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Reforzar la confianza, de Josep Ramoneda en El País

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El Rey, en su discurso en las Cortes, urgió a reforzar la confianza en las instituciones. Sin duda, debe ser una prioridad si no queremos que la crisis acabe ahogando incluso a la democracia. Pero el aplauso histórico que recibió el Rey antes de pronunciar su discurso no es la mejor manera de atender esta exigencia. La Monarquía está en apuros por un comportamiento irregular de uno de los miembros de la familia real, que no fue debidamente vigilado y reconducido por la propia institución. La reacción de la amplia mayoría de los diputados ante estos hechos es una adhesión cerrada al Rey. Si tenemos en cuenta que los principales partidos contribuyeron a los negocios de Urdangarin por acción -especialmente en algunas comunidades del PP- o por omisión -el PSOE justificó en el respeto a la Corona su timorata actitud- los parlamentarios, aplaudiendo al Rey, se estaban aplaudiendo a sí mismos. De este modo, Urdangarin quedaba como el único malo de la película, chivo expiatorio que libera a los responsables institucionales del manifiesto descontrol en el entorno de la Corona.

Esta reacción de casta del Parlamento alimenta la idea que la ciudadanía tiene de las instituciones como un universo cerrado y alejado del mundo real. Y es un mal augurio para la exigencia de reforzar la confianza en las instituciones. ¿Cuál es el origen de esta desconfianza? Dice Jarton Lanier, estrella a contracorriente del mundo informático, que “si te interesa saber realmente lo que sucede en una sociedad o ideología solo tienes que seguir la ruta del dinero”. El principal factor de descrédito institucional es indudablemente la corrupción. La cuestión es especialmente grave porque estamos muy cerca del momento en que la sociedad claudique. Cada vez más la ciudadanía da por hecho que es inevitable. Y cada vez más se resigna a ver a los dirigentes políticos como un club cerrado, cuyas ruidosas peleas parlamentarias forman parte de la comedia para proteger intereses compartidos inconfesables.

La desidia de los partidos a la hora de afrontar este problema ha sido demasiado grande. La obstinación en seguir presentando a las elecciones a personas imputadas por la Justicia, en utilizar el voto como una forma de blanqueo de responsabilidades judiciales, en mantener situaciones insostenibles pese a la evidencia de los hechos alimenta la idea de que los corruptos tienen una inusual capacidad de chantaje sobre las cúspides.

El ritual que pasa, sin solución de continuidad, del apoyo incondicional al acusado a dejarle completamente solo cuando es un estorbo, confirma la crueldad de la política como complicidad sin amistad. La utilización de la doctrina, probablemente justa, de que la gran mayoría de los políticos son gente honesta, como argumento para no hacer del combate contra la corrupción una prioridad absoluta, debilita la lucha contra esta patología de la democracia. En tan precarias condiciones, asistimos a un salto cualitativo del problema: con el proceso de globalización -históricamente el dinero y el crimen han sido lo primero en globalizarse- la corrupción amenaza con hacerse sistémica. El régimen democrático español no tiene mecanismos de defensa preparados para afrontar a las corporaciones omnipotentes y el crimen organizado. Y si los gobernantes y los partidos no son conscientes del problema solo cabe que la opinión pública apriete.

La crisis ha acelerado la mala imagen de la política. La incapacidad de los gobernantes de asumir el liderazgo para salir de la crisis después de las intervenciones bancarias de otoño de 2008; la sustitución de Gobiernos elegidos democráticamente por Gobiernos de tecnócratas con vínculos con los grandes bancos que causaron el desastre; la imposición de drásticas medidas de austeridad que ponen en cuestión el modelo social, ocultándolas en las campañas electorales y evitando el debate público; el rápido paso de personas con responsabilidades políticas a cargos en empresas y lobbies empresariales, y, al revés, el trasvase de ejecutivos del poder financiero al poder político; y el negocio esplendoroso del tráfico de influencias forman parte de un largo suma y sigue de indicios que restan credibilidad a la política.

Reforzar la confianza en las instituciones es priorizar la lucha contra la corrupción ahora y prevenir el riesgo de que se haga sistémica. Y es dejar de fomentar la indiferencia entre la ciudadanía con el discurso paralizador del miedo y con los comportamientos como casta cerrada. No hay corrupto sin corruptor. Pero si desde arriba la idea que se transmite es que el dinero es el que manda y que la política es impotente, lo único que se consigue es normalizar la corrupción en todos los ámbitos de la sociedad.

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29 diciembre, 2011 a las 7:19 am

Aires de regresión, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

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Rajoy gana tiempo. Conocedor de los designios de quien manda en Europa ha decidido poner la economía en manos de un tecnócrata, anticipándose así a cualquier futura imposición colonial. Como algunos de sus colegas griegos o italianos, Luis de Guindos viene directamente del corazón del sistema financiero que de tanto doparse acaba estallando. Ni más ni menos que Lehman Brothers era su empleador en la época de las subprime. Poner la salida de la crisis en manos de una persona que estuvo en los lugares donde se gestó el desastre, francamente tiene algo de escarnio a la ciudadanía. No dudo de la competencia de Luis de Guindos, pero lo simbólico es muy importante en política. Y la señal de que de la crisis se sale bajo la dirección de un empleado de los que la provocaron dice más que mil palabras. El miedo es el brazo derecho del poder porque alimenta la servidumbre voluntaria. La gente está tan asustada que está dispuesta a tragarlo todo. Pero ¿es posible que en el mercado de trabajo no haya expertos sin lastre dispuestos a aceptar responsabilidades políticas?

El modelo político español es muy presidencialista. Y Mariano Rajoy ha actuado una vez más conforme a esta lógica de nuestro sistema. La forma bicéfala del régimen (la legitimidad aristocrática del jefe del Estado, frente a la legitimidad democrática del presidente del Gobierno) hace que este sea mucho más que un primer ministro fusible. Al dejar al área económica sin vicepresidencia, Rajoy ha querido sobre todo dejar clara la unidad de mando. Tanto el proceso de formación de Gobierno, como el Gobierno formado, emiten un mensaje rotundo: Rajoy quiere controlarlo absolutamente todo. El secretismo con que ha llevado el proceso, falseando por completo el principio que dice que en la sociedad de la información el secreto es imposible, no hay que apuntarlo solo a los placeres del poderoso que disfruta viendo nervioso al personal. Es una señal de que todo está controlado. El propio Gobierno, con apenas un par de excepciones -Gallardón, al que la deuda de Madrid ha domesticado, y José Ignacio Wert-, es literalmente la guardia pretoriana del presidente, con la leal Soraya Sáenz de Santamaría al mando de la tropa. Si Wert no lo remedia, no habrá espacio ni para un susurro de discrepancia en el Consejo de Ministros.

Perfectamente arropado por su gente de confianza, Rajoy es un hombre temible. Ha dejado claro al ruidoso entorno del PP que tendrá que tomar tila, ante un Gobierno soso y previsible como su jefe. Y al mismo tiempo ha dicho al país que aquí el que se mueve no sale en la foto. Un Gobierno de fieles para tiempos difíciles. Dicho de otro modo: Rajoy se lo juega todo a una carta. Conforme a su estilo, los hechos pasan por encima de las palabras: el procedimiento y el Gobierno dicen más que sus ambiguos discursos. Me temo que tendremos que acostumbrarnos a interpretar las intenciones de Rajoy y solo las sabremos de verdad cuando lleguen al Boletín Oficial del Estado. Solo una advertencia fruto de experiencias recientes (la de los socialistas, por ejemplo): cuidado en olvidar la síntesis política, cuidado en pensar que con los hechos basta, porque los hechos, a veces, ahogan las políticas. Para salir de la crisis, tan importante como acertar en las medidas concretas es reconstruir un horizonte.

Un artículo de Arcadi Espada sobre el discurso de investidura me dio la pista: donde Zapatero habitualmente decía ciudadanos, Rajoy dice españoles. La condición de ciudadano es la afirmación de la persona como sujeto político, actor del estado democrático; la condición de español, más allá de sus efectos legales, es, como todo lo que tiene que ver con lo inefable, en este caso la patria, fundamentalmente subjetivo; nadie puede ser obligado a sentirse español. De ciudadano a español me parece que hay una gran y significativa regresión. La sociedad y el sistema político han sido seriamente dañados por la crisis. La cohesión social está en precario, con una fractura entre integrados y marginados que parece irreversible. La política se ha alejado de la ciudadanía y crecen las dudas sobre la capacidad de representación de los partidos. La corrupción es una amenaza que, si no se reacciona, se puede hacer sistémica. Todo ello requiere más que nunca la activación de la ciudadanía. Lo diré al modo de Luc Boltanski: “El momento político por excelencia es el momento en que pasamos del estado de receptores, de espectadores y de observadores al estado de actores”. De momento, con la ayuda del miedo, se nos exige que sigamos como resignados receptores.

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24 diciembre, 2011 a las 7:15 am

Políticas sin futuro, de Josep Ramoneda en El País

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Los primeros nombramientos de Rajoy, en especial el de Jesús Posada como presidente del Congreso, confirman que, por encima de todo, no quiere salidas de tono ni osadías. Oyendo a la gente de bien, de Rajoy se espera que siga la política que inició Zapatero el infausto 10 de mayo de 2010 (y que el PP rechazó en aquel momento) pero que la lleve a las últimas consecuencias; es decir, hasta donde mande la señora Merkel. Y que consiga para España un papel de protagonismo en la escena internacional que con Zapatero se ha perdido por completo. La democracia española ha tenido dos presidentes de consumo interno, Suárez y Zapatero, y dos presidentes de consumo internacional, González y Aznar. Falta saber dónde la historia ubicará a Rajoy. Desde luego, mientras la austeridad alemana sea el dogma incuestionado que aglutina Europa es difícil ser alguien sin plantar cara a la canciller. Y si Sarkozy se ha estrellado en el intento, Rajoy lo más probable es que ni lo pruebe.

El dibujo que se va imponiendo en los medios de comunicación apunta a un 2012 extremadamente duro. En recesión, por lo menos durante los dos primeros trimestres, algunos anticipan un otoño conflictivo si, como es previsible, el paro alcanza incluso cuotas superiores a las actuales y la economía sigue estancada. De ser así, se confirmaría la dificultad que tiene la política para seguir el ritmo de los acontecimientos. Europa sigue pegada a la austeridad y ha convertido en reunión histórica -alguien me decía que es ya la cuarta jornada para la historia de la Unión Europea desde mayo de 2010- la cena en que se decidió imponer la mordaza de una regla de oro constitucional al gasto público de los Estados. Sin embargo, cada día son más las voces que dicen que Europa tiene que buscar impulsos para crecer si no quiere morir de inanidad.

De los furores del converso Zapatero pasamos a la discreta administración de las cosas de Rajoy. En el actual clima de pesimismo, todo el mundo se resigna, pensando que ya vendrán tiempos mejores. Pero tengo la sensación de que estamos perdiendo de vista las profundas transformaciones que el mundo está sufriendo. Encallados en la crisis de la deuda, no nos damos cuenta de lo que se mueve. De que las primaveras árabes han robado a Europa la vitalidad política y están produciendo efectos interesantes en el mundo globalizado, hasta el punto de que los contagios han puesto de los nervios a los autócratas como Putin y los déspotas chinos que parecían ser los grandes beneficiarios de la crisis financiera. Europa, que tradicionalmente era la que removía el mundo, se encuentra que otros le están desbordando en atrevimiento, y que los ciudadanos de países sin tradición democrática ponen en evidencia a líderes autoritarios ante los que los dirigentes europeos se han inclinado mil veces.

No se toma conciencia de que la democracia está en juego en la medida en que la gestión de la crisis ha hecho más evidente que nunca que nuestros gobernantes se mueven entre dos servidumbres: la del dinero y la de sus intereses por la conservación del poder. Y que, como escribe André Glucksmann, “la corrupción mundializada es un peligro mayor que el nuclear”. El empeño en plantear la crisis como una cuestión de expertos bloquea la confianza de los ciudadanos en la política y desdibuja la democracia.

Como tampoco se quiere ver que las relaciones sociales cambian con las innovaciones tecnológicas. La política sigue ajena a la horizontalidad que emana de las redes. Y nadie se preocupa de ver si hay enseñanzas posibles de los modos en que las personas se organizan en sus ámbitos de influencia directa para afrontar las dificultades.

De modo que unos siguen confiando en que los expertos desanuden el conflicto, y otros, como Sarkozy, siguen soñando en la autoridad incontestada que rompa el nudo gordiano con un golpe político maestro. Me temo que ni una ni otra opción llevan a ninguna parte en los tiempos que corren. Falta lo contrario de lo que se vislumbraba: osadía para volver a poner la política democrática en primer plano. Gente capaz de ir algo más allá del análisis. De hacer una síntesis integradora. Análisis quiere decir también disgregación. Y eso probablemente exige una revisión profunda de los instrumentos, empezando por los propios partidos. Los socialistas que están de congresos, con la ventaja de morar en la oposición y con la necesidad de refundarse, podrían ser pioneros. Sin embargo, no emiten ningún signo que permita confiar en que se den cambios de calado.

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15 diciembre, 2011 a las 7:18 am

Un protectorado alemán, de Josep Ramoneda en el Domingo de El País

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El teatro político europeo nos ofrece un espectáculo cada vez más desesperante. Angela Merkel y Nicolas Sarkozy se han convertido en los característicos de los telediarios. Una pareja que se considera depositaria de la última palabra en todo, en la que él propone, ella dispone y, sobre todo, echa agua al vino en los momentos de mayor expectación. El que dispone de la última palabra, se dice, es el que tiene la soberanía. Pero entregar la última palabra a un Gobierno -en este caso, el alemán- no es transferir la soberanía a una instancia democrática superior, es volver al pasado, es aceptar la cultura de protectorado propia de la época del colonialismo. Los Estados del euro como entes autónomos sometidos al protectorado alemán.

El excanciller Helmut Schmidt ha puesto los puntos sobre las íes a la canciller Merkel. Le ha recordado que Europa fue creada para “amarrar la contención de una Alemania temida” y que hoy todavía Alemania está más en deuda -moral y simbólica- con Europa que Europa con ella. Schmidt forma parte de una generación que creyó en la grandeza del proyecto europeo porque sabía de dónde veníamos. Y era consciente de que la fuerza de Europa estaba en que sus cimientos se anclaban en un tabú: el de la guerra civil entre europeos. Nunca jamás. Esta generación, y la que le sucedió, sin embargo, portadoras de un europeísmo en que el interés común prevalecía sobre el interés particular de los Estados, cometieron un error: tardaron demasiado en incorporar la ciudadanía al proyecto europeo. Abusaron del despotismo ilustrado a la hora de construir y dotar de contenido a un edificio cuyas estructuras requerían enormes precauciones para que no se desplomara. Y cuando se dio entrada a la ciudadanía, especialmente con los referendos de la Constitución europea, el edificio se vino abajo. Ahora la reconstrucción está en manos de líderes sin atributos precisos que predican el pragmatismo pero que practican la impotencia del que navega a día, solo intentando flotar, sin ninguna ruta definida que pueda ser reconocida por la ciudadanía. Y hemos pasado de la cultura de transferencias de soberanía a un espacio común a la cultura de protectorado, en la que Angela Merkel se permite señalar culpables, sermonear al personal e imponerles el camino a seguir, sin que nadie la haya elegido para ello.

Desde el primer momento de la construcción de la Unión Europea se sabía que su éxito dependería de los cambios en la lógica de la soberanía. Si se hablaba entonces de la Europa de las patrias es porque se sabía que tarde o temprano las patrias tendrían que renunciar a favor de Europa. Los europeos nos hemos ido acostumbrando a las transferencias de soberanía. Y todos sabemos que muchas normas que regulan nuestra vida emanan de Bruselas y no de nuestros Parlamentos. Todos sabemos también que la cuestión de la soberanía es la cuestión del poder, y que, por tanto, es función de las relaciones de fuerzas. Y que Alemania es hoy la más fuerte en Europa, por una suma de poder económico y capacidad de intimidación. Pero la novedad de esta crisis es que está zampándose a las instituciones europeas en beneficio de determinados poderes nacionales, Alemania, con Francia en posición subalterna. Y lo que es contradictorio con los fundamentos democráticos de la UE es que cuando se piden mayores renuncias a las soberanías nacionales no es para transferir poder a unas instituciones europeas supranacionales, validadas por los ciudadanos, sino al desigual tándem franco-alemán, en el que Sarkozy ha aceptado ya la supremacía de su colega Merkel. Europa como protectorado alemán, exactamente lo contrario de aquello por lo que Europa fue inventada.

No, así no se construye una Europa políticamente fuerte, capaz de poner límites al poder financiero y de regular el descontrol de los mercados. Así se ha entrado en una etapa de estancamiento en la que los intereses particulares de Alemania han condenado a los demás países a aceptar unas políticas de austeridad que bloquean cualquier posibilidad de crecimiento y, por tanto, de recuperación. Y cada vez son más los que se preguntan por qué seguir por un camino que se ha impuesto como obligatorio que a corto plazo favorece a Alemania, cuyas empresas se financian mucho más barato que las demás, pero a medio plazo, si las economías europeas se colapsan, se colapsan todos. El problema de Europa es una economía estancada por la falta de crédito y la desconfianza existente entre los bancos para prestarse entre sí. ¿No sería hora de que los demás Estados hicieran frente a Alemania para que el dinero público repare la falta de inversión?

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11 diciembre, 2011 a las 7:18 am

En defensa propia, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

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Desde la misma noche electoral empezó la presión sobre los rituales del poder. Si la ley impide acortar los plazos del cambio de Gobierno, que Mariano Rajoy empiece a emitir señales que den confianza, a los mercados, por supuesto. Es decir, la escena del poder sigue cambiando su enfoque: ya no se orienta a la sala de estar de las casas donde se acumulan los ciudadanos ante la tele, sino al teatro virtual de los mercados.

Pero Mariano Rajoy tiene su carácter. Y sigue a su ritmo. Un encuentro con Zapatero ha sido la máxima concesión. Conforme a su estilo, sabe que no habrá milagros. ¿Por qué precipitarse? Los tiempos de la política son muy delicados. Es importante que los marque la política, no que se los marquen desde fuera. Al fin y al cabo, tenemos que seguir creyendo que el papel de la política es promover los intereses de la ciudadanía y no adaptar a esta a los intereses de unos pocos. Por eso votamos; de lo contrario, dejaríamos vía libre a los mercados, que es el modo de gobernanza que nos amenaza si los políticos no plantan cara. A veces parece como si no se acordaran de que tienen un arma bastante efectiva que se llama Boletín Oficial del Estado.

Artur Mas decidió atender a las prisas del ambiente. Salió raudo a anunciar un nuevo paquete de medidas de austeridad y rigor. Artur Mas tiene un consejero de Economía, Andreu Mas Collell, hipersensible a las señales de los mercados. Artur Mas ha interpretado su victoria electoral como un aval de la ciudadanía a su política de recortes. Y ha obrado en consecuencia. Con su rápida actuación, allana el camino a Rajoy, que sabe que no estará solo en la política de ajuste radical, pero al mismo tiempo explica a Europa que Cataluña sí cumple. Y a su vez hace saber a los ciudadanos catalanes que estos sacrificios son necesarios porque no hay pacto fiscal, por lo injusta que es la situación de Cataluña en España.

Muchos mensajes de una sola tacada. Por un lado brinda apoyo al PP en la política anticrisis, por otro contribuye a destapar el programa oculto de Rajoy, que juró contra el copago, y sus correligionarios lo apoyan en Cataluña. Y al mismo tiempo levanta su bandera de supervivencia: el pacto fiscal. Todo el mundo sabe que es imposible con una mayoría absoluta del PP. Pero que será necesario ondear como reivindicación a lo largo de la legislatura si las cosas empeoran.

La alianza CiU-PP parece más sólida que nunca, pero tarde o temprano el choque por el pacto fiscal será inevitable. Y a CiU le queda siempre una carta: las elecciones autonómicas anticipadas para hacerse con la mayoría absoluta.

En la coyuntura actual, las derrotas son claras, las victorias son más confusas. El descalabro del PSOE no admite matices, perder cuatro millones y medio significa que se ha hecho muy mal. Solo desde esta fase destructiva en que los partidos se convierten en estúpidos orgánicos colectivos se puede ir insistiendo en que las medidas contra la crisis son la única causa de su fracaso. El PSOE en este momento no tiene ni organización, ni proyecto, ni ideología.

Mariano Rajoy tiene el mérito de haber mantenido unido el vasto mundo de la derecha, a pesar de todas las conspiraciones que se desataron contra él y que no tardarán en reaparecer, porque hay gente que tiene el gen conspirativo puesto. Pero tiene mayoría absoluta con menos votos que los que el PSOE tuvo hace tres años. La legitimidad que le da una amplia mayoría política no le garantiza el apoyo de la mayoría social si las cosas se siguen torciendo.

La mejor noticia que ha venido después de las elecciones es que Alemania también empieza a sufrir los acosos especulativos. Es el primer rasguño a la omnipotencia de Merkel. En estos tiempos postsoberanos, querer dominar la interrelación política en Europa es de alto riesgo porque divide en vez de sumar. Y sería bueno que Merkel lo aprendiera.

El gran problema de elevar la verdad de los mercados a verdad social absoluta es que coloca a los actores económicos fuera de todo control político, es decir, deja a la ciudadanía indefensa. Y evitar este descontrol debería ser la prioridad de todos los políticos, en defensa propia. Salvo que acepten ya, resignadamente, que es la economía la que establece la normatividad social y que ellos solo tienen un papel subsidiario: el de chivo expiatorio. Porque si algo tiene claro el dinero es que la culpa será siempre de los políticos.

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27 noviembre, 2011 a las 7:19 am

El peligro valenciano, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

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El PSC ha perdido un año de la manera más miserable. Ha vivido un tiempo decisivo, que debía servir para sentar las bases de su reconstrucción, en situación de provisionalidad absoluta. Resultado: ha regalado espacio al Partido Popular y ha sido incapaz de capitalizar el desgaste y los errores del Gobierno de CiU. Todos ganan, el PSC pierde más de un tercio de sus votos.

Con un primer secretario, José Montilla, en situación de interino desde la noche de las elecciones autonómicas, el PSC ha desaparecido de una escena política monopolizada por CiU y por el PP. El recurso a Carme Chacón, cada vez más ajena a los códigos de la política catalana, acompañada de un elenco de veteranos del aparato del partido, ha confirmado la sensación de que era directamente el PSOE y no el PSC el que se presentaba a las elecciones, agravando la crisis de identidad del socialismo catalán.

Con este espectacular retroceso, el PSC ya no puede perder más tiempo. Los dirigentes socialistas ya ni siquiera tienen la coartada de haber llegado primeros en Cataluña, pero es probable que intenten escudarse en la derechización general del país para hacer una infantil apelación a la resistencia en espera de tiempos mejores. Lo cierto es que desde que Maragall se fue, el partido ha vivido sin un liderazgo social en el que trascienda la marca y ha perdido sus referentes. El PSC ya no sabe dónde está. Con lo cual o va a un congreso abierto y realmente renovador o corre riesgo de entrar en un proceso de valencianización, es decir, de pérdida de protagonismo creciente por el empeño de unos pocos de controlar el partido, aunque sea el precio de arruinarlo. El PSC debe resituarse en el mapa político, asumir para siempre que su prioridad es gobernar Cataluña y no España, y volver a empezar. Necesita un verdadero congreso de refundación: de ideas, de personas, de estrategias. Todo lo que sean apaños no hará más que prolongar la decadencia.

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21 noviembre, 2011 a las 7:18 am

La victoria del PP ya está amortizada, de Josep Ramoneda en El País

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Tantas reverencias a los mercados y estos, tozudos ellos, no hacen sino amargar la fiesta a los políticos, vengan de donde vengan. Uno de los tópicos de la campaña del PP, que venía arrastrándose ya desde media legislatura, es que el simple cambio de Gobierno tendría un efecto balsámico para la deuda española porque con la llegada de la derecha volvería la confianza. Puesto que lo característico de la campaña de Rajoy han sido las ambigüedades, las pocas ideas concretas que ha soltado adquieren gran relevancia. Y ciertamente alguna gente ha comprado la idea de que cambiar de Gobierno podía servir para reanimar, aunque solo fuera psicológicamente, al enfermo. Los mercados se han encargado de desvanecer rápidamente esta ilusión.

Por si había alguna duda, las encuestas del pasado fin de semana han dejado claro que el PP gobernará España la próxima legislatura. El PP simbólicamente ya ha llegado, el Gobierno de Zapatero está completamente eclipsado, y los mercados siguen castigando sin contemplaciones a la economía española. No, el cambio de Gobierno por sí solo no garantiza nada. Y los silencios de Rajoy empiezan a pasarle factura. ¿Cómo los mercados pueden apostar su dinero a favor de un Gobierno que no se sabe qué va a hacer?

La crisis no perdona, los Gobiernos van cayendo en Europa. En Grecia y en Italia han caído de mala manera. Papandreu tuvo la osadía de querer consultar a la ciudadanía y el directorio europeo y los mercados le mandaron inmediatamente a la calle. Se ha instalado la idea de que ante la crisis los ciudadanos han de obedecer y callar. Berlusconi era ya solo un patético bufón, pero no han sido los ciudadanos sino, otra vez, el directorio europeo y los mercados los que le han echado. En su lugar, el reino de los tecnócratas.

El discurso ideológico dominante dice que la crisis es solo económica y que se requieren soluciones técnicas. Por eso hay que poner a los que saben. Es la gran fantasmada. ¿Qué hicieron los que saben para evitar los estropicios que llevaron a la crisis? ¿Dónde estaban cuando se impuso el principio de que todo era posible y se arrasó la economía europea? No, la crisis no es solo económica, es también política. Durante muchos años se ha practicado el descrédito sistemático de la política. Y, sin embargo, solo la política puede recomponer los equilibrios rotos que se han llevado por delante a mucha gente y que ahora amenazan con arrastrar a Europa y a la democracia.

En España, hemos tenido la suerte de que el cambio de Gobierno lo votarán los ciudadanos. ¿Será el próximo Gobierno el último antes de llegar a la solución tecnocrática? Como revelan todas las encuestas la gente está deprimida, pesimista y asustada. No es el mejor estado de ánimo para hacer sentir su voz ante los gobernantes. Con este espíritu más bien hay tendencia a aceptar lo que impongan los mercados y el directorio europeo sin rechistar. Es decir, a dar por hecho que nuestros Gobiernos pintan poco. Ante la magnitud de los problemas que se acumulan, la sensación de que Europa sigue obsesionada en unas políticas cuyos efectos positivos no se ven por ninguna parte, la sospecha de que todo está orientado a un solo objetivo que es salvar a los bancos alemanes y franceses (una estrategia ciega, porque cuando se haya destruido el resto de Europa también se hundirán ellos) hacen que la llamada fiesta de la democracia, el día electoral, se presente más bien con música de funeral.

En este clima, en las últimas horas ha cundido la idea de un virtual Gobierno de concentración nacional. Otro disparo al corazón de la política. Llegar a las soluciones de última instancia siempre es de alto riesgo. El Gobierno de concentración es un remedo del gobierno de tecnócratas. Es una manera de decir que los problemas tienen una única solución, que cualquiera que gobernara debería aplicar la misma receta, que la receta será dura y que hay que aunar fuerzas para hacerla tragar a los ciudadanos. ¿Y cuando fracase el Gobierno de concentración, qué? No, el que gane que asuma sus responsabilidades y gobierne. Rajoy ya no puede vivir más de “estar por ahí”. Por el hecho de estar, los mercados ya han avisado, no resolverá nada. Y el que esté en la oposición que trabaje para reconstruirse como alternativa y para mantener viva la deliberación democrática. Hay que evitar a toda costa que la crisis se lleve la democracia por delante.

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17 noviembre, 2011 a las 7:18 am

Mirar a los ojos, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

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En los anuncios de campaña de Josep Antoni Duran Lleida y de Carme Chacón hay una coincidencia inquietante: ninguno de los dos mira a la cámara, ninguno de los dos mira a los ojos. Él tiene la mirada hacia arriba, apuntando a un futuro impreciso. Ella está como concentrada, con la mirada baja. Él parece buscar en las nubes la brumosa propuesta del pacto fiscal, ella meditar sobre un país empantanado. En cualquier caso, ambos parecen huir de los ojos de los ciudadanos. ¿Miedo? ¿Inseguridad? ¿Pudor? Uno diría que a la hora de desgranar sus promesas, muchas de ellas hechas con materiales ideológicos de derribo, prefieren que no se les pille la mirada, quizás se notaría demasiado que no pueden garantizar su cumplimiento. Estas son unas elecciones en las que no se escucha a los candidatos, porque la gente da por supuesto que el trecho entre lo dicho y lo hecho será enorme. Y sobre todo porque la gente está convencida de que no deciden los Gobiernos y de que, si alguien tuviera la osadía de decidir su destino, sería parecido al de Yorgos Papandreu.

Por eso son de agradecer los intentos de decir cosas de los candidatos minoritarios Joan Coscubiela y Alfred Bosch. Aunque en el contexto, también sus palabras están condenadas a quedar a beneficio de inventario. El escepticismo es una buena protección frente a la frustración. Pero estas elecciones son las del escepticismo gris, es decir, las del que no espera nada, del que da la frustración por garantizada.

En una campaña tan plana, solo son noticia las salidas de tono. Dice Duran Lleida que es una anomalía que el PSC gane siempre las elecciones al Parlamento español en Cataluña y que las tendría que ganar CiU, que por algo es el partido hegemónico. Por supuesto, es lógico y natural que Duran aspire a ganar las elecciones y a que los suyos las ganen todas. Hasta aquí nada que objetar. Pero es sospechoso que considere anómala una situación que se ha dado sistemáticamente durante 30 años. ¿Tanto tiempo y todavía Duran no sabe por qué ocurre esto? Es bastante sencillo. Basta tener en cuenta qué es lo que se elige en estas votaciones. Se eligen los diputados del Parlamento español, por tanto, la mayoría que gobernará España. Y solo se dispone de dos opciones reales de gobierno: PP o PSOE. Se da el caso de que en Cataluña hay una mayoría de ciudadanos que prefieren que gobierne el PSOE. Y por eso hay votantes de CiU y de otros partidos que cuando se trata de escoger entre el PP y PSOE optan por el PSC, que es la vía directa para impedir que gobierne el PP. No parece muy anómalo. Lo que si sería bastante anómalo es que, en esta ocasión, con CiU todavía con el viento favor de sus recientes victorias, a pesar de los recortes, no atrape a un PSC en plena crisis de identidad. Y si CiU no gana, cosa que aún está por ver, Duran tendrá la responsabilidad de una campaña que habrá sido una buena oportunidad perdida.

La desesperación hace cometer disparates. La templada candidata Chacón se ha visto desbordada por el juego al límite del aparato de su partida. El vídeo sobre los recortes de sanidad en que aparece un hombre que muere desatendido no es solo un error. Es un síntoma de que hay gente que cree que todo está permitido. La salud tiene que ver con la vida y la muerte. Y las cosas de la muerte son muy delicadas, porque llevan incorporadas una carga muy grande de misterio, de miedo y de angustia. Se puede y se debe criticar una política de recortes mal enfocada y denunciar las consecuencias negativas que pueda tener para la salud, pero especular con el dolor y la muerte es cultura política basura, al modo de los shows del berlusconismo. Una familia tiene todo el derecho a presentar una querella si siente que ha sido irregularmente tratada. Un partido no puede buscar dividendos en el morbo del sufrimiento ajeno. Es un anuncio completamente errado. No favorece en nada la imagen del que la emite, que queda como un carroñero. Y al mismo tiempo produce el efecto contrario al deseado. Esta dramatización de la situación ahonda en la tristeza, el desconcierto y el miedo, que es el estado de ánimo que predomina si se leen las entrañas de las encuestas de opinión. Desde luego, algunos hacen bien en no mirar a los ojos.

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16 noviembre, 2011 a las 7:17 am

¿Por qué da miedo la derecha?, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

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Dicen los periódicos que Mariano Rajoy está contento por haber evitado dar miedo en el cara a cara. ¿Por qué el PP piensa que puede asustar a la gente? ¿Por qué el PSOE sigue convencido de que sólo el miedo al PP puede despertar a sus aletargados votantes?

El empeño permanente de Rajoy en eludir los temas críticos, en refugiarse en los lugares comunes, en no precisar nunca cómo alcanzará el ciclo mágico que nos promete, levanta la sospecha de que sus recetas, de ser conocidas, provocarían división y rechazo, es decir, le perjudicarían electoralmente. A falta de compromisos del presidente, hay que atenernos a las señales que llegan de los lugares donde manda el PP. Para citar los dos ejemplos más notorios, ahí tenemos a la recién llegada Cospedal, convertida en campeona de los recortes de trazo grueso, que además tuvo a bien advertir de que lo suyo era un anuncio de lo que vendría después de las generales. Y tenemos a Esperanza Aguirre, eterno adalid de las privatizaciones, colocando la sanidad y la educación pública madrileña en la temible vía de las dos velocidades, es decir, de la fractura social.

La cara de ángel que se le ha puesto a Rajoy en esta legislatura contrasta con la agresividad que utilizó en la legislatura anterior, respondiendo siempre a las instrucciones de quienes le exigían que hiciera redoblar los tambores de guerra, contra el juicio del 11-M, contra la tregua de ETA, contra el Estatuto de Cataluña, y contra la ampliación de los derechos individuales promovida por Zapatero ante la airada indignación de la jerarquía eclesiástica. Tanto ruido acabó en fracaso. El presidente del PP llegó a la conclusión de que había sido el miedo generado el que le había hecho perder las elecciones. Y se produjo la metamorfosis. Rajoy, por lo menos, ha demostrado tener la lucidez y la distancia que no tienen la mayoría de los suyos, que siguen sin entender por qué dan miedo. Los próximos a Mariano Rajoy sustentan que su imagen real es la de hombre tranquilo y que las formas duras de la anterior legislatura eran demasiado impostadas. Si entonces cedió a las presiones de su entorno, ¿qué nos garantiza que no lo volverá a hacer después y especialmente si tiene mayoría absoluta?

Es obvio que la fuerza de la derecha española está en que ha conseguido mantenerse unida en torno a un solo partido. Bajo el manto del Partido Popular hay de todo: extrema derecha, mentalidad tea party, conservadores, fundamentalistas católicos, liberales de todas las hechuras. La proximidad del poder es un potente imán cohesionador, y las almas más doctrinarias son capaces de aguardar con cierta paciencia hasta que se alcance la meta. La jerarquía eclesiástica, por ejemplo, cuya área de influencia puede alcanzar probablemente de tres a cuatro millones de los votantes del PP, ha optado por un bajo perfil durante la campaña para que Rajoy alcance los objetivos. Pero serán los primeros en reclamar el botín cuando Rajoy se siente en la peana. Y la ley del aborto y la de los matrimonios homosexuales son las piezas más codiciadas. Junto a ello está el entorno mediático que nunca ha dejado de exigir a Mariano Rajoy que practique la cultura de bronca y de cruzada ideológica, que buscará la restauración centralista del Estado de las autonomías, entorpecerá el proceso vasco y dará batalla en el terreno de la moral y las costumbres. En fin, buena parte del mundo financiero y empresarial da por supuesto que ahora llegan los suyos. Aunque también es cierto que es difícil encontrar un Gobierno más condescendiente con banqueros y empresarios que el de Zapatero.

El miedo tiene raíces en el pasado porque la derecha tiene un historial muy bestia en este país. Pero fantasmas del pasado aparte, ¿hay motivos para temer a Rajoy? Puede temerle quien esté contra la austeridad como horizonte ideológico absoluto; quien esté contra las privatizaciones a mansalva; quien esté contra la debilitación del sector público y la consagración de los privilegios de los que más tienen; quien esté contra la regresión ideológica y la pérdida de los derechos civiles adquiridos; quien esté contra la regresión autonómica; quien esté contra las políticas de xenofobia y de exclusión de minorías y, siguiendo a Javier Pradera, quien crea que la razón crítica y el pluralismo están por delante del sentido común y de lo que Dios manda. Lo que no quiere decir que un Gobierno socialista sea garantía de lo contrario. Hoy manda quien manda.

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Introducido por Reggio

13 noviembre, 2011 a las 7:20 am

Misión imposible, de Josep Ramoneda en El País

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Los comportamientos electorales de la ciudadanía son mucho más conservadores de lo que parecen. La primera razón del voto de la mayoría de los ciudadanos es la adscripción ideológica en el eje derecha e izquierda (con los matices que introduce la variante patriótica en las naciones periféricas), que, por lo general, equivale a votar siempre lo mismo. Por eso es difícil, y a veces necesita de un aparcamiento previo en la abstención, el trasvase de un partido a otro. A menudo la decisión de quedarse en casa por parte de unos votantes desencantados es la que desaloja a los gobernantes del poder. Hay, sin embargo, un grupo minoritario de electrones libres, acostumbrado a viajar de un lado a otro del espectro político, que es el que al final decide las elecciones.

Todo el mundo sabe que el PSOE lo tiene extremadamente difícil. Carga con el castigo que todo partido gobernante sufre por la crisis, carga con la desconcertante gestión que hizo de ella un presidente que nunca tuvo una política económica propia y carga con el malestar de una ciudadanía que solo ve cómo la situación social empeora, sin ninguna señal esperanzadora en el horizonte. Pero lo que convierte la remontada en misión imposible, es la dificultad de diferenciarse del PP en los dos temas principales de estas elecciones: la crisis y el futuro del Estado de las autonomías.

Es cierto que el PP y el PSOE no son lo mismo. Es cierto que el PSOE ha hecho una reforma profunda de los derechos de las personas, que ha ampliado enormemente las opciones en materia de moral y costumbres, y que en cambio sobre el Partido Popular pesa un discurso regresivo aupado por una jerarquía eclesiástica profundamente reaccionaria y por unos pseudo liberales con cultura de Tea Party. Es cierto que el PP representa intereses corporativos mucho más cerrados que el PSOE y que sus vínculos con el capital son, para decirlo así, mucho más orgánicos.

Pero si bajamos a las opciones concretas en política económica, Zapatero ha alineado al PSOE con la ortodoxia alemana, y por mucho que se esforzara Rubalcaba no podría salirse de este guion, por lo menos hasta que fracase definitivamente y nos impongan un giro. No hay margen porque no hay una alternativa europea consolidada que se reconozca en un proyecto verdaderamente reformista, es decir, que, en palabras de Flores d’Arcais, “transforme las relaciones de poder y de riqueza”. Y esto no puede hacerlo un partido solo, ni que quisiera. Con lo cual da la impresión de que en política económica la diferencia estará en que el PP desplegará la doctrina de la austeridad con entusiasmo y con el aplauso del capital, para el que ya ha anunciado atenciones especiales, mientras que Rubalcaba lo hará con pocas ganas y quizás un algo de mala conciencia, intentado maquillarlas como pueda con señales sociales. No hay más margen con las relaciones de fuerza actuales.

Después de las elecciones, el PP anunciará la quiebra económica del Estado de las autonomías y buscará su reforma. En un contexto complicado porque el fin de la violencia en el País Vasco abre allí una nueva dimensión. El exabrupto de Peces-Barba que tanto ruido ha levantado tiene el valor sintomático de confirmar que el pacto constitucional realmente está agotado. Si uno de los hacedores de aquel consenso reacciona así es que algo falla. Es cierto que la respuesta de los medios políticos y periodísticos catalanes da alas a los que creen que Cataluña siempre juega de farol, porque en su mayoría han preferido hacerse los ofendidos que expresar su satisfacción y decir que si entonces España se equivocó quedándose con Cataluña estamos perfectamente dispuestos a resolver este error ahora con un divorcio pactado. Pero la crisis del consenso constitucional tendrá que afrontarse en la próxima legislatura. Y no bastará la coartada económica para legitimar la regresión. Después de que Zapatero enterrara la España plural, el margen que separa al PP y al PSOE es limitado. Los socialistas no han resuelto siquiera su ecuación federal. Y las palabras de Peces-Barba confirman que la visión de Cataluña como nación sometida no les es ajena.

¿Hay un giro a la derecha? Que España era un país de izquierdas siempre me ha parecido un mito. Pero ni una victoria del PP aquí, ni una victoria de la izquierda en Francia o Italia me parecerían significativas de cambios de signo ideológico. El voto lo determina la crisis. La hegemonía conservadora en el primer mundo es un hecho desde hace más de 20 años, gobierne quien gobierne en cada país.

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Introducido por Reggio

3 noviembre, 2011 a las 7:19 am

Política o caos, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

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En los últimos días de la pasada semana compitieron en las portadas de los medios tres noticias mayúsculas. El fin de las actividades violentas de ETA, la muerte de Gadafi y las nuevas medidas europeas contra la crisis financiera. Los medios las trataron por el orden en que yo las he citado. Y sin embargo, los acuerdos que cierren los líderes europeos estos días tendrán más consecuencias en nuestras vidas cotidianas que las dos anteriores. Que los bancos tengan que recapitalizarse más, que el dinero privado cargue con una parte de la quita de la deuda griega y que se tomen medidas específicas para proteger a Italia y España no son temas menores. Las dos primeras noticias eran concretas y marcaban hitos históricos desde un punto de vista simbólico, aunque el fin de ETA y del régimen libio ya se dieran por descontados: ETA no volverá a matar; Gadafi ha muerto. La tercera se movía en el terreno de las imprecisiones, los rumores y la falta de concreción. Algo, por otra parte, proverbial cuando se trata de Europa. Siendo esto cierto, creo que el interés mayor de las dos primeras noticias está en que conciernen a la muerte y a la barbarie, con lo cual interpelan directamente a la conciencia moral de los ciudadanos.

Si la moral tiene que ver con los criterios de las personas a la hora de tomar decisiones, la crisis fue posible porque muchas personas tomaron decisiones que beneficiaban a unos pocos y perjudicaban a una gran mayoría, con plena conciencia de ello. Se negaron a tomar en serio las consideraciones que les advertían del desastre venidero. Y los más avispados completaron beneficios vendiendo en vigilias del estallido. Pero se ha impuesto una lectura economicista de la crisis, que no reconoce errores personales y que parte del interesado e infamante principio de que todos vivimos por encima de nuestras posibilidades. Culpar a todos para que nadie sea responsable.

El economicismo ha hecho estragos en la configuración del horizonte ideológico contemporáneo. Tanto criticar el principio de determinación económica en última instancia que divulgó el marxismo y ahora resulta que vivimos rodeados de un discurso que nos presenta la crisis como algo inexorable -una astucia de la razón, dirían los más cínicos- y se pretende que su salida responda solo a criterios presuntamente técnicos, no políticos. Como si ya hubiésemos alcanzado la fase final de la historia, en la que, según Marx, la política dejaría paso a la administración de las cosas.

En su libro La torre de la arrogancia, Xose Carlos Arias y Antón Costas dicen que del ciclo de hegemonía conservadora que se inicia en la década de 1980 y que culmina con la crisis hay que olvidar para siempre dos principios: el de la plena racionalidad de los mercados y el de la perversión intrínseca de la política. Hay que olvidarlos porque son falsos.

La presunta racionalidad de los mercados es una fuente de error y de ignorancia porque olvida la complejidad de la economía humana del deseo y deja de lado los componentes culturales y morales, que también existen. Por eso es nihilista esta crisis. Hay un doble error en esta idea: creer que los actores económicos se comportan racionalmente y creer que lo racional es optimizar el máximo interés en beneficio estrictamente propio. Visitando, en Londres, una exposición sobre La muerte del posmodernismo, me costaba creer que no nos hubiéramos dado cuenta antes de que estábamos envueltos por una cultura de la burbuja, de la apariencia, de la ornamentación, de utopía de fin de la historia, que es perfectamente coherente con la letal ligereza del economicismo reinante.

El desprestigio sistemático de la política ha sido el complemento ideológico para el saqueo de la sociedad que, ahora sí, pagamos todos. A esta cultura pertenece la grotesca figura de los gestores independientes, como si depender del poder político fuera un estigma y depender del dinero fuera un mérito. De la política a la tecnocracia nos hemos metido en un gran lodazal en el que los límites entre poder político y dinero cada vez son menos claros. Hay que defender la política para sostener la democracia, porque cuando los políticos reportan a los mercados y no a los ciudadanos, algo falla. Por eso lo que se decida en Bruselas es de capital importancia. Por el impacto de las medidas que se tomen sobre nuestro día a día, pero también porque es una oportunidad para que la política empiece a recuperar el mando. Política democrática o caos, esta es la disyuntiva.

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Introducido por Reggio

25 octubre, 2011 a las 7:17 am

La última herencia del franquismo, de Josep Ramoneda en El País

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ETA anuncia el cese definitivo de su actividad armada. ETA no anuncia su disolución y deja una frase inquietante: la apelación al diálogo para “la superación de la confrontación armada”. ETA no tiene una sola palabra para las víctimas. ETA dedica varios párrafos a una miserable autojustificación. Con este texto es legítimo decir, con todas las cautelas del caso, que ETA ha puesto a fin a 43 años de terrorismo. Es un acontecimiento: una de las noticias más esperadas de la democracia española, que abre un nuevo tiempo en el País Vasco. La disolución definitiva de la organización queda probablemente para más adelante, quizás para las vigilias de las próximas elecciones vascas. Al leer el comunicado me ha acordado de unas palabras de Jorge Semprún: “ETA es una de las últimas herencias que nos quedan del franquismo”.

Nacida en la dictadura, ETA nunca fue capaz de entender que habíamos entrado en democracia. Y así se labró un gran entuerto de la transición, que condicionó y lastró la lucha contra el terrorismo. Aunque discrepáramos de sus métodos, nos habíamos creído que ETA luchaba por la democracia. No era cierto. Los partidos políticos que venían de la resistencia, buena parte de la opinión pública, e incluso gente de UCD, pensó, porque era de pura lógica democrática, que muerto Franco, liquidado el franquismo, ETA lo dejaría. Resultó no ser así, porque la democracia no era el objetivo de ETA. Se empezó a comprender cuando ETApm abandono las armas y el resto de la organización no siguió. Pero se tardó demasiado en disipar aquel malentendido, aquella creencia equivocada. Quizás este retraso fue decisivo para que la historia del terrorismo haya durado tanto tiempo.

ETA llevaba ya tiempo fuera del mundo. El terrorismo europeo tanto el de extrema izquierda como el identitario y el de extrema derecha han ido desapareciendo. ETA era, desde hace tiempo, una antigualla en un mundo muy sensibilizado por la lucha contra el terrorismo internacional. ETA había entrado en un callejón sin salida, la presión policial garantizaba que cualquier activista acababa en la cárcel. Hubo un tiempo que caían después de los atentados, en los últimos años les detenían incluso antes de cometerlos.

Cada vez era más evidente que ETA era un lastre incluso para los suyos. La sociedad le aisló. El acorralamiento policial la asfixió. El contexto internacional le dejó sin escapatoria. Ya solo falta el último episodio, la disolución. Ya podemos decir que la transición en el País Vasco ha terminado, se abren las puertas a la normalidad democrática que la anomalía terrorista había hecho imposible.

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Introducido por Reggio

21 octubre, 2011 a las 7:20 am