un ritmo solvente de regeneración de puestos de trabajo. Mientras tanto, las predicciones para la eurozona son de un cuarto trimestre malo que se solapará con los inicios del 2012. Es nefanda la contracción detectada en la actividad del sector privado. Y es que la iniciativa privada tiene que ser la dinamo de la recuperación si los gobiernos ponen los carriles estructurales en buenas condiciones. Ya se habla del blues de la eurozona.

Llevamos demasiado tiempo viviendo en un mundo de burbujas que se solapan entre sí. Por supuesto, el zapaterismo ha tenido algo de burbuja y muy a menudo lo ponía de relieve en el Parlamento. Ha habido sesiones memorables por la extremada fragilidad de las alianzas para un voto que al final resultaba del todo perecedero. Ahora llega un tiempo de nuevas mayorías, tal vez de mayoría absoluta.

Con los dos mandatos del zapaterismo, incluso los apoyos intelectuales y mediáticos del presidente del Gobierno han ido menguando de modo aparatoso. ¿Por dónde andarán los colectivos de gentes del espectáculo o la pluma denodada del escritor Suso de Toro? También los economistas que aceptaban el marbete zapaterista han ido largándose de la escena, poco deseosos de tener que explicar la situación de la economía española en Wall Street o en la City de Londres. Zapatero quemó sus naves hace ya tiempo. En cierto modo, las quemó aquel día en que la opción tomada fue inspirarse en el modelo maragallista. Otra burbuja. Que se lo cuenten a los socialistas de Barcelona cuando calculan con el corazón a cien por hora los votos que se les están yendo para otro lado.

Flora de Sarkozy

Malos tiempos para el ego político de Nicolas Sarkozy. Le echa una mano su esposa, la cantante Carla Bruni, contando cómo el presidente de la República conoce los nombres -incluso en latín- de las flores que adornan el perímetro del Elíseo. Se lo ha contado a la BBC. Sarkozy lo sabe todo de rosas, capullos y geranios. Así fue como Carla Bruni decidió aceptar su propuesta de matrimonio, mientras su pretendiente le susurraba al oído los secretos de la flora. Sarkozy acaba de perder el control del Senado, al tiempo que los socialistas están buscando candidato y Marine Le Pen transita rozagante por encuestas y sondeos.

Zapatero fuera de campaña

Hay precedentes de la tan peculiar circunstancia de un PSOE con Zapatero en la Moncloa y Rubalcaba como candidato. Al fin y al cabo, Aznar estaba en el poder cuando anunció que no se presentaría a la reelección y propuso a Mariano Rajoy como candidato. Luego está el caso de Landelino Lavilla. Dimitido Adolfo Suárez, ocupa la presidencia Leopoldo Calvo-Sotelo. En 1982, Lavilla es elegido presidente de la UCD. Iba a ser el candidato en las elecciones generales del mismo año. Acabó renunciando al escaño. Lo novedoso es que el PSOE no quiera ver a Zapatero -actual secretario general del PSOE- en los ajetreados paisajes de la campaña electoral.

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28 septiembre, 2011 a las 7:15 am

ERC regresa a la salida, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Pocos partidos en el mundo son tan imprevisibles como Esquerra Republicana de Catalunya. Los dirigentes que pusieron las bases de los dos tripartitos y concretaron la alternancia en el Govern ya son historia. Lo es quien en el 2003 exhibía la llave de la gobernabilidad y en el 2004 logró un resultado espectacular en las elecciones españolas. Y también lo es quien hizo todo lo posible para relevarlo como máximo y único líder de la organización, hace sólo tres años. Las bases republicanas han vivido, en menos de una década, en una montaña rusa de emociones y de consignas contradictorias, ahora tocando el cielo, ahora oliendo el azufre del infierno. Han celebrado la llegada al poder y, después, han llorado la pérdida incesante de votos y de influencia mientras, paradójicamente, ha crecido el apoyo social a las tesis independentistas. Quizás esto explica que las primarias de ERC del sábado movilizaran a duras penas la mitad de la militancia. En todo caso, el aval a Oriol Junqueras, Marta Rovira y Alfred Bosch es inapelable y significa un cambio de rumbo estratégico que pretende frenar la caída de esta marca en las urnas.

ERC es una formación que plantea claramente una ruptura del statu quo de España y eso la convierte en un actor especial en el mapa político catalán. Esta razón última de ser de la organización, sin embargo, se combina con aquello que todo partido parlamentario recibe como encargo ciudadano: la gestión de la complejidad de un día a día donde hay que dar respuestas fiables a los problemas mediante planteamientos aplicables a corto y medio plazo. La experiencia gubernamental de ERC ha transmitido -con más o menos justicia- una imagen de los republicanos como políticos poco hechos a la administración, algunas veces con escaso sentido institucional. Esta debilidad ha creado más decepciones entre sus votantes que sofisticadas consideraciones ideológicas. Dicho esto, también es evidente que la constitución del segundo tripartito, sin la fuerza que había encarnado una figura como Maragall, fue un movimiento erróneo.

¿Qué quiere ser ERC cuando sea mayor? Si no he entendido mal los mensajes de Junqueras y Bosch, las históricas siglas aspiran a convertirse en la casa gran del independentismo político, lo mismo, más o menos, que planteaba Carod-Rovira en el artículo que publicó en el diario Avui el 1 de noviembre de 1986, texto que marcó el pistoletazo de la refundación del proyecto de Macià y Companys: “Un partit que cregui que la qüestió nacional és la nostra primera qüestió perquè és exclusivament nostra“. En el juego de la oca, esto es regresar a la casilla de salida. ¿Qué ha cambiado, pues, desde el día en que Carod, Colom, Puigcercós y otros subieron al carro que entonces conducía Joan Hortalà? Que nadie podrá ya acusar ahora a los republicanos de ser hijos radicales del pujolismo sin certificado oficial de buen progresismo. Después de siete años de tripartito, ERC y todo el mundo sabe el precio de esta terapia.

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19 septiembre, 2011 a las 7:15 am

¿Adónde irá el PSC?, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

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No creo que Àngel Ros, alcalde de Lleida, haya estado muy oportuno al confirmar que se presentará para liderar el PSC en el próximo congreso. Más todavía cuando un par de días antes se había proclamado cabeza de lista por Barcelona para las generales a Carme Chacón, situada en un sector del partido muy distante al de Ros. La frágil imagen de unidad en parte se ha quebrado. Pero tal asunto no deja de ser un simple detalle que apenas merecería comentario. La cuestión de fondo es: ¿quién dirigirá el PSC en los próximos años? Y no me refiero tanto a la persona concreta, sino a la tendencia. El asunto no es fácil de resolver. ¿Por qué?

Porque el PSC se encuentra en una muy difícil situación, quizás la más difícil desde 1980. ¿Cuál es, a mi modo de ver, la causa principal? No creo que quepan dudas, sobre todo si nos atenemos a sus resultados electorales. La causa está en los dos gobiernos tripartitos, en la alianza con ERC y en el proceso estatutario. Los grandes errores del PSC han sido aliarse con ERC (e ICV) en febrero del 2000 para reformar el Estatut; aprovechar los resultados de las autonómicas del 2003, aunque CiU hubiera obtenido más escaños, para formar gobierno con independentistas y verdes; impulsar un nuevo Estatut que nadie pedía para alcanzar el mando en la Generalitat, gobernar rematadamente mal y, encima, repetir el experimento en el año 2006 con Montilla al frente. Si el PSC está en la difícil situación en que está es por estas razones, a las que ahora se añade la pésima situación del PSOE.

Tradicionalmente, se han distinguido dos tendencias dentro del PSC: la catalanista y la afín al PSOE. Desde el año 2000, y muy especialmente desde las autonómicas de 2003, ambas se fusionaron al practicar una misma política. Si Maragall fue elegido presidente en 2003 fue porque Montilla, Iceta y Zaragoza negociaron con Puigcercós, Carod y Saura. Todos son, pues, responsables de la estrategia tripartita que ha alejado del PSC a muchos de sus antiguos votantes. El tripartito, en sus dos versiones, ha sido devastador para todos sus integrantes. Quisieron tocar poder antes de tiempo sin autoridad ni competencia. Intentaron mezclar agua con aceite -izquierda con independentismo- y lógicamente fracasaron. Por tanto, todos aquellos socialistas que han tenido una responsabilidad determinante en el tripartito están condenados a apearse: su continuidad sólo sería prolongar la agonía.

Para configurar la nueva dirección será determinante el resultado electoral del PSC en Barcelona y su área metropolitana. Si contienen el avance del PP, manifestado en las elecciones locales, el sector más pro-PSOE tendrá legitimidad para encabezar la futura dirección. Si no es así, los socialistas catalanes pueden emprender la deriva descendente de los socialistas en Madrid y su entorno desde mediados de los años 90.

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Introducido por Reggio

17 septiembre, 2011 a las 7:18 am

Sublevación compartida, de Justino Sinova en El Mundo

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EL REVÉS DE LA TRAMA

El nacionalismo catalán, como todos los nacionalismos independentistas, se arroga el privilegio de desobedecer a los tribunales. El principio de la igualdad de todos ante la ley y el deber de cumplir las resoluciones judiciales son dos bases del sistema democrático. Nuestra Constitución los recoge de manera taxativa (v. arts. 14 y 118), como cualquier ley democrática que se precie, pero Convergencia y Unión y nacionalismos parejos han decidido saltárselos a la torera (ahora que han prohibido las corridas de toros en Cataluña) y desafiar nada menos que al Tribunal Supremo, cuyo fallo sobre el abuso de la lengua catalana en la enseñanza y la postergación del castellano han dicho que les va a tener sin cuidado. El presidente del Supremo, Carlos Dívar, ha tenido que advertir que todos sin distinción deben respetar las decisiones del Tribunal, pero la Generalitat no ha demostrado aún que se haya enterado.

El nacionalismo acostumbra a dar dos o tres pasos adelante, según las licencias que reciba o la debilidad que atisbe, y uno atrás. No nos extrañemos de que las bravatas políticas de Artur Mas sean atemperadas pronto por una mesura seráfica sobre cualquier cosa y preparémonos para una ulterior ampliación de su desplante. La reforma del Estatut, que lideró sentimental y torpemente Zapatero, causó una peligrosísima parálisis de las instituciones y un agrietamiento constitucional que dieron alas al nacionalismo, que desde entonces está que se sale de sus costuras. Pero ahora, lejos de rectificar tal deriva, el socialismo reincide en soplar las velas del nacionalismo que hace ascos de lo español. Es como si se hubieran propuesto que no falte de nada en el desaguisado.

El apoyo del PSOE a la moción parlamentaria de CiU y otros nacionalistas, que reafirma la imposición del catalán como lengua vehicular en la enseñanza con marginación del castellano, es más que un error; es una sublevación compartida contra el Supremo, que ha ratificado lo que es elemental para quienes no tengan telarañas nacionalistas, partidistas o acomodaticias que les impidan ver la realidad: el castellano, lengua oficial del Estado, es cooficial en las comunidades con lengua propia, lo que significa que en Cataluña, País Vasco y Galicia cualquiera tiene derecho a que se respete su uso del castellano en cualquier ámbito y no se le margine por ello. Es su derecho, no un capricho, que los poderes públicos, nacionalistas o no, tienen el deber de proteger.

La deserción del partido que gobierna en España, subrayada nada menos que por su ministra de Defensa, Carme Chacón, que aplaude (con oportunismo político y desaire a la justicia) la inmersión obligatoria que el Tribunal rechaza como ilegal, es la última coda insensata (ojalá no nos tengan reservadas otras y sea de verdad la última) de unos gobernantes a quienes les ha concernido España no tanto como sus propios intereses.

El PSOE va a abandonar el poder siendo menos socialista (que para muchos es solo un adjetivo), menos obrero (con su habilidad para estimular la destrucción de empleo) y menos español (tras su desenvoltura para inducir estímulos centrífugos). La tarea de recomposición que deja por hacer, aquello que Felipe González llamaba la «herencia recibida», sí que va a ser ahora gigantesca, descomunal.

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Introducido por Reggio

17 septiembre, 2011 a las 7:14 am

¿Nos interesa España?, de Joan B. Culla i Clarà en El País de Cataluña

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El pasado fin de semana, y en entrevista a un diario barcelonés, el anterior presidente de la Generalitat y todavía primer secretario del PSC, José Montilla, afirmaba en referencia a su partido: “No somos ni queremos ser el PSOE, pero sí tenemos un proyecto para España. (…) A nosotros también nos interesa España”. Tanto si se trata de una declaración personal como si es de alcance colectivo, resulta absolutamente respetable. Aunque, leyéndola, uno habría querido meterse en la piel del entrevistador y poder repreguntar: “disculpe, president, pero ¿está seguro de que a los catalanes, como sociedad, todavía nos interesa España?”.

Desde luego, existe un poderoso bloque de fuerzas separadoras (políticas, mediáticas, institucionales, etcétera) firmemente empeñado en que deje de interesarnos y, además, a corto plazo. Su último movimiento hacia tal objetivo ha sido la interlocutoria del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña sobre lenguas vehiculares en la enseñanza.

Por una parte, esa resolución deja en evidencia a aquellos políticos optimistas -como Carme Chacón o su mentor, Rodríguez Zapatero- que, en julio del año pasado, sostenían que el Tribunal Constitucional había dejado el Estatuto prácticamente intacto; la ministra llegó a decir que se había salvado el 95% del texto, ¿recuerdan? Bien se ve que no era así, y que la sentencia le amputó órganos vitales.

Pero planteemos la cuestión de otro modo: después de tres décadas de autonomía, de un cuarto de siglo de inmersión lingüística aplicada sin conflictos dignos de tal nombre y con el aval de numerosas instancias judiciales y hasta europeas, ¿es normal, es razonable que el modelo escolar catalán pueda quedar patas arriba por efecto de la demanda de unas pocas familias encuadradas por grupúsculos castellanistas que llevan 20 años en su particular guerra lingüística? ¿Es democrático que la voluntad, repetidamente traducida en leyes, del 85% o más del Parlamento catalán sea invalidada por partidos que vienen representando el 15% o menos del voto ciudadano, aunque tengan poderosos cómplices togados?

El PP catalán, y en particular su presidenta, Alicia Sánchez-Camacho, repiten como un mantra que hay que respetar “la Cataluña plural y bilingüe”. ¿No está siendo respetada? ¿Puede el PP de Cataluña aportar algún dato, siquiera un indicio, de que esa Cataluña se halle en peligro? Durante la ya larga vigencia de la inmersión escolar -aplicada, hay que decirlo, con grandes dosis de ductilidad y pragmatismo- ¿ha retrocedido acaso el bilingüismo real de nuestra sociedad? Viendo los quioscos, las librerías, las carteleras cinematográficas, las audiencias de radio y televisión, oyendo cómo se habla en bares o autobuses, nadie lo diría. En cuanto al pluralismo ideológico-político, no parece que ser escolarizadas con el catalán como lengua vehicular haya convertido a las nuevas generaciones en autómatas orwellianos; de hecho, el Parlament actual acoge a ocho grupos distintos, más que nunca en su historia.

El problema es otro, y esta misma semana lo resumió con paladina franqueza en su columna uno de los principales inspiradores e ideólogos del partido Ciudadanos, aunque después haya renegado de la criatura. Cito: “La Generalitat tiene razón cuando afirma que, con el sistema actual, los escolares acaban su formación con un conocimiento similar de las dos lenguas. No. La cuestión es simbólica. (…) La cuestión es si puede separarse a alguien de su lengua cuando la lengua es la oficial del Estado donde el alguien nace, muere y paga”.

Y bien, si la cuestión es simbólica -por mi parte, preferiría calificarla de heráldica-, si la única razón que se invoca para romper un modelo educativo de éxito es -repítase con tono enfático y voz engolada- que “el castellano es la lengua oficial del Estado”, ¿no resulta lógico que quienes quieren preservar unas mínimas expectativas de supervivencia para el catalán piensen que divorciarse de ese Estado es la única escapatoria al rodillo asimilacionista?

Estas son, molt honorable president Montilla, las reflexiones que, respetuosamente, me hubiera gustado plantearle. Perdóneme el atrevimiento.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

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Introducido por Reggio

9 septiembre, 2011 a las 7:19 am

La amenaza catalana, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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No se puede amenazar si no se está dispuesto a llegar hasta el final. Es una norma antigua que se olvida muy a menudo. Vivimos días en que proliferan las advertencias solemnes y las amenazas más o menos explícitas. A raíz de las polémicas generadas por la sentencia sobre la inmersión lingüística y la reforma apremiada de la Constitución, las declaraciones de los políticos catalanes (y también de algunos que no lo son) han cogido esta tonalidad incierta que pone en evidencia dos cosas: fatiga extrema y pérdida de confianza en los conductos habituales de contención (no resolución) de un conflicto que antes denominaban “el problema catalán”. En todo caso, cuando la retórica de la amenaza domina el ambiente, la pregunta siempre es la misma: ¿qué hay de verdad en todo esto?

El profesor José L. Álvarez publicó anteayer un artículo sugerente sobre Catalunya y lo que algunos especialistas denominan el poder blando, esto es la seducción, la capacidad de influir, el prestigio, etcétera. Álvarez aporta dos ideas que vale la pena considerar, a propósito de la credibilidad de cualquier desafío democrático: a) las expectativas soberanistas de ruptura crecen más rápidamente “que el capital político, blando o duro, disponible para convertir esas esperanzas en realidades”; b) el catalanismo “lleva demasiado tiempo seduciéndose políticamente a sí mismo, hacia dentro, no hacia fuera”. Comparto totalmente la primera idea mientras podría coincidir en la segunda si no fuera porque “el dentro” y “el fuera” de Álvarez y el mío no son lo mismo. Me explico.

Parece evidente que, en este momento, en Catalunya sólo hay dos formaciones políticas que no están bloqueadas por los problemas internos y, por lo tanto, pueden dedicarse a incidir en la sociedad sin distraerse en otras cosas: CiU, desde el Govern, y el PP, desde la oposición. El PSC y ERC atraviesan una etapa difícil marcada por la falta de liderazgos, la pérdida de espacios institucionales y la necesidad de recolocarse en el tablero de juego; es cierto que ICV tampoco tiene grandes problemas domésticos, pero su dimensión y su vocación de apéndice perenne de los socialistas la hace secundaria a estos efectos. En este contexto, cualquier capital político que deba transformarse desde el catalanismo depende ahora, sobre todo, de CiU. Así lo han dejado claro las urnas. Por otra parte, de entre todos los máximos dirigentes parlamentarios, sólo Artur Mas ejerce un verdadero liderazgo, lo cual es preocupante, porque el president no dispone de interlocutores fuertes para asumir compromisos compartidos que reclaman imaginación, coraje y mucha generosidad. Eso aboca a los convergentes a una gran soledad y a ser, más que nunca, el catalizador inteligente, extremadamente permeable, de intereses y movimientos muy diversos que sólo tienen en común el cansancio creciente de la vía autonomista.

Es cierto que el catalanismo seduce más hacia dentro que hacia fuera. Pero no es un fuera geográfico lo que marcará el éxito o fracaso de un país que, como sentenció el TC, vive bajo sospecha permanente en un Estado que lo trata como un cuerpo extraño. El problema primordial no es la pedagogía catalanista de cara a Europa -cómo apunta Álvarez- sino la extensión de los valores del catalanismo entre aquella parte de la sociedad catalana que no se siente concernida ni siquiera interesada por los planteamientos que parten de la siguiente premisa: la nación catalana es un sujeto colectivo que tiene derecho a decidir su futuro democráticamente. Por suerte, los aires que soplan ayudan a explicar las cosas con un tono nuevo. Cuando la soberanía de los estados es recortada por la UE, la soberanía pierde parte de su carácter sagrado, y eso ayuda a quitar hierro al debate. Es una transformación importante que no nos ahorra, sin embargo, la confusión interna.

Lo he intentado explicar, desde hace tiempo, mediante una metáfora: la mancha de aceite del catalanismo se está calentando pero no sabemos si es mucho mayor de lo que era hace treinta años. He ahí el enigma y la tarea pendiente de los catalanistas. Es indudable que el viejo catalanismo se está haciendo soberanista, como quien agujerea la piedra cada día, pero eso no resuelve la debilidad demográfica del catalanismo en general, que es ser, todavía, un gran desconocido para muchos ciudadanos catalanes, sobre todo en el primer y segundo cinturón metropolitano. La autoseducción del catalanismo tiene mucho que ver con prescindir de esta evidencia estadística y tomar la parte por el todo, una ingenuidad peligrosa aunque la parte movilizada sea -como así es- la más central y la más dinámica del cuerpo social. Cualquier hipótesis en clave secesionista no puede prescindir de esta complejidad, como parece que ocurre en determinados entornos, más ocupados en correr que en fabricar adhesiones. Dicho esto, es obvio que sin una estrategia internacional seria y continuada ni el catalanismo ni su formulación independentista podrán llegar muy lejos. Jordi Pujol rompió este muro, pero ahora se necesita un trabajo de país.

Ante las amenazas que emite periódicamente el catalanismo de manera reactiva, los poderes del Estado no se alarman mucho pero tampoco piensan que sea sólo un sofocón, como se dice a menudo. Observan la sociedad catalana con atención pero se les escapan demasiadas cosas, la plantilla que utilizan es obsoleta. Por ejemplo, no tienen lo bastante en cuenta el cambio generacional ni la desaparición del miedo al conflicto, el legado de la guerra que frenó muchas demandas durante la transición. Una cosa sí que sabe Madrid: mientras la amenaza catalana sea fragmentaria yde calentón, es un fuego dominable, menor. Hay que transformar el espíritu del 10 de julio de 2010 en alta política. ¿Pido demasiado? No. Respeto demasiado España para imaginarlo de otra forma.

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Introducido por Reggio

7 septiembre, 2011 a las 7:16 am

A gente que se asusta, de Jordi Pujol en La Vanguardia

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TRIBUNA

A los que se asustan. Y a los que  no se asustan, pero que se tendrían que asustar. Que son muchos. De hecho muchos, casi todos nos tendríamos que asustar. Y para nuestro país y para nuestra sociedad, según cómo, quizá sería bueno que nos asustáramos. ¿Asustarse de qué? ¿Preocuparse por qué? ¿Por la crisis económica? No únicamente. Este artículo es resultado de una conversación con un buen amigo. Que está asustado, sobre todo, por la crisis económica. Con razón. Pero que no me llama por eso. Le asusta más el hecho de que, según me dice, encuentra a más gente que antes que se declara independentista. Y le preocupan, sobre todo, las consecuencias que eso podría tener para su empresa, que si bien exporta bastante, y cada vez más, sigue teniendo a España como su mercado principal. Teme consecuencias negativas por posibles boicots (reconoce que, hasta ahora, de efectos mínimos) o por pérdida de todo o buena parte del mercado español si Catalunya se convirtiera en país independiente. Eso sería largo de discutir y de respuesta no del todo segura. Pero admitamos que al menos, en un primer momento, este empresario amigo mío -y otros, naturalmente- se vieran perjudicados por la independencia de Catalunya. Expertos que han estudiado esta cuestión en diversos casos de independencia valoran de forma diversa las consecuencias económicas y empresariales de una separación. Y Estonia, por ejemplo, o Eslovaquia o Eslovenia, han superado positivamente la instauración de su independencia. Pero el objetivo de este artículo no es tranquilizar a mi amigo y otros como él ante una supuesta independencia de Catalunya, sino hacerle entender que si eso le da miedo, lo que ha de hacer es ayudar a que el sentimiento independentista catalán no se incremente.

Y precisamente mi amigo puede ayudar a eso. Y me propongo explicarle cómo.

Antes, sin embargo, he de confesar a mi amigo -aunque él ya lo sabe- que personalmente, después de más de sesenta años de actuar en muchos terrenos -el de las ideas, el económico, el político, el de la solidaridad con el conjunto del Estado, el político, etcétera- en un sentido no independentista -más aún, un sentido de lo que hemos llamado un buen encaje de Catalunya en Espanya-, ahora ya no tengo argumentos para seguir haciéndolo. Ahora ya tiene sentido pensar que la independencia sería la solución lógica. Pero no niego que eso a mí también me preocupa. Como le asusta a él. No por mi empresa, que no tengo ninguna. Sino porque habría sido mejor, en muchos aspectos, que la política del encaje hubiera tenido éxito. Pero ha fracasado. Y cada vez es más evidente que los grandes partidos españoles, y la opinión pública española, y la publicada también, no quieren saber nada. Y es que hay un propósito claro de ir diluyendo el autogobierno catalán, de ir arrinconando la identidad catalana, de ir poniendo trabas a la cohesión de nuestra sociedad, de ir frenando nuestra economía.

Todo ello me asusta. Me asusta que la política de residualización de Catalunya pudiera triunfar. Y me asusta lo que habría que hacer para evitarlo. Es decir, que no es sólo mi amigo industrial el que se asusta. Ni muchos como él, y no todos empresarios, sino gente muy diversa.

Pero ya que está asustado, lo que quiero decir a mi amigo -y a muchos como él- es que pueden intentar que las cosas vayan de un modo que no les haga falta asustarse. ¿Cómo? Si invirtieran todo su peso, de una manera abierta y comprometida, en hacer entender que la actitud de España hacia Catalunya ha de cambiar, podría ser que se produjera un giro sustancial en la política española. Hay que convenir que es difícil, pero el riesgo de lo que puede pasar es lo suficientemente grande como para que mi amigo, y muchos más, jueguen fuerte en este sentido. Y pueden hacerlo. El resultado no es seguro, pero lo que se juega mi amigo, y muchos más, y el país es de suficiente trascendencia como para que lo intenten. Que lo intenten de verdad.

Durante los próximos meses y los próximos años -pocos años, el tiempo se acaba para unos y otros- se producirán situaciones en que todo el mundo deberá actuar dando la cara. De verdad. Una de estas situaciones será el pacto fiscal. ¿Habrá de defenderlo el gobierno de la Generalitat él solito, acompañado de un tímido y medio a escondidas apoyo de sectores sociales muy determinados -desde los empresariales a los sindicales, pasando por el mundo intelectual-, o estos sectores y otros lo defenderán con rotundidad? El tema de los partidos políticos y de su grado de unidad es otro que ya se verá, pero que nadie puede utilizar como excusa para justificar ningún tipo de timidez. Y, por cierto, es muy probable que el tema del pacto fiscal se vea agravado por la aplicación que los grandes partidos españoles y las instituciones españolas querrán hacer del reciente acuerdo de equilibrio presupuestario.

Es muy posible que se produzca otra situación crítica en el tema lingüístico. En el del catalán en la Administración y sobre todo, especialmente grave, en la escuela. Y eso sería un casus belli. Menciono estos dos grandes posibles conflictos en un futuro probablemente próximo. Hay más.

Todo eso asusta. Debe asustar a todo el mundo. Asusta el conflicto, y sus posibles consecuencias -como bien dice mi amigo-, pero también asustaría que el país aceptara que se lo empujara hacia el ahogo económico, hacia la creciente dificultad en atender a las necesidades sociales de los ciudadanos y, por lo tanto, a su cohesión. Y hacia la insolvencia de las finanzas públicas de la Generalitat, hacia el ahogo económico, hacia una asfixia creciente de los elementos básicos de nuestra identidad como país, empezando por la lengua.

Por tanto, ami amigo le digo: “Yo tampoco me querría tener que asustar. Incluso por coherencia con sesenta años de compromiso político, social y nacional. Y entiendo que desees no tener que asustarte. Pero eso sólo lo podemos evitar con una acción muy decidida, rotunda, enérgica de todos juntos. De los políticos, evidentemente, pero también, y tanto o más que de los políticos, de gente como tú. Que sois muchos, con prestigio y autoridad cívica y moral… Y con motivo para estar asustados. Como tanta gente.

Una actitud y una reacción de verdad. No del estilo “te reclamo eso, pero tú ya me entiendes…”. No para quedar bien o medio bien (medio bien, pero que no engaña ni a los de allí ni a los de aquí), sino con el riesgo de que este compromiso pueda comportar. Que siempre será menor que la disolución de la personalidad de Catalunya y nuestra gradual decadencia económica y social.

Querido amigo, poco o mucho todos estamos asustados. O habríamos de estarlo.

También lo tendría que estar España que ha pasado en cinco años de creerse quién sabe quién y de la mentalidad de nuevo rico a tener que reconocer sus errores. Y a bajar unos cuantos peldaños. Bastantes. De golpe. Y que, por tanto, habría de intentar sumar y no restar, de fortalecer activos y valores aunque sean catalanes. Pero todo indica que no lo hará. Y Catalunya no puede esperar mucho. Sólo iremos adelante por nuestro esfuerzo, nuestro fortalecimiento interno y la preservación de nuestra dignidad. Y por no tener miedo. Es menester que seamos prudentes, pero sin renunciar. Entre otras cosas, porque si no reaccionamos de verdad – de verdad, repito, no sólo aparentándolo-,nos convertirán en una sociedad amorfa y sin empuje, y esto también te afectará a ti.

Jordi Pujol, ex presidente de la Generalitat de Catalunya.

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Introducido por Reggio

4 septiembre, 2011 a las 7:10 am