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Una defensa de la Navidad, de Rafael Nadal en La Vanguardia

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Algunas personas transmiten siempre buenas vibraciones y otras siempre contagian el mal rollo. El periodista Arturo San Agustín lo comprobó en verano, cuando asistió a la Jornada Mundial de la Juventud, que presidió en Madrid Benedicto XVI. Pensaba encontrarse con un montón de hijos de papá almibarados y acabó atrapado por la vitalidad entusiasta de un millón de jóvenes normales, muchos de ellos trabajadores llegados desde países remotos. “Te sorprendían con cosas sencillas: si una persona mayor tenía que cruzar la calle, la ayudaban; si subía a un autobús, le cedían el asiento. Por unos días, la ciudad era amable y te sentías seguro; parecía Nueva York al día siguiente del 11-S”. San Agustín, que es un anarquista conservador y un intelectual insobornable, lo ha escrito en un libro sin prejuicios, que se acaba de traducir al inglés: Un perro verde entre los jóvenes del Papa, la crónica sorprendente de aquella semana en la que los jóvenes católicos transmitían buenas vibraciones y los que protestaban contra el encuentro propagaban el mal rollo.

En Navidad, el fenómeno se radicaliza: algunas personas sólo con su presencia ya contagian las ansias de vivir, y otras se empeñan en amargarnos las fiestas repartiendo pesimismo y mala leche. Algunos intelectuales y periodistas lideran, con indisimulada prepotencia moral, la moda que sostiene que las fiestas son empalagosas, los buenos deseos son blandos, la familia es inaguantable, los amigos son una lata y no hay quien pueda digerir las comidas colectivas. En la intimidad, la mayoría sigue siendo partidaria de las celebraciones, pero en la calle ganan terreno los que empiezan a poner mala cara en el puente de la Purísima y no dejan de quejarse hasta que se desmonta el último pesebre, pasada la Candelaria. Estoy radicalmente en desacuerdo. Entiendo que hay gente que no tiene mucho que celebrar. Respeto a aquellos que se sienten traicionados en sus convicciones morales por los excesos materiales de la Navidad. Aplaudo a quienes hacen una crítica ácida de las muchas hipocresías de estos días. Pero me cansa la burla mediocre de los que necesitan mortificarse y torturar a los demás porque así quedan más intelectuales.

Y me resulta especialmente extraño comprobar que los más activos contra la Navidad son los que siempre reclaman más fiestas y más celebraciones populares. Dicen que están en contra del consumismo, pero acabarán reduciendo la Navidad a una serie de visitas a los grandes almacenes. Hacen lo que pueden para vaciar de sentido la fiesta más trascendente, la más espiritual, y la más simbólica del calendario, que también es la más arraigada, la más sencilla y la más popular. Antes, estos personajes eran los malos del cuento y eran presentados como odiosos, avaros, irritantes, malcarados, violentos y déspotas. Eran el míster Scrooge de la Canción de Navidad de Dickens; ahora los hemos convertido en los héroes de nuestros medios de comunicación.

Dejo a un lado la dimensión religiosa de las fiestas, porque quienes las viven desde la fe no dudan de su significado. Pero me cuesta comprender el odio a la Navidad, incluso desde la más absoluta laicidad. Hace años que no soy practicante, pero estos días no puedo evitar volver a la iglesia y sentirme parte de un colectivo que entierra raíces poderosas en siglos de repetición gestual, con diferentes grados de fe o simplemente de costumbrismo. Generaciones enteras han repetido los mismos actos, las mismas liturgias, los mismos ciclos naturales. Y supongo que eso es importante. Nunca como en estos días me siento tan integrado en esta tierra y en esta comunidad milenaria.

Este año, en nochebuena habíamos decidido buscar una misa del gallo en los alrededores de Girona, y las primeras llamadas resultaron desconcertantes: en Aiguaviva del Gironès no se celebraba; en Vilablareix, tampoco; llamamos a Medinyà, porque tenemos buenos recuerdos de cuando allí predicaba la voz poderosa de mosén Modest Prats: tampoco. Probamos en Sant Daniel, porque algunas navidades nos habíamos acercado al monasterio, andando por el camino que sigue el curso del río Galligants, pero ya hace un par de años que la anularon. Acabamos en Sant Julià de Ramis y fue una buena decisión porque, cuando entrábamos en la iglesia, un coro local cantó Les dotze van tocant y el desconcierto se convirtió en una sorpresa agradable: mosén Sebastià Aupí celebró una misa repleta de canciones tradicionales y de cuadros escénicos de Els pastorets y, al final, en la calle, bebimos chocolate caliente junto a un fuego espléndido.

Era una más de las misas que a aquella hora se repetían en toda Catalunya, como expresión sencilla y poderosa de una fe popular, que respeto y que querría mucho más visible. A menudo recrimino a mis amigos practicantes que cuesta identificarles por su comportamiento ejemplar en el trabajo o en la calle. Deberían confiar más en la fuerza de sus convicciones; como aquella peregrina sevillana, joven y guapa, a la que un día de verano, en Madrid, Arturo San Agustín preguntó por Jesús.

- ¿Te gusta mi sonrisa?

- Sí, claro.

- Pues ese es Jesús.

Reconozco que cuesta de creer, pero como imagen es mil veces más estimulante que la mala uva de los pedantes que se pasan el día criticando la Navidad.

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30 diciembre, 2011 a las 7:14 am

De qué esperanza hablamos, de Josep Maria Puigjaner en La Vanguardia

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Me agradó la definición que hace pocos días leí en un artículo de opinión: la esperanza es un estado de opinión que nos obliga a pensar que lo que deseamos se convierta en realidad y que lo que puede ir bien irá bien. Me agradó y me animó a considerar diversas facetas de la palabra esperanza. Porque, por un lado, está la esperanza del creyente, la que se centra en la obertura a una visión trascendente de la vida. Por otro lado, me suscita una especial atracción la esperanza del no creyente, la esperanza vivida desde la laicidad, porque lleva en su interior una gran carga de humanismo. También el no creyente valora la esperanza y la necesita, porque sabe que ella constituye el punto de partida sin el cual no se genera la energía necesaria para desencadenar cualquier proceso de recomposición o de enderezo.

Pero, ¿de qué esperanza estoy hablando? Por supuesto, no de una esperanza vaporosa, hecha de melancolía y suspiros. No de una esperanza que se desentiende de la realidad tal como es, sino de una esperanza que, aun proyectada en el futuro, se fundamenta en las potencialidades que existen, por ocultas que estén, en el momento actual. Me refiero a aquella esperanza que actúa en el interior de cualquier persona o de cualquier sociedad humana, mediante la cual podemos ser capaces de engendrar -con dolores de parto, eso sí- un mundo más razonable, más justo, más alegre y, por tanto, más gratificante.

Esta esperanza ha de tener el primer apoyo en la inteligencia humana. La historia del hombre sobre la Tierra demuestra que la vida posee una energía que empuja la inteligencia de los humanos hacia niveles más altos de convivencia entre civilizaciones, culturas y naciones. Podemos albergar la esperanza de que la inteligencia irá encontrando caminos de superación de las continuas y poco evitables contradicciones, conflictos o antagonismos que los hombres vamos generando. Hay todavía otro ámbito igualmente decisivo: la esperanza en la fuerza transformadora de los sentimientos. Es importante sentir que tenemos posibilidades de superarnos, de actuar mejor y de progresar en la dimensión del espíritu. Y sentir que mi contribución es indispensable para la colectividad.

Sin menoscabar la de raíz religiosa, esta esperanza laica es la que puede conducir a superar problemas en una Europa aún no lo bastante unida, con déficits de visión comunitaria, de generosidad y acción solidaria.

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27 diciembre, 2011 a las 7:13 am

El sermón de fray Antón Montesino, de Juan José Tamayo en El País

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En diciembre de 1511, el cuarto domingo de Adviento, subía al púlpito de la iglesia de los dominicos en La Española (Santo Domingo) fray Antón Montesino para pronunciar un memorable sermón, que se convertiría en una de las primeras y más radicales denuncias de los abusos de la conquista española en Abya-Yala y en un antecedente del pensamiento latinoamericano liberador. Ha llegado hasta nosotros gracias a la profética e incisiva pluma de fray Bartolomé de Las Casas, que recoge lo sustancial de la prédica y las reacciones a la misma en el tercer libro de su Historia de las Indias (tomo II, M. Aguilar Editor, Madrid, s/f, páginas 385-395).

El sermón fue preparado por todos los miembros de la comunidad de Santo Domingo, quienes lo firmaron de su puño y letra para dejar constancia de la autoría colectiva y de la relevancia de tan decisiva pieza oratoria. Los dominicos lo habían preparado a conciencia a partir de sus propias averiguaciones sobre el “crudelísimo y aspérrimo cautiverio” al que los encomenderos españoles sometían a los indios en las minas de oro y otras granjerías, y tras escuchar numerosos testimonios sobre la “tiránica injusticia” y las “execrables crueldades” contra los nativos, tratados como animales “sin compasión ni blandura”, y “sin piedad ni misericordia”, según la descripción de De Las Casas. Tras tan concienzudo análisis de la realidad acordaron denunciar desde el púlpito el régimen de la encomienda por considerarlo contrario “a la ley divina, natural y humana”.

El vicario Pedro de Córdoba encargó pronunciar el sermón a fray Antón Montesino, uno de los primeros dominicos en llegar a la isla, afamado predicador, hombre de letras, muy animoso, “aspérrimo en reprender vicios”, “muy colérico en sus palabras” y “eficacísimo en sus frutos”. El templo estaba a rebosar. Ocupaban los primeros puestos las principales autoridades coloniales, entre ellas el almirante Diego de Colón, hijo del conquistador. También estaba presente el clérigo Bartolomé de Las Casas, en su calidad de encomendero. Ante un público tan cualificado, el predicador no tuvo pelos en la lengua y habló de esta guisa:

“Voz del que clama en el desierto. Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y conozcan a su Dios y creador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis, no os podéis más salvar, que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe en Jesucristo”.

Terminada la misa, Diego de Colón y los oficiales reales se dirigieron al convento de los dominicos para reprender al predicador por el escándalo sembrado en la ciudad, acusarlo de “deservicio” al Rey y exigirle que se retractase en público el domingo siguiente. Siete días después, fray Antón Montesino volvió a subir al púlpito y, lejos de desdecirse, se ratificó en las denuncias y afirmó que los encomenderos no podían salvarse si no dejaban libres a los indios y que irían todos al infierno si persistían en su actitud explotadora. El sermón provocó todavía mayor alboroto que el del domingo anterior, y los oficiales reales enviaron al rey cartas de protesta contra los frailes.

Fray Antón Montesino fue enviado a España para dar cuenta y razón de su sermón al rey. Tras muchos impedimentos, logró entrevistarse con el anciano monarca, a quien expuso un largo memorial de los agravios de los conquistadores contra los indios: hacer la guerra a gente pacífica y mansa, entrar en sus casas y tomar a sus mujeres, hijas, hijos y haciendas, cortarles por medio, hacer apuestas sobre quién les cortaba la cabeza de un tajo, quemarlos vivos, imponerles trabajos forzados en las minas, etcétera.

Aquel sermón no cayó en saco roto. Marcó el comienzo del cristianismo liberador, del reconocimiento de la dignidad de los indios y del respeto a la diversidad cultural y religiosa en Amerindia. Fue, asimismo, el germen de la teología de la liberación. Tres años después, Bartolomé de Las Casas renunciaba a su función de encomendero, se convertía en el defensor de los derechos de los indios y, según Fernández Buey, en el iniciador de la variante latina de la filosofía europea de la alteridad y de la tolerancia.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra Ignacio Ellacuría de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Otra teología es posible. Pluralismo religioso, interculturalidad y feminismo (Herder, Barcelona, 2011).

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20 diciembre, 2011 a las 7:19 am

Una carta del cardenal Pacelli, de Hilari Raguer en El País de Cataluña

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La carta colectiva del episcopado español a favor del Alzamiento es sin duda el documento eclesiástico español más famoso y el más controvertido. La documentación secreta vaticana recientemente abierta a los investigadores ha revelado detalles interesantes sobre cómo la recibió el Vaticano.

Franco estaba muy quejoso de ciertos católicos extranjeros que, aun condenando la persecución religiosa desencadenada en la zona republicana, rechazaban el título de cruzada que los insurrectos se arrogaban y denunciaban la severa represión que se daba en la zona llamada “nacional”. El 10 de mayo de 1937 pidió al cardenal Gomá que, ya que todos los obispos estaban de su parte, publicaran “un escrito que dirigido al episcopado de todo el mundo, con ruego de que procure su reproducción en la prensa católica, pueda llegar a poner la verdad en su punto”. Gomá, después del fracaso de la instrucción pastoral por él redactada pero firmada por los obispos de Pamplona y Vitoria contra los nacionalistas vascos católicos que luchaban al lado de la República, era decididamente contrario a todo documento colectivo, pero atendió al ruego de Franco. Consultó al cardenal Pacelli, secretario de Estado, y a todos los obispos. Éstos aceptaron con entusiasmo la propuesta, con la excepción de Vidal y Barraquer, y Múgica, pero el secretario de Estado contestaba a Gomá sobre otras cuestiones sin decir nada del documento. Gomá seguía informando, y Pacelli callando. Finalmente, el 5 de julio Gomá envía a Pacelli las pruebas de imprenta del texto definitivo. Entonces, el 31 de julio, Pacelli escribe a Gomá acusando recibo de las pruebas de imprenta, y le dice: “Esta Secretaría de Estado sería del parecer que para la publicación de un documento de tanta importancia, como es la citada carta, sería deseable la unanimidad de ese Excmo. Episcopado. Puesto que el Emmo. Señor Vidal y Barraquer, como Vd. observa en su mencionada carta N. 88, no estima conveniente la publicación de dicho documento, y por otra parte S. E. Mons. Múgica y tal vez con él otros Obispos españoles no desean firmarlo, esta Secretaría deja a la conocida prudencia de Vuestra Eminencia ver si no sería el caso de suspender por ahora su publicación”. Pero esta importante carta no llegó a enviarse. No se envió, pero no se destruyó, sino que el original, no firmado, se archivó en la Secretaría de Estado, con una anotación en lápiz, a mano, encerrada en un círculo, que dice: “Sospeso”.

La carta colectiva lleva la fecha de 1 de julio, y así suele citarse, pero en realidad no se divulgó hasta fines de agosto. Gomá dice que había que asegurarse de que antes la habían recibido los obispos, que eran sus destinatarios formales, pero además hasta el último momento trató de convencer a Vidal y Barraquer de que firmara. En la carta con la que enviaba a Pacelli las pruebas de imprenta, respondiendo a la principal objeción de Vidal y Barraquer al documento (o sea, que podía provocar represalias contra clero y fieles de la zona republicana), aseguraba que “se procederá a su envío a los Sres. Obispos de todo el mundo en forma reservada”, para que puedan orientar a la prensa católica de sus países, pero de hecho los servicios de la propaganda franquista ya estaban trabajando frenéticamente en la traducción y edición del documento. ¿Dijo alguien a Pacelli que aquello ya no tenía marcha atrás? Con razón había dicho Vidal y Barraquer: “Muy propio para propaganda, pero lo estimo poco adecuado a la condición y carácter de quienes han de suscribirlo”.

Gomá había evitado en la carta todo lo que sabía que no gustaría al Vaticano. Aunque en repetidos documentos anteriores había proclamado que aquella guerra era una cruzada, en éste no solo no lo sostiene sino que afirma expresamente que no lo es, y también se abstiene de dar una adhesión incondicional al nuevo régimen, antes bien dice que de momento ayuda mucho a la Iglesia pero no se sabe cómo puede evolucionar. Por eso algunos obispos habían dicho que era demasiado floja. Pla y Deniel, por ejemplo, aprobaba el proyecto si decía lo que los obispos ya habían estado afirmando (como él en su famosa pastoral Las dos ciudades, o sea, que aquella guerra era una cruzada). Pero ni con tanta moderación obtuvo Gomá la deseada aprobación. De hecho, el Vaticano no la prohibió pero tampoco la aprobó. Tardó nueve meses en acusar recibo, y entonces lo hizo en tales términos que provocaron una enérgica protesta del embajador Yanguas Messía.

Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat.

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17 diciembre, 2011 a las 7:13 am

El pecado de Zapatero, de Óscar Celador Angón en Público

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Las dos últimas legislaturas han sido las más tensas en las relaciones entre el Estado y la Iglesia católica de nuestra historia democrática, pues la jerarquía eclesiástica ha respondido con declaraciones muy duras ante los medios de comunicación y liderando las manifestaciones organizadas para protestar contra la aprobación de algunas políticas impulsadas por los gobiernos de Zapatero (que formaban parte de su programa electoral) en terrenos como la familia, la educación o la bioética.

Ahora bien, al mismo tiempo que la jerarquía católica calificaba públicamente las políticas impulsadas por el Ejecutivo socialista como laicistas y enemigas de la libertad religiosa, ha negociado hábilmente con ese mismo Gobierno la mejora de sus privilegios en numerosos terrenos. Durante las dos últimas legislaturas el dinero público ha seguido financiando las escuelas concertadas católicas, la enseñanza de la religión ha continuado impartiéndose en las escuelas públicas y los presupuestos generales han continuado financiando generosamente la conservación de iglesias y catedrales porque forman parte de nuestro patrimonio histórico, artístico y cultural, pese a que en la práctica su uso sea privado, entre otros muchos ejemplos. Y por si esto no fuera suficiente, en este periodo el Estado ha aceptado responsabilizarse económica y laboralmente de los profesores que imparten enseñanza de la religión católica en la escuela pública, como si de un servicio público más se tratase, y convertir en indefinida en el tiempo y mejorar considerablemente la financiación que recibe la Iglesia a cargo del erario público.

En este contexto, el principal pecado de los gobiernos de Zapatero ha sido haber dejado pasar la oportunidad de reformar la Ley Orgánica de Libertad Religiosa, pese a que dicha regulación carece de los instrumentos necesarios para solucionar los problemas derivados del pluralismo ideológico y religioso que se ha instalado en nuestra sociedad. Decía Sócrates que los buenos gobernantes no son los que llevan cetro, sino los que saben mandar, y a la vista de los hechos queda claro que Zapatero ha claudicado ante la tiara papal.

Óscar Celador Angón. Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas.

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3 diciembre, 2011 a las 7:10 am

El Arzobispo y su mensaje electoral, de Francisco J. Bastida en La Nueva España

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En respuesta a la carta del prelado sobre las elecciones generales

Como es habitual, la jerarquía eclesiástica lanza sus mensajes pastorales en campaña electoral para orientar el voto de su rebaño, y la reciente carta del arzobispo de Oviedo cumple con esa misión. Tiene todo el derecho del mundo a expresar sus ideas y a pedir que el voto cristiano se oriente en esa dirección e incluso a incitar a que se vote a un determinado partido. Si en su día la Iglesia católica bendijo a todo un régimen político y llevó bajo palio a su dictador, es bueno este ejercicio de moderación en democracia. Pero si decide el Arzobispo manifestar su credo político e incluso su rechazo a la gestión del actual Gobierno, no puede obligar a los disconformes a guardar silencio, y menos tildar de «habituales vociferantes en el sentido más propio de la expresión» a quienes opinan que los obispos entran en campaña electoral. Sólo faltaba no poder afirmar lo que es un hecho cierto. Es más, la Iglesia siempre está en campaña, porque su supuesto mensaje pastoral le lleva a estar permanentemente en la cañada política.

Lo que más irrita de la jerarquía eclesiástica es que nunca pierde sus bondadosas formas cuando más cínica se muestra, pero la carta comentada abandona por momentos ese meditado estilo, tan adecuado para embaucar y, a la vez, provocar una reacción de «los vociferantes» que justifique en la Iglesia una falsa posición de víctima de la intolerancia.

Defender la vida desde su gestación y el matrimonio heterosexual como único posible en nombre de Dios o de la Verdad revelada es legítimo. Pero lo es menos cuando esa defensa se hace selectiva. Decir que «la vida no tiene color rojo, o azul o arco iris» es un sarcasmo, cuando aún se está investigando el robo de niños en la posguerra en el que participaron religiosos católicos, sin que la Iglesia diga algo al respecto. También lo es aludir a la vida «arco iris», cuando la Iglesia condena el homosexualismo como una enfermedad, o cuando la homosexualidad de no pocos de sus ministros ha destrozado la vida de niños con prácticas de pederastia largamente encubiertas, cuando no ejercidas, por la jerarquía. Por no hablar de su doctrina sobre anticonceptivos o el sida.

El señor arzobispo puede afirmar que no son de confianza quienes han aprobado una ley de interrupción voluntaria del embarazo, pero no puede sostener que son «quienes confunden la manipulación de la vida con sus intereses de poder», salvo que demuestre qué tiene que ver una cosa con la otra. Aprovecha, además, la ocasión para arremeter contra el legislador «por sus demagogias lingüísticas de géneros varios». Expresión abstrusa, pero en la que se intuye un reproche por intentar hacer visible a la mujer en el enunciado de las normas. Es cierto que la profusa inclusión del género gramatical diferenciado en el texto de leyes y reglamentos (los asturianos y las asturianas …) no es una medida muy adecuada para lo que se persigue, pero no se puede afirmar que lo que se pretende es hacer «demagogia». Sólo el secular desprecio de la Iglesia católica hacia la mujer puede explicar que el Arzobispo se fije en un punto e ignore la línea, y que al Gobierno apocalíptico de Zapatero no le reconozca siquiera su legado más honorable, que es la lucha por la igualdad de género y contra las discriminaciones y violencia de esta especie. En el fondo, lo que le molesta es la igualdad de género, porque deja moralmente desnuda a una iglesia misógina.

Donde se le ha ido la mano al Arzobispo es en la parte final de su carta, cuando desciende de la Verdad evangélica a la verdad política. Escribe que «hemos visto engañar demasiado estos años, con enormes consecuencias para las personas y para un país, como ahora estamos lamentando». Y esto lo achaca a que «cuando la mentira en todas sus formas se convierte en un arma política más y no duelen prendas ni gastos a la hora de engañar a mansalva con tal de seguir obteniendo resultados de puro poder, estamos ante otro frente de personas o de posiciones partidistas que en su deshonestidad no son merecedores de una confianza por parte del pueblo». Aquí el Arzobispo cambia directamente los evangelios por Intereconomía. ¿Dónde queda ese guante de seda con el que la Iglesia fustiga a los que tiene por enemigos, dónde esa distancia para atacar desde una aparente y serena ecuanimidad?, ¿cómo pretende con esas asechanzas una «convivencia en paz, sin crispaciones insidiosas»? Siento decirlo, pero en esta parte de la carta su maldad supera su inteligencia.

Lo más sorprendente es que su misiva se dirige «desde la doctrina social de la Iglesia», pero en ella no hay referencia alguna al paro, ni a la pobreza ni a las desigualdades sociales. Lo que más se acerca a esa doctrina social es que pide al Señor que los nuevos representantes ejerzan su función buscando el bien de las personas, «especialmente de las más desfavorecidas». ¡Vaya término para quienes están sin empleo! Ni una palabra sobre la especulación económica o sobre una política de redistribución de la riqueza. Pudo concluir, al menos, con algún paternal consuelo para los «desfavorecidos», como que los ricos no entrarán en el reino de los cielos, pero a estas alturas todos sabemos que no entrarán, porque ya no caben más.

Francisco J. Bastida. Catedrático de Derecho Constitucional UNIOVI.

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17 noviembre, 2011 a las 7:09 am

´Habemus Papam´o la audacia, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Solemos decir que lo contrario de  la mediocridad es la brillantez y no es cierto. En la categoría de personas brillantes acostumbramos a mezclar varias cosas, desde la gracia hasta la frivolidad, pasando por el porte, el don de la palabra, y hasta si cabe la irresponsabilidad. Dalí, por ejemplo, fue una metáfora de la brillantez. Les propongo un juego. Hagan un pequeño recordatorio de los personajes más brillantes que han conocido y luego vayan recorriendo el arco de su vida. Ya sé que es un juego cruel, porque la brillantez de unos momentos contrasta con la augusta mediocridad del resto de su vida. Esclavo de mi propio juego, si me pongo a recordar los tipos más brillantes que he conocido, puedo asegurar, a riesgo de equivocarme muy poco, que su característica dominante, junto a la brillantez, fue su cobardía.

Lo contrario de la mediocridad es la audacia. El hecho de que lo repitieran Napoleón y sus exégetas hasta el hartazgo, no nos libra de la obligación de repetirlo. Si hay un reproche general a nuestra literatura, a nuestro cine, no digamos ya a nuestro periodismo, sería el de suplir la audacia con la brillantez, y eso en el mejor de los casos. Si Valle-Inclán es un enigma, posiblemente no lo sea por ninguna otra razón que por su audacia genial. Cuando alguien tiene el privilegio de ver en escena Luces de Bohemia, se le hace difícil entender cómo fue posible que construyera esa obra, audaz hasta lo temerario, sin la más mínima ilusión de que se pudiera representar alguna vez.

Pues bien, bajando de la nube y yendo al grano, considero a Nanni Moretti uno de esos creadores cinematográficos que uno debe visitar siempre, te guste más o te llegue menos, porque ahí hay talento, sensibilidad y sobre todo audacia. No hay una sola película de Moretti que no me haya dejado una huella, una imagen; alguna reflexión incluso que va más allá del cine y que afecta a tu vida.

Hay que ser muy osado para que un ateo, como Nanni Moretti, ponga en escena una historia tan singular como la de un Papa, elegido en cónclave, como es preceptivo, que no se siente con la fuerza interior necesaria para asumir su papel. ¡Un Papa! Habría que empezar diciendo que los Papas no se presentan candidatos, sencillamente son elegidos. Lo que se traduce en que deben asumir una responsabilidad que en más de una ocasión no se han buscado, ni querido, sino que les ha transferido la comunidad de cardenales que constituyen el escalón más alto de la Iglesia católica. Y que, además, habrán de ser Papas de por vida, sin posibilidad de renuncia. Sobre esta eventualidad, la de dimitir -verbo laico e inadecuado para una institución que encarna la tradición por excelencia- ha construido Moretti un filme literalmente delicioso.

No me cabe duda que para la sensible pituitaria de los creyentes de fe berroqueña, el mismo planteamiento les parecerá que roza el sacrilegio, pero para quienes compartimos con Moretti una sensibilidad ajena al catolicismo, no creo que haya en el filme ofensa ni menosprecio. Eso sí, ironía y un punto de sarcasmo que convierten a la película en un retrato brillante -también hay que decirlo- de un mundo distante que acaba resultando casi familiar. La audacia está en el tema, las situaciones, los diálogos. Y sobre todo en el buen gusto, lo contrario del berlusconismo tan de capa caída hoy pero tan promocionado hace nada por esa parte de la militancia católica, que Moretti ha tenido la delicadeza de retirar de la escena.

Los Papas no se presentan, se eligen. Detalle importante. Entonces cabe preguntarse, ¿puede dimitir un Papa? Que yo sepa no hay precedentes, pero el asunto, con todo lo que tiene de insólito, no creo que sea el meollo de esta historia. Tampoco creo que la figura del psicoanalista, que es convocado a ese Vaticano secreto, pueda valorarse como lo más audaz del filme, con ser la interpretación de Moretti excepcional. La secuencia del psicoanalista iniciando su sesión ante el Papa remiso, con la curia cardenalicia de fondo, es antológica. No menos que los chispeantes duettos entre doctor y el cardenal Gregori, encarnado por ese gigante discreto de la interpretación que es el actor Renato Scarpa. Soberbio gran teatro italiano. Goldoni y Pirandello.

Porque el teatro está tan presente que aspira a ser una gran representación filmada. Si me viene a mientes Valle-Inclán, el insuperable dramaturgo de nuestro siglo XX, es por la insistencia de Moretti en los elementos teatrales. El sueño juvenil del Papa recién electo había sido la interpretación, ser actor, y sobre todo hacer un papel en La gaviota, que se sabe de memoria. ¿Qué tiene esa obra de Chéjov, de una sencillez extrema, para que no podamos resistirnos a su poder de seducción? Sobre La gaviota de Chéjov se ha dicho de todo, y seguiremos haciéndolo, pero hay algo que gravita en ella, como en Habemus Papam, y es la melancolía, esa manifestación de la tristeza, que no tiene límites.

¿Quién no siente una mezcla de piedad y complicidad con ese Papa, un hombre al fin al cabo, con su pasado, sus costumbres, sus frustraciones, que trata de escapar a un destino que él no ha elegido? Y que pretende, en una huida plena de ansiedad, entrar en otra vida, nada común, pero que podía haber sido la suya, la del teatro -otro escenario, harto diferente al del Vaticano- y una cena con actores -¿quizá eran doce?- donde se respira cotidianidad, complicidad, camaradería; esa naturalidad que adoptan cuando salen del escenario y dejan de ser dioses para convertirse en humanos. Porque los actores son dioses, no lo olviden; han sido santificados por su público sobre el primer púlpito de la historia de la humanidad, el escenario. No hay saña, ¡y vive Dios, que dirían los clásicos, que podría haberla! Hay ironía, hasta en los momentos más perplejantes, como esa irrupción de la memorable canción de Mercedes Sosa Todo cambia, o la competición de balonvolea, o los guiñolescos guardias suizos que refuerzan la escenografía y juegan su papel bufo. Ese retrato sin acritud de las ventajas del Estado vaticano, con su gasolina barata y sus medicinas especiales. No quiere hacer sangre, sólo el florete malicioso de un tipo que a comienzos del siglo XXI se pregunta por algo que está ahí, inamovible, inmenso, perenne. Es llamativo: sólo hay crueldad con los periodistas. ¡Qué especímenes! El portavoz vaticano, hábil y marrullero,  brillante, ya lo ven, pero sin ser audaz; se limita a cumplir hasta el exceso de celo. Y los reporteros estrella especializados, que confunden la fumata nera o bianca, y el tertuliano atascado porque no tiene ni zorra idea. Toda la ternura que nos despiertan esos cardenales apegados a sus costumbres, se convierte en acidez ante los jetas de la comunicación. Quizá otro desdén antiberlusconiano.

Pero hay también algo que me parece importante, quizá lo que más. La reflexión sobre el poder. ¿Se puede renunciar al poder cuando te lo han otorgado? ¿Hay alguien, aunque sea un Papa, capaz de hacerlo? La audacia en un creador consiste en eso, nada más que en eso: plasmar en imágenes algo que no nos atrevemos a abordar porque queda muy por encima de nuestras miserias cotidianas.

En la figura del cardenal Melville, interpretado por Michel Piccoli con la modestia que destilan los grandes actores -que parece que les basta con estar, que no necesitan interpretar- hay una humanidad doliente y frustrada. Lo que le convierte en homenaje a la creatividad, a la imaginación, a la idea de que realizarnos, o al menos intentarlo, pasa en ocasiones por ese eterno “no” y el insólito rechazo a la brillantez del oropel, tan bien simulada por el ritual vaticano. Y aceptar que la vida, toda ella, puede haber sido una equivocación y que no hay poder que puede llenar ese vacío. Cuando dice “no estoy en condiciones de asumir el papel de Papa” sólo está proclamando la grandeza del cardenal Melville, no su debilidad. En eso antaño aseguraban que consistía la ética desde los griegos, ay, desde los griegos.

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12 noviembre, 2011 a las 7:20 am

Sentido común y mandato de Dios, de Javier Pradera en El País

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Los buenos aficionados a las intervenciones parlamentarias, los discursos mitineros y las entrevistas de Rajoy están familiarizados con dos célebres frases hechas que le sirven de muletas en momentos de vacilación, apuro o desconcierto. La apelación al sentido común (en tanto que órgano privilegiado de conocimiento) y al procedimiento de como Dios manda (para llevar a buen puerto las instrucciones recibidas de esa inteligencia superior) constituyen sus principales aportaciones a la neo-jerga política. El refuerzo de autoridad brindado por esos latiguillos cognitivo-teológicos explica tal vez que, en teoría simple challenger para el título de campeón de los pesos pesados en el combate político-pugilístico de anteayer, fuese premiado con la victoria por puntos frente a Rubalcaba, pese a sus negativas a explicar su programa.

En el debate, Rajoy mencionó varias veces el sentido común como si fuese el tribunal supremo aplicado a las prestaciones sanitarias y de jubilación del Estado del bienestar. Pero un breve repaso al respetado Diccionario de Filosofía de José María Ferrater Mora nos enseña que el concepto no se presta a la definición intuitiva que suelen manejar los abuelos con los nietos revoltosos o los curas con los alumnos díscolos, sino que tiene una compleja genealogía intelectual contraria a su aparente simpleza.

Si la noción aristotélica de lo que fue llamado posteriormente sensus communis resume una vasta masa de doctrinas, las posteriores adaptaciones escolásticas también muestran notables discrepancias. La concepción tomista, en cualquier caso, se refiere a las aprehensiones de un mismo sentir por varios individuos que alcanzan un acuerdo universal respecto a ciertos principios o verdades aceptables por la racionalidad de todos los seres humanos.

Es evidente que la utilización del llamado sentido común para imponer a los demás las opiniones propias sobre cualquier asunto controvertido, so pena de acusarles de maliciosos defensores de intereses particulares o de perturbados incapaces de distinguir entre la realidad y la ficción, destruye los supuestos del pluralismo político, social e ideológico que sirven de base al sistema democrático. Si todos los problemas de la convivencia en común de una sociedad tienen una sola solución, avalada por un sentido común único que reflejaría la racionalidad del ser humano, el procedimiento lógico a seguir será entregar las palancas del poder a quien invocase su santo nombre y reivindicase sin más pruebas el monopolio de su posesión, tal y como suele hacer Mariano Rajoy. Desparecerían así de escena los intereses en conflicto y la competición en el mercado de las ideas para aportar soluciones. La fórmula marianística para crear puestos de trabajo, acabar con el déficit y amortizar la deuda ni siquiera es una arbitrista fórmula de sentido común: se trata simplemente de una petición de principio: si no hubiese paro desaparecería el subsidio de desempleo, aumentarían los ingresos de la Seguridad Social y las arcas del Estado volverían a llenarse.

El candidato Rubalcaba apuntó algunas interesantes líneas de actuación de ámbito europeo -como el aplazamiento hasta 2015 de la consolidación fiscal de cada país, la rebaja de los tipos de interés por el Banco Central Europeo y un plan de choque de 70.000 millones de euros para la creación de empleo financiado por el Banco Europeo de Inversiones- merecedoras cuando menos de discusión antes de ser aplastadas por el rodillo de la austeridad. Porque hay inquietantes precedentes de Grecia, de otros países europeos y de las movilizaciones españolas del 15-M acerca de las dificultades que puede encontrar la Unión Europea para consolidar su proyecto democrático en un clima de asfixia económica.

Rajoy no consideró necesario, en cambio, apuntalar anteayer el templo del sentido común con la ingeniería sacra del como Dios manda. Sin embargo, seguramente el arriscado y combativo sector de la ultraderecha que vivaquea en el campamento de Esperanza Aguirre echaría de menos una respuesta contundente a la pregunta del candidato Rubalcaba sobre el tratamiento que daría Mariano Rajoy a algunas leyes aprobadas o proyectadas en las dos legislaturas socialistas anteriores si los populares conquistaran el poder: aceleración del divorcio, matrimonio homosexual, modificación de la ley del aborto, muerte digna, conciliación laboral y libertad religiosa. ¿Tendrían los ateos, agnósticos y politeístas vela en este entierro? ¿Y a quién confiaría su mandato Dios: a Rajoy, a Esperanza Aguirre o a Rouco?

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9 noviembre, 2011 a las 7:17 am

Católicos ante el 20-N, de Óscar Celador Angón en Público

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La Conferencia Episcopal española ha publicado una nota para orientar moralmente a sus fieles ante la proximidad de la cita electoral del 20-N. Se trata de una práctica habitual, a través de la cual la Iglesia católica no pide el voto para una formación política concreta, pero recomienda no votar a los partidos políticos que promueven políticas contrarias a su moral y principios y, en el caso concreto del 20-N, a aquellos partidos que defiendan el derecho de las mujeres a abortar, el matrimonio entre personas del mismo sexo, o la impartición de Educación para la Ciudadanía en la escuela.

De esta manera, la Iglesia católica ha hecho un guiño evidente al PP, ya que el PSOE ha sido el promotor del reconocimiento legal de las políticas señaladas, y en los últimos años el PP ha venido utilizado estas temáticas para realizar parte de su labor de oposición política, e incluso ha recurrido algunas de estas medidas ante el Tribunal Constitucional.

La experiencia nos dice que el mensaje de la Iglesia católica probablemente será obviado por la sociedad española, pues en las anteriores elecciones nacionales la Iglesia católica realizó una recomendación similar a sus fieles y el PSOE se alzó con la victoria. Por lo tanto, o bien los católicos ignoraron las orientaciones de su Iglesia, o bien en España hay muchos menos católicos de los que dicen tanto las estadísticas como la propia Iglesia católica. Ahora bien, lo que es preocupante es que la Iglesia católica haya vulnerado una vez más el principio constitucional de separación entre el Estado y las iglesias, el cual prohíbe al Estado intervenir en asuntos de índole religiosa, por ejemplo, diciendo a la sociedad qué Iglesia prefiere o interfiriendo en la elección de sus líderes; pero a sensu contrario exige la misma actividad de respeto hacia los asuntos civiles de las confesiones religiosas. Esto no quiere decir que la Iglesia católica no pueda participar en el debate electoral, pero si quiere hacerlo debería quitarse la máscara de organización con fines religiosos, crear un partido político, concurrir a las elecciones y asumir el riesgo de que la sociedad española pueda decidir no votar sus propuestas. ¿Acaso es pedir demasiada coherencia?

Óscar Celador Angón. Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas.

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2 noviembre, 2011 a las 7:11 am

El otoño árabe, de Ignacio Sotelo en El País

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Pese a que se hayan recogido algunos frutos desde la caída de las dictaduras -las elecciones del 23 de octubre a una Asamblea constituyente en Túnez y las del 28 de noviembre a la Asamblea del Pueblo (Cámara baja) en Egipto -y aunque se haya desencadenado una guerra civil en Libia, que probablemente haya terminado con la muerte del dictador, y otra amenace en Siria, si es que no hace tiempo que ha empezado, la primavera árabe muestra tonos otoñales que presagian un duro invierno. Frente al optimismo inicial de los jóvenes que se lanzaron a la calle pidiendo libertad, justicia y empleo, hoy pocos dudan de que el proceso será mucho más difícil de lo que ya nos temíamos.

Incluso en Túnez, el país norteafricano más laico, ha enseñado la oreja un islamismo en sus rasgos salafistas más duros. Unos cientos de manifestantes intentaron incendiar una emisora de televisión que se había atrevido a proyectar la película franco-iraní Persépolis, que consideran blasfema por presentar a Dios en la figura de un viejo con barba, seguida, para más inri, de un debate sobre el integrismo religioso. Con todo, importa recalcar que el partido islamista Ennahda condenó la violencia salafista.

También en Túnez el islamismo desempeñará un papel importante, pero será uno moderado que acepte la separación de Estado y religión. No tiene el menor sentido seguir apelando al peligro islamista, como hizo el régimen derrocado, para dificultar que se establezca una democracia medianamente satisfactoria, peligro que exageran sobre todo los que se beneficiaron con la dictadura, pero también algunos medios de comunicación europeos.

Muchísimo más grave es lo ocurrido en Egipto. Después del terrible atentado del primero de enero con un coche bomba a la salida de una iglesia de Alejandría que costó 29 muertos, el domingo 9 de octubre, la represión salvaje de la policía militar ocasionó 26 muertos y cientos de heridos entre los cristianos coptos que se manifestaban pacíficamente por la quema de una iglesia en Asuán. Distintas fuentes, entre ellas el portavoz de la Iglesia católica en Egipto, confirman que los matones que empleaba la policía durante la dictadura de Mubarak fueron los que introdujeron la violencia en la manifestación para justificar la represión policial.

Dos matanzas, una ocurrida antes de la caída del dictador y la otra después, que muestran el mismo perfil. Queda así patente un hecho que, por lo demás, no deja de ser obvio: el poder sigue estando en el Ejército, como ha ocurrido desde el derrocamiento del rey Faruk en junio de 1952 y sobre todo desde que Gabel Nasser se hizo con el poder en 1954. Aunque el Ejército esté dividido entre una fracción nasserista, cuyo tamaño no se trasluce al exterior, y una mayoría pro-occidental, (una ruptura interna que aún podría traernos alguna sorpresa), está, sin embargo, totalmente unido en la búsqueda de una solución “democrática” que garantice la conservación de sus muchos privilegios.

Nada mejor que un choque entre religiones para distraer la atención de los verdaderos problemas. Pese a atizar la violencia entre las religiones, el Ejército se esfuerza en parecer neutral, a la vez que imprescindible para mantener el orden, de modo pueda conservar indefinidamente la posición de fiel de la balanza. Mohamed el Baradei, premio Nobel de la Paz en 2005, sin duda el candidato laico que menos gusta al Ejército, hace unos días ha pedido que se confeccione una hoja de ruta que marque claramente las etapas que se han de recorrer para arribar a la democracia, sin recibir, claro está, respuesta alguna.

Aparte del debate más coyuntural en torno a las manipulaciones que se están llevando a cabo en la selección de los candidatos -el Ejército quiere una Asamblea muy fragmentada, constituida en buena parte por candidatos “independientes”, que la mayoría proviene del régimen de Mubarak- la cuestión central que hoy se dirime es el papel que desempeñará el islamismo político. Los Hermanos Musulmanes están divididos entre una minoría que se aferra al proyecto original de un Estado islámico y la mayoría que ha evolucionado hacia un liberalismo conservador que, pese a más de medio siglo de persecuciones, el Ejército podría favorecer como la forma de lograr una cierta estabilidad democrática, conservando poder y prebendas.

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1 noviembre, 2011 a las 7:19 am

Religiones: luces y sombras, de Ferran Requejo en La Vanguardia

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En general, las religiones suponen un estímulo y una fuente de orientación de vida para muchas personas del planeta. A pesar de su indemostrabilidad, el número de creyentes en dioses, espíritus, almas, etcétera, es mayoritario dentro de las diferentes culturas de la especie que pomposamente se autollama sapiens (una denominación muy equívoca, ya que induce a creer que la parte emotiva del cerebro, y más antigua en términos evolutivos, resulta “secundaria” delante de los componentes racionales, cosa que desmienten las diversas ciencias actuales que analizan el comportamiento humano).

Muchas religiones históricas se han extinguido. Y las que hoy son hegemónicas empezaron siendo sectas marginales. Ha habido y hay miles de dioses y de religiones en el mundo. El supermercado teológico ha estado siempre muy bien surtido de productos. Pero el hecho es que la humanidad muestra una tendencia clara a la credulidad religiosa.

Empíricamente se constata que en los niveles culturales más altos de una sociedad, especialmente en los más elitistas, el índice de creyentes en religiones particulares baja drásticamente con respecto a la media de la población: en el clásico estudio de Larson y Withan de finales de siglo pasado, del conjunto de 1.800 miembros de la Academia de Ciencias, el índice de creyentes era inferior al 10%, siendo los biólogos los más descreídos (5,5%), y los matemáticos los más creyentes, aunque con un índice también muy bajo (14,3%). Sin embargo, y en contra de la opinión “ilustrada” de que las religiones se extinguirían cuando la ciencia se extendiera y los países se desarrollaran, las religiones parecen estar aquí para quedarse.

Se han esgrimido diferentes tipos de razones para explicar el éxito y la inflación de las doctrinas religiosas creadas por los cerebros humanos. Algunas son de carácter epistemológico -el hecho de que las religiones dan “respuestas económicas”, es decir, con pocos conceptos se pretenden explicar muchas cosas- desde la estructura del mundo al significado de la vida; otras razones son “psicológicas” -el consuelo que las religiones suministran ante la muerte, las injusticias o dificultades de la vida- ;finalmente, se han esgrimido razones relacionadas con la evolución de los cerebros humanos -algunos antropólogos incluso han hablado de un cierto “instinto” religioso que habría supuesto la cohesión y pervivencia durante milenios de algunos grupos concretos de cazadores-recolectores. Un tanto paradójicamente, se puede decir, sin embargo, que los porqués del éxito del fenómeno religioso siguen siendo controvertidos y en buena parte desconocidos.

Hoy la libertad religiosa pertenece a los derechos humanos. Sin embargo, a pesar de las ventajas que las religiones parecen tener para sus creyentes, también han sido y siguen siendo un peligro social y una de las principales fuentes de dolor de la humanidad. A lo largo de la historia, las religiones han mostrado rostros vinculados al terror, al dogmatismo y al menosprecio del pluralismo y la dignidad humana. Políticamente, las guerras de religión que asolaron Europa en los siglos XVI y XVII constituyeron uno de los factores decisivos para el establecimiento posterior de los regímenes liberales que hicieron de la separación Estado-iglesias uno de sus principios organizativos. El liberalismo político supuso el establecimiento de límites “civiles” a las autoridades eclesiásticas cristianas. Esta “gran separación” entre los ámbitos político y religioso ya fue vista por Hobbes y los primeros liberales como una necesidad con el fin de evitar la vocación de “redención política” de las religiones monoteístas, además de ser una condición para la emancipación humana y el pensamiento crítico.

Echando un vistazo a la situación actual del mundo, vemos como en muchos lugares las religiones dominantes todavía constituyen un tipo de “ideología salvaje”, es decir, de doctrinas que aún tienen que ser “civilizadas” por las reglas políticas de la sociedad. El informe reciente (datos del segundo semestre del 2010) del Departamento de Estado americano presentado al Congreso en cumplimiento de la ley de libertad religiosa internacional -que incluye el derecho a la defensa de posiciones agnósticas y ateas- analiza la situación de la libertad religiosa en 198 estados. Se incluyen hasta cinco tipos de violaciones de esta libertad por parte de prácticas contra la expresión colectiva de las creencias religiosas, la libertad de expresión de ideas religiosas, agnósticas o ateas, el derecho al cambio de religión, la posesión y distribución de textos religiosos -incluidos los libros considerados “sagrados” por parte de los creyentes respectivos- y la enseñanza religiosa. Los países considerados con una situación grave son (por orden alfabético): Afganistán, Arabia Saudí, Corea del Norte, Egipto, Eritrea, Iraq, Irán, Myanmar, Nigeria, Pakistán, Rusia, Sudán, Tayikistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Venezuela, Vietnam y China. Incluso en el marco de las democracias liberales, las decisiones de parlamentos, gobiernos, tribunales aún arrastran a menudo inercias históricas y prejuicios conceptuales con respecto a la religión históricamente predominante en cada contexto. Un hecho que en la mayoría de los casos contradice los preceptos constitucionales de laicidad y de neutralidad, y que condiciona la libertad religiosa práctica, la protección del pluralismo y de las minorías religiosas, agnósticas y ateas, y da todavía un papel político relevante a las iglesias hegemónicas (como es el caso de la jerarquía católica española, uno de los casos más reaccionarios de la política comparada).

Ferran Requejo, catedrático de Ciencia Política en la UPF y autor de ´Federalism beyond federations´, Ashgate 2011. www.ferranrequejo.cat

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29 octubre, 2011 a las 7:20 am

Inquietud tras la elección, de Jordi Vaquer en El País

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Las primeras elecciones tunecinas tras la revolución han sido un éxito agridulce. La participación ha superado todas las expectativas y la organización del voto, a pesar de las colas, fue más que satisfactoria. Se disiparon, pues, las dudas de los que creían que era demasiado temprano para una buena elección. Según todos los indicios, sin embargo, el resultado no va a gustar a muchos, y no solo en Túnez. En Nahda, el partido de corte islamista, lleva la delantera en el recuento y se postula como claro vencedor de los comicios. Antes de alarmarse por una supuesta marea verde y empezar a dar por perdido el mundo árabe entero, conviene hacer balance de lo que representa esta elección.

Si la tendencia de los resultados parciales se confirma, las primeras elecciones tras la primavera árabe se saldarán con el triunfo indiscutible de un partido cuyas credenciales democráticas son, por lo menos, dudosas. En Nahda renació de la represión extrema y del exilio impuestos por Ben Alí, luciendo sus credenciales de oposición más auténtica al detestado régimen anterior y exhibiendo músculo financiero y organizativo en una campaña que ha llegado a todos los rincones del país. Su líder, Ghanouchi, se ha prodigado en promesas conciliatorias y en comparaciones con el partido gobernante en Turquía, el islamodemócrata AKP. Pero los liberales laicos tunecinos no olvidan sus declaraciones en otras épocas, mucho más radicales respecto a temas como la blasfemia o el papel de los no creyentes, y ven con temor la radicalidad de una parte de las bases del partido, algunas de las que responden al temido estereotipo de los intolerantes barbudos de la vecina Argelia.

Es importante recordar que estas no son unas elecciones ordinarias, sino que se elige una asamblea cuyo papel principal será redactar la nueva Constitución del país y que debería estar en ejercicio aproximadamente un año para dar paso a nuevas elecciones que elijan, ya con las nuevas reglas del juego, un Gobierno plenamente legítimo. Si En Nahda juega en este período un papel preponderante, tendrá la ventaja de poder dar forma a esta Constitución, erosionando tal vez los principios laicos sobre los que Habib Bourguiba fundó la república tras la independencia de Francia en 1956. A la vez, sin embargo, sufrirá el desgaste característico de los primeros años de un Gobierno de transición, atrapado entre la impaciencia de los ciudadanos y los formidables obstáculos a la reforma, desgaste del que a menudo cuesta recuperarse (véase el caso de UCD en España). Si el proceso constitucional mantiene su carácter inclusivo y de consenso y las instituciones fortalecen su independencia, el proceso democratizador en Túnez avanzará. La vulnerabilidad viene, sin embargo, de la poca madurez de los contrapoderes existentes: fragmentación de los laicos entre muchos partidos, descrédito del poder judicial, medios de comunicación frágiles y faltos de profesionalidad.

A la espera del resultado definitivo, apunta una segunda tendencia: parecería que los partidos de izquierda moderada han tenido mejores resultados de los esperados. Con mayor modestia de medios no solo que los islamistas, sino también que las opciones más a la derecha favorecidas por el sector de negocios, estos partidos han sabido conectar los instintos seculares, fuertes en una parte significativa de la sociedad tunecina, con la doble aspiración de las revueltas de la dignidad: de un lado libertad y derechos, del otro, justicia social. Desde Occidente hay una tendencia a considerar elementos fundamentales de la revolución las reivindicaciones de derechos políticos y la crítica a la corrupción, y a olvidar el rechazo a la creciente desigualdad causada por el liberalismo económico.

Las primeras elecciones son un momento complicado en cualquier transición: en Túnez, el proceso ha sido creíble y exitoso y ha contado con la participación masiva de los ciudadanos. Los consensos del periodo entre la revolución y las elecciones dejaron a un Túnez más comprometido con las convenciones internacionales de derechos y permitirán la entrada de un número importante de mujeres en el nuevo Parlamento. Ahora se plantea el reto de un proceso constituyente y un primer Gobierno controlados por los islamistas. Antes de interpretar los resultados en clave de los intereses occidentales, conviene destacar el éxito de las elecciones, que sienta las bases para una posterior evolución. Túnez ha pasado su página revolucionaria eligiendo las opciones percibidas como más alejadas del odiado régimen de Ben Alí. Empieza una nueva fase, la constitucional. La posición preponderante de En Nahda da motivos para la inquietud, pero en los últimos meses los tunecinos nos han proporcionado motivos para seguir confiando en su buen juicio, su capacidad de movilización y su hambre de democracia como la mejor vacuna ante una posible deriva autoritaria.

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Introducido por Reggio

25 octubre, 2011 a las 7:19 am