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Rubalcaba usa la nación española contra Chacón, de Marcello en República de las ideas

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Nunca es tarde si la dicha es buena y además útil en su batalla por el control del liderazgo y la secretaría general del PSOE. Por ello, ahora, Rubalcaba se acuerda de la unidad de España y propone un “PSOE nacional, de mayorías e inter generacional”. Es decir un partido español (que diga lo mismo en todas partes), interclasista (volcado en las clases medias) y abierto a jóvenes generaciones y al mundo de las redes sociales y la tecnología de Internet, para justificar así la ausencia de una renovación plena en el liderazgo del partido y el empeño del “viejo” Rubalcaba en permanecer y conseguir –como el máximo exponente de la guardia felipista- el control pleno y la secretaría general del PSOE.

Lo del partido nacional, “que diga lo mismo en todas partes” (de España) es un mensaje que merece una triple lectura por cuanto por un lado reconoce que en los pasados gobiernos de Zapatero se dañó la cohesión nacional con la llamada “España plural” y sobre todo con el estatuto catalán que pretendió arrebatar a España el término de nación (“discutida y discutible”, dijo ZP) a favor del modelo plurinacional que pretendían los catalanes y que abortó el Tribunal Constitucional.

Asimismo, con lo del “partido nacional” Rubalcaba reconoce que ese error de no poner en valor a la nación española ha pesado, como la crisis de la economía, en el ánimo de muchos votantes que abandonaron el PSOE. Y en tercer lugar el mensaje nacional de Rubalcaba pretende marcar una distancia esencial con Carme Chacón, que por su militancia en el PSC, está vista por muchos dirigentes y votantes socialistas como próxima al nacionalismo. Sobre todo este es un mensaje que cala profundamente entre todos los militantes del PSOE ajenos a Cataluña y especialmente entre los de Andalucía, que llevará al congreso del PSOE de Sevilla el 25 % de los votos que decidirán la nueva dirección del partido.

En el entorno de Chacón este mensaje, que Rubalcaba adornó de manera un tanto sigilosa, como es su estilo habitual, se habrá visto como un golpe bajo o una malévola insinuación en contra de la candidatura de la catalana que probablemente se hará pública en las próximas horas o días. Se recuerdan ahora las palabras de José Bono cuando afirmó que el líder del PSOE debe poder decir sin complejos ¡viva España!.

Sin embargo, lo que no ha dejado claro Rubalcaba es el cómo y cuándo piensa abrir el PSOE, democratizarlo y renovarlo, cosa que parece difícil de imaginar con su presencia de vieja guardia aspirando a la secretaría general. Un terreno donde la juventud de Chacón da ventaja a la catalana aunque ambos dos están hoy inmersos en graves responsabilidades, en España y Cataluña, de la derrota electoral del PSOE y por su participación en el fallido gobierno de Zapatero.

Excepción hecha de este apartado, Rubalcaba hizo un discurso más ideológico que político, más filosófico que pragmático y un tanto carente de credibilidad porque al apoyarse en su programa electoral tiene ante sus narices la derrota del 20-N a su persona y a su programa, aunque él afirma que la causa esencial de dicho fracaso está en la pérdida de la confianza de los españoles en la capacidad del PSOE para hacer frente a la crisis. Es decir, en su propia capacidad.

De momento tenemos un candidato, españolista y español, que circula por la izquierda ideológica y que llama a los jóvenes a participar. Ahora falta saber qué dice Chacón y si hay algún otro más que se atreva a presentar una tercera vía, e incluso a debatir con este correoso personaje que quiere eternizarse en el PSOE que habla de cambiar muchas cosas, menos de cambiarse él, con un paso atrás como el que le exigieron las urnas el 20-N, y que él ha decidido ignorar.

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31 diciembre, 2011 a las 7:09 am

Renovación urgente, de El Editorial de El País

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Las propuestas de Rubalcaba deben estimular el debate político para renovar el PSOE

El PSOE afronta una renovación urgente y profunda tras sufrir el mayor varapalo electoral de la actual etapa democrática. La derrota, que muchos atribuyen casi en exclusiva a una gestión catastrófica de la crisis económica con la generación de un millón de parados por año en la última legislatura, ha dejado al partido sin rumbo y sin cabeza. Y ha perdido casi todo el poder institucional que acumulaba hace tan solo unos años. Ayer, Alfredo Pérez Rubalcaba presentó su candidatura a la Secretaría General del partido con unos principios razonables de renovación democrática dentro del partido, la promesa de una tarea de oposición parlamentaria responsable (distinta de la que ha ejecutado el PP durante los últimos ocho años) y la defensa a ultranza del Estado de bienestar. Es decir, de un modelo opuesto al que defiende el PP para salir de la crisis.

La propuesta política de Rubalcaba pone mucho énfasis en la creación de un partido intergeneracional, que vertebre toda la política nacional, y que, por tanto, debe utilizar las redes sociales, que son un instrumento poderoso para articular el voto. La aceptación de Rubalcaba del sistema de primarias abiertas para elegir a los dirigentes debe interpretarse como un intento, loable y difícil, de aproximarse a los problemas de los ciudadanos y de hacer a estos partícipes en el debate político y económico. No es necesario forzar la imaginación para entender en las propuestas una crítica nada velada a las prácticas políticas alejadas de la realidad y que entienden la política como una votación instrumental para obtener el poder.

La renovación del PSOE necesita ese debate profundo y abierto que reclama Rubalcaba también con el resto de los candidatos a la Secretaría General. Tanto Rubalcaba como Carme Chacón pueden formar equipos jóvenes y técnicamente capacitados. Es difícil, además, suponer que los objetivos prácticos (recuperar el voto de las clases medias) sean diferentes entre los candidatos. Puesto que es poco probable que existan grandes diferencias ideológicas entre ambos, lo propio sería que, después del debate político correspondiente, cristalice un proceso de integración que evite el riesgo de fractura en el partido.

Es necesario y urgente, en fin, que los socialistas culminen con éxito la compleja tarea de renovar a fondo el partido para garantizar una oposición solvente en todas las instituciones en un momento de especial dificultad.

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30 diciembre, 2011 a las 7:20 am

¿Y si se cambiara el sistema electoral?, de Juan Carlos Rodríguez Ibarra en El País

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El año 1979 fue clave para el asentamiento en España de un proyecto encarnado por el PSOE. Los socialistas españoles iniciaron el 1 de marzo su 28º Congreso Federal. Felipe González ocupaba, desde el Congreso de Suresnes, la Secretaría General del PSOE. Se habían celebrado las primeras elecciones generales en 1977 y el PSOE obtuvo un buen resultado, 118 escaños que fue superado en las del 1979 con 121. Los resultados consolidaban a los socialistas como la primera fuerza parlamentaria de izquierdas, pero los dejaba muy lejos de la mayoría necesaria para formar Gobierno en España. El 28º Congreso se celebró precedido de un gran debate sobre la conveniencia de que se aprobara una resolución en la que el partido quedaba definido ideológicamente como marxista. Entonces, la dirección del PSOE se elegía al final del Congreso, por coherencia y por sentido común. El clima de tensión y enfrentamiento político-ideológico entre los dos sectores nacidos antes del XXVIII Congreso ordinario (mayo de 1979), se había recrudecido a lo largo de los meses de transición entre congresos. Cuando la comisión correspondiente anunció que había aprobado el mantenimiento del marxismo para su declaración de principios, Felipe González pidió la palabra y pronunció un célebre discurso donde proclamó que él era socialista antes que marxista y que en consecuencia, renunciaba a presentar su candidatura a la Secretaría General. “Busquen ustedes a un marxista para liderar el partido”, vino a decir a los delegados.

El resultado ya se sabe: no hubo ningún candidato -no porque no hubiera marxistas en el PSOE, sino porque los que había no se atrevieron a asumir esa responsabilidad- y se decidió la creación de una comisión gestora encargada de convocar otro congreso en el que salir de la contradicción. Los socialistas, en el congreso extraordinario, acertaron al articular un partido moderno, de mayorías, de progreso, y desprovisto de las adherencias arcaicas que se habían incrustado en sus principios como consecuencia de los años de clandestinidad. El resultado de esa apuesta se vio en las elecciones de 1982 y en las siguientes hasta 1996.

Ese fue su acierto, que no fue completo porque se cometió el error de articular el partido alrededor de un hiperliderazgo, encarnado en la figura de Felipe González y extendido a los territorios autonómicos, centrado en los presidentes autonómicos socialistas. La fortaleza de ese liderazgo no estaba reñida con el debate interno -y muchas veces externo- que caracterizó esa etapa de lo que hoy se conoce como la de la vieja guardia. Felipe González se rodeó de un equipo orgánico e institucional tan poderoso que, lejos de rehuir la confrontación, la provocaba, hasta el punto de que las reuniones de la Comisión Ejecutiva Federal y de los Comités Federales se convertían en lugares de debates intensos donde cada cual defendía sus posiciones. Se daba la circunstancia de que, cuanto más éxito cosechaba el PSOE en las sucesivas confrontaciones electorales, más fuertey poderoso era el liderazgo del secretario general y más debate en el interior y en los aledaños del PSOE.

Cuando se perdieron las elecciones de 1996, el PSOE se vio desposeído del Gobierno de España y de muchos Ayuntamientos y Comunidades Autónomas que ya habían caído en 1995, como consecuencia del desgaste socialista y, seguramente, porque los socialistas se habían cansado de gobernar. Fuera como fuese, lo cierto es que el PSOE debió iniciar una etapa nueva repensando su programa, su estrategia y su sistema electoral, siendo que lo único que modificó fue la forma de elegir a su secretario general, no corrigiendo el error de 1979, sino aumentándolo hasta límites no conocidos en la historia del partido. Joaquín Almunia, con su afán de legitimarse en la dirección socialista, convocó un sistema de elecciones primarias para la elección del candidato a presidente del Gobierno, a semejanza de lo que empezó a hacerse en Francia, que derivó, posteriormente, en la elección, por primarias, del secretario general del PSOE; fue el momento en que José Luis Rodríguez Zapatero resultó elegido frente a las candidaturas de José Bono, Matilde Fernández y Rosa Díez. Fue la primera vez en que un Congreso Federal del PSOE comenzó eligiendo a su máximo dirigente y, a continuación, se discutieron las propuestas programáticas.

Aparentemente, ese método de elección resulta más democrático que el empleado con anterioridad, cuando eran solo los cabezas de delegación los que emitían su voto en nombre y representación de todos los componentes de la delegación; pero siempre se ha dicho que lo mejor es enemigo de lo bueno. Si ese procedimiento se hubiera utilizado en 1979, en el congreso extraordinario, y Felipe González hubiera resultado elegido secretario general, la comisión política no hubiera podido discutir y votar con libertad una resolución en la que el PSOE quedara definido ideológicamente como marxista. Si el sector encabezado por Felipe González y Alfonso Guerra, que fundaba su disposición al abandono del término marxista en la necesidad de adecuar al máximo el funcionamiento político del partido en relación con su electorado, hubiera triunfado en la votación de la candidatura a la Secretaría General, hubiera estado claro que el congreso no hubiera podido votar a favor de resoluciones políticas y programáticas que fueran en contra de las posiciones del nuevo secretario general.

Con el sistema de primarias, y una vez elegido el máximo dirigente, el congreso, como instrumento para la elaboración de una nueva resolución política, sobra. Bastaría que se le preguntara al electo sobre sus preferencias ideológicas y programáticas, escribirlas negro sobre blanco, cantar La Internacional y acabar la fiesta. Daría igual, como ya ha ocurrido en estos últimos 10 años, que el partido considere progresista subir impuestos, porque si el secretario general elegido por las bases, considera que lo progresista es bajarlos, todo el congreso giraría en esa dirección.

Tal vez no sea más democrático volver por los fueros de siempre, pero sí se garantizaría más democracia interna, más debate y contraste de pareceres si la dirección del PSOE es el resultado de un debate congresual y precongresual, donde se articulen mayorías y minorías y donde las mayorías que se formen, nucleadas alrededor de la dirección federal, sean la consecuencia de un debate intenso en el que los aspirantes a la Secretaría General sean las cabezas visibles de propuestas que, confrontadas, posibiliten que los militantes se alineen con quien mejor las represente y con quien más emocione.

De esa forma, quien gane el debate, ganará la Secretaría General, contando con que habrá una minoría que, aceptando democráticamente el resultado congresual, mantendrá sus posiciones en el seno del PSOE, y que habrá una mayoría que, alineada con la nueva dirección, deberá ser consultada y convencida cuando esa dirección considere necesario dar un giro en el programa e ideario que les llevó a dirigir el PSOE desde unas posiciones que no se pueden cambiar sin el permiso de los máximos órganos de dirección del partido.

Concluyendo: la elección por primarias para la Secretaría General, desarma al PSOE frente a los militantes, genera un hiperliderazgo débil y cosecha silencios en sus estructuras. Ganar con un proyecto compartido genera un liderazgo fuerte, arma, cohesiona y robustece las estructuras, dando la palabra a un partido que, por progresista, debe serlo no solo por sus principios, sino por avanzar al ritmo que lo haga la sociedad. Francia no es un buen ejemplo para estos menesteres. El presidente de la República tiene casi todos los poderes. El PSOE no necesita ese tipo de liderazgo, salvo que quiera quedarse sin partido y España sin alternativa socialdemócrata.

Juan Carlos Rodríguez Ibarra fue presidente de la Junta de Extremadura.

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30 diciembre, 2011 a las 7:19 am

El problema del PSC, de Ferran Requejo en La Vanguardia

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El PSC es un partido que tiene un  problema. De hecho, tiene bastantes problemas, pero sobre todo tiene uno grande. Y dada la importancia que este partido tiene en Catalunya, cuando el PSC tiene un problema grande, el país tiene un problema grande. El problema del PSC es como el de los hijos “adolescentes”, pero que ya pasan de la treintena, y que todavía no saben “que quieren ser cuando sean grandes”.

En el ámbito de investigación de la física cuántica se suele distinguir entre dos tipos de investigadores: aquellos que en la interpretación de las medidas experimentales no ven ningún problema, y aquellos otros que ven un problema que no tiene solución. En este sentido, podríamos decir, un tanto libremente, que el PSC, un partido “clásico”, tiene problemas cuánticos en sus “medidas” de la realidad política.

La pregunta clave que este partido necesita responder es: ¿qué PSC es el que Catalunya necesita?. Pero la pregunta implícita que el partido se hace, también en el último congreso, es muy diferente: ¿qué PSC es el más conveniente para el PSC-PSOE? El partido necesita trabajar un guión que le permita hacer un diagnóstico y un “tratamiento” del proyecto del partido por los próximos años. Pero los dirigentes no parece que tengan intención ni de plantearlo seriamente. Su objetivo no va más allá de evitar masas quebradizas internas. Me lo decía un destacado dirigente del propio PSC pocos días antes del último congreso: “En este congreso seguiremos sin hacer nada bueno”.

En los últimos años, la deslegitimación del partido entre la ciudadanía ha sido contundente. De hecho, el PSC ha perdido buena parte de la reputación ganada en los años ochenta y noventa. La situación resulta muy preocupante. Internamente, en la práctica no hay debate. Ni de ideas, ni de proyectos, ni de estrategias. Predomina un mismo monólogo insulso, previsible y de poco vuelo. Las caras se han renovado sólo a medias. Hay un nuevo primer secretario, pero todo apunta a que el partido sigue siendo el mismo (incluidos los llamados “hombres y mujeres fuertes” de la nueva dirección). Seguimos con el “viejo PSC”.

El momento actual de crisis afecta a toda la socialdemocracia europea, pero buena parte del centro de gravedad de los problemas del PSC son de carácter interno. Sus últimos dirigentes han sido de carácter tacticista, con poco grueso intelectual y estratégico. La mayoría de veces, por no decir siempre, han actuado como meras comparsas de un PSOE también muy precario. El PSC, hasta que no demuestre lo contrario, será percibido como una mera delegación regional del socialismo español. Actualmente, el llamado “sector catalanista” no existe. Simplemente. Ha desaparecido completamente de la escena. Y no se entrevé ningún grupo con garantías que pueda y quiera renovar el partido y lo posicione como una organización catalana moderna y con proyección de futuro.

Estamos ante un partido que sufre sectarismo institucional, burocratización interna, autismo social, pobreza ideológica, ausencia de proyecto nacional, y una clara falta de ambición en los objetivos y estrategias nacionales.

Escribo este artículo con tristeza. Pero también con indignación como ciudadano que estima y quiere la preservación y la proyección de su país desde su personalidad diferenciada. El PSC ha hecho contribuciones innegables en las últimas décadas, especialmente en el nivel local, en la provisión de servicios públicos, en la contribución a cierto tipo de cohesión social, en la implementación de políticas orientadas a luchar contra la desigualdades de género y de oportunidades, así como a mantener la personalidad lingüística y cultural de Catalunya. Todo eso no lo ha hecho en solitario, obviamente. Pero hablar del PSC es hablar de uno de los dos partidos políticos más importantes del país. Por eso es el partido que más me preocupa.

Hay dirigentes del PSC que, cono algunos físicos cuánticos, creen que no hay ningún problema en la percepción que tienen de la realidad, mientras que otros dirigentes, más lúcidos, creen que la percepción está equivocada, pero que no tiene solución dentro del partido. En los dos casos la situación resulta preocupante, no sólo para el partido, sino para el país, cosa mucho más importante. Resultaría decisivo contar con un PSC que pensara, actuara y movilizara a los ciudadanos en términos de la libertad colectiva del país. Una libertad que no cabe en la interpretación que las instituciones españolas hacen de la Constitución actual. Eso ya ni se disimula. Pero actualmente, el PSC es un partido desnortado, empobrecido en términos de transformación social, y prácticamente reaccionario en términos de la libertad colectiva de Catalunya. Es un partido que actualmente provoca zapping a muchos ciudadanos.

Lo que el PSC deja más claro es su voluntad de vínculo con el PSOE. O sea, un lamentable seguidismo de políticas ajenas, muy a menudo  contrarias a Catalunya.

El problema de este PSC es que este PSC es el problema. Apoyar la visión del Estado que tiene el jacobinismo socialista español es ir contra el país. Hoy, ya no se trata sólo de tener un “grupo propio” en el Parlamento español (que, además, no se tiene), sino de ofrecer ideas, proyectos y liderazgos, es decir, los nuevos horizontes que Catalunya necesita en un contexto internacional crecientemente competitivo y globalizado. Evaporados los proyectos “federalistas” estos nuevos horizontes hoy pasan por la ruptura con un Estado constitucionalmente hostil en Catalunya, que lo expolia económicamente, y que lo ahoga política y culturalmente. PSC: ¡espabílate!

Ferran Requejo, catedrático de Ciencia Política en la UPF. ferran.requejo@upf.edu

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30 diciembre, 2011 a las 7:16 am

Indalecio Pérez Rubalcaba, de Enric Juliana en La Vanguardia

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ANÁLISIS

En el semisótano de la sede de la UGT madrileña -una mole de hormigón del pletórico de los años ochenta, ubicada en la avenida América- Alfredo Pérez Rubalcaba (Solares, Cantabria, 1951) se presentó ayer con un cartel fácil de leer y de entender. Un cartel que dice lo siguiente: político con muchos años de experiencia, conocedor de las mieles de la victoria y de los sinsabores de la derrota, ofrécese para reconstruir la confianza de las soliviantadas clases medias con el Partido Socialista Obrero Español.

Y en letra más pequeña, añade el cartel: en caso de ser aceptado para el puesto. en el PSOE los experimentos se harán con gaseosa, tal y como recomendaba Eugenio D´Ors, consejo que algunas fuentes también atribuyen a don José Ortega y Gasset. No se admitirán adanistas (gente aficionada a querer reinventarlo todo), ministras olvidadizas de su responsabilidad objetiva en los últimos años de gobierno, artistas del posado mediático, comunicólogos en la sombra, pigmaliones, socialistas periféricos que no estén dispuestos de decir lo mismo en Madrid que en Barcelona, largocaballeristas de nuevo cuño, euroescépticos de izquierda y demás profesionales de la revolución pendiente. Firmado: Indalecio Pérez Rubalcaba.

Candidatura prietista para un periodo de convalecencia que se prevé largo y que puede atravesar escenarios sociales insospechados ante la dura evolución de la crisis económica en España. Un prietismo reconciliado con la Unión General de Trabajadores (el moderado Indalecio Prieto tuvo una de sus bases principales en el sindicalismo asturiano… que en 1934 se lanzó a la aventura revolucionaria) y que acaba de viajar a Sevilla para establecer una entente con el socialismo andaluz, en horas bajas.

Pérez Rubalcaba se proclamó ayer candidato de la familia socialista -expresión muy utilizada durante los años de fortuna de Felipe González-, mientras su contrincante intenta perfilarse como lo Nuevo; como candidata de la nube mediática que sobrevuela el filiforme electorado socialista; como una fuerza joven y acumuladora de expectativas.

Mucho énfasis en Europa. Y una mención muy específica al equilibrio entre generaciones: el PSOE no debiera convertirse en un partido rabiosamente juvenilista. El millón largo de electores socialistas que el 20 de Noviembre votaron al PP y a UPyD provienen de las clases medias maduras. Y un último mensaje, quizá el más importante: el PSOE deberá ser un partido nacional español con un discurso unificado. Un partido nacional de clases medias, europeísta y sin excesivas veleidades izquierdistas. Indalecio en tiempos de Twitter.

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30 diciembre, 2011 a las 7:15 am

Un PSOE nuevo con los valores de siempre, de José Martínez Olmos en El País

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La derrota del 20-N obliga al PSOE a redefinir su proyecto, repensar su organización, girar a la realidad y elegir nueva dirección; tarea que estamos obligados a hacer con acierto y procurando que contribuya a ganar las elecciones andaluzas.

Estos días hemos conocido dos documentos en los que uno aporta la necesaria autocrítica para ofrecer un mensaje de rectificación de nuestros errores al conjunto de ciudadanos progresistas, mientras que otro aporta una reivindicación sin complejos de los importantes logros sociales alcanzados en la etapa de Gobierno que lideró Zapatero. Ambas cosas, necesarias. Sin embargo, ese no es el camino. Nuestro mayor esfuerzo en este periodo precongresual y en el congreso ha de dirigirse a definir las bases de un nuevo PSOE que, contando con los valores de siempre, cree una nueva organización abierta a la sociedad y orientada a los problemas actuales. Se trata de definir un conjunto de nuevas ideas, crear una nueva estructura organizativa, para después elegir una nueva dirección que ejecute esas ideas y remodele nuestra organización.

Para eso necesitamos cambiar totalmente nuestras agrupaciones locales, incorporando en su organigrama la figura de alguien encargado de diseñar la modernización, la reorganización y la apertura de cada agrupación local a la sociedad en su propio territorio. Necesitamos hacer que los socialistas vuelvan a estar presentes en los movimientos sociales, trabajando codo con codo con la ciudadanía que se articula en organizaciones vecinales, profesionales o no gubernamentales.

Hemos de actuar con más democracia interna en nuestro modo de funcionamiento y hemos de asegurar a la sociedad un compromiso claro de que vamos a elegir para las responsabilidades de dirección interna y en las de carácter institucional a personas preparadas y que sean referente en cada sector en los que se organiza la sociedad. Y hemos de ofrecer respuestas a los problemas de esta. En primer lugar, y en especial, al problema del desempleo. Nos corresponde a los socialistas proponer medidas activamente y colaborar con el Gobierno de Rajoy en todas las iniciativas eficaces que pueda desarrollar, para luchar con todas nuestras fuerzas contra el desempleo y sus nefastas consecuencias.

El desempleo es hoy una emergencia nacional y crear trabajo de calidad es el objetivo al que debemos supeditar nuestra política de oposición, con un planteamiento predispuesto al consenso con el Gobierno y con los agentes sociales, en especial con los sindicatos. Y en esta lucha, las propuestas socialistas más relevantes han de estar dirigidas hacia los jóvenes. Es donde hemos de ganar con prioridad esta batalla, evitando la precariedad. En esta legislatura los ciudadanos han de percibir a los socialistas como agentes necesarios para la creación de empleo de calidad a fin de cumplir así nuestra labor de servicio de la sociedad, al tiempo que ello favorecerá que podamos conseguir recuperar su confianza en las próximas elecciones generales.

Y en segundo lugar, necesitamos un PSOE nuevo con los valores de siempre, para afrontar y proponer las medidas necesarias de reforma que aseguren las prestaciones sociales del Estado de bienestar en unos momentos de crisis económica, que pone en riesgo la sostenibilidad de la educación y la sanidad públicas, así como la atención a la dependencia. Estos servicios son imprescindibles para la sociedad y para el desarrollo económico del país. Pero necesitan reformas desde una gestión austera y eficiente que permitan responder a nuestras aspiraciones de igualdad. Y en esa tarea, el PSOE tiene que ser capaz de aparecer como protagonista y colaborador necesario.

Muchas de las medidas a desarrollar en esas áreas van a estar asociadas a lo que debe ser nuestra tercera prioridad: una reforma de la Administración pública orientada a mejorar en simplificación, eficacia, eficiencia y transparencia. Gran parte de la ciudadanía reclama una Administración pública bien dimensionada que, además, ofrezca garantías de capacidad, mérito e igualdad en el acceso a la función pública.

En cuarto lugar, hemos de apostar por un cambio en el sistema electoral, con el fin de hacerlo más representativo abriendo nuevos espacios para la participación social en la política ofreciendo propuestas innovadoras desde el liderazgo de la izquierda.

La persona que lidere al PSOE tras el congreso federal tiene que contar con el máximo apoyo del conjunto del partido, así como con el mejor equipo para llevar adelante una trascendente y difícil tarea que, además, tiene en Europa una parte relevante de trabajo a realizar. El socialismo democrático requiere la articulación de una respuesta a los problemas actuales de la sociedad con perspectiva europea. Y esto tiene que hacerlo el PSOE con liderazgo, pero en colaboración con los partidos socialistas europeos para generar una política económica alternativa basada en la sostenibilidad, el equilibrio presupuestario y en una reforma fiscal que permita un reparto justo.

Nuestro congreso en Sevilla, antes de las elecciones andaluzas, ha de servir para poner en valor las políticas progresistas del Gobierno socialista de Andalucía para contribuir a apoyar, desde todo el partido, que el PSOE-A gane las elecciones autonómicas y hacer posible así que desde el Gobierno andaluz, el socialismo liderado por Griñán muestre su nuevo proyecto a la sociedad.

José Martínez Olmos es diputado del PSOE por Granada.

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29 diciembre, 2011 a las 7:18 am

Rubalcaba lanza el guante a Chacón, de Marcello en República de las ideas

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Las profundas heridas del PSOE tras la dura derrota electoral y el ruinoso gobierno de Zapatero siguen abiertas, y las dos facciones hoy enfrentadas, los zapateristas de Carme Chacón y felipistas de Rubalcaba, parecen decididos a luchar hasta el final para controlar el Partido Socialista y alcanzar la secretaría general. El hecho de que Zapatero se escondiera la noche electoral del 20-N negándose a presentar su dimisión como secretario general del PSOE, como era su obligación por ser primer responsable de lo ocurrido, está en el origen de este encarnizado combate que se anuncia.

Sobre todo una vez que Zapatero ha decidido seguir al mando del partido para ofrecer su apoyo a Chacón, y ello y otras maniobras como las del manifiesto “mucho PSOE por hacer” publicado en favor de la ex ministra de Defensa, Chacón, es la causa del paso hacia delante de Rubalcaba, quien anunció en Andalucía que este jueves presentará en la sede de UGT su candidatura a la secretaría general del PSOE en el 38 congreso del partido del próximo mes de febrero en Sevilla.

Una candidatura en la que Rubalcaba no aparecerá solo sino bien escoltado por la vieja guardia felipista, y puede que con el mismísimo Felipe González o con Javier Solana para el cargo de presidente del partido. Y con otros pesos pesados y dirigentes jóvenes como los que podrían formar una “tercera vía” frente a la batalla de Rubalcaba y Chacón, como son los Eduardo Madina,  Juan Moscoso y Emiliano García Page.

Sin perder de vista en todo ello el decidido apoyo que Rubalcaba va a recibir del poderoso Grupo Prisa (El País y la SER) –líder entre los lectores de diarios y seguidores radiofónicos de las bases socialistas-, mientras que Chacón tendrá la ayuda de los diarios Público y El Periódico de Cataluña, además de cadena La Sexta TV, vendida a Antena 3 TV, si no ha cambiado su línea editorial antes del congreso del PSOE.

Vamos a asistir pues a un duelo “a muerte política” en una tercera fase porque ambos políticos, Rubalcaba y Chacón, que tuvieron una especial amistad años atrás, compitieron dentro del gobierno de Zapatero donde Rubalcaba ganó el primer asalto al hacerse con la vicepresidencia primera. El segundo “round” también lo ganó el ex ministro de Interior al conseguir su nominación de candidato a la presidencia del gobierno tras lograr que Chacón abandonara las primarias por presiones del núcleo duro del partido. Y ahora todo apunta a que los dos se verán las caras en esta tercera fase.

Salvo que surja una tercera vía, como ocurrió con Zapatero en el año 2000, dejando a José Bono en la cuneta. Aunque esta vez y a la espera de un “caballero blanco” todo apunta que habrá duelo en la “alta sierra” con un partido muy dividido en el que jugarán un papel decisivo las poderosas federaciones del PSOE, Andalucía (a favor de Rubalcaba), Cataluña (con Chacón), Madrid (dividida) y Valencia (con Rubalcaba). Una batalla en la que Rubalcaba se ha posicionado junto a la UGT para presentar su candidatura, lo que podría significar que Cándido Méndez apoyaría su opción. Algo que ha sorprendido a Chacón que probablemente anunciará que es candidata poco después de Rubalcaba.

Lo que no deja de ser algo asombroso por parte de ambos porque los dos son corresponsables del mal gobierno de Zapatero y de su derrota electoral. Pero está visto que en el PSOE nadie asume las responsabilidades políticas, empezando por Zapatero que es hasta el momento su secretario general.

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28 diciembre, 2011 a las 7:08 am

Demagogia renovadora, de Kepa Aulestia en La Vanguardia

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La derrota sufrida por el socialismo español en las últimas elecciones generales se está mostrando tan indigesta, los ánimos están tan decaídos y tan calientes a la vez, que no parece el momento más propicio para celebrar un congreso o, cuando menos, para que sea útil y de efectos duraderos. El PSOE necesita un cónclave para dotarse de dirección tras el apartamiento de Rodríguez Zapatero, pero no es fácil conseguirlo sin saber para qué. El Partido Socialista cuenta con una historia más que centenaria, pero en realidad sus afiliados vivos sólo han conocido dos grandes derrotas: la del felipismo y la del zapaterismo. Se trata de un bagaje vital de enorme importancia para muchos militantes, pero ni permite extraer conclusiones definitivas ni ofrece las lecciones precisas para su recuperación electoral y orgánica. El pasado y el presente no pueden, por sí mismos, garantizar la continuidad ni siquiera de una organización tan arraigada como el PSOE. La hipótesis de su desaparición al modo de lo que ocurrió con la UCD podría resultar exagerada, pero no así la de su desmembramiento o, cuando menos, la de su afrancesamiento.

Las tensiones generadas antes de la nominación de Rubalcaba como candidato a la presidencia y después de que Rajoy fuese investido dejan entrever una proliferación de liderazgos y reacciones que difícilmente cristalizará en una propuesta unitaria en un congreso tan inmediato. No sería aventurado pensar que el PSOE está abocado a una profunda transformación, de modo que un aparato común con atribuciones más limitadas que el tradicional conviva con el afloramiento de sectores diferenciados por matices ideológicos o políticos y por intereses más o menos contrapuestos. Aunque resulta difícil imaginar que ese pudiera ser el fruto de una reflexión congresual de circunstancias. Las tensiones aparecidas y el alineamiento de tantos dirigentes y cargos intermedios desalojados del poder está proyectando demasiada confusión respecto a su significado como para confiar en que de esa disputa pueda salir algo nuevo. Más bien da la sensación de que las distintas posturas tienden a chocar contra las paredes que encierran al partido con riesgo de que acaben derrumbándose hacia dentro.

La llamada a la renovación tiende a convertirse en pura demagogia cuando se evita pensar en otro partido, muy distinto al que se pretende controlar. Conviene recordar que todo renovador lleva un aparatero dentro, cuando no lleva dos. La demagogia renovadora se delata a sí misma cuando apela a la necesidad de un debate de ideas sin aportar una sola. Sería más honesto constatar que ya no hay compositores y tampoco quedan intérpretes fiables en el seno del partido. De ahí que el debate se esté reduciendo a un concurso de ocurrencias en torno a la actualización del ideario socialdemócrata y a la discusión sobre quién podría transmitir mejor las frases que resulten ganadoras. En la democracia parlamentaria no es posible concebir una alternativa sin partido, pero a veces ocurre que el partido impide la gestación de la alternativa.

La reflexión autocrítica en torno a las equivocaciones cometidas, aun siendo necesaria, tampoco llevaría muy lejos al socialismo. El problema no es sólo ese cuando la izquierda no cuenta con una alternativa propia, eficaz y creíble en la economía global. Tampoco constatar tal carencia serviría para mucho si no se da el paso posterior en el diagnóstico, impedido porque la reflexión socialista parte del principio inalterable de que la izquierda ha de existir como realidad orgánica. Pero ¿por qué ha de existir si no es capaz de ofrecer una alternativa propia, eficaz y creíble? Precisamente porque el vértigo existencial impide al socialismo plantearse tan drástica cuestión y acaba agazapándose ante sus crisis y dando lugar a una ideología añorante; esa que apela a la recuperación de las señas de identidad de la izquierda.

No se trata de una discusión ontológica. Se trata de responder, sin evasivas, a unas cuantas preguntas: ¿Qué prestaciones sociales deberían acompañar a la democracia para ofrecer equidad? ¿Cuáles son las estructuras imprescindibles del Estado para el bienestar y la democracia? ¿Qué modelo impositivo debería asegurar su financiación? ¿De qué servicios se podría prescindir? E incluso ¿qué derechos sociales podrían dejar de serlo? Responder a estas y otras cuestiones no asegura la recuperación electoral ni mucho menos. Pero aferrarse a una concepción insostenible de la socialdemocracia sólo podría brindar algún éxito pasajero a la izquierda europea. Lo que en el caso español ni siquiera se atisba en el horizonte.

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27 diciembre, 2011 a las 7:16 am

El caos socialista, de Fernando Ónega en La Vanguardia

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Lo menos que puede hacer el Partido Socialista es ponerse a discutir qué tipo de modelo ideológico quiere para sí mismo. Cuando lo tenga claro, podrá aprobarlo en su congreso de febrero. Para llegar a una conclusión que conecte mínimamente con la sociedad, quizá deba empezar por analizar por qué la mayoría social le ha abandonado y lo ha dejado con esa sensación de estar perdido en un océano de pensamiento liberal o conservador dominante. Y, al mismo tiempo, debe hacer un recorrido por su lista de nombres para decidir quién dirige ese viraje ideológico. No tiene por qué estancarse en los nombres que estamos lanzando los periodistas por las señales de humo que recibimos.

Lo que hay que empezar a preguntarse es quién dirige ese debate, que ya no es interno, sino hecho en los medios informativos por el procedimiento de los manifiestos. Ese mecanismo es tan válido como otro cualquiera; pero, visto el resultado de los dos lanzados a la opinión pública, es también un mecanismo envenenado que estimula las discrepancias, foco de todas las divisiones. Por una parte, transmite la sensación de que aquí sólo se juzga la obra de Zapatero, y sólo ella es culpable del desastre electoral. Por otra, provoca que parezca que sólo quienes han tenido un alto cargo, como los secretarios de Estado, valoran a su todavía líder. Es cuando menos injusto para quien gobernó el partido durante tantos años sin que nadie le planteara la menor objeción.

Esto pone al Partido Socialista en delicada situación. No es que esté al borde del cisma, yo no lo creo, pero la interpretación de la sociedad puede ser esa. Y si esa es la lectura social, se acabó el PSOE como alternativa de gobierno: nadie cree en un partido dividido o sometido a la erosión de los personalismos. Para evitar esa tragedia, alguien debería establecer el método de análisis, estudio y propuesta, con la disciplina posible en un momento de catarsis. Y ese alguien no puede ser ninguno de los líderes en contienda. O es el propio Zapatero, con toda la neutralidad de que sea capaz, o se crea una gestora. La anarquía es hermosa y divertida para cronistas, pero es la antesala del caos. Y su mejor garantía.

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Introducido por Reggio

27 diciembre, 2011 a las 7:15 am

Socialdemócratas de oposición, de Juan Carlos Escudier en vozpopuli.com

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Rebeldes porque el mundo y las elecciones les han hecho así, que diría Jeanette, una treintena de dirigentes del PSOE, entre ellos Carme Chacón, han elaborado un manifiesto en el que reconocen que no ha sido sólo la crisis la que ha teñido al país de azul y ha coronado a Rajoy como Papá Pitufo, sino sus propios errores y una lealtad mal entendida que les llevó a callar ante el rumbo que tomó Zapatero cuando decidió hacerse el haraquiri y obligó a probar la cicuta a toda la organización para que comprobarán si le había cogido el punto al brebaje.

El reconocimiento de este silencio acrítico era imprescindible, porque algunos de los promotores de esta iniciativa con la que se declara inaugurada la carrera por la secretaría general del partido fueron partícipes, sino cómplices, de esta política desde los mullidos sillones del consejo de ministros -cuyas decisiones, al menos así se establece, son colegiadas-, o en la propia Ejecutiva del PSOE, donde las únicas discrepancias con la línea impuesta se han circunscrito en estos años a tensas discusiones sobre el café de las reuniones, muy cargado para algunos.

De los Saulos caídos del caballo por la revelación de los errores cometidos cabe citar, como ya se ha mencionado, a Carmen Chacón, al extitular de Justicia, Francisco Caamaño, al expresidente del Senado e íntimo amigo de Zapatero, Javier Rojo, y al eurodiputado Juan Fernando López Aguilar.

Éste último ha debido de llevar el peso de la redacción de esta declaración de principios, de la que alguna noticia ya se tenía en Ferraz. Sin ir más lejos, en el reciente copa de Navidad que los socialistas ofrecieron a la Prensa le pregunté por su ausencia al ‘ideólogo’ Jesús Caldera: “No ha podido venir. Está haciendo un manifiesto sobre la democracia con el que estaremos todos de acuerdo. ¿Quién va a estar en contra de la democracia?”.

La explicación que se da a la debacle electoral en Mucho socialismo por hacer, que es como se titula el escrito, se resume en cuatro apartados: el PSOE perdió la confianza de los ciudadanos porque los que empezaban a sufrir la crisis no tragaron con eso de la desaceleración, por el volantazo ideológico, porque se cargó el peso de los ajustes sobre las espaldas de los más débiles mientras los poderosos se iban de rositas, y por no haber permitido unas verdaderas primarias para designar al candidato a las elecciones generales. En este último punto se presiente a la exministra de Defensa respirando por la herida.

¿Que qué habría pasado si el PSOE hubiera ganado las elecciones? Pues que lo que ahora se cita como errores serían aciertos estratégicos, y se resaltaría que los ciudadanos, conscientes de la gravedad de la situación, habrían asumido la necesidad de unos ajustes que, además, llevarían la impronta de la izquierda por el mero hecho de haber sido ejecutados por el PSOE. Así es la vida y la manera que tienen algunos de entender la socialdemocracia, que sólo parece buena cuando se está en la oposición.

Ahora, sin embargo, se afirma la necesidad de una “política económica progresista”, dando entender que Elena Salgado podía haber sido ministra con Don Pelayo, y de una reforma fiscal integral que erradique las injusticias que soportan los asalariados e incentive a los emprendedores. Es curioso que ninguno de los firmantes alertara de estos desequilibrios fiscales cuando bajar impuestos era de izquierdas o repartir 400 euros por igual a millonarios y mileuristas era la cima de la progresividad.

Todavía hay más. Se reconoce que hay poderes “no democráticos” a los que hay que frenar  y especuladores a los que mantener a raya. Se redescubre a los sindicatos y se apuesta por la colaboración con fuerzas izquierdas. Después de una alocada carrera en dirección contraria en la que los kamikazes eran los demás, se plantea volver a la casilla de salida.

Todo el mundo ha entendido que estamos ante la puesta de largo de Carme Chacón para disputar el liderazgo a Rubalcaba, quien, por cierto, rayó a gran altura en el debate de investidura de Rajoy. Sin embargo, todo lo que la propuesta contiene podría ser suscrito por el exvicepresidente con la misma dosis de rubor en las mejillas que los promotores de la iniciativa, especialmente el punto en el que se afirma que la credibilidad del PSOE no se recupera “con un mero cambio de caras”. No podía decir otra cosa porque las caras, lo que se dice las caras, son las mismas de siempre.

http://www.muchopsoeporhacer.com/index.php

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Introducido por Reggio

22 diciembre, 2011 a las 7:06 am

La izquierda conservadora, de Luis Yáñez-Barnuevo en Público

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Felipe González llamó “izquierda conservadora” al Partido Comunista de la URSS cuando este se opuso frontalmente a los esfuerzos renovadores de Gorbachov. Tenía razón. La derecha en la URSS a finales de los ochenta era el PCUS. En general, el comunismo dejó de ser una fuerza de progreso –lo había sido sólo en algunos sitios y en determinadas épocas– cuando se opuso a las revoluciones de la libertad que acompañaron a la caída del muro de Berlín.

¿Está ocurriendo algo parecido en el PSOE? No exactamente, pero sí hay síntomas de esclerosis, de huida de la realidad. Hace muchos años que Juan Carlos Rodríguez Ibarra dijo que para ser concejal o diputado debería ser necesario haber trabajado en el mercado libre y haber cotizado a la Seguridad Social al menos durante dos años.

No se trata de crisis de la socialdemocracia, manida expresión que empezó a usarse en 1917-1919 (debate Lenin-Rosa Luxemburgo con el “renegado” Kausky de por medio), sino de crisis, espero que coyuntural, del socialismo español, porque pronto veremos a la socialdemocracia francesa, alemana y probablemente italiana ganar las elecciones. Ya nadie hablará, por el momento, de crisis de la socialdemocracia aunque esta deba reinventarse profundamente.

Pero a diferencia de Francia o Alemania, donde por unos pocos años se cuestionó incluso si la socialdemocracia era la alternativa a la derecha o lo eran nuevas formaciones, sobre todo verdes, en España, con el peor resultado de su historia, el PSOE no tiene detrás a nadie que le pise los talones. Los pequeños podrán oponerse, aliarse al PSOE, complementarlo o condicionarlo, pero no va ser reemplazado como alternativa a la derecha por mucho que a unos pocos les gustara.

El PSOE es el gran partido de la izquierda española desde 1879 y eso son razones muy sólidas para continuar siéndolo. Mi generación creció en la supuesta ignorancia general del PSOE. Perdonen la anécdota, pero cuando en octubre de 1974 fui detenido e interrogado en la Dirección General de Seguridad por el siniestro comisario Conesa, este me preguntó con sarcasmo: “¿Pero tú te crees que en España alguien conoce eso del PSOE? ¡Eso murió en 1939!”). Menos de tres años después, “eso” obtuvo 118 diputados y el 30% de los votos, y ocho años después Felipe González era presidente del Gobierno y el PSOE tenía 202 diputados. Pero era verdad que el PSOE, sus diputados, concejales y militantes habían muerto en 1939, por fusilamiento, cárcel o exilio. El catedrático Julián Besteiro, sucesor de Pablo Iglesias, es el mártir-icono de aquel terrible final: murió en las cárceles franquistas en 1940 junto con su pueblo, sin huir, sin abandonar a sus votantes.

El PSOE fue, sin duda, el partido más castigado durante la dictadura de Franco. Pero las raíces estaban ahí, y cuando volvió la libertad el PSOE volvió a renacer. Algunos dirán “eso es cosa del pasado”. Se equivocarán, porque la memoria histórica tiene una gran fuerza en el subconsciente colectivo. La UCD fue un conglomerado de intereses y después de hacer una gestión muy positiva desapareció porque no tenía un alma colectiva. El PSOE sí la tiene, hay un “patriotismo de partido” que no sólo comparten muchos de los siete millones de españoles que lo han vuelto a votar, sino una buena parte de los cuatro millones que han dejado de votarlo pero que volverán a hacerlo si le damos motivos para ello.

Eso sí, con “eso” solo no se ganan elecciones. El PSOE es su pasado, su presente, pero es sobre todo su futuro y este no se construye únicamente con llamamientos sentimentales. Si hacemos colectivamente una profunda transformación existen las bases para una recuperación política y electoral. Una condición necesaria es que se dé la palabra a la gente, a los ciudadanos. Ya hay movimientos en la red y fuera de ella que están indicando el camino, que no puede venir por reuniones de exministros o ex secretarios de Estado (¡están tan lejos de la calle que se les ocurren ese tipo de sandeces!). La segunda condición es que los socialdemócratas sepan construir un discurso claramente alternativo a la derecha neoliberal, un mensaje que sea a la vez realista, creíble, realizable y al mismo tiempo atractivo y movilizador.

En realidad ya tuvimos una experiencia parecida en las primarias en 1997, y fue como un rayo de luz y libertad porque las bases, en contra de las indicaciones del aparato, votaron masivamente a Josep Borrell. Pero el aparato quedó vivo y se encargó de frustrar la experiencia. El resultado fue la debacle de las elecciones de 2000. Y de aquellos polvos estos lodos. Por cierto, no olviden leer el nuevo libro de Borrell y Andreu Missé, La crisis del euro.

Ahora no podemos equivocarnos de nuevo, no hay margen. Ahora los más lúcidos y generosos cuadros medios del PSOE encargados de ello deberán organizar unas primarias libres y abiertas a todos los españoles mayores de 18 años a las que podrán presentarse cualquier socialista que cumpla unos sencillos avales y condiciones y en las que se elegirá simultáneamente secretario general y candidato a la Presidencia del Gobierno. Con una buena campaña competitiva pero no de descalificaciones mutuas, es razonable esperar que vayan a votar de uno a tres millones de españoles y quien sea elegido de esa manera tendrá enormes posibilidades de ganar las futuras elecciones generales porque España, no se olvide, sigue siendo progresista y no reaccionaria. Hacer otra cosa sería comportarse como una “izquierda conservadora” y seguir perdiendo.

Luis Yáñez-Barnuevo. Eurodiputado socialista.

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Introducido por Reggio

21 diciembre, 2011 a las 7:12 am

El PSC expulsa a James Dean, de Jordi Barbeta en La Vanguardia

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ANÁLISIS

La socialdemocracia europea anda algo desorientada porque no sabe cómo hacer frente a la crisis que azota, más que a nadie, a las clases medias que hicieron del Viejo Continente el mayor espacio de progreso y libertad. Tampoco es que los liberales y los democristianos se aclaren demasiado, pero lo cierto es que, con razón o sin ella, se hace lo que decide la derecha europea liderada por Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, y la poca izquierda que queda no es capaz de ofrecer más alternativa que decir amén.

En estas circunstancias sería pedir demasiado que los socialistas catalanes, que acaban de sufrir la peor hecatombe electoral de su historia, aprovecharan su 12º Congreso para presentar la solución a todos los males en general y a los 600.000 parados que hay en Catalunya en particular. Ahora bien, una cosa es no encontrar la fórmula milagrosa y otra muy distinta relegar a las profundidades de una comisión el debate sobre el principal problema que afecta a la sociedad catalana. El único mensaje de interés general que ha trascendido del cónclave ha sido que el nuevo líder del partido está dispuesto a colaborar con el Govern de Artur Mas para hacer frente a la crisis siempre y cuando “las medidas que podamos acordar eventualmente no sean sólo de ajuste”. Es exactamente lo que ha venido diciendo hasta ahora el presidente del grupo parlamentario, Joaquim Nadal, a quien hay que felicitar por cierto porque la supuesta renovación del partido no le ha afectado y continuará en su puesto.

Dicho sea sin acritud, la sensación que ha trasladado el PSC durante los tres días del cónclave ha sido que los delegados se preocupaban más de sus propios problemas, que de los problemas del país. Es algo que suele ocurrir en todos los partidos, cierto, pero en las circunstancias actuales todo parece más triste. El único debate de fondo que ha trascendido ha sido el del grupo parlamentario propio del PSC en el Congreso que es un asunto de su propia organización interna y que además ha terminado como siempre. O sea, sin grupo que valga.

Los partidos políticos son cada vez menos fuente de saber y cada vez más fuente de poder. Un poder integrado por cargos y empleos que cuando se pierden las elecciones se reducen y tocan menos a repartir, lo que convierte en más encarnizada la batalla por la silla. En este sentido, José Zaragoza, hasta ayer secretario de organización, ha sabido organizar un congreso de común acuerdo con los dirigentes territoriales que permite hablar de renovación sin dejar apenas una víctima por el camino.

Los capitanes siguen al frente.También aquí se ha aplicado la táctica del café para todos, que se ha demostrado infalible para mantener el poder real concentrado en el núcleo duro. Sólo hay que observar el cuadro de honor para comprobar que están todos los que eran y algunos más. Desde luego si el PSC no suprime los trienios como la Generalitat, también tendrá problemas de tesorería.

La única víctima evidente ha sido Montserrat Tura. Paradójicamente, el referente del PSC que mejor da en las encuestas. Precisamente por ello en unas primarias con menor control del aparato podía ganar la candidatura a la presidencia de la Generalitat, así que mejor frenarla antes que después, como tuvo que hacer el PSOE con Borrell. Los otros críticos, Elena y Ros se han quedado dentro, pero atados de pies y manos. No están en función representativa de la minoría crítica, sino asumiendo áreas de responsabilidad que les obligará a reportar lealmente al primer secretario. Ya será difícil que planten cara en unas primarias.

El caso es que si después de perder todas las elecciones y buena parte del poder no han surgido rebeldes en el PSC, debe ser que no queda ninguno. Al revés que en la película de James Dean, causa sí hay, Más que nunca. Pero faltan rebeldes, y un partido que se proclama de izquierdas, si no es rebelde, no es nada.

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Introducido por Reggio

19 diciembre, 2011 a las 7:16 am