TEATRO: TRIBUNA
La obra de Alfonso Sastre forma parte de la geografía de la dramaturgia de los últimos 50 años, mientras que su figura pública encierra toda la controversia del nacionalismo radical
En la literatura y en el teatro españoles hay heterodoxos en mayor o menor grado; pero, a simple vista y a diferencia de otras literaturas, no hay malditos. Umbral, forzando un poco la cuestión, rastreó ciertos rasgos en García Lorca. Y poco más.
Alfonso Sastre podía ocupar esa zona difusa entre la heterodoxia y el malditismo; mas no me atrevo a afirmar rotundamente algo que requeriría un estudio profundo. Parafraseando a Iván Karamazov, que afirmaba creer en Dios y no aceptar su mundo, yo podría decir: «Creo en Alfonso Sastre, pero no acepto el mundo apocalíptico y terrible que muestra al final de su artículo de Gara; al derecho, discutible pero democrático, de pedir una negociación con ETA, no puede seguir la profecía de sufrimientos incontables si aquella no ocurriera. Desde que conozco a Sastre esto ha estado claro entre los dos y no ha enturbiado una amistad arraigada en la farándula, en la tauromaquia y en la política sin pistolas. Como no me enturbió la admiración por Bergamín, basada en parecidos principios.
Se puede considerar el teatro de Sastre como un referente, no sólo español sino universal, de la segunda mitad del siglo XX, y rechazar la coda o estrambote de su artículo anunciando un Apocalipsis. Los gritos del inspector Puelles achicharrándose en el infierno del coche son una imagen de terror demasiado horrenda para hacer ideología o literatura sobre ella. Se puede admirar el teatro de Alfonso Sastre, como lo hacen tantos, nada sospechosos de terrorismo separatista, y manifestar, a la vez, un estupor absoluto, por el turbador estrambote, moral y estilísticamente ajeno al núcleo de ese artículo sobre la retórica entre palabra y política. El terror, como arma de persuasión política, no es asumible, ni siquiera por una sociedad que acepta, como expresión política, perversas razones de Estado y guerra sucia. Si no llegan a meter la mano en la caja, los de la banda del GAL hubiesen sido saludados por esa sociedad como héroes libertadores. Pero el compromiso con la verdad de un periódico, EL MUNDO, en un estado de derecho, acabó con los responsables en la cárcel. Aunque no con todos.
Sastre es una referencia teatral incuestionable. Cuando desde el CDN y el María Guerrero Pérez de la Fuente hizo la antología restringidísima y rigurosa de autores españoles del último medio siglo -Arrabal, Buero, Nieva, Max Aub- echó en cuenta que le faltaba Alfonso Sastre. Hizo lo imposible por vencer las trabas que le pusieron y sólo pudo completar esa selección, años después, desde el ámbito privado.
En la lealtad a un proyecto inconcluso halló Pérez de la Fuente el premio. Dónde estás Ulalume, dónde estás ha sido la mejor representación de Sastre hecha en España; y sin duda una de las mejores de Pérez de la Fuente junto a Pelo de tormenta (Nieva), San Juan (Max Aub), Carta de amor (Arrabal) y La fundación (Buero Vallejo).
Por mucho que se diga en estos tiempos de tribulación, al nacionalismo vasco nunca le ha interesado el teatro de Sastre, un maketo al fin y al cabo nacido en Madrid, en el barrio de Cuatro Caminos. El estreno de Han matado a Prokopius, producida por Justo Alonso y dirigida por Francisco Vidal, hace cuatro años, no suscitó entusiasmos indescriptibles en el mundo abertzale.
Cualquiera que lea esta obra descubrirá porqué: sentido dialéctico de sus personajes frente al monolitismo mecanicista. Sastre ha sido menos representado en el proceloso norte que en el resto de España; un autor amordazado y maldito en todas partes desde que un osado y juvenil Gustavo Pérez Puig montara en 1953 la mítica Escuadra hacia la muerte, prohibida de inmediato.
En la cuestión de Euskadi, Sastre, que creo recordar nunca ha ido en una lista electoral abertzale, salvo en la de Iniciativa Internacionalista, equivocó la perspectiva. Igual que Bergamín, quiso ver allí raros resplandores de revolución. Sin darse cuenta de que de un germen aldeano y xenófobo no puede nacer una transformación emancipadora y marxista. Por entonces, hasta en los campos de fútbol se cantaba «arriba Chechu ese balón, que en Euskadi se prepara la revolución».
Pero un campo de fútbol no es el laboratorio analítico de un intelectual comprometido. Sastre ha perdido la lucha de sus sueños de utopía y esta vez no va a ser distinto. Cuestiones humanistas y humanitarias aparte, una radicalización armada por ambas partes sólo sería el deprimente argumento de una «tragedia compleja», género escénico inventado por él: tanques contra pistolas.
Hace muchos años, frente al inteligente posibilismo de Buero Vallejo, Sastre apostó por un imposibilismo resistente que no le impidió estrenar, aunque mucho menos de lo que merece; buena parte de su teatro está sin representar y acaso tarde años como le ocurrió a Valle-Inclán.
Su imposibilismo resistente le permitió libertad absoluta de escritura, pero limitó su presencia en los escenarios. En algún momento llegó a declararse al margen de la escena española, circunstancia que pudiéramos considerar con cierto relativismo. Él mismo, hace tres años, en el congreso sobre su obra celebrado en el Círculo de Bellas Artes, declaró que su caso venía a ser similar al de muchos y muy representativos autores españoles actuales, quizá un poco más extremado: un exponente de la penuria cultural de este país y de la falta de afecto por el teatro.
¿Ganó o perdió Sastre la controversia con Buero? Según se mire: ha escrito un gran teatro dentro de la historia y sus conflictos, dentro de la vida, de la política, de la constante indagación escénica, pero fuera de juego. Esa solución imposibilista en política hoy no vale por estéril y por imposible, pese a los sombríos presagios del artículo de Gara. O precisamente a causa de ellos.
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