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¿Hay tiranías progresistas?, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Yo entré en Corea del Norte en septiembre de 1992. No se puede decir que la visité porque no es país para turistas, aunque entonces apareciera por allí algún alemán nostálgico de la República Democrática (RDA). El más importante hotel proyectado nunca, el Ryukyung, de 105 plantas, lo iniciaron en 1987 y sigue en obras; aseguran que en abril del 2012 inaugurarán las 25 de abajo. Hacía años que había caído el muro de Berlín y admito que mi perplejidad ante la idea de ver en vivo y en directo una monarquía comunista, algo inédito en la historia de la humanidad, me incitó a la aventura. La curiosidad nos pierde.

Entonces regía los destinos del país el Querido Líder, Kim Jong Il, porque el Gran Líder, Kim Il Sung, su padre, estaba dando las últimas boqueadas.

Moriría un par de años más tarde. Es posible que me equivoque en los apelativos retóricos del liderazgo, porque quizá al hijo se le llamaba Amado Líder o algo por el estilo, cosa muy importante, dado que jamás se pronunciaba su nombre. Había que entender que cuando los traductores – la jefa traducía al francés y un siervo de la gleba, recién salido de nuestro medievo, hablaba un castellano ortopédico, pero decente-se referían al Gran Líder o al Amado Líder cabía entender que se trataba de Padre e Hijo, con mayúsculas.

En mis limitaciones para predecir los procesos históricos me parecía imposible que aquello pudiera seguir. Y hete aquí, que ahora acaba de morir el Amado Líder y le ha sustituido un nieto del Gran Líder, del que los servicios de información occidentales saben mucho pero que nosotros apenas si conocemos su nombre, media docena de fotos y un currículo que haría palidecer de ansiedad a cualquier candidato a oposiciones. De nombre Kim Jong Un y que ni siquiera es el mayor de sus hermanos, sino el pequeño.

Mi experiencia coreana resultó inaudita. No había visto una cosa igual en mi vida. Aunque mi conocimiento personal de los regímenes comunistas era limitada -Praga en los sesenta, Rumanía en los setenta, y alguna entrada y salida al Berlín oriental-, lo de Corea del Norte superaba cualquier medida. Era un país sometido a una tiranía absoluta, sin resquicios. Los expertos aseguran que se trata de la experiencia estaliniana multiplicada por ciertos rasgos de la tradición oriental. Puede ser. Pero lo más llamativo era el aislamiento. Vivían en otra galaxia y lo más escandaloso es que pensaban que las otras galaxias donde habitábamos los demás eran peores que la suya.

Nunca olvidaré el circo. En Pyongyang, la capital, tenían un gran espectáculo circense montado como si se tratara de un coliseo con millares de asientos, parcelados, donde eran constatables las diferencias entre el común y los diversos estratos del funcionariado del poder. Parecido a nuestro Liceu, pero a lo bestia. Los ejercicios gimnásticos y sobre el trapecio constituían un prodigio de talento y audacia. Soy un amante del circo y puedo asegurar que asistí a uno de esos espectáculos únicos, pensados por profesionales con tradición e inteligencia. Pero lo que me dejó noqueado fueron los payasos. Tenía mi oreja pegada a la del traductor, pero no hubiera sido necesario. El teatro circo se desternillaba de risa, literalmente se volcaban en aplausos ante un par de tipos, vestidos de vagabundos de la peor especie, que representaban la vida insufrible de sus vecinos de Corea del Sur. Toda el hambre, las necesidades, el miedo, que ellos sentirían apenas salieran de aquel recinto, constituía un motivo de chanza al convertirse en la vida de los otros.

¿Cómo es posible que se lo creyeran? ¿Qué otra opción tenían? Aislados de cualquier información sobre el mundo real, no sólo del que había más allá de sus fronteras sino del propio, se habían convertido en personajes de Orwell. Bastaba visitar el Museo de Bellas Artes, o como se llamara el museo nacional dedicado a la pintura, para constatar una tradición cultural de una riqueza comparable a Japón o China. Habían sido precursores en mundos artísticos que luego se trasladaron a otros lugares de Asia. Pero apenas uno salía de aquellas salas fascinantes de pintura antigua, chocabas con interminables salones dedicados al Gran Líder, donde el arte se limitaba a la retórica, la grandilocuencia y la vulgaridad.

No conozco Corea del Sur, pero puedo asegurar que Corea del Norte es de una belleza tal que ni siquiera la iniquidad de una tiranía puede achicar. Esa propensión totalitaria por los grandes monumentos, los grandes hoteles, los grandes palacios, no lograba apagar la fuerza de una naturaleza excepcional en su hermosa exuberancia. Las residencias palaciegas, que al parecer esperan a millares de turistas que nunca llegarán, respiran violencia y terror; como si hubieran sido pensadas para que Stanley Kubrick rodara El resplandor. Algo impensable porque estaban fuera del cine, de la realidad y hasta de la más mínima contemporaneidad. Recuerdo que el traductor, para demostrar su alto nivel de cultura occidental, me preguntó sonriente: “¿Qué tal sigue Picasso?”. Cuando le respondí que había muerto hacía muchos años, no pareció creerme, como si se tratara de un intento por socavar sus convicciones. Al fin y al cabo, ellos conocían el nombre de Picasso ligado sólo a una paloma, la de la paz, que dibujó para ellos. Nada más.

Pero el régimen de Corea del Norte tiene algo que lo hace invulnerable. Su ejército y su arsenal nuclear. Si tienes armas de destrucción masiva eres alguien; si no las tienes, estás expuesto a una intervención. Ocurrió en la vieja Yugoslavia y en Iraq; invadieron porque no las había. La amenaza es el elemento disuasorio más trascendental. Una tiranía absoluta se convierte en interlocutor privilegiado porque tiene un arma que te puede hacer un daño incalculable.

Hemos perdido la pasión periodística, o así lo entiendo yo cuando contemplo, no sin estupor, el derribo de Gadafi en Libia, y al tiempo que nadie se haya tomado la molestia de entrevistar a todos aquellos profesores españoles que se convirtieron en exégetas del Libro verde, auténtica biblia teórica de la revolución gadafista. Si la memoria no me engaña, hubo hasta un congreso en Trípoli, con notable asistencia autóctona. ¿Calladitos? Ni siquiera hay quien les pregunte. Estamos con encefalograma plano. Lo más novedoso de nuestros medios de comunicación son los anuncios publicitarios.

Algo similar ocurre con Corea del Norte. Recuerdo que antes de ir a Pyongyang me entrevisté con algún profesor catalán que había sido apasionado  seguidor del pensamiento Zuche, el invento teórico, supuestamente marxista-leninista, de Kim Il Sung, el Gran Líder. ¿No hay nadie que les busque ahora para que nos iluminen sobre la inmarcesible monarquía coreana del Norte? Saben bastante más que nosotros, lo vivieron de primera mano, y ahí están esperándonos, no sé si con las mejores ganas pero al menos con la sabiduría que da la veteranía en el conocimiento.

Nos hemos reído tantas veces de la socialdemocracia sueca, por ejemplo, que deberíamos hacer una reflexión sobre lo que nosotros considerábamos una dictadura progresista, que aseguraba y consolidaba los pasos hacia la igualdad, frente a aquello que juzgábamos aguachirle. Lo fundamental era tomar el poder. Si el poder era tiránico o no, importaba poco, lo trascendental consistía en sus realizaciones. Y nos encontramos ahora con que la única experiencia comunista es esa monarquía coreana, tan surrealista como una película de ciencia ficción con protagonistas políticos.

La constatación de que una tiranía no puede ser progresista es una lección que nos llegó demasiado tarde; cuando el siglo XX terminaba y nosotros habíamos perdido el norte, la ilusión y hasta la capacidad de decir aquellas cosas que aprendimos en la frustración de una lógica derrota. Las tiranías que nacen progresistas acaban sirviendo a los que mandan, nada más. Y entonces se transforman en ese monstruo que ninguno quiere reconocer como criatura de su imaginación.

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31 diciembre, 2011 a las 7:20 am

El inicio del inicio, de Enric Juliana en La Vanguardia

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ANÁLISIS

El ministro de Hacienda  Cristóbal Montoro (Jaén, 1950), que en una vida anterior tuvo cierta noticia del trotskismo, explicó el viernes la subida de impuestos con un fondo irónico en la mirada. Montoro habla siempre con un deje irónico y nasal. No dramatiza y tiende al distanciamiento, esa estrategia teatral que inventó Bertolt Brecht para alejarse del romanticismo burgués. En contraste con la espesa tensión reinante en la sala de prensa de la Moncloa, el ministro de Hacienda parecía tentado por una leve sonrisa: ¿No queríais que pagasen las rentas altas? Pues aquí tenéis una buena subida del IRPF.

El Partido Popular se estrena con un sablazo socialdemócrata. Impuestos escandinavos para la clase media urbana que se retrata ante Hacienda y el Catastro. Tregua -¿provisional?- para los funcionarios, y humana benevolencia con los jubilados, los pensionistas, los parados a los que se les acaba el subsidio y los perceptores del subsidio agrario. Margen oficioso para la economía sumergida -sin economía sumergida media España podría estallar mañana mismo-, un afectuoso saludo a las rentas sin nómina y ninguna cosquilla a las grandes fortunas. El PP dejó ayer a la izquierda moderada sin habla, refugiada en la retórica apelación a esas grandes fortunas que el PSOE jamás ha hostigado, en previsión de males mayores.

¿Quién ha dicho que se está muriendo la socialdemocracia? El Estado social está adelgazando por el desfallecimiento de la competitividad europea en la cadena de montaje del mundo y por el eclipse del colectivismo soviético. Lo que el expansionismo de la URSS incentivó -por si las moscas-, lo estresa el silencioso auge de la China Popular. Pero el marco socialdemócrata -con otra dimensión, otros gestores. otras prioridades y otro hilo musical- pervivirá en Europa. Tipo marginal máximo del IRPF del 52% en buena parte de España. Gravamen máximo del 56% en Catalunya (considerando el plus autonómico). La España de Mariano Rajoy paga como Holanda; la Catalunya de Artur Mas, como Suecia. Sólo nos supera Dinamarca con el 59% (Fuente: Eurostat).

Después de no pocas deliberaciones -Rajoy dio luz verde anteayer, tras reunirse con el equipo económico y la vicepresidenta Sáenz de Santamaría- el nuevo Gobierno ha tomado cuatro decisiones en una: se ha comido la capa de crema de su programa electoral (¡no subiremos los impuestos!); ha dejado al PSOE inválido (ese 8% de déficit perseguirá durante meses al dúo balzaquiano Rubalcaba-Chacón); ha despejado el camino para la conquista de Andalucía, y por último, aunque no lo último, ha enviado un mensaje de seriedad y obediencia al Directorio Europeo.

En la España de la segunda Restauración el principal esfuerzo fiscal siempre ha recaído en las clases medias con nómina. Gente que cree en la democracia, que no ha abusado del fraude y que comienza a presentar síntomas de fatiga y fastidio ante el desgaste moral del sistema. Los principales paganos del IRPF y del IBI no saldrán en manifestación. La procesión irá por dentro. Los manifestantes más activos en España son hoy los funcionarios. Y a los empleados públicos se les ha enviado una señal de tregua. Ninguna de las medidas anunciadas ayer sacará gente a la calle. No veremos grandes manifestaciones contra el nuevo Gobierno hasta después de las elecciones en Andalucía. El control del Sur es hoy un objetivo básico del centroderecha español, que durante estos meses ha tomado muy buena nota de las reacciones sociales en Catalunya.

Catalunya, eslabón crítico de la cadena. Principal generadora del PIB español (18,47%, según datos del INE difundidos el viernes mismo), y durísimo banco de pruebas del “inicio del inicio” al que se refería la joven vicepresidenta, con rostro preocupado. Catalunya, IRPF al 56%, malestar al alza, azoramiento y tensión en los servicios públicos.

Y la nota a pie de página. El presidente de Extremadura (206 empleados públicos por cada mil personas activas, el mayor porcentaje de España) jugando a Rodríguez Ibarra en su discurso de fin de año. “Extremadura no va a ser menos”, dijo Morago en vasco y catalán. Efectivamente, el inicio de un inicio.

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31 diciembre, 2011 a las 7:19 am

El rector de Salamanca, de Juan-José López Burniol en La Vanguardia

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Hoy hace setenta y cinco años murió, en Salamanca, Miguel de Unamuno. Dos meses y medio antes de su muerte -concretamente el 12 de octubre- había tenido lugar el grave incidente que provocó su ruptura con la España nacional, después de que hubiese roto también con la España republicana. Aquel día -se ha repetido mil veces- se celebraba, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, un acto con motivo de la fiesta de la Hispanidad, al que asistían Carmen Polo -mujer de Franco-, Millán Astray y José María Pemán. Mientras Millán profería brutalidades cuarteleras, Unamuno garabateaba sobre un papel. Cuando el militar terminó se levantó el rector, que lo era vitalicio. Se hizo un silencio expectante y Unamuno habló, interrumpido -a partir de cierto momento- por Millán y por los gritos del auditorio. Interesa hoy recordar tres de las ideas que expuso: 1. “Callar, a veces, significa mentir, porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia”. 2. “Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana (…) Pero no, la nuestra sólo es una guerra incivil”. 3. “Vencer no es convencer y hay que convencer sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia, que es crítica”.

El tumulto que se armó fue enorme. Unamuno tuvo que salir protegido por Carmen Polo y Pemán. Aquella tarde, Unamuno se dirigió como todos los días al casino, del que era presidente honorífico, donde fue insultado y rechazado. Diez días después, Franco firmó un decreto por el que se le destituía de todos sus cargos. Lo mismo había hecho Manuel Azaña, al otro lado del frente, algún tiempo atrás. Estaba claro: no había sitio para la tercera España. Así lo había percibido él, unos días antes: “No son unos españoles contra otros (no hay anti-España), sino toda España, una, contra sí misma. Suicidio colectivo”. Confinado en su casa y vigilado, salía sólo para dar una vuelta por la plaza Mayor. Un día, acompañado por Eugenio Montes, se dirigió a la tienda del marmolista que estaba haciendo la lápida para su mujer, muerta hacía poco, y, tras sacar un papel del bolsillo, dictó con cuidado los versos de su propio epitafio: “Méteme, Señor, en tu pecho, / misterioso hogar, / que vengo deshecho / de tanto bregar”. Era el 21 de diciembre. Diez días después, murió. Antonio Machado – santo laico siempre generoso-escribió en su necrológica: “Murió, sin duda alguna, tan noblemente como había vivido”. Rechazado por unos y por otros.

“Cartujo laico, ermitaño civil y agnóstico, acaso desesperado de esta vieja España”. Así se definía a sí mismo Miguel de Unamuno, protagonista destacado de la vida pública española durante el primer tercio del siglo XX. No fue -ni es- muy leído por el gran público, pero su figura estuvo siempre presente en el debate diario como un personaje raro, original y paradójico. Comenzó su participación en la vida pública fundando La Lucha de Clases,primer órgano socialista bilbaíno, y terminó ubicado – según Federico Urales-”en el anarquismo místico a lo Tolstói, en el anarquismo cristiano”, si bien reconoce que, paradójico hasta el tuétano, “también de ahí se escaparía”. Pero él tenía clara su misión: “Suele, con mucha razón, decirse que cada loco con su tema; ymi tema es el de la espiritualidad, el del estado íntimo de las conciencias de un país, de sus inquietudes supremas”; para concluir que: “Yo he buscado siempre agitar y, a lo sumo, sugerir más que instruir. Si yo vendo pan no es pan, sino levadura o fermento”. Un valenciano – Vicente Blasco Ibáñez-veía al vasco de otra manera. Un día, estando ambos en el parisino café de la Rotonde, durante su exilio, le dijo: “Usted, Unamuno, con este aspecto levítico, debía ir a Norteamérica a fundar una religión y a hacerse rico”. Unamuno lanzó a Blasco una mirada indignada.

La sociedad española actual es enormemente distinta de la que conoció Unamuno. Su nivel de vida ha alcanzado cotas entonces inimaginables, y su integración en Europa torna antigua y extraña buena parte de la obra ensayística de Unamuno. ¿Qué sentido tienen hoy, por ejemplo, las muchas páginas que dedicó a la europeización de España y a la españolización de Europa? Pero siguen estando vigentes, hoy más que nunca, dos constantes de su obra. La primera es una decidida voluntad superadora de aquel sectarismo cerril y gregario que encubre – hoy igual que entonces-una grosera avidez garbancera, más escandalosa aún y más obscena en los que son de verdad ricos, es decir, en aquellos para los que su riqueza ha llegado a ser un instrumento de poder y de influencia. Y la segunda es su crítica del individualismo hispano, expresado en la atroz máxima de “ande yo caliente…”, y que – bajo las formas del egoísmo personal, del corporativismo grupal y del secesionismo tribal-impide la consolidación de cualquier organización racional de la vida colectiva. En este sentido, sigue vigente esta dura reflexión de Unamuno referida a España: “¡Qué país, qué paisaje y qué paisanaje!”.

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31 diciembre, 2011 a las 7:18 am

Políticos y profesionales, de Santos Juliá en El País

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Los llaman tecnócratas, pero son en realidad profesionales cualificados, gentes que han desempeñado altos cargos en entidades financieras públicas o privadas y que, ante la magnitud de la crisis, han sido llamados a ocupar posiciones de poder político en sus respectivos Estados, alcanzando en Grecia y en Italia la presidencia del Gobierno y aquí, en España, el ministerio de Economía. El veredicto ha sido contundente: dando la espalda a la voluntad de los ciudadanos, la tecnocracia ha sustituido a la política, o, por decirlo como nuestro tecnócrata por antonomasia, Laureano López Rodó, los profesionales de la política sustituidos por la política de los profesionales: una prueba más de la herencia franquista que contaminará hasta el fin de los tiempos a esta democracia deficitaria.

¿De verdad han ocurrido así las cosas? ¿De verdad que por haber llamado a expertos en finanzas hemos caído en un estado de excepción económica? Curiosamente, en España, la impresión, antes de la crisis, era más bien la contraria: que la política, o los políticos habían colonizado espacios de la sociedad civil y de la Administración civil del Estado que no les correspondían; y que desde el control de esos espacios habían politizado instituciones clave del Estado de derecho como el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial, o medios de comunicación como las televisiones autonómicas, o servicios públicos, como hospitales y escuelas, por no hablar de teatros, auditorios, museos nacionales y otras sinecuras y bagatelas de nuestro peculiar spoil system.

También las finanzas. Es pronto para olvidar que la mitad del sistema financiero español lo constituían, hasta la crisis, las Cajas de Ahorros y que sus Consejos de Administración estaban fuertemente condicionados por los políticos. Las Cajas servían a las políticas de los Gobiernos de sus respectivas Comunidades Autónomas, sin sentirse atadas por consideraciones técnicas en cuestiones como préstamos a particulares o a partidos. De hecho, los poderes locales y regionales consolidados en los últimos 30 años han crecido a la sombra de las Cajas, siempre dispuestas a echar el resto en envites faraónicos, desde aeropuertos a grandes urbanizaciones, por no hablar de la corrupción subyacente, que encontraba en la composición de sus Consejos de Administración su mejor caldo de cultivo. Sin la política crediticia incentivada por los políticos, la burbuja inmobiliaria no habría alcanzado ni la mitad de su insoportable volumen y quizá no lamentaríamos hoy la vandálica destrucción del litoral mediterráneo.

De manera que sería menester un poco de tranquilidad respecto a los estados de excepción de los que, al parecer, estos profesionales son los heraldos. La relación mercado / Estado es tan vieja como el Estado mismo que, desde su origen, ha alimentado sentimientos de amor y odio hacia los banqueros. Cuenta Carlo Cipolla que Felipe II se subía por las paredes cuando recibía, de los banqueros genoveses, los balances de sus deudas, en ocasiones más del 50% del importe del préstamo, concedido al 15% de interés. No le entraba en la cabeza a don Felipe “esto de los cambios e intereses”, pero los banqueros eran intratables: o pagaba el interés más el riesgo añadido, o cortaban el chorro de oro. Al fin, el monarca, tras esquilmar a sus súbditos, se declaraba en bancarrota, forma habitual de renegociar su deuda.

Mucho han cambiado el Estado y la banca desde aquellos tiempos, pero algo continúa hoy como ayer: finanzas, mercados, o sea, capitalismo, más globalización, están aquí para quedarse. La cuestión no consiste en que profesionales de las finanzas ocupen posiciones reservadas a los políticos, sino en que los políticos se conduzcan, cuando de ingresos y gastos públicos se trata, como auténticos profesionales. Cuando el déficit crece, como en España, de un 34% a un 66% del PIB en tres años, lo que hay que cambiar es de política; y cuando los políticos asisten impávidos a un desbocado endeudamiento privado o lo fomentan con incentivos fiscales hasta magnitudes que superan cinco veces el PIB, lo urgente no es prescindir de los banqueros que aprovechan la ocasión para enriquecerse; lo urgente es cambiar de política, justamente para impedir que los banqueros se forren repartiendo créditos que expolian a sus desprevenidos clientes de sus ahorros y sus viviendas.

En esta crisis de nunca acabar han sido tan determinantes las políticas gubernativas y las instituciones reguladoras como las familias, las empresas y las entidades financieras del sector privado. Por eso, es inútil reclamar más política, menos mercado. En los sistemas capitalistas, las crisis financieras siempre tienen raíces políticas; no por nada, la tríada que va de Marx a Mao pasando por Lenin daba por seguro que el derrumbe del capital arrastraría el fin del Estado. Pero como el futuro, tras ese doble derrumbe, es el presente visible en las exequias del déspota coreano, será mejor aplicar las energías a la reparación del sistema; y para eso no sobrará la contribución de profesionales, a condición, claro está, de que los políticos no renuncien a lo que le es propio dejándose embaucar por la lógica de los mercados, como ha ocurrido con nuestros socialdemócratas mientras se bañaban en las plácidas aguas del republicanismo cívico.

Santos Juliá es historiador.

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31 diciembre, 2011 a las 7:16 am

Metafísica política para el 2012, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (31-12-2012)

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El ojo del tigre

En el momento de cruzar la sutil línea roja que hace de imaginaria frontera para separar el hoy del mañana, solemos pensar que iniciamos otro camino provistos de un nuevo equipaje espiritual. Esta creencia se acentúa especialmente cuando llega el momento de despedirse de un año, que muere, para recibir alborozadamente al año que acaba de nacer. Año nuevo, vida nueva… Tal es la consigna tácitamente aceptada aunque, a medida que avanza el tiempo, la realidad nos demuestra que es una verdad relativa. Ahora mismo, estamos casi a punto de saltar al otro lado del annus horribilis, que fue el 2011, por la bulimia financiera que practica el lobby del capitalismo occidental. Si nos atenemos a la tradición secular de la cultura dominante, dentro de apenas veinticuatro horas estaremos cruzando el Rubicón mientras tragamos las doce uvas tradicionales para -ya en la otra orilla de este río, que es la vida manipulada por el poder…- desearnos, entre todos, felicidad y prosperidad. Hasta aquí, la Tradición. Con mayúscula.

Sin embargo, la realidad -aunque cueste trabajo aceptarla- es otra muy diferente. Tenía razón don Miguel de Unamuno cuando advertía de que todos los años no son más que un sólo y largo día. La sociedad asturiana tendrá la gran ocasión de comprobar la certeza del aviso unamuniano al iniciar su camino por el año 2012, que ya está llamando a la puerta. Asturias entrará en él cargando el mismo equipaje que, desde hace más de medio siglo, arrastra tras de sí, penosamente, por el interminable camino del tiempo: su crónica crisis cultural y su atávica pobreza ideológica. Una crisis que, probablemente, se le haya acentuado a partir de la pérdida de su histórico patrimonio industrial -una riqueza iniciada a mediados del siglo XIX, y desmantelada definitivamente en los años 80 del siglo XX-, patrimonio que constituía el escenario ideal para proyectar sobre él las ideas de un progreso cultural y social, que empujaba a esta antigua comunidad regional hacia las altas esferas del bienestar social… Evidentemente, sin prescindir de las inevitables y naturales tensiones sociales. Probablemente, porque la cultura del trabajo necesita, para avanzar, ir acompañada por el desarrollo del pensamiento político: otra forma de cultura indispensable para el progreso social.

Ahora, en este momento, nos disponemos a iniciar la rutinaria liturgia del recibimiento de un nuevo año cargados con el equipaje de los mismos errores cometidos, año tras año, en el transcurso de los últimos ochenta años: el peso dominante de una política orgánica que quiere controlarlo todo. Esta antigua sociedad regional, convertida en comunidad autónoma por obra y gracia del milagro transitivo decretado por los reformistas de la anterior dictadura nacionalcatólica, es, en estos momentos, una olla en plena ebullición: por un lado, burbujea un club, llamado Foro AC, que es responsable -por decisión popular democrática- del Gobierno del Principado de Asturias. Se trata de un Gobierno peligrosamente minoritario -aunque con gran vocación imperial-; el cual, necesita flexibilizar su elevada y rígida sensibilidad orgánica si quiere lograr pactos, uniones, entendimientos y comuniones, con otros partidos mayoritarios. Pero muy especialmente, con el partido que es, aunque no lo parezca, su matriz: el Partido Popular.

Por el otro lado, hierve a borbotones el socialdemócrata PS(O)E mientras intenta renovarse -¡otra vez…!- porque quiere recuperar la hegemonía perdida en las elecciones generales del esotérico 20-N de 2011.

Este es el paisaje que esta comunidad le ofrece al año 2012. Un paisaje que tiene su historia: tras el desmantelamiento prácticamente integral de la industria minero-siderúrgica -incluido el embalsamamiento de las Cuencas Mineras-, llevado a cabo disfrazándolo de una moderna operación para lograr la reconversión industrial de Asturias, la metafísica reconversión industrial consistió, finalmente, en sustituir la tradicional industria minera y siderúrgica por la virtual industria de la política, de cuya capacidad para generar empleo ha dado pruebas suficientes desde el primer día…

Lo que no se le puede negar a esta peculiar reconversión industrial asturiana es que, gracias a ella, el siglo XIX se ha conservado, tan fresco como el primer día, incluso una década después de haber estrenado, cronológicamente, el siglo XXI. Esto sí es trabajar por la conservación de la Tradición. Hoy, aquí, se hace política como en los mejores tiempos de don Alejandro Pidal y Mon. Reconocer este mérito es un deber de la conciencia social. Si me lo permite, le voy a poner dos casos que demuestran la importancia que tuvo esa milagrosa reconversión de la minería y la siderurgia en la política de los partidos dinásticos: a), Asturias es un concepto teológico felizmente secularizado: Covadonga; y b), Asturias es un fenómeno racionalista ilustrado: Jovellanos. Todo esto, que no es poco, es lo que el 2011 va a volcar sobre el próximo año. Debemos reconocer que sin la política orgánica -adaptada a la democracia transitiva de estas últimas tres décadas y pico- ni la Santina ni Jovellanos habrían logrado esa identificación que convierte a ambos en la quintaesencia de un modelo de sociedad difícil de sondear únicamente con el pensamiento si prescindimos de lo teológico y de lo racionalista.

La clase política asturiana -al frente de la cual están las divinas castas oligárquicas, cada una de las cuales vela por los principios ideológicos de sus respectivos partidos- es la encargada de que los asturianos se convenzan de que para serlo basta, sencillamente, con mantenerse fieles a unas determinadas actitudes sociales. Y no -como pretenden algunos (¿rojos…?)- un profundo sentimiento de la propia conciencia individual. Eso significa, desde la perspectiva de un político orgánico experimentado, una grave transgresión de la disciplina social. He aquí otro logro positivo de la reconversión industrial en esta región. Porque para asumir un profundo sentimiento asturianista están, precisamente, ellos. A los demás les basta con cubrirse la cabeza con una montera picona. Es mucho más fácil -y menos comprometido- llevar a Asturias por fuera que por dentro de nuestras cabezas.

Con la montera picona les resulta más fácil, a los políticos, homogeneizar a la sociedad regional. Al menos, este es el sueño imperial de la clase política asturiana, tan sabiamente dirigida por sus respectivas castas oligárquicas.

Con este bagaje político -heredado del siglo XIX- la actual comunidad autónoma se dispone a adentrarse entre la espesura teológica y racionalista de la selva del año nuevo. Felicidades.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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31 diciembre, 2011 a las 7:12 am

La última Navidad de la URSS, de Pere Vilanova en Público

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Este año que cerramos, 2011, celebra varios aniversarios, el del 11-S por ejemplo, pero uno de ellos merece especial atención: el fin de la Unión Soviética, el más formidable experimento de ingeniería social y política del siglo XX. En efecto, esos últimos días de diciembre de 1991 vieron, al final, cómo a las 12 de la noche del último día del año se arriaba la bandera de la URSS y en su lugar, en el propio Kremlin, se izaba la bandera de Rusia. La primera pregunta, 20 años después, es obvia: ¿se cerraba un simple –aunque dramático– paréntesis de 70 años de experimento soviético, mal llamado “socialismo científico”? ¿O bien empezaba una nueva era histórica con una nueva Rusia? Si es cierto lo primero, Rusia reanudó en 1992 una historia milenaria, con todas sus virtudes y vicios, que permiten explicar muy bien los tics y reflejos autoritarios de lo que venimos en llamar “putinismo”, que por cierto tiene una fuerte base social, además de una oposición creciente en las calles.

Es interesante recordar cómo 1991 fue el año del cierre de ese experimento que se llamó “perestroika”, que Gorbachov había iniciado con increíble audacia siete años antes. Intentó por todos los medios (democráticos) una reforma estructural del sistema soviético para hacerlo competente y competitivo en un mundo ya globalizado de modo irreversible. Tuvo que apoyarse en la estructura piramidal de un poder que tenía dos patas y que veía en la reforma una amenaza existencial: la “nomenclatura”, por un lado, y las 15 repúblicas federadas, por el otro.

La “nomenclatura”, o el sector más duro del “aparato” del partido, intentó un ridículo y absurdo golpe de Estado en agosto de ese año, que fracasó porque la gente (y parte del Ejército) salió a la calle encabezada por Yeltsin, presidente electo de Rusia. Pero ello llevó a Yeltsin y otros presidentes de algunas repúblicas (Ucrania, Bielorrusia, Kazajistán) a un último complot: si las repúblicas federadas se declaran independientes, la URSS se reduciría a cero. Literalmente eso es lo que pasó entre el 6 y el 31 de diciembre de 1991.

Cayó el telón.

Pere Vilanova. Catedrático de Ciencia Política.

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31 diciembre, 2011 a las 7:10 am

Escollos a proa, de Joan B. Culla i Clarà en El País de Cataluña

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Si me permiten explicarlo en clave de parábola náutica, el PSC ha sido en los últimos tiempos como un imponente trasatlántico al que muchos años de navegación por las cálidas aguas del poder -ninguna sigla ha acumulado tanto por medios democráticos en la Cataluña contemporánea- fueron llenando el casco, el timón y las hélices de adherencias y suciedad hasta reducir gravemente su velocidad y su maniobrabilidad. Renqueante ya, la nave socialista catalana sufrió entre el otoño de 2010 y el de 2011 tres serias colisiones electorales que la dejaron casi a la deriva y en trayectoria de colisión contra las negras rocas del naufragio.

La situación exigía, pues, un enérgico golpe de timón, un acusado cambio de rumbo, un giro de, por lo menos, 90 o 100 grados, en el bien entendido de que semejante viraje, si se hacía con demasiada brusquedad, podía provocar el vuelco del pesado buque y su inexorable hundimiento. El 12º Congreso del PSC no quiso correr tal riesgo; en el puente de mando se impusieron la prudencia y el espíritu de conservación sobre la audacia, de modo que el trasatlántico viró apenas 10 o 15 grados, lo justo para que no pudiera decirse que todo seguía igual, que el partido no reaccionaba a las tres derrotas sucesivas.

Ha habido, pues, novedades: la formalización -aunque modosa- de las diferencias internas; un desarrollo congresual más democrático (votación secreta del informe de gestión, más de un candidato a la primera secretaría…); la incorporación a la ejecutiva entrante de las minorías críticas lideradas por Joan Ignasi Elena y Àngel Ros. Pero la imagen final del congreso ha resultado continuista: ningún oficial fue degradado ni expulsado del puente, a todos -incluso a los más quemados- se les halló una fórmula reglamentaria para conservar asiento en la mesa del capitán. Era, tal vez, el cambio ahora posible sin estropicios; pero no es ni mucho menos el cambio suficiente, aquel que pondrá la nave fuera de peligro y en condiciones de competir.

Si el PSC quiere enderezar de verdad el rumbo, el prudente viraje operado este diciembre debe proseguir a lo largo de los próximos meses, y complementarse con un carenado a fondo. En el terreno de las personas porque, siendo una fuerza municipalista, no puede ser solo un partido de alcaldes; ni confiarse únicamente a jóvenes cuadros, alguno de los cuales arrastra ya serias responsabilidades por las derrotas del último año. Pero, sobre todo, en el ámbito de las ideas: del 12º congreso no salió ni un nuevo corpus teórico con el que hacer frente a la crisis económica y social (por supuesto que no era fácil), ni una clarificación de ese catalanismo por todos invocado, ni tampoco un modelo nítido de relaciones con el PSOE, más allá del piadoso deseo de revisarlas.

Y es justamente ahí donde al castigado casco del navío del PSC, cuando apenas empezaba a alejarse de las rocas, le amenazan nuevos escollos que podrían ser fatales. Me refiero a las cada vez más explícitas aspiraciones de Carme Chacón al liderazgo del socialismo español.

Cada uno formulará su propio juicio estético o ético sobre el ágil salto de Chacón desde la poltrona ministerial al manifiesto crítico contra ese mismo Gobierno del que ella ha sido una de las piezas más vistosas; desde el arrobo entusiasta ante el liderazgo del Rodríguez Zapatero victorioso, hasta la implacable toma de distancias respecto del ZP derrotado. Con independencia de eso, nada podría complicar más la ya compleja tarea que el equipo de Pere Navarro debe ejecutar en el futuro próximo para poner el PSC a punto -ese mítico “votar distinto del PSOE”, por ejemplo- que tener a una socialista catalana en la secretaría general del PSOE. A una “compañera” obligada a hacerse perdonar su origen geográfico y en unos tiempos que no dejarán margen ni siquiera para aquel federalismo verbal de épocas más benignas.

No, el futuro del PSC como partido nacional no puede supeditarse a las ambiciones de nadie, por legítimas que sean.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

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30 diciembre, 2011 a las 7:17 am

Una defensa de la Navidad, de Rafael Nadal en La Vanguardia

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Algunas personas transmiten siempre buenas vibraciones y otras siempre contagian el mal rollo. El periodista Arturo San Agustín lo comprobó en verano, cuando asistió a la Jornada Mundial de la Juventud, que presidió en Madrid Benedicto XVI. Pensaba encontrarse con un montón de hijos de papá almibarados y acabó atrapado por la vitalidad entusiasta de un millón de jóvenes normales, muchos de ellos trabajadores llegados desde países remotos. “Te sorprendían con cosas sencillas: si una persona mayor tenía que cruzar la calle, la ayudaban; si subía a un autobús, le cedían el asiento. Por unos días, la ciudad era amable y te sentías seguro; parecía Nueva York al día siguiente del 11-S”. San Agustín, que es un anarquista conservador y un intelectual insobornable, lo ha escrito en un libro sin prejuicios, que se acaba de traducir al inglés: Un perro verde entre los jóvenes del Papa, la crónica sorprendente de aquella semana en la que los jóvenes católicos transmitían buenas vibraciones y los que protestaban contra el encuentro propagaban el mal rollo.

En Navidad, el fenómeno se radicaliza: algunas personas sólo con su presencia ya contagian las ansias de vivir, y otras se empeñan en amargarnos las fiestas repartiendo pesimismo y mala leche. Algunos intelectuales y periodistas lideran, con indisimulada prepotencia moral, la moda que sostiene que las fiestas son empalagosas, los buenos deseos son blandos, la familia es inaguantable, los amigos son una lata y no hay quien pueda digerir las comidas colectivas. En la intimidad, la mayoría sigue siendo partidaria de las celebraciones, pero en la calle ganan terreno los que empiezan a poner mala cara en el puente de la Purísima y no dejan de quejarse hasta que se desmonta el último pesebre, pasada la Candelaria. Estoy radicalmente en desacuerdo. Entiendo que hay gente que no tiene mucho que celebrar. Respeto a aquellos que se sienten traicionados en sus convicciones morales por los excesos materiales de la Navidad. Aplaudo a quienes hacen una crítica ácida de las muchas hipocresías de estos días. Pero me cansa la burla mediocre de los que necesitan mortificarse y torturar a los demás porque así quedan más intelectuales.

Y me resulta especialmente extraño comprobar que los más activos contra la Navidad son los que siempre reclaman más fiestas y más celebraciones populares. Dicen que están en contra del consumismo, pero acabarán reduciendo la Navidad a una serie de visitas a los grandes almacenes. Hacen lo que pueden para vaciar de sentido la fiesta más trascendente, la más espiritual, y la más simbólica del calendario, que también es la más arraigada, la más sencilla y la más popular. Antes, estos personajes eran los malos del cuento y eran presentados como odiosos, avaros, irritantes, malcarados, violentos y déspotas. Eran el míster Scrooge de la Canción de Navidad de Dickens; ahora los hemos convertido en los héroes de nuestros medios de comunicación.

Dejo a un lado la dimensión religiosa de las fiestas, porque quienes las viven desde la fe no dudan de su significado. Pero me cuesta comprender el odio a la Navidad, incluso desde la más absoluta laicidad. Hace años que no soy practicante, pero estos días no puedo evitar volver a la iglesia y sentirme parte de un colectivo que entierra raíces poderosas en siglos de repetición gestual, con diferentes grados de fe o simplemente de costumbrismo. Generaciones enteras han repetido los mismos actos, las mismas liturgias, los mismos ciclos naturales. Y supongo que eso es importante. Nunca como en estos días me siento tan integrado en esta tierra y en esta comunidad milenaria.

Este año, en nochebuena habíamos decidido buscar una misa del gallo en los alrededores de Girona, y las primeras llamadas resultaron desconcertantes: en Aiguaviva del Gironès no se celebraba; en Vilablareix, tampoco; llamamos a Medinyà, porque tenemos buenos recuerdos de cuando allí predicaba la voz poderosa de mosén Modest Prats: tampoco. Probamos en Sant Daniel, porque algunas navidades nos habíamos acercado al monasterio, andando por el camino que sigue el curso del río Galligants, pero ya hace un par de años que la anularon. Acabamos en Sant Julià de Ramis y fue una buena decisión porque, cuando entrábamos en la iglesia, un coro local cantó Les dotze van tocant y el desconcierto se convirtió en una sorpresa agradable: mosén Sebastià Aupí celebró una misa repleta de canciones tradicionales y de cuadros escénicos de Els pastorets y, al final, en la calle, bebimos chocolate caliente junto a un fuego espléndido.

Era una más de las misas que a aquella hora se repetían en toda Catalunya, como expresión sencilla y poderosa de una fe popular, que respeto y que querría mucho más visible. A menudo recrimino a mis amigos practicantes que cuesta identificarles por su comportamiento ejemplar en el trabajo o en la calle. Deberían confiar más en la fuerza de sus convicciones; como aquella peregrina sevillana, joven y guapa, a la que un día de verano, en Madrid, Arturo San Agustín preguntó por Jesús.

- ¿Te gusta mi sonrisa?

- Sí, claro.

- Pues ese es Jesús.

Reconozco que cuesta de creer, pero como imagen es mil veces más estimulante que la mala uva de los pedantes que se pasan el día criticando la Navidad.

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30 diciembre, 2011 a las 7:14 am

El mito del loco y solitario racista, de Antumi Toasijé en Público

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Un peligroso mito se extiende por Europa: el mito del Loco Solitario. Según sus defensores, los autores de las matanzas de Oslo y de Florencia serían perturbados mentales que actúan en solitario. Casos aislados, suele decirse. Denominarlos perturbados mentales tranquiliza a muchos que despachan como enfermo a todo aquel que comete un acto despreciable. Es muy fácil desde luego atribuir a problemas psiquiátricos cualquier tipo de desmán; eso evita analizar las responsabilidades por lo sucedido.

El caso es que tanto Gianluca Casseri como Anders Breivik eran individuos con unas capacidades intelectuales por encima de la media, capaces de elaborar ideas propias y plasmarlas en unos libros que, por mucho que se empeñen algunos, no denotan más locura que la de las ideas falsas y peligrosas. Por supuesto, estos asesinos viven inmersos en un mundo de odio irracional, pero es un mundo que ellos mismos no han inventado por mucho que contribuyan a su consolidación. El discurso de la “enfermedad mental” no hace más que ocultar un problema permitido y tolerado, a la par que insulta a tantas personas con enfermedades mentales incapaces de hacer ningún daño a nadie. El hecho es que organizaciones fascistas, neonazis y racistas de toda índole están presentes en todas y cada una de las ciudades europeas preparándose para encontrar su momento histórico y alzarse de nuevo con el poder.

Los individuos que cometen acciones de esta índole, en realidad son considerados héroes y mártires por los integrantes de estos grupos que en muchas ocasiones se esconden tras siglas legales. En España, Democracia Nacional o España 2000 son el nido del que puede surgir un Anders Breivik o un Gianluca Casseri. A estos partidos, en lugar de aplicárseles judicialmente la Ley de Partidos como se hizo con aquellos vinculados al terrorismo, se les intenta apagar con triquiñuelas legales (como el requisito de los avales) que no hacen sino aplazar su extinción. Estas organizaciones esperan que una cadena de acontecimientos en los que ellos puedan venderse al público como víctimas desencadene una reacción masiva en su favor.

La televisión estatal RAI ya ha recordado que Casseri era un escritor simpatizante de Benito Mussolini y miembro de la Casa Pound, el grupo de cultura neofascista más importante de Italia, bautizado en honor al poeta norteamericano Ezra Pound. Ya estoy viendo cómo aumentan las ventas de este escritor antisemita. En su momento, también se recordó que Anders Breivik había escrito un manifiesto de más de 1.500 páginas. El manifiesto, titulado “Una declaración europea de independencia”, describía cómo llevar a cabo el tipo de crímenes que acabó perpetrando. El manifiesto fue enviado por e-mail a miles de personas, sin ningún tipo de consecuencias. A pesar de que el texto es una locura en sí mismo, no es obra de ningún perturbado, porque tiene orden, estructura lógica interna e incluso está bien redactado; sí, repito, está bien redactado. Sin embargo, desde la Fiscalía noruega ya han sentenciado que su autor es un perturbado, lo cual podría librarle de la cárcel. Los autores de las matanzas no son lobos solitarios que aúllan a la luz de la luna. Son personas activas con redes de apoyo que no nacieron de la noche a la mañana. Sus actividades, hasta que culminan en baños de sangre, suelen ser conocidas por muchos, incluidas las autoridades, que las ignoran o que incluso las aplauden secretamente porque dan alas a sus argumentos del miedo.

Hay varios niveles de racismo: cuando un hecho de estas características sale a la portada de todos los medios de comunicación, son pocos los que establecen su relación con las redadas policiales racistas en busca de irregulares o con la falta de referentes multirraciales en las instituciones europeas. Sin embargo, hoy en día es fácil ver la conexión entre la violencia machista y la falta de representación de la mujer en la sociedad. Hay mucho más, porque: ¿en cuántos barrios e institutos de Europa hay esvásticas pintadas? ¿En cuántas ocasiones se han escuchado expresiones profundamente racistas sin una protesta enérgica? ¿Cuántos casos de racismo institucional duermen en los Centros de Internamiento para Extranjeros, o son repatriados a diario? ¿Cuántas víctimas del terrorismo racista esperan un reconocimiento similar al de las víctimas del resto de terrorismos? El racismo es una red de varios nudos, social, económico, político, educativo… que afanosas manos intentan construir en cada resquicio posible con ideas distorsionadas que se imponen si la ocasión lo permite.

Si las instituciones no toman en serio el problema en todas sus dimensiones, prohibiendo enérgicamente toda manifestación de ideas que fomente el odio, las matanzas continuarán y no habrá psiquiatra que las pueda detener, porque no es un problema de la psiquiatría, ni siquiera de la psicología, sino del modelo de sociedad que se quiere construir. La locura no está en los individuos ejecutores, está en las ideas desquiciadas y está en quienes son tan imprudentes o temerarios como para permitir que prosperen.

Antumi Toasijé. Historiador y politólogo. Director del Centro de Estudios Panafricanos.

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30 diciembre, 2011 a las 7:10 am

La difícil situación heredada, de Miguel Ángel Aguilar en Cinco Días

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En nuestro país, cada uno de los Gobiernos de distinto signo político que se han sucedido, cada uno de los titulares que se han relevado en las carteras ministeriales, cada uno de los directores de los diarios de difusión nacional y así sucesivamente, lo primero que hacen, nada más aterrizar en el puesto, es una nueva evaluación a la baja a costa de su predecesor, para dibujar con las tintas más negras los perfiles de la difícil situación heredada. Porque cuanto más se rebaje ese umbral, cuanto más catastrófico sea, mayores serán las oportunidades de presentar en un plazo menor éxitos susceptibles de ser protagonizados por el entrante al cargo. La llegada del presidente del Gobierno Mariano Rajoy y de su equipo ministerial se ha modulado conteniendo las exageraciones que tanto gustan a los sectarios en atención a las circunstancias particulares del caso.

Primero, la asunción de responsabilidades ha tenido efectos de vértigo. El presidente y los ministros han advertido que ya no existen compartimentos estancos, que los ámbitos separados se han fundido en uno solo y que lo que se dice aquí a un público español para denigrar al competidor político o tomarse venganzas largo tiempo acariciadas, se escucha en perfecta sincronía fuera en Bruselas, Berlín, Fráncfort, Londres, Nueva York, Tokio, Pekín, Brasilia o Nueva Delhi.

Que no puede jugarse con las cosas de comer, que predicar la catástrofe española, como ha hecho de modo infatigable en la prensa y los foros internacionales que frecuenta el expresidente José María Aznar, alcalde consorte de la Villa de Madrid, es dispararse al pie, que mostrar debilidades exageradas pasa facturas gravísimas sobre el conjunto de la población.

Segundo, el cambio de perspectiva que supone la mudanza de la oposición al poder, ha permitido confirmar, como tenemos explicado a lo largo de los cursos precedentes, que todo lo que ayuda, daña. Recordemos cómo ayudó a los socialistas de Felipe González aquel lema acogido con entusiasmo de OTAN, de entrada NO y la dificultad que supuso desde el día siguiente al 28 de octubre de 1982. O cómo perjudicaron al Gobierno socialista las denuncias de los populares a propósito del entendimiento del PSOE con los nacionalistas catalanes y vascos, tan reiteradas por Aznar en la oposición, que hubieron de ser olvidadas a toda velocidad al amanecer de aquella vigilia de Génova del 3 de marzo de 1996. Porque del ¡Pujol, enano, habla castellano! fue preciso pasar a la situación inversa, dibujada en los pactos del Majestic y del Landa, de los que catalanes y vascos dijeron que en una semana habían logrado de los populares más que en catorce años de los socialistas. Así que ahora mismo, de los días del cuanto peor para el Gobierno del PSOE mejor para los marianistas, de cuantos más parados registrados más corto el camino a La Moncloa, hemos pasado a que grave sobre las espaldas del nuevo Gobierno popular cualquier dato negativo.

Tercero, la elección del guante blanco para el debate de investidura y para la transferencia de poderes ha cegado el camino de invalidar al Gobierno de Zapatero hasta el punto de que empieza a decirse que Mariano Rajoy, en medio de tantas deserciones de los compañeros del PSOE ha pasado a ser el último de los zapateristas, a tenor de los elogios que le prodigó en el debate de investidura. En cuanto a la transferencia de poderes con la insoportable imagen de las carteras que pasan de unas a otras manos, ha sido un espectáculo en línea con los juegos florales donde los elogios enrojecen a los recipiendarios.

Pero terminado el espectáculo empieza el duelo al sol o al hielo y ahora veremos si la mera sustitución de los titulares del poder resuelve todos los problemas o si la confianza que los populares iban a aportar se averigua insuficiente como algunos se temían. Mientras, el cardenal Rouco vuelve a las andadas en la plaza de Colón. Veremos.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista.

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30 diciembre, 2011 a las 7:07 am

La era de los límites, de Daniel Innerarity en El País

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A principios de los años noventa, el entonces líder de los socialdemócratas alemanes, Rudolf Scharping, visitaba a Ulrich Beck en su casa junto al lago Starnberg, al pie de los Alpes bávaros. El tema de la conversación era la sociedad del riesgo y los cambios que la izquierda debía acometer para entender las nuevas realidades y gobernarlas. Charlaban en el jardín y Scharping no conseguía encender un cigarro porque era incapaz de saber de dónde venía el viento y protegerse de él.

Beck me relataba unos años después la escena, que le parecía una imagen elocuente del desconcierto que se ha apoderado del sistema político en medio de la tormenta. Por un lado, simbolizaba muy bien esa nueva intemperie en que se ha convertido nuestro mundo imprevisible, inestable y contagioso. Fenómenos de tipo meteorológico, como los vientos, desbaratan cualquier protección. La política parece cada vez más un subapartado de la climatología o de la oceanografía; las elecciones se ganan o se pierden en función de unos movimientos tan poco dirigibles como los vendavales o las mareas. Por otro lado, las dificultades de Scharping reflejan la actual volatilidad de las instituciones políticas, lo que no es tanto un problema práctico de liderazgo político como una incapacidad de saber de dónde viene el viento, es decir, de comprensión.

¿De qué modo podríamos sintetizar el carácter general de esta nueva época, lo que tiene de inédito y requiere ser comprendido para actuar en ella? Entramos en un periodo caracterizado por la presencia creciente de más límites para la acción de gobierno de lo que estábamos acostumbrados, lo que nos obliga a reinventar la función de gobierno. No me refiero a las limitaciones de crecimiento o presupuestarias, que las hay, pero son consecuencia de una constricción más general.

La política siempre lo ha tenido difícil, pero en otros momentos había al menos un conocimiento asegurado, un espacio limitado, una legitimidad reconocida y una soberanía respetada que bastaban para sortear las dificultades de gobernar. Actualmente, la política está asediada por unas constricciones imprevistas que proceden del desajuste entre unas realidades que han desbordado los márgenes estatales y se articulan ahora en contextos globales, mientras que todavía no disponemos de instrumentos para gobernar esos sistemas, al tiempo que se ha puesto de manifiesto su limitada capacidad de autorregulación.

Estas constricciones a las que me refiero podrían agruparse en dos categorías: hay límites cognoscitivos y límites de autoridad, es decir, limitaciones que se refieren al conocimiento como recurso de gobierno y límites que tienen que ver con el recurso que solemos entender como poder.

Los límites cognoscitivos serefieren al hecho de que entramos en una era de mayores incertidumbres en general, pero de manera particularmente aguda en el caso de la política. Particularmente inquietante es la “ignorancia sistémica” cuando nos referimos a riesgos sociales, futuros, a constelaciones de actores, dentro de las cuales demasiados eventos están relacionados con demasiados eventos, de modo que queda desbordada la capacidad de decisión de los actores individuales… pero que con demasiada frecuencia también sobrepasa la competencia de los sistemas políticos en su conjunto. Cuando se trata de sociedades complejas, donde todo está densamente interconectado, la gran cuestión es cómo podemos protegernos de nuestra propia irracionalidad, de los encadenamientos fatales.

Estas limitaciones se ponen especialmente de manifiesto en ciertas asimetrías cognoscitivas a las que el poder político no estaba acostumbrado, más bien al contrario. Por un lado, en una sociedad del conocimiento los Estados ya no tienen enfrente a una masa informe de inexpertos, sino a una inteligencia distribuida, una ciudadanía más exigente y una humanidad observadora, de la que forma parte un gran número de organismos internacionales que no solamente les evalúan, sino que disponen frecuentemente de más y mejor saber experto que los Estados. Por otro lado, el aumento de la complejidad de los problemas que la política debe resolver se traduce en una disminución de las competencias cognitivas del poder político, muchas de cuyas dificultades proceden no tanto de que no pueda como de que no sabe. Por poner el caso agudo de la gobernanza financiera: toda la clave de la dificultad estriba en el hecho dramático de que los reguladores han de regular a partir del saber experto que le suministran quienes van a ser regulados. En estos y en otros muchos casos ocurre que, dicho sin eufemismos, el que manda ya no es el que más sabe.

La política, que estaba acostumbrada al control y la jerarquía, se ve obligada a gestionar las nuevas limitaciones, desarrollar una inteligencia cooperativa, reconstruir la confianza y pensar en los efectos sistémicos de las decisiones. Especialmente importante es el gobierno de los riesgos sistémicos, es decir, de los que proceden de una interacción no transparente entre los componentes de un conjunto concatenado. Buena parte de nuestro fracaso colectivo a la hora de gobernar el sistema financiero global, por ejemplo, se debe a que toda la acción regulatoria se ha dirigido a los componentes singulares, mientras que el modo como interactuaban esos elementos ha permanecido intransparente. Por supuesto que los riesgos sistémicos se caracterizan por una enorme cantidad de incertidumbre, pero hay modos de gestionar la incertidumbre; hay vida política -márgenes de acción, decisiones posibles- allá donde hay racionalidad, conocimiento, recursos y autoridad limitadas.

Existe otro conjunto de constricciones que se refieren a la dificultad de ejercer el poder, de representar una autoridad reconocida, de decidir o de ser eficaz en un mundo como el nuestro y en un momento como el actual. En medio de espacios abiertos y una densa interdependencia la soberanía es un instrumento muy limitado, las fronteras apenas protegen, los riesgos están mutualizados y entramos en ese ámbito de volatilidad y contagio que se ha hecho más inquietante desde que estalló la crisis económica, con todos sus corolarios: encadenamientos, contaminación, turbulencias, toxicidad, inestabilidad… ¿Cómo se gobierna una sociedad en la que los problemas carecen de límites mientras que los instrumentos están muy limitados?

Comencemos constatando que el poder duro (sin conocimiento, sin persuasión, unilateral, como orden) no es un procedimiento apropiado para los procesos sistémicos de elevada complejidad. Cuanto más depende la política de la formación de procesos de formación de una voluntad política inteligente, más anticuada resulta la idea de soberanía. Volvamos al ejemplo de la crisis financiera: los mercados financieros se desarrollan sobre una agregación transindividual de conocimiento y desconocimiento (incertidumbres, riesgos e ignorancia) que ninguna persona o institución singular está en condiciones de dirigir. Para gobernarlos la política tiene que proceder a una transformación profunda tanto de las ideas como de los procedimientos de gobierno para abrirlos a una mayor horizontalidad, tanto en relación con la sociedad que debe ser gobernada como hacia otros Estados con los que es preciso cooperar más intensamente.

Es cierto que los mercados están condicionando a los Estados de una manera brutal, pero ¿no será que los Estados son tan vulnerables ante estos ataques porque mantienen una estructura anacrónica y que podrían resistir si se tomaran en serio el camino de la cooperación? ¿Qué mejor contrapunto para la globalización financiera que una Europa que hubiera completado su transformación postsoberanista?

Necesitamos una nueva sabiduría de los límites y una inteligencia para entenderlos como una oportunidad para llevar a cabo una política en la que volvamos a combinar efectividad y democracia. De que la política aprenda este nuevo lenguaje depende que esté liderando las nuevas transformaciones o siga quejándose del poco juego que le permiten las nuevas circunstancias.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática. Acaba de publicar La democracia del conocimiento (Paidós).

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29 diciembre, 2011 a las 7:20 am

Reforzar la confianza, de Josep Ramoneda en El País

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El Rey, en su discurso en las Cortes, urgió a reforzar la confianza en las instituciones. Sin duda, debe ser una prioridad si no queremos que la crisis acabe ahogando incluso a la democracia. Pero el aplauso histórico que recibió el Rey antes de pronunciar su discurso no es la mejor manera de atender esta exigencia. La Monarquía está en apuros por un comportamiento irregular de uno de los miembros de la familia real, que no fue debidamente vigilado y reconducido por la propia institución. La reacción de la amplia mayoría de los diputados ante estos hechos es una adhesión cerrada al Rey. Si tenemos en cuenta que los principales partidos contribuyeron a los negocios de Urdangarin por acción -especialmente en algunas comunidades del PP- o por omisión -el PSOE justificó en el respeto a la Corona su timorata actitud- los parlamentarios, aplaudiendo al Rey, se estaban aplaudiendo a sí mismos. De este modo, Urdangarin quedaba como el único malo de la película, chivo expiatorio que libera a los responsables institucionales del manifiesto descontrol en el entorno de la Corona.

Esta reacción de casta del Parlamento alimenta la idea que la ciudadanía tiene de las instituciones como un universo cerrado y alejado del mundo real. Y es un mal augurio para la exigencia de reforzar la confianza en las instituciones. ¿Cuál es el origen de esta desconfianza? Dice Jarton Lanier, estrella a contracorriente del mundo informático, que “si te interesa saber realmente lo que sucede en una sociedad o ideología solo tienes que seguir la ruta del dinero”. El principal factor de descrédito institucional es indudablemente la corrupción. La cuestión es especialmente grave porque estamos muy cerca del momento en que la sociedad claudique. Cada vez más la ciudadanía da por hecho que es inevitable. Y cada vez más se resigna a ver a los dirigentes políticos como un club cerrado, cuyas ruidosas peleas parlamentarias forman parte de la comedia para proteger intereses compartidos inconfesables.

La desidia de los partidos a la hora de afrontar este problema ha sido demasiado grande. La obstinación en seguir presentando a las elecciones a personas imputadas por la Justicia, en utilizar el voto como una forma de blanqueo de responsabilidades judiciales, en mantener situaciones insostenibles pese a la evidencia de los hechos alimenta la idea de que los corruptos tienen una inusual capacidad de chantaje sobre las cúspides.

El ritual que pasa, sin solución de continuidad, del apoyo incondicional al acusado a dejarle completamente solo cuando es un estorbo, confirma la crueldad de la política como complicidad sin amistad. La utilización de la doctrina, probablemente justa, de que la gran mayoría de los políticos son gente honesta, como argumento para no hacer del combate contra la corrupción una prioridad absoluta, debilita la lucha contra esta patología de la democracia. En tan precarias condiciones, asistimos a un salto cualitativo del problema: con el proceso de globalización -históricamente el dinero y el crimen han sido lo primero en globalizarse- la corrupción amenaza con hacerse sistémica. El régimen democrático español no tiene mecanismos de defensa preparados para afrontar a las corporaciones omnipotentes y el crimen organizado. Y si los gobernantes y los partidos no son conscientes del problema solo cabe que la opinión pública apriete.

La crisis ha acelerado la mala imagen de la política. La incapacidad de los gobernantes de asumir el liderazgo para salir de la crisis después de las intervenciones bancarias de otoño de 2008; la sustitución de Gobiernos elegidos democráticamente por Gobiernos de tecnócratas con vínculos con los grandes bancos que causaron el desastre; la imposición de drásticas medidas de austeridad que ponen en cuestión el modelo social, ocultándolas en las campañas electorales y evitando el debate público; el rápido paso de personas con responsabilidades políticas a cargos en empresas y lobbies empresariales, y, al revés, el trasvase de ejecutivos del poder financiero al poder político; y el negocio esplendoroso del tráfico de influencias forman parte de un largo suma y sigue de indicios que restan credibilidad a la política.

Reforzar la confianza en las instituciones es priorizar la lucha contra la corrupción ahora y prevenir el riesgo de que se haga sistémica. Y es dejar de fomentar la indiferencia entre la ciudadanía con el discurso paralizador del miedo y con los comportamientos como casta cerrada. No hay corrupto sin corruptor. Pero si desde arriba la idea que se transmite es que el dinero es el que manda y que la política es impotente, lo único que se consigue es normalizar la corrupción en todos los ámbitos de la sociedad.

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Introducido por Reggio

29 diciembre, 2011 a las 7:19 am