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De qué esperanza hablamos, de Josep Maria Puigjaner en La Vanguardia

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Me agradó la definición que hace pocos días leí en un artículo de opinión: la esperanza es un estado de opinión que nos obliga a pensar que lo que deseamos se convierta en realidad y que lo que puede ir bien irá bien. Me agradó y me animó a considerar diversas facetas de la palabra esperanza. Porque, por un lado, está la esperanza del creyente, la que se centra en la obertura a una visión trascendente de la vida. Por otro lado, me suscita una especial atracción la esperanza del no creyente, la esperanza vivida desde la laicidad, porque lleva en su interior una gran carga de humanismo. También el no creyente valora la esperanza y la necesita, porque sabe que ella constituye el punto de partida sin el cual no se genera la energía necesaria para desencadenar cualquier proceso de recomposición o de enderezo.

Pero, ¿de qué esperanza estoy hablando? Por supuesto, no de una esperanza vaporosa, hecha de melancolía y suspiros. No de una esperanza que se desentiende de la realidad tal como es, sino de una esperanza que, aun proyectada en el futuro, se fundamenta en las potencialidades que existen, por ocultas que estén, en el momento actual. Me refiero a aquella esperanza que actúa en el interior de cualquier persona o de cualquier sociedad humana, mediante la cual podemos ser capaces de engendrar -con dolores de parto, eso sí- un mundo más razonable, más justo, más alegre y, por tanto, más gratificante.

Esta esperanza ha de tener el primer apoyo en la inteligencia humana. La historia del hombre sobre la Tierra demuestra que la vida posee una energía que empuja la inteligencia de los humanos hacia niveles más altos de convivencia entre civilizaciones, culturas y naciones. Podemos albergar la esperanza de que la inteligencia irá encontrando caminos de superación de las continuas y poco evitables contradicciones, conflictos o antagonismos que los hombres vamos generando. Hay todavía otro ámbito igualmente decisivo: la esperanza en la fuerza transformadora de los sentimientos. Es importante sentir que tenemos posibilidades de superarnos, de actuar mejor y de progresar en la dimensión del espíritu. Y sentir que mi contribución es indispensable para la colectividad.

Sin menoscabar la de raíz religiosa, esta esperanza laica es la que puede conducir a superar problemas en una Europa aún no lo bastante unida, con déficits de visión comunitaria, de generosidad y acción solidaria.

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27 diciembre, 2011 a las 7:13 am

Las más respetadas, de José Juan Toharia en El País

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La pregunta es: si un amigo suyo extranjero le preguntase cuál es la empresa española que le inspira más respeto y confianza, es decir, la que en mayor medida le haría a usted sentirse orgulloso de que representase a España, ¿qué respondería? Y las respuestas que a la misma dan los españoles se reparten entre más de un centenar de menciones, si bien solo 12 (las que figuran recogidas en el cuadro adjunto) alcanzan o superan el 1% -es decir, son citadas como mínimo por un porcentaje que vendría a equivaler a unas 350.000 personas-. Telefónica (mencionada por un 21%, es decir, por unos siete millones de españoles) ocupa, destacada, el primer lugar en el podio, seguida por Banco Santander (15%) y por Repsol (12%). A continuación, en cuarto lugar, figura Inditex (11%), seguida por El Corte Inglés (7%). La sexta posición la comparten Iberdrola y BBVA (citadas, cada una, por un 5%), correspondiendo la séptima a Mercadona (4%) y la octava a Endesa (3%). La novena plaza es compartida por La Caixa y Gas Natural-Fenosa (con un 2% en cada caso) y la décima por ACS (mencionada por un 1%).

Al valorar estos resultados resulta imprescindible tener en cuenta que esta amplia dispersión de las respuestas (así como los relativamente bajos porcentajes correspondientes a cada una) guardan relación directa con la forma en que estaba formulada la pregunta: lo que se solicitaba de los entrevistados no era que mencionasen todas las empresas españolas que les inspiran respeto, confianza y orgullo, sino tan solo una: la que lo hace en mayor medida.

Las respuestas obtenidas responden, por tanto, a una selección excluyente. De haberse admitido una respuesta múltiple, los porcentajes de mención correspondientes a cada una de las empresas recogidas en el cuadro hubieran sido, con toda certeza, muy superiores, y también habrían sido claramente más las empresas que habrían superado el corte del 1%. Conviene así no olvidar que los porcentajes que aquí se presentan corresponden exclusivamente a nominaciones para el primer lugar de la clasificación y no reflejan, en modo alguno, la proporción real de españoles que pueda identificarse de forma positiva (aunque no necesariamente tanto como para situarlas por encima de las demás) con las empresas existentes en nuestro país.

Por otro lado, esta notable dispersión de las respuestas quizá pueda ser interpretada en el sentido de que existe una confianza muy generalizada en los españoles respecto de nuestro tejido empresarial, lo que vendría a dificultar su decisión sobre qué empresa colocar, aislada, en cabeza.

Las respuestas son espontáneas, no han sido en modo alguno sugeridas. Esto es, no se facilitó a los entrevistados ningún listado previo de empresas que pudiera orientarles (y quizá, inevitablemente, a la vez condicionarles) en su contestación. Los resultados obtenidos reflejan así la mención libremente elegida entre los nombres que al oír la pregunta pudieron venir -más directamente y sin sugerencia externa alguna- a la mente de las personas entrevistadas.

La alusión en el texto de la pregunta a “un amigo extranjero” (al que supuestamente iría dirigida la respuesta) constituye un artificio metodológico para tratar de eliminar, en la máxima medida, posibles sesgos en las contestaciones. Al sugerirse un hipotético interlocutor ajeno por completo a la realidad española y en el que, por tanto, el entrevistado no puede imaginar reacción alguna (ya sea de sorpresa, de aprobación o reproche) ante su respuesta, cualquiera que esta fuese, se potencia la espontaneidad y desinhibición en la contestación.

En cuanto al tercio (35%) de la población española mayor de 18 años que no supo qué contestar a la pregunta (queda incluido en este grupo el exiguo 1% que respondió “ninguna”) se trata de una cifra que, en líneas generales, se corresponde con la fracción de nuestra población que usualmente, en los sondeos de opinión, emerge como público menos atento a los distintos avatares de nuestra vida social colectiva.

Los datos de este Primer Barómetro de Notoriedad de las Empresas Españolas permiten además sugerir la existencia de algunas diferencias en las respuestas en función de la edad y de la orientación ideológica de los ciudadanos. Teniendo en cuenta la exigüidad de los porcentajes que se comparan y el margen global de error de la encuesta (+/-2.5 puntos) no debe darse a estas diferencias sino el sentido aproximado de posibles tendencias. Así, por ejemplo, en el caso de Telefónica, Banco de Santander, Repsol y El Corte Inglés, el porcentaje más elevado de quienes proponen a cada una de ellas para la primera posición se registra entre los que tienen entre 34 y 55 años. En cambio, en el caso de Inditex y Mercadona, predominan, entre quienes las postulan para la cabeza del ranking, los menores de 35 años.

Asimismo, parecen ser más entre los votantes del PP que entre los del PSOE quienes optan por dar la primera plaza a Telefónica, al Banco de Santander, a Repsol o a ACS. En cambio, entre los votantes socialistas son algunos más que entre los votantes populares quienes optan por situar en cabeza a Repsol o La Caixa.

Cabe destacar que, aun cuando se preguntaba en este Barómetro exclusivamente por empresas españolas, una entidad como Endesa haya logrado un apreciable porcentaje de menciones espontáneas. Ello parecería indicar que pese a estar actualmente integrada en el grupo italiano ENEL (y pese a la intensa cobertura mediática de que fue objeto el largo, complejo y debatido proceso que precedió a esa integración) tiende a seguir siendo considerada por buena parte de la ciudadanía como una empresa española. Respetando esa extendida percepción, su nombre ha sido mantenido en el cuadro de resultados que aquí se presenta.

Por último, merece ser reseñado que en este cuadro de honor aparezcan tres entidades financieras (Banco de Santander, BBVA y La Caixa): en la por ahora última oleada del Barómetro de Confianza Ciudadana que Metroscopia elabora regularmente para este periódico, publicada el pasado 28 de octubre, las instituciones financieras, en conjunto, aparecían situadas en uno de los lugares más bajos.

De esta aparente contradicción cabe sin duda deducir que la ciudadanía tiene respecto del sector financiero ideas más matizadas de lo que, genéricamente hablando, expresa: en conjunto le inspira un profundo recelo, pero al mismo tiempo sigue percibiendo la existencia en el mismo de entidades merecedoras de su mayor respeto y confianza.

José Juan Toharia es presidente de Metroscopia.

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26 diciembre, 2011 a las 7:17 am

Canción triste de Navidad, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

Estaba solo pero libre, solo pero él, solo en su calma de vivir; entonces sintió pena por los que necesitaban la Navidad para fingir su alegría

Le gustaba la noche de la ciudad  vestida de luciérnagas de colores. La Navidad traía el agridulce recuerdo de la infancia, mezcla de ilusión y decepción. Ese momento en que hay que sentirse feliz, compartir bondad, consumir regalos, comer turrón y, sobre todo, no estar solo. Pero él estaba solo. Era la primera Navidad sin su mujer. No se acordaba muy bien en ese momento si había muerto tras una misteriosa enfermedad o partió para un largo viaje o se fugó con un torero que quedó en paro tras clausurar las corridas. Tampoco le importaba mucho el por qué. Tan solo sentía que el transcurrir de su vida había cambiado de raíz. Cuando ella estaba le tranquilizaba el trajín diario en el hogar.

De hecho, eso era el hogar. Una presencia de alguien con quien compartir un cotidiano automático. Sobre todo porque una vez apagadas las cenizas de una antigua pasión las fricciones de convivencia apenas molestan. Y su mujer no era una señora chapada a la antigua, de esas siempre encima del marido, sino que era activa, le interesaban más cosas que a él, hacia amistades y concebía proyectos. Sí, decididamente le faltaba, no tanto como ella sino como ambiente climatizado. Le costó un tiempo acostumbrarse. Tal vez fuera por su solitario trabajo. Se había acogido a una ventajosa prejubilación en el banco y completaba su peculio como asesor financiero, pero con la crisis y la informatización de la Agencia Tributaria la gente no estaba para invertir ni defraudar, sólo intentaba mantener a flote sus ahorros. Pocos venían al despacho que montó en un rincón de su piso. Su consulta se solía hacer por internet, salvo cuando salía algún trabajillo medio legal. Aun así, entre la pensión y lo que caía del analfabetismo económico del personal, iba tirando para lo poco que gastaba.

¿Con quién lo iba a gastar? Porque no hay nada más triste que consumir solo. Y su único hermano había vuelto a emigrar a Alemania, como en los buenos tiempos del desarrollismo. No es que le fuera muy bien, pero había trabajo para profesionales que aceptaran cobrar menos por hacer más. La Merkel se lo había montado bien: o trabajas sin rechistar o te dejo sin euro y allá te las arregles. ¿Y quién era el guapo que volvía a la peseta? A él no le afectaba mucho, porque ya había ajustado su consumo a sus ingresos, cultivaba tomates y verduras en su terraza, recogía enseres por calles y mercados, participaba en redes de trueque y se había apuntado a una cooperativa de consumo. No le daba vergüenza porque había cantidad de gente que lo hacía. Pero la gente no se enrollaba. Hacían su cosa y se iban. Y los tomates se los plantaba él, los cuidaba él y se los comía él. En fin, que también transitaba solo por las sendas de la economía alternativa.

De modo que optó por formas más tradicionales de buscar compañía, o sea ligar. Apenas empezaba la sesentena y estaba de buen ver, gracias a que no bebía whisky y a los genes de su mamá. Incluso tenia pelo.

Había una discoteca bien que se especializaba los jueves en maduritas y barrigones.

Ahí fue un par de veces. La visión de abundantes carnestolendas jugando a jovencitas con mini junto a manadas de vejestorios rezumando Viagra le desanimó de entrada.

Yde salida fue buscando alguna prostituta ocasional. Le sirvió como sexo breve, pero su problema no era el sexo. Sus necesidades eran ya limitadas y su excitación menguada por la amenaza del sida y la obligatoriedad del condón. Además, no hay nada más solitario que el sexo con prostitutas porque se trata de una doble soledad tarifada por macarras. Pensó en agencias matrimoniales pero en realidad el no se quería casar porque con lo que tenía le alcanzaba para él pero no para vete a saber quién que roncara a su lado. Decididamente, lo que se construye en muchos años es difícil de sustituir deprisa y corriendo.

Bueno, quedaban los amigos. Pero ¿cuáles? No había muchos y los realmente existentes pasaban su tiempo entre cónyuges de distintas épocas, nietos y oscuras actividades de las que nadie se entera. Le hubiera gustado tener a sus nietos cerca. Pero sus dos hijos vivían lejos, uno en Nueva York con su pareja gay, el otro con una desmesurada lechera danesa de donde emergieron con dificultad dos querubines rosados como cerditos que le decían cosas dulces pero ininteligibles cada vez que los visitaba en Aarhus. De modo que entre eso y el frio invernal prefería reunirse con ellos en el verano de la Costa Brava.

Tal era su sentimiento de abandono que pensó en animales domésticos. Le gustaban los perros pero estos animalitos se hacen tan dependientes de sus amos que rompe el corazón dejarlos un tiempo e incluso se pueden enfermar. Y él quería viajar de vez en cuando, era su última esperanza de conexión con el mundo. Le recomendaron gatos, animales auto-suficientes, inmunes a la afectividad. Pero nunca le gustaron los gatos, tal vez porque cuando era pequeño le arañó una gata zalamera. Y francamente depositar su necesidad de compañía en una tortuga le pareció excesivo.

Así que vivía solo y solo deambulaba por las calles festivas repletas de gentes afanadas en comprar regalos envueltos en sucedáneos de felicidad. No tenía a quien regalarle y nadie le regalaría. Se dio cuenta. Estaba verdaderamente solo, nadie en su entorno, solo con su soledad. Y de repente sintió una serenidad extraordinaria, una libertad ilimitada. Solo, sí, pero porque así quería estar. Solo porque no aceptaba simular la compañía. Solo porque no quería soportar discursos huecos, ni creer en promesas falsas. Solo porque era auténtico, era él, era una persona, no un monigote de papel de cartas, ni un familiar de deberes prescritos. Solo pero libre, solo pero él, solo en su calma de vivir.

Entonces sintió pena por quienes necesitaban la Navidad para fingir su alegría.

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24 diciembre, 2011 a las 7:19 am

El valor de la competencia, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

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Por lo menos en un aspecto hay  unanimidad en el diagnóstico: los ministros del Gobierno que preside Mariano Rajoy son personas competentes y capaces, con un bagaje profesional o político que les acredita. Seguro que tendrá defectos Rajoy, pero no es ni un aventurero ni un frívolo, prefiere la seguridad al riesgo. Y se ha rodeado de colaboradores que, además de una probada lealtad personal, tienen también una cualificada preparación.

Cuestión distinta es cómo lo harán. En esto no se pueden adelantar juicios, el tiempo lo dirá y los criterios para emitir estos juicios serán, como es natural, distintos, así como los resultados. Pero de momento, para muchos el Gobierno Rajoy suscita confianza. ¿Por su ideología? Sin duda: “es el gobierno de los míos”, dirán algunos. Pero para otros, incluidos muchos que no votaron al PP, el Gobierno les inspira confianza por otra razón: por su preparación técnica, por los conocimientos y experiencia de los miembros que lo componen. Una reflexión sobre este punto creo que tiene interés: ¿qué influye más en el votante, la ideología o la capacidad profesional?

Ciertamente, a los diputados, senadores o concejales, no se les vota porque han sido los primeros de la clase o porque son profesionales destacados. Cuenta también, por supuesto, su tendencia política, sus concepciones de la justicia, la libertad y la igualdad. Pero cada vez más, el ciudadano no los vota únicamente por razones de cercanía ideológica sino también por tener acreditados el mérito y la capacidad, igual que a los funcionarios o, en otro plano, igual que a cualquier trabajador en la empresa privada.

La ideología es, pues, una condición necesaria pero no suficiente. Y si en los “tuyos” no encuentras ni mérito ni capacidad, te abstienes o votas a los otros, a quiénes consideras gozan de esta condición.

Este creo es el mensaje que los ciudadanos han trasmitido en estos últimos tiempos a la clase política. Los clamorosos suspensos a los partidos en los sondeos de opinión así lo indican. También los resultados electorales. ¿Por qué fracasaron los dos gobiernos tripartitos catalanes? ¿Por ideología? No, por incompetencia. ¿Por qué el PSOE de Zapatero no es que haya perdido sino que se ha derrumbado? Porque el presidente se preocupó más del electoralismo banal que del rigor. Por ejemplo, en la composición de sus Gobiernos, daba más importancia a la imagen que al conocimiento: cuotas por razones de edad, género, origen territorial. La foto, quedar bien en la foto, eso era lo importante.

No podemos saber si el Gobierno Rajoy responderá a las expectativas. También Artur Mas dijo que formaría “el gobierno de los mejores” y ahora vemos que no saben ni llegar a final de mes y encima dan excusas de mal pagador. Veremos con Rajoy. En todo caso, de entrada ha apostado por la seriedad y no por la frivolidad.

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24 diciembre, 2011 a las 7:18 am

El agujero negro inmobiliario, de Segismundo Álvarez Royo-Villanova en El País

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Un agujero negro es una concentración de masa que causa tal fuerza gravitatoria que ninguna partícula, ni siquiera los fotones, pueden salir de ella. En la actualidad, la masa de activos de los bancos inmovilizados de una forma o de otra en inmuebles ejerce ese efecto sobre el conjunto la economía española. Aunque son muchas las reformas necesarias -laboral, financiera, de las administraciones, de la justicia, de la educación- la solución de esta cuestión puede ser el primer paso hacia la recuperación.

El problema tiene su origen en la famosa burbuja inmobiliaria, con la peculiaridad de que lo grave no ha sido su explosión sino justamente que sigue flotando, gracias al papel en la misma del sistema financiero. A lo largo de poco más de 10 años los precios de las viviendas subieron en España un 250% y durante varios años se construían en España tantas viviendas como en todos los demás grandes países europeos juntos. La especialidad de la burbuja es que, en 2007, aproximadamente un tercio de todo el dinero prestado al sector privado por entidades financieras españolas lo era a promotoras inmobiliarias. Cuando en la segunda mitad de 2007 se paran las ventas de viviendas y las promotoras no pueden pagar los préstamos, el ajuste no se produce a través del desplome del precio de la vivienda. En un contexto de gran incertidumbre sobre la viabilidad de todo el sistema financiero, las entidades financieras convencen al poder político para tomar otra dirección, la de la ya famosa “patada adelante”. Para que no quiebren los promotores, las entidades financieras llegan con ellos a pactos de refinanciación, que se intentan reforzar con la reforma de la ley concursal. Como los bancos no pueden hacer frente a sus propios vencimientos de deuda, el Estado y el BCE les prestan dinero, y el Banco de España echa una mano relajando las normas sobre provisiones en inmuebles para evitar que las daciones en pago supongan grandes pérdidas en sus balances.

La idea era que se fuera vendiendo poco a poco el stock de viviendas, y que los bancos se fueran recapitalizando con su actividad normal. Desgraciadamente, las consecuencias de esa táctica han sido muy otras, y tremendamente negativas para la economía española. Por una parte las ventas de viviendas no se han recuperado, sino que se han paralizado de forma casi total. A través de daciones en pago, de refinanciaciones o de canje de deuda por acciones de las promotoras, casi todo el stock de suelo y vivienda nueva no vendida está en manos, directa o indirectamente, de los bancos. La relajación en las normas sobre provisiones hace que les interese más mantener los inmuebles en el activo que venderlos a precio

de mercado, lo que mantiene los precios de la vivienda artificialmente altos: la vivienda sigue sobrevalorada en un 30% o 40% comparada con sus valores históricos de precios sobre rentas o sobre ingreso medio familiar. Por otra parte, la enorme masa de deuda ha ido atrayendo hacia la parálisis al resto de la economía, pues la inmovilización de los recursos de los bancos en activos inmobiliarios es un factor fundamental en la restricción del crédito al resto de las empresas, a las que simultáneamente se les ha reducido el crédito y aumentado los intereses.

Mientras tanto, los bancos españoles seguían dando año tras año grandes beneficios (nada menos que la CAM dio un beneficio de 368 millones en 2010) y repartiendo buena parte de los mismos en dividendos a sus accionistas (7.600 millones de euros repartieron en 2010 los bancos del Ibex). Cabe sospechar que los interesados ya se imaginaban que las refinanciaciones eran imposibles, que las ventas caerían más y los precios también; pero que también pensaron que esa estrategia les permitiría mantener sus puestos y cobrar sus bonus y sus dividendos al menos unos años más, aunque eso perjudicara a la economía, al Estado y a los propios bancos. Aún hoy los bancos siguen ampliando sus secciones dedicadas al sector inmobiliario, con la idea de esperar hasta que los puedan sacar al mercado con ganancias.

El problema no es solo que esto nos parezca mal e injusto, sino que es inviable. Por una parte no volverá a fluir el crédito mientras una gran parte de los recursos de los bancos españoles están presos en unos activos que no se venden ni rentabilizan. Por otra, si tenemos en cuenta el coste real de financiación, la amortización y los costes de mantenimiento, cada año que pasa con el mercado paralizado, la pérdida real del banco aumenta en más de un 10% del valor de esa masa improductiva.

Es absolutamente necesario que el nuevo Gobierno y el Banco de España tomen las medidas necesarias para que en un plazo breve, de dos o tres años, los bancos vendan la totalidad de la vivienda terminada y se termine la iniciada. Se tiene que inspeccionar a las entidades y poner fin a las refinanciaciones totalmente inviables y obligar a la liquidación de stock de las inmobiliarias de forma progresiva. El argumento de que obligar a los bancos a vender a precio de mercado los quebraría es falso al menos en parte, pues a la vista de los supuestos beneficios de los bancos está claro que se podría -debía- haber sido mucho más exigente en materia de provisiones. Incluso la intervención de alguna entidad es un mal menor comparado con la situación actual y sobre todo con lo que sucederá si se deja pasar más tiempo. En caso de intervención, se debe proteger a los depositantes, pero no a los accionistas u obligacionistas, que han asumido el riesgo (y a menudo han obtenido el beneficio) de financiar a esas entidades mal gestionadas. Tomar esas medidas tampoco hará desplomarse en Bolsa a los bancos españoles: de sobra saben los inversores que los balances de los bancos son irreales y por eso la banca española que cotiza lo hace a un valor que solo es entre el 30% y un 70% de su valor en libros.

El efecto de las medidas será la reactivación del mercado inmobiliario y de las actividades conexas, el aumento de la recaudación y la mayor circulación del crédito. Naturalmente, veremos cómo nuestras viviendas valen menos y no nos podemos endeudar a cuenta de ellas, pero eso es algo que a estas alturas también los ciudadanos tenemos descontado.

El límite a partir del cual ninguna partícula puede escapar a la atracción de un agujero negro tiene el enigmático nombre de “horizonte de sucesos”. Si conseguimos reducir la masa de crédito inmovilizado, es posible que el resto de la economía pueda encontrarse fuera de esa línea y empecemos, por fin, a ver otro horizonte.

Segismundo Álvarez Royo-Villanova es jurista.

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16 diciembre, 2011 a las 7:18 am

Liderazgo ético y responsable, de Alexandre Muns Rubiol en La Vanguardia

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“Europa se precipita hacia la depresión”, “Hay que tener miedo”, etcétera. Breve recopilación de afirmaciones de destacados líderes políticos y empresariales. En tiempos de crisis, los cargos públicos y formadores de opinión tienen el deber de informar a la población y de ejercer una labor pedagógica. Un estadista toma decisiones pensando en las próximas generaciones, y no en las próximas elecciones. Se distingue a un estadista porque, desde el rigor, informa y exige a la ciudadanía el cumplimiento de sus obligaciones, además de proteger sus derechos.

La cacofonía de voces propia de la competencia entre decenas de canales de televisión, junto con las redes sociales, no facilita la labor. Los mensajes deben destacar lo que nos une y no lo que nos divide; apelar al deseo de superación, y anteponer las perspectivas de futuro al temor a la pérdida de derechos adquiridos.

En demasiadas ocasiones los políticos recurren a la demagogia y lanzan proclamas catastrofistas que atemorizan y dividen a la población. Por ejemplo, cualquier comparación entre la Gran Depresión de los años treinta y la actual crisis es falsa y manipuladora.

En 1933, el desempleo en Estados Unidos alcanzó el 25%, mientras que en la actualidad se sitúa en el 9,1%. La Gran Depresión provocó no sólo la ruina de millones de americanos, sino que les sumió en la pobreza más absoluta. Parte de la población estadounidense hacía cola para alimentarse en los establecimientos creados por la administración del presidente Roosevelt. Aunque la pobreza ha aumentado, la gran mayoría de los indignados del movimiento 15-M y Ocupa Wall Street no son indigentes. Tienen, por supuesto, el derecho a expresar su frustración, pero la atención prestada a las voces más estridentes tiende a sofocar a las rigurosas y analíticas.

La crisis ha recortado el consumo y la inversión. Las declaraciones excesivamente pesimistas no ayudan a infundir confianza entre los consumidores y empresarios. Se genera así un círculo vicioso. Las predicciones catastrofistas propician una espiral negativa y se convierten en profecías de autocumplimiento.

Ante una crisis hay que exigir un liderazgo que se caracterice por comunicar de manera ética, concreta y responsable.

Alexandre Muns Rubiol, profesor de ESCI-UPF.

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14 diciembre, 2011 a las 7:16 am

¿Que refunden ellos?, de Casimir de Dalmau en La Vanguardia

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TRIBUNA

El 25.º aniversario de la adhesión de España y Portugal a la UE coincide con el peor escenario económico de las últimas décadas. La crisis de la deuda pública ha forzado un adelanto electoral en ambos países. En Portugal, el Gobierno de Passos Coelho ha visto cómo el FMI y la UE confeccionaban su programa de gobierno. En España, el alejamiento de un eventual rescate está obligando a Rajoy a preparar el suyo propio. La violencia de la tempestad aconseja posponer el balance de la efeméride y esquivar un pesimismo que lo devora casi todo. Visto con perspectiva, a casi nadie escapan los efectos benéficos de la adhesión a la UE para España y Portugal. Pero la crisis evidencia las imperfecciones del edificio comunitario. Nunca nadie había llegado tan lejos en su desdén hacia las instituciones europeas. También es cierto que nunca antes aquéllas habían exhibido tanta impotencia y desorientación. Una presidencia del Consejo errática, un Parlamento afónico y una Comisión reducida a la función de mero secretariado del Consejo. ¿Del Consejo? ¡No! De Alemania y Francia.

La última reforma -insuficiente- del sistema institucional comunitario recogida en el tratado de Lisboa entretuvo a los veintisiete durante nueve años. ¿Vamos a esperar otro tanto para ponernos de acuerdo sobre lo que hay que hacer ante la mirada atónita, preocupada o de indisimulada satisfacción de la comunidad internacional? Ya no es cuestión de años ni de meses, sino de días. Y no se trata de rescatar este u otro país. Se trata de consolidar la UEM y con ella, el núcleo duro de la integración europea. Si hay voluntad política compartida, las soluciones técnicas seguirán de inmediato. Rigor y disciplina serán el plato de cada día para los próximos años.

Corresponde a quienes gobiernan hoy velar por el interés general de la Unión. Como lo hicieron de forma exitosa los que condujeron la ampliación ibérica hace 25 años. El proceso de integración europea debería continuar fiel a sus principios fundacionales de solidaridad y corresponsabilidad. De lo contrario, la voluntad de situarse no sólo fuera de la zona euro sino incluso de la UE, empezará a abrirse camino entre sectores de la ciudadanía cada vez más alejados de la nomenclatura comunitaria, del papel preponderante de los mercados y de una clase política claudicante. Quizá sea este el momento de preguntarse qué habría sido de Portugal y España fuera de la UE. Pero sobre todo, qué será de Europa sin una apuesta valiente y ambiciosa sobre su futuro inmediato, lejos de la bicefalia actual. En cualquier caso, la península Ibérica no puede ni debe quedar al margen de una refundación de la UE. Que no sea que, además de imponernos un programa de gobierno, vayan a dictarnos también los nuevos tratados.

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5 diciembre, 2011 a las 7:15 am

Café Velasquez, de Enric Juliana en La Vanguardia

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CUADERNO DE MADRID

Todos. Cada uno en su mesa, con los suplementos dominicales desparramados alrededor de la taza o el refresco, Apenas se oye un susurro. Ningún comentario en voz alta sobre las inquietantes noticias económicas. Un denso recogimiento pequeñoburgués, sólo alterado por el trajín de los camareros y el ligero crujir de las hojas de papel. Once de la mañana en la gran plaza circular dedicada al político portuense Francisco Sá Carneiro, fallecido en 1980 en un misterioso accidente de aviación. Sá Carneiro, hombre de acción, rostro aguileño, portugués de orden, católico y divorciado.

Una leyenda.

Gabriel Magalhães ya me lo advirtió hace cuatro años en Madrid: “Una de las diferencias entre España y Portugal está en las cafeterías. Los españoles tienden a agolparse en la barra, hablando en voz alta; los portugueses, por el contrario, son gente de mesa. En España, solar grande, los clientes se juntan, se apiñan y alzan la voz sin reparos; en Portugal, país pequeño, buscan la distancia. El portugués necesita su dosis diaria de soledad”. El portugués -añado por mi cuenta- todavía aprecia las formas de antaño, como si el tiempo transcurriese más lentamente tras los montes que interrumpen la meseta castellana. Mucho más impetuoso, el español moderno se distingue, sobre todo en Madrid, por el tuteo. Apenas han pasado cinco minutos de conversación y ya quieren cortar amarras con la formalidad. “Nos podremos tratar de tú, supongo”. ¿Quién les dice que no? Hay en España un miedo al vacío, a la frialdad y a la distancia excesiva. A la desmembración. Siempre ha existido, y ahora, en la gélida intemperie de la crisis, ese temor se hará más intenso. Los países y las ciudades de tradición combatiente necesitan fabricar su propia cordialidad. El mundo es un constante juego de contrapesos.

Sin someterlo a ningún ritual, el señor Magalhães y un servidor nos seguimos tratando de usted, como si el tiempo no hubiese transcurrido desde el día en que la periodista lisboeta María Lourdes Vale nos presentó en Madrid. Me gusta el usted. Revivo en el usted el calor de las calefacciones antiguas, esa atmósfera tibia y envolvente de las casas de suelos de madera crujiente en invierno. Sobre el usted se puede construir una buena amistad. El escritor Magalhães me ha ayudado a entender un poco más Portugal, y yo le regalé, hará cosa de un año, una edición bilingüe de La pell de brau. Le gustó. Tanto es así que su última novela (A madrugada na tua alma), recién publicada, se abre con unos versos de Salvador Espriu: “Ànima, Només / una mica d´aire / que s´emporta el vent?”. De formación atlántica (Angola, País Vasco, Salamanca, Oporto, Lisboa…), anda estos meses muy interesado en Josep Pla y construye unas sugerentes teorías sobre la vigencia del pactismo catalán en el actual momento europeo -precisamente ahora-, cuando no pocos catalanes sueñan con rupturas tajantes y definitivas. “Por favor, no abandonen su paciencia y su modo un tanto ambiguo de articular las cosas; si Europa no acaba estallando, esa será la solución: una mayor articulación de todos con todos, sin llegar a una conclusión cerrada y definitiva”, me dice Magalhães paseando por Oporto.

Portugal lo está pasando mal. Muy mal. Se observa en las plazas y en los comercios. Y el horario de invierno acentúa el encogimiento del alma. A las cinco de la tarde, la luz atlántica ya se despide, y llega una dilatada penumbra en cuyo interior las horas discurren perezosas. Tardes largas en el estuario del Duero. Calles pálidamente iluminadas. Mucho tiempo para pensar y recordar.

En Portugal se han puesto de moda los artículos de antes de la revolución de 1974. Los jabones, perfumes y colonias de los años treinta, cuarenta y cincuenta, cuando el país vivía en el interior de la febril fantasía salazarista; cuando la identidad de la nación aún parecía clara: el último imperio de Occidente. Los jabones Viana y Nazaré, la pasta dentífrica Couto -que aún se puede encontrar en algún establecimiento del barrio de Salamanca de Madrid-, la crema de afeitar Confiança, la colonia de hombre Musgo Real y el perfume Realce, que con toda seguridad Oliveira Salazar regaló a la bella periodista francesa Christine Garnier, hija de un militar de Vichy, lectora de Maurras y coquetamente enamorada del porte altivo y misterioso del dictador-contable portugués. El éxito comercial de la cadena A Vida Portuguesa explica lo que está pasando con mayor precisión que un tratado de sociología. Los portugueses se han encerrado en el interior de su dignidad. Todos los ministros exhiben la bandera rojiverde en la solapa, y las protestas, que comienzan a ser fuertes, se desarrollan con más tragedia que dramatismo. Nadie busca la humillación de la otra parte.

En su novela, Gabriel Magalhães habla del libro, acaso una Biblia, que aparece en manos del personaje central del retablo de São Vicente de Fora, magnífica pintura medieval del siglo XV que resume la vida portuguesa en puertas de los Descubrimientos. Hay un enigma. Ese libro, que abierto por la mitad exhibe una bella caligrafía gótica, podría tener toda la segunda parte en blanco.

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Introducido por Reggio

4 diciembre, 2011 a las 7:16 am

Lo que España necesita, de José Manuel Naredo en Público

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Los resultados electorales lo han confirmado. Uno de los dos polos del bipartidismo reinante se ha desmoronado dando paso al otro en el Gobierno. Ha perdido su apoyo electoral por hacer “lo que España necesitaba” para salir de la crisis. Con el agravante de que los sacrificios humanos perpetrados en favor de “los mercados” no consiguieron aplacarlos ni, menos aún, reactivar la economía: la depresión se ha agravado y la calificación de la deuda es hoy peor que nunca. Y en los discursos electorales se siguió hablando del imperativo de hacer “lo que España necesita”, creando miedos justificados entre la castigada población española que motivan esta reflexión.

¿Necesitaba España financiar tanta operación especulativa y tanto megaproyecto ruinoso? ¿Necesitaba de verdad congelar pensiones, recortar sueldos de funcionarios, derechos sociales y laborales… o participar en acciones militares foráneas? Parece como si los políticos que hablan en nombre de España tuvieran hilo directo con ella, cuando precisamente evitan que la ciudadanía participe en la toma de decisiones importantes y ningunean manifestaciones o encuestas en las que esta ciudadanía expresa sus puntos de vista, generando así crispación social y desconfianza.
Para intuir lo que la población española (no España) necesita hacen falta dos cosas. Una, dejar de engañar a la ciudadanía con tapujos y previsiones edulcoradas, pasando a considerarla mayor de edad. Pues tomar conciencia de nuestros males es el primer paso para curarlos y hacer diagnósticos ajustados y transparentes del presente es condición para construir sólidamente el futuro. Otra, contar con la participación de esa ciudadanía bien informada para orientar y respaldar las importantes decisiones que se avecinan y las políticas a adoptar. Sólo a raíz de tomar plena conciencia de la crítica situación actual se podrán acordar medidas ampliamente consensuadas sobre el reparto de las responsabilidades y los costes de la crisis y sobre la obligada reconversión económica. Y, con buenas prácticas políticas que potencien la participación ciudadana, se podrá recuperar la cohesión social necesaria para marcar metas comunes, y no al revés. Esta es la diferencia entre democracia y despotismo.

José Manuel Naredo. Economista y estadístico.

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Introducido por Reggio

22 noviembre, 2011 a las 7:11 am

Buscando una historia bonita, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

De nada ha servido llevar varias semanas diciéndome que llegaría un sábado campanudo en el que debería escribir sobre las setas, los otoños, las lluvias, la ternura, el fuego del hogar y las castañas, sí, también las castañas. Tengo una mala relación, desde la infancia, con las castañas. He comido tantas, y de una manera tan sosa y repetida, que aún es el día que debería reencontrarme con las castañas. Bien hechas y en puré es un delicioso acompañante de la caza. Hubo una época en que era capaz de hacer quinientos kilómetros por una becada, pero desde que la han convertido en un chupa-chups correoso, ni me muevo.

Pensé en la caza y las castañas, pero me pareció ridículo.

Confío que la crisis se llevará toda esa caterva de fantasmas de la cocina, que aúnan su condición de comentaristas egregios con la de divertidos trepadores sociales. ¿Ustedes han sido capaces alguna vez de leer los textos que acompañan a los vinos, sin una sonrisa?

¡Literatura de época! Pero me equivoco y probablemente ellos serán de las pocas cosas que sobrevivan, igual que los bufones sobrevivieron a las monarquías absolutas.

Semanas pensando en un tema hermoso que culminara esta jornada de Reflexión, Día de Acción de Gracias de la Democracia, y debo reconocer que he fracasado. Primero pensé en una novela. Un libro impresionante, por su calidad literaria, que me permitiera explayarme. El primero que pensé fue en Zarabanda, de Miguel Sánchez-Ostiz. Un título hermoso, casi festivo. Pero cuando me puse a desarrollarlo me encontré que debía explicar que Sánchez-Ostiz es uno de esos escritores que tienen el insólito mérito de escribir libros que aumentan la lista de sus enemigos y reducen el número de sus lectores. Sin contar con lo enjundioso que le debe resultar el encontrar editor, porque después de haberlo hecho hace años con los grandes -los que ponen y quitan genios de la literatura-, ha pasado a hacerlo con otros más modestos; dignos, pero humildes de todo, hasta de solemnidad.

En fin, que me metía en el lío de explicar que está editado por Pamiela, pero además, si le dedicaba el artículo, debía desarrollar, quizá por lo menudo, que se trata de una historia siniestra de personajes que se creen muy divertidos, y que inevitablemente me metía en la sociedad vasco-navarra, que es como uno de esos misterios sagrados, que son al tiempo diferentes y parecidos. Cosa del todo impropia en un día como hoy, porque de poco vale luego salir diciendo que se trata de uno de los textos más rotundos y elaborados que se han publicado este felicísimo año de crisis y buena cocina Michelin, sino que además es improbable que alguien se entere de que ha sido editado.

Rechazada pues la pormenorización de la magnífica Zarabanda de Sánchez-Ostiz, por comprometido, pensé en algo completamente diferente. Un texto seco y sentido de un escritor al que sigo como perro fiel -lo suyo sería escribir “sabueso”, que queda más fino- pero reconozco que lo mío por John Berger es una querencia casi animal. Ya sé que no está en las listas, pero como en los chistes malos, dado que las listas las hacen las tontas, hemos de admitir nuestra condición de sedentaria minoría, sin vergüenza de serlo. Autor de culto, se dice ahora, para designar el que no vende una escoba; pero será el que lean nuestros nietos, si es que sobreviven a la estupidez ambiental, que en esto no me queda más que ser optimista.

John Berger es como un referente -otra expresión aplastante, que intimida- del mundo anglosajón, e incluso fuera, y me parecía interesante, hasta hermoso, explicar cómo un hombre que había hecho libros como Puerca tierra o G. -sencillamente G.- construye una minúscula obra maestra de poquitas páginas, magníficamente editadas por Abada Editores. Pero no es fácil dedicarle un artículo a un texto cuyas primeras líneas son: “Debería comenzar por cómo lo quería, de qué manera, con qué tipo de incomprensión. Y cuánto”. Y por si fuera poco, titulado El toldo rojo de Bolonia. ¡Rojo y de Bolonia, con la que está cayendo! Se entendería como una provocación y una solapada insinuación.

Confieso que lo que más trabajo me costó evitar fue la historia de Lise Bonnafous.

Habló de ella aquí Pi de Cabanyes. Lo tenía todo para dejar al lector sobrecogido y perplejo, y más porque es real. Estamos tan metidos en lo nuestro que se nos escapan las historias de ahí al lado, de Béziers, en la Francia vecina. El periodismo se muere cuando la gente deja de interesarse por lo que le ha ocurrido a la señora del barrio, que acaban de llevar en una ambulancia, y que a lo mejor ha dejado gatos, sobrinos, la tele encendida y el gas abierto. El autismo social no lee periódicos.

Una de esas historias que marcan. Además ocurrió apenas hace unas semanas, el 13 de octubre, cuando Lise Bonnafous, veterana profesora de matemáticas en el instituto Jean Moulin, de Béziers, decidió denunciar de la manera más drástica el acoso al que se veía sometida por el llamado nuevo mundo de la enseñanza, según el cual los alumnos pueden interrumpir tu clase cuando les pete, los padres te denuncian porque consideran que eres demasiado dura con sus retoños, y los compañeros y las instituciones consideran que te tomas las cosas demasiado en serio. Con el rigor que otorga la veteranía de no haber hecho otra cosa que estudiar para superar la pobreza y la ignorancia, y convertirse en profesora de chavales como había sido ella, descubrió que a sus 44 años no tenía otra posibilidad que la de inmolarse para demostrar que así no había futuro.

Me hubiera gustado contar su calvario, su pasado, su vida, su entrega, su soledad, porque es una historia hermosa dentro del espanto que imprime su final, pero lo dejé porque se hubiera podido interpretar como lo que es, una denuncia. Así que me decidí por no contar los detalles propios del caso, como se hacía antaño; el momento en el que, con todos los chavales en el patio, se echó el frasco de gasolina y se prendió fuego. Por la mañana había avisado a la dirección del centro que sólo daría la primera clase. Entiendan que es el tipo de historia que ayuda a la reflexión pero posiblemente se consideraría demasiado escorada electoralmente.

Al final hube de quedarme con la más singular de las historias, la que nunca hubiera imaginado que me diera para un artículo y mucho más. Me preguntaba en la pasada ocasión  si la historia de Nanni Moretti y su Papa dimisionario era algo único. Amigos sabios y lectoras atentas me iluminaron. Y sucede que sí, que hubo uno muy comentado, allá por el siglo XIII, que renunció a los cuatro meses. Se llamaba Celestino V y fue un personaje tan apasionante que convierte lo de Moretti y su cardenal Melville en un juego de niños.

Pero comprenderán que una cosa es una jornada de reflexión y otra construir un relato truculento sobre aquella épocas que los historiadores de la Iglesia denominan “siglos tenebrosos”. El anacoreta Pietro de Morrone, que llegó a Papa gracias a una oportuna profecía y a la espada del rey de Nápoles, no dimitió, concepto moderno, inadecuado. Le forzó el cese quien sería su sucesor, Benedicto Galeani, que consiguió el papado en una sola sesión de cónclave. Un tipo singular el tal Galeani que se consagraría como Bonifacio VIII. Pero he de quedarme aquí, porque si sigo con esta historia me arriesgo a meterme en apreciaciones que afectan a las convicciones de partidos que hoy reposan, vísperas de la consulta. No obstante, puesto a reconocer precedentes menos historiados, hubo otro más obvio, pero bastante menos literaturizado. El papa Benedicto IX, en el siglo XI, cesó voluntariamente al vender el cargo a su padrino, el arcipreste Juan Graciano, que sería conocido luego como Gregorio VI.

Es lo que tiene ponerse a rebuscar; que creemos hacer erudición y acabamos metidos en un berenjenal poco oportuno en día tan señalado. En fin, el reconocimiento de un fracaso: no soy capaz de encontrar una historia bonita.

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Introducido por Reggio

19 noviembre, 2011 a las 7:20 am

Unos, en globo; otros, plantando patatas, de José Sarney en El País

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La actual crisis europea ya estaba enquistada en la podredumbre de los derivados inmobiliarios dispersos por los bancos y las Bolsas norteamericanas en 2008.

Su actual proceso de expansión es, sin embargo, más complejo. Una de sus causas reside en la fragilidad del liderazgo norteamericano que se hizo evidente cuando se fijó el techo de la deuda, y los Estados Unidos mostraron que tenían la peor clase política del mundo occidental. Los políticos se aprovecharon de la mecánica de una simple votación presupuestaria para demostrar el abandono de la gran historia de su país, para que prevalecieran los bajos intereses partidistas. El Tea Party y la atención de Obama en su reelección quedaron expuestos ante todo el mundo. Los norteamericanos perdieron autoridad para que Obama les dijera a los líderes europeos que eran “lentos y retrasados”.

Nadie puede aventurar un pronóstico sobre el fin de la crisis económica, con repercusiones sociales, la primera después de la globalización financiera. La palabra más socorrida para justificar esa falta de previsibilidad es fluidez. Las mismas causas ya no generan los mismos efectos. Se llama a lord Keynes y a Adam Smith para que coincidan en la búsqueda de lo imposible. Los norteamericanos redescubren el Estado y se sirven de la intervención para dar salida a su preocupación con el bienestar social, como en el caso de la reforma a las leyes de salud. Y en Europa se preconiza la ortodoxia y sus amargas medicinas. La población debe pagar la farra de los bancos libres de cualquier reglamentación y ávidos solicitadores de salvación cuando amenaza la quiebra.

Que se obtengan los millones para esa tarea y se encuentren los cinturones que apretar, porque todos caímos en la trampa de la euforia al creer que habíamos llegado al fin de la historia con la economía de mercado y la democracia representativa.

El mercado, ya se sabe, no resuelve todo, ni lo necesario. El Estado no ha perdido su obligación de intervenir, ya no como constructor, sino como el que aplica la profilaxis y provee la cura.

Si a la democracia representativa nos referimos, el desprestigio y la quiebra de los Parlamentos para administrar soluciones son puestos bajo el asedio, cada vez más, de las modernas tecnologías, que apuntan a la seducción de la democracia directa, con la fuerte presencia de las redes sociales.

Helmut Schmidt relató una vez la historia de una mujer que practicaba el viaje en globo aerostático, se perdió y bajó en una pequeña plantación donde estaba un trabajador. Le preguntó: “¿Dónde estoy?”. Él le respondió: “En un globo”. “¿Y tú?”. “Plantando patatas”. Y así es como estamos. La crisis, en globo; Europa, plantando sus patatas de dificultades y frustraciones.

La economía real es dieciséis veces menor que la economía virtual. En el centro, la rueda de la especulación, que ha sido posibilitada por la globalización financiera.

Los cambios sociales debidos a las tecnologías de la información traen incertidumbres en tiempo real, en un mundo en que la emoción puede ser manipulada. El fenómeno de los indignados ocurre por contagio y por el uso de Internet para transformar al mundo. ¿Cómo lidiar con una sociedad mediatizada, con todos esos problemas y con Gobiernos debilitados?

No podemos desconocer la multipolaridad del poder en el mundo actual, la emergencia de China, la presencia de América Latina como actor global y el contrapeso de las guerras de Bush, que le costaron a la economía americana la hegemonía. Perdieron la oportunidad de encontrarle un equilibrio a la tragedia de Oriente Medio, raíz del terror y de los conflictos que generan Al Qaeda y talibanes. Aún no podemos evaluar la primavera de los árabes, su rumbo religioso y político, qué es lo que va a resultar de todo eso. Hasta el momento solamente se han obtenido las cabezas de Sadam, Bin Laden y Gadafi. ¿Y qué de la implantación de la democracia?

Europa puede desarmar a los Estados benefactores con fórmulas ortodoxas, cuyas consecuencias van del desempleo al recorte de salarios, pensiones y asistencia del Estado en los países en los cuales esas conquistas estaban consolidadas por décadas de luchas. En ese clima, los líderes europeos, en la desesperación del momento, deciden un paquete anticrisis que incluye entre sus cuatro puntos el no pago del 50% de la deuda griega. Son medidas sin resultados inmediatos en una vida de inseguridad para los ciudadanos. No hay horizonte para el crecimiento económico, la única solución.

Vivimos también tiempos de crisis de liderazgos en el mundo occidental. Los liderazgos son débiles y no inspiran confianza, y no solo por parte de sus propios pueblos, sino de un mundo que se siente inseguro y ávido de líderes. En algunos casos son personajes anónimos y en otros de exótica notoriedad, como Sarkozy y Berlusconi.

Sin la posibilidad de soñar, ni siquiera la tragedia se pone en nuestro camino. Es un vivir mediocre, en un globo aerostático a sabor del viento o plantando papas. Un muy citado escritor brasileño, Machado de Assis, decía con evidente ironía: “¡A los vencedores, las patatas!”.

José Sarney, político y escritor, miembro de la Academia Brasileña de Letras, fue presidente de la República de Brasil (1985-1990).

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Introducido por Reggio

15 noviembre, 2011 a las 7:19 am

Rubalcaba: ¿En busca del voto irracional?, de Juan M. Blanco en vozpopuli.com

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“Tiene usted un programa oculto de recortes” espetó Alfredo Pérez Rubalcaba a su rival, atribuyéndole así unas malignas y arteras intenciones, en un intento de elevar la tensión y movilizar a una parte del electorado a su favor. “Ustedes lo hicieron muy mal y yo pienso hacerlo bien, dando confianza” podría resumir la respuesta de Mariano Rajoy, pretendiendo restar carga emocional al debate.

Aparte de la vaguedad y extremada pobreza argumental que siempre ha caracterizado la política española, algunos aspectos de esta discusión traen a la memoria un episodio ocurrido en las anteriores elecciones generales. Un micrófono abierto permitió escuchar a José Luis Rodríguez Zapatero confesando que “nos conviene que haya tensión” y “voy a dramatizar un poco”. Y la pregunta que surge es: ¿puede una mera tensión teatral modificar los resultados de unas elecciones? La respuesta sería negativa si aceptamos que todos los ciudadanos votan tras sopesar concienzudamente los pros y los contras de los programas electorales pero ¿qué pasaría si no fuera así?

Bryan Caplan, profesor de economía en la Universidad George Mason (Virginia), sostiene que una parte de los electores vota bajo el influjo de emociones, impulsos o creencias erróneas, que no se molestan en corregir, porque eso les hace sentir bien. Es lo que el autor llama el “votante irracional”. Se trataría de una persona que, en el resto de aspectos de la vida compararía adecuadamente las opciones disponibles, eligiendo aquélla que considera mejor para su bienestar e intereses, sin dejarse cegar por impulsos. Puede ser un trabajador ejemplar y un consumidor prudente pero no actúa con el mismo celo ni muestra la misma coherencia cuando decide qué papeleta introducir en la urna. Esto es así porque percibe que el voto tiene consecuencias diferentes. Si fuese irracional en su trabajo o comprase guiado sólo por sus impulsos, los perjuicios de esas acciones recaerían sobre él. Sin embargo, su voto individual nunca va a afectar al resultado de las elecciones, ya que es uno entre millones. Puede permitirse el lujo de satisfacer ahí sus impulsos y emociones porque sabe que esa acción concreta no le va a perjudicar. Por ello, tampoco se mostraría muy dispuesto a dedicar tiempo y esfuerzo para obtener información sobre las propuestas ni sobre las consecuencias de las políticas.

Es evidente que gran parte de los electores atiende a argumentos y razones pero existen ciertos indicios para admitir que el voto irracional, tal como lo define Caplan, también puede haber representado un papel de relativa importancia en España, al menos hasta ahora. Entre ellos, la vehemencia con la que la que muchos ciudadanos se han alineado con alguno de los partidos dominantes, con independencia de su gestión. Y no se trataba exactamente de una adscripción ideológica: en el fondo, los programas de los partidos mayoritarios nunca han sido muy distintos. Subyacía, en muchos casos, un sentido de identidad o pertenencia, exacerbado en el caso de los partidos nacionalistas, cuyo leitmotiv parece consistir más en lo que son que en lo que hacen. Tampoco es descartable que ciertas características de nuestro sistema político puedan haber contribuido a fomentar este tipo de voto.

La estrategia de Rubalcaba se interpretaría entonces como un intento de agitar las emociones de aquellos votantes que, aún identificándose por alguna pulsión emocional con el Partido Socialista, han decidido racionalmente no votarlo ahora, debido a la mala gestión del gobierno. Se trata de repescar como votantes irracionales a algunos de los que se han trasladado esta vez al lado racional y, para ello, es necesario plantear las elecciones como una “pelea”. Sin embargo, es muy probable que esta dramatización vaya a tener bastante menos éxito que la de Zapatero en 2008.

Actuar por impulsos o emociones constituye un lujo que muchos electores sólo parecen permitirse cuando su situación es desahogada. Con una economía en pleno crecimiento y disfrutando de empleo e ingresos suficientes, el elector no se juega demasiado si apoya aquellas políticas que suenan bien aunque no tengan sentido alguno. No resulta tan sorprendente que hayan gozado de popularidad algunos argumentos que ocuparon la agenda de los gobernantes durante las dos últimas legislaturas, tales como la ideología de género, las alianzas de civilizaciones, la corrección política en el lenguaje u otros igualmente superficiales, inútiles y puramente emocionales, en detrimento de una gestión austera y eficiente de las cuentas públicas. Sin embargo, cuando la crisis amenaza el futuro de las familias y el desempleo acecha, muchas menos personas están ya dispuestas a movilizarse por semejantes astracanadas.

Quizá éste haya sido el acierto de la estrategia electoral de Rajoy: entender que en medio de una profunda crisis económica, los electores atienden poco a las apelaciones emocionales y evitar en su discurso cualquier elemento que pueda crear alguna tensión. Ahí está la clave: en momentos de aprieto y necesidad, los votantes son mucho menos irracionales de lo que el señor Rubalcaba parece creer.

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Introducido por Reggio

14 noviembre, 2011 a las 7:08 am