Caffè Reggio

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Archivo del autor ‘Luis Arias Argüelles-Meres’

Manejo y manojo de tópicos, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Lo obvio en el mensaje navideño del Rey impide ver el bosque de lo esencial

Lo que no podemos admitir nosotros es que se identifique España y la tradición española con los harapos de la vida política española, caída ya en la miseria y en la hediondez, con los restos de regímenes abolidos, y que, sin embargo, han pretendido y pretenden hacerse pasar por la más genuina representación del alma española». (Azaña, en 1932).

Como estaba previsto, canovistas (PP) y sagastinos (PSOE) se apresuraron a alabar el mensaje regio. Como estaba previsto, el jefe del Estado se refirió a supuestos comportamientos poco ejemplares cuyos presuntos responsables -¡faltaría más!- no están por encima de la ley. Lo cierto es que el silencio ante lo sucedido hubiera sido incomprensible. Y, por otro lado, defender lo indefendible hubiese resultado suicida. Así pues, ante las enormes expectativas suscitadas por el mensaje navideño del Monarca, lo novedoso no estuvo en esas alusiones tan obligadas como inevitables, tan obvias como previsibles.

Miren ustedes: nadie está libre de tener un familiar impresentable, o, si se quiere decir de forma más suave, nadie es responsable de actuaciones poco estéticas por parte de parientes cercanos. Es más, lo que presuntamente se le achaca al señor Urdangarín lo pudo haber cometido cualquier persona próxima a un presidente de la República que, como tal, no es inmune al nepotismo. No es ése el problema, por mucho que se quiera disfrazar de tal guisa. No se trata sólo de que pueda haber un ciudadano que, aprovechando su cercanía al jefe del Estado, intente hacer negocios poco estéticos bajo el envoltorio de actividades filantrópicas. Hay mucho más que eso: y es que los supuestos intentos ducales no provocaron de manera fulminante la denuncia por parte de responsables de las instituciones que se encontraron ante semejante situación, puesto que lo que ahora se está investigando son los comportamientos de determinados cargos públicos que no parecen haber hecho ascos a tan caritativas propuestas.

No es sólo que el PP y el PSOE sean partidos cortesanos, que, sin duda, lo son. Es que se encuentran en una disyuntiva tal que tienen que negar la corrupción generalizada o reinventarse, y, por el momento, está claro que optan por lo primero. Sin ir más lejos, Rajoy acaba de rechazar la existencia de corrupción en la vida pública, salvo casos muy episódicos, en el reciente debate de investidura. Y el PSOE, por su parte, bastante tiene con su debacle electoral y con sus múltiples escandaleras que no se focalizan sólo en un punto de lo geografía española.

¿Y si resulta que el desapego ciudadano viene dado porque aquí, como en Dinamarca, huele a podrido, y no desaparece por el hecho de que desde los ámbitos de los grandes partidos se desmienta ese hedor? ¿Y si resulta que la susodicha desafección no se combate con paños calientes, ni con manejo y manojo de tópicos, sino con una firme voluntad de regeneración que los partidos políticos pueden pactar, pero no se deciden a ello?

Manejo y manojo de tópicos. Miren ustedes: cuando Alfonso Guerra fue entrevistado por primera vez en televisión sobre el escándalo de su hacendoso y hacendado hermano, aparte de hablar de linchamiento y complot contra su persona, como estaba en el guión, dijo que la ley estaba para ser cumplida y que todo el mundo tenía que someterse a ella. La pregunta es si su comportamiento fue acorde con esas palabras.

Miren, aquí el debate -de momento- no está entre Monarquía y República; el planteamiento es muy otro y consiste en preguntarse si el hedor en la vida pública existe o no, si es percibido o no. Lo que hay que preguntarse es si este asunto en el que se habla del yerno del Jefe del Estado debe ser catalogado como ocasional, o si se trata, antes bien, de una prueba más de que la corrupción habita en nuestra vida pública, por mucho que se pretenda catalogar como anecdótico algo que se generaliza más y más.

Manejo y manojo de tópicos en el mensaje regio y en las alabanzas de los dos partidos más cortesanos del reino de España. Lo que no se maneja ni se contempla es una firme voluntad de acabar con el desapego ciudadano con hechos que vayan más allá de declaraciones enlatadas.

Lo ejemplar está también en las decisiones que se toman contra todo aquello y contra todos aquellos que hacen tambalear la confianza de la ciudadanía en la vida pública. Y eso no se avizora.

Y, por último, puestos a hablar de novedades en la comparecencia navideña del jefe del Estado, habría que reparar en los elogios hechos hacia el heredero, frente al énfasis que se puso el pasado año en no abdicar y seguir.

El árbol de lo melifluo y de la empalagosa alabanza les impidió ver el bosque de lo esencial del mensaje.

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27 diciembre, 2011 a las 7:12 am

La semana de Rajoy, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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El arranque de una legislatura que promete poco entusiasmo

Pues las cosas de la política han llegado al extremo que, de puro haber perdido todo el mundo la razón, resulta que acaban teniéndola todos. Sólo que, entonces, la razón que cada uno tiene no es la suya, sino la que el otro ha perdido“. (Ortega)

El debate de investidura del nuevo presidente del Gobierno de España que acaba de mudarse a la Moncloa acaso haya sido el que menos interés suscitó de todos los que se han venido celebrando desde la transición a esta parte. Hasta los condimentos con que la opinión publicada salpimentó el asunto resultaron insípidos. Cierto es que no era de esperar otra cosa, lo que no impide dolerse y condolerse ante la situación. Del pensamiento único se derivó la solución única, dictada al mismo tiempo por los mercados y por las instituciones europeas. Sin eso, no hay salvación. Y ahí no hay discrepancias, más allá de algún que otro matiz retórico inconsistente. No obstante, a pesar de esa falta de discusión y de contrapropuestas argumentadas, al sopor se le rompieron algo las costuras cuando la enseñanza y los privilegios de la mal llamada clase política se debatieron.

En cuanto a la enseñanza, la propuesta de un año más de Bachillerato, cuando se concrete, merece ser tenida en cuenta. Pero, en el más favorable de los supuestos, lo que está sobre la mesa son las estadísticas y no el conocimiento. Haría falta que, más allá de las estadísticas de fracaso escolar, se cayese en la cuenta de que la renuncia al esfuerzo que preside el actual sistema educativo debería desaparecer cuanto antes. Rajoy, que fue ministro de Educación, y que no hizo nada por mejorar el sistema, puede haber aprendido la ocasión malograda y rectificar, al menos tiene esa oportunidad y sería lamentable que la desaprovechase de nuevo.

Y, en lo que se refiere a los privilegios de la mal llamada clase política, así como a la corrupción, asuntos que le planteó Rosa Díez (cuya larga trayectoria en el PSOE no le da mucha autoridad moral) a don Mariano, se diría que el nuevo presidente del Gobierno se niega a reconocer la evidencia, máxime en un momento como éste en el que la situación económica empieza a ser dramática para muchos ciudadanos. Seguimos, pues, con más de lo mismo, y ni siquiera hay propósito de corregir un estado de cosas en el que los políticos se conceden privilegios por encima de la ciudadanía, en el que los profesionales de la política seguirán proliferando, pues no hay voluntad de reducir el tiempo de los mandatos, ni de suprimir prebendas que son una afrenta a la sociedad. Así las cosas, podremos esperar más sentido común y menos vaivenes, pero nada más, a no ser que la ciudadanía decida subir el listón de la exigencia. También podemos confiar en que la prepotencia del último Aznar que tanta crispación generó no vuelva.

Un Parlamento y un Gobierno que están dispuestos mayoritariamente a seguir las directrices europeas, pero no a regenerar la vida pública. Con eso ya se contaba, lo que no significa que haya que tomarlo con sumisión y docilidad, incluso con fatalismo.

Y, en cuanto al Gobierno que formó Rajoy, se sustenta en lealtades, y parte con la ventaja de que tiene muy difícil empeorar la gestión del anterior. Del mismo modo que Zapatero tuvo fácil al principio mejorar el clima que se había respirado con Aznar, pero eso es poco duradero, como los hechos y el sentido común demuestran.

Vuelve el PP para seguir las mismas directrices en lo socioeconómico que puso en práctica el PSOE. El reto no se presenta muy desafiante, aunque ya se parte de la consigna de dejar aparcados muchos problemas no sólo los que antes mencioné, sino también la cohesión territorial y el modelo de país.

Tiempos de crisis y conformismo. Tiempos de resignación son los que se abren al final de un año que es comienzo de una nueva Legislatura que promete todo menos ilusión y entusiasmo. Así transcurrió la semana de un nuevo período político en el que la izquierda tendría que plantearse ser algo más que unas siglas cuyo significado se vino desvirtuando desde el 82.

Tiempos difíciles y sórdidos en lo que a la vida pública se refiere mientras la sociedad no se implique y exija una sociedad cuyas voces y ecos se vinieron apagando y silenciando. Pero nada es para siempre, ni siquiera el conformismo fatalista al que nos llevó sobre todo el PSOE.

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26 diciembre, 2011 a las 7:12 am

Esa memoria que gotea, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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A propósito de un libro inédito de José Moreno Villa

«Desencajado y roto voy, miserable carrito, / al paso del asno de la melancolía, / por una cuesta sin vértice, / devorando las hojas del calendario vivido». (José Moreno Villa)

Bendita memoria, cuyo goteo es todo un bálsamo frente a la sordidez de una actualidad que no se prodiga a la hora de darnos alegrías. En efecto, bendita memoria, que se va haciendo sitio con discreción y elegancia, sabedora de que aquello que nos trae no es efímero. Bendita memoria, que esta vez nos regala, nada más y nada menos, que la memoria de un poeta en el Madrid de la guerra civil. El poeta es José Moreno Villa, al que Ortega en su momento elogió en exceso, al que Juan Ramón puso en su sitio, sin considerarlo tanto como el filósofo.

Pero en este caso no se trata de un poemario de Moreno Villa, sino de su «Memoria». Cuando deja Madrid camino de Valencia, apenas lleva nada consigo, siguiendo la pauta de Machado, pero sí el manuscrito de un diario al que llamó «Notas desde el Madrid sitiado». Pues, bien, esas 700 páginas serán publicadas en los próximos días, con un título muy escueto, «Memoria». La edición corre a cargo de Juan Pérez de Ayala, cuyo apellido tanto tiene que ver con Asturias y con la República. Desde luego, los de entonces ya no son los mismos, pero no pueden no parecerse.

No deja de ser llamativo el título del libro, «Memoria», la que atesora y consigna un poeta al que apenas nadie recuerda, que no ocupa demasiado espacio en los manuales de la historia literaria, pero que, sin embargo, fue testigo de lo mejor de un tiempo y un país, de la segunda Edad de Oro de nuestras letras, tal como reivindicó repetidas veces Juan Marichal.

Moreno Villa cuenta sus vivencias desde una atalaya muy especial, tanto es así que aquellas cuartillas las escribió desde la colina de la Residencia de Estudiantes, uno de los enclaves de referencia de un momento histórico en el que las letras españolas estaban entre lo mejor de Europa y en el que la ciencia recuperaba con éxito los siglos perdidos de retraso y fanatismo.

Esa memoria que gotea, frente a las constantes invectivas contra una República a la que, de un lado, se sigue pretendiendo sepultar, y que, a pesar de todo, no deja de enviar testimonios de sus epítomes más ilustres que dan cuenta precisamente de lo irrepetible de un momento histórico en el que se proclamó el único Estado no lampedusiano de nuestra historia contemporánea.

Esa memoria que gotea, en este caso, la de un poeta difícilmente clasificable generacionalmente, nacido en 1887, es decir, cuatro años antes que Salinas, al que los historiadores de la literatura consideran el escritor más viejo de la mal llamada Generación del 27. Un escritor que está, como nuestro Fernando Vela, entre las generaciones del 14 y la del 27, un poeta cuya obra se mueve entre dos mundos, y, así las cosas, su nexo de unión no es nada fácil de establecer.

Pero, en todo caso, lo que aquí nos trae no es la obra poética de Moreno Villa, sino sus memorias, su diario, género que con tanto éxito se cultivó en una época en la que la obra de Amiel estaba tan omnipresente entre los grandes literatos.

Lo más pertinente, a la hora de hablar de este libro, sería incluirlo en aquello que, con tanto éxito y precisión, denominó Pedro Salinas como «poesía de las ideas».

Esa memoria que gotea. El libro del que venimos hablando no hará que Moreno Villa se convierta en un escritor conocido. No estará entre los títulos más vendidos, ni siquiera entre los más reseñados. Sin embargo, se trata de todo un acontecimiento cultural, de un regalo a la justicia poética, de una prueba irrefutable de que la llamada Edad de Plata o, también, segunda Edad de Oro de nuestras letras sigue viva no sólo por la calidad que atesoran las grandes obras que entonces se escribieron, sino también porque se siguen recuperando autores y libros que ayudan a completar un panorama inagotable.

La memoria, poética, de un escritor olvidado. La memoria de un testigo privilegiado de la vida literaria y artística de una España que asombraba al mundo. La memoria que viajó en una maleta en la que tenía cabida el relato de la guerra y del exilio.

Una memoria que no se apaga, cuyas páginas jamás se acartonan, una memoria que destila lo mejor y que se prodiga en pequeñas dosis, goteando.

José Moreno Villa, tutor en la Residencia de Estudiantes, poeta, literato, retratista y testigo de cargo de una España peregrina que nunca pudo ser expulsada de aquellas borgianas bibliotecas de los sueños donde habita la mejor literatura, que se resiste, con sigilo, al olvido.

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20 diciembre, 2011 a las 7:12 am

¿Malos tiempos para la Monarquía?, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Divagaciones desde el republicanismo

«Y ahora que la República nos tenga, nos contenga y nos retenga y detenga, si es preciso para que se asegure el régimen del Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, con libertad absoluta. No tengo más que decir». (Unamuno)

Poco antes de que produjera el flujo informativo sobre las filantrópicas actividades del yerno del actual Jefe del Estado, una encuesta del CIS ponía de manifiesto que la institución monárquica no pasaba por su mejor momento en cuanto a popularidad. Por tanto, es de suponer que su desprestigio haya ido a más. Hasta tal extremo es ello así que por parte de la opinión publicada más cortesana se pone de manifiesto por vez primera una cierta inquietud, si bien queda amortiguada ante la certeza de que no constatan la existencia de una figura pública capaz de encauzar ese descontento hacia el republicanismo y de erigirse en referencia para una ciudadanía que no sólo está sufriendo las consecuencias de la crisis, sino que además manifiesta su desapego hacia la política con intensidad creciente.

Con respecto al republicanismo, lo cierto es que no sólo hay una derecha monárquica, sino que el PSOE es a día de hoy un partido cortesano. De hecho, los dos partidos turnantes siempre se pusieron de acuerdo para frenar iniciativas parlamentarias encaminadas a la transparencia de los dineros públicos que recibe la Casa Real. Y en cuanto a IU, como tengo escrito muchas veces, hora va siendo ya de que defina su republicanismo, porque la tricolor y la hoz y el martillo son simbologías muy diferentes. Y, en todo caso, ninguna fuerza política con implantación parlamentaria parece dispuesta a abrir el debate sobre la forma de Gobierno, que no de Estado, es decir, sobre Monarquía o República.

Pero, más allá de todo esto, el mayor handicap que sufre a día de hoy el republicanismo no es la Monarquía, ni tampoco lo constituyen los machacones y contumaces mensajes que van en la línea del fracaso histórico de las dos repúblicas que hasta ahora hemos tenido. Cuando se habla de la poca duración de la Primera, soslayan aquel «Ministerio relámpago» en tiempos de Isabel II que tuvo 24 horas de vida. Cuando se habla del desenlace de la II República, no sólo obvian el momento histórico de España y Europa, sino también las guerras causadas por la dinastía borbónica desde Fernando VII hasta su bisnieto Alfonso XIII.

El principal problema que tiene ante sí el republicanismo consiste en la escasa, por no decir nula, fiabilidad que la mal llamada clase política tiene entre la ciudadanía. Estoy completamente persuadido de que, ante la hipótesis de una III República presidida por un Felipe González o por un Aznar, los entusiasmos republicanos que pueda haber se marchitan y se arrugan, se debilitan y se quedan exangües.

Y es que el republicanismo sólo tendría viabilidad desde un discurso de rechazo a la actual clase política, a esta suerte de «canovismo» en el que -mutatis mutandis- vino a dar la España actual.

Le toca al PP administrar una victoria tan contundente como poco entusiasta. Le toca al PSOE reinventarse en su discurso, en sus propuestas y en sus dirigentes. Le toca a IU aclarar su republicanismo y, de paso, demostrar que no venden tan baratos al PSOE como vinieron haciendo donde se les dio la oportunidad, empezando por Asturias. Les tocaría a los nacionalismos periféricos, especialmente a ERC (la del nacionalismo vasco es otra historia muy distinta sin arraigo republicano), apostar por un republicanismo que está en sus raíces históricas y del que parecen haberse olvidado hace mucho tiempo; pero tampoco están por esa labor y también demostraron cuando tocaron poder estar muy lejos de eso que genéricamente se denomina como «valores republicanos».

En cualquier caso, la Monarquía, a pesar de vivir en horas bajas, no tiene ante sí el peligro de ningún republicanismo incipiente en la medida en que todos los partidos que hasta ahora gobernaron se encargaron de convencer a los ciudadanos de que, salvo pequeños matices, «todos los políticos son iguales». Y este topicazo tan arraigado es el mayor enemigo del republicanismo español, cuya tradición está ahí, aunque desde el 82 a esta parte nadie haya demostrado voluntad hasta el momento de incorporarla a su discurso.

Sea como fuere, la vida pública se deterioró hasta el extremo de que la Monarquía no se ve forzada a convencer de sus supuestas ventajas, pues no se las tiene que ver con un republicanismo que rivalice con ella, un republicanismo que en un país tan cortesano como éste no sólo no tiene quien le escriba, sino que ni siquiera cuenta con figuras públicas que lo encaucen.

Cierto es que hasta ahora en España las dos repúblicas que hubo se proclamaron ante la sorpresa de todos, republicanos incluidos. Así las cosas, yo, si fuera monárquico, aunque sin dramatismos, me preocuparía.

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13 diciembre, 2011 a las 7:12 am

A la vuelta de Madrid, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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La polémica en falso sobre el Valle de los Caídos

No ha sido posible dar por sabidas ideas básicas antes expuestas, porque su verdad no es demostrable matemáticamente; hubo así que tener presentes -en interés de esta causa- a quienes razonan mediante «juicios antipáticos a priori». (Américo Castro)

Primera hora de la tarde. Madrid ya se quedó atrás. Las poblaciones más cercanas, también. La cruz del Valle de los Caídos no tarda en divisarse desde el coche. Cada vez que la atisbo, soy consciente, no sin cierto desgarro, de su cercanía a aquel monumento al que Ortega definió como piedra lírica. A aquel Escorial en cuyo interior habitó el innominado personaje de Azaña, al que alguien denominó como «el Amiel sin miel de El Jardín de los Frailes».

Es innegable que la cercanía entre el Valle de los Caídos y El Escorial resulta inquietante. Por mucho que los separen siglos de distancia, por mucho que el real sitio fuera concebido, entre otras cosas, como el enclave de un gigantesco imperio, por mucho que el monumento escurialense le haya inspirado a Unamuno la genialidad de que Felipe II fue en realidad un Quijote de covachuela, se diría que aquel general cuya carrera militar tuvo tanto que ver con aquella guerra de África en la que la decadencia de España era bastante más que una retórica noventayochista, quiso dejar su impronta muy cerca de tan histórico lugar para que saliese a escena la omnipresencia de la muerte entre españoles. Gigantesca sepultura en la que el tamaño sí que importaba mucho.

Pero esta vez, tras conocer el dictamen de la comisión creada ad hoc por el Gobierno de un Zapatero que, según parece, pretende marcharse a hurtadillas, no puedo soslayar que, de nuevo, estamos ante una intentona que, como nos viene sucediendo, se va a cerrar en falso. Y es imposible no preguntarse hasta dónde pretendió llegar el político leonés con su teórico empeño de dignificar la llamada memoria histórica.

No olvidemos que, de entrada, abrazó el llamado republicanismo de Petit, al tiempo que en ningún momento se cuestionó la Monarquía. No olvidemos que sus halagos a la II República jamás dejaron la puerta abierta a reivindicar la tercera. Y no olvidemos tampoco que nunca hizo apuestas decididas por el significado del republicanismo, ni en su política social y económica, ni en su política educativa, ni en su política cultural. Lo de Zapatero con el republicanismo no pasó de ser un enredo más de los muchos que hizo. Una frivolidad fruto de su incurable e incorregible inconsistencia.

Para empezar, no es esperable que el PP se ocupe de poner en marcha el dictamen de la comisión, que aconseja que los restos del dictador no continúen donde están. Y, para seguir, con o sin Franco, no se podrá cambiar el significado del Valle de los Caídos, el de un lugar en el que se da cita la barbarie de aquella guerra, de cuyas consecuencias ni la izquierda de siglas desea en verdad acordarse.

Hay cosas que no pueden ser reconvertidas. El Valle de los Caídos nunca podrá llegar a ser el referente de todos los muertos de la guerra civil. De hecho, sólo con pretender semejante cosa se está insultando la memoria de las víctimas que no fueron a parar allí por voluntad propia y se está faltando al respeto también de todos aquellos que se vieron obligados a trabajar allí en condiciones que formarían parte de la historia universal de la infamia.

No, no se puede desandar la historia con la frivolidad de un José Bono que, siendo ministro de Defensa, pretendió poner en el mismo sitio a republicanos españoles que lucharon en Europa contra la barbarie nazi con otros que acudieron en apoyo de las tropas hitlerianas.

Caídos por Dios y por España, frente a aquellos otros que sufrieron muerte, cárcel o exilio. Caídos a resultas de una cruenta guerra que trajo una de las dictaduras más largas de la historia de Occidente. Caídos por defender una idea de España ciertamente distinta de la que resultó triunfante.

A la vuelta de Madrid, viendo de lejos la mole de la que tanto se viene hablando, sobreviene la certeza de que, en efecto, la izquierda española nunca se enfrentó a la historia, ni a la suya propia, a la que traicionó el PSOE desde su irrepetible y malograda victoria del 82, ni a la de este país al que seguimos llamando España.

Aquel Quevedo que hablaba en un inolvidable soneto de que en todo cuanto veía se topaba con la sombra de la muerte viene muy bien al caso. La guerra y la muerte, cuya sombra tiene en este caso color de osamenta. Algo demasiado serio, algo demasiado trágico, para afrontarlo con frivolidad.

La solemnidad y la grandeza son obligadas cuando se trata de verse cara a cara con la muerte, como decía el personaje lorquiano, cuando se trata de honrar a los muertos y no de un paripé inane. La paz, la piedad y el perdón, invocados por Azaña en un inolvidable discurso, exigen una trascendencia y una seriedad que resultan inalcanzables para discursos que hacen de las fruslerías principal materia de galvanización.

Hablamos de tragedia, señores, de una tragedia que, para muchos, duró décadas. Y hay quien quiso y quiere hacer de ella, como estaba cantado, comedia bufa.

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6 diciembre, 2011 a las 7:12 am

La reinvención de la izquierda, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Sobre el momento que vive el PSOE

Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose, hipócritas, en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático“. (Galdós, en 1912)

Qué país, éste en el que el conservadurismo más rancio se define como centro-derecha! ¡Qué país, éste en el que el PSOE, que lleva décadas haciendo, al menos en lo económico, políticas de derechas, se reclama de izquierdas! ¡Qué país éste, en el que el partido político que en su día fundara Pablo Iglesias es más un problema que una solución para aquellos colectivos a los que teóricamente defiende! Hablamos de un partido que se concibió para la defensa de los derechos de los trabajadores, cuyas políticas de los últimos cuatro años redundaron en que las cifras del paro aumentasen sin cesar. Hablamos de un partido que fue creado para la emancipación de los más desfavorecidos y, sin embargo, no sólo fueron capaces de convertirse en su momento en adalides del enriquecimiento rápido, sino que, para mayor baldón, impusieron un sistema educativo en el que el esfuerzo está proscrito, la demagogia tiene garantías y el aprendizaje no es lo primordial, dicho todo ello sin olvidar sus capitulaciones contra la enseñanza pública. ¿Qué queda del aquel PSOE que en su momento convirtió las casas del Pueblo y las sedes sindicales en aulas y bibliotecas?

El PSOE está atravesando el peor momento de su historia. Tiempo hace que dejó de ser una fuerza emergente, un instrumento para que el país avanzase en todos los sentidos. Pero es que, a día de hoy, ni siquiera puede ser definido como un partido socialdemócrata. Defender el Estado del bienestar es un imperativo ineludible. Pero, en primer término, hay que hacerlo con políticas y no con palabras. Y, en segundo lugar, de un partido de izquierdas se espera algo más que la defensa, por lo demás irrenunciable, de los derechos adquiridos.

¿Se puede aceptar que la mal llamada clase política tenga privilegios de casta privilegiada frente a la sociedad a la que se está esquilmando? Para muestra, infórmese el lector de los dineros que cobran los ex parlamentarios que acaban de ingresar en el paro. Para muestra, infórmese el lector de las cantidades que suponen a las arcas públicas los sindicalistas «liberados» que no renuncian a sus privilegios, al tiempo que ven que el paro se desboca.

Entre la continua decepción que supuso el felipismo, que en la práctica derivó en una suerte de lerrouxismo casposo, y la inconsistencia de Zapatero, lo primero que debe hacer este partido es dejar paso a la renovación y, con ella, salir a la búsqueda de un discurso que sea capaz de convencer de que, en efecto, otra izquierda distinta de la que hemos venido teniendo, además de necesaria, es posible. ¿Alguien se atreverá en el seno del PSOE a pedir primarias y a abrir la puerta a la sociedad como acaba de hacer el Partido Socialista francés? ¿Alguien tendrá a bien decir alto y claro que este partido no sólo pertenece a sus militantes, sino también a la sociedad española en su conjunto, a la que hay que convocar para que abandone el desapego del que hablan las encuestas?

¿No es un fracaso de la izquierda en su conjunto que el movimiento del 15-M se forjara no sólo al margen de partidos y sindicatos, sino también en no pequeña parte contra ellos? ¿No es un fracaso de la izquierda que la sociedad vaya por delante de ellos a la hora poner en escena su malestar ante lo que sucede?

Ante el presente estado de cosas, la izquierda, fundamentalmente el PSOE, necesita reinventarse y preguntarse antes de nada si no hay otra izquierda posible, y, si no ven esto claro, lo mejor que pueden hacer es fundar un club dedicado a las conspiraciones virtuales de salón. ¿No se dan cuenta de que, a día de hoy, están desempeñando el mismo papel que en su momento representaban las llamadas fuerzas vivas ante un mundo que clamaba por cambios?

En el presente año se cumple el centenario de una novela de Baroja que tiene por título «El árbol de la ciencia» y constituyó un demoledor retrato de la España de aquel tiempo. En 2012 tendrá lugar el centenario del último Episodio Nacional que escribió Galdós, «Cánovas». En esa novela, don Benito soflamaba contra el presente que padecía y contra un futuro que vislumbraba aún peor. Pero seguro que en ningún momento se imaginó el gran novelista decimonónico la pesadilla que para él supondría que el partido fundado por Pablo Iglesias derivase cien años después en comportamientos similares a los que entonces ponían en práctica los llamados partidos turnantes de aquella Restauración canovista a la que tanto combatió.

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29 noviembre, 2011 a las 7:16 am

Apuntes para el día después, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Las consecuencias en Asturias de las elecciones generales

“Imagínese que el mundo entero sucumbiera y quedara sólo una conciencia y en ella el poder de recordar. El mundo sido volvería a desarrollarse una y otra vez, en todos sus detalles, como la película de un cinematógrafo, dentro de aquel escenario espiritual. Volvería todo; pero volvería exangüe, imaginario, espectral. Así nuestra patria” (Ortega).

Asturias se ha pronunciado el 20-N. Toca rehacer el escenario de nuestra vida pública, empezando por el Gobierno autonómico y siguiendo por el estado de la cuestión que vive cada partido. Ciertamente, la inestabilidad con que el Gobierno asturiano encara el nuevo escenario es manifiesta. Está obligado a buscar el acuerdo si quiere cumplir en tiempo y forma su mandato. Bien se sabe que los pactos nunca son cosa de uno solo. Pero a alguien le toca siempre dar el primer paso. Se diría que hay que desandar el camino de aquellas reuniones que mantuvo Cascos con los líderes de los demás partidos antes de la investidura y, también, de las distintas comparecencias de sus consejeros que no facilitaron ningún atisbo de entendimiento. Por mucho que se trate de unas elecciones distintas, por mucho que, en caso de que Cascos convocase elecciones anticipadas, los resultados no tendrían por qué repetirse, es imposible prescindir de lo que sucedió el 20-N.

Pensemos en dos grandes conflictos que son el Niemeyer y la TPA. Le sobra razón al Gobierno cuando exige transparencia en las cuentas y cuando se considera con derecho a participar en la gestión de un organismo en el que pone dinero público. Pero es más que probable que la haya perdido con las formas que adoptó sin explicar a la sociedad sus planteamientos. En lo que concierne a la TPA, es cierto que no se explica que sólo le toque pagar. No lo es menos que la gestión del ente público podría y debería ser más económica, sobre todo teniendo en cuenta lo que cuestan determinados programas que se emiten en abierto desde otras cadenas. Y, en fin, la pérdida de puestos de trabajo no es ni más ni menos dolorosa que la que se vino sufriendo en otras televisiones privadas y locales. Pero hay que buscar acuerdos. Y, en caso de que se quiera privatizar, el Gobierno debería ser el primero en garantizar el mantenimiento de los puestos de trabajo. Una vez más, fallan, creo que estrepitosamente, las formas. Son problemas pendientes que habrán pasado factura electoral, al margen de que lo que se votó el día 20 fue el Gobierno de España y no el de Asturias, al margen de que el día 20-N se presentaba FAC y no Cascos en persona. Añádase a ello el tremendo fracaso de la aventura madrileña, que también pudo costar votos en Asturias.

Y, en lo que se refiere a los restantes partidos en Asturias, el PP, a pesar de su indiscutible victoria, tendrá que recomponerse con un Ovidio Sánchez premiado en Madrid y con un Gabino de Lorenzo que no se sabe cómo podrá hacer frente a lo que supone el contencioso de «Villa Magdalena». ¿Puede seguir este partido descabezado en Asturias?

Si del PSOE hablamos, no se sabe si Javier Fernández saldrá de su autismo, pero, a pesar de que el batacazo en Asturias fue menor que en el resto de España, falta hace que estén a la altura de una sociedad donde la tradición socialista es toda una garantía que exige un mínimo a sus dirigentes, un mínimo que están lejos de alcanzar.

También queda por saber si Llamazares será visitante en Asturias y residente en Madrid, o si se implicará en su coalición en esta tierra, con lo que la figura de Jesús Iglesias tendría que pasar forzosamente a un segundo plano.

Es inquietante el desplome del PSOE. En algún cenáculo se habla de poner a González o a Bono en el papel de Ramón Rubial esperando por un nuevo líder al que generacionalmente se vino taponando. Aunque sea una izquierda de siglas, su mera presencia puede facilitar que algún día lo sea también en proyecto de país.

Apuntes para el día después: la derecha asturiana tiene que redefinirse. Acaso sea necesario que decida de una vez quién es su Mesías. Sin Cascos, no puede explicarse, para bien y para mal, lo que vino siendo el PP astur y antes AP. Derecha eufórica porque ganó Rajoy, pero les toca convencer también en Asturias, tanto a los que siguen a un Mesías como a quienes esperan por otro. ¿Abrirán la puerta a la racionalidad?

Y, por último, ¿todo el mundo tendrá claro que es insostenible seguir gastando como hasta ahora, que no nos podemos permitir el lujo de continuar con unos políticos que no se apean de sus sinecuras y que no administran bien los recursos? ¿Sería pedir lo imposible un imperativo de transparencia y austeridad, así como una clarificación de todas las cuentas pendientes, empezando por los ayuntamientos?

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Introducido por Reggio

22 noviembre, 2011 a las 7:10 am

Asturias ante el 20-N, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Retos, preguntas e incógnitas ante los comicios

Viento sur regentiano, hojarasca continuamente empujada. Las volanderas páginas de los periódicos, según la afortunada expresión de Azorín, atienden más al ventoso ímpetu del clima que a nuestras manos, que pretenden fijarlas. Algo me dice que la tinta que acapara las portadas de los diarios dando noticia de las encuestas es la hojarasca que las cubre y que va a parar a unas superficies que no se están quietas. Todo baila, también las cifras.

Vísperas que preceden a la cita con las urnas, en plena seronda. Paisaje, insisto, regentiano. Regentiano y otoñal no sólo por la estacionalidad, sino también por el promedio de edad de los principales candidatos en Asturias. Se anuncia un cambio y, sin embargo, los partidos con mayor tirón electoral no optan por caras nuevas, sino todo lo contrario. Tienen estas elecciones su no sé qué de decadentismo, su no sé que de canto de cisne de unos políticos que en la mayor parte de los casos se disponen a disputar su última batalla. Tienen también las presentes elecciones –y esto nadie lo ha querido advertir– una importante presencia de docentes en sus cabezas de lista. Lo son Trevín y Álvarez Sostres, lo que, sin duda, le da a la campaña un tono singular en el que las urgencias de las crónicas no parecen querer reparar. Tienen estas elecciones su no sé qué melancólico y agridulce, como el otoño. Porque la ciudadanía astur acudirá el próximo domingo a las urnas con la certeza de las muchas cosas pendientes que tenemos por delante y con el malestar inevitable de saber que la vida pública llariega está muy lejos de atravesar su mejor momento.

Nadie pone en duda que el PP ganará las elecciones en España con una holgada mayoría. Sin embargo, en lo que respecta a Asturias, suponiendo que las encuestas acierten más que en mayo, no podemos no preguntarnos si Cascos podrá seguir gobernando cuando tiene sólo un diputado más de lo que es un tercio del Parlamento y cuando el entendimiento con los demás partidos no existe. No seré yo quien diga a este respecto que el causante de estos continuos desencuentros sea sólo el FAC. Pero, en todo caso, desde mayo a esta parte, la derecha asturiana no mostró voluntad alguna de reconciliarse.

En todo caso, en las presentes elecciones la derecha sigue dividida en Asturias, mientras que la izquierda de siglas, esto es, el PSOE, lo tiene más difícil que nunca. Y, en lo que se refiere a IU, también Llamazares regresa a su tierra tras largos años en la política nacional con un protagonismo innegable. No pongo en duda que es un buen candidato. Sin embargo, su coalición en Asturias no tiene fácil enarbolar un discurso de inconformismo y rechazo de lo que nos está pasando cuando sus dirigentes ejercieron de palmeros del arecismo en las dos últimas legislaturas.

Un PP cuyas candidaturas al Congreso y al Senado están encabezadas por personas estrechamente vinculadas a Cascos a lo largo de sus respectivas trayectorias políticas, lo que puede volver más hamletianos que nunca a los votantes de la derecha. Un PSOE que presenta al Congreso a un docente que conoce bien nuestra tierra y sus necesidades, y que, al igual que en el momento en que accedió a la Presidencia del Gobierno asturiano, no tiene a las circunstancias como aliadas. La diferencia entre Trevín y Areces, desde mi punto de vista, es que al hasta hace poco delegado del Gobierno se le encomienda que evite en lo posible la debacle de su partido, mientras que al ex presidente se le otorga un premio de consolación ante su voluntad de no retirarse de la vida pública. En cuanto al FAC, el candidato al Congreso tiene discurso y es combativo y lúcido. Se le nota el docente que lleva dentro. Pero no será él quien se lleve los méritos o deméritos de los resultados, sino su jefe de partido. Es la grandeza y servidumbre de pertenecer a un partido liderado por alguien al que se le puede criticar por muchas cosas entre las que no se encuentra, ciertamente, la mediocridad.

Asturias ante el 20-N. Las elecciones con omnipresencia de docentes en las listas del Congreso y del Senado. Las elecciones que demostrarán si el fin del bipartidismo en Asturias el pasado 22 de mayo fue episódico o si, antes bien, llegó para quedarse.

Asturias ante el 20-N. Tras esa fecha –y ésta es otra de las grandes claves que están pasando desapercibidas– los grandes partidos nacionales tendrán que reinventarse en nuestra tierra. ¿Se imaginan que Ovidio Sánchez seguirá liderando nominalmente el PP astur? ¿Nadie tiene a bien preguntarse por la ausencia de Javier Fernández en nuestra vida pública? ¿Podrá haber una bicefalia entre Llamazares y don Jesús Iglesias?

Retos, preguntas, incógnitas que van de esquina en esquina, sin otro rumbo que el viento, como nuestra política llariega, tan de seronda, tan decadente.

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Introducido por Reggio

17 noviembre, 2011 a las 7:10 am

Caja de cambios y caja de Pandora, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Paradojas de la campaña electoral

«La Odisea», la epopeya fundadora de la nostalgia, nació en los orígenes de la antigua cultura griega. Subrayémoslo: Ulises, el mayor aventurero de todos los tiempos, es, también, el mayor nostálgico.

(Milan Kundera).

¿Cómo es que nadie tiene a bien plantearse lo paradójico que resulta que la palabra cambio provoque la nostalgia de todos aquellos que en su momento creyeron en ella cuando la envió Felipe González como un guiño que sintonizaba con la inmensa mayoría del electorado? Miren, el cambio en el 82. «El cambio del cambio» en el 93, según el propio González. Y, ahora casi treinta años después de aquello, es Rajoy quien se la apropia como mensaje salvador para captar todos los votos que le garanticen una mayoría absoluta con la que, seguramente, nunca soñó.

Cuando en este país se habla de cambio, para los que tenemos memoria, se abre la caja de Pandora. Porque nos hace recordar que, hasta ahora, no se jugó limpio con ella. González tuvo ocasión de llevar a cabo su lema, y, en lugar de eso, lo que hizo fue malbaratar el doble legado que entonces recibió, el de la historia y también el de aquel presente que creía en su tiempo y en su país. Cuando venció, contra todo pronóstico, en las elecciones del 93, con un desprestigio que se había ganado tan a pulso, habló del cambio del cambio. Y, ahora, tras la calamitosa etapa de Zapatero, quien promete el cambio es Rajoy. Miren por dónde.

Lo que ningún sesudo analista pone de relieve es que, para llegar a este momento en el que el triunfo de Rajoy es una victoria anunciada, el primero que tuvo que cambiar fue el propio líder conservador. Porque, por muy endeble que sea la memoria de este país, no es fácil que se haya olvidado que en el período de 2004 a 2008, si por algo destacó el discurso del PP fue por no haber aceptado su derrota electoral, con personajes como Zaplana y Acebes haciendo de primeros espadas en el PP, que contaban, claro está, con el beneplácito de Rajoy.

Y tampoco hay que olvidar a aquel PP aznarista, lleno de prepotencia y crispado, que cosechó un malestar enorme del que se aprovechó Zapatero sin gran mérito por su parte, pues las actitudes de Aznar se lo pusieron en bandeja.

Si Zapatero ganó las elecciones en 2004 y en 2008, se debió en no pequeña parte a la actitud de la última legislatura de Aznar, cuyos herederos siguieron teniendo gran predicamento en el PP hasta que don Mariano perdió la segunda vez que se presentaba y decidió una estrategia diferente a la anterior.

Así pues, no estamos sólo ante una situación en la que la sociedad española parece tener decidido retirar su apoyo al partido que hizo de la inconsistencia su manera de gobernar en los últimos años, sino que nos encontramos también con un partido supuestamente ganador cuyo líder atisbó que tenía que abandonar radicalismos y prepotencias si de verdad quería ganarse la confianza de los votantes.

Y, por otra parte, no es muy alentador constatar cómo se han venido viviendo las expectativas de los cambios políticos en España: defraudándolas en el 82, asumiéndolas al lampedusiano modo en el 93. Votando en contra de todo aquello en el 96. Clamando por el fin del engreimiento aznarista en 2004, y rechazando a los que no sólo no combatieron las crisis, sino que la negaron hasta que la evidencia los delató.

Cambios que frustraron sueños colectivos. Cambios que se plantearon para poner freno a que la vida pública siguiese siendo el patio de Monipodio. Cambios para rechazar la rudeza y la ramplonería de un Aznar que quería ser el discípulo más aventajado de Bush. Cambios para mostrar el desapego y la indignación contra un partido que se reclama de izquierdas y que, tras algunos flirteos progresistas que se quedaron en nada, se viene comportando como el agente más sumiso de los poderes económicos no sólo patrios, sino también internacionales.

Es en este estado de cosas cuando sobreviene un cambio anunciado en la voluntad mayoritaria de la ciudadanía. Una ciudadanía que sabe que sus expectativas estarán muy lejos de ser colmadas. Una ciudadanía que tiene noticia de que el descontento ya se está expresando en las calles al margen de los partidos y sindicatos, por mucho que algunos pretendan aprovecharse de ese malestar generalizado. Una ciudadanía que es consciente no sólo de la mediocridad de la mal llamada clase política, sino también de que se sigue comportando como una casta privilegiada sin pudor. Una ciudadanía que, en su mayoría, no depositará su voto con entusiasmo, sino como mal menor a los más que previsibles vencedores y como castigo a quienes defraudaron tanto y tanto, siendo incapaces de evitar que estemos al borde de la bancarrota.

Una caja de cambios cada vez más fallida que da paso a una especie de caja de Pandora de la que emergen tantos desengaños y tanto desapego. Eso es lo que tenemos por delante. Éste es, por decirlo así, el análisis semántico que se pone de manifiesto en esta campaña electoral, que no se caracteriza ni puede caracterizarse por el entusiasmo.

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Introducido por Reggio

15 noviembre, 2011 a las 7:12 am

Lo incisivo frente a lo ambiguo, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Rubalcaba, en lo incisivo, brilló más que Rajoy. El candidato conservador no dejó de complacerse en los fracasos y vaivenes de los anteriores gobiernos en los que su oponente tuvo responsabilidades innegables. Don Alfredo estuvo dando por hecho, al margen de su voluntad, el triunfo de Rajoy. Pero consiguió sembrar inquietud entre el electorado de izquierdas desencantado del PSOE y resignado a que llega el turno de los populares por deméritos de la izquierda de siglas que nos gobernó durante los últimos 8 años.

Rajoy tenía muy fácil desarmar a su antagonista, sobre todo con el paro. No conjugó el verbo concretar. Y no pasó del sentido común. Para ello, tendría que haber desarrollado una ironía y mordacidad con las que parece contar.

Ambos anunciaron lo obvio, sin dramatizarlo y sin solemnizarlo, lo que es de agradecer: estamos, en efecto, en tiempos difíciles. La forma de afrontarlos que plantearon no podía ser otra: el esfuerzo y la implicación de todos. Pero soslayaron que no es fácil contar la implicación de una sociedad que manifiesta cada vez más su desapego y rechazo hacia la mal llamada clase política. Y, en este punto, el de la imprescindible regeneración de la vida pública, ninguno de los dos se comprometió seriamente, sólo Rubalcaba apuntó algo con respecto al desbloqueo de las listas electorales.

Ambos pasaron por alto que la especulación urbanística, las deudas de los ayuntamientos, el dinero fácil, los sueldos disparatados, los gastos superfluos, son responsabilidades compartidas. Y no manifestaron voluntad alguna de enmendar ese estado de cosas.

En cuanto a los servicios públicos y las pensiones, la sanidad y la educación, no es justo que Rubalcaba se erija en su principal garante cuando su partido abrió la espita a la tendencia a la privatización que va a más. No hace muchos días González se pregunto si había sido pertinente su apuesta por la enseñanza concertada. Del deterioro causado en la enseñanza, mejor no hablar.

Quedó intacta la vertebración territorial de un Estado de las autonomías que está muy lejos de ser eficaz y de contentar a todos. Al próximo Gobierno le tocará actuar con guantes de seda ante el escenario que se abre en el País Vasco y ante el encaje de Cataluña dentro de España. ¿Habrá aquí un programa oculto en común, o faltarán ideas para afrontarlo como las circunstancias demandan?

Un Rubalcaba incisivo y un Rajoy ambiguo. Al que se siente ganador no le hacía falta agitar. Al que se consideraba en la obligación de abogar por un discurso de izquierdas que no se llevó a cabo, le tocaba plantearlo.

Nunca fue tan secundario ganar un debate, ante la crónica de una derrota anunciada.

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Introducido por Reggio

8 noviembre, 2011 a las 7:12 am

«Porque no es usted artista», de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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La sorprendente y silenciada actualidad de Azaña en la política actual

«Alfonso XIII: Es usted duro conmigo porque para usted será cierto que abusé del poder. Yo quería hacer algo grande en España.

»Azaña: Es increíble. Nadie le hubiera supuesto capaz de grandeza ni en su imaginación.

»Alfonso XIII: ¿Y usted tampoco lo cree?

»Azaña: Tampoco.

»Alfonso XIII: ¿Por qué?

»Azaña: Porque no es usted artista».

(De un diálogo ficticio que establece Azaña con Alfonso XIII, anotado en su «Diario» el 27 de mayo de 1932).

Cuando Rubalcaba, en estos días de precampaña, le echó en cara a Rajoy que no había hecho nada por España, ¿tendría presente el diálogo que se imaginó Azaña con Alfonso XIII que acabamos de reproducir en el encabezamiento de este artículo? Cuando don Mariano habló el otro día, creo que en Pontevedra, de sus desvelos por la felicidad de los españoles, ¿pasaría por su mente el título de un discurso de Azaña, «La República no hace felices a los hombres; lo que les hace es, simplemente, hombres», pronunciado en Valencia el 4 de abril de 1932? Y, por cierto, hasta tal extremo hemos llegado que en algún libro de máximas se cita esta frase de Azaña con la particularidad de que no aparece la palabra República. En su lugar figura «libertad».

Lejos, muy lejos, queda aquella campaña de 1982, en la que Felipe González leía y repasaba continuamente las «Memorias» de Azaña en el autobús electoral. Lejos quedan también aquellos años noventa en los que, de la mano de Jiménez Losantos, la derecha más recalcitrante intentó apropiarse de la figura de Azaña hasta el extremo de que Aznar confesó su admiración por el estadista republicano, si bien no tardaría mucho el PP en ensalzar a ciertos reinventores de nuestra historia contemporánea con los planteamientos más reaccionarios que imaginarse cabe.

En todo caso, lo que marca el momento presente de nuestra vida pública es la mediocridad de la mal llamada clase política, donde la izquierda de siglas ni siquiera lee a Azaña, donde la derecha no va más allá de los mensajes más ramplones, que le son suficientes ante un PSOE que confió en la calamitosa figura del señor Rodríguez Zapatero. Y, sin embargo, lo que se discute, o parte de lo que se discute, es la capacidad del rival para hacer algo por España y es también aquello que los ciudadanos pueden esperar de una propuesta política que parece aspirar nada menos que a contribuir a la felicidad de sus representados.

Nada tiene que ver Rajoy con Alfonso XIII, pero, desde luego, no se espera de él la grandeza imprescindible para que la vida pública mejore sustancialmente. Y, por tanto, es presuntuoso que pretenda prometer que hará una política que termine con la indignación y el desengaño que tanto afloran en la ciudadanía.

Nada tiene que ver Rubalcaba con la talla intelectual de Azaña, y el hecho de que acierte en señalar las carencias de su rival no lo convierte ni de lejos en el gran estadista que este país necesita.

Pero, en todo caso, se están discutiendo cosas que en su momento abordó Azaña, eso sí, desconociendo la obra y el pensamiento del intelectual republicano. Y esto es algo que no sorprende a nadie, entre otras cosas, porque el propio don Manuel advirtió que uno de nuestros mayores defectos como país consistía en desconocer la obra de las generaciones anteriores: «Los españoles no nos aprovechamos del esfuerzo ni del saber de nuestros antepasados: todo lo fiamos a nuestro escarmiento personal… Los españoles no heredamos ninguna sabiduría. Cada cual aprende que el fuego quema cuando pone las manos sobre las ascuas».

Y es tan sorprendente y de tanto calado la actualidad de Azaña en este final de precampaña que, según datos arrojados por la última encuesta del CIS, la monarquía suspende por vez primera desde la transición a esta parte.

No sería riguroso aislar este dato del hartazgo que la ciudadanía siente ante la mal llamada clase política en general, porque lo que se rechaza es sobre todo un sistema bipartidista (cada vez más parecido a lo que fueron Cánovas y Sagasta) que se niega a regenerarse. El PSOE recibirá su castigo en las urnas por la pésima actuación de Zapatero. Pero el candidato que se sabe ganador no lleva en su propuesta la limitación de mandatos, las listas abiertas, la guerra declarada contra el nepotismo y la corrupción, la garantía de independencia del poder judicial, el fin de las sinecuras de los políticos, la apuesta por un sistema educativo que no renuncie al saber, el fin del despilfarro en las administraciones públicas, y así un largo etcétera.

No sería descartable, hablando de la sorprendente y silenciada actualidad de Azaña, que el camino de la regeneración política pudiese desembocar en un republicanismo al que la izquierda de siglas traicionó, y al que la derecha siempre tuvo resquemor. No hablamos de inmediateces, sino de posibles inicios de andaduras que pueden y deben marcar esa hoja de ruta a la que la izquierda nunca debió renunciar.

Acaso, ante la necesidad de reinventarse, el PSOE descubra nuevamente el fuego. Tiempo al tiempo.

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Introducido por Reggio

1 noviembre, 2011 a las 7:12 am

Sueños de cerrazón y otros delirios, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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Ante el cadáver de Gadafi y el último comunicado de ETA

Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico. (Víctor Klemperer).

No se sabe bien si estamos en vísperas de mucho, o en vísperas de nada, cuando nos encontramos con la imagen del cadáver de Gadafi y con el último comunicado de ETA. No se sabe bien qué pasará en Libia tras la muerte de un verdugo al que Occidente hasta ayer mismo mimó y quiso tanto. No se sabe bien si esta vez irá en serio ni se acabarán para siempre las extorsiones, las bombas y los tiros en la nuca que vinieron teniendo como pretexto la redención del pueblo vasco. Pero, asomándose a los acontecimientos, hay algo que no podemos dejar de ver, y son aquellas cerrazones, aquellos delirios que constituyeron parte del relato de unos años maniqueos que no sólo estaban seguros de interpretar cabalmente el mundo, sino también de transformarlo, por supuesto, para bien.

Y es que Gadafi, antes de que Aznar y Berlusconi lo tratasen con afecto, tuvo muy buena acogida en el discurso de nuestra progresía. Y es que los planteamientos de ETA fueron objeto de interpretaciones benevolentes por esa misma progresía incluso años después de muerto Franco. Pero, más allá de todo eso, al ver el cadáver del dictador libio y al leer el comunicado de ETA, no pude evitar mi rechazo no sólo a la inconsistencia de ciertos discursos, sino también a la engañifa de tantos y tantos corifeos.

Aquí no hubo un sueño de la razón que parió monstruos. Esto fue muy distinta cosa. Se diría que todo partió de la sordidez de unos discursos que fueron y son desatinados. Ensalzar a un tirano como a un benefactor de la izquierda mundial, y, de otro lado, sostener que la izquierda es compatible con un discurso donde predomina lo supuestamente étnico suponen contradicciones imposibles de digerir.

Al ver a Gadafi muerto no pude no recordar el final que tuvo Ceaucescu. A uno lo mataron sin juicio. Al otro, lo ejecutaron tras una pantomima. Mal asunto es que un país empiece una nueva etapa sin la liturgia que nunca respetaron los tiranos a los que acaban de derrocar, es decir, sin un juicio justo y con garantías.

A leer el comunicado de ETA, más allá de las perogrulladas que tanto se vienen pregonando, cuando hablan de que la suya fue una historia de exilio y represión, sin tener para nada en cuenta a las víctimas de su violencia, encontré un discurso nauseabundo, y, si se remontan a la dictadura en la que surgieron, no hay forma de entender que no quieran percatarse de que el franquismo no sólo lo sufrió el pueblo vasco, sino también toda España.

¿No cabe defender la independencia del País Vasco desde el ámbito político, sin necesidad de extorsionar y matar a quienes no considerasen de los suyos? ¿De verdad no fue posible eso hasta ahora?

En el caso de ETA, no hablamos sólo de la sangre derramada, del dolor causado, hablamos también de algo que provocó demasiadas depravaciones en la política, como el terrorismo de Estado, como la corrupción de algunos que se abanderaron como luchadores contra el mundo etarra. Y también resulta vomitivo que se haya hecho en la política española utilización artera del fenómeno terrorista. Ojalá se acabe esa pesadilla. Y no olvidemos que ETA es el último reducto del terrorismo europeo, ello sin entrar en la génesis de un discurso que, como mínimo, es discutible, pero que, en todo caso, hay que defenderlo en las urnas y no con las armas, parodiando un conocido poema de Ángel González que habla de un general que entendió lo segundo, cuando se convocaba a lo primero.

El conflicto vasco del que se habla en el comunicado de ETA, aun aceptando su existencia, sólo puede dirimirse en términos democráticos, y no cabe afrontarlo de otro modo en una sociedad madura que tiene la capacidad de expresar su voluntad en las urnas. A esto se puede argüir que, en efecto, hay partidos ilegalizados que tienen su masa de votantes. Sin entrar en esta cuestión que merecería otro artículo, antes de que HB fuese ilegal se perpetraban atentados, y, por otro lado, la llamada izquierda aberzale, a través de Bildu, se pudo presentar a las pasadas elecciones municipales y lo hará también el 20 de noviembre en las elecciones generales.

Por otra parte, no puedo dejar de preguntarme cómo un discurso que hace bandera de la defensa de las tradiciones y de la cultura del pueblo vasco se puede permitir el lujo de excluir de ese santoral a personajes con una envergadura tal como Unamuno y Baroja, que no quisieron ser sabinianos.

Sueños de cerrazón y otros delirios que acaparan la atención mediática y que ponen de relieve la ceguera y la torpeza en la que hemos vivido desde los años setenta. Claro que unos más que otros.

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Introducido por Reggio

25 octubre, 2011 a las 7:16 am