CONTRA la corrupción no hacen falta diez medidas, como ha propuesto a toda prisa un PSOE acuciado por los escándalos que reviven el aún reciente pasado felipista, sino tan sólo dos, y muy simples: dimisión o destitución, y cárcel. O lo que es lo mismo, responsabilidad política y responsabilidad penal. La segunda toma su tiempo, porque los procesos son largos y exigen un respeto a las garantías jurídicas y a la presunción de inocencia, pero la primera debe ejercerse con inmediatez y contundencia porque la credibilidad de un cargo público no es compatible con la sospecha. Que nadie venga con cuentos ni monsergas: es perfectamente posible delimitar, a simple vista de indicios, cuándo un responsable público está comprometido por un escándalo y cuándo es víctima de una acusación sin fundamento. Basta mirar cada caso sin las anteojeras del dogmatismo partidista, atendiendo al calado de los síntomas y a la alarma que despiertan en la opinión pública. Sin piedad ni perdón: la única receta contra esta plaga que carcome los cimientos de la actividad política es una absoluta frialdad que no se compadezca ante nada ni ante nadie.
La corrupción no tiene índices de tolerancia. Cero es la única cifra admisible. Transparencia absoluta, manos limpias, techo de cristal y sospechosos a la calle. Sin distinción de partidos, sectores ni banderías. Y luego, que la justicia haga su trabajo. Pero, primero, la política, que es donde ha de brillar la voluntad de los dirigentes por la limpieza de las reglas, y donde por desgracia rige la ley del encubrimiento, de la complicidad, de los paliativos y del casuismo maniqueo. Que cada uno se mire a sí mismo, y ya distinguirá el pueblo quién merece su confianza. No hacen falta pactos; sólo faltaba que los políticos tengan que acordar entre sí la necesidad de ser decentes.
Las cosas son muy simples. Un representante democrático no puede robar, eso es todo. El servicio a los ciudadanos es incompatible con la mangancia, con el cohecho, con la extorsión, con la prevaricación y con el soborno. Punto. Lo demás son zarandajas: que si la financiación de los municipios, que si la Ley del Suelo, que si la escasez de fondos de los partidos. En ningún sitio está escrito que porque un ayuntamiento ande corto de recursos se autorice recalificar terrenos bajo mordida. Ni que las leyes permitan convertir el urbanismo en una máquina registradora. Es bueno limitar las tentaciones, pero lo esencial es controlar las ganas de caer en ellas.
Para combatir la corrupción no es menester más pacto que el de comportarse honradamente, y ése ya se supone implícito en el servicio público. Lo que corresponde a los partidos es dejar de poner obstáculos a la justicia y cercenar de raíz cualquier brote de venalidad en su seno. Si esto hay que pactarlo, vivimos en una sociedad enferma. El mandamiento de no robar está en las tablas de la ley moral desde el principio de los tiempos, y lo único que procede es cumplirlo sin sacar pecho ni ponerse ninguna medalla.
