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La muerte de Pradera (1), de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

¿A qué hora se murió Javier Pradera? Echo a faltar este dato después de leer tantos y tan agobiantes artículos necrológicos como le ha dedicado El País, ese periódico que fue “tan suyo” hasta 1986. Uno de nuestros inveterados rasgos culturales es la desmesura con que despedimos a los muertos relevantes. O les construimos una peana, o los ninguneamos con artículos de ocasión, improvisación pura, como fue el caso reciente de Ignacio Fernández de Castro. Imagino el sarcasmo de Fernández de Castro si llega a leer su necrológica, en la que le quitaban diez años y olvidaban tantas cosas, empezando por lo que significó para él su participación en la guerra civil, voluntario franquista, modelo de guerrero, herido y laureado, cuya evolución política hasta la fundación del Felipe (FLP), merece mucho más que admiración. Merece respeto.

Por eso echo a faltar que todos esos maestros de la pluma, de la edición y de la cultura que han dedicado a Javier Pradera tantos adjetivos, se olvidaran del dato. ¿A qué hora le tocó la muerte? Ya sé que salvo los suicidas no se escoge ni el día ni la hora, pero que Pradera fuera a morir un 20-N y además tras la jornada electoral más desastrosa del PSOE en la historia de la democracia, no es un dato baladí. Quizá una ironía del destino; brutal y patética. ¿Esperó a saber los resultados y se echó a dormir el sueño eterno? ¿O sencillamente no quiso enterarse, ni estaba ya para pendejadas?

Difícil que se hubiera sustraído a la tentación, si le quedaba una pizca de aliento. Toda su vida estuvo marcada por la política.

Apenas niño, recién empezada la guerra, los republicanos asesinan a su padre y a su abuelo; dos pivotes fundamentales en el levantamiento del 18 de julio. Vivirá de manera intensísima la conciencia de ser hijo y nieto de dos próceres, mártires de la Cruzada. Un huérfano de guerra cuyo apellido estaba escrito en las piedras votivas. Los huérfanos aprenden a vivir su soledad mucho antes que los demás. Vivió los años 50, como un hombre maduro, con un compromiso ético que se fue debilitando con el tiempo. Venía del fascismo implacable, ése que primero se metió bajo las alfombras y luego cubrieron las moquetas de la transición. “Me acuerdo que el día que Hitler inició la contraofensiva en las Ardenas, mi madre nos despertó a mi hermano y a mí en plena noche para decirnos que no olvidáramos aquel momento: Hitler empezaba a ganar la guerra”. Esos dos hermanos, quince años después, serían militantes destacados, uno del PSOE, en San Sebastián, cuando los socialistas se contaban con los dedos de una mano, y el otro, en el PCE, cuando la militancia se contaba con las dos.

Javier Pradera empezará como ayudante del catedrático más importante del fascismo español, el creador del caudillaje, Javier G. Conde; un nazi convicto que pasará pronto a autoritario y luego a ejercer de liberal en la intimidad. La oposición silenciosa, que dicen ahora. Pradera hará una tesis sobre los fundamentos del pensamiento de extrema derecha, que nunca querrá publicar. No por problemas ideológicos sino por un prurito que mantendrá toda su vida: la conciencia de no saber construir un libro, ni siquiera un trabajo largo. Los buenos abogados no suelen escribir bien, ni lo necesitan. Lo suyo era la dialéctica en sentido estricto; polemista brillante, con una inteligencia aguda y un acusado sentido del ridículo. Pertenecía a una generación de maestros verbales, casi ágrafos. Grandes lectores en su tiempo, luego picoteadores de libros. Estoy convencido que llevaba décadas sin leerse un libro entero, picoteaba en lo que le interesaba.

¡Los años 50! Aquellos pioneros del pensamiento de izquierda, clandestinos hasta del aliento. Una generación aún por explicar. Martín Santos, Aldecoa, Martín Gaite, Alfonso Sastre, Manolo Sacristán y los excéntricos hijos del ex ministro y fascista irredento Rafael Sánchez-Mazas: los Sánchez Ferlosio. Con una de ellos se casará Pradera. Su detención en 1956 causará una conmoción sólo comparable a la que en el 64 protagonizará el hijo comunista del ministro de Aire, Lacalle Larraga. En el PCE, en el que ingresa a través del entonces poeta Enrique Múgica Herzog, futuro ministro socialista entre otras muchas cosas, conoce a Jorge Semprún.

Serán inseparables en la medida que son inseparables las familias de prosapia; coinciden pero no se suman. Uno es un Maura -Jorge- y él, un Pradera, nieto de Don Víctor; dos instituciones de la monarquía alfonsina.

Luego la crisis de los comunistas españoles en el 64. Más que irse con Claudín y Semprún, la verdad es que Carrillo le forzó a marcharse, porque para un desconfiado patológico, un Pradera siempre estará más cerca de un Maura que de un tipo de Gijón que aún no sabe quién es Gramsci ni Lukács, ni le interesa un carajo. La travesía del desierto político de Javier Pradera la recorrerá en el mundo editorial, al que había llegado por el PCE, y que luego correrá por su cuenta. Nunca fue un buen editor, para eso se necesita constancia, descaro, dosis de frivolidad, habilidad negociadora y capacidad de trabajo. Pradera tiene algo que le diferencia: sabe escoger a los colaboradores. No es que sea vago sino indolente; ese rasgo de los ricos venidos a menos.

Aunque al final no se sintiera muy orgulloso de esa época, su momento estelar fue El País durante la primera década; desde 1976, que nace, hasta el referéndum sobre la OTAN, que provocará su abandono del diario durante un período, y al que volverá pero sin ser ya el mismo. Porque lo curioso de Pradera es que era un articulista torpe, exento de capacidad narrativa o pedagógica, y sin embargo era un excepcional editorialista. Debió de ser en sus años de esplendor, en 1983 o 84, etapa en la que ejercía de asesor áulico de Felipe González, cuando me soltó algo que entonces me dejó perplejo: “He conseguido lo que siempre quise hacer; escribir y no firmar”. Los mejores y más significativos editoriales de El País son suyos, y nadie le disputará esa categoría, por muy académicos que sean.

El timón de El País fue suyo, políticamente hablando, porque su capacidad dialéctica y su veteranía no tenían parangón. El sueño de llevar al PSOE hasta el poder tuvo en él a un protagonista; me refiero al PSOE de González y de Guerra, entonces inseparables. Se había acostumbrado a mentir riéndose, porque la política  es un ejercicio que exige a menudo escamotear la verdad, pero su PSOE fue el de Felipe y Alfonso, al que animó a prologar La Regenta de Clarín, cosa que solía negar con cierto desdén de aristócrata ofendido, pero que fue cierta. Tan cierta como imposible.

Encontró en Felipe González al dirigente que necesitaba, porque la ambición de Pradera no era ejercer el poder sino orientarlo, y en eso está su singular condición de intelectual español de la segunda mitad del siglo XX. Intuyo que a él no le gustaría la comparación, pero no aspiraba a ser el Maquiavelo de El Príncipe, porque para eso se necesitaba pelear y moverse, y él era un conspirador cansino y hablador, algo impensable para seguir al Príncipe en sus tortuosos caminos. Lo suyo tenía más que ver con El Gatopardo y su hálito de orden, sensatez e ilustración; conoce lo suficiente el pasado para tratar tan sólo de reformarlo, sin alharacas ni temeridades. El Príncipe de Salina siciliano sabía de sus limitaciones, y no por falta de talento, al contrario, sino por carencia de entusiasmo.

Zapatero, es obvio decirlo, representaba todo lo que él despreciaba en un político. La derrota del PSOE -ese partido por el que Pradera había hecho tanto- en un día tan señalado como el 20-N no podía menos que acercarle al abismo; por la fecha y por el resultado. Sólo a un vendedor de humo, con cero memoria histórica, se le ocurriría convocar elecciones en día tan señalado. A partir de ahora el 20-N tendrá en su haber cuatro muertes. La de José Antonio Primo de Rivera, la de Franco, la de Javier Pradera, y barrunto que también la de aquel PSOE al que sirvió.

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26 noviembre, 2011 a las 8:20 am

Semprún y Pradera en Biriatou, de Patxo Unzueta en El País

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Los amigos de Jorge Semprún, entre ellos Javier Pradera, fallecido el pasado domingo, han organizado un homenaje al escritor y político en la localidad fronteriza que inspiró un poema de otro desterrado: Unamuno

La mujer que ha conducido el coche en el que Federico Sánchez, también llamado Rafael Artigas, Juan Larrea, Ramón Barreto o, en fin, Jorge Semprún, ha cruzado por Behobia la frontera franco-española, camino de París, y a la que ha pedido que le acerque a un pueblecito vasco, Biriatou, situado a escasa distancia, en una desviación de la carretera principal, sobre una colina desde la que se divisa el curso final del Bidasoa hacia la mar cantábrica, le ha preguntado si el motivo de querer ir a ese lugar guarda relación con algún recuerdo de infancia. El viajero clandestino le responde: “casi; tenía 15 años la primera vez”.

Muchos años después, siendo ya ministro de Cultura, se publicó el libro que aquí se tituló Adiós, luz de veranos…, en el que Semprún rememora esa conversación con la conductora y se pregunta si fue entonces cuando por primera vez pensó que deseaba ser enterrado en el “pequeño cementerio” de Biriatou, “arrimado a una rústica y agreste iglesia”. En este “lugar fronterizo, patria posible de los apátridas, entre los dos ámbitos a los que pertenezco (…), en la vieja tierra de Euskal Herria”. Y añade que pediría asimismo que su cuerpo fuera envuelto “en la bandera tricolor de la República”. No porque haya dejado de pensar que la Monarquía parlamentaria es “en las condiciones actuales el mejor sistema posible para garantizar la democracia y mantener la cohesión los diferentes componentes nacionales de España”, sino como expresión de “una fidelidad al exilio y al mortífero dolor de los míos: aquellos en quienes no dejo de pensar, aún hoy, en la terraza umbrosa de Biriatou cuando regreso allí”.

El viajero clandestino no había olvidado esa primera vez en la que el joven escolar, a punto de reintegrarse al Liceo Henri IV de París para cursar sexto de bachillerato, estuvo cenando en la terraza umbrosa de un restaurante de ese pueblito, el 22 de agosto de 1939. No duda de que era esa fecha porque recuerda perfectamente que un día después, el 23, se produciría un hecho histórico, la firma del pacto germano-soviético, que la mayoría interpretó como signo de la proximidad de la guerra. Pero también es una fecha personalmente inolvidable para Semprún por algo que ocurrió, o que le ocurrió, aquella noche.

Acababa de llegar en compañía de un amigo de su padre al chalé de Biarritz de un armador de unos 55 años, cuya mujer, Hélène, rubia y francesa como la Isabel de Blas de Otero, de unos 40, era una señora “espléndida, deslumbrante”, que tras interesarse por los gustos literarios del joven exiliado español intentó seducirlo, con pleno éxito, después de que, en un alarde de osadía que a nadie sorprendió tanto como a él mismo, el escolar le dijera que le recordaba a la protagonista de Belle de jour. Ella respondió que había una diferencia, porque la heroína de la novela de Joseph Kessel buscaba en el prostíbulo los placeres brutales de carreteros o descargadores del puerto, y eso ella ya lo tenía en casa; y que lo que le atraía era llevar a su cama a jóvenes poetas románticos.

Catorce años antes, pero también un 22 de agosto, el desterrado Miguel de Unamuno llegaba a Hendaya desde París tras haber escapado de la isla de Fuerteventura, a la que había sido deportado por la dictadura de Primo de Rivera. En Hendaya permanecerá durante cinco años, hasta 1930. En 1928 aparece en una editorial de Buenos Aires el Romancero del destierro, especie de “diario íntimo vertido en sonetos”, según su propia definición. Entre los poemas recogidos en la obra figura uno con título en lengua vasca, Orhoit gutaz, palabras que toma de una placa con los nombres de los 11 hijos de Biriatou muertos en la Gran Guerra que descubre en un muro de la iglesia del pueblo. Desde el hotel de Hendaya en que se hospeda, el Broca, luego llamado “de la Gare”, Unamuno acostumbra a dar paseos por los alrededores, frecuentemente hasta Biriatou. Le impresiona la frase que figura al pie de los nombres de los 11 vecinos “morts pour la patrie”: Orhoit gutaz, o sea “acordaos de nosotros”. Un ruego procedente de personas anónimas: con nombre y apellido pero sin historia, como los pueblos sin escritura, de tradición oral. Unamuno los imagina campesinos iletrados, “oscuros hijos sumisos del hogar / henchido de silenciosa tradición”. Acordaos de nosotros: una súplica que recuerda la de François Villon, a punto de ser ahorcado, en 1461: “Hermanos humanos que viviréis después, / no tengáis contra nosotros el corazón endurecido”.

Jon Juaristi dedicó un capítulo de su Bucle melancólico a ese poema de Unamuno. Poco después de la aparición del libro, a fines de 1997, publicaría un artículo en este periódico, De Fuerteventura a Bilbao (EL PAÍS, 16-3-1998) en el que comenta que si Primo de Rivera pretendía con la deportación “doblegar el ánimo” del escritor bilbaíno, “escogió un mal lugar para intentarlo porque Fuerteventura dio a Unamuno una segunda juventud, la de los amores otoñales”.

Del contexto se deduce que Juaristi se refiere a la buena acogida y trato que dispensaron a Unamuno las “nobles gentes” de la isla, que despertaron en él un “brío de mocedad” que se trasladaría a las páginas escritas en los años de destierro. Sin embargo, es posible que esa expresión guardase relación con un episodio poco conocido de la vida del escritor: la visita que en los primeros días de julio de 1924, mientras preparaba su evasión de la isla, recibió de una poetisa argentina, Delfina Molina, de 43 años (él tenía 59) que desde 1907, teniendo ella 28, le escribía cartas, al comienzo de admiración y luego de franca confesión de amor. Ignoro si Juaristi, especialista en Unamuno, conocía ese episodio cuando se refirió a “amores otoñales”. El libro que rastrea toda la correspondencia entre el escritor bilbaíno y la argentina (Delfina, la enamorada de Unamuno, de María de las Nieves Pinillos) fue publicado un año después del artículo de Juaristi.

En la biografía de Unamuno de Colette y Jean-Claude Rabaté, publicada por Taurus en 2009, se sigue la pista de esa correspondencia. En 1912, Unamuno dedica un artículo que envía a La Nación, de Buenos Aires, a “una joven poetisa argentina, sin habernos conocido mi amiga entrañable”, mensaje al que ella responde con un emocionado “sentí morir”. No se verían más que esa vez de Fuerteventura. Ella se presenta en la isla con su hija, Laura, y el escritor les cede su habitación del hotel, yéndose él a casa de unos amigos. Aunque ella insistirá en volver a verlo, él tiene otras preocupaciones y, según la biografía de los Rabaté, la mayoría de las cartas posteriores de ella (hasta 1935) quedaron sin abrir.

Unamuno y Semprún. Y Pradera. En el último artículo que publicó en la revista Claves (“La extraterritorialidad de Jorge Semprún”; julio / agosto de 2011) Javier Pradera relacionaba a los dos desterrados a través de su vinculación con Biriatou. Pradera era por el lado paterno oriundo de Sara, en el País Vasco francés. Hoy no podrá estar en la aldea donde los 11 vecinos muertos en la I Guerra Mundial y los dos que se añadieron a la lápida tras la Segunda nos piden que no les olvidemos. Que no tengamos contra ellos un corazón endurecido.

Javier Pradera no lo tuvo contra quienes le ofendieron en vida y estos días le piden cuentas por su pasado comunista. Un amigo suyo, Ramón Recalde, escribió a propósito de esos que “solo pasivamente” estaban contra Franco y ahora reprochan a los que lo estuvieron activamente su pasado izquierdista: “Me resulta difícil tener que hacerme perdonar (…) por los que no lucharon contra la dictadura en el momento en que deberían haberlo hecho y hoy despliegan su buena conciencia apuntándose a la democracia o a los nacionalismos sobrevenidos”.

Pradera: en una conversación telefónica mantenida tres o cuatro días antes de partir para su propio Largo viaje -como el que convirtió en su primer libro Semprún-, le dijo al periodista Juan Cruz que no podría estar en el homenaje de hoy en Biriatou. “Ya te enterarás por qué”, añadió.

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26 noviembre, 2011 a las 8:14 am

Eminencia gris de la democracia, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

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Por lo menos desde que Aldous Huxley retratara al père Joseph, confidente y mano derecha de Richelieu, sabemos que los calificados de “eminencia gris” son personajes eminentes, pero no grises. Lo de gris les viene por querer estar siempre fuera de foco, en un voluntario segundo plano, es decir, en preferir la influencia al poder.

Así era Javier Pradera, fallecido el pasado domingo en Madrid, aunque con un importante matiz: no estaba al servicio de persona alguna sino sólo de las ideas democráticas, de los valores de libertad e igualdad en que están basadas. Por eso, por esa dedicación exclusiva y absorbente, nunca tuvo cargo político alguno y, sin embargo, desde hace casi sesenta años, ha sido extraordinariamente influyente en la política española; es más, su vida política y profesional es indisociable de la historia del antifranquismo, la transición y la democracia.

En efecto, siendo estudiante de Derecho ingresa en el PCE y es un miembro destacado en las protestas estudiantiles de 1956 por las cuales es detenido y procesado. Lo significativo de su posición política es que su padre y su abuelo, el conocido político tradicionalista Víctor Pradera, habían sido asesinados en San Sebastián en julio de 1936, tras el golpe militar, por las milicias republicanas. Él era, por tanto, hijo y nieto de “mártires de la Cruzada” y, sin embargo, conspiraba contra Franco a favor de la reconciliación de todos los españoles y era coautor de un manifiesto en el que se reconocía que sus firmantes eran “hijos de vencedores y vencidos”. Era el peor daño que podía hacerse a la dictadura: hasta los más inteligentes vástagos de las “familias del régimen” la repudiaban.

En aquellos años, su actividad clandestina fue intensa hasta que en 1964, siguiendo a Claudín y Semprún, abandona el PCE en desacuerdo con la línea oficial de Santiago Carrillo. A su vez, ya había comenzado su carrera como editor colaborando con Arnaldo Orfila en el Fondo de Cultura Económica y, poco después, en la editorial Siglo XXI, fundada por el mismo Orfila y Faustino Lastra, esta segunda más escorada hacia la mejor producción intelectual marxista de la época. De activista político ha pasado, pues, a activista cultural. La finalidad es parecida, si no la misma: quizás influido por Antonio Gramsci sabe que en el camino hacia el socialismo la hegemonía cultural es presupuesto de la hegemonía política.

El paso siguiente será el más decisivo de su vida: colabora en la fundación de Alianza Editorial en 1966. Allí Pradera dirige aquella mítica colección de libros de bolsillo que determinaron -junto a las revistas Triunfo, Destino y Cuadernos para el Diálogo- la evolución cultural española desde entonces hasta la muerte de Franco. A buenos precios, exactamente 50 pesetas, en pequeño formato muy bien editado, con las famosas cubiertas diseñadas por Daniel Gil, allí estaba todo: literatura, filosofía, política, historia, ciencia, sociología, izquierdas, derechas, centro. El activista político pretendía vertebrar culturalmente a la sociedad española con el fin de prepararla para la democracia.

Alianza fue fundada por José Ortega Spottorno quien en 1976, con el decisivo respaldo empresarial de Jesús Polanco, saca a la calle el diario El País. Allí va Javier Pradera como pieza principal, sobre todo en los diez primeros años en que ocupó el cargo de jefe de opinión y editorialista político. Si Alianza Editorial vertebró en su tiempo la cultura española abriéndola al mundo, El País fue decisivo en la vertebración de una opinión pública democrática. No se puede entender el cambio político en España sin tener en cuenta El País como instrumento de comunicación común. A mediados de los ochenta deja sus cargos de dirección en el periódico pero, poco después, pasa a ser articulista semanal. En los últimos años firmaba columnas miércoles y domingo, siempre una referencia para los más avisados. Además, junto a Fernando Savater, en 1990 funda y dirige la revista mensual Claves,también del grupo Prisa, otro eje básico y fundamental de nuestra cultura democrática.

Conspirador político, agitador cultural, creador de opinión, Javier Pradera ha sido un intelectual de primera fila y, visto desde la perspectiva de hoy, quizás el más influyente para que el desarrollo de España a partir de 1960 no consistiera tan sólo en aumentar la renta per cápita sino también en crecer en cultura y convivencia política.

Alto, desgarbado, adusto y mordaz, este donostiarra nacido en 1934 no ha querido tener poder político, ni siquiera ser consejero de príncipes, sino que se ha limitado a cumplir con el deber que se impuso en su juventud: ser un intelectual de referencia para la izquierda democrática española. Curioso universal, culto, disperso, buen jurista, buen pedagogo, antidogmático, cosmopolita, nunca dejó de ser un resistente frente a las modas posmodernas: sólo en la tradición ilustrada, en la razón, encontraba los buenos argumentos. El día en que murió salió publicada su última columna, seguramente escrita dos días antes. Siempre llegó hasta el final en todo aquello que se propuso.

Francesc de Carreras , catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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24 noviembre, 2011 a las 7:16 am

Vio en 2006 la recesión de España, de Carlos Segovia en El Mundo

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ANÁLISIS

Luis Ángel Rojo impartió una conferencia en 2006 que ha terminado haciendo historia por su lucidez y que pone de relieve la pérdida que supone su fallecimiento para la inteligencia económica española. Era el 24 de octubre de aquel año en un acto organizado por la Fundación Caja Duero por el 125 aniversario de la entidad y allá, en Salamanca, se mostró preocupado por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria estadounidense y cómo ésta arrastraría a la española. «Depende en gran medida de EEUU, que posiblemente entrará en una fase de debilitamiento de su tasa de crecimiento que llevará a España a una recesión».

«No estamos en una etapa de recesión en España, puede que sí dentro de un año o dos», auguró el ya entonces jubilado ex gobernador cuando la economía crecía entonces al 4% y hacer predicciones de este tipo parecían locuras.

Criticó también «la desrregulación del sector financiero en la que estamos insertos» y la política expansiva de la Reserva Federal en una etapa en la que su titular, Alan Greenspan, gozaba aún de la veneración de los mercados y analistas.

Atacó además en aquella conferencia el patrón de crecimiento basado en el ladrillo. Se declaró «poco partidario del mundo inmobiliario» y lamentó que la apuesta por él restaba recursos en otros sectores.

Lo incomprensible ahora es que si Rojo gozaba de tanto predicamento en el propio Zapatero -que le consultó sus primeros nombramientos en 2004- el entonces vicepresidente segundo, Pedro Solbes, y el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, ninguno de ellos tomara las medidas necesarias ya entonces para paliar el estallido de la burbuja inmobiliaria. Coincide además que la predicción de Rojo era calcada al informe remitido a Solbes y a Ordóñez meses antes por la Asociación de Inspectores del Banco de España. No obstante, el ex gobernador siempre defendió a Solbes y en octubre de 2008, cuando ya sabía de las fricciones crecientes de éste con Zapatero, pidió que el vicepresidente continuara en el cargo por ser «una persona extraordinariamente capaz».

La conferencia en Salamanca fue útil también para acercarse en poco tiempo al pensamiento de Rojo, su pasión por las teorías de Keynes, la importancia que otorgaba a «la independencia de los bancos centrales de los políticos», su repudio tanto al franquismo como «al desastre económico del comunismo» y su decepción por la jubilación. «Los jubilados nos aburrimos muchísimo», proclamó, dando idea de que ser consejero de Botín no le llevaba mucho tiempo. «Retrasar la edad de jubilación acabará ocurriendo sin duda», sentenció. Zapatero la ha retrasado cuatro años y medio después.

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25 mayo, 2011 a las 7:17 am

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Un papel emborronado, de Pablo Vázquez en La Vanguardia

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TRIBUNA

Hace un cuarto de siglo,  en un despacho de la calle Alcalá 50 de Madrid, sede del Banco de España, nació Fedea. En una hoja de papel emborronada por la letra de Luis Ángel Rojo, había una lista de los primeros patronos. José Vilarasau, Luis Valls, Pablo Garnica, Pedro Toledo, Emilio Botín y algunos otros, representando las principales empresas privadas del país. Había también una proyecto: generar un centro de investigación que aportara argumentos rigurosos e independientes al debate económico que comenzaba en nuestro país.

Nunca quiso, entiendo que para evitar una posible contaminación de la política, que el sector público estuviera representado en la institución más que por el Banco de España. E incluso en el caso del regulador financiero, sería un director general de la entidad y no el gobernador el que ostentaría la responsabilidad de patrono. Con las cosas relevantes, D. Luis Ángel era bastante claro.

Hace algunos meses, la celebración de los 25 años de Fedea se transformó en buena medida en un homenaje al profesor Rojo, no sólo como inspirador de la institución sino como un referente que llevaba un tercio de su vida vinculado de forma ininterrumpida a Fedea, primero como presidente del comité científico y posteriormente -cuando abandonó sus responsabilidades en el Banco de España- como patrono.

D. Luis Ángel, sentado en la última fila del empinado anfiteatro del Banco de España, que a más de uno nos resulta difícil bajar, rindió con su presencia un ultimo servicio a la institución: testimoniar que a pesar de los errores que cometemos los que hoy llevamos adelante este proyecto, merece la pena -por el bien de nuestra sociedad- seguir apoyándolo.

Las instituciones se consolidan cuando sobreviven a sus creadores. Aquella hoja emborronada de hace 25 años, que ya incluía la célebre f como anagrama de la casa, se ha convertido hoy en 650.000 citas en la red; centenares de economistas que se esfuerzan todos los días por trabajar con rigor se han vinculado de una u otra forma con este proyecto a lo largo de estos años. Hoy la disciplina de la economía y las entidades que tratamos de cultivarla somos lo que somos en nuestro país gracias a la labor de una persona extraordinaria en tantas dimensiones; una mente preclara que decidió dedicar parte de su tiempo no sólo a avanzar en la teoría económica, sino también a ser un fabricante de instituciones. Gracias.

Pablo Vázquez , director de Fedea.

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25 mayo, 2011 a las 7:15 am

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Adioses generacionales: Joaquín Ibarz, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

No sé si es para sentirse orgulloso,  pero de un tiempo a esta parte a los periodistas nos está empezando a ocurrir como a los poetas. Que ganamos mucho en la estima de quienes nos leen y de quienes nos mandan, cuando morimos. A lo mejor es sólo una maligna impresión, pero yo creo que al morir crecemos. Las elegías mortuorias nos asemejan a los jodidos poetas. ¿Qué mayor elogio para esta vieja profesión, que además de los políticos y las putas, las tres pes que marca la tradición, tengamos ahora la equiparación con los poetas, aunque sean muertos? Y hasta de seguro que hay quien está pensando ya en un premio, el Joaquín Ibarz de periodismo. ¿Y a qué lo darán? ¿A la trayectoria? ¿A la coherencia? ¿A la profesionalidad? Si yo tuviera que escoger un lema para unir al del Joaquín Ibarz, elegiría “la voluntad”.

Una voluntad de independencia que llegó hasta el final sin convertirse en un funcionario de la información.

Joaquín Ibarz murió en Zaidín, un pueblo de Aragón donde se puede decir que hay una raya donde unos vecinos hablan castellano y otros catalán, una línea invisible de vecindad. Deberían fletar autobuses, desde toda España, incluida Catalunya, y de paso echarían una mano al proyecto más hermoso e insólito que se le ocurrió a persona alguna que no fuera Ibarz. Crear un museo de objetos populares de toda América Latina, con preferencia mexicana, que él había ido acumulando durante muchos años. Lo bautizó La Casa de Usted, o así quería llamarlo, a la manera de tantos lugares americanos donde cuando uno entra en casa ajena le agasajan con tan hermoso miramiento.

Me temo que sólo la voluntad de Ibarz hubiera hecho posible un proyecto tan bonito.

Llegó a comprar el caserón vecino, gastarse los dineros en acondicionarlo, embarcar en Veracruz, como en una gesta antigua, las tropecientas piezas que habían de llegar al puerto de Barcelona en febrero… y murió en marzo. Le visité en enero, consciente de que ya no le volvería a ver. Echado en la cama, mimado por los suyos, peleaba con la muerte inevitable. “La semana próxima empezaré rehabilitación”. Ese sopor que va cubriendo el cuerpo mientras la cabeza rige y puja por vencer al tumor. Todavía seguía fiel a su máxima y trazaba planes. La voluntad inagotable.

Tenía 67 años vividos intensamente. Había pasado por todo lo importante que sufrió y gozó América Latina en las últimas tres décadas. Un privilegio profesional y humano que no creo que tenga parangón. Quienes trabajaron con él no lo olvidarán, los lectores tampoco. Eso solo constituye el mayor elogio para un periodista. Sobrevivió a catástrofes, revoluciones, contrarrevoluciones, balaceras, mafiosos, corruptelas, al PRI, al PAN, al narcotráfico, e incluso a la próstata. Pero un día se levantó -él, la voluntad en persona- y no pudo ponerse la camisa. Eran las vísperas de un partido de fútbol histórico -nadie es perfecto-, y asomó la muerte.

Con toda probabilidad no dejó nada escrito sobre su trayectoria periodística, y creo que pocos profesionales podían haber plasmado los avatares del gremio como Joaquín Ibarz. A nadie se le ocurrió ponerle ante un aparato y hacer ese ejercicio necesario de mirar hacia atrás. Hubiera sido un lujo y además un instrumento de conocimiento imprescindible para una historia sobre la que apenas si hay algo decente. Los años sesenta en Barcelona vistos por un reportero todoterreno. Y luego el tardofranquismo, los años volcánicos, donde había dos mundos: el vivo y el que se podía contar.

Pocos como él podían burlarse de las leyendas. ¡Como a alguien se le ocurra ir a las hemerotecas se llevará un chasco! “El espíritu de Tele/eXpres”, escriben ahora algunos voluntariosos. ¿Han echado una ojeada a aquel modesto diario de la tarde, donde lo único importante es que ahí empezó la generación periodística que se consolidaría en los 80? En fin, no quiero meter el dedo en el ojo de la evidencia, pero ¿repasamos la lista? ¿Quién sobrevivió haciendo aquello en lo que creía? ¿Recordamos a Huertas Clavería, otro poeta muerto, y el artículo de marras, y las reacciones a su encarcelamiento? Joaquín Ibarz fue testigo de excepción de asambleas y manifestaciones, y lo contaba muy bien, con pelos y señales, muchas señales. Y la muerte de Franco, y “Libertad, amnistía y Estatut de autonomía”. Habría que contar el cambio de ciclo que vino luego.

El final de la hegemonía de la presunta izquierda en Catalunya. La aparición, digo bien, aparición del pujolismo. Lo que significó para el periodismo, no digo ya para la sociedad, el asunto Banca Catalana.

Es significativo que Joaquín Ibarz optara por abandonar España y marcharse a México. Eso le libró de vivir la metamorfosis. Le bastaban los veranos para encontrarse con los antiguos colegas y descubrir que las viejas historias parecían nuevas de tanto como habían cambiado. “Fulanita se pasó la cena hablando de la blusa de Carolina Herrera que compró en Nueva York”. “He escuchado a zutano haciendo elogios del corrupto presidente de Venezuela, porque su empresa hace negocios con él”. “¿De verdad no crees que en España ha pasado algo con nuestra profesión?”. No necesitaba preguntar, lo sabía él tan bien o mejor que nosotros. Igual que se dice que hay animales políticos, era un animal periodístico. Todo lo transformaba en texto; artículo, entrevista o reportaje.

¿Y los viajes de los políticos españoles por Latinoamérica? Contados por Ibarz hubieran dado para un libro desternillante. ¿Y sus mediaciones con el poder mexicano para introducir a tal o cual político catalán, al que en el Distrito Federal, y en toda la República, no conocía nadie? Todo eso está irremisiblemente perdido, tan perdido como él. ¿Quién iba a interesarse por eso? El poder, los medios, esas asociaciones y colegios profesionales, comederos de mediocres acojonados, están en otra cosa. Están en su supervivencia. Porque el gremio, como periodismo independiente, vive horas bajas y ha colocado un cartel inmenso con letras cifradas, que sólo nosotros podemos leer, para que lo repitamos como un mantra: conserva lo que tienes y no te menees.

No creo que fuera una buena idea la de ofrecerse voluntario para reportear el terremoto de Haití, porque hay una edad para cada cosa. Pero lo entiendo. Quedarse quieto contemplando cómo una parte de tu territorio está viviendo la gran catástrofe y que tú no puedas contarla porque te has hecho mayor, y empiezas a estar jodido. También esa tentación, tan clásica como infrecuente, y que sólo se da en los grandes, la de pensar que la mejor muerte de un periodista se reduce a escribir tu último artículo. Llegará a decirlo cuando le ingresen en el hospital: “Hubiera debido morirme en Haití”. Es la grandeza del reportero; cuando se hace mayor evoca las veces que ha estado a punto de morir y apela a la suerte, al destino, a la ley de probabilidades, y se relaja. Le pasó al gran Capa, ¿qué frente no fotografió, qué batalla no vivió como combatiente?, y allí estaba abandonada una cagarruta de mina vietnamita que lo llevó por delante.

Me temo que esta profesión mía no sea consciente de lo que significa la muerte de Joaquín Ibarz, por mucha entraña que le pongan y mucho adjetivo mortuorio que la edulcore. Al fin y al cabo, él venía de México, donde a los periodistas los matan en una desigual pelea entre contar lo que ocurre u ocultar lo que sucede, y llegaba aquí, donde el mayor peligro periodístico se reduce, hoy por hoy, a que algún colega fallezca de un empacho de entusiasmo por la cocina de Ferran Adrià o la Ruscalleda. Soy consciente de que con él desaparece un referente profesional y al mismo tiempo un cómplice. ¿A quién le voy a contar ahora el diálogo, digno de Mario Puzo en El Padrino, entre López Tena y Duran Lleida? No sé si quedan ya periodistas antiguos en ejercicio, de lo único que soy consciente es de que el periodismo, como voluntad de independencia, entró en barrena hacia 1982. Más o menos cuando Joaquín Ibarz tomó la sana decisión de hacerse corresponsal en el extranjero.

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26 marzo, 2011 a las 7:20 am

Adioses generacionales: Enrique Curiel, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

¿Cómo se escribe en frío tras la muerte de un amigo? Lo pensé cuando supe que Enrique Curiel acababa de morir. Y entonces sólo era uno. Luego fueron dos. No son golpes, es otra cosa. A partir de una determinada edad se convive con la muerte por vecindad biográfica y empiezas a sentir los huecos, los vacíos, eso que literariamente llamaríamos “los nichos de la memoria”;  lugares donde apenas nadie, salvo tú mismo, puede entrar. Y no puedes esquivarlo, lo único que puedes hacer es tomarte tu tiempo para cumplir con la ceremonia de los adioses, sin enredar al muerto ni engañar a los vivos.

La muerte de Enrique Curiel me ha afectado mucho. Leí las necrológicas con una mueca de desdén; me hubiera gustado que las leyéramos juntos, él y yo, y alguno más también. Podrá parecer una salida sarcástica, pero a mí me gustaría leer mis necrológicas, alguna saldrá, y hacerlo con la gente que estimo, para echar la última risa, fumar el último puro y beber la última copa… y no levantarse más. ¿Acaso habría ocasión mejor para hacer el último corte de manga al pasado que leer ese breviario de la memoria, que resume una vida en treinta líneas y una foto?

¿Cómo explicar quién era Enrique Curiel a una generación que no es la mía? Para entendernos por exclusiones: fue en la política lo contrario de Pepiño Blanco, por eso me impresionó la necrológica que le dedicó este inefable subproducto de la política profesional, cuando inicia su elogio de Curiel con una entrada digna de Eugenio Montes, otro gallego: “Hay días en los que uno se levanta y se encuentra de frente con la historia”. Al leerlo entendí por qué alguien dijo que el estilo era el hombre. Es verdad que Enrique vivió la historia siempre desde el embozo de la sábana, allá donde se recoge el cuello y se aposenta el cuerpo. Fue un suertudo que siempre escogió la postura equivocada. Y sobrevivió con dignidad a las camas, las sábanas y los despertares abruptos. En política la cama no tiene nada que ver con el erotismo, ni siquiera con el sueño. Empezó con Tierno Galván, en aquel redil ilustrado que operaba en un piso elegante de la calle Marqués de Cubas, en Madrid, entre el Congreso y el Banco de España, vecino a aquel hotel Suecia que se irá de nuestra memoria sin que nadie le dedique un gran cuento, brutal y cálido; un poco falso también, como el restaurante sueco del sótano, donde abrevaba aquel gran sofista de la socialdemocracia que fue el Viejo Profesor. Uno más que exige una gran biografía de época.

Y Raúl Morodo. Yo le tengo cariño a Morodo, porque reconociendo que jamás le hubiera votado, fue en los años del cólera y hasta ahora mismo una especie de laica Madre Calcuta, cooperante, animoso, casado con mujer amable y rica, atento y sobre todo cumplidor de ese deber ya agotado de recoger con dignidad los restos de los naufragios. Tiene gracia. Los más desvergonzados chiquilicuatres del arribismo político le consideraban un oportunista. La vida enriquece mucho los paisajes humanos. Estoy hablando de la prehistoria, pero es menester, porque Morodo y su departamento en la universidad fueron recogiendo a Enrique Curiel tras cada situación impredecible.

Luego vino el Partido Comunista. Aquí le conocí yo a comienzos de los setenta, en un aparte de una reunión de la dirección de Madrid. Hablamos de Azaña. Yo creo que tras su frustrada inmersión en Manuel Azaña había también algo de búsqueda de su patrimonio cultural; su familia, liberal y republicana, castigada en aquella represión devastadora de los años del cólera. Debió de empezar su militancia comunista hacia 1969, con toda probabilidad tras el estado de excepción, otro hecho trascendental en nuestra historia. No me canso de repetir que nosotros no tuvimos Mayo del 68, nosotros tuvimos enero de 1969 y el asesinato policial del estudiante Enrique Ruano, que cambió tantas vidas.

Pocos líderes estudiantiles fueron tan incapaces de asumir su liderazgo como Enrique Curiel. Era un líder nato, como se suele decir de manera equívoca: lo tenía todo. Hermosa planta, buena oratoria, cabeza amueblada, cultura notable…, pero el peso de la mediocridad ambiental siempre le afectó tanto que parecía avergonzarse de su suerte. La ambición en política es algo tan obvio como el respirar, está en los genes del oficio. Un político sin ambición es peor que un jardín sin flores, es un funcionario. Pocos hombres de la transición dentro de la izquierda llevaron sobre su figura la corona infamante de ser un trepa.Y lo más patético es que no sólo no lo era, sino que no se atrevía a serlo. Cuando dejó el Partido Comunista de España de Julio Anguita, devolvió el escaño, cosa insólita en el gremio, y aseguraron que le había comprado el PSOE.

Formó parte de una generación de fracasados políticos que hubieron de asumir que, o entraban en el PSOE, o no había posibilidad de hacer política. Lo de Julio Anguita tenía mucho que ver con la teosofía pero poco con la realidad. ¡Oh, los muchachos de la utopía que anegaron la izquierda comunista en los primeros años de la transición, hoy en su mayoría reaccionarios convictos y confesos! La política se hace, no se imagina. O te dedicas a eso o te retiras. Enrique Curiel quería seguir y siguió. Vivió en protagonista la crisis letal del Partido Comunista y le faltó valor para asumir la maledicencia. No quería ser secretario general, se conformaba con la vicesecretaría. En el fondo carecía de la pasta del trepa, y eso le hundió, porque hubo de asumirlo todo y no poder ejecutar nada.

Aún recuerdo su momento estelar, el del fracaso más rotundo. Contado por él tenía el valor de un cuento gallego, entre Castelao y Cunqueiro, así de contradictorio. Entró en el PSOE porque no había otro lugar para hacer política, en la misma medida, digámoslo así, que quien quería pelear en los sesenta, y luego, no tenía otro lugar para hacerlo mejor que en el PCE-PSUC. ¿O había otros? Me gustaría que me los citaran. Pero no era lo mismo vivir la clandestinidad que ingresar en el poder. Fue concejal, diputado y senador. El día que decidieron retirarle lo hicieron en una asamblea de socialistas gallegos que aprobaban las listas decididas por Pepiño Blanco. Alguien subió a la tribuna y dijo: “Habréis notado que Enrique Curiel no está entre los candidatos, yes así, compañeros, porque ha sido llamado a más altas tareas en Madrid…”. Y entonces todos exultaron en una ovación cerrada que le obligó a levantarse.

“Nunca en mi vida he tenido una sensación tan ridícula -decía-. Yo no sabía si darles las gracias por los aplausos o ponerme a gritar: ¡Gilipollas, si acaban de defenestrarme, no voy a ningún lugar que no sea a mi casa, y nadie me ha ofrecido nada, ni en Madrid ni en parte alguna!”.

No fuimos muy amigos hasta que nos hicimos amigos. Fue después que todo hubiera terminado, al menos para mí, y él seguía con un escepticismo y una lucidez que me impresionaban. No es un recuerdo glorioso, lo reconozco, pero la última manifestación en la que participamos juntos fue a finales de diciembre de 1976. Me refiero a una manifestación a la antigua. Acababan de detener a Santiago Carrillo y salimos a la calle, y nos forraron a hostias. Era la transición, señores, aquella época dorada cuando todos éramos hermanos, pero a Curiel le dieron un balazo en el culo. Sí, en el culo. Se libró de una perforación de milagro. Me acuerdo de la vergüenza que sentía al tener que dar sus clases con un flotador en el trasero.

¿Cómo explicar la persona de Enrique Curiel a una generación que no tiene ni idea de quién fue? Pues muy sencillo, iba a cumplir 64 años, había peleado casi toda su vida por cambiar el mundo y acabó en un partido dedicado expresamente a lo contrario. Yo no lo haré, lo puedo asegurar, pero me llenó de orgullo que su último deseo fuera el de cubrir su féretro con la bandera del PCE. Un gesto. Porque una cosa es una generación derrotada que llegó a la inevitable conclusión de que si ganaban los nuestros perdíamos nosotros, y otra la dignidad de haberlo intentado.

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19 marzo, 2011 a las 7:20 am

Uno de los nuestros, de Gaspar Llamazares en Público

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La Política, con mayúsculas, llora la pérdida de Enrique Curiel, que se fue prematuramente. Su desaparición a los 63 años supone una marcha muy temprana, como temprana fue su incorporación a la lucha por la libertad en unos años donde quien lo hacía se la jugaba de verdad, más allá de retóricas, luchas a toro pasado o reivindicaciones de un manido “yo estuve allí” que en otros nadie recuerda.

El sentido e improvisado homenaje que se le rindió en un abarrotado tanatorio de La Paz, donde sus seres queridos le velaban antes de devolverle a su amada Galicia, fue una clara demostración, quizá un poco tardía, del respeto que muchos mantenían tanto a su persona como a sus ideas y, sobre todo, a una integridad y cordialidad a prueba de problemas, deslealtades, olvidos e, incluso, de la enfermedad.

Se pudo ver a mucha gente. Sin duda no estaban todos los que son, pero los que se aventuraron a llegar al tanatorio por la carretera de Colmenar en una tarde especialmente gris y triste estaban allí de corazón, mirando no sólo al pasado sino al futuro que nos aguarda y que a él le hubiera gustado saber, sin duda, qué cambios nos depara, para bien o para mal.

Tengo pocas dudas de que pensamientos muy similares debían pasar por la cabeza de los representantes de las instituciones del Estado allí presentes, de los ministros y del amplio abanico de políticos, universitarios, docentes y sindicalistas, entre ellos destacados militantes de aquella generación del PCE y de Izquierda Unida que fueron sus compañeros de lucha.

De entre las muchas cosas que he oído de él en las últimas horas me quedo sin dudarlo con la definición de su compañera Carmen, para quien Enrique fue “un buen hombre, un buen amigo, inocente a veces y muy sensible, que quería mucho a su país y que por este luchó toda su vida”.

Para muchos puede que fuera una sorpresa, pero para los que le conocían mejor está claro que no. Resulta que en la hora de la verdad, cuando un simple gesto puede ayudar a resumir una vida, su militancia en el PCE marcó para siempre su trayectoria vital. Por su expreso deseo su féretro permaneció cubierto con la bandera de “el Partido”, como lo seguimos llamando aquellos que saben de lo que hablo.

Espero que no sea tarde para decirlo, pero a Enrique Curiel no le hemos hecho justicia. Fue un político muy desaprovechado, al que nadie más allá de su familia ayudó a superar las contradicciones que le impuso la propia Transición. Está muy claro que no fue un iluminado, pero sí fue un hombre valiente que, en momentos clave, cuando hay que hacerlo, demostró tener un firme ideario político, para unos acertado y para otros fallido, pero que era el suyo y al que fue fiel hasta el final.

José Bono, presidente del Congreso y compañero de filas en el PSOE, consideró en ese homenaje que a Enrique se le negó el amparo en el último partido donde refugió sus soledades. El tiempo, sin duda, coloca las cosas en su sitio, pero en estos momentos puede decirse ya que con su hacer y con sus ideas representó tanto desde Izquierda Unida, como luego desde el PSOE, la pulsión de unión de la izquierda, de su necesaria apertura y renovación, y siempre desde el diálogo y la amabilidad.

Tengo muy presente que en su intensa y fulgurante trayectoria política, Enrique Curiel pudo combatir desde distintos frentes, pero nunca cambió de trinchera.

Fue hijo del catedrático de Lengua Francesa Luis Curiel, un intelectual de izquierdas perseguido por el franquismo. A este propósito, en su homenaje se recordó la carta que le remitió Enrique a Bono en 2008 para responder a quienes desde la ultraderecha le criticaron por buscar el cadáver de su tío Eugenio, un sacerdote fusilado en julio de 1936 cuando se presentó ante los franquistas para solicitar que no mataran a su hermano Luis, apresado por sus ideas progresistas. La misiva era toda una declaración de principios y decía que la reconciliación “no puede ser de sólo una parte” y que “la indignidad, cuando desenfunda, no tiene límites”.

El 23-F, cuando Tejero ocupó el Congreso de los Diputados con un grupo de guardias civiles con las intenciones que todos ya sabemos, Curiel era secretario del Grupo Parlamentario Comunista. Logró escapar del golpe saltando por una ventana y esa noche participó en la red que se tejió entre los partidos para salvar a la democracia en peligro. Como tantos otros, no tuvo ninguna duda de lo que había que hacer, para bien o para mal, tampoco en ese momento. Y no esperaba que nadie se lo agradeciera ni reconociera, creía que había que hacerlo y punto.

En medio de muchas dificultades, fue honrado hasta el final. Ha muerto lúcido y pobre, con escasos recursos económicos, negando con su vida la perversa asociación entre política y corrupción. Al final, seguía siendo el mismo de cuando, junto a Pilar Bravo, lideró la organización universitaria del PCE y fue detenido, torturado y desterrado; el mismo que fue compañero del estudiante Enrique Ruano, asesinado por la Policía de la dictadura, e igual que cuando la Política –de nuevo con mayúsculas– le dejó varias muescas por ejercerla con dignidad, como el tiro que recibió de la Brigada Político-Social por manifestarse a favor de la liberación de Santiago Carrillo, en 1976, tras su retorno clandestino de Francia.

Enrique, al otro lado de la izquierda, fue siempre uno de los nuestros.

Gaspar Llamazares es portavoz parlamentario de Izquierda Unida en el Congreso.

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4 marzo, 2011 a las 7:12 am

Una poética del esperpento, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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En la muerte de Luis García Berlanga

«Todas mis películas son crónicas de un fracaso, protagonizadas por antihéroes. Son disecciones crueles de la realidad pero con risas». (Luis García Berlanga).

Frío y sordidez en las calles. Los buenos días se daban con tristeza. Rostros desaliñados, vidas sin apenas otros horizontes que la lucha contra una avasalladora miseria. Se diría que hubo un tiempo en que sólo quedaba apelar a la ternura que emanaba de aquellos personajes que protagonizaban el cine de Berlanga, era lo único que salvaba un universo doloroso e injusto.

Valle había reinventado los esperpentos. La pintura de principios del XX se había ocupado de la España más tenebrosa. Y, en aquella posguerra tan dura e interminable, las primeras películas de Berlanga siguieron a su modo una poética del esperpento al que una infinita ternura aliviaba.

En tan sombrío panorama, Berlanga dio vida al alcalde de todas las Españas, es decir al que protagoniza «¡Bienvenido, Míster Marshall!». Lo cierto es que el calderoniano Pedro Crespo y el protagonista de esta obra del genial cineasta valenciano son los alcaldes carpetovetónicos por excelencia y definición. La escena en la que el personaje de Berlanga manifiesta a su pueblo que les debe una explicación es tan antológica como eterna.

Una poética del esperpento. Si en su momento Buero Vallejo, hablando de la gran aportación valleinclanesca a nuestro teatro, acertó a decir que la grandeza de «Luces de Bohemia» estribaba en que no todo era esperpento, podría sugerirse que esa ternura a la que antes nos referimos humaniza a los personajes de las principales obras de Berlanga y, con ello, hace más respirable aquella atmósfera tan dura, gélida y asfixiante.

Pobres que eran graciosos y hasta cumplían con las exigencias que de ellos se esperaban, si bien se les escapaban guiños que abrían paso a la ironía y a la crítica a pesar de las imposiciones de la censura en su época más cerril. Ironía que tampoco ocultaba la lucidez de quien sabe que el mundo no está ciertamente bien hecho. Ironía que lograba romper costuras sin provocar reventones estridentes que hubieran martilleado los muy atentos oídos de los censores.

Una poética del esperpento frente a un mundo en el que las ilusiones y sueños yacían sepultados, o habían tenido que buscar asentamiento muy lejos. Una poética del esperpento que logró abrirse paso ante unas dificultades no pequeñas.

Es antológica la frase atribuida a Franco en un Consejo de Ministros en la que, según parece, el dictador dijo que lo peor de Berlanga no era su supuesta ideología política, sino el hecho de que se trataba de un mal español.

¡Asombroso! Para el invicto caudillo, el director de películas como «Plácido» era un mal español, cuando en su cine estaba presente lo más genuino de lo que Unamuno llamaría la intrahistoria de este país.

En todo caso, la obra de Berlanga no sólo se circunscribe al período franquista, pues tampoco fue de aquellos que tras la muerte del dictador se erigió en mártir y se apuntó al pesebre de turno, como hicieron y siguen haciendo determinados faranduleros, pues también plasmó su acidez en películas como «¡Todos a la cárcel!», que data de un año en el que la corrupción política en la España de los primeros noventa, gobernando el PSOE, apestaba.

Una poética del esperpento que también se da cita en la trilogía de la familia Leguineche. No falta detalle en el esperpento nacional, esta vez el de las clases más acomodadas que, en su decadencia, protagonizan episodios hilarantes e inolvidables.

No es fácil ser autor de varias obras maestras. No es fácil burlar la censura en tiempos tan represivos. No es fácil conservar la mordacidad y la ironía muchos años después, cuando el cineasta que acaba de fallecer tenía todos los boletos en su mano para dormirse en los laureles por haber sido un director de cine combativo y genial. Porque continuó siendo ambas cosas, hasta su último suspiro, que diría su admirado colega Luis Buñuel.

La muerte de Berlanga no sólo es una pérdida irreparable para nuestro cine, sino también para el país en su conjunto. También es cierto que, si no persiguió la gloria, como dijera Antonio Machado, la alcanzó con creces.

Berlanga será siempre el soplo de aire fresco, el antídoto de lucidez y ternura de una España marcada por la miseria y la represión. Será también el genio burlón, genuinamente español, que tomó la suficiente distancia de todo lo que le tocó vivir para no perder la perspectiva, y, con ella, la capacidad crítica para no incurrir en cegueras ni maniqueísmos.

Una poética del esperpento es la obra de Berlanga a la que siempre habrá que acudir. Un maestro del séptimo arte sobre el que nunca se desplomará la losa del olvido sobre quien supo hacer justicia poética con algo tan aparentemente inofensivo, pero en el fondo tan letal como la ternura.

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Introducido por Reggio

16 noviembre, 2010 a las 7:14 am

“No hago nada sin alegría”, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

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No quería hablar de política, porque en estos días de campaña ya bastantes páginas y columnas le dedicamos en La Vanguardia. Pero el próximo viernes se cumplen diez años del asesinato de Ernest Lluch y no puedo resistirme a la tentación de evocar la personalidad de aquel político brillante e incómodo, cerebral y apasionado, culto y futbolero, melómano, astuto y erudito. La libertad de consciencia guió siempre su vida. Por su manera de ejercerla, unos fanáticos le quitaron la vida. Los que tuvimos la suerte de conocerle (sin duda muchos lectores de este diario le recordarán por sus artículos) sabemos que su vivencia de la libertad no era trágica o heroica, sino vitalista. Hizo suya la confesión de Montaigne: “No hago nada sin alegría”.

La libertad le conducía al compromiso, pero también a la discrepancia. Demócrata en clandestinidad, nunca obedeció a las corrientes izquierdistas dominantes. Vinculado al catalanismo cultural en la Valencia antifranquista, discrepó de las tesis de Joan Fuster. Protagonista del socialismo catalán, se enfrentó con sus compañeros por la Loapa y, acto seguido, el catalanismo le envió a la hoguera. Desarrolló como ministro la reforma que convirtió la sanidad pública en una de las escasas y verdaderas joyas de nuestra democracia, pero no se plegó al liderazgo de Felipe González (divino, más que humano, entonces como ahora, a tenor de lo que declara). Lo mataron mientras buscaba una tercera vía para el País Vasco y Catalunya: su última visión de España contenía una propuesta de federalismo asimétrico, basado en el austriacismo histórico, que elaboró con otro de los grandes discrepantes de la España contemporánea: el lúcido conservador Herrero de Miñón. Con Montaigne, Lluch podría también haber escrito: “Nuestra vida es en parte locura y en parte prudencia”. En efecto, el carácter de Lluch, comprometido e indomable, sintetiza la catalanidad: seny i rauxa.

Todas las virtudes que Ernest Lluch atesoraba me parecen envidiables. Como buen hijo de la menestralía catalana, era un trabajador empedernido. En su juventud compaginó el fervoroso compromiso antifranquista con un expediente universitario brillantísimo. Y en la edad adulta compaginó tantas actividades y con un nivel tan alto de ejecución que, para emularle, los tipos normales necesitaríamos una docena de vidas. Compaginó la militancia socialista con la investigación histórica y económica, con la escritura académica y divulgativa, con la docencia universitaria, con la gestión institucional, con el periodismo de opinión. Pero lo más sorprendente es que conseguía hacer compatible dicho activismo político e intelectual con una de las más bellas artes: el cultivo de la amistad. Conocía a todo el mundo, intercambiaba ironías, informaciones y chismorreos con tirios y troyanos; y se carteaba con muchísima gente. Poco después de su trágica muerte, algunos de sus corresponsales anónimos salieron a la luz. Me impresionó el testimonio de una viuda (cántabra, creo recordar), cuyo marido había sido asesinado por ETA: explicó que Lluch quiso conocerla y que le escribía regularmente para darle ánimos.

Otra de sus pasiones era arraigar a fondo en los lugares en los que residió. El Maresme de su Vilassar natal. La Valencia de su juventud docente. Las comarcas de Girona, de las que fue diputado (en especial la zona de Maià de Montcal, entre el Empordà y la Garrotxa, donde tenía una casita, junto a la montaña del Mont, que Verdaguer describió como la joroba de un dromedario). La cornisa cantábrica que conoció como rector de la Menéndez Pelayo y la Donostia en la que, ejerciendo en Santander, se compró un pisito. En estos y otros muchos territorios, entabló amistades, estableció vínculos políticos y culturales, realizó estudios y acabó descubriendo historias que los más sabios del lugar desconocían. El amor de Lluch se expresaba en el conocimiento.

Trabajaba mucho y disfrutaba más.

No disociaba gozo y trabajo. En la mejor tradición catalana, Lluch encontraba en el trabajo no solamente una forma de sustento, dignificación y promoción personal, sino una manera de entender la felicidad. Exceptuando el fútbol, que llevaba en la sangre, las numerosas distracciones obligatorias de la llamada sociedad del ocio le aburrían soberanamente. Tenía el vicio de la curiosidad.

Todo le interesaba. Con su característica mezcla de erudición, entusiasmo y sentido de la ironía, argumentaba sobre el Barça, sobre los tejemanejes de la política o sobre el sexo de los ángeles en la tertulia de Josep Cuní, cuyos oyentes tenían la impresión de que aquel tertuliano lo sabía absolutamente todo. La misma sensación daba cuando, en el foro académico más exigente, conferenciaba sobre los ilustrados catalanes siglo XVIII o cuando reflexionaba en foros cívicos o políticos sobre el catalanismo, la economía actual o la reforma sanitaria.

Ernest tenía vocación de ingeniero de puentes de diálogo. Un puente le cayó encima. Le mataron las balas de ETA y conspicuos enemigos de ETA escupieron sobre su tumba. En estos tiempos en que el gregarismo partidista se mezcla con el individualismo alérgico a la cosa pública, el ejemplo de Lluch es actualísimo. Nada de lo humano le fue ajeno. Nadie pudo encerrarle en el corral de los obedientes y resignados.

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15 noviembre, 2010 a las 7:16 am

Punto y coma, de Nicolás Sartorius en El País

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Acabo de conocer, con infinita tristeza, el fallecimiento del compañero Marcelino y me piden que envíe unas breves líneas en su recuerdo. Conocí a Camacho en las asambleas del Círculo Social Manuel Mateo en la calle de Vergara, en el Madrid de los Austrias. Sería el año 1965, cuando las CC OO comenzaban a coordinarse por sectores de producción. Él era por entonces el líder de los metalúrgicos, pero para mí, como supongo que para los jóvenes militantes que nos dedicábamos a organizar a los trabajadores, pues de lo contrario no había nada que hacer contra la dictadura, simbolizaba a una clase obrera que se enfrentaba, con renovada fuerza, a un régimen que negaba sus derechos.

Luego, a lo largo de los años, he compartido con Marcelino el nacimiento y desarrollo de las CC OO, la Inter de Madrid, la Coordinadora Nacional, las sucesivas prisiones, el Proceso 1001, la legalización del sindicato, el final de la dictadura, los primeros acuerdos sociales.

Del primer grupo dirigente de las CC OO era el de más edad y el único que, muy joven, había participado en la Guerra Civil. Sin embargo, su autoridad natural no procedía de la edad sino de su entrega, de su conocimiento del mundo del trabajo, de su ansia de información, de su capacidad de estudio y de su proverbial optimismo histórico (cuando los jueces del TOP le estaban condenando a 20 años de cárcel les espetó a la cara que servían a una dictadura que se hundía); en una palabra, un hombre decente que se había echado a la espalda la suerte de los trabajadores.

No obstante, si tuviese que resaltar algún rasgo de su carácter, como líder sindical y luego secretario general de la CS de CC OO, este sería el de la aceptación natural de la crítica y la discrepancia. A diferencia de tantas organizaciones en las que llevar la contraria al jefe supone la marginación, en las CC OO de Marcelino, por el contrario, salían en la foto los que tenían personalidad y criterio propio, los que decían lo que pensaban. El éxito de CC OO es inexplicable sin esta capacidad del grupo dirigente de discutirlo todo, de criticar los errores, de corregirlos y de no dar nada por absolutamente terminado. Esta actitud se resumía en una frase de Marcelino, en aquellas intensas y peligrosas reuniones de la clandestinidad. Cuando alguien llevado de un impulso autoritario terminaba diciendo “esto se hace así y punto”, Camacho siempre le interrumpía con un “compañero, de punto nada; en todo caso punto y coma”. Era su manera particular y sabia de entender la dialéctica de las cosas y los procesos.

En fin, creo que Marcelino Camacho pasará a la historia como uno de los grandes dirigentes de la clase obrera, como los Pablo Iglesias, los Anselmo Lorenzo, es decir los fundadores de nuevas realidades que han contribuido a cambiar, a mejor, la historia de todos. Querido Marcelino, una vez más punto y coma, pues tu obra y tu recuerdo, de ciudadano -como te gustaba llamarnos- limpio y ejemplar, no se extinguirá nunca en millones de personas que saben lo que has hecho por la democracia y los derechos de los trabajadores.

Nicolás Sartorius es vicepresidente de la Fundación Alternativas y cofundador de Comisiones Obreras.

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30 octubre, 2010 a las 8:15 am

En la orden de la Noche, de Pedro G. Cuartango en El Mundo

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VIDAS PARALELASMarcelino Camacho / Jean Moulin

Merece la pena leer el extraordinario discurso de André Malraux cuando los restos mortales de Jean Moulin fueron trasladados al Panteón en 1964.

“Entra, con el pueblo nacido de la sombra y desaparecido en ella, en la Orden de la Noche”. Marcelino Camacho, como el jefe de la Resistencia francesa, ya ha entrado también en la Orden de la Noche. Pero afortunadamente su vida se ha prolongado hasta los 92 años.

Jean Moulin murió en Metz con tan sólo 44 años tras las bárbaras torturas a las que le sometió la Gestapo. Pero nunca se doblegó. Le sacaron las uñas, le rompieron las muñecas con el quicio de una puerta, le deformaron la cara, pero no delató a ninguno de sus compañeros.

Marcelino Camacho estaba hecho con el mismo molde que Jean Moulin. Sufrió el exilio, pasó 14 años en la cárcel, se sentó en el banquillo del temible TOP y padeció todo tipo de penalidades en el franquismo. Pero jamás se arrodilló ante los secuaces de la dictadura.

Siempre me he preguntado qué lleva a este tipo de hombres a llegar hasta el final, a aceptar un destino terrible e injusto en nombre de un ideal. No sé la respuesta, pero su comportamiento me reafirma en algo tan importante como es la existencia de la libertad.

La prueba de que fueron libres es que optaron por combatir un mal disfrazado de bien, que eligieron la peor carta de la baraja, que sacrificaron su vida para defender aquello en lo que creían.

¡Qué lejos queda su ejemplo de lo que estamos viendo en nuestro tiempo!

Moulin pudo haber elegido el exilio, como el general De Gaulle, pero creyó que tenía que quedarse en Francia, poniendo en peligro su vida. Durante tres años, veía amanecer cada día sin saber si sería el último.

Camacho arrostró una vida penosa, llena de miseria y frustraciones, sobreviviendo de su modesto sueldo en la Perkins y siempre con un pie en las cárceles franquistas. Pero jamás se le oyó quejarse de las desdichas del pasado ni reivindicar la venganza contra quienes tanto daño le habían infligido.

El fundador de Comisiones Obreras era un comunista que se había hecho a sí mismo, un hombre sin pretensiones intelectuales, pero siempre coherente con sus valores morales. En 1990, publicó unas memorias tituladas Confieso que he luchado, cuatro palabras que resumen su trayectoria política.

Malraux dijo que la cara tumefacta de Moulin tras las torturas era la mejor cara de Francia. Yo diría que el rostro austero y bondadoso de este hombre era la mejor cara de España.

Camacho es un ejemplo moral para todos nosotros. Como dicen los versos de Machado, ha muerto como vivió: casi desnudo, ligero de equipaje. Pero nos ha dejado un enorme legado moral que entronca con la mejor tradición de la izquierda. Marcelino era un buen castellano, que es el mejor elogio que encuentro para rendirle este sentido homenaje.

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Introducido por Reggio

30 octubre, 2010 a las 8:14 am