Caffè Reggio

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Del género absurdo, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Ha estallado la polémica porque Ana Mato, nueva ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, ha utilizado la expresión “violencia en el ámbito familiar” en vez de “violencia de género” que, según algunas entidades feministas, es lo que procede. Confieso que yo quizás habría dicho “violencia machista” porque me enseñaron que el género es para las palabras y no para las personas. Con todo, hay que decir que el adjetivo “familiar” describe bien la naturaleza de una serie de violencias que tienen lugar en el espacio doméstico. ¿Por ejemplo, cómo debemos denominar la violencia que ejerce un padre contra un hijo o un hijo contra un padre o un abuelo? Supongo que, en este caso, hablar de “violencia familiar” no provocaría urticaria entre los vigilantes de la corrección política.

Si lo he entendido bien, las críticas a la ministra se producen porque se da por hecho que el cambio de etiqueta es para “desnaturalizar la violencia de género”, en expresión de una jurista citada por este diario. Es, por lo tanto, un debate sobre intenciones más que sobre actuaciones. Algunos (y algunas) olvidan que la ley de violencia de género se aprobó por unanimidad, con los votos del PP. La conclusión es evidente: en ciertos ambientes, hablar de género se considera más progresista que hablar de familia, como si los votantes de las izquierdas no tuvieran ni padre ni madre, ni hermanos ni hijos. Habría apostado que la izquierda española ya había superado esta actitud tan poco inteligente de regalar algunos conceptos básicos a la derecha. Y mira que Blair, por ejemplo, hizo un gran trabajo reconfigurando para la socialdemocracia europea palabras como familia, seguridad, patria, orden o esfuerzo. Su tarea retórica fue fina.

Cuando hay cambios en el gobierno de un país también acostumbra a haber modificaciones en la denominación de los cajones que se utilizan para gestionar la realidad. Cambiar los nombres que utiliza la administración es una forma barata, inmediata y efectiva de hacer notar que mandan otros. Un clásico de esta estrategia es hacer que la consejería de Sanidad pase a ser la de Salud o viceversa, o renombrar Educación como Enseñanza o viceversa. La política, poco o mucho, responde a un sustrato ideológico y el lenguaje es transmisor de ideología, incluso cuando parece más inocuo. Para no ir muy lejos, recordaré que la etiqueta “cementerio nuclear” genera más oposición que la expresión oficial “almacén nuclear”. Por no hablar del éxito letal del término “recortes” y de la poca fortuna de “ajustes”.

La ex ministra socialista Bibiana Aído consideraba sin manías que en el mundo hay “miembros y miembras” de una comisión. Ella militaba en el género con tanto fervor que se pasaba el diccionario por el cogote. No consta, por cierto, que esta imaginación léxica sea muy útil a la hora de prevenir el asesinato de mujeres.

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30 diciembre, 2011 a las 7:13 am

Entre Mas y Rajoy, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Alguien que conoce bien a Rajoy  me sugiere algunas coincidencias entre el nuevo presidente del Gobierno y Artur Mas, que lleva un año en el cargo de presidente del Govern de la Generalitat. Veamos: a ambos les colocaron a dedo pero ambos han tenido que ganarse después el puesto peleando contra más enemigos de los previstos, nadie les ha regalado nada; a ambos les menospreciaron y les dieron por muertos, varias veces; sus respectivas travesías del desierto les han afinado y les han hecho más sólidos y más convincentes; Mas y Rajoy son tímidos y rehúyen la vanidad, pero se les nota el orgullo de haber conjurado docenas de malos augurios. Aceptado este retrato paralelo, la gran diferencia está en el acceso al poder de uno y de otro: Mas no dispone de mayoría absoluta, mientras que Rajoy goza de ella. En pura aritmética parlamentaria, el primero precisa de los votos del partido del segundo, pero no al revés. Por ello, muchos no entendieron que CiU votara no a la investidura de Rajoy en vez de abstenerse.

¿Por qué cuesta tanto de comprender que Duran Lleida, de acuerdo con Mas, decidiera un voto que algunos no tenían en el guión? En primer lugar, porque es evidente que los populares pueden facilitar o bloquear la tarea legislativa de CiU en el Parlament.

En segundo lugar, porque no forma parte de la tradición pujolista asumir este tipo de riesgos, más bien todo lo contrario, como ocurrió en el 2000, cuando el sí convergente a Aznar costó carísimo a los nacionalistas. Y, en tercer lugar, porque se olvida que el gran aval que ha recibido CiU en las últimas generales se debe, sobre todo, a la propuesta de un nuevo pacto fiscal; Rajoy rechazó varias veces en su discurso de investidura cualquier compromiso en este campo y ni siquiera se permitió un guiño que hubiese servido a CiU de coartada para abstenerse y recibir así el aplauso de los que piensan que no ha pasado nada desde 1996.

El no de CiU a la investidura de Rajoy es más relevante de lo que parece porque, como todo el mundo pudo ver y escuchar, fue buscado por el propio Rajoy obstinadamente. Es cierto que, luego, Mas se vio obligado a realizar la escena del sofá con Alicia Sánchez-Camacho y que Duran fue raudo y generoso a la hora de valorar la composición del Gabinete popular. “Muerden a Rajoy y luego le alaban, envían señales contradictorias”, me comentó un colega madrileño. Tenía razón. Veremos más disonancias de este tipo, puesto que estamos en una etapa de tránsito en la que el nacionalismo moderado está buscando su nuevo papel en Madrid como defensor principal de los intereses catalanes. Una defensa que ya no puede consistir en firmar cheques en blanco al inquilino de la Moncloa. El regateo cansino que Pujol convirtió en un arte de puente aéreo ha dejado de tener sentido porque ambas partes conocen demasiado bien la ley y la trampa. No obstante, los ministerios siguen teniendo la sartén por el mango y al negociador catalán siempre le falta información en comparación con los profesionales del Estado de toda la vida.

Dos elementos trágicos -si no los hubiera, esto ya no sería un asunto político- recubren este cuadro. Por un lado, a Mas le faltan seis diputados en la Cámara catalana para la mayoría absoluta, lo que le obliga a ensayar geometrías variables para sacar adelante sus políticas y le debilita a la hora de exigir en Madrid. Por otro, la situación complicada de la tesorería de la Generalitat, que supone un foco permanente de conflicto y desprestigio institucional, que se añade al clima generado por los anuncios de nuevos recortes. Los que se ven afectados directamente por los ajustes protestan contra el Govern y este explica que con un pacto fiscal más justo Catalunya podría luchar mejor contra la crisis. Nos hemos instalado en una agonía que se va sobrellevando mejor o peor, según el día y los mercados.

Así las cosas, hay desconcierto entre ciertos sectores de las élites económicas catalanas por el no de Duran Lleida a la investidura de Rajoy. Este desconcierto -puedo preverlo- aumentará en la medida en que CiU quiera ser de verdad ese instrumento por el que han apostado tantos viejos y nuevos votantes de la federación. Tal vez resulte extraño en ciertos despachos que los dirigentes de unas siglas mantengan su compromiso una vez los comicios han tenido lugar, pero la política sólo se regenerará si tiene algo de memoria y se cuida como un contrato privado. Por cierto, no hubo el mismo desconcierto entre los que ahora tanto se exclaman cuando, hace un año, Mas fue investido president con el voto contrario de los diputados populares; al parecer hay dos raseros  cuando se trata de enaltecer la responsabilidad y el sentido común.

Catalunya no está precisamente a punto de declarar la independencia, pero tampoco está en las inercias de la etapa pujolista. Vivimos un proceso abierto basado en la toma de conciencia de amplios sectores sociales de la deslealtad de los poderes centrales hacia la sociedad catalana, algo que se agudiza por la crisis debido a su base económica. El proceso existe y CiU sería suicida si, después de animarlo, fingiera en Madrid que todo sigue igual.

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28 diciembre, 2011 a las 7:15 am

Moderación marianista, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Se destaca el perfil más o menos moderado del nuevo Gobierno presidido por Rajoy. Es cierto que hay mujeres y hombres de su Gabinete que, como el catalán Jorge Fernández, responden más al estilo de lo que había sido la antigua UCD de Adolfo Suárez que al de una derecha como la que José M. ª Aznar concretó a partir del año 2000. Pero no todos son así, es evidente. Montoro, Arias Cañete y Mato, por ejemplo, no parecían muy incómodos cuando el anterior líder popular dirigía la casa, una música a la cual Rajoy – hay que recordarlo- también se adaptó sin problemas hace unos años. ¿Qué es la moderación? ¿Qué quiere decir ser moderado en política?

Estos conceptos se definen de acuerdo con su contrario. Un político moderado lo es en oposición a un político extremista o radical, aunque el radicalismo es un atributo no necesariamente negativo si tomamos la acepción que tiene que ver con las raíces o fundamentos de una ideología. Por otra parte, las actuales democracias obligan siempre a una cierta moderación y pactismo cuando se llega al poder, principio que Aznar olvidó cuando obtuvo la mayoría absoluta y que, en cambio, parece una de las lecciones mejor aprendidas por Rajoy. Con todo, al hablar de moderación, hay que distinguir entre fondo y forma.

¿El programa de Rajoy es moderado o extremista? Ya lo veremos cuando se hagan las leyes y los reglamentos. De momento, sólo conocemos las líneas generales de su mandato. Por otra parte, hay moderados que lo son sólo por necesidad y los hay que lo son por naturaleza. ¿Tacticismo o convicción? Los que le conocen dicen que Rajoy es moderado porque, por carácter, detesta la bronca por la bronca, pero no nos confundamos. Pudimos comprobar en el debate de investidura que el nuevo presidente no es un blando ni teme el choque dialéctico y que, cuando quiere, muerde y castiga. El cierre rotundo a las demandas de Duran Lleida sobre un nuevo pacto fiscal o la acritud en las respuestas al representante del valencianismo no encajan precisamente en el arquetipo de moderado. Tampoco debe descartarse que Rajoy sea moderado cuando se dedique a una parte de la agenda y mucho menos cuando aborde otros asuntos, en función del efecto que quiera causar sobre determinados sectores de la opinión pública. El nuevo Gobierno debe enviar muchas señales a la vez y eso podría castigar a algunos actores políticos, cabezas de turco fáciles cuando hay que tejer un relato para contener el cabreo ciudadano.

¿Y si ser moderado, finalmente, sólo significa que procuras no hacer mucho ruido para ganar la partida? Me inclino a pensar que la moderación marianista es de este tipo. Además de conjurar los fantasmas aznarianos y facilitar el aterrizaje en medio de la crisis, la moderación es un sistema inteligente para hacer lo que toque sin que se noten mucho las maniobras.

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23 diciembre, 2011 a las 7:14 am

Havel no ha sido un espejismo, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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De la caída del Muro salieron  muchas ilusiones, no pocas energías y también algunos desengaños. El fin de las dictaduras comunistas del centro y este del Viejo Continente fue un momento feliz -quizás no bien aprovechado del todo- de reencuentro de los europeos con nosotros mismos. Desde el otro lado del antiguo telón de acero, empezaron a llegarnos movimientos, figuras y palabras que, si las hubiéramos escuchado con más atención, podrían haber vigorizado las democracias occidentales, las viejas como la francesa o la británica, y las nuevas como la nuestra. De entre todos los nombres que se hicieron presentes en aquel momento, Václav Havel era el más atractivo porque reunía la imaginación del artista, la profundidad del pensador, la convicción del activista y el realismo del político. Su reciente desaparición coincide -y parece una ironía de una de sus obras teatrales- con una falta clamorosa de liderazgos morales entre los gobernantes y con una tendencia inquietante a dar la confianza a tecnócratas que nadie ha votado.

El escritor checo que se convirtió en líder de la revolución de terciopelo y primer presidente de la nueva Checoslovaquia democrática tenía la autoridad del disidente que había sido encarcelado y censurado. Su actitud era la de un gobernante muy próximo a la gente, alguien que sabía sonreír desde el poder sin aquel ademán forzado que exigen las rutinas electorales. Pujol, con aquella lucidez que siempre ha tenido para la política mundial, dijo lo siguiente de Havel, con quien se vio en Praga y en Barcelona de manera oficial algunas veces: “Tendremos que esperar tiempo para acabar de entenderle, como a la mayoría de políticos del Este, acabados de estrenar como políticos en libertad”.

Ha pasado mucho tiempo desde primeros de los años noventa, cuando el entonces presidente de Catalunya hacía estas consideraciones. Hoy ya podemos entender mejor las razones por las cuales Havel fue el hombre en quien checos y eslovacos confiaron para “salir del comunismo para volver a la historia”, según afortunada expresión de André Glucksmann. Sus ideas y sus actitudes eran las de un humanista que quería poner el poder al servicio de las personas, un librepensador que no se permitió el sentimiento de rencor o el de revancha porque sabía que la libertad de veras necesita tolerancia, generosidad y grandeza de miras. Cinco años antes de saludar desde un balcón a la ciudadanía que había perdido el miedo y se manifestaba en la plaza de san Wenceslao de Praga en noviembre de 1989, Havel resumió así su programa para el futuro: “Soy partidario de una política antipolítica. Es decir, de una política que no equivalga a una tecnología del poder y la manipulación con él como una forma de dirección cibernética de los hombres o como un arte de finalidades concretas, prácticas o intrigas, sino de la política como una de las formas de buscar y de conquistar el sentido de la vida; cómo protegerlo y cómo servirle; una política como moralidad practicada; como un servicio a la verdad; como preocupaciones por nuestros prójimos, preocupaciones auténticamente humanas, que se rigen por medidas humanas”. A la luz de los retos de la Europa actual, las palabras del autor de Largo desolato son de una vigencia extraordinaria. Superado el totalitarismo, la tarea es mejorar, modernizar y profundizar la democracia para que siga siendo un sistema al servicio de la dignidad plena de cada individuo.

Quiero pensar que Havel no ha sido un espejismo, que no ha sido la excepción que confirma la regla en el marco de una historia reciente demasiado repleta de cínicos, fanáticos, incompetentes, oportunistas y vendedores de humo. Necesito pensar que las lecciones del gobernante Havel han fecundado, ni que sólo sea por casualidad, las intenciones y los estilos de algunos de los que ahora y aquí aspiran a conducir a los ciudadanos hacia nuevos horizontes de libertad, bienestar y justicia cuando eso resulta más complicado y más arriesgado. Este gran hombre de palabra y de acción hizo siempre lo que le dictaba su conciencia, incluso cuando sabía que sería impopular o poco comprendido por ciertos sectores. Por ejemplo, su razonada defensa del ingreso de su país en la OTAN es una de las más lúcidas y originales reflexiones sobre los valores occidentales, sin silenciar críticas a las disfunciones y excesos del capitalismo salvaje, que también combatió con coraje. Havel es un gran referente de nuestro tiempo, como lo es Mandela o la luchadora birmana Aung San Suu Kyi. Él consiguió -entonces algunos éramos jóvenes que descubríamos el vendaval de la historia- animarnos con una nueva idea de política, de democracia y de Europa. Y no sólo con las ideas, rompedoras. También con la actitud que las acompañaba, una actitud que venía de la resistencia basada en el convencimiento ético pero que no se perdía en los jardines de la moralina. Hoy, cuando hay tantos falsos profetas que embaucan a los jóvenes con utopías que no son nada más que viejas pesadillas recicladas, hay que reivindicar el legado de Havel. No, este hombre no ha sido un espejismo, ha sido un ejemplo. Cuando la ejemplaridad de veras va muy buscada, necesitamos redescubrir a los héroes de nuestra época para inspirarnos y superar el pesimismo.

Guardo como un tesoro un libro de Havel firmado de su puño y letra cuando hacía poco tiempo que ejercía como presidente; debajo del nombre dibujó un pequeño corazón, como un adolescente. ¿Cuántos necesitamos como él?

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21 diciembre, 2011 a las 7:13 am

Rajoy pasa de Catalunya, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Dijo que su estilo será el diálogo. Añadió que su imperativo será decir siempre la verdad. Palabras solemnes, molduras de yeso pintadas de dorado. Como si fuera un tecnócrata supuestamente aséptico en vez de un gobernante surgido de las urnas, en su discurso de investidura, Mariano Rajoy ofreció ayer un conjunto de recetas políticas sin querer hablar de política. Una intención en la cual colaboró el socialista Rubalcaba, en una intervención amojamada que parecía destinada a evitar, por encima de todo, que el PSOE se hiciera más daño de la cuenta. Y a explorar pactos de Estado, de esos que siempre lucen.

¿Y las cosas de Catalunya? Vale más que tomen asiento, no sea que se cansen ustedes de esperar. El nuevo presidente del Gobierno de las Españas dedicó sólo “breves comentarios” a las demandas catalanas, expresadas por Duran Lleida con una reiteración tan minuciosa como escasamente atendida por el dirigente popular. Ningún compromiso concreto, más allá de admitir que escuchará. Como diría la abuela, el gallego nos dará largas. Cuando se le mencionó el pacto fiscal, Rajoy mentó la necesidad de crear empleos y cuando se le recordaron los 759 millones de euros procedentes de la disposición adicional tercera del Estatut replicó que él se limitaría a cumplir la ley, como haría -puntualizó- con todas las autonomías. Sobre el Estatut, no hay cambios: el líder del PP piensa hoy lo que pensaba cuando llevó al Tribunal Constitucional el texto que fue votado por el pueblo catalán. Todo esto va aliñado con la bandera de la igualdad entre españoles, el anuncio de unificar políticas educativas y la voluntad de reformas de fondo que eviten duplicidades de administraciones. La sombra de la recentralización se proyectó ayer como lo más natural del mundo.

CiU fue la fuerza más votada en Catalunya en las últimas generales porque muchos electores entendieron que la federación es la opción más útil para defender los intereses de una sociedad que paga al Estado más de lo que recibe. Duran Lleida lo sabe y guarda en la memoria las consecuencias nefastas que originó el voto favorable de los nacionalistas a un Aznar que, en el 2000, tenía mayoría absoluta. A la vista de la desgana de Rajoy, la abstención de CiU sería un regalo incomprensible, incluso teniendo en cuenta que Mas necesita que los populares le apoyen varios proyectos en el Parlament, empezando por los presupuestos. Rajoy ha buscado el voto en contra de CiU, él sabrá a santo de qué.

El año próximo, el Ejecutivo español quiere celebrar como es debido el bicentenario de la Constitución de 1812 . Quizás el espíritu de la Pepa, poco tendente a la pluralidad nacional, se ha hecho fuerte en la barba del futuro presidente.

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20 diciembre, 2011 a las 7:15 am

Dejar el mal dentro, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Algunas veces, los cirujanos, al abrir el cuerpo del enfermo, se dan cuenta de que la enfermedad es peor de lo que parecía y, entonces, deciden que vale más no tocar mucho, cosen y piensan en abordar el final del paciente de la manera menos dolorosa posible. Esta imagen me ha venido a la cabeza al ver cómo se ha cerrado el XII congreso del PSC, que se ha celebrado este fin de semana. Es cierto que los delegados han escogido una nueva dirección y un nuevo primer secretario, pero el mal ha quedado dentro. Resulta extraordinario que,a pesar de la demanda social de una política nueva, todos los que cortan el bacalao o aspiran a hacerlo dentro del PSC simulen que estos tres días se ha hablado seriamente de los graves problemas del socialismo catalán cuando saben que eso no ha pasado. ¿Autoengaño o propaganda?

Hace pocas semanas, escribimos que el PSC tenía tres retos como tres soles: redefinición del proyecto, reconexión con un país que cambia y renovación del personal dirigente. Y también escribimos que, a pesar de la evidencia de los deberes que tocaban, sólo se estaba hablando de mover caras. Finalmente, se han hecho cambios en la piel pero no en la musculatura ni en el esqueleto (¡ni en el corazón!) de la organización. Montilla, Iceta y Zaragoza salen de la primera fila, pero los dos nuevos hombres fuertes del aparato, Fernández y Balmón, aseguran una clara continuidad con el mencionado triunvirato que -bueno es recordarlo- se hizo con las riendas del partido gracias al padrinazgo de Josep Mª Sala en el congreso de Sitges de 1994. Asimismo, la presencia de Ros y Elena en la nueva ejecutiva recuerda un poco lo que hacía Núñez en las directivas del Barça: todos dentro para asegurar la calma.

Las primarias para elegir candidato a la presidencia de la Generalitat y los movimientos de Carme Chacón para liderar al PSOE son los dos principales factores orgánicos de incertidumbre con los cuales tendrá que trabajar Pere Navarro, que también deberá luchar contra una notable limitación para su liderazgo como es el hecho de no ser diputado en el Parlament. Así las cosas, mientras Montilla dijo adiós reivindicando el tripartito (movido más por el orgullo que por la razón), el nuevo primer secretario mantenía, en una entrevista en este diario, que la pérdida de credibilidad del PSC tiene como causa, en parte, “un tripartito en el cual nuestros socios gesticularon en exceso”.  ¿Matices irrelevantes o embrión de un líder dispuesto a extirpar el mal?

El PSC se ha desgastado durante décadas de un poder cada vez más cerrado sobre sí mismo y, a la vez, no ha conseguido ofrecer una alternativa a CiU en la defensa prioritaria de los intereses de la sociedad catalana en Madrid. Esta es la realidad cruda que Navarro y su equipo tienen encima de la mesa. Pueden arriesgarse a operar de verdad o pueden seguir tocando el violín del federalismo, la izquierda plural y el miedo a la derecha.

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19 diciembre, 2011 a las 7:15 am

Reconstruir o redecorar, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Que los partidos necesitan, en general, ser repensados es una evidencia clamorosa. Que las organizaciones políticas deben abrirse más a los ciudadanos no adscritos también es incuestionable. Todo eso lo sabemos, el problema es que los núcleos dirigentes son conservadores por definición. Esta manera de hacer provoca la esclerosis de los aparatos que, tarde o temprano, se ven entre la espada de la dimisión autocrítica y la pared de la resistencia revestida de propósito de enmienda. En el tablero catalán, el PSC y ERC son partidos que han tocado fondo y que deben hacer frente al reto de recuperarse. Los republicanos han escogido ya una dirección nueva que ha dado los primeros pasos y los socialistas lo harán pronto. Quizás porque una multinacional de los muebles lo ha puesto de moda en un eslogan, algunos políticos piensan que basta con redecorar un proyecto para salir del bache. Redecorar sólo es hacer cambios superficiales, retoques aquí y allí. Los dirigentes que no tienen otra intención que redecorar su partido demuestran que no han entendido nada de nada. La política, tal como la hemos conocido hasta ahora, ha envejecido tremendamente. Y no porque haya movimientos como el 15-M ogobiernos tecnocráticos en Italia y Grecia. El envejecimiento de la política democrática proviene, ante todo, de la radical transformación del tiempo de los conflictos que vive cualquier sociedad desarrollada. Los medios de comunicación han acelerado el tiempo de la vivencia ciudadana de la política sin que los gobernantes dispongan de una herramienta para tomar decisiones de manera más rápida que hace cien años. Aquí se produce una fractura insalvable, que coloca a los representantes democráticos en un permanente fuera de juego, y eso los obliga a dedicar una cantidad enorme de esfuerzos a justificar su aparente lentitud, falta de reflejos y desorientación. Más que gestionar la contingencia con eficacia, el gobernante es un experto en dar excusas más o menos creíbles sobre su incapacidad para llegar al corazón de los problemas. La democracia es un tren sin frenos que sus conductores no controlan. En este nuevo paradigma, que revienta muchas rutinas institucionales, a los partidos no les bastará con redecorarse hábilmente para seguir flotando en el mercado electoral. Más allá de las claves particulares de cada caso, un partido del siglo XXI está obligado a reconstruirse de arriba abajo, porque sus errores son, sobre todo, el fruto amargo de una arquitectura caduca, lo cual no quita responsabilidad a los nombres que han provocado el descarrilamiento. Por ejemplo, de nada servirá celebrar primarias si, a la vez, no se arbitran nuevos métodos de control permanente de los electores sobre el trabajo de los cargos electos. No sé si en ERC y en el PSC han pensado mucho en todo esto.

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12 diciembre, 2011 a las 7:14 am

Limpieza, sin heroísmos, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Con la peor de las crisis económicas mordiendo los tobillos de las instituciones, la legislatura que tendrá como protagonista a Mariano Rajoy aparece como un tiempo para hacer limpieza en España, una época en la cual habrá que abordar con valentía grandes reformas, no sólo la laboral, que es la primera de la cola. Hará falta también, por ejemplo, modernizar y dotar adecuadamente la administración de justicia, y poner finalmente orden en asuntos que revientan la credibilidad del sistema como el fraude fiscal, la corrupción política y las endogamias de los partidos y los sindicatos.

Los recortes que Rajoy ordenará con gran celeridad para que España no pase al vagón de segunda clase de la UE, tal como ya se ha comprometido ante Merkel y Sarkozy, deben poner punto final al despilfarro frívolo de los recursos públicos que muchas administraciones han perpetrado con un nada disimulado clientelismo. El Gobierno central deberá seguir el ejemplo decidido del Govern de Catalunya, el primero del Estado que se ha puesto a hacer los deberes. Pero estos sacrificios, a pesar de ser indispensables, no son la misión más dura que le toca a Rajoy; el terreno más difícil será propiciar un cambio en la mentalidad general de la ciudadanía, malacostumbrada por las inercias de una sociedad de nuevos ricos. Los fondos estructurales europeos pasarán a la historia y algunas autonomías descubrirán, con dolor y sorpresa, que hay que generar riqueza para poder distribuirla. Sin una profunda revisión crítica de muchas premisas, el colapso estará servido.

Más allá de esta agenda marcada por Europa y la crisis, el nuevo presidente tendrá que ocuparse del País Vasco y de Catalunya. El fin de ETA abre perspectivas nuevas para la sociedad vasca mientras la sociedad catalana parece dispuesta a cerrar filas para reclamar un nuevo pacto fiscal, equivalente al concierto económico. No se puede gobernar España contra Catalunya aunque se disponga de mayoría absoluta, sobre todo cuando hay un acusado cambio generacional y cultural que se expresa mediante el catalanismo de los intereses.

Sin heroísmos, con la cabeza fría, Rajoy debe dar la cara. No vale ya la retórica blanda de los constantes aplazamientos. Todo quema, todo es para ayer.

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11 diciembre, 2011 a las 7:12 am

Los huesos del tirano, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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No hay escapatoria. Vivimos entre  los muertos, lo queramos o no. Se puede pensar que la dura crisis económica y social consigue tapar el resto de las cosas que nos rodean, pero eso no es cierto. ¿A quién interesan los huesos del general Franco? La primera respuesta es fácil: a nadie, excepto a los miembros de su familia y a cuatro nostálgicos del régimen. Pero esta es una respuesta tramposa, meramente paliativa. Hay que responder con más atención: los restos de un dictador que marcó profundamente nuestra historia reciente son un asunto que no puede dejar de interpelar a la sociedad. De acuerdo: la mayoría vive preocupada por los recortes, los créditos hipotecarios y la amenaza del paro, pero somos animales históricos siempre, también cuando parece que la historia nos molesta. Franco no interesa, pero Franco sigue siendo un nombre que pesa sobre todos nosotros.

Hace pocos días, se dio a conocer el informe oficial que sobre el Valle de los Caídos ha redactado una comisión de expertos por encargo del Ministerio de la Presidencia. Este informe hace una serie de recomendaciones al Gobierno, a partir del objetivo de llevar a cabo una “resignificación integral” del lugar que “proporcione la relectura completa del conjunto monumental” mediante la cual se exprese “la centralidad de la víctima mostrando documentalmente y evocando simbólicamente el vacío ético que generó la Guerra Civil con la muerte”. El principio que inspira a los expertos es el de “explicar y no destruir” para alcanzar la transformación del mausoleo de la dictadura en un verdadero memorial de la reconciliación que dé protagonismo a todos los muertos del conflicto, los de ambos bandos con un trato igual. De paso, habría que intervenir para frenar el deterioro de la estructura del templo y el conjunto escultórico, trabajos que podrían llegar a costar hasta 13 millones de euros.

Con buen criterio, la comisión de expertos advierte que dar nuevo significado al Valle de los Caídos pasa por reservar este espacio únicamente a los muertos de la Guerra Civil, lo cual implica el traslado de los restos del general Franco “al lugar que designe a la familia o, en su caso, al lugar que sea considerado digno y más adecuado”. Con respecto a los restos de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange y ejecutado durante la guerra, se recomienda que estos no ocupen un lugar preeminente en la basílica, “dada la igual dignidad de los restos de todos los allí enterrados”. Se trata de conclusiones bien razonadas y movidas por el sentido común, pero dejan la pelota a los pies de los políticos. El informe fue encargado por gobernantes del PSOE y debe ser tenido en cuenta por los del PP, que ahora llegan al poder. Alguien ha querido ver ahí un último regalo envenenado de Zapatero a Rajoy. Quizás sí, quizás no. En todo caso, es triste y perverso que cierta derecha y cierta izquierda utilicen a los muertos para preponderar en la pugna democrática.

Más allá de los partidismos, debemos ser sinceros y valientes a la hora de contemplar nuestra historia: ¿cuál es el momento menos malo para reubicar los huesos del tirano para que no ofendan durante más años la memoria de los que perdieron la guerra y de los que fueron víctimas de la represión dictatorial? Todos los momentos son y serán complicados, pero habrá que hacerlo antes de que nos devore la vergüenza colectiva. Los gobiernos centristas de la transición no tocaron los restos de Franco, ni tampoco lo hicieron los gabinetes posteriores que presidió el socialista González. Años después, Aznar no se dedicó a eso y Zapatero, que hizo bandera de la memoria republicana, termina sin haber movido el cadáver del hombre que edificó un sistema autocrático de poder que significó la muerte, la prisión y el exilio para miles de personas. La tumba de Franco sigue siendo el símbolo de una victoria militar que se prolongó durante casi cuarenta años, y esa es la razón por la que no casa con el respeto a la memoria de los vencidos ni con el espíritu democrático. Los que cada 20 de noviembre peregrinan al Valle de los Caídos brazo en alto nos recuerdan que la tumba del general es un deshonor cívico y un residuo tóxico que contamina la convivencia, un lugar oscuro que mantiene abierta la herida de la guerra. El homenaje que los franquistas llevan a cabo anualmente es un festival que no tiene cabida en la Europa de los derechos humanos y la libertad. Y haría bien la Iglesia católica de España si asumiera las recomendaciones de la comisión de expertos.

Problemas presupuestarios al margen, el nuevo gobierno presidido por Rajoy debería hacer todo lo posible para que la derecha española democrática no deje espacios de ambigüedad con respecto a la condena rotunda del franquismo. La remodelación del Valle de los Caídos es una oportunidad perfecta para concretar una actitud más clara del PP en este  sentido. Desde el deber ético y la inteligencia, y también desde la necesidad política de marcar distancias con los fantasmas de los entornos sociales y mediáticos supuestamente afines, que mantienen una actitud escandalosamente contemporizadora hacia la dictadura. De lo contrario, los populares siempre tendrán poca autoridad para hacer determinados discursos.

Algunos creen que mover los huesos de Franco es reabrir heridas. A mi entender, la gran herida es seguir tratando al tirano como a un héroe glorioso y benefactor.

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7 diciembre, 2011 a las 7:16 am

Funcionarios, a la guerra, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Si no lo he entendido mal, el president Mas hace lo que nadie se ha atrevido a hacer todavía en las Españas por dos motivos: para demostrar que Catalunya es una nación seria que hace los deberes y porque, como se nos avisó la semana pasada, el Govern de la Generalitat tendrá problemas de tesorería sin los 750 millones de euros que había prometido Zapatero. El líder de CiU demuestra que la ética de la convicción y la de la responsabilidad pueden coincidir alguna vez, aunque eso no acostumbra a verse mucho en nuestras democracias, demasiado prisioneras del corto plazo. Que el presidente de Catalunya gobierne con determinación y sin miedo a las protestas gremiales es una actitud que regenera la política, lo cual es digno de subrayarse cuando en Europa hay quien piensa que los tecnócratas nos salvarán.

La segunda oleada de ajustes que impulsa el Ejecutivo Mas pide sacrificios a los funcionarios, y estos, mediante sus sindicatos, ya han dicho que consideran que los gobernantes democráticos del país les han declarado “la guerra”. Los empleados públicos tienen todo el derecho a defender sus intereses, obviamente. Pero deberán ser prudentes a la hora de tensar la cuerda, para que no les salga el tiro por la culata en un momento en que la mayoría de los ciudadanos -que son asalariados del sector privado- ya lleva mucho tiempo padeciendo las consecuencias de la crisis. Los funcionarios saben que fuera de la administración hace más frío y que allí la capacidad de presión del trabajador es muy menor, sobre todo cuando la amenaza del paro no es un mero recurso retórico para meter miedo en la mesa de negociación.

Tengo un gran respeto por los empleados de la función pública y no considero que, como dice el tópico, sean indolentes e irresponsables. Esta mirada es injusta. Dicho esto, debemos ser fieles a la verdad y admitir que los funcionarios tienen, como mínimo y en general, dos grandes ventajas: sus lugares de trabajo quedan al abrigo de las sacudidas del mercado, y disfrutan de complementos poco o nunca vistos fuera de la administración. Que se utilice la palabra “privilegios” no les gusta. Sin embargo, la sensación es que los empleados públicos disfrutan de una incertidumbre menor sobre el futuro, y eso vale mucho. El vecino del funcionario lleva meses angustiado porque ya se ve en la cola del paro.

En ciertos discursos sindicales sobre los recortes se adivina aquella actitud que Bernard Crick describe en su obligado libro En defensa de la política. El funcionario cree que su trabajo se ve “continuamente frustrado por las intromisiones de los políticos” cuando él sabe mejor, por su experiencia, lo que hay que hacer. Si no van con cuidado, en esta guerra, los funcionarios se quedarán solos. Podrán hacer manifestaciones y parar algunos servicios; sin embargo -me apuesto lo que quieran-, perderán estrepitosamente la batalla de la opinión pública.

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Introducido por Reggio

5 diciembre, 2011 a las 7:14 am

Rajoy, volver a 1979, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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En una reciente cena con profesionales  barceloneses interesados por los asuntos públicos, alguien me preguntó cómo gobernaría Mariano Rajoy, de quien sabemos más los espesos silencios que cualquier otra cosa. Con todas las cautelas que corresponden y sin querer ser futurólogo, respondí que el líder del PP será un presidente dedicado a no parecerse a Zapatero y ocupado, sobre todo, en no ser confundido con Aznar, el hombre que lo designó. De hecho, el aznarismo irredento y resentido, aliado con la trinchera más feroz de la derecha mediática, hizo todo lo posible para que Rajoy se despeñara, pero el gallego ha llegado a la meta y eso -son las reglas- le otorga más autoridad de lo que parece en las filas conservadoras.

Aznar era un leninista de derechas (asesorado por algunos ideólogos izquierdistas que se habían pasado al adversario) que tenía una voluntad manifiesta de transformar a toda máquina la realidad española, con una ambición que él quería histórica, lo cual le llevó, por ejemplo, a tomar parte en la guerra de Iraq, para forzar un cambio geopolítico que rompiera la dependencia que Madrid ha tenido siempre, desde la muerte de Franco, del criterio de franceses y alemanes. El primer Aznar, el que gobierna con el apoyo de Jordi Pujol, adopta una moderación puramente táctica, aquel centrismo del cual Piqué fue abanderado y que tantas alegrías dio a las élites catalanas, confiadas o amnésicas hasta límites indescriptibles. Después, a partir del año 2000, la mayoría absoluta permitió que Aznar se liberara de la máscara y nos mostrara su verdadero rostro de idealista desbocado y dispuesto a llevar su programa de máximos hasta el final.

Rajoy no tiene ningún interés, me apuesto lo que quieran, en transformar la realidad para pasar a la gran historia. No parece que vea el gobierno como una herramienta de rediseño social (como lo veían González, Pujol y Aznar, cada uno a su manera), sino como un instrumento de gestión que, poniendo el acento en unas determinadas políticas, permita ir tirando sin sustos en la dirección prefijada. No quiero decir que Rajoy no tenga ideología, lo que subrayo es que será más pragmático y paciente que Aznar y que será más hábil – no más blando-a la hora de utilizar las palancas de la mayoría absoluta. Reitero: el Partido Popular de ahora tiene proyecto pero en su aplicación podría ser más inteligente que el aznarismo y, por lo tanto, mucho más peligroso para sus adversarios. He escuchado a uno de los hombres de confianza de Rajoy en la cocina de las ideas, José María Lassalle, y puedo decir que sabe muy bien qué España quiere y cómo llegar a ella.

El drama del nuevo presidente es que aterriza en la Moncloa en medio de la peor crisis económica en décadas y obligado a moverse en un entorno que cambia a gran velocidad. Los sustos constantes en la zona euro y el cambio del concepto clásico de soberanía dentro de la UE no son asuntos que permitan una actitud muy relajada. Ahora bien, Rajoy da toda la sensación de querer volver al estilo de la Unión de Centro Democrático (UCD) del año 1979, cuando el partido de Adolfo Suárez gobernaba y las pulsiones autodestructivas internas de la organización todavía se mantenían a raya. Centrismo, reformismo, pactismo, diálogo y moderación son etiquetas que el mandatario exhibe en sus últimos discursos.

Recuerdo algunas declaraciones de Piqué, durante su etapa de ministro de Aznar, en el sentido que había que regresar al espíritu de 1977, cuando estrenamos la democracia. Había, en esta posición, dos objetivos complementarios: ganas de rebobinar ciertos consensos para modificarlos y una necesidad de enlazar con el momento fundacional del sistema para legitimar una interpretación nueva de la Constitución. El piquerismo ministerial – después evolucionó hacia tonalidades más efectistas y abruptas-se movía en esta ambigüedad. Pienso en ello porque Rajoy, aparentemente, conecta ahora con este estilo de política que rehúye la frontalidad y busca – si se me permite el símil futbolístico-el gol por la escuadra. Recuerden que la UCD fue el partido que, de la mano del PSOE, impulsó la Loapa, una ley que pretendía remodelar a la baja los estatutos de las naciones históricas. La música de la Loapa sobrevivió aunque el TC desautorizó la letra.

Evitar algunos errores de Aznar, he ahí una lección aprendida por el nuevo líder popular. Rajoy no quiere fabricar más independentistas, no quiere provocar las épicas catalanistas, no quiere hacer mucho ruido. Quiere gobernar, durar el máximo tiempo en el cargo y, como es lógico, llevar a cabo un programa que incluye – no hay que bajar la guardia-una recentralización autonómica que no lo parezca mucho pero que se implante también con la ayuda de la crisis económica y social. Por eso está abierto a hablar de financiación con el Govern de la Generalitat pero da largas sobre el pacto fiscal que reclama CiU y que tiene un amplio apoyo social en Catalunya. La mayoría absoluta de Aznar fue una exaltación del agitprop y la de Rajoy será, en cambio, una metódica manera de ganar terreno “sin que se note el cuidado”. Aznar era un dirigente fascinado por la batalla como tal mientras Rajoy tiene bastante con saber que va ganando.

Auguro que las jugadas que el Gabinete de Rajoy haga en el tablero catalán serán más sofisticadas de lo que pensamos. Y más difíciles de resolver. No sé si una consulta popular será suficiente para responder a todo esto.

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Introducido por Reggio

30 noviembre, 2011 a las 7:15 am

El bote salvavidas, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

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Catalunya necesita contar con un partido de centroizquierda sólido que articule una parte importante de la representación democrática. Este papel, desde el año 1977, lo ha venido ejerciendo el PSC. Los socialistas catalanes, sin embargo, también han querido ser otra cosa, no menos importante: la rótula orgánica entre el poder central español y el poder autonómico. En esta segunda misión han fracasado, a pesar de haber dispuesto de ministros y de un vicepresidente como Serra; el votante casi siempre ha preferido que los intereses catalanes sean defendidos en Madrid por una formación con el centro de decisión final en Barcelona como es CiU, federación especializada en “lo nuestro”. Con todo, el peso municipal del PSC y su alianza con el PSOE han sido, hasta hace poco, el origen de la alta concentración de poder acumulado por los socialistas indígenas.

Este mundo parece acabarse. Después del espejismo que representó alcanzar la presidencia de la Generalitat mediante un pacto con ERC e ICV, el fuerte retroceso en las últimas municipales y el derrumbe del 20-N colocan al socialismo catalán en una encrucijada nunca vista. De los tres grandes retos que debe abordar el PSC (redefinición de proyecto, reconexión con un país que cambia y renovación de personal dirigente), lo que estamos viendo tiene que ver sólo con las caras. La gestión de la travesía del desierto se está haciendo sin disimular que, para muchos miembros de la actual cúpula, todo se reduce a una cuestión de supervivencia personal. Lo ilustra de manera descarnada que en los primeros lugares de las listas de las generales se hayan refugiado los principales cargos orgánicos, como quien sube al bote salvavidas cuando el barco naufraga. También contribuye a dar esta sensación la tozuda voluntad del ex president Montilla de ir al Senado, un movimiento que ha cosechado mucha oposición.

Iceta ha movido pieza y se ha roto la alianza entre él, Montilla y Zaragoza, núcleo duro del aparato desde 1994. Mientras, el alcalde Navarro encarna el retoque cosmético bendecido por los que han llevado las siglas al desastre, el alcalde Ros se postula sin conocer la máquina y Elena propugna un futuro apadrinado por una figura tan caduca como Obiols. Y los de la generación BlackBerry no se sienten fuertes para plantar cara y los catalanistas más notorios de la casa se lo miran todo de lejos. Para acabar de aliñarlo, Chacón, como si no supiera su triste resultado en las urnas, quiere liderar el PSOE, lo que la obligará a instrumentalizar el PSC para librar su particular combate. Para las bases, el panorama es descorazonador.

¿Y si ahora fuera el momento, como quería Maragall, de construir un Partido Demócrata que, sin subordinarse nunca más a Ferraz, decidiera levantar la bandera de lo nuestro desde el centroizquierda como lo hace CiU desde el centroderecha? Me temo que hay demasiada gente en el bote salvavidas para pensar y actuar con imaginación y audacia.

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Introducido por Reggio

28 noviembre, 2011 a las 7:15 am