El periodismo se ocupa de momentos concretos, de lo que ocurre en un cierto lugar, es un imprescindible borrador de la historia, relata lo que observa y tiene que estar en condiciones de cambiar de punto de vista cuando la realidad así lo exige. Entiendo que un periodista ha de estar abierto a todos los puntos de vista, lo que no significa ser indiferente a todas las actitudes. La propaganda es mala, incluso para quien pretende beneficiarse de ella. La realidad acaba sabiéndose aunque transcurran siglos. Hay cosas que no se escriben, dijo Napoleón al saber la capitulación de Bailén. No se escribió, pero se supo al instante.
Va a empezar un año en el que las incertidumbres son múltiples. Después de lo que ha ocurrido en el 2011, ya no creo más en el periodismo de predicciones. Hace un año nadie se habría atrevido a insinuar que en los próximos meses habrían caído tres dictadores de tomo y lomo en el norte de África. Varios ministros franceses todavía pasaron las vacaciones de estas fechas en Túnez y Egipto, invitados, por supuesto, por los dictadores.
Las primaveras árabes han dado prisa a los gobiernos autárquicos y dictatoriales de la zona para reformar constituciones o abrir tímidamente sus rígidos sistemas de gobierno. Fueron malos tiempos para las dictaduras de todo pelaje.
Nadie habría previsto que en las gélidas calles de Moscú, con la nieve cubriendo las aceras y tejados, decenas de miles se manifestarían para pedir la repetición de las elecciones y la retirada de Vladímir Putin, que supuestamente organizó un pucherazo en las urnas. Lo que ocurre en Rusia, ya lo dijo Churchill, “es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”. Lo cierto es que desde las guerras napoleónicas, Rusia ha condicionado la política internacional.
Empezábamos el año con la seguridad de que el euro y la Unión Europea eran cartas tan sólidas como el crecimiento de los indios o los chinos. Que nadie haga predicciones, ni siquiera el flamante equipo de Mariano Rajoy, que vive las mejores horas de un gobierno, que son las previas a las primeras decisiones. Los socialistas temían la derrota, pero no por una goleada tan estrepitosa.
Tampoco estaba previsto que el rey Juan Carlos acabaría el año con un discurso pidiendo que la justicia actúe sin discriminaciones, refiriéndose a su yerno Urdangarin, que supuestamente ha cometido delitos de mayor cuantía. No es imprescindible hacer predicciones cuando se analizan los hechos ocurridos este año. Mitterrand dijo que la caída del muro de Berlín no la vería él ni la siguiente generación. Cayó al día siguiente.
Es aconsejable la cautela, porque la velocidad del cambio es de tal envergadura que sabemos que vamos muy deprisa pero desconocemos hacia qué puerto nos dirigimos. En tiempos de crisis ocurre también lo inevitable.
