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La fuerza de la ternura, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

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Mientras avanzábamos por unas calles de Barcelona, pregunté al joven taxista: “¿Se nota la crisis, en el taxi?”. El joven contestó que sí, pero que no se quejaba: consigue más o menos los ingresos de antes trabajando muchas más horas. “Toco madera: todavía tengo para salir los fines de semana y pasarlo en grande con los amigos, pero si, por culpa de la crisis, los clientes se retraen más, ¿cómo pasaré los sábados? ¡Trabajar tan sólo para comer no será vida! ¿Qué vida tendremos si no podemos comprar lo que nos apetece? Si por la noche, al salir del taxi, antes de la cena, no puedo tomarme unas cañas o salir de compras y encapricharme de una tontería que quizá no necesito, pero que me atrae, ¡qué vida tan gris voy a tener!”. Es un joven muy profesional: buen conductor, amable, atento. Concibe, como tantas personas, la vida en términos económicos. Trabajar para poder comprar. Fuera de este marco, la vida le parece tediosa, sin sentido.

En la construcción del ideal de vida estrictamente económico, han contribuido todos. La política y la cultura, la derecha y la izquierda, los periodistas, los futbolistas, casi todos los líderes sociales. Abandonando los valores que querían conservar, la derecha ha enfatizado la ganancia y el beneficio como objetivo primordial, ha convertido la avidez -antes sospechosa- en un comportamiento ejemplar y ha entronizado el mercado como mecanismo ideal de distribución de las energías humanas. Las izquierdas nunca hablan de otro objetivo que no sea el bienestar social, que concretan siempre en mejoras salariales para los trabajadores, en la capacidad de consumo de las clases humildes, en la conquista de más y mejores bienes materiales para todos, en subvenciones para igualar las oportunidades económicas. La derecha defiende una sociedad en la que el más fuerte es premiado con una ilimitada capacidad de acumular dinero y objetos. Y la izquierda propugna que los débiles no queden descolgados de la carrera por la acumulación de bienes. Derecha e izquierda han reducido la idea del progreso humano a la dimensión económica: progresar es vivir hoy mejor que ayer; y vivir bien es, como decía el joven taxista, “comprar esa cosa que quizá no necesito pero que me apetece”. La cultura ha abandonado el canon entronizando los éxitos de audiencia. El periodismo ha propagado la cultura del éxito. El futbolista es la encarnación del éxito.

La crisis económica nos destroza porque ataca el único fundamento que compartimos: la idealización del dinero. Quizás ha llegado el momento de reconocer que el dinero no basta. Y que necesitamos algo más sutil para fundamentar nuestra existencia. No pretendo referirme aquí a las búsquedas interiores, sino a las colectivas. El sentido social básico es el de pertenencia a una comunidad. Sucede que, hoy en día, la palabra comunidad produce urticaria a derecha e izquierda. Los progresistas de izquierda sostienen que el individuo es el único referente básico y, por consiguiente, envían la comunidad al infierno del antiguo régimen (viva la libertad, adiós a la fraternidad). Y los liberales de derechas, aunque a veces apelen retóricamente a valores tradicionales, los someten de facto al valor superior del rendimiento económico. Esclavos de una visión lineal de la historia, dictaminan que el único pegamento social son las leyes democráticas: el resto es literatura prescindible e, incluso, peligrosa.

No es extraño que ahora, en pleno naufragio económico, todo el mundo practique el “sálvese quien pueda”: desde los partidos políticos a los empleados que todavía trabajan, pasando por los empresarios que todavía tienen pedidos. Todos creen que podrán escapar individualmente de la crisis. Si sólo compartimos leyes, ¿por qué, después de tantos años de buscar el beneficio propio, deberíamos ayudarnos?

El sentimiento de comunidad, sin embargo, anida en el corazón de muchos ciudadanos, todavía. Lo prueba la experiencia magnífica del Gran Recapte de alimentos, que ha superado las previsiones más optimistas. Los organizadores (Fundació Banc d´Aliments y Obra Social de La Caixa) aspiraban a recoger 800 toneladas de comida y han conseguido 1.095. Antonio Sansalvador, director del Gran Recapte, ha dicho: “Sí hemos notado la crisis: ha venido más gente y con la bolsa más llena”. No menos relevante es la cifra de voluntarios: 7.000 personas. Hablé con algunos: felices por lo que estaban dando. Dar es un sentimiento antieconómico, pero quizá el joven taxista descubra pronto que produce más placer que comprar. Comprar y vender -nos decían- activa la economía. Ahora descubrimos que lo que puede salvarla es dar.Cambiando sólo un poco uno de los pensamientos menos frívolos de Oscar Wilde, podríamos concluir: en la vida social, como en el amor, la verdadera fuerza procede de la ternura.

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5 diciembre, 2011 a las 7:16 am

La centralidad de los afectos, la relación y el cuidado, de Carmen Magallón en Público

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En el debate sobre las crisis en las que estamos inmersos, echo de menos voces más críticas y rotundas contra la forma de vida a la que nos está abocando una globalización marcada por el poder del dinero. Voces que vayan más allá de señalar con el dedo hacia los responsables de este desastre, señalamiento que, aunque es necesario, no es suficiente. Y con esto me refiero a cuestionar aspectos cotidianos de nuestra vida, como los que afectan al uso del tiempo o a los roles de género –o que se considera adecuado para hombres y mujeres– y, sobre todo, al espacio que concedemos a los intercambios no materiales: afectos, relación y cuidado.

Me pregunto por qué seguir insistiendo en la idea de crecimiento cuando es evidente que vivimos en un planeta limitado; por qué, habiendo tanto paro, se habla tan poco de repartir el trabajo; y por qué el cuestionamiento de los vacíos del cuidado sigue siendo apenas algo ligado a una ley –la dependencia– que ahora, para más inri, se pone en cuestión, cuando abogar por el equilibrio entre producir y cuidar –actividades que deberían involucrar a mujeres y hombres por igual– es defender una verdadera revolución social, cuyo logro podría cambiar radicalmente nuestras vidas.

Debatir cuántos años y horas hemos de trabajar, cómo, dónde y en qué horario, son cuestiones que no son desdeñables, pero creo que hay que preguntarse también por los vacíos de una organización social que se desmorona cuando la producción falla. En el decaimiento social que vivimos late implícita la idea de que no es posible recuperar la forma de vida de los últimos años, pero a la vez nos faltan visiones que nos motiven de un modo más profundo y holístico.

Las transformaciones sociales importantes siempre han venido precedidas por el sueño de alguien, al modo del I have a dream de Martin Luther King, cuando soñó con un mundo en el que no importara el color de la piel. Tal vez el lema “otro mundo es posible”, hoy un poco olvidado, necesita una energía añadida. ¿Qué tal un sueño que aliente otro modo de construirnos como seres humanos, un sueño que reconozca el valor de los afectos, la relación y el cuidado como ejes centrales de nuestras vidas?

Carmen Magallón. Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz.

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5 diciembre, 2011 a las 7:12 am

El Rey suspendió el lunes su viaje a Barcelona tras enterarse del registro al Instituto Noos, de Jesús Cacho en vozpopuli.com

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El rey Juan Carlos suspendió por sorpresa en la mañana del lunes 7 de noviembre un viaje a Barcelona que tenía programado a partir de primera hora de la tarde, después de ser informado esa misma mañana del inminente registro que Anticorrupción estaba a punto de realizar en la sede del Instituto Noos de Iñaki Urdangarin, marido de la infanta Cristina, sita en la calle Balmes de Barcelona. En la ciudad catalana, donde el Rey tenía prevista una agenda de actos muy apretada, la cancelación del viaje causó sorpresa y perplejidad a partes iguales.

Todo estaba preparado en Barcelona para una gran tarde de representación y boato: visita a la 50ª edición del Salón Náutico; inauguración de una exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de la ciudad, y cena privada en el domicilio de un importante personaje de la sociedad catalana. Pero a primera hora de la mañana de ese lunes, en La Zarzuela se recibió una llamada del Ministerio del Interior alertando del inminente registro judicial de la sede del Instituto Noos, creado por el duque de Palma, por parte de una comisión policial encabezada por el fiscal anticorrupción de Baleares, Pedro Horrach, bajo la orden del juez José Castro, instructor del caso Palma Arena.

Tras parlamentar con el Jefe de su Casa, Rafael Spottorno, el propio Rey tomó la decisión de suspender el viaje a la ciudad condal. Para explicar tan drástico cambio de planes se optó por anunciar que el Monarca se había resentido del pie izquierdo, del que fue operado el 4 de septiembre para solucionar una lesión en el tendón de Aquiles. La iniciativa obligo a la Casa Real a anular también la presencia de don Juan Carlos en el acto de inauguración, programado para el mediodía de ese lunes, de la exposición “Tesoros del Hermitage” en el Museo del Prado, acto al que acudió sola la reina Sofía.

La primera cita del Rey en la Ciudad Condal tenía por objeto visitar la quincuagésima edición del Salón Náutico, inaugurado el sábado 5 de noviembre en los pabellones 2 y 3 del recinto de la Fira en Gran Vía y, también, en aguas del Port Vell, bajo el lema común de “50 años en la mar”. Los festejos del cincuentenario del Salón, sin embargo, se van a ver empañados por la adversa situación económica española, a lo que hay que añadir esta frustrada visita real.

En el propio recinto náutico, el Rey iba a ser obsequiado con el primer “Fortuna”, el viejo velero de la clase dragón con el que compitió en los Juegos Olímpicos de Munich’72, ahora completamente restaurado tras un largo periodo de abandono en medio de los contenedores del puerto de Arenys de Mar. La iniciativa de un grupo de empresarios catalanes de recuperarlo y de ofrecérselo con ocasión de la 50 edición del Salón –pasará a formar parte del Museu Olímpic de Montjuïc-, ha permitido devolver el lustre al elegante dragón de madera con el que don Juan Carlos, Félix Gancedo y Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Arión, tomaron parte en las competiciones de vela celebradas en Kiel.

El talón de Aquiles real parecía ir muy bien

A las 7,30 de la tarde del mismo lunes, el Rey tenía previsto inaugurar la exposición “¡Volumen!” en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA), situado en el barrio de El Raval, muy cerca del Centro de Cultura Contemporánea. Se trata de una primera exposición en la que se muestran conjuntamente obras de las colecciones de la Fundación “la Caixa” y la Colección MACBA, fruto del acuerdo de colaboración entre las Fundaciones de ambas entidades, que estará abierta entre el 9 de Noviembre de 2011 y el 23 de abril de 2012.

La jornada real en Barcelona se cerraba con una cena en el domicilio de un importante hombre de negocios barcelonés, a la que estaban invitados un muy reducido grupo de ilustres, entre ellos Javier Godó, conde de Godó y el empresario José Cusí, íntimo amigo del Rey y sobre todo armador del “Bribón”, el velero en el que ambos han regateado desde hace 38 años en todas y cada una de las versiones que se han sucedido del barco (hasta 15). Hace escasas semanas, el propio Cusí anunciaba la retirada del velero y de sus notorios regateadores: “la edad no pasa en balde, y que tanto yo como el Rey Don Juan Carlos acumulamos más primaveras de las aconsejables para seguir compitiendo en estos exigentes barcos”.

Un portavoz de la Casa del Rey aseguró el pasado lunes que no se había producido ningún cambio en el estado de salud de don Juan Carlos y que se trataba exclusivamente de favorecer el proceso de recuperación. La operación en el tendón de Aquiles consistió en la “reparación de dicho tendón mediante cirugía abierta de reconstrucción y refuerzo con auto-injerto y plasma rico en factores de crecimiento”. En los últimos días, sin embargo, el Monarca había participado, entre otros actos, en la Cumbre Iberoamericana en Paraguay. La recuperación parecía ir tan bien que en el puente de Todos los Santos disfrutó de unas jornadas de caza en la finca de la Encomienda de Mudela, adscrita al ministerio de Medio Ambiente (Parques Nacionales) y de uso casi exclusivo de la Casa del Rey.

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11 noviembre, 2011 a las 7:06 am

Archivado en Ética,Política,Valores

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PP y PSOE suspenden en la lucha contra el fraude, de Pablo García en vozpopuli.com

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Por segundo año consecutivo, la tijera ha llegado a las arcas de la Administración: para 2011, España recortará 17.500 millones del PIB. Por eso se buscan otras vías de ingresos: elevar los tipos del IRPF, rescatar el tributo al patrimonio o combatir el fraude. “Por primera vez”, señala Francisco De La Torre, presidente de la asociación de los Inspectores de Hacienda (IHE), “los dos principales partidos hablan de lucha contra el fraude. Y eso siempre es positivo, aunque se produzca en medio de una caída recaudatoria sin precedentes”.

Algunos expertos aprueban el gesto, pero lo ven insuficiente para un país como España, con una tasa de economía sumergida del 24% (solo por debajo de Grecia en la UE). Y otros, ni eso. En las más de 200 páginas del programa electoral del PP, la palabra fraude aparece cuatro veces. “Modernizaremos los procedimientos tributarios (…) concentrando las actuaciones en los grandes focos de fraude fiscal”. Esta es la parte más tersa del manifiesto popular, que no detalla cómo se ejecutarán esas actuaciones.

El PSOE solo gana al PP numéricamente. Hasta 14 veces puede leerse “fraude” en el programa. Lo malo es que ocho veces esa palabra aparece en el epígrafe 3.3 –“Mayor concienciación y compromiso de la sociedad con la lucha contra el fraude fiscal”-, un párrafo que ocupa un tercio de página. Ese apartado precisamente resume una propuesta estrella de los socialistas que el martes Rubalcaba esgrimió en su debate con Rajoy: la Oficina de Lucha Contra el Fraude.

El sindicato de técnicos de Hacienda (Gestha) reconoce que “todos los partidos coinciden en la necesidad de mejorar la eficacia en la lucha contra la economía sumergida”. Pero eso sí, “el detalle de las propuestas varía en función de cada programa”. Gestha lleva tiempo denunciando la famélica situación de la Agencia Tributaria, donde a cada trabajador le toca el doble de contribuyentes que en las principales economías de la UE (1.680 en España, por menos de 800 en Francia, por ejemplo).

“A priori, nada apunta a que el partido que gane vaya a cambiar demasiado las cosas”, razona Ignacio Zubiri, catedrático de Hacienda de la Universidad del País Vasco. “Durante toda la democracia ha quedado patente la falta de voluntad de los distintos gobiernos para encarar esta lacra. Solo Borrell intentó plantar cara al fraude en su etapa como secretario de Estado de Hacienda, pero fracasó”, recuerda Zubiri.

“Los que mejor describen cómo debería hacerse la guerra al fraude son los minoritarios”, confiesa un técnico. Los grandes partidos, añade, son una incógnita “porque, es verdad, hablan por fin de este problema, pero ninguno explica cómo lo atajarán, sobre todo teniendo en cuenta que los dos asumen recortes en la administración, es decir, en la Agencia Tributaria, es decir, en la lucha contra el fraude”.

Según un informe Funcas y la Universidad Rey Juan Carlos, 30.000 millones de euros se evaden en España cada año por este motivo.

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9 noviembre, 2011 a las 7:06 am

El honor en política, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Nos llegan, desde lejos, noticias  terribles sobre los llamados crímenes de honor, prácticas que nos remiten a pueblos donde la mujer todavía está sometida a códigos morales y leyes que nosotros no podemos aceptar como ciudadanos del siglo XXI. Una idea apolillada, retrógrada y tóxica del honor ordena la vida de millones de individuos allí donde los valores de la sociedad abierta no han llegado o sólo lo han hecho de manera superficial, lo cual exige nuestro compromiso en la denuncia constante de este tipo de crímenes y el apoyo a las víctimas de estas formas tan arraigadas y habituales de injusticia y barbarie.

Este concepto perverso de honor, vinculado a la supuesta deshonra de una familia, de un clan o de una localidad, también dominó la vida de nuestros abuelos, quizás con una violencia física menos extrema, pero con la misma violencia verbal que todavía perdura en otras culturas. En nuestro país, y durante buena parte del siglo XX, sobre todo en ambientes rurales, el asesinato de quien había manchado el honor de una casa fue sustituido por la ejecución simbólica: los que habían transgredido las reglas eran considerados una especie de muertos, unos apestados de por vida; a menudo, no tenían otra opción que marcharse a la gran ciudad, donde el anonimato les permitía, tal vez, empezar de nuevo.

En nuestras sociedades desarrolladas, todo lo que tiene que ver con el honor parece una antigualla oxidada que sólo tiene sentido en los cuentos y videojuegos de cariz medievalizante donde aparecen caballeros, princesas, dragones y magos que encarnan la sempiterna lucha entre el bien y el mal. Honor es una palabra en desuso, antipática, impronunciable e impronunciada, rodeada de connotaciones negativas (relacionadas con las violencias y tradiciones remotas mencionadas) y asediada por imágenes envaradas, autoritarias, nostálgicas y ramplonas. En cambio, en nuestra vida diaria, se utilizan profusamente palabras como dignidad, sinceridad, honestidad, transparencia y ética. Son términos que disfrutan de gran popularidad. Nunca, sin embargo, se dice nada del honor. Todos pretendemos ser dignos, sinceros y honestos, pero no perdemos ni un minuto en ser más o menos honorables. En Catalunya, por ley, sólo son honorables los miembros del Govern.

A la vez, sin embargo, nuestra sociedad demanda actitudes ejemplares, sobre todo por parte de los dirigentes políticos, económicos y sociales. No importa que los ciudadanos, a título particular, seamos, al mismo tiempo, muy indulgentes con nuestras maneras de hacer, sobre todo con nuestras debilidades. Se manifiesta una necesidad de modelos de actuación que sean positivos y que sean -digamos- honorables: que actúen adecuadamente desde el respeto hacia los demás y hacia ellos mismos, suscitando estima y reconocimiento. La moralización de la vida política se ha convertido en un imperativo en todos los países occidentales, y la crisis no ha hecho nada más que intensificar esta necesidad y llevarla el terreno de las responsabilidades que se derivan de la gestión. Los islandeses son los que han llegado más lejos en esta voluntad de juzgar decisiones políticas con efectos negativos. En este contexto, el gobernante honorable de hoy no es sólo quien no se deja corromper, sino quien se enfrenta a la realidad sin engañar ni engañarse, y quien procura evitar males mayores. El líder debe ser honorable o no es líder, porque tiene que dar el principal ejemplo. El líder tiene que ser un espejo del honor, aunque la palabra dé grima.

Sin embargo, para entender el honor en toda su complejidad, hay que hacer aflorar un concepto que todavía es más extraño a nuestros días: la vergüenza. Como ciudadanos de una sociedad secularizada, podría parecernos que la vergüenza es un residuo de carácter puramente religioso, un fetiche que cuelga del pecado y la penitencia, categorías que no queremos usar. O podríamos pensar que eso sólo interesaba a una sociedad en la que la guerra y el hecho de morir en combate disfrutaban de un prestigio que ahora ha desaparecido. El honor de los tiempos pasados se movía entre Dios y la patria, la cruz y la bandera. Por eso la vergüenza también era de iglesia o de cuartel. Hoy, la ley del péndulo ha diluido la vergüenza y lo que representa como freno de ciertas actitudes. Y la política no ha sido capaz de reciclar este material sensible, lo cual -sospecho- podría explicar operaciones populistas como divulgar el número de pisos y automóviles que posee cada diputado. A menos vergüenza real, más gesticulación preventiva para amansar el malestar. Montesquieu nos enseñó que el miedo guía todas las acciones en una tiranía, la virtud lo hace en una república y el honor hace lo mismo en una monarquía. Nosotros, que vivimos en una monarquía parlamentaria, deberíamos esperar una mezcla especial de virtud y de honor en nuestros principales dirigentes públicos, no únicamente los que se dedican a la política. Pero el honor ha periclitado mientras la virtud republicana no cuaja. Estamos en tierra de nadie, expuestos a la táctica del calamar y a la colisión de argumentos que no pagan tributo alguno al decoro más elemental. El sinvergüenza encuentra un paisaje grisáceo donde le es fácil camuflarse. Hoy, en este rincón del planeta, cuando afortunadamente ya no dependemos de purezas de sangre ni de clases sociales estáticas, un poco más de honor nos haría menos vulnerables.

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5 octubre, 2011 a las 7:15 am

Como niños, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

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Giacomo Leopardi desarrolla en sus Pensieri unas deprimentes consideraciones sobre el comportamiento humano, a partir de unas experiencias que en su tiempo se hicieron con niños y animales situados frente a un espejo. El niño inexperto -sostiene- cuando contempla su propia imagen reflejada en el espejo, en lugar de alegrarse, se enfurece y desvaría, buscando de todas las maneras posibles de hacer daño a la criatura reflejada. Los pájaros se lanzan, irascibles, contra el espejo, con las alas desplegadas, golpeando con el pico la imagen reflejada. Y el simio se enrabieta hasta tal punto que destroza a golpes el espejo con ambos pies.

Seguramente los etólogos y los expertos en psicología infantil corregirían hoy las deducciones que hizo Leopardi. Pero, aunque la historia está llena de héroes y de personas generosas, lo cierto es que son mucho más abundantes las manifestaciones de rivalidad estúpida y mezquindad. Sin ir más lejos: si Leopardi hubiera escuchado el debate que se ha celebrado esta semana en el Parlament, confirmaría su visión pesimista de la condición humana. ¿Qué más tiene que pasar para que los líderes renuncien a los miserables intereses electorales para enfrentarse unidos a los dramáticos problemas que nos embargan? Si, con la que está cayendo, no son capaces de mirar por encima de sus endogámicos cálculos, es que ya nunca lo harán. A pesar de que las réplicas del terremoto económico no conceden respiro, nuestros líderes políticos siguen peleándose como niños o simios. Confuso y estridente, Joaquim Nadal, incapaz de asumir la responsabilidad que corresponde al PSC por su reciente gestión al frente de la Generalitat, se ha colocado en terreno ideológico de Joan Herrera, glosando, con indisimulada satisfacción, la ruina del estado del bienestar. Alicia Sánchez Camacho, por su parte, emulando una vez más al fogoso Rivera, en lugar de tomar consciencia de la gravísima responsabilidad que se dispone a asumir el PP en toda España, ha continuado demonizando genéricamente a los entes públicos catalanes. ERC se ha mostrado, sí, dispuesta dar el callo, aunque para condicionar al Govern ideológicamente. Joan Herrera (bastante más claro y ordenado que Nadal en su discurso izquierdista) no se ha movido de sus trece.

¿Y el president Mas? Cada día parece más un pulcro contable de una empresa en ruina. A duras penas contiene el lamento por la falta de colaboración de PP y PSC. Pero no es un contable solitario. ¡Es el president de un país que está asustado! Una buena mayoría le votó, no solo por su capacidad de cuadrar las cuentas, sino de articular una mayoría social fuerte. Si los opositores no colaboran, Mas debe dirigirse directamente a la sociedad. Reforzado con los sacrificios que le pedía Jordi Barbeta, pero también mostrando mayor empatía y sensibilidad con la gente. Muchos catalanes lo está pasando mal, pero el president parece no ver más que números. El peligro de Mas es la tecnocracia. No es impoluta gestión lo que esperamos de él, sino liderazgo moral.

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30 septiembre, 2011 a las 7:15 am

En qué piensan los mercados, de Ignacio Escolar en Público

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La BBC emitió ayer una entrevista con un agente de bolsa de la City londinense, Alessio Rastani. Hay que verla, escucharla, observar el lenguaje no verbal del entrevistado: su media sonrisa, su pelo engominado, su corbata rosa y su manera de levantar sólo una ceja. Pregunta la entrevistadora sobre la crisis del euro y las medidas que estudia la UE: “¿Qué haría más felices a los inversores? ¿Qué les haría sentirse más seguros?”. Su respuesta es más descarnada y brutal que el más revolucionario de los alegatos antisistema:

“Personalmente, creo que da igual. Soy un operador financiero, a mí no me preocupa la crisis. Si veo una oportunidad para ganar dinero, voy a por ella. Nosotros, los brokers, no nos preocupamos de cómo arreglar la economía o de cómo arreglar esta situación. Nuestro trabajo es ganar dinero con esto. Personalmente, he estado soñando con este momento desde hace tres años. Tengo que confesarlo, yo me voy a la cama cada noche soñando con una recesión, soñando con un momento como éste. Hay mucha gente que no lo recuerda, pero la depresión de los años 30 no fue solamente el crash de los mercados. Había gente preparada para hacer dinero con ese derrumbe. (…) Si sabes lo que hay que hacer, puedes ganar un montón de dinero. (…) Este no es el momento de confiar en que los gobiernos van a arreglar las cosas. Ellos no gobiernan el mundo. Goldman Sachs gobierna el mundo”.

Ni el Gordon Gekko que encarnó Michael Douglas en la película Wall Street habría explicado con más crudeza cómo piensan algunas de esas personas a las que metafóricamente llamamos “los mercados”. Que no se nos olvide: todos ellos, quienes provocaron la crisis y quienes hoy se lucran con ella, son sólo seres humanos. Aunque suenen así de deshumanizados.

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27 septiembre, 2011 a las 7:12 am

Derecho justo, de Andrés Betancor en Expansión

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visión personal

El pasado jueves, el Papa Benedicto XVI pronunció un discurso ante el Bundestag alemán. En esta ocasión, el Papa eligió un tema adecuado para el lugar: el Derecho justo. ¿Qué otro mejor sobre el que pronunciar un discurso en la casa del Derecho democrático?

El Derecho justo es un tema controvertido. Si el Derecho es una técnica social basada en la amenaza de sanción, como lo definiera Hans Kelsen, el padre del positivismo, y objeto de crítica en el citado discurso, ¿necesita tener corazón? Si es sólo una técnica, no lo necesita; tampoco los sentimientos, ni la ética, … es sólo Derecho.

En el Parlamento de la nación que sufrió el nazismo, un Derecho que sólo es técnica no es defendible. El sufrimiento del pueblo alemán, y el que este mismo pueblo infligió a millones de personas, es la prueba más elocuente de que el Derecho debe ser, también, justo. La justicia es el canon que tiene que refrenar el celo tecnocrático del Derecho, el cual le ha llevado a convertirse en un arma de destrucción.

Mas ¿cuál es la justicia del Derecho? Ésta es una pregunta que no tiene una única respuesta. El Papa nos ofrece su respuesta, en buena lógica con lo que representa, pero hubiera sido demasiado simplista para este Papa, un intelectual de primer nivel, haberse limitado a responder que la justicia es la justicia de Dios. Su respuesta ha sido más articulada y llena de matices.

A su juicio, lo justo es obra de la armonía entre Naturaleza y Razón, o sea, la razón objetiva y la subjetiva, porque ambas están fundadas en la Razón creadora de Dios. En esta armonía está la fuente jurídica válida del Derecho. Una y otra pueden ser concebidas de una manera positivista o bien transcendente, la primera esencialmente funcionalista (el mundo de la causa y el efecto) y la otra es la del Ethos, la Ética y la Religión. No son dos conceptos excluyentes. El Papa defiende la “grandeza” de aquella primera “a la cual en modo alguno debemos renunciar en ningún caso”, pero se debe “abrir” a la otra en una síntesis fecunda. Y surgen en este punto unas interesantes reflexiones sobre la Naturaleza. Su concepto transcendente le permite afirmar que “la Tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones.” Y la justicia de los seres humanos es justicia “cuando respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y solo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana”.

Por último, la cultura de Europa es el ejemplo de la indicada síntesis: una cultura que “nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del Derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico”.

Y cuando terminaba de leer estas palabras, nos topamos con las del Arzobispo de Barcelona, L. M. Sistach, quien afirma que hay que defender la “identidad” del pueblo catalán, como “pueblo de marca”, frente a la “abundante inmigración” de otras “etnias, culturas y religiones”; una identidad “empapada de cristianismo”.

En Alemania, el Papa nos habla de Europa como síntesis de culturas, y en Barcelona, el Arzobispo Sistach, de la protección de la identidad de un pueblo frente a la inmigración. El cristianismo universal y el cristianismo identitario. No me cabe ninguna duda de con cuál me quedo. Ahora bien, la Iglesia católica tiene un gravísimo problema si no es capaz de impartir el mismo discurso en todas partes. La globalización también le afecta. Estos mensajes confusos, y radicalmente enfrentados, hacen daño a la que ha sido la primera, y más importante, organización global del mundo.

Andrés Betancor. Catedrático de Derecho Administrativo.

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27 septiembre, 2011 a las 7:08 am

La sociedad enferma, de José Antonio Marina en El Mundo

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TRIBUNA

Es difícil saber lo que está pasando en Londres y en otras ciudades inglesas. Las manifestaciones violentas suelen servir para exteriorizar malestares diversos. Además, como contó William Golding en El señor de las moscas, la violencia es atractiva, provoca una especie de ebriedad enloquecida. Cuando un grupo adopta el estado de masa, se rompen los sistemas de control personal y social. Así pues, con los pocos datos que tenemos, resulta prematuro hacer un análisis sociológico. Pero quiero comentar la última intervención del primer ministro británico. Cameron ha dicho que los actos vandálicos demuestran que «una parte de la sociedad está enferma». Ha precisado un poco más el diagnóstico: «Hay una falta de responsabilidad, una falta de educación familiar adecuada, una falta de formación, una falta de ética, una falta de moral». Cuando le han preguntado cuál era la cura, ha dicho que es necesario cambiar la educación en las familias, aumentar la disciplina en las escuelas y evitar que el sistema del bienestar premie a los vagos. Una respuesta simplista hasta la irritación. Uno de los jóvenes implicados en las revueltas ha dicho: «Todos escuchamos que la policía acepta sobornos, que los parlamentarios defraudan miles de libras, que los gastos sociales van a reducirse para salvar bancos. Ése es el ejemplo que tenemos». Naturalmente que la educación es importante. Pero, como me gusta repetir: «Para educar a un niño, hace falta la tribu entera». Todos educamos, bien o mal. En Las culturas fracasadas expliqué mi preocupación ante la posibilidad de que las sociedades se encanallen, de que acabemos habituándonos a todo. Nos hemos metido en una rueda de excusas en que la culpa la tiene siempre el otro. Cameron acusa a los padres y a los docentes, éstos pueden acusar a los políticos, al final todos a los mercados, o a la televisión, o al lucero del alba. Hace unos años, William Damon, un gran educador estadounidense, escribió un libro titulado Greater expectations, en el que anunciaba gran parte de lo que está sucediendo. Es verdad: los adultos debemos proporcionar y exigir mejores expectativas a nuestros jóvenes. Voy a erigirme en defensor suyo y también de padres y docentes. No vivimos aislados. La educación formal -la que se ejerce institucionalmente por la escuela y la familia- es un barco flotando en el océano de la educación informal que la propia sociedad genera sin propósito. Procuramos organizar la vida lo mejor posible en una nave que no pilotamos. Hay que hacer consciente a la sociedad de que por múltiples caminos está produciendo una situación desmoralizadora. Hay que explicar que hemos aceptado un paradigma de civilización que es, sin duda, lo más granado que ha producido la inteligencia humana: tecnología, mercado libre y democracia. No tenemos otro modelo mejor, pero conviene recordar que ninguna de esas creaciones tiene sistema de frenado. Son instituciones suicidas si no se someten a normas éticas. Y en este terreno, todo el mundo debe cumplir sus responsabilidades educativas. Si quieren, empezamos a pasar lista.

José Antonio Marina es catedrático de Filosofía y ensayista. Su último libro publicado es ‘El cerebro infantil: la gran oportunidad’ (Ed. Ariel).

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11 agosto, 2011 a las 7:18 am

Me disocio, de Javier Pérez Pellón en República de las ideas

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“Me disocio” es una frase que Piero Chiambretti ha hecho célebre en los “talk show” con que, en su triple vertiente de creador-presentador-conductor, entretiene al respetable en divertidísimos programas de la televisión italiana, en un puzle de refinado ingenio y humor cáustico. Ayudado por un gran equipo de larga andadura y experiencia de lo que es el ritmo y “tempo” televisivos, el “me disocio” de Chiambretti surge cuando alguno de los invitados al programa salta con alguna inconveniencia, naturalmente pactada de antemano, aquí no hay ninguna censura que valga, relativa al “políticamente correcto”, tanto en política, como en la forma desenfadada del lenguaje, como en el ir contracorriente en las normas de moral, o de moralina, tácitamente aceptadas, como en presentación de personajes extravagantes… Un humor un poco de “non sense”, contra sentido, de tipo “marxiano”, el de los inolvidables Groucho, Chico y Harpo, que nos hace recordar, también, a nuestros añorados Tip y Coll. En fin, uno de esos raros programas que, en horario nocturno, pueden dar una bocanada de oxígeno después de una jornada de respirar el hidrógeno del cabreo colectivo a que nos someten, diariamente, las malaventuradas torpezas, a veces, y no tan pocas, criminales, de quienes están desgobernando el mundo.

Por eso yo me disocio, y estoy seguro que conmigo también se disocian centenares de millones de personas que habitan en las tierras de los cinco continentes.

Aunque Napoleón sostenía que “a los hombres no se les debe juzgar de la cintura para abajo” y expresaba con ello, como se sabe, un juicio interesante, yo me disocio de Silvio Berlusconi que, en este tema, ha exagerado un pelín, distrayéndole, esto es lo peor, de sus obligaciones como presidente del Consejo de Ministros de Italia. Aunque, por otra parte, sería mejor que no se ocupara de los deberes políticos que le corresponden o de abstenerse de asistir a algunas de estas reuniones de su gabinete, porque cuando lo hace es para promulgar decretos que favorecen los intereses no de los italianos en toda la pluralidad de la ciudadanía de este país, sino del italiano en la singularidad de su propia persona, como ha sucedido, hace tan sólo tres días atrás, suspendiendo, hasta sentencia definitiva, el pago de 750 millones de euros que Fininvest, – el ingente grupo financiero y de comunicación (prensa, editorial Mondadori, seguros, televisión, equipos de fútbol, entidades bancarias…) de la que él y su familia son propietarios en Italia y España – , debe abonar a Carlo De Benedetti, antiguo socio mayoritario de Mondadori, después de un largo proceso judicial, que ha durado años, y del que ha salido condenado, con sentencia del 22 de septiembre del 2010, el “premier” italiano.

Ante la insistencia del Jefe del Estado, el presidente de la República, Giorgio Napolitano, Berlusconi ha retirado, momentáneamente, esta enésima ley “ad personam”, pero seguro que probará de nuevo y se batirá para no pagar ni un céntimo de esos 750 millones de euros.

Distraído en estas cosas, los ejes de la carreta de la política, a falta de engrase, parece que chirrían, como lamentara el gaucho argentino de la canción.

Ni aún en tiempo de crisis como estos “la casta” de la política, derecha, izquierda y centro, abdica ni de uno solo de sus privilegios. Se sienta en sus estrados desde hace veinte, treinta, cuarenta años. Se asemeja a una “compaña” de viejos pensionados, un tanto decrépitos, que ven pasar sus últimos días sentados en los bancos de un parque público o jugando al dominó en las mesas de mármol de cualquier casino de pueblo.

Y, mientras tanto, maduran y acumulan varias pensiones, como en el caso de un parlamentario que cobra, mensualmente, 3.000 euros de pensión por haber asistido !un sólo día! a una sesión de la Cámara de Diputados o aquel otro, con alguna asistencia más, que, cada mes, se mete en el bolsillo la nada despreciable pensión de !30.000 euros! o los pertenecientes a familias mafiosas que, declarándose pobres de solemnidad, ya que sus entradas financieras no pueden, por obvias razones, ser declarables, el Estado les compensa con la pensión mínima, unos 500 euros mensuales.

Ahora que Obama ha comprendido !ya era hora! que, como dice un viejo proverbio de Laos, “no se puede partir el mar con una espada”, y comienza a pensar en retirarse de un país que, como Afganistán, no le queda ni un centímetro de tierra que no haya bombardeado, conviene recordar que los americanos, – al revés, parece ser, de varias regiones españolas y con la indiferencia zapateril – , tienen una especial obsesión por su bandera, Iwo Jima…y que una de las bases de su cuartel general, desde el comienzo de la guerra, situada en la ciudad de Kandahar, ha sido bautizada con el nombre de “Campo de Justicia”; y que la bandera que se iza al viento todas las mañanas, para que quede bien claro que justicia significa venganza, lleva la firma de los familiares de las víctimas de las Torres Gemelas.

Ahora los talibanes son las víctimas de los americanos que quieren vengar a sus muertos y, sobre todo, pretenden demostrar al mundo la idea de su invulnerabilidad. El hecho de que los talibanes no hayan sido directamente, ni quizás indirectamente, responsables de aquellos muertos es algo que no tiene importancia. De la misma manera que los afganos, niños, mujeres y ancianos, de ninguna manera responsables de la masacre de las Torres Gemelas, han sido los primeros en pagar la cuenta de esa terrible venganza americana ¿Cuántas han sido las víctimas entre los militares talibanes? ¿Cuántas las víctimas inocentes? ¿Diez mil, veinte mil, treinta mil? ¿Cuántas viudas, huérfanos, lisiados, han ido sembrando en su infernal venganza las fuerzas armadas estadounidense? ¿Cuántas las víctimas inocentes han ido dejando en el polvo del camino, las otras fuerzas de la coalición, en total las de cuarenta y ocho países incluida la española? Resta y permanecerá un misterio. Los Estados Unidos nunca responderán a esta pregunta. Les basta y les sobra con que los corresponsales occidentales se vistan como si de combatientes se tratara, a veces las “corresponsalas” luciendo un vistoso y coqueto chador, para decir que la operación tal o cual, en la “misión de paz”, española o inglesa o italiana, han muerto uno dos de nuestros soldados, a los que se les rendirá el honor de funerales de Estado…y crónica acabada.

Pocas veces como en ésta, la historia de las guerras ha sido tan impar, en la cual la asimetría de las pérdidas haya sido tan evidente. Los Estados Unidos han causado miles y miles de muertos al costo, prácticamente, de ninguno de ellos. Bombardeando, desde diez mil metros de altura, incluso con aviones sin piloto, con mandos a miles de kilómetros de distancia, como si de un videojuego se tratara, se manifiestan como lo que siempre han creído ser: imbatibles.

No obstante, también, pueden recibir, por parte de los países que invaden y bombardean una respuesta asimétrica: el terrorismo.

Y así, creyendo de protegerse, los americanos nos han hecho, a todos, más vulnerables y la vida del entero planeta más precaria y mucho menos agradable; el atentado de Atocha, el del Metro en Londres, los continuos en Pakistán, Irak…

Y yo, de todo esto me disocio.

La misma tortura ha dejado de ser un tabú en la conciencia occidental y en los talk show de la televisión americana se discute, abiertamente, sobre la legitimidad de recurrir a la misma, cuando se trata de extraer al sospechoso-torturado, informaciones que puedan salvar vidas americanas. La “comunidad internacional” ha aceptado, sin pestañear, que los intereses nacionales americanos prevalgan ante cualquier otro principio, incluido el, hasta ahora “sacrosanto”, de la soberanía nacional.

¿Nos podemos imaginar a un país occidental pidiendo a Los Estados Unidos de consignar a la justicia a cualquier ciudadano americano, reo confeso, de actos terroristas, por ejemplo en Cuba, Haití o Chile? ¿O que Washington lo haga con aquellos criminales responsables de campañas terroristas en Centro y Sudamérica y que ahora gozan de la protección americana? Tal despropósito sólo podría ocurrir en un relato de ciencia-ficción.

“El gran progreso material no ha caminado con el mismo paso de nuestro progreso espiritual. Es más, el hombre, sobre todo el occidental, no ha sido nunca tan pobre desde el momento en el que ha adquirido tanta riqueza. Sería llegada hora, aunque esto pertenezca al irrealizable universo de la utopía, que invirtiera esta tendencia y volviera a tomar el control de ese extraordinario instrumento que es su propia mente”. Algo que leí y aprendí hace unos cuantos años. E invito, a quien esto leyera, a que reflexione sobre el contenido de estas palabras, en días, como los presentes, en los que tanto se habla de Afganistán. Como en todas las guerras los primeros en morir son, sobre todo, los civiles.

Y toda esta mi disociación a cuanto antecede, que son hechos crudos y reales de la historia de cada día, viene a cuento porque de Afganistán, de la decisión de Barack Obama de dar por terminada su misión de exterminio en aquel país, retirando poco a poco sus tropas, ha hablado la Hillary Clinton, en su reciente visita a Madrid, con sus interlocutores españoles, desde el Rey hasta las serviles huestes sociatas, Zapatero, la Señorita Trini, hasta la “despechada” Chacón , – nunca mejor dicho desde que la Ministra de la Guerra (de la guerras de Afganistán y Libia) ha indicado con su teta derecha “escapada” de su impoluta blusa blanca, en una imagen que, “colgada” en Internet, está dando la vuelta de medio mundo, cuál será su próximo teatro de operaciones: ¿asesinar, políticamente a Rubalcaba? ¿Enviar a un exilio permanente, en una localidad ignota de la montaña leonesa a Zapatero? ¿Amenazar a Rajoy con despertarle de su permanente letargo invernal, a ver si del susto se muere? ¿Declarar la guerra a Inglaterra para que nos devuelvan el Peñón?

Decía Marx, pero no el barbudo y serio Karl, sino el mucho más divertido y bigotudo Groucho, que “inteligencia militar son dos términos contradictorios”.

Yo me disocio de la listilla, Sra. Clinton, tratando de imponer sus soberanos criterios, sin dar opción de respuesta a sus mudos “oyentes” españoles, de la misma forma que me disocio del Sr. Rubalcaba cuando anuncia que está en el secreto de dar con la salida y solución de la crisis, crear empleo, etc….en una palabra, convertir a España en Jauja, en un programa de promesas realizables a medio y a largo plazo.

Este Sr. a lo mejor cree que el resto de los españoles, menos él, naturalmente, somos tontos y, a lo mejor, a juzgar por las reacciones, es verdad.

Tiempo, y de sobra, ha tenido para hacer, aunque fuera la centésima parte de lo que ahora promete. Mire, en política, sobre todo en política de emergencia, que es donde estamos metidos, sucede exactamente igual que en los regímenes para adelgazar. Cuando mi santa me dice que, desde mañana se quiere poner a dieta, para perder algún kilillo que cree le sobra, yo la contesto que eso es tarde, como es tarde el someterse a plan de adelgazamiento desde hoy mismo. El plan para adelgazar debe comenzar, como poco, desde ayer.

Pues igual en política. Sr. Rubalcaba, usted tenía que haber comenzado ayer. El hoy es ya tarde, figurémonos el mañana, de ocho o diez años ¡¡Me disocio!!

Cómo me disocio de María Dolores (“te canto un bolero”…) de Cospedal, guapa, inteligente, procesionaria con su mantilla negra, tan española ella, ciertamente un validísimo “animal político”, lo que, aquí, en Italia se llamaría un “caballo de raza” (Moro, Andreotti, Fanfani…) pero … no basta. No bastan sus anuncios de austeridad. Para ser creíbles y decir que todos los españoles deben gozar de idénticos derechos, es necesario no sólo predicarlos, sino también realizarlos, ponerlos en práctica. Para ser creíbles, usted y todos los miembros parlamentarios de su partido, comunidades, regiones, ayuntamientos, deberían renunciar a sus privilegios. Que no me parece que en la Constitución, y si así fuera habría que cambiarla, esté escrito que, a costa del contribuyente, se tengan que pagar sus desplazamientos en vehículos oficiales, puedan viajar gratis, en primera clase, en aviones y trenes, entrar gratis en los cines, ir rodeados de escoltas personales, madurar excelentes pensiones en una o dos legislaturas, y menos cuando ya se piensa que al resto de los trabajadores se les pueda aumentar, en un par de años, de los treinta y cinco ya existentes, la edad pensionable. Nadie les impedirá que, de propia voluntad, renuncien a esos “pretendidos” derechos. Aprendan a ir a su trabajo en autobús, a viajar en segunda clase, en metro, que es estupendo o en taxi, cuyas carreras son bastante asequibles o en bicicleta, para estar en contacto con el pueblo al que dicen amar tanto.

Es tal el despegue, la apatía, el tantas veces no disimulado desprecio, del pueblo, del gentío de a pie, hacia la “casta política” ¡se lo han ganado a pulso! que no existe riesgo de que les suceda nada desagradable, primero porque para eso, para salvaguardar la integridad física de cualquier ciudadano, existe la policía y segundo porque al advertir su presencia muchos huirían horrorizados.

“I monatti”, según relata Alessandro Manzoni, en “La Columna infame”, en tiempos en que la peste asoló el milanesado en 1630, eran personajes despreciables, aunque cumplieran un acto caritativo, que vestidos con jubones y calzas de colores encendidos, rojos, verdes y azules, y portando campanillas en las puntas de sus sandalias, para que todo el mundo advirtiera su presencia, iban de casa en casa, robando todos los objetos preciosos a su alcance, a la vez que obligaban a los diagnosticados de peste a conducirles al Lazaretto, donde, con toda probabilidad, morirían. Así mismo cargaban sus carretas, a rebosar, de cadáveres recogidos en las calles, de los muertos de peste. Este contacto con la pestilencia hacía que la gente, aterrorizada por un posible contagio, se diera a la fuga y se encerrara en su casa con siete candados.

“Gli untori”, eran, también, según describe Manzoni, extraños personajes sobre los que pesaba la sospecha, durante el período de pestilencia, de embadurnar, con una sustancia amarillenta, lugares y objetos con los que una persona podía, fácilmente, entrar en contacto, como los picaportes de las puertas, para contagiar a los habitantes de la ciudad de ese morbo extraño. Más leyenda que realidad, contra éstos, en una especie de ignorante pesadilla colectiva, se desencadenó una injusta persecución a muerte, sólo comparable con la caza y quema de brujas del Medioevo.

Los “untori”, aunque existen no se les ve, escondidos, como están, dentro de los consejos de administración de potentes empresas estatales o protegidas por los gobiernos de turno, antiguos ministros o ex-jefes de gobierno…

Los “monatti”, según el gentío, son “la casta de la política” y del poder financiero. Y que, nada más advertir su presencia, huye despavorido, con las manos apretando los bolsillos, no vaya a ser que les roben, con nuevos impuestos, los pocos euros que llevan encima.

Si no quieren que esto suceda, renuncien a sus privilegios; los sociatas la perdieron hace tiempo. A ustedes, los peperos y a la Rosa Diez, todavía se les brinda una oportunidad, no sin antes expurgar de sus filas a los Camps de turno, vestidos de hortera con trajes regalados y que confiesan ¡pero qué caradura! el ser propietarios de un automóvil con más de ocho o diez años de antigüedad ¡Toma! ¿y los tres o cuatro vehículos oficiales dónde los dejan? En singular, este buen tío de Valencia, que es la tierra de las flores, es que se la arrastra ¡Me disocio!

¡Como me disocio del Sr. Moratinos! ¿Pero no habíamos quedado en que era el diplomático más inútil de su Ministerio? Esto de haber pertenecido al equipo de Zapatero, es, por lo visto, una bicoca. A Juzgar por sus apariencias, su figura regordeta de “bon vivant”, de gustarle el empine y el buen yantar, y que sea por muchos años, porque ello ayuda a la salud y a vivir mucho más alegremente, no creo que fuera el candidato más apropiado para luchar contra el hambre en la FAO; se hubiera gastado la mitad del ya débil presupuesto de esta dependencia, casi inútil, de la ONU, en comilonas y francachelas. Hubiera sido, sobre todo una cuestión de mal gusto. Hubiera sido como poner a un zorro de guardián de un gallinero. De todas formas ¿cuánto nos ha costado su candidatura? ¡¡Me disocio!!

Dice un viejo canto del Himalaya:
“Siento piedad de aquellos que su amor propio,
les une a la patria;
la patria es sólo
un campo de tiendas de campaña en un desierto de piedras”

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Introducido por Reggio

8 julio, 2011 a las 7:09 am

¿Es mejorable la reforma de la negociación colectiva?, de Federico Durán López en Cinco Días

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TRIBUNA

El trámite parlamentario, para su conversión en ley, del Real Decreto-Ley 7/2011, de 10 de junio, de medidas urgentes para la reforma de la negociación colectiva, ofrece ocasión propicia para mejorar y aclarar algunos de los puntos más importantes de dicha reforma. Probablemente no sea la ocasión, ni el tiempo, de intentar el cambio radical de modelo que la ordenación legal de nuestra negociación colectiva precisa, pero acomodando las pretensiones a la realidad, y teniendo en cuenta la relación de fuerzas parlamentarias, la mejora es sin duda posible.

Aparte de algunas cuestiones técnicas de no menor relevancia, tres son los puntos fundamentales que deberían considerarse al respecto. El primero, el relativo al papel de los convenios de empresa. Si la idea, y así se expresa también la exposición de motivos del decreto-ley, es que tales convenios prevalezcan, en determinadas materias, sobre los de ámbito superior, debe decirse claramente. La actual formulación del artículo 84.1 del Estatuto de los Trabajadores, tras la reforma, conduce a pensar que el principio general de que un convenio no puede ser afectado, durante su vigencia, por otro de ámbito distinto, sigue siendo de aplicación, salvo que se prevea lo contrario en acuerdo interprofesional o en convenio sectorial, estatal o autonómico. Habría pues que indicar expresa y claramente que en todo caso dicha afectación puede producirse por un convenio de empresa en relación con cualquier otro de ámbito superior, y consagrar la preferencia aplicativa del primero. Además, aunque esta es una reforma más sustancial, debería abrirse esta posibilidad no solo a los convenios sino también a los acuerdos de empresa.

El segundo es el del mantenimiento de la aplicación de las previsiones del convenio una vez terminada su vigencia, tanto durante el proceso negociador para su renovación como, eventualmente, en caso de fracaso de dicho proceso. Aquí es necesario, por una parte, corregir la confusión del legislador, que habla de la continuidad de la vigencia del convenio. Ello no es técnicamente correcto: el convenio, como todo contrato, tiene la vigencia que las partes que lo suscriben acuerden. Terminada esa vigencia (o la prórroga de la misma, en su caso), el convenio podrá seguir siendo de aplicación por imperio de la ley, pero no está vigente. Y, por otra, introducir un mínimo de racionalidad y un mayor equilibrio entre las posiciones contractuales de las partes. Si se dispone que las previsiones del convenio se sigan aplicando, a pesar de que ha perdido su vigencia, ello no debe llevarse al extremo de exigir a las empresas que sigan sometiendo las nuevas contrataciones a las disposiciones de un convenio ya vencido y que nunca ha sido de aplicación a tales nuevas contrataciones. Bajo la aplicación, por imperio de la ley, de las previsiones de un convenio tras la pérdida de su vigencia, el empresario debe recuperar la libertad de contratación, sin que sea coherente con nuestro sistema contractual la exigencia a una de las partes de los contratos de trabajo de seguir contratando en las condiciones previstas en el convenio caducado.

Y el tercero es el relativo a las medidas de flexibilidad interna. Estas medidas son razonables, aunque tímidas en el caso de la distribución irregular del tiempo de trabajo, e inconcretas en el de la movilidad funcional. Deben pues concretarse y llevarse más allá. Pero eso lo debe hacer el legislador directamente, no mediante la imposición de un contenido concreto de los convenios colectivos. Nada puede objetarse, desde el punto de vista constitucional, a una mayor flexibilidad legislativa. Sin embargo, exigir un concreto contenido convencional vulnera la libertad de negociación, por tanto el derecho a la negociación colectiva, y tiene un difícil encaje constitucional.

Y una reflexión final: la preferencia negociadora otorgada a las secciones sindicales de empresa, rompiendo la situación de igualdad con comités de empresa y delegados de personal, debería revisarse. No hay que olvidar que uno de los contenidos más relevantes del acuerdo entre el Gobierno portugués, el BCE, la Comisión Europea y el FMI es, precisamente, el de la ruptura del monopolio sindical de la negociación, abriéndose la posibilidad de celebración de acuerdos (con un amplio elenco de materias) entre comisiones de trabajadores y empresas, sin presencia sindical.

Federico Durán López. Catedrático de Derecho del Trabajo. Socio de Garrigues

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Introducido por Reggio

7 julio, 2011 a las 7:08 am

‘Inside jobs’, de Carlos Sebastián en Cinco Días

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El galardonado documental Inside jobs sobre la burbuja financiera desencadenante de la recesión internacional escandaliza por lo que cuenta y produce cierta irritación por cómo lo cuenta. El escándalo no es solo por lo que ocurrió sino también por la falta de respuesta posterior.

Un aspecto del proceso, expuesto de forma contundente en el documental, representa con gran crudeza el tipo de conductas que se desataron durante los primeros años de este siglo en los mercados financieros. Los bancos de inversión diseñan productos para mejorar la financiación de los emisores, o reducir sus riesgos, y luego inician la distribución de esos productos entre inversores y, por último, toman posiciones por cuenta propia en los mercados de esos productos y de otros. Algunos de esos productos derivados, creados por bancos de inversión y cuya valoración estaba soportada por los informes de las agencias de rating, fueron distribuidos por ellos mismos de forma masiva. Y poco después el propio banco de inversión apostaba en el mercado contra esos productos que había diseñado y distribuido entre los ahorradores. Esta conducta estaba aceptada por los usos de los mercados financieros, pero resulta muy irregular en el contexto de extrema asimetría de la información en la que se produce. No puede aducirse que eran diferencias de percepción del riesgo cuando unos han diseñado el producto y otros se han limitado a seguir la recomendación de quien lo había diseñado. Da pie a la presunción de engaño en beneficio propio, que es la definición de estafa. Desde luego resulta una conducta escandalosa, como lo es la permisividad por parte de las autoridades cuya función debería ser la supervisión de esos mercados y la defensa de los ahorradores

Cierto es que lo sucedido tuvo una complejidad mucho mayor y que la burbuja y sus consecuencias se podrían haber producido sin estas precisas conductas. Pero estas son muy representativas de la bacanal que se instaló en los mercados financieros, de la mala regulación y escasa supervisión y de la ausencia de exigencias ex post de responsabilidades. Después de la crisis, apreciadas sus consecuencias, esto último llama poderosamente la atención. Me parece un caso extremo de riesgo moral.

La regulación y la intervención estatal en la economía generan a veces situaciones de riesgo moral, es decir, situaciones en el que se estimulan conductas no esperadas, frecuentemente contrarias a las buscadas, que crean distorsiones. Eso no reduce la necesidad de una intervención pero sí condiciona fuertemente el diseño de la misma. Pero pueden crearse situaciones de riesgo moral por omisión además de por acción. Y ese es el caso que nos ocupa. La no exigencia de responsabilidades a los ejecutivos de los bancos de inversión, entre otros, y la socialización de las pérdidas en las que incurrieron sus entidades por su pésima gestión, pero tan rentable para ellos, es una invitación a reproducir conductas de ese tipo. Más aún si la reforma se queda corta y los ejecutivos son los mismos.

Sorprende que los supervisores no pusieran en marcha procedimientos de delimitación de responsabilidades y, en su caso, de sanción. Sorprende incluso que no se haya abierto ninguna causa penal. Uno recuerda los 10 años de condena en 1990 a Michael Milken por irregularidades cometidas en el mercado de bonos basura, aunque luego solo cumpliera dos, y los más de 600 millones de dólares que tuvo que devolver.

Una enseñanza de la experiencia es que, cualquiera que sea el contenido de la reforma, que se está desarrollando con tanta lentitud y timidez, una supervisión ágil y rigurosa resulta irrenunciable. Pero con los aires que corren en Washington, uno duda que esto vaya a ser efectivamente así.

El documental Inside jobs da una visión completamente distorsionada de la participación de los economistas académicos en la hipertrofia del sistema financiero y en las conductas que se desarrollaron en la burbuja. Fue minoritaria y poco relevante; no así la de los medios de comunicación asomados al mundo financiero.

En el documental algunos de los académicos son vapuleados por haber cobrado una cantidad por algún informe, que resulta ser 300 veces inferior al importe del bono anual cobrado por varios ejecutivos de los bancos de inversión. Curiosamente, mientras que uno de ellos se defiende con torpeza del tono acusador del entrevistador, tiene a su espalda los libros de Robert Schiller, uno de los académicos que no solo no defendió ni proporcionó sustrato teórico a la desregulación financiera y a las conductas del sistema, como tampoco lo hizo la mayoría, sino que llevaba varios años advirtiendo de los peligros de las burbujas financieras.

Carlos Sebastián. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad Complutense

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Introducido por Reggio

21 mayo, 2011 a las 7:03 am