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Metafísica política para el 2012, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (31-12-2012)

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El ojo del tigre

En el momento de cruzar la sutil línea roja que hace de imaginaria frontera para separar el hoy del mañana, solemos pensar que iniciamos otro camino provistos de un nuevo equipaje espiritual. Esta creencia se acentúa especialmente cuando llega el momento de despedirse de un año, que muere, para recibir alborozadamente al año que acaba de nacer. Año nuevo, vida nueva… Tal es la consigna tácitamente aceptada aunque, a medida que avanza el tiempo, la realidad nos demuestra que es una verdad relativa. Ahora mismo, estamos casi a punto de saltar al otro lado del annus horribilis, que fue el 2011, por la bulimia financiera que practica el lobby del capitalismo occidental. Si nos atenemos a la tradición secular de la cultura dominante, dentro de apenas veinticuatro horas estaremos cruzando el Rubicón mientras tragamos las doce uvas tradicionales para -ya en la otra orilla de este río, que es la vida manipulada por el poder…- desearnos, entre todos, felicidad y prosperidad. Hasta aquí, la Tradición. Con mayúscula.

Sin embargo, la realidad -aunque cueste trabajo aceptarla- es otra muy diferente. Tenía razón don Miguel de Unamuno cuando advertía de que todos los años no son más que un sólo y largo día. La sociedad asturiana tendrá la gran ocasión de comprobar la certeza del aviso unamuniano al iniciar su camino por el año 2012, que ya está llamando a la puerta. Asturias entrará en él cargando el mismo equipaje que, desde hace más de medio siglo, arrastra tras de sí, penosamente, por el interminable camino del tiempo: su crónica crisis cultural y su atávica pobreza ideológica. Una crisis que, probablemente, se le haya acentuado a partir de la pérdida de su histórico patrimonio industrial -una riqueza iniciada a mediados del siglo XIX, y desmantelada definitivamente en los años 80 del siglo XX-, patrimonio que constituía el escenario ideal para proyectar sobre él las ideas de un progreso cultural y social, que empujaba a esta antigua comunidad regional hacia las altas esferas del bienestar social… Evidentemente, sin prescindir de las inevitables y naturales tensiones sociales. Probablemente, porque la cultura del trabajo necesita, para avanzar, ir acompañada por el desarrollo del pensamiento político: otra forma de cultura indispensable para el progreso social.

Ahora, en este momento, nos disponemos a iniciar la rutinaria liturgia del recibimiento de un nuevo año cargados con el equipaje de los mismos errores cometidos, año tras año, en el transcurso de los últimos ochenta años: el peso dominante de una política orgánica que quiere controlarlo todo. Esta antigua sociedad regional, convertida en comunidad autónoma por obra y gracia del milagro transitivo decretado por los reformistas de la anterior dictadura nacionalcatólica, es, en estos momentos, una olla en plena ebullición: por un lado, burbujea un club, llamado Foro AC, que es responsable -por decisión popular democrática- del Gobierno del Principado de Asturias. Se trata de un Gobierno peligrosamente minoritario -aunque con gran vocación imperial-; el cual, necesita flexibilizar su elevada y rígida sensibilidad orgánica si quiere lograr pactos, uniones, entendimientos y comuniones, con otros partidos mayoritarios. Pero muy especialmente, con el partido que es, aunque no lo parezca, su matriz: el Partido Popular.

Por el otro lado, hierve a borbotones el socialdemócrata PS(O)E mientras intenta renovarse -¡otra vez…!- porque quiere recuperar la hegemonía perdida en las elecciones generales del esotérico 20-N de 2011.

Este es el paisaje que esta comunidad le ofrece al año 2012. Un paisaje que tiene su historia: tras el desmantelamiento prácticamente integral de la industria minero-siderúrgica -incluido el embalsamamiento de las Cuencas Mineras-, llevado a cabo disfrazándolo de una moderna operación para lograr la reconversión industrial de Asturias, la metafísica reconversión industrial consistió, finalmente, en sustituir la tradicional industria minera y siderúrgica por la virtual industria de la política, de cuya capacidad para generar empleo ha dado pruebas suficientes desde el primer día…

Lo que no se le puede negar a esta peculiar reconversión industrial asturiana es que, gracias a ella, el siglo XIX se ha conservado, tan fresco como el primer día, incluso una década después de haber estrenado, cronológicamente, el siglo XXI. Esto sí es trabajar por la conservación de la Tradición. Hoy, aquí, se hace política como en los mejores tiempos de don Alejandro Pidal y Mon. Reconocer este mérito es un deber de la conciencia social. Si me lo permite, le voy a poner dos casos que demuestran la importancia que tuvo esa milagrosa reconversión de la minería y la siderurgia en la política de los partidos dinásticos: a), Asturias es un concepto teológico felizmente secularizado: Covadonga; y b), Asturias es un fenómeno racionalista ilustrado: Jovellanos. Todo esto, que no es poco, es lo que el 2011 va a volcar sobre el próximo año. Debemos reconocer que sin la política orgánica -adaptada a la democracia transitiva de estas últimas tres décadas y pico- ni la Santina ni Jovellanos habrían logrado esa identificación que convierte a ambos en la quintaesencia de un modelo de sociedad difícil de sondear únicamente con el pensamiento si prescindimos de lo teológico y de lo racionalista.

La clase política asturiana -al frente de la cual están las divinas castas oligárquicas, cada una de las cuales vela por los principios ideológicos de sus respectivos partidos- es la encargada de que los asturianos se convenzan de que para serlo basta, sencillamente, con mantenerse fieles a unas determinadas actitudes sociales. Y no -como pretenden algunos (¿rojos…?)- un profundo sentimiento de la propia conciencia individual. Eso significa, desde la perspectiva de un político orgánico experimentado, una grave transgresión de la disciplina social. He aquí otro logro positivo de la reconversión industrial en esta región. Porque para asumir un profundo sentimiento asturianista están, precisamente, ellos. A los demás les basta con cubrirse la cabeza con una montera picona. Es mucho más fácil -y menos comprometido- llevar a Asturias por fuera que por dentro de nuestras cabezas.

Con la montera picona les resulta más fácil, a los políticos, homogeneizar a la sociedad regional. Al menos, este es el sueño imperial de la clase política asturiana, tan sabiamente dirigida por sus respectivas castas oligárquicas.

Con este bagaje político -heredado del siglo XIX- la actual comunidad autónoma se dispone a adentrarse entre la espesura teológica y racionalista de la selva del año nuevo. Felicidades.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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31 diciembre, 2011 a las 7:12 am

Solo de flauta en el Congreso, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (24-12-2011)

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El ojo del tigre

Cada vez que la bancada del grupo de diputados del PP se ponía de pie, para aplaudir frenéticamente algunos de los momentos épicos del discurso cauteloso del candidato a la Presidencia del Gobierno de la actual democracia ortopédica española, parecía como si la televisión estuviera emitiendo imágenes de un tiempo pasado pero no olvidado. Del tiempo en el que los procuradores de las Cortes franquistas -elegidos orgánicamente por el aparato del partido único-, se levantaban de sus respectivos escaños para aclamar, enardecidos, los momentos estelares de los discursos institucionales de aquel providencial jefe del Estado Español, cuya voz aflautada convertía sus monótonos discursos en floreados solos de ocarina… Es verdad que don Mariano Rajoy no tiene voz de flauta, con lo cual no sabría decirle a usted si es mejor orador, o no, que aquel inolvidable flautista del Movimiento Nacional; pero lo que si tienen ambos es el mismo empacho españolista. Por lo tanto, el argumento medular de las intervenciones públicas, que usaba aquel superlativo general, es el mismo que utiliza, para enardecer a sus acólitos, el ya nuevo presidente del Gobierno: España, con su glorioso pasado histórico, es una gran nación…

En un reciente blog metroscópico se preguntaba, hace muy pocos días, si era posible percibir todavía la influencia de los cuarenta años de ideología franquista en el pensamiento de los españoles actuales. La respuesta era esta: El único grupo de edad en que la extrema derecha tiene un cierto peso específico es entre los mayores de 65 años. Es decir, entre los nacidos antes del año 1946, que fue el año en el que se empezó a fraguar la democracia orgánica en este país. La democracia actual fue construida, en parte, aprovechando ciertos materiales del derribo franquista antes de que bajaran definitivamente las persianas del antiguo taller robótico montado por los especialistas en las ideas-motor de aquel régimen; como, por ejemplo, España, una, grande y libre… Desde esta misma cumbre ideológica aprendieron a otear el presente y el futuro muchos españoles nacidos bastante después de 1946.

Aquí se usa el mismo catalejo -para vigilar el horizonte- que utilizaban los españolistas de aquélla época. La única diferencia entre unos y otros consiste, probablemente, en que en vez de utilizar las dos manos para manejarlo, ahora lo cogen con la izquierda mientras con la derecha manejan las tijeras que les regalaron los neocon del otro lado del Atlántico. El discurso del señor Rajoy, como candidato, que era, a la presidencia del Gobierno, ha sido construido con la misma pasión españolista que exige la tradición orgánica, de una parte, y siguiendo las normas dictadas por el Manual de corte y confección autorizado por los dueños del libre mercado. Para estos últimos, la fiesta empezó cuando un mediocre actor de Cine llamado Ronald Reagan -cuya mediocridad profesional se le acentuó mientras interpretaba el papel de presidente de los Estados Unidos…- pronunció aquella famosa frase neoliberal: El Estado no es la solución, es el problema. Corría el año 1981 del milenio anterior.

Entonces, el Estado les estorbaba para imponer la globalización total, de la que se dice que es fundamental para la felicidad del ser humano, pero con la ayuda del fundamentalismo financiero. Durante treinta y siete años, el sistema globalizador funcionó a pedir de boca. Hasta que se demostró con hechos concretos que no es cierto que los mercados sean capaces de regularse a sí mismos. Un economista (Paul Samuelson), Premio Nobel, comparó el derrumbe del sistema económico con lo que les supuso a los comunistas la caída de la URSS. Con un alarde de cinismo político, la derecha aprovechó la caída del imperio neoliberal para culpar al socialdemócrata presidente del Gobierno español, señor Rodríguez Zapatero, de la ruina económica de este país. Cayó aquel Gobierno y, ahora, sobre las mismas ruinas del sistema capitalista, respetando a los verdaderos culpables del desastre -los aventureros del negocio fácil, los buscadores del beneficio rápido, los malabaristas de la especulación financiera…-, la derecha carpetovetónica de este singular país europeo se dispone a salvar a España socializando las pérdidas y privatizando los beneficios. Una peculiar manera de proclamar el socialismo para ricos, y el capitalismo salvaje para pobres.

Utilizando un argumento idéntico al que su usó aquí, en los tiempos de aquel general, para exonerar a los responsables de la Guerra Civil de 1936: la culpa de aquella tragedia la tuvimos todos… (¡que país!), la responsabilidad del fracaso del sistema económico es de todos también. Porque hemos gastado por encima de nuestras posibilidades. Con lo cual, los fenicios que incitaban al consumo aprovechando los créditos fáciles, bombardeando incesantemente la frágil concupiscencia de la ciudadanía a través de una perversa propaganda consumista (ojo: dice consumista…). Las necesidades, creadas artificialmente, redondearon el negocio de los mercados

No sé si el señor Rajoy conseguirá con su flauta poner en pie a la víctimas del apetito capitalista, tal como pone a sus hooligans en el Congreso de los Diputados. No estaría mal. Pero me temo que para lograr ese milagro tendrá que cambiar la partitura porque la escuela de música celestial de El Pardo rechina.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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24 diciembre, 2011 a las 7:12 am

La República y la moral, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (18-12-2011)

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El ojo del tigre

Mientras haya monarquismo, parlamentarismo y partidos estatales, habrá oligarquía, corrupción y separatismo. La única solución está en la instauración de una República Constitucional. Así pensaba Antonio García-Trevijano hace un quinquenio -setenta y cinco años después de la proclamación de la Segunda República- y con esas palabras Trevijano trasladaba su pensamiento personal al ruedo nacional en donde se reúnen cada día los cornúpetas que componen el atormentado coro de esta peculiar democracia express, para desahogar a grito pelado su pasión por España, lo que él mismo definía -en su obra Del hecho nacional a la conciencia de España o El Discurso de la República. (Temas de hoy. Madrid.1994)- como una pasión genética que padecemos, y no tanto por una acción cultural que hayamos elegido con libertad.

La cita de este singular personaje, quizás no le resulte a usted a usted fiable. Sin embargo es un protagonista destacado en la compleja representación dramática de aquella comedia bárbara que fue la llamada reforma del franquismo. Es verdad que su presencia en la escena política de la época causaba controvertidas opiniones. De él se dijo que dotado de gran capacidad intelectual y volitiva, parece aborrecer las zonas de luz del escenario político para moverse con soltura entre las sombras opacas de los bastidores. Esta maliciosa interpretación de la personalidad política del granadino -Trevijano nació en Alhama en 1927- se incluye en un dossier anónimo ciclostilado por una extraña Agencia V.P.D. -Verdad Popular Democrática. (Nº 1. 1975). En aquel momento -hace ya casi cuarenta años, el tiempo que duró la dictadura totalitaria de aquel general(ísimo)-, casi todos preferían las sombras opacas del escenario político para moverse sin demasiados contratiempos. Sobre todo, cuando uno intentaba, como Trevijano, sostener la idea de que debemos responder, con inteligencia y carácter, a la crisis de esta Monarquía de Partidos. A la que denuncio -añadía- como proyección fascista del Estado Parcial. (Dicho en una conferencia que dió en el Ateneo madrileño, organizada por los Clubs Republicanos al cumplirse el 75 aniversario de la proclamación de la Segunda República).

En este momento, no creo que haya, en este país, personas con un compromiso republicano tan claro, ni tan contundente, como el de este personaje que le acabo de citar. Más bien se podría decir que ocurre todo lo contrario: abundan los que, procurando alejarse del contagio republicanista, acaban parodiando una suerte de lerrouxismo que les permite navegar viento en popa, sin riesgos, en medio del actual oleaje del monarquismo. Y como complemento de los anteriores, también son muchos los que prefieren nadar, en medio de la corriente, agarrados a los flotadores del reformismo melquiadista…

El gran pecado mortal de quienes protagonizaron intramuros del rito mágico de la Transición fue el de evitar (impedir) que la Segunda República -cuyo gobierno estaba en el exilio- participara directamente en la ceremonia del ritual previsto para el cambio. Pero todo se hizo sin su presencia. Sin tener en cuenta que, tras el golpe militar del 18nde julio de 1936, la institución republicana fue la víctima principal del brutal asalto a la razón y a las libertades. En aquel momento, que era el instante en el que la conciencia de un pueblo decidía reparar los abusos cometidos por la soberbia de un poder totalitario, todos, o casi todos, se escabulleron entre las sombras opacas de los bastidores… Así, la Segunda República se quedó sin la oportunidad de recuperar aunque solo fuera la dignidad que le habían pisoteado con sus botas los sicarios de la barbarie totalitarista.

Esa reparación moral es la deuda que tiene pendiente la democracia actual no solo con la Segunda República, sino también con los miles de españoles que sufrieron las consecuencias de su fidelidad a la legalidad democrática que representaba la República. Antes de recuperar la II República Constitucional, el republicanismo español -¿hay, ciertamente, ideología republicanista aquí y ahora…? ¿O es, simplemente, un desahogo emocional…?- pienso (si pensar por cuenta propia no es un delito de lesa patria) que es necesario restituirle a la histórica Segunda República el honor y la dignidad políticos que le fueron arrebatados por quienes han confundido su natural fidelidad e España con una peligrosa pasión genética por la antropofagia política…

Aquellos pintorescos motes, con los que pretendieron disfrazar la realidad orgánica de la Monarquía del Movimiento Nacional , como el de la República Coronada o el de Monarquía Republicana, sólo sirvieron para calmar la mala conciencia de muchos de los alquimistas de la Transición, aunque fuera a costa de tratar al pueblo como si fuera menor de edad… Cuando se cumpla ese compromiso moral, que esta sociedad tiene pendiente con la Segunda República acompañándola con el adjetivo numeral correspondiente. Por lo menos, respetemos la Memoria democrática. Pero no sólo cardinalmente, sino también moralmente.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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18 diciembre, 2011 a las 7:10 am

La República y el balonmano, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (09-12-2011)

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El ojo del tigre

Dice el artículo 57.5 de la Constitución Española, en su Título II (De la Corona), que Las abdicaciones y renuncias y cualquier duda de hecho o de derecho que ocurra en el órden de sucesión a la Corona se resolverán por una ley orgánica. La posibilidad -ya manifestada recientemente por la misma Casa Real- de que el concepto de familia real quedará reducido, a partir de 2012, a los reyes y al heredero de la Corona con su esposa y sus dos hijas, sugiere que las infantas Elena y Cristina se considerarán excluidas del grupo familiar dinástico siendo consideradas, a partir de ese momento, familiares del monarca sin la posibilidad de representar oficialmente a la Corona, ni tampoco con derecho a percibir fondos de los Presupuestos Generales del Estado, como ocurre en la actualidad.

Ese recorte sentimental de la familia real se produce, precipitadamente, en un momento en el que el marido de la segunda hija de los reyes está siendo investigado por una (¿supuesta?) participación en una trama urdida para beneficiarse obteniendo contratos millonarios a través de una red de empresas -creadas sin ánimo de lucro…- cuyo importe total supera, al parecer, los dieciséis millones de euros.

La noticia se hizo pública cuando ya había estallado bajo las alfombras del Palacio de La Zarzuela. ¿Qué ruido ha sido ese…?, pregunta el súbdito alegre y confiado. No es nada de importancia. Es, simplemente, que el yerno del rey, para no aburrirse, se dedica al deporte del pelotazo. Del balonmano, querrás decir… Llámalo como quieras… La opinión pública -quiero decir: la opinión controlada…-, cuando no tiene más remedio que hablar de este turbio asunto, lo hace con sordina. Desde hace muchos años, la consigna en este país es no hacer ruido, que la democracia duerme la siesta de la Transición. Los leales súbditos de la monarquía española se han convencido de que no conviene contaminar, acústicamente, al país.

Transcurridas tres décadas, y pico, desde que los españoles se dieron a sí mismos una moderna democracia inorgánica -cuando, en realidad es una simple democracia otorgada…-, en este país se asumió, de una manera servil, la restauración -con trampa- de la monarquía borbónica. A mediados de los años 70, del siglo pasado, el profesor Juan Marichal publicaba un breve ensayo titulado Nueva apelación a la República. Entre otras cosas. En este interesante trabajo se decía que …en un muy corto plazo de años, se planteará a los españoles republicanos de aquí y de allá un muy grave dilema político y moral. Lo podríamos formular así: ¿cual es el deber, en cuanto republicano, en el tránsito hacia la España del futuro próximo, hacia una posible España de la libertad democrática? Su respuesta, tras una breve especulación política, era la siguiente: El republicano debe de evitar la posición neoposibilista declarando que no puede aceptar una monarquía mientras el pueblo español no la refrende o rechace con su voto.

La realidad fue otra muy diferente. Desde el famoso contubernio de Munich (1962) la idea de una restauración monárquica, como solución para facilitarle una salida al franquismo declinante, va tomando cuerpo. Tiempo después, la idea se convierte en un mandato imperativo. A Llopis, secretario general del PSOE -sin paréntesis- le llega un recado de la democracia cristiana española: Haced lo que querais, pero España será una monarquía. Lo mismo da que os pongais como os pongais. La decisión ya está tomada, les venían a decir en su comunicado, que hacían extensivo al PCE. La respuesta la dió Indalecio Prieto: Nosotros con los comunistas no queremos saber nada. Pero el Partido PCE ya había puesto su granito de arena: la reconciliación nacional. Este fue el primer paso para avanzar hacia la restauración borbónica.

Juan Marichal era muy optimista. Si la restauración se hace hacia la izquierda (…), los dirigentes monárquicos tendrán forzosamente que acudir a los republicanos… Pues no: la restauración se hizo hacia la derecha. ¿Qué fue de aquel cuarenta por ciento de españoles republicanos, según el profesor Marichal…? Probablemente, que más de la mitad se hicieron juancarlistas. El resto, quizá forme parte de quienes, ahora, apelan constantemente a la III República, ¿Y la Segunda…?

Lorenzo Cordero. Periodista.

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11 diciembre, 2011 a las 7:09 am

Derecha ¡ar!, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (04-12-2011)

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El ojo del tigre

El triunfo de la derecha española en las elecciones generalísimas del pasado 20-N le han abierto la puerta de par en par al criticismo integrista, que, desde la reforma de la llamada autocracia franquista, parecía haber sido condenado a errar por el desierto de las libertades; abandonado, sin provisiones y sin agua… No se sabe como, pero lo cierto es que acaba de entrar por la puerta y ha vuelto a sentarse en la cátedra de sus obsesiones ideológicas -el comunismo y el nacionalismo- desde la cual reinicia su pertinaz y melodramática campaña de acoso y derribo de esos dos factores citados, que son, al parecer, determinantes del hipotético hundimiento de España. ¡Ufff…!

Después de un eufórico periodo de urgente adaptación de los principios fundamentales del Movimiento Nacional (totalitarismo) al proyecto flexibilizador de los conceptos democráticos del liberalismo social -durante el cual, más de uno pretendió convencer a los demás de que ellos eran demócratas de toda la vida, a pesar de su bautismo y toma de hábitos totalitarios-, con el reciente éxito electoral del Partido Popular el país vuelve a recuperar aquellas añejas manías anticomunistas y aquellos viejos prejuicios antinacionalistas.

Habían acordado los chefs de la cocina de los Pactos de la Moncloa que el menú principal para celebrar la llegada de la Transición sería la teórica reconciliación nacional. Por lo visto, pensaron que con ese plato del día conseguirían reconciliar no sólo a las personas, que hasta entonces, había comido, y pensado, en mesas separadas, sino también a las ideas. Con el tiempo, todo el mundo se ha dado cuenta de que aquel proyecto fracasó porque confundir a las personas con las ideas es un tremendo error.

En este renacimiento del criticismo integrista ya han caído (o, quizá, recaído…), además del pueblo común, muchos ilustres -e ilustrados- personajes que, en algunos casos, protagonizaron ciertos episodios de la Transición académica

Recientemente, y a propósito del coreado triunfo electoral del PP marianista en los comicios del mítico 20-N, así como también de la derrota tan llorada del PS(O)E felipista, uno de los padres putativos de la Constitución de 1978, haciendo un alarde de conocimientos históricos, recuperó el discurso anticomunista, quizá para aliviarse por las angustias del fracaso felipista; es decir, del socialismo renovado.

Lo que dice, lo dice como si el PCE existiera realmente en este país. Incluso, le concede a Izquierda Unida (IU) la facultad de exhibirse como portadora del alma del Partido Comunista. Sin embargo, cuando cita al partido socialista renovado por Felipe González, lo hace como si se tratara del Partido Socialista de Pablo Iglesias.

La involución intelectual del pensamiento ideológico español va acompañada de una más que evidente resurrección de la historiografía imperial del Movimiento Nacional, cuya característica esencial es la de utilizar silencios selectivos para ocultar hechos que dañan su condición humana, contar mentiras como si fueran verdades, repetir insistentemente obcecaciones históricas…

Con el oficio, bien aprendido, de distorsionar la verdad histórica hay, en este país, maestros brillantísimos, autores de una extensa bibliografía en donde la mentira se sacraliza, hasta dejarla convertida en una solemne verdad…

Para darse cuenta de la tremenda ficción historiográfica que, durante muchos años, nos han obligado a tragar, basta con recordar las historias que se contaron durante la vida de aquel general, para, luego, contrastarlas con lecturas no contaminadas por las fábulas franquistas. Una lectura que, en cierta manera, compensa la historia manipulada por los fabulistas de aquel régimen, sería, por ejemplo, El mito de la cruzada de Franco, (Plaza y Janés. 1986, cuyo autor, Herbert Southworth, consagró gran parte de su vida a desmitificar la victoria de Franco en la Guerra Civil. Había nacido en Canton, una pequeña ciudad del estado de Oklahoma, en 1908. Logró crear una biblioteca de excepcional valor bibliográfico para la historia de los años de plomo españoles.

Pero lo verdaderamente inquietante, en este momento, no es que un pequeño partido -supuestamente portador del alma del viejo PCE- haya conseguido los votos suficientes para formar un grupo parlamentario en el Congreso de los Diputados, sino que el partido renovado por el felipismo comparta con la derecha posfranquista no sólo el poder bipartidista, sino también su política neoliberal.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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4 diciembre, 2011 a las 7:12 am

Neoliberalismo, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (27-11-2011)

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El ojo del tigre

Calados hasta los huesos por el inclemente chaparrón de neoliberalismo funcional, que está cayendo sobre nosotros -desde hace más de un año-, la (supuesta) ciudadanía está pendiente de que el recientemente consagrado como salvador de la Patria decida disponer que, inmediatamente, se repartan paraguas para todos. Es posible que, cuando esto ocurra, los paraguas no servirán para evitar que la también inclemente mojadura nos haya empapado hasta el tuétano los sagrados principios ideológicos de eses neoliberalismo que ha hecho posible globalizar el pensamiento único como fundamento esencial de la fraternidad universal… Seguramente, convencidos -incluso hasta los que malviven en los más oscuros rincones de la pobreza social- de que hemos sido nosotros mismos los causantes de esta pertinaz mojadura porque, como insisten en decirnos los talmudistas del conocimiento sin fronteras, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades reales, ahora decidamos convertirnos al neoliberalismo.

El neoliberalismo es la ideología política dominante en el hemisferio occidental, que exige la complicidad del Estado para conseguir sus propios objetivos. El neoliberalismo es la antítesis del liberalismo clásico, aunque, a veces, algunos de sus actuales protagonistas, para intentar ocultar su insaciable voracidad economicista, se suben al púlpito envueltos con la túnica alba del liberalismo histórico. Una túnica que, en realidad, es la capa de Luis Candelas…

Entre los infinitos méritos adquiridos con el 20-N -sobre todo, para seguir considerando ese día como una fecha mítica para la Historia Sagrada de España-, sobresale el mérito de haber logrado que, con las elecciones generales celebradas ese sagrado día, los súbditos de la Monarquía -salvo raras excepciones- hayan tomado hábitos en el neoliberalismo político, subalterno del neoliberalismo económico. Ha sido una toma de hábitos masiva; con lo cual, se puede afirmar, sin miedo a errar, que, en este país, el neoliberalismo es el nuevo pensamiento natural de los españoles. Estamos -están…- a la altura política de la civilización occidental más brillante: USA.

Hay quien da saltitos de alegría por ese milagroso cambio ideológico. Sobre todo, porque el cambio ideológico prometido durante los vaivenes de la Transición española ya estaban a punto de frustrarse, amenazando con dejar al país convertido en un áspero erial ideológico. Felizmente, ese riesgo, por lo visto después del 20-N, ha sido felizmente superado y España vuelve a ser un pueblo con firmes valores espirituales…

Ahora bien, si pregunto en qué consistirá el cambio que quieren llevar a cabo en el seno del PS(O)E -quién sabe si como penitencia por haber perdido las elecciones generalísimas del dicho 20-N, ¿molesto…? Es verdad que no es esa mi intención. Sólo quisiera enterarme de qué es lo que se quiere cambiar en este partido dinástico que, desde la divina renovación (ideológica y política) llevada a cabo en Suresnes (Francia), forma parte de los precursores europeos del neoliberalismo. ¿O no…? Yo creo que sí. Además, negarlo equivaldría a restarle méritos políticos a quien, desde aquellos años pretransitivos, se le consideraba el líder natural por excelencia del socialismo español. Hablo de Felipe González. ¿Van a rectificar, ahora, sus bandazos derechizantes en los tiempos de la década de los 70, en el siglo pasado?

Hace poco más de once años, uno de los más prestigiosos periodistas políticos de la indómita izquierda española, pese al franquismo, llamado Eduardo Haro Tecglen, escribió en una de sus diarias columnas en El País, con el título Perdón, perdón, perdón (14-marzo-2000), un duro artículo dedicado a Felipe González. Entre otras cosas, decía: Quien verá un día a Felipe González, con un traje talar morado, pidiendo perdón (…). Perdón por destrozar la izquierda (…); por haber devorado a sus antepasados del partido obrero, y enterrado las doctrinas de Pablo Iglesias y el esfuerzo de los socialistas durante cien años (…). Por imaginarse que era de izquierdas pero que la derecha lo admiraría y le preferiría a los suyos propios (…). Perdón por haberse enfrentado con la libertad de prensa, por haber influido pesadamente en la radio y televisión. Perdón por haber hecho creer que todo eso era la izquierda, con sus conversos y sus amanuenses y sus acólitos…

Duro, pero justo e, incluso, necesario. Aunque yo me conformaría con que se rectificara aquel error (¡que tremendo error…!), sin necesidad de pedir perdón.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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27 noviembre, 2011 a las 7:12 am

Neofascismo, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (20-11-2011)

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El ojo del tigre

El espectáculo español de las elecciones generales baja el telón esta misma tarde. Se acabó la función. Pero no la crisis. Las elecciones no cambia los argumentos, sino sólo a los actores. A partir de mañana, la crisis económica continuará poniendo la misma letra con la misma música para que el espectáculo político continúe dramatizando los acontecimientos según las necesidades de los misteriosos mercados. Si no se resuelve el grave conflicto que plantea la crisis económica, ¿para qué habrán servido las elecciones…? Simplemente para cambiar de mago. Desde casi el inicio de la reciente campaña electoral, los estrategas de la misma han inducido a los espectadores (¿ciudadanos?) el convencimiento de que Mariano Rajoy -líder del PP y candidato, por tercera vez, a la Presidencia- será el mago elegido. Con lo cual, si se cumple este pronóstico anticipado, se podría demostrar que estas últimas elecciones han sido celebradas bajo la influencia psicológica de los estrategas de las mismas. ¿Trampa? No. Magia.

Incluso se ha insistido en señalar la solemne fecha del 20-N como el final de una época muy concreta la de la Transición. Treinta y cuatro años de un cambio mítico, cuyo final se cerró, por lo visto, ayer para abrirle la puerta a otra nueva etapa democrática que será protagonizada, casi únicamente, por la burguesía nacional española nacida durante el periodo intransitivo de la dictadura de aquel general…

Si ésto fuera así ciertamente, convendría hacerse a la idea de que el nuevo Gobierno del partido ganador de las elecciones no representará el cambio prometido, son más bien el reformismo. No olvidemos que la burguesía que pactó la asunción de la democracia con las antiguas fuerzas de la izquierda histórica es, precisamente, la que ahora asume el poder; por lo tanto, su naturaleza ideológica es, simplemente, reformista con vocación monopolísta del poder.

El final de la crisis económica no se logrará sin cambiarle antes las viejas mañas al capitalismo. Todo lo demás serán reformas típicamente neofascistas. La derecha española ya no es más que una mezcla de ideologías conocidas: por ejemplo, del españolismo ultraconservador y de las ideas que arrastra la nueva corriente fascista que discurre por Europa. El clima social generado por la crisis económica favorece la fluidez de las ideas fascistas; sobre todo, cuando el caldo de cultivo de esas ideas lo componen las crecientes desigualdades sociales, la galopante corrupción política y la inseguridad que se ha adueñado de la sociedad.

Cuando el señor Rajoy dice: Las prestaciones por desempleo van a bajar, pero no porque la gente deje de cobrar el desempleo, sino porque va a haber menos personas con derecho a cobrarlo (El País. 17-11-2011), está atizando la inseguridad social, porque se entiende -yo, al menos, lo interpreto así- que lo que está indicando es que habrá más recortes de derechos.

Si por algo se deben caracterizar estas elecciones celebradas será, sin duda, por su incesante ambigüedad. Los fascismos se mueven en la ambigüedad con una facilidad pasmosa. Para atajar esa -al parecer imparable- resurrección del fascismo -con ropas nuevas- sería indispensable recuperar la izquierda obrera, en primer lugar, y despojar de su cómodo aburguesamiento a la izquierda en general.

En esta crisis -originada principalmente por lo abusos del capitalismo financiero- hace falta un movimiento obrero fuerte, que sea capaz de contrarrestar el abuso de poder por parte del capital.

Pero hablar de la clase obrera, como una de las fuerzas de esta singular democracia, todavía despierta vivos recelos -cuando no miedos- entre las clases neoburguesas actuales, muchos de cuyos protagonistas son realmente proletarios, aunque sin saberlo ellos. De la misma manera que muchos de los que se proclaman liberales son, en realidad, meros fascistas.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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20 noviembre, 2011 a las 7:10 am

¿Demócratas o corruptos?, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (13-11-2011)

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El ojo del tigre

A pesar de los treinta y cuatro años de esta democracia emocional que, según dicen los entendidos, ha conseguido restituirles a los españoles la posibilidad de pensar por si mismos, así como también su derecho a expresarse de acuerdo con sus propias ideas, lo evidente es que la opinión pública española continúa sometida a la rigurosa dieta mediática cuya receta -estrenada en 1938- determinó durante cuatro décadas el homogéneo pensamiento político de los súbditos de aquel monarca sin corona que les obligaba a tragar, sin rechistar, la papilla ideológica que les administraban sus edecanes a través del embudo de la llamada Prensa del Movimiento. Dudo de que, hoy, sea posible, en este país, una auténtica opinión pública emancipada del poder político, que, salvo mínimas excepciones, sigue manifestando sus ideas a través del antiguo conjuro imperialista de la Patria. España -es decir, la Patria- sigue determinando la actual política nacional, que -como es obvio- continúa discurriendo por los mismos cauces imperiales que habían construido los heroicos zapadores del histórico totalitarismo franquista, cuyo esplendor retórico se disfrutó, sin tocarlo, hasta 1945. A partir de ahí, con la derrota del nazifascismo europeo, atenúo un poquito su descarada opresión, pero sus vicios totalitarios los conservó intactos bajo la apariencia de un aperturismo político que, por lo que yo sé, aquella supuesta apertura sólo era una simple rendija abierta a causa del resquebrajamiento de la vieja estructura imperialista del partido único.

Esta es, sin duda, la razón por la cual los españoles no han sido capaces de superar la democracia emocional para, luego, instalarse en una auténtica democracia de opinión. Precisamente, la que -pienso yo- mejor hubiera garantizado la resurrección de la opinión pública española que, no sin graves problemas, había conseguido cimentar la II República, cuyas paredes maestras se quedarían a medio construir para, inmediatamente, derribarlas aquellos que fueron los verdugos del primer intento claro, serio y razonable de construir un país partiendo de una democracia de opiniones libres, que fueran capaces de sustituir las viejas emociones imperialistas y religiosas que, desde la Edad Media, condicionaban el pensamiento español, y que fueron rescatadas por los fascistas españoles de los años treinta del siglo XX, para seguir dándole cuerda a su obsesión patriótica

Hoy, en España, el concepto de democracia se enreda entre las espesas lianas de la tremenda crisis económica global. A pesar de no ser una crisis esencialmente política, sino típicamente económica (capitalista), quienes se aprovechan de su irreversible presencia para sacar tajada en favor de sus intereses políticos -y partidistas- han conseguido que la tutelada opinión pública acepte -sin exigir pruebas ideológicas contundentes- que la crisis en España acabe siendo manipulada hasta acusar al Gobierno socialdemócrata de ser el causante del desastre. No olvidemos que la derecha ultraconservadora española es una empedernida cazadora de cabezas políticas de la izquierda…

Partiendo de unas premisas auténticamente neofascistas, a la opinión pública se le ha convencido de que lo que han reventado, en realidad, las codicias de los grupos financieros no es más que una consecuencia de las libertades formales de la democracia de opinión. Al capital nunca le ha gustado la democracia. Y mucho menos todavía, cuando ésta quiere hacer valer uno de sus principios esenciales: la igualdad de oportunidades. Sobre todo, no le gusta porque con esa igualdad se podría romper el apretado cinturón de pobreza que tanto condiciona la falta de derechos y libertades en los países del Tercer Mundo. Unos países, de los cuales lo único que les interesa a los especuladores del capital es el petróleo, por ejemplo. No el hombre.

Creo que los españoles del siglo XX -aún quedan bastantes- y los del nuevo siglo XXI -cuyo protagonismo está por venir- no han tenido suerte con la democracia. Primero, porque la democracia orgánica era, pura y simplemente, una democracia falseada por el pequeño grupo de privilegiados que la utilizó para encubrir sus arbitrariedades. Segundo, porque, después, han permitido que los mercados financieros impongan sus intereses a la voluntad democrática política. Y, tercero, porque los gobiernos han consentido que los criterios de los gurús de la economía financiera sustituyeran a los principios del bienestar común.

Pero, probablemente, el mayor de los pecados cometidos por los representantes del sistema democrático haya sido el hecho de consentir que la corrupción económica pervirtiera los principios más elementales de la democracia social.

Temo que, mañana, cuando los españoles del futuro enjuicien a los españoles del presente actual, el más grave de los cargos que nos hagan sea el de haber consentido que el capitalismo corrompiera la democracia.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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13 noviembre, 2011 a las 7:12 am

En Siero tienen prisa, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (06-11-2011)

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El ojo del tigre

Hace unos meses, el líder de FAC -y presidente del Gobierno del Principado- les advertía a sus discípulos de que lo importante es hacer las cosas bien, antes que hacerlas rápidamente (Discurso pronunciado en Pruvia ante la Conferencia Política de presidentes locales de Foro Asturias. 21-10-2011). Sensata advertencia. Sobre todo, para orientar a los novatos ejecutivos del recientemente creado partido asturianista, cuyo fulgurante éxito electoral conseguido en las elecciones autonómicas y municipales celebradas el pasado mes de mayo ha servido, principalmente para innovar el determinismo bipartidista del sistema político nacional y, a la vez, regional proporcionándole una especie de tercera vía de escape para el fluido desahogo (condicionado) de la participación directa en los asuntos públicos.

Pero una cosa es la teoría política y otra la práctica de la misma. Esto es lo que se ha demostrado en el Ayuntamiento de Siero con el intento de desalojar al PS(O)E de la Alcaldía para, inmediatamente, ocupar el trono local una especie de santa alianza política protagonizada por los concejales del Foro y un grupo de ediles que alcanzaron su protagonismo municipal en los pasados comicios de mayo como militantes del PP. El fracaso de la intentona -probablemente, preparada rápidamente, pero sin atender a la necesidad de que fuera bien planeada- es la confirmación del aviso que les hacía, en septiembre, el Jefe del recién nacido Foro AC…

Ahora, el fracaso del intento de presentar y debatir la moción de censura contra el alcalde que tomó posesión de su cargo hace a penas unos cinco meses, se intenta resolver apelando a los Tribunales. Al parecer, lo que les interesa -además de hacer las cosas rápidamente, sin procurar hacerlas bien- es sostenella y no enmendalla

Cualquier observador tranquilo, después de contemplar este gag de la política municipal, podría convencerse de que lo les importa no es censurar la (supuesta) mala gestión -apenas iniciada- del alcalde socialdemócrata, sino abrir una brecha en el muro de la democracia local para pasar al otro lado con todo su equipaje de ambiciones personales, asaltar el poder y, después, imponer sus dictados. Por lo visto, no les basta con participar en el gobierno de la municipalidad, sino, además, quieren configurarlo a la medida de sus propios intereses.

Este caso es la consecuencia del mal uso que se hace de las mayorías en la democracia. Un uso que, en realidad, es pura y simplemente un abuso. Utilizar las mayorías en democracia para satisfacer deseos personales -o de grupos- es, en términos de ética política, una barbaridad. Y cuando, además, se pretende justificar esa ambición apelando a las necesidades del bien común, el asunto se convierte en un bárbaro atentado a la razón democrática. El remedio para evitar estos casos -o, por lo menos, para atenuarles su agresividad política- podría ser el de exigir, como condición previa para ejercer el oficio público de la política, una buena formación moral cívica. Pero esa moral cívica es algo que no se puede improvisar, puesto que es la consecuencia final de un largo proceso de formación personal.

A pesar de esa dificultad, algo habrá que hacer para que la democracia nacional no sirva como pretexto para introducir de matute, en este país, las viejas tendencias personalistas, que se resuelven, casi siempre, imponiendo un interesado despotismo político. Despotismo que sirve también para certificar el secuestro de la moral cívica, que es, precisamente, el mejor de los cimientos para construir sobre él una democracia sólida, entendida como una filosofía basada en el respeto al hombre y en la búsqueda al bien común.

Entendiendo bien que esa democracia facilite la condición esencial de la naturaleza democrática: un sistema de gobierno en el que el poder va desde abajo arriba. Quizá, esto haya sido lo que obviaron los descontentos de la Municipalidad porque la derecha, en Siero, tiene mucha prisa.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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6 noviembre, 2011 a las 7:12 am

Una prensa libre, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (30-10-2011)

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El ojo del tigre

Todos los partidos políticos intentarán influir en las decisiones electorales. Esto se puede leer en Directrices Editoriales. Valores y criterios de la BBC. (Cap. 10.- Pag. 112. Edición española de la APM. Madrid. 2007). La tentación democrática de controlar o influir en la elaboración de la información y la opinión de los medios de comunicación, por parte del poder político de turno, es algo que no exige demasiados esfuerzos para demostrarlo. En este país, desde que el sistema dictatorial de aquel general fue sustituido por un régimen de naturaleza democrática. El poder -quizá sea más exacto decir la aristocracia política que monopoliza el poder- siempre cae en la tentación de controlar o, incluso, dirigir la información y mediatizar la opinión política para evitar que los medios -escritos y audiovisuales- difundan y critiquen decisiones tomadas por el sanedrín oligárquico del poder.

Aunque se desgañiten los responsables de ese poder invocando la libertad de expresión y de pensamiento, lo único cierto es que eso no es más que mera retórica artificial. Lo que les importa a los gurús del poder es que sus decisiones no sean criticadas por los medios, sino aplaudidas y coreadas por el supuesto cuarto poder. El poder político, cuando se absolutiza, es muy exigente con la libertad de expresión de los medios, y muy poco indulgente con sus posibles objeciones, censuras y críticas objetivas o, incluso, subjetivas. El poder no imprime a quienes lo ejercen la virtud de no errar. Durante cuarenta años, los medios de este país estuvieron sometidos al férreo control de la censura previa. Y cuando se produjo el mítico cambio en el seno del sistema que determinó, durante casi medio siglo, no sólo el pensamiento de la (supuesta) ciudadanía, sino también su conducta social, se pensó (colectivamente) que la mejor garantía para certificar la auténtica naturaleza política de la democracia consistía en institucionalizar -entre las demás libertades prácticas- el derecho y el deber de actuar de acuerdo con la propia conciencia, acompañándola con las libertades de prensa, reunión, pensamiento, expresión y opinión.

Se ha dicho que la auténtica teología de la democracia es la que sustenta el culto a la libertad. Esa libertad es la que, precisamente, le garantiza al ciudadano su derecho a ser actor de la vida pública que configura la naturaleza de la sociedad a la que pertenece. El problema que se plantea al ciudadano, cuando el poder político impone -o prende imponerle- sus criterios orgánicos, es el de tener que renunciar a ser actor de la vida pública para convertirse en simple sujeto de la voluntad de quienes mandan -en el mejor de los casos: de quienes gobiernan- en ese momento en su país.

Decía Bernard Voyenne -profesor del Centro de Información de Periodistas y responsables del Instituto Francés de Prensa -que el estratega depende de su servicio de información; el jefe político estudia los expedientes -aunque no le agraden- y las informaciones de la policía; el jefe de empresa examina sus balances, se documenta sobre la coyuntura, observa la competencia, prospecta el mercado. (La información del ciudadano. LV sesión de las Semanas sociales de Francia. Caen. 1963). Todo eso -quizá, más aún- es de indiscutible importancia para quienes obstentan el poder político, puesto que la libertad de información y de expresión y opinión está indeleblemente impreso el sentimiento de la opinión plural pública en una sociedad sinceramente democrática.

Entiendo que el espejo que refleja esa pluralidad de opiniones, juicios y críticas lo constituyen los medios de comunicación. Pero cuando esos medios sólo reflejan, en una única imagen, esa deseable pluralidad, es cuando hay que empezar a pensar que algo funciona mal en la sociedad. Fallo que, sobre todo, se detecta en el momento en que el debate democrático no es más que un simple monólogo político

Intentar reforzar el poder político mediante la aplicación de medidas restrictivas a las libertades democráticas, creo que es un grave error. Entre otras razones, porque ese error favorece la resurrección del poder absoluto, despótico; y facilita el empobrecimiento de la pluralidad democrática.

El citado profesor Voyenne también decía -entre otras atinadas observaciones- que mientras el individuo permanezca solo ante el Estado, lo estará igualmente ante la prensa. Durante más de cuatro décadas -1939-1975-, los españoles tuvieron la ocasión de experimentar, personal y colectivamente, esa tremenda soledad. Intentar repetir esa misma desoladora experiencia, ahora, sería un tremendo error político. Y un enorme disparate democrático con el que sólo se busca satisfacer el ego político del, por lo visto, eterno ego de los caudillos de la prepotencia carpetovetónica.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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30 octubre, 2011 a las 7:12 am

El movimiento obrero, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (23-10-2011)

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El ojo del tigre

En cierta ocasión -si no recuerdo mal, en mayo de 1969-, un ministro de Industria del Gobierno de aquel general (ísimo), después de un espléndido almuerzo servido en la residencia de La Granda (Ensidesa-Avilés), se reunió con un numeroso grupo de personas entre los que abundaban los empresarios. Durante el coloquio que siguió al discurso del ministro (Gregorio López Bravo), el portavoz de los empresarios le hizo saber al ministro el gran descontento que, al parecer, provocaba en su gremio la competencia desleal que les hacía -sobre todo, en el campo de lo social- la empresa pública. Especialmente, por los elevados salarios que les pagaban a sus trabajadores. El agravio comparativo entre lo que ganaban los obreros de la empresa pública y el salario que percibían los trabajadores del sector privado era, no sólo una gran desventaja para los segundos, sino también, al mismo tiempo, un motivo de descontento social y una posible fuente de conflictos laborales en la empresa privada.

El ministro escuchaba atentamente las palabras del portavoz (Agustín Rodriguez Sahagún). Una vez concluida la intervención del portavoz, el ministro, puesto en pie, les hizo la siguiente recomendación a los empresarios que le escuchaban: Conviértanse ustedes en un grupo de presión.

Probablemente, fue a partir de ese momento cuando el empresariado español inició su campaña -que todavía no ha abandonado…- para presionar sobre el Gobierno para que la empresa pública renunciara a hacerles la competencia salarial y, al mismo tiempo, la pascua social. Sobre todo, le azuzaba para que renunciara a dar tan mal ejemplo al país con los elevados salarios que les pagaba a los obreros de la empresa pública.

El grupo de presión empresarial -sugerido por aquel ministro de Industria- sigue gozando de una esplendida salud dialéctica cuarenta y dos años después de aquel coloquio celebrado en La Granda. Tal ha sido su éxito que, hoy, los empresarios hablan más de política que de economía; mientras que los políticos sólo saben hablar de economía… La realidad es que los empresarios han conseguido meterse en el Estado. Únicamente los obreros siguen estando fuera de él.

No sé qué pasaría si alguien planteara, en este momento, la necesidad de que la clase obrera -porque todavía hay obreros, aunque algunos de ellos no sepan que lo son; o no les interesa saberlo…- se organizara como un movimiento social. En una sociedad tan duramente colonizada por los intereses capitalistas, como es la española -aunque les cueste reconocerlo a sus nuevos colonizadores-, se podría recomendar también que los obreros se organicen como movimiento de clase, aunque sólo sea para contrarrestar los abusos sociales que contra ellos comete el capital. Y, si fuera posible, para introducirse también en el Estado. Así como aquel ministro que visitó Ensidesa, en 1969, animó al empresariado español para que se organizara como un grupo de presión frente al Estado y, por lo menos, poder mantener con él el diálogo en defensa de sus intereses, me parece muy razonable -por lo menos, en la misma medida- que los obreros, sometidos a las horcas caudinas del insaciable neocapitalismo, se les anime para que recuperen su antiguo movimiento obrero. Esta será la única manera de poder dialogar de tú a tú con el poder omnívoro del insaciable capital.

Es posible que alguien piense que utilizo un lenguaje tan arcaico -movimiento obrero, capitalismo, clase…-, que parece como si uno pretendiera que todos regresáramos al siglo XIX. No es así. Citar a las cosas por su nombre es indispensable para poder entenderse cuando se dialoga. Lo contrario equivale a agachar las orejas y aguantar sin rechistar. Si en algún momento es necesario reclamar el diálogo social, ahora mismo es uno de ellos. Digo diálogo, que es algo muy diferente de coloquio. De la misma manera que a los empresarios les recomendaron convertirse en un grupo de presión para que el Estado les escuche y puedan obtener lo que les interesa, a la clase obrera también le conviene reorganizarse como movimiento, para que el capital les escuche. Y les permita participar del diálogo que él mantiene con el Estado.

Si en mayo de 1969, el empresariado español se aventuró a plantear sus problemas al Estado, a estas alturas del siglo XXI nadie debería sorprenderse -y, mucho menos, cabrearse- porque la clase obrera se atreviera a funcionar como un auténtico grupo de presión. Aunque sólo le sirva para aliviar, en parte, las consecuencias de una nefasta situación social, impuesta e indiscutiblemente injusta.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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23 octubre, 2011 a las 7:15 am

Regionalismo nacional, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (16-10-2011)

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El ojo del tigre

Sospecho que la doctrina regionalista del Foro AC ha sido el fruto -lo mismo que su fundación como partido- de la enorme capacidad que para la improvisación tiene su fundador, cuya inteligencia política discurre paralela a su tremenda habilidad para la imposición orgánica de su individual voluntad jerárquica. Dispuesto a sospechar, con todos los inconvenientes que tiene el simple hecho de intuir frente a la complejidad de la certeza, podría decir también que es posible que el regionalismo nacional que postula este improvisado grupo minoritario esté inspirado en la vieja doctrina regionalista del clásico Vázquez de Mella, para quien el regionalismo debe ser muy respetuoso con la soberanía política directora del conjunto nacional, cuya facultad es -o debe ser- competencia exclusiva del Estado. El enigma ideológico que encierra su eslogan Más Asturias, Mejor España es, precisamente, ese: el convencimiento de que el Estado no debe tener más facultades que las que se derivan de sus relaciones esenciales como soberanía política directora del conjunto nacional. (Regionalismo y Monarquía. Vázquez de Mella.).

Asturias no es una región que se caracterice por sus afanes independentistas, sino por todo lo contrario. Recordemos: P.- ¿Cual es la patria de todos los asturianos?.- R.- Asturias y por extensión España, que es la continuación histórico geográfica y política del Estado Asturiano, al cual debe el ser. (Doctrina Asturianista. Aprobada por la Junta Regionalista del Principado. 1918). Esta fábula orgánica está sostenida, intelectualmente, por las tesis inspiradas en el mito de Covadonga. El covadonguismo -término político tardío, acuñado en la revista Asturias Semanal (Nº 0. Pg. 5. Oviedo, 1969)- se convierte en la filosofía ideológica del tradicionalismo asturianista a partir de un acto de afirmación regionalista que se celebró en Covadonga, en 1916; cuya inspiración se le debe a Vázquez de Mella, un nombre del viejo santoral político españolista, prácticamente olvidado actualmente, pero cuya doctrina ideológica sigue sustentando las tesis derechistas del sólido pensamiento carpetovetónico…

El señor Álvarez-Cascos apeló al regionalismo nacional para dotar a su particular grupo político de una peculiar doctrina básica; sin la cual, su Foro sería simplemente el resto de un naufragio político provocado por quien solo tenía capacidad intelectual para arriesgar, con ciertas garantías de éxito (personal), incluso la estabilidad orgánica del partido que él mismo contribuyó a engendrar. Hablo del PP.

Lo que hizo fue coger el cabo suelto -desde hacía más de treinta años- del recurrente regionalismo asturiano, para atarse a él como medida de seguridad ideológica propia. Y, por extensión, de seguridad para su nuevo grupo político. No fue una originalidad, sino, simplemente, una repetición de lo que, a lo largo de los últimos casi cien años, ha ocurrido en esta región: el uso del regionalismo como un recurso intermitente para ganarse, entre otras cosas, confianza y votos. Desde el citado Vázquez de Mella hasta el actual Foro AC, el regionalismo ideológico -en sus variadas formas políticas- ha sido una constante: la Liga Pro Asturias, de Nicanor de las Alas Pumariño (1918); el proyecto de Estatuto Regional de Asturias, de Sabino Álvarez Gendín (1932); el Regionalismo Económico de Ramón Argüelles (1934)… Estos son solo tres ejemplos de esa casi endémica reaparición temporal de las inquietudes regionalistas en una sociedad que, paradójicamente, es españolista a fuer de asturianista.

El antecedente asturianista más próximo al regionalismo recientemente despertado por Foro AC quizá haya sido el que se empezó a citar aquí en las vísperas imperiales de la mítica Transición. Fue también en este periódico y, casi al mismo tiempo, en Asturias Semanal en donde empezó a sugerirse la necesidad de replantearse un regionalismo de clase. Se decía: Nos falta espíritu de clase social regional, y nos sobra entusiasmo gremial. Mientras no se plantee la consciencia de la realidad de la sociedad en que se vive, los asturianos continuaremos aceptando compromisos y reforzando las estacas que aíslan la parcela que más nos gusta. No habrá en este caso, verdadera transformación -voy a decir revolución…-, porque estoy de acuerdo con aquel que dijo que aislarse es síntoma de ineficacia. (El verdadero desafío regional. Cartas Políticas. Asturias Semanal Nº 1 – 24, mayo, 1969. Oviedo).

El concepto de regionalismo de clase fue coreado, posteriormente, por algunas voces, siete años más tarde. Pero se fue apagando hasta su total extinción. Esa concepción clasista del regionalismo estaba -o parecía estarlo- muy próxima a los principios marxistas. Por lo tanto, era mucho más seguro y ortodoxo -sobre todo, ortodoxo- ampararse en el regionalismo nacional de Vázquez de Mella.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Introducido por Reggio

16 octubre, 2011 a las 7:12 am